domingo, 29 de septiembre de 2013

Optimismol Complex (comprimidos inspirados)




0. Introducción

- Conserve este prospecto, ya que puede tener que volver a leerlo.
- Este tratamiento se le ha prescrito solamente a usted, pero puede pasárselo alegremente  a cualquier otra persona que presente los mismos (o parecidos) síntomas que usted.
- Puede ser útil proponerle a un pariente o amigo (de los sensatos) que le lea este prospecto. Seguro que puede apoyarle con el tratamiento.

1. ¿Qué es Optimismol Complex?  

Optimismol es un tratamiento perteneciente a la designación Psicología Positiva, concretamente a la categoría Trascendencia, del área denominada Fortalezas Personales.
                
Optimismol se utiliza para el tratamiento de estados de ánimo bajo, crisis vitales y vacío existencial. También puede aplicarse en otros estados mentales malsanos que no respondan a medicación tradicional (les diría que, incluso aunque respondan). Igualmente es aplicable en estados de animo carenciales cotidianos no necesariamente patológicos. 


2. ¿Cómo aplicar Optimismol Complex?

Su aplicación requiere de la implicación del paciente, que deberá de plantearse una opción más constructiva a su forma actual de interpretar la vida.
Partiendo de la base (empíricamente demostrada) de que todo ser humano lleva dentro de sí la posibilidad de ser feliz, de alcanzar la plenitud, es necesario promover su desarrollo. El optimismo ha sido propiamente el camino más natural para ello. Por tanto, como base para su crecimiento se recomienda adoptar, de manera convencida, los siguientes prerrequisitos: 
  1. Olvídese de una vez por todas de aquello que usted (y no otra persona sino usted) supone que es la vida. Bastante de lo que nos enseñaron que era no tiene que ver con la realidad de la vida. 
  2. Aprenda a conocer el mundo real, la vida que nos ha sido concedida (sí, porque así fue: regalada, como en un concurso de la tele, pero sin tener que hacer el payaso). Es primordial que el conocimiento de la realidad esté basado en la evidencia. Por supuesto que no se incluye dentro de esta categoría “haberlo visto en la tele”. De hecho, esta es una de los enemigos naturales de la persona realista. 
  3. Acéptelo. Asuma el mundo como es. Acepte la vida con todas las posibilidades que ella encierra. Las positivas, las magníficas, las negativas y las nefastas. Las posibles, las probables y las “ni remotamente hipotéticas”. Todas están dentro del bombo de la lotería de la vida. Y el bombo gira continuamente.
  4. Valore la vida. Valore lo que tiene. Tenemos un amplio margen de maniobra (compárenlo con el que tiene un percebe o una ameba) y hemos de asumir que lo único que podemos hacer es intentarlo. A mayor esfuerzo, mayor probabilidad de logro. En la naturaleza no existe nada parecido al concepto “seguridad” que nos venden las aseguradoras y algunas religiones. Pero disponemos de una herramienta preciosa: tiempo. Disponemos de tiempo; por tanto, solo necesitamos adquirir la voluntad para esforzarnos. Pero es fundamental que usted lo crea así. Precisamente para este objetivo están diseñados los comprimidos que se presentan a continuación.  

3. Dosificación del tratamiento.

Tratamiento ad hoc, de aplicación inmediata ante adversidades que afecten al estado de ánimo.
Se recomienda administrar una píldora por día. No obstante, si fuera necesario, no hay contraindicación a su aplicación sucesiva. Se requiere respetar el tratamiento durante varias semanas, meses a ser posible.

El tratamiento se presenta en 10 cómodos comprimidos de liberación prolongada, que el paciente ha de proceder a descomprimir (como un vulgar archivo de WinZip o WinRAR). Al ejecutar la descompresión se recomienda hacerlo de forma inspirada (no inhalada), es decir, tratando de imbuirse de espíritu creativo para reflexionar (magnífica palabra) tanto como le sea posible sobre el principio activo del comprimido.
Necesario indicar que, a mayor reflexión, mayor efecto del tratamiento.


4. Comprimidos

1.- Nació usted, no otro. Recuerde que usted fue el que logró fecundar al óvulo. No es ninguna frivolidad. Todos competíamos contra miles, centenares de miles de compañeros. Y aún así, solo usted alcanzó el objetivo de fecundarlo. Quizá algo de suerte, quizá talento, pero lo que es seguro es que requirió mucho esfuerzo.

2.- La palabra clave es esta: esfuerzo. Es la moneda de cambio de la vida. Es una cualidad humana esencial y estamos diseñados (como tantos otros animales del planeta) para ello. Es la única manera que conozco de crecer propiamente, de progresar como persona. El enemigo natural del esfuerzo es el que nos tiene actualmente presos: la molicie, la comodidad que inmoviliza.

3.- Lo contrario a la vida no es la muerte. La muerte es lo opuesto a existir. El antagonista real de la vida es el miedo; ese que ni le mata ni le deja vivir. Precisamente por eso, porque no termina de defenestrarnos ni nos permite disfrutar de la vida.

4.- Trate de cuidar su higiene mental. Líbrese de creencias y pensamientos que solo consiguen doblegarle o tiranizar su voluntad. Si sufre por lo que desea, cuando lo consiga sufrirá por el riesgo de extraviarlo. Si en ambos casos perdemos, igual donde hemos de centrar nuestros esfuerzos en vencer el miedo. Imprescindible aniquilar los “debería” o “tendría que” de nuestra toma de decisiones cotidiana.

5. Asuma la responsabilidad de sus actos. Para lo bueno y para lo malo. Cuando acierte el mérito será suyo, incrementará su valía personal, será más usted mismo. Cuando se equivoque, como mínimo, podrá aprender del error: mejorar lo reparable o compensar lo irreparable. Pero no olvide que, en cualquiera de los casos, estará construyendo una mejor persona.

6.- No tema al dolor. Es fácil decirlo, pero hay que superar el miedo al dolor y enfrentarlo. La parte positiva (si lo prefiere, constructiva) es que el dolor enseña. El dolor forma parte de la vida (no me pregunte por qué), de manera que encararlo y asumirlo con la mayor dignidad posible es parte de su misión aquí (sea cual sea el sentido que tenga su vida).

7.- Trate de encontrar aquello que realmente le apasiona, sea persona, animal o cosa. Si no lo han encontrado aún, sigan buscando. No se conformen. Sabrán lo que es cuando lo hayan encontrado. Pero no dejen de intentarlo. ¿Porque creen que empecé yo a escribir este blog?

8.-Rodéese de gente entusiasta y positiva. Huya de los individuos tóxicos y frenamigos como de la peste. Tenga por seguro que esta será una de las inversiones más importantes de tu vida. Dedíquele tiempo y esfuerzo. Porque los amigos, los verdaderos, alguna vez le salvarán la vida (y puede que, incluso, en sentido literal).

9.- “Memento Mori”. Todos saben como termina este juego: al final, el bueno, muere. Y el bueno es usted. Saber que uno morirá y que ese momento no está lejano es el gran motivador de la vida (acaso piensan crionizarse como Disney o confían en encontrar el elixir de juventud). Desde el momento en que sabemos que vamos a morir ¿Qué hay que perder?. Todo eso por lo que nos afanamos cotidianamente, dentro de 100 años será ridículamente insignificante, no tendrá ningún sentido. Vanidades, caprichos, deberes, obligaciones, éxito y fracaso, todo será polvo en el viento. Como dijo el amigo Jobs (no confundir con el santo): “Recordar que uno va a morir es la mejor manera que conozco para evitar la trampa de pensar que hay algo por perder”.  

10. “Nos pueden quitar todo excepto una cosa, una última libertad humana: Elegir qué actitud adoptamos ante las circunstancias” afirmó Victor Frankl (que algo sabía de la vida). Sí, es posible que suene algo etéreo, y que tampoco resuelva ningún problema. Pero esa elección esencial y personal es algo que no le puede arrebatar ab-so-lu-ta-men-te nadie. Y es importante, porque este último poder de decisión reafirma su ser, fortalece su dignidad, y en definitiva, le hace más persona.

Si no nota mejoría en su estado anímico, pruebe a crear debate al respecto con personas de su confianza (aquel amigo o familiar que dijimos).
Si necesitase más cantidad de tratamiento, lo puede adquirir gratuita y directamente de diversas fuentes: leyendo a los clásicos (o modernos cabales), escuchando entrevistas de personas centradas, rodeándose de individuos con sentido común, viendo películas que merezcan la pena, etc.



4. Eficacia del tratamiento

Para chequear y afirmar la eficacia del mismo se recomienda establecer un método de medida. A falta de otro más estandarizado, se recomienda elaborar una Escala Personal de Bienestar. Esto es, puntuar su situación anímica actual en una escala subjetiva del 1 al 10 (siendo 1 la situación más nefasta imaginable y 10 la más plena o feliz posible).
En ausencia de ejemplos apropiados, se sugiere situar en el número 1 a Stephen Hawking, o a cualquiera de los niños que cosen para las multinacionales textiles en Singapur o a cualquier congoleño que trabaja en régimen de esclavitud en las minas de coltán, o una de las niñas yemeníes que sus padres venden sin miramiento alguno para casamientos con adultos que triplican su edad.
Si ninguno de estos ejemplos le convence (y esto es primordial, que le convenza), sugerimos echar un vistazo a un telediario cualquiera, de cualquier franja horaria. Allí encontrará un extenso muestrario de casos de donde extraer alguna idea.

5. Posibles efectos secundarios

El principio activo de los comprimidos es un optimismo realista, por lo que difícilmente se manifestarán efectos secundarios adversos, salvo, en ocasiones, cierta desazón por el mundo en que vivimos. Lo que, bien visto, no deja de ser una reacción perfectamente comprensible, con la que hay que aprender a convivir.

Solo en aquellos casos en que el tratamiento se descomponga o adultere en su interpretación (confundido, por ejemplo, con un optimismo ingenuo que pretenda ver el mundo de color de rosa o un optimismo desbocado, exaltado, cercano a un episodio maníaco) puede presentar efectos adversos, como:
-  Sensación irreal de vivir en un mundo maravilloso.
-  Exaltación, humor elevado de perfil eufórico.
-  Hiperempatía o deseo desmesurado de ayudar a quien sea.
-  Excesiva confianza en sí mismo y en sus posibilidades
-  Etc.

6. Información adicional.

- Optimismol y alcohol. Puede tomar este tratamiento con alcohol, de hecho es recomendable con  bebidas de baja graduación, eso sí, siempre que sea acompañado de personas constructivas y congruentes.
-  Embarazo  y lactancia. No se ha descrito ninguna incompatibilidad del tratamiento en este caso. Bien al contrario, se recomienda su uso por parte de las madres a fin de no criar niños consentidos y vanos.
-  Conducción de máquinas. No se ha descrito ninguna incompatibilidad del tratamiento en esta situación. Bien al contrario, el efecto del tratamiento puede ser positivo, pudiendo observarse síntomas como: ser comprensivo con vehículos que circulan delante a menor velocidad, saludar a algún peatón a pesar de haber tenido que detenerse para cederle el paso, reparar en lo bonito que está el campo en esta época del año,... En alguna ocasión se han dado casos de conductores que espontáneamente comenzaron a silbar mientras conducían o a tararear alguna canción.
-  Este compuesto se puede administrar sin ayuda de líquidos, tanto en ayunas como con alimentos.
-  Si olvidó tomar un comprimido, puede doblar o triplicar la dosis tranquilamente.
-  Mantener, a ser posible, al alcance de los niños.

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jueves, 26 de septiembre de 2013

Cita: No todo el que te ensucia es tu enemigo


Una cría de ganso se hallaba extraviada. Había perdido de vista a su madre y al resto de la bandada, justo cuando comenzaban a emigrar hacia tierras más cálidas. La búsqueda se tornó estéril, y a medida que pasaron las horas y los días, empezó a notarse más débil.

Resultó que el frío  llegó de manera inesperada. Perdido y aterido andaba cuando se acercó a una granja. Tratando de resguardarse se acercó a una vaca, justo cuando esta dejó caer una gran plasta de mierda, que le cayó encima al pequeño ganso. 

No tenía suficiente con estar muriéndose sino que además se le cagan encima.  Pero el pollito entonces se sintió reconfortado por el calor de las heces, de manera que poco después empezó a recuperarse. 

Cuando estuvo entonado pió pidiendo ayuda, y un zorro que andaba por allí se acercó. Le ayudó a salir de la boñiga y a limpiarse un poco. Cuando el gansito pensó que estaba en condiciones de levantar vuelo, el zorro se lo zampó.

Moraleja:
-         Cuando estés de mierda hasta arriba, no digas ni pío.
-         No todo el que te ayuda es tu amigo, y
-         No todo el que te ensucia es tu enemigo.
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miércoles, 18 de septiembre de 2013

McFly... ¿Hay alguien en casa, McFly?



Lucía un sol espléndido. No debería haber sido así, puesto que los anteriores días fueron lluviosos, preludio del inexorable cambio de estación. Pero aquel día amaneció raso, y a media mañana se mostraba insolentemente luminoso. 

Me encontraba sentado, en un banco público, en una pequeña placita de la ciudad en que pretendía continuar mis estudios, Granada. El sol pegaba con fuerza, como si hubiéramos vuelto a la canícula estival. La temperatura ambiente estimulaba a los turistas a pasear, a tomar tapas y cañas en los bares circundantes, incluso a alguno, a sentarse en el mismo banco que yo. Pero yo no podía prestarles atención. Me encontraba absorto en mi circunstancia, en mis pensamientos, que inadvertidamente se habían ido estancando, petrificando, casi empezado a fosilizar.

“Sonríe cuando te vayas a fosilizar, que no piensen luego que lo has pasado mal” cantaban los Siniestro Total. Pero hay momentos en que no puedes ocuparte de la compostura, del “saber estar”, que dice mi madre. Aquel era el caso. 

Me sentía con ese mal cuerpo que se te queda cuando la selección española pierde la final del campeonato en el último minuto de la prorroga, y además, por culpa del árbitro. Como Superman con un traje confeccionado con kriptonita. Conocen ustedes esa sensación de ir perdiendo irremediablemente las energías, de forma lenta pero constante, como uno de esos pinchazos en la rueda del coche que no dan la cara hasta que al día siguiente llegas al garaje y la encuentras completamente desinflada. Pues esa misma, pero lo que perdía no era el aire sino el ánimo, la ganas; la ilusión, si quieren llamarlo así. 

La vida bullía alrededor, pero y yo no podía unirme a la fiesta. Dentro de mí el paisaje era bastante más desolador, y frío; una persistente nevada (copos de consternación) congelaba mis fuerzas, mientras  una fina capa de escarcha comenzaba a cuajar sobre mi ánimo. 


 Acababa de bajar del organismo oficial (no recuerdo ahora mismo si fue la facultad o el rectorado). Llegaba de su Secretaría, en donde había tenido un rifirrafe con el (incompetente, en este caso) funcionario de turno. Dadas mis limitadas destrezas asertivas en aquella época, quizá pecara de optimista al pensar que subsanarían el error. Efectivamente, no lo hicieron; y allí mismo, en sede oficial, me informaron: Me habían denegado la beca de estudios. 

El desastre se había completado. Aquella noticia me sentó como un jarro de agua fría, por no emplear la expresión de la patada en la zona inguinal. Aquello fue un mazazo que no me esperaba. Aunque ahora que lo pienso, quizá sí. Quizá fuera previsible que esto sucediera, pero yo mismo no quisiera verlo. 

Recuerdan cuando éramos críos y al asustarnos con el famoso coco (hombre del saco o psicópata comeniños de turno), en vez de huir se nos ocurría la brillante estrategia defensiva, maniobra evasiva clásica por otra parte, de taparnos la cara con las manos para no verlo. La lógica infantil es obvia: si no veo al coco, el tampoco me podrá ver. Creo que se le llama pensamiento mágico. 

Quizá suene ridículo, pero si tratamos de ponernos en la piel de aquel niño/a: ¿A dónde coño huye un crío de un peligro que desconoce por completo? Reconozcamos que, con 4 o 5 años, los recursos de que dispone uno para enfrentarse a aquel tipo eran bastante precarios.

Ni siquiera me estoy refiriendo a los económicos (que ya doy por sentado que eran cero) sino que, intelectualmente, no daba uno para replantarse la situación de manera racional:
"Un coco devorador de niños, que lleva toda la vida actuando ¿Y todavía no lo ha pillado la poli?" o "¿Porque va a venir precisamente a por mí? Si algo hay de sobra eran niños". Teniendo en cuenta que sociológicamente vivíamos en la época del Babyboom, había chiquillos por todas partes. Como decía Wyoming, “en donde quiera que miraras había niños. Los padres discutían en casa, y debajo de la mesa había un crío. Se iban al cuarto de baño para continuar, y en la ducha había otros dos,…” Y lo más sospechoso "¿justo cuando me porto mal, viene el lunático ese a por mí? Que, oye, un coco es un psicópata, como el de Vienes 13 o La matanza de Texas; mata sistemáticamente, no tiene preferencias". No, a esa edad no se dispone de las estructuras neurológicas y, por extensión, tampoco el desarrollo cognitivo necesario para razonar y llegar a conclusiones tranquilizadoras. 

Pero nuestro desarrollo físico o motor tampoco andaba mucho mejor. Las estrategias básicas de afrontamiento de cualquier vertebrado superior ante una amenaza son básicamente dos: la huida o el enfrentamiento. Desde algún recóndito lugar de nuestro interior, llámenlo intuición si quieren, algo nos decía que a la carrera no le íbamos a ganar al infanticida ese (que además estaba bastante curtido en estas lides). Y enfrentarnos a él, dada nuestro potencial muscular, tampoco era algo que nos diera mucha confianza. Por lo tanto, la reacción final era la de quedarnos quietos (conducta de freezing que dicen los entendidos) para, con un poco de suerte, confundirnos con el entorno y que no nos descubriera. Fuera rezando compulsivamente, o verbalizando “que no me vea, que no me vea”, o incluso confiando en poder desarrollar espontáneamente la capacidad de mimetización del camaleón o el calamar (no, no existen límites en el mundo de fantasía infantil). 

La cuestión es que, como táctica para un crío, no la veo descabellada. No obstante, para un veinteañero, como dicen los mayores, con el escroto velludo (bueno, lo dicen de una manera más bruta), dejaba mucho que desear. 

Pero esa no era mi preocupación en aquellos momentos. Me habían denegado la beca, con ella la posibilidad de estudiar fuera de casa. Y haber estudiado aquel año en la ciudad nazarí, que parecía tomada por los estudiantes, había sido para mí toda una revelación, una epifanía. No sé si les parecerá que exagero (que tengo cierta tendencia) pero les puedo asegurar que la sensación que tuve al vivir allí fue la de haber descubierto el mundo. 


Y ahora, un puñetero error burocrático me condenaba a abandonarlo.

Y entonces, noto que alguien se detiene enfrente de mí. Si hubiera tenido ánimo para dirigirme a aquella persona le hubiera dicho algo parecido a lo que le soltó Epicuro a Alejandro Magno cuando le tapaba el sol. Pero antes de poder reaccionar escuché una voz que me llegó como un cañonazo: “Tío, ¿Qué haces aquí?”. La educación recibida en casa me impedía obviar una presencia humana, y mucho menos ignorar un requerimiento. Así que adoptando una sonrisa prefabricada (de esas que hemos entrenado tanto durante nuestra vida) y tratando de ocultar mi abatimiento, le dirigí la mirada. Era Charo, una chica de mi pueblo, algunos años mayor que yo. Llevaba tiempo sin verla por allí así que supuse debía estar estudiando fuera. “Bueno…” balbuceé. “Aquí, que iba a matricularme….”. “De puta madre, tío” interrumpió con brío. “Te lo vas a pasar muy bien aquí. Esta ciudad tiene un encanto singular…”. “Ya… –la interrumpí yo-, pero es que tengo un problema con la beca. Me la han denegado”. 

Y entonces sucedió. 

Charo me miró fijamente y, sin despeinarse, comenzó a disparar todo lo que pensaba. Como los buenos sicarios, por sorpresa y a quemarropa. Aunque sé que su intención no era esa, en poco rato corneó y revolcó toda mi vergüenza torera. Aquel día recibí la tunda, el varapalo, más contundente que recordaba en mi corta historia. Y mira que, en casa, había recibido unos cuantos. Pero aquel eran diferente. En casa se referían a mi deber como adulto, a mis obligaciones como hijo, etc. Pero su diatriba era distinta; ella apelaba a mi dignidad, a mi conciencia, a mi propia estima.

“Pero tío ¿qué me estás diciendo? Que te echan para atrás la beca y te vas a quedar ahí sentado, como un pasmarote”, “Pero peléalo, hombre”, “Presenta una reclamación”, “Cómo te crees que yo estoy estudiando aquí”, “Que esa gente no es infalible. Se equivocan y tienes que ser tú el que los ponga en su sitio”…

Sinceramente, no recuerdo con exactitud las palabras que me dirigió, pero lo que recuerdo perfectamente (lo haré hasta el día en que me muera) fue el tono y la intención de aquella arenga. No puedo decirles si constó de tres frases o fue todo un discurso. Tampoco si me insultó o espetó algún taco (poco me importaba). Solo sé que aquella proclama tuvo un efecto incendiario dentro de mí.
Súbitamente cesó la nevada interior de autocompasión, el ánimo se descongeló al instante, y mi tono vital renació enardecido. Con la misma decisión con que Clint Eastwood decide acabar con los asesinos de su amigo en “Sin perdón”, con el mismo ímpetu que Marty McFly por fin se lanza decidido a declarase a Lorraine o Asterix recién dopado contra los romanos, incluso (si me apuran) con la misma inquina con que se lanzaba a machacar a su contrincante Brad Pitt en “Snatch: Cerdos y diamantes”, por fin, reaccioné.

Me despedí de ella infundido de ánimo combativo y ardor guerrero, aparte de la mala leche que genera el pundonor pisoteado (para mayor escarnio, públicamente, que más de un guiri cuando la viera espetarme con tanta vehemencia pensaría que acababa de confesarle a mi novia que había estafado a sus padres o le había ocultado que tenía otra familia, o algo por el estilo). Y me lancé, envalentonado, hacia la secretaría. Dispuesto a quemar el edificio. Con el indolente funcionario dentro, amordazado y atado a su silla. Y la puerta de entrada bien atrancada (para cuando llegaran los bomberos).

Y lo peleé.

Y me dieron la beca.

Y estudié mi carrera.

Y no, no quemé nada ni destrocé a nadie.

Y sí, continúo explorando el mundo que descubrí.