viernes, 19 de febrero de 2016

#14. Tus creencias definen, y deciden, tu vida.

Una señora pierde traumáticamente a su marido y se dice a sí misma que no volverá a encontrar nunca a nadie como él. Quizá no se dé cuenta de que está estableciendo un pacto tácito consigo misma por el que está cerrándose cualquier posibilidad. Está saboteando su futuro sentimental, igual de forma definitiva. Y lo peor es que puede que ni siquiera sea consciente de ello.

Una anciana es atropellada por un autobús en Nueva York. Rápidamente actúan los servicios de urgencia y es hospitalizada. Cuando interviene el médico le informa de que van a proceder a realizar una transfusión sanguínea. En ese momento, la señora se niega, informa de que es testigo de Jehová y su religión no permite el intercambio de sangre de otras personas. El médico le informa de que no hay otra alternativa, que es necesario para que pueda vivir. La señora se niega. Avisada la familia de la mujer, y personados en el hospital, ellos mismos ratifican lo dicho. Aún sabiendo que su familiar morirá, se niegan a practicar la transfusión. La señora falleció.

En una tribu del sur de Etiopía existe una creencia ancestral. Los niños que no son bendecidos por tres ancianos, nacen antes del matrimonio o les nacen los dientes de arriba antes que los de abajo, están malditos, son mingui. Eso supone atraer todo tipo de calamidades sobre la familia. Este es el motivo por el que a los 2 o 3 años los sacrifican. Los asesinan. Sus propios padres.

Los yihaidistas adoctrinan a niños y niñas para que se conviertan en mártires, haciendo detonar un cinturón de explosivos que se ciñen al cuerpo para generar un estado de terror. Sigue costándome trabajo entender qué tipo de creencia puede permitir y promover en un adulto la dedicación de lavar el cerebro de un niño para que se inmole.



Las creencias nos guían.

Solemos pensar que la realidad, en aquello que percibimos, externamente e internamente, es un concepto sólido, estable, comprensible y cuantificable. Pero la realidad no es única. No es igual para todos. Las circunstancias están siempre sujetas a la interpretación que haga el sujeto de ellas.

La realidad es poliédrica.

La realidad se construye.

La realidad es una construcción social.

No estoy diciendo que nos inventemos lo que hay fuera de nosotros, pero sí que interpretamos de forma subjetiva todo lo que hay fuera nuestra. Y también de todo lo que hay dentro, el “quienes somos”. Importante recalcar que estamos hablando de algo que no se basa exactamente en nuestras potencialidades o capacidades reales, sino en lo que creemos respecto de esas cualidades.

Y el arquitecto del edificio de nuestra comprensión del mundo son las creencias personales o esquemas mentales. Esto es, las presuposiciones que albergamos sobre cómo somos, como son los demás y cómo funciona el mundo. Son el fundamento de nuestra representación de la realidad, las asumimos como verdaderas y válidas, y nos permiten darle sentido a nuestra vida. Su importancia radica en que son los vectores de nuestra acción y emoción: nos enseñan a saber cómo hemos de sentirnos y cómo hemos de actuar. Por usar un símil, son el mapa que nos permite interpretar el territorio, darle sentido, obteniendo así la seguridad y estabilidad que necesitamos. Pero hemos de tener presente que el mapa no es el territorio. El mapa es una representación del territorio. Y como todos sabemos, hay mapas detallados, actualizados y fidedignos, pero otros pueden estar desfasados, ser imprecisos o ambiguos, algunos incluso equívocos.

De manera que, cotejar la fiabilidad y validez de nuestras creencias debería ser una de nuestras prioridades en la vida. Porque tendemos a funcionar habitualmente en modo piloto automático, sin percatarnos en muchas ocasiones de las creencias que tenemos. Y estas presuposiciones pueden estar contrastadas con la realidad, o ser más bien arbitrarias (en casos extremos, hasta imaginarias). Pueden haber sido elaboradas por nosotros mismos o haberlas adoptado en nuestro proceso de crecimiento. Genéricas o globales, pero también específicas y detalladas. Pueden haber sido útiles en un momento de nuestra vida pero haber quedado desfasadas en nuestra realidad actual, o viceversa. Formadas a raíz de experiencias personales o bien aprendidas de forma vicaria (por observación). Algunas de ellas son centrales en nuestra vida y otras tienen una significación periférica. En definitiva, asegurarnos de que nuestras creencias son válidas y fiables puede ayudarnos a diseñar y desarrollar una buena vida, una existencia satisfactoria. Pero si se da el caso opuesto, pueden complicarnos soberánamente la tarea de vivir.

La categorización genérica sobre las creencias las clasifica entre aquellas basadas en ideas o pensamientos racionales y las que usan los irracionales. De forma somera, las primeras son aquellas que poseen características como la flexibilidad (pueden evolucionar), representan fiablemente la realidad (son un buen mapa de esta) y generan emociones constructivas, y por extensión cumplen mejor la función de ayudarnos a alcanzar nuestras metas. Las irracionales serían las contrarias: presuposiciones rígidas (inmutables), que son incoherentes con la realidad, por lo que normalmente no sirven para lograr nuestros objetivos, y así, un caldo de cultivo excelente para generarnos estados de frustración.



Si esto es así, ¿por qué se adoptan creencias o esquemas mentales disfuncionales?

Resaltar que la diferencia entre unas y otras no solo es cualitativa, sino que también puede ser cuantitativa. Una creencia de andar por casa, pongamos por ejemplo, mantener un orden en la organización doméstica, nos ayuda a encontrarnos más a gusto en nuestro hogar, nos aporta calidad de vida. Pero esa misma idea, elevada a la enésima potencia, se convierte en un rasgo perfeccionista (todo, absolutamente todo debe estar en su sitio, y además tengo que comprobar que así sea, de manera que cualquier pequeña anomalía me genera ansiedad) que nos impide disfrutar de la vida. Una creencia que es perfectamente operativa, exagerada y solidificada se convertirse en una fuente de estrés constante.

Se puede complicar algo más la cosa si tenemos en cuenta que muchas de ellas funcionan a nivel subconsciente, por lo que no resulta nada fácil detectarlas. Podemos ser ajenos al hecho de que nos están influyendo, no darnos cuenta de que están perjudicándonos nuestra vida,y de esta manera ni siquiera intentar cambiarlas.

Lógicamente, alguna razón debe haber que compense los inconvenientes mencionado. Y, efectivamente, es una razón de peso: Este conjunto de cogniciones nos permite tener un conocimiento y opinión inmediata sobre un concepto (persona, objeto o evento) basándonos en información limitada. Y esa es una ventaja decisiva para nuestra existencia, puesto que hacen nuestro mundo previsible y lo simplifican. Lo dotan de orden, estructura y coherencia.

Lo más paradójico es que podemos tener esquemas mentales inadecuados (resolver problemas por la vía agresiva, discriminar a alguien por el color de su piel, asumir la bondad de otro por el simple hecho de que practica una religión, pensar que la vida es justa,…) y sin embargo, al tropezar con información que los contradicen o refutan, o sea, tener consciencia de que son desadaptativos, y aún así, ser bastante reacios modificarlos. En un estudio (Ross, Lepperd y Hubard, 1975) se permitió a los participantes formarse una idea, un esquema de cada sujeto en función de la información que se les ofreció sobre las buenas o malas decisiones que tomaba. Tras el experimento se les informó de que la información suministrada era falsa, pero los participantes conservaron sus impresiones.


Pero entonces, ¿por qué no adecuamos las creencias irracionales a la realidad?

Una vez instaurada una creencia, le damos total credibilidad y lo hacemos sin plantearnoslo. Los seres humanos desarrollamos estos complejos esquemas mentales, pero su objetivo no es necesariamente determinar lo que es verdad ni tampoco se guían obligatoriamente por principios lógicos. Al elaborar nuestras creencias, la preocupación primordial de nuestro cerebro no es garantizar que sean válidas y ciertas. Siempre que nos sean de utilidad para sobrevivir, las consideramos legítimas. Les damos carta de autenticidad y adoptan capacidad predictiva, dejándonos guiar por ellas. Independientemente de que sean correctas o no, ejecutan su misión esencial: permitirnos sobrevivir.

Antes de que se me olvide. Lalo Baloko, un joven de la tribu que mencioné al principio, consideraba atroz la creencia que obligaba a los padres a matar a sus hijos. Cuando empezó a hablar con sus coetáneos, muchos de ellos opinaban igual que él; de hecho, muchos padres vivían con la tortura de haber sido los asesinos de sus propios hijos. Decidió hacer algo, y empezó por recoger a los niños mingui y permitirles vivir fuera de la tribu. Continuó hablando con jóvenes, adultos y viejos. Hace pocos años logró que el concejo de ancianos aboliera tan macabra costumbre.

Anton Chejov lo vio claro, y fue taxativo al respecto: “El hombre es lo que cree”. De manera que téngalo claro: Ponga en duda sus creencias. Todas. Siempre.