miércoles, 28 de enero de 2015

#6. Autoconciencia, la esencia de la humanidad, o Walter White ¿Inteligencia emocional corrupta o simplemente psicopatía?



Simón Baron-Cohen cuenta un suceso presenciado en primera persona, pocos años a tras, en Nairobi. Paseaban por una barriada y atravesando un mercadillo escucharon un grito estremecedor de mujer. Sorprendidos se interesaron por lo que había sucedido y supieron que un tipo le había cortado a aquella mujer un dedo de la mano para llevarse su anillo. Aquel individuo no tuvo escrúpulo alguno en ejecutar aquella acción tan bárbara para apropiarse de la sortija.

En el diario de un oficial nazi, Philip K. Dick encontró una frase que le dejó desolado: “Por la noche nos mantienen despiertos los gritos de hambre de los niños». El autor llegó a la conclusión de aquel militar mostraba una mente emocionalmente anómala, desviada, desequilibrada, a la que difícilmente se podía etiquetar de humana. Pero lo peor fue ser consciente de que dicho rasgo no tenía porqué ser exclusivamente nazi.

De aquí surgió la idea de la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, donde «el androide es una metáfora para la gente que tiene una apariencia humana pero no se comporta como tal», y germen de la soberbia Blade Runner. En la película, un detective sin conciencia ejecuta sin compasión a lo que no considera más que máquinas, que en realidad son unos superhombres sintéticos dotados de todas las cualidades deseables, excepto de la longevidad. Pero mejor que contárselo, les remito al brillante artículo de Javier Bilbao “Blade Runner o qué es lo que nos hace humanos” (http://www.jotdown.es/2014/09/blade-runner-y-que-es-lo-que-nos-hace-humanos/).


Cuando Walter White (“Breaking Bad”) allana, con premeditación y nocturnidad, la residencia de su colega Jesse Pinkman lo encuentra durmiendo, plácidamente drogado, junto a su novia. Pero esta no se encuentra bien. Está tan colocada que no la despiertan ni sus propias náuseas. Walter asiste a la escena impávido, presencia como la chica expectora, vomita, babosea, tumbada en la cama boca arriba, hasta que termina por ahogarse en su propio vómito sin haber recobrado la conciencia. Y él no hace nada por evitarlo. Tarjeta amarilla. Un aviso de que estamos rozando peligrosamente la línea que separa la bondad de la maldad, la persona dotada de humanidad del egoísta depravado. ¿Cualquier de nosotros, en las circunstancias apropiadas, actuaríamos igual que él? Todos queremos creer que no, aunque solo pasada la experiencia sabríamos qué habríamos hecho. Pero cuando descubrimos que Walter posee una planta de la que se extrae el tóxico que envenena al hijo de la novia de Jesse, Brock, es cuando se hace merecedor de la tarjeta roja directa. Descubrimos con estupor que el amigo White ha rebasado sobradamente y sin remilgos el punto de no retorno, ese que distingue al androide del ser humano. El que diferencia a los individuos de nuestra especie que suponen un peligro para los demás, aquellos que cumplen demasiados criterios diagnósticos de los que la psicología clínica define como psicópatas.


Estoy seguro de que ustedes, igual que yo, conocen personas adultas que no han madurado, y niños a los que la vida les ha obligado a hacerse adultos de golpe. Personas que han ido cumpliendo años y simultáneamente creciendo como personas, y otros que siguen sin salir de los límites que en su momento decidieron circunscribir su biografía. Quienes pasaban por la vida como de puntillas y un buen día la realidad hace que su mundo salte en mil pedazos, teniendo que tomar conciencia de todo aquello que no sabían (o no quisieron saber) que también incluía la vida. Y quienes, haciendo gala de una inteligencia emocional envidiable, han ido profundizando de forma innata, natural, en la urdimbre que va conformando nuestra existencia.

El proceso de toma de conciencia de la vida no es algo que incluya el equipamiento de serie con que nacemos. Tener conciencia lúcida de lo que somos (potencialidades y limitaciones) y de lo que es la vida ni siquiera es un desarrollo obligatorio a lo largo de nuestra existencia. Por no ser, ni siquiera es cómodo adquirirla, dado que suele requerir que abandonemos nuestra zona de confort. Tomar conciencia es comenzar a conectarse con lo que nos une a los demás, con lo que compartimos por el simple hecho de ser humanos. Es una actitud que debe adoptar quien quiere desarrollarse. Una mirada interna necesaria para ver más allá de lo evidente. Todo lo que siente esa persona es susceptible de ser sentido por mí y viceversa.


La noción de humanidad enfatiza la fragilidad de nuestra especie, característica que no cuesta imaginar fuera la base de nuestro comportamiento social (vivir en grupo, ser en grupo, tenía un indiscutible valor de supervivencia, nos aportaba una manifiesta ventaja evolutiva). No en vano, las sociedades más primitivas consideraban el destierro, esto es, excluir del grupo, el máximo castigo que se imponía a quien contravenía las leyes de la comunidad. En la antigua Grecia, la ley del ostracismo protegía a la sociedad de los malos políticos, aquellos ciudadanos que suponían un peligro para el bien común. Un castigo inclemente y más vergonzoso que la muerte, el de vivir solo, sin el apoyo de sus convecinos, si podías sobrevivir a él. En la Alta Edad Media no se conocía –de manera intencionada- castigo más severo, y el concepto se asimilaba a la idea de deambular y a la noción de muerte. La época cuestionaba la humanidad de los exiliados y los consideraba bestias salvajes. Pero, el tiempo ha transcurrido, mucho, y como es público y notorio hoy día, esta pena no constituye castigo alguno sino que más bien brinda al perverso una oportunidad para largarse a un paradisíaco destino a disfrutar de los bienes o recursos defraudados.

Por tanto, el concepto de humanidad tiene un sustrato social esencial y hace referencia a la capacidad de benignidad. La cualidad de sentir afecto, comprensión o solidaridad hacia las demás personas. La compasión sentida ante las desgracias de nuestros semejantes. Cuanto más sensibilizado está un sujeto ante sus iguales, más humano es, más social es. 



Pero, ¿cómo surge esta capacidad?


Los expertos de la Teoría de la mente nos hablan de las neuronas espejo, una tipo de célula cerebral que se activa cuando un animal o persona desarrolla la misma actividad cerebral que está observando ejecutar a otro individuo, especialmente un congénere. Las neuronas espejo nos permiten comprender (dotar de significado) las intenciones y emociones de los otros, y nos vinculan con ellos desde el punto de vista mental y emocional (Iacoboni, 2009). Constituyen el sustrato cerebral de la tendencia a imitar que nos caracteriza a los seres humanos, una aptitud crítica en la evolución del lenguaje, y por extensión, de la cultura humana. El neurólogo V. S. Ramachandram comenta: “Es extraordinario porque es como si esta neurona estuviera adoptando la perspectiva del otro, como si realizara una simulación virtual de la acción de otra persona”.

Estas neuronas no solo ayudan a estimular el comportamiento de otras personas sino que pueden ser reviradas hacia dentro. Podrían ser la base de la introspección y de la reciprocidad, esto es, de la autoconciencia. El adjetivo que conocemos, común o poéticamente, como humanidad es lo que científicamente se denomina inteligencia emocional o la habilidad para reconocer, entender, razonar y manejar las emociones de uno mismo y de los demás. Y un requisito necesario para poder reconocer y entender las ajenas, es comprender antes las propias. En sociedades de mamíferos que vivían en grupos cooperativos los individuos se afligían ante el dolor de un congénere, actuando de forma que se acabara el objeto que provocaba dicho dolor, incluso aunque supusiera un peligro para ellos mismos (Preston y de Waals, 2002).

Podríamos pues distinguir si queremos la conciencia de uno mismo, la autoconciencia emocional, como la capacidad de reconocer las emociones propias, sensaciones, estados y recursos internos, mientras que la conciencia social es la capacidad de reconocer los sentimientos, preocupaciones y necesidades de las otras personas (Goleman, 1998). Pero ambas capacidades están íntimamente ligadas. Esta conciencia social, que vendría a ser sinónimo de lo que llamamos empatía, parece fundamentarse (o al menos retroalimentarse) en la capacidad de autoconciencia. La empatía consiste pues, en una compleja forma de inferencia psicológica en que la observación, la memoria, el conocimiento y el razonamiento se combinan para poder comprender los pensamientos y sentimientos de los demás. Según diversos autores es fundamental para el desarrollo de las conductas éticas o morales, que no serían otra cosa que la consecuencia de la racionalización de las emociones. Si alguien no es capaz de reconocer una emoción en sí mismo, no podrá reconocerla en los demás. De esta manera, en el momento en que un ser humano es consciente de su finitud, cuando se sabe limitado, en definitiva, mortal, entiende lo frágil y valiosa que es también la vida de otros. Esta es la quintaesencia de la humanidad.


No obstante, esta facultad, aunque posee un cierto carácter innato, requeriría de una estimulación y aprendizaje adecuados gracias a un entorno sociocultural concreto para que se manifieste. Como cualquier otra aptitud. Lo que se entrena, se vigoriza o fortalece; lo que se abandona, se debilita o atrofia. De manera que podemos potenciar la empatía/autoconciencia para educar a individuos con alta inteligencia emocional. O no. O podemos ensombrecerla, dejándola menguar de inanición, y potenciando actitudes y aptitudes antisociales, que generen insensibilidad y/o desprecio a los demás.

El protagonista de “Breaking Bad” me dio la impresión de ser un tipo con inteligencia emocional. Quizá esta valoración proviniera de formalismos narrativos y el enfoque (parcial y subjetivo) desde el que nos muestran al personaje. Walter White no siempre fue malo. En un principio era un tipo normal (me temo) hoy día. Más bien apocado, que no se sacaba partido y que permitían sus derechos fueran pisoteados ¿Era bueno Walter? Más que bueno era tonto e inofensivo. Tan inocuo que se perjudicaba a sí mismo (por acción u omisión). Encajaba perfectamente en el perfil loser al que tan acostumbrados nos tiene la cultura estadounidense. Y sin embargo, Walter era un tipo con un alto cociente intelectual, profesionalmente competente, que igualmente mostraba indicios de inteligencia emocional. W.W. sabía leer las motivaciones y sentimientos ocultos en las personas y situaciones a que se enfrentaba, entiende las emociones de sus contrincantes y sus aliados, era capaz de anticipar el probable comportamiento de ellos. Esto le da una ventaja, que a la postre se demuestra definitiva. Y la serie nos muestra precisamente el proceso de conversión, evolución (visto desde la perspectiva individualista) o involución (si lo interpretamos desde la perspectiva social). Capítulo a capítulo, contemplamos el desarrollo de las potencialidades que albergaba el personaje, y que en este caso, al no construir dique de contención moral ni ético alguno, arrasa con todo lo que se le ponga por delante.

Que el amigo White actúe de manera malvada o perversa es un efecto secundario; un daño colateral supongo que entendería él. Pero su aspiración no es ser el más malo. No pretende ser un Joker (“Batman”), ni es un Norman Bates (“Psicosis”), ni siquiera el moralizador John Doe (“Seven”). Él no tiene la intención decidida de fastidiar por fastidiar, pero el efecto que sus acciones tiene en los demás es perjudicial, si no letal. Cuando se enfrenta a alguien es simplemente porque esa persona se encuentra en el camino que ya ha trazado para conseguir su objetivo. 



Jesse Pinkman no tiene desarrollada esa destreza emocional. Calcula, intuye, pero no ve tan lejos como su colega. No es tan despierto, ni llega a acceder al mundo interior de sus semejantes. Pero el matiz determinante que les separa es otro: Pinkman tiene escrúpulos, es compasivo, su ética personal le impide llegar tan lejos como White. Gustavo Frings pertenece a la misma categoría de depredador que W.W.. Intuitivo, sagaz y sutil, sabe leer emocionalmente a los demás. Pero insisto, también desprecia la compasión. No le tiembla el pulso cuando hay que sentenciar; no hay dolor ni culpabilidad después de hacerlo. Hank Schrader anda escaso de inteligencia emocional, yo diría que incluso de la inteligencia clásica. Pero tiene una virtud que aprovecha largamente: es tenaz. A pesar de mostrar emocionalmente el nivel de un adolescente (algo que no parece inusual en la sociedad norteamericana), respeta sus preceptos morales y profesionales. Pero sobre todo, sabe hacer su trabajo, lo sabe hacer bien, y ¡joder!... se esfuerza. Tuco, no, ni de lejos, ni remotamente. Impermeable a cualquier atisbo de proceso mental que denote una inteligencia que no sea la básica y fundamental, la que posee cualquier animal salvaje: la de sobrevivir en su entorno. Los gemelos Salamanca TripleA (Asesinos Autistas Asueldo) quizá sean el caso de inteligencia, si se le puede llamar así a lo que quiera que genere la neurona anémica de que dispone cada uno, más embrutecida de toda la serie. Superan de manera arrasadora y por goleada a los colegas de Jesse, que ya de por sí rozan el retraso mental ambiental. Nein!, nein!, nein!. De ninguna de las maneras.

Pero sí que hay alguien. Un personaje. Alguien que muestra una competente inteligencia emocional en la serie. Es ella. Skyler. Dispone de intuición (debe ser la archiconocida que se asocia a la feminidad) y sensibilidad. Entiende las necesidades de los demás, las que subyacen a los sentimientos, sean estos expresos o no. Está por la construcción de relaciones en su entorno. Si bien no siempre puede hacer lo que quisiera, su intención es diáfana, sacrificada, y como no podía ser de otra forma, trágica.

Un dato pertinente de consideración es que cuando se habla de inteligencia emocional, se da por sentado que quien la posee, la aplica. Pero técnicamente son dos procesos distintos. Se plantea entonces otra cuestión: ¿Poseer una alta inteligencia emocional presupone actuar necesáriamente en consecuencia? O sea, ¿puede uno ser capaz de intuir y entender estados emocionales de otros, y de la misma manera ser capaz de obviarlos (incluso aprovecharlos) en aras de un interés puramente individual? La respuesta me la dio la antítesis de nuestro personaje: Dexter.


Dexter Morgan (“Dexter”) reconoce desde el principio su naturaleza psicopática. El tipo tiene capacidad intelectual y académica sobrada para saber de qué habla. No obstante, la detección precoz por parte de su padrastro y su consiguiente educación socioemocional configuran de adulto a un psicópata que actúa contra los malvados (eso sí, según su personal concepto de justicia). Un psicópata que ejerce contra su naturaleza. Curioso! Si Dexter tiene una constitución antisocial pero se comporta de forma prosocial (recordemos, siempre en sus propios términos), ¿por qué Walter White no puede ser lo contrario? 


La predilección que nos engancha a White en los primeros capítulos está milimétricamente calculada por sus hacedores. No proviene obligatóriamente de la valoración que hacemos sobre su proceder, sino de que nos lo presentan como alguien que merecería más, digno de compasión; alguien con quien la vida se ha comportado de manera injusta. Pero, lo que es evidente es que, aún poseyendo capacidad, y este es el punto crítico, Walter en ningún momento usa su inteligencia para “...identificar y entender mejor las emociones, ser capaz de utilizarlas para relacionarse mejor con los demás, tener más éxito en su trabajo (con los demás) y llevar vidas más satisfactorias (con los demás)”. La usa en beneficio pura y estrictamente propio. Incluso la familia a la que protege (dato que podría contradecir su egolatría) es la suya; pura y exclusivamente la suya. Y lo hace porque le interesa, no necesáriamente porque los ame. “Ni se te ocurra decir que lo hiciste por la familia”, escupe Skyler a Walt en la cara, a lo que este sentencia: “No. En realidad lo hice por mí. Porque me gustaba. Era bueno en eso. Me hacía sentirme vivo”. 

Walter se ama más a sí mismo que a nadie más en el mundo. Nada que reprochar al principio de supervivencia que debe de guiar a cualquier ser vivo. Pero se pierde al convertirlo en un axioma indiscutible y excluyente, en único leit motiv de su vida. Incluso aunque haya momentos en que Walter se emociona, no se dejen engañar, solo es una fase más de su proceso de deshumanización. Que Hitler amara a sus perros o se hiciera fotitos entrañables con críos no lo redime ni le hace merecedor de compasión. Walter va creando poco a poco su propio infierno, ese en el que tendrá que arder y calcinar su propia alma. Y es consciente de ello, por completo, a cada escalón que desciende. Pero tengan ustedes una cosa muy clara: ¡Es su jodido infierno! Y es él quien reina allí.

 


Walter calcula, proyecta y actúa. Hace lo que quiere, y así mismo va ganándose a pulso la condena reservada ancestralmente a los enemigos del bien común: el exilio. Su propósito está por encima de todo, por encima de quien sea; cueste lo que cueste. Y esto es lo que lo deshumaniza, lo que le convierte en un monstruo. Que aún teniendo facultades superiores para poder llevar una vida satisfactoria, decide usarlas exclusivamente para lograr su objetivo: ser el puto amo. Aprende a transgredir y a agredir, y aprende rápido, saliendo bien parado hasta de los más rocambolescos aprietos en que se ve envuelto. Para actuar como un psicópata no es necesario haber nacido con un perfil antisocial. Todo se puede aprender. Basta con tener un empeño inamovible y ningún tipo de escrúpulo o consideración por el resultado que tengan tus acciones en los demás. 

Hannah Arendt, es su estudio sobre el genocida nazi Adolf Eichmann, postuló que el mal más grande del mundo puede ser infligido por cualquiera. A este fenómeno lo denominó la banalidad del mal. Y, acabáramos, esto es lo que finalmente asimila a Walter White al tipo que cercenó el dedo de la mujer para robar el anillo o al degenerado oficial nazi del campo de exterminio.

martes, 6 de enero de 2015

Cita: La conciencia de lo humanamente soportable (Navidades del 44)




El prisionero que perdía la fe en el futuro —en su futuro— estaba condenado. Con la pérdida de la fe en el futuro perdía, asimismo, su sostén espiritual; se abandonaba y decaía y se convertía en el sujeto del aniquilamiento físico y mental. Por regla general, éste se producía de pronto, en forma de crisis, cuyos síntomas eran familiares al recluso con experiencia en el campo. Todos temíamos este momento no ya por nosotros, lo que no hubiera tenido importancia, sino por nuestros amigos. Solía comenzar cuando una mañana el prisionero se negaba a vestirse y a lavarse o a salir fuera del barracón. Ni las súplicas, ni los golpes, ni las amenazas surtían ningún efecto. Se limitaba a quedarse allí, sin apenas moverse. Si la crisis desembocaba en enfermedad, se oponía a que lo llevaran a la enfermería o hacer cualquier cosa por ayudarse. Sencillamente se entregaba. Y allí se quedaba tendido sobre sus propios excrementos sin importarle nada.



Una vez presencié una dramática demostración del estrecho nexo entre la pérdida de la fe en el futuro y su consiguiente final. F., el jefe de mi barracón, compositor y libretista bastante famoso, me confió un día: "Me gustaría contarle algo, doctor. He tenido un sueño extraño. Una voz me decía que deseara lo que quisiera, que lo único que tenía que hacer era decir lo que quería saber y todas mis preguntas tendrían respuesta. ¿Quiere saber lo que le pregunté? Que me gustaría conocer cuándo terminaría para mí la guerra. Ya sabe lo que quiero decir, doctor, ¡para mí! Quería saber cuándo seríamos liberados nosotros, nuestro campo, y cuándo tocarían a su fin nuestros sufrimientos." "¿Y cuándo tuvo usted ese sueño?", le pregunté. "En febrero de 1945", contestó. Por entonces estábamos a principios de marzo. "¿Y qué le contestó la voz?" Furtivamente me susurró: "El treinta de marzo." Cuando F. me habló de aquel sueño todavía estaba rebosante de esperanza y convencido de que la voz de su sueño no se equivocaba. Pero al acercarse el día señalado, las noticias sobre la evolución de la guerra que llegaban a nuestro campo no hacían suponer la probabilidad de que nos liberaran en la fecha prometida. El 29 de marzo y de repente F. cayó enfermo con una fiebre muy alta. El día 30 de marzo, el día que la profecía le había dicho que la guerra y el sufrimiento terminarían para él, cayó en un estado de delirio y perdió la conciencia. El día 31 de marzo falleció. Según todas las apariencias murió de tifus.  



Los que conocen la estrecha relación que existe entre el estado de ánimo de una persona —su valor y sus esperanzas, o la falta de ambos— y la capacidad de su cuerpo para conservarse inmune, saben también que si repentinamente pierde la esperanza y el valor, ello puede ocasionarle la muerte. La causa última de la muerte de mi amigo fue que la esperada liberación no se produjo y esto le desilusionó totalmente; de pronto, su cuerpo perdió resistencia contra la infección tifoidea latente. Su fe en el futuro y su voluntad de vivir se paralizaron y su cuerpo fue presa de la enfermedad, de suerte que sus sueños se hicieron finalmente realidad.


Las observaciones sobre este caso y la conclusión que de ellas puede extraerse concuerdan con algo sobre lo que el médico jefe del campo me llamó la atención: la tasa de mortandad semanal en el campo aumentó por encima de todo lo previsto desde las Navidades de 1944 al Año Nuevo de 1945. A su entender, la explicación de este aumento no estaba en el empeoramiento de nuestras condiciones de trabajo, ni en una disminución de la ración alimenticia, ni en un cambio climatológico, ni en el brote de nuevas epidemias. 


Se trataba simplemente de que la mayoría de los prisioneros había abrigado la ingenua ilusión de que para Navidad les liberarían. Según se iba acercando la fecha sin que se produjera ninguna noticia alentadora, los prisioneros perdieron su valor y les venció el desaliento. 

Como ya dijimos antes, cualquier intento de restablecer la fortaleza interna del recluso bajo las condiciones de un campo de concentración pasa antes que nada por el acierto en mostrarle una meta futura. Las palabras de Nietzsche: "Quien tiene algo por qué vivir, es capaz de soportar cualquier cómo" pudieran ser la motivación que guía todas las acciones psicoterapéuticas y psicohigiénicas con respecto a los prisioneros. Siempre que se presentaba la oportunidad, era preciso inculcarles un porque —una meta— de su vivir, a fin de endurecerles para soportar el terrible cómo de su existencia. Desgraciado de aquel que no viera ningún sentido en su vida, ninguna meta, ninguna intencionalidad y, por tanto, ninguna finalidad en vivirla.

Ese, estaba perdido.

"El hombre en busca de sentido" (1946)
Viktor Frankl