sábado, 28 de febrero de 2015

#7. El dolor es inevitable, pero no inútil



El dolor es tan consustancial a la vida como la muerte, y sin embargo nos empeñamos en intentar evitarlo a toda costa. Vivimos en una sociedad que trata decididamente de erradicarlo, en lugar de enseñarnos a soportarlo. Pero, y no lo digo yo sino el sentido común, cualquier conflicto que rehuyamos tiende a crecer y volverse más complejo, por tanto, más difícil de resolver. 


La naturaleza del dolor es completamente humana. En realidad, es más que humana: es animal. El dolor, como mecanismo evolutivo, tiene la función de indicar al organismo aquello que es potencialmente amenazador o perjudicial para él. Y esto es válido para el dolor físico, pero también para el emocional, que dicho sea de paso, es lo que hace nuestro cerebro, tratar a ambos por igual (los procesa en los mismos centros cerebrales).

Todo esto significa que, hasta los animales con menos conciencia, disponen de un proceso interno, un dispositivo fisiológico, que cuida por su seguridad. Que vela por que podamos ejecutar el axioma número uno que lleva implantado en sus genes todo ser vivo de este planeta: sobrevivir.

Pero lógicamente, si lo interpretamos de manera adecuada. 


El dolor es, ante todo, advertencia. 
Es una fuente impagable de información que nos permite movernos en el mundo y detectar que elementos de nuestro ambiente debemos evitar. Cuando sentimos dolor, reaccionamos, ponemos en marcha toda una serie de recursos fisiológicos que nos permiten evitar o luchar contra esa amenaza (indistintamente de que después la resolvamos con eficiencia o no). 


El dolor nos obliga a aprender (salvo que no negemos a hacerlo). 
Una vez que el hecho doloroso está en/dentro/sobre/frente a nosotros, nos obliga a pensar.

Recuerdo un jefe que tuve hace ya algunos años, y de quien aprendí mucho. Un día nos hizo una pregunta a todos los compañeros aprovechando que estábamos en una reunión:  “¿Qué hace el corredor que llega primero a la meta?”. Nadie dijo nada, aunque todos nos esforzamos por encontrar una respuesta inteligente más allá de lo obvio. Ante el silencio general del auditorio, él contestó: “Gana”. Antes de que se desvaneciera el estupor general (correspondiente a: ¡Ah, era eso!), preguntó: “¿Y que hace el que llega detrás?”. Todos nos fuimos a la respuesta simple, pero conociendo el carácter del interlocutor sospechábamos que había trampa; no podía ser tan fácil. Solo el más temerario se aprestó a responder: “Pierde”. Sin despeinarse, nuestro hombre contestó categóricamente: “No”. “¡Aprende!”


El dolor tiene un objeto: protegernos. 
Cuanto más doloroso haya sido un suceso, más interés tendremos en aprender de lo ocurrido, puesto que mayor es nuestra prioridad por no volver a encontrarnos y experimentar una situación similar. Ese es el motivo por el que un bebe no volverá a meter los dedos en un enchufe o a acercar la mano a una llama. Y extraemos esta información de nuestra experiencia personal, pero también de la de los demás; del pasado, de lo que sucede en el presente y de lo que es futurible. Esa es la explicación por la cual aminoramos la marcha cuando encontramos un coche recién accidentado en carretera. Podría sucedernos a nosotros.

Nos enseña, así, a saber manejarnos, a vivir en un mundo impredecible, en donde, podemos anticipar muchos eventos, pero en el que también existen circunstancias potencialmente desconocidas y perniciosas.


Pero no nos confundamos: Dolor no es igual a sufrimiento. 
El dolor es necesario, el sufrimiento es opcional. El dolor es orgánico, intrínseco, y en mayor o menor medida inevitable, pero el sufrimiento podemos modularlo. El primero sería objetivo, el segundo más subjetivo. 


El sufrimiento depende de cómo interpretemos la situación. Esto es, un dolor asumible puede generar un gran sufrimiento si lo entendemos de manera dramática, si nos dejamos llevar por las emociones desbocadas, si lo exageramos (consciente o inconscientemente). Inversamente, un dolor extremo se puede sobrellevar (lo que no significa que no duela) si entendemos la causa y la asumimos. De manera que nuestras maravillosa mente tiene cierto margen de maniobra, disponemos de la posibilidad de modificar la forma en que nos afectan las circunstancias. 

Si utilizo la antigua técnica del cilicio (no confundir con el elemento químico, que empieza con “s”) para castigar mis carnes morenas, como lo hace el monje albino del Código da Vinci (Dan Brown), experimentaré dolor. Pero entender el motivo por el cual sufro ese dolor me permite asumirlo. En este caso, esta suerte de autotortura se ejecuta para expiar las tentaciones o pecados de la carne. Y esto es lo que justifica ese sufrimiento (para esa persona). En el extremo opuesto encontraríamos las prácticas sadomasoquistas, (y no, no voy a mencionar la lamentable película de las Sombras) en donde látigos y fustas se emplean en su uso tópico. Causan dolor, pero este no solo no se interpreta como perjudicial, sino que, en un peculiar giro de tuerca, los practicantes lo experimentan como estimulante o excitante. Es obvio que ese dolor es interpretado de manera distinta al que sobreviene al pillarse el dedo con la puerta de manera imprevista. 


Pero dentro de los sufrires creo que ganan por goleada otros más mundanos: Verse superado por acontecimientos vitales que generan dolor. Según los interpretemos, nos afectarán más o menos, y huelga decir que el ser humano es capaz de generarse mucho sufrimiento. Véase el caso extremo de los hipocondríacos. Personas tan excesivamente preocupadas por su salud que pueden encontrarse atenazadas por la sospecha de padecer una enfermedad severa al más mínimo síntoma. Esta percepción genera un tormento injustificado, pero que sufren como si fuera real. Pueden, incluso, carecer de síntoma contrastable, pero el hecho de que ellos sospechen y crean que van a enfermar provoca una dramatización superlativa que genera mucho dolor.

El quid de la cuestión: La sensibilidad. 
Si se paran a pensarlo, que exista un recurso como el dolor  es consecuencia de disponer de una fina sensibilidad.

Recuerden los tres ámbitos de la vida que estudiábamos en el colegio: Reino Mineral, Vegetal y Animal. 

Una roca, una piedra, es una entidad inerte con una organización molecular simple que carece de sistema nervioso. No tiene vida, y por tanto no puede evolucionar. Sensibilidad: 0.

Si subimos al siguiente peldaño evolutivo, los vegetales muestran una organización interna más compleja. Aunque les falta un sistema nervioso que le informe de los eventos externos para poder enfrentarse a ellos, disponen de recursos biológicos para resolver a la tarea de sobrevivir. Reaccionan al entorno. No disponen de movilidad, pero tampoco la necesitan para cubrir las necesidades que su diseño orgánico les pide.

En el reino animal ascendemos otro escalón. Ahora estamos frente a seres complejos, con mecanismos biológicos especializados. Disponen de sistema nervioso complejo que les permite moverse, reaccionar, y también actuar: pueden tomar la iniciativa. Su sensibilidad es mayor que la de las plantas al disponer de un mecanismo dedicado a eso, a explorar y experimentar con su entorno, todo con el fin último de cubrir sus necesidades. En este sistema aparece el dolor como estrategia de supervivencia. Tengan mayor o menor nivel de conciencia, el dolor y el placer serán los dispositivos biológicos que orientarán su conducta: rechazamos lo doloroso y buscamos lo gratificante. 

A mayor complejidad del sistema nervioso, mayor sensibilidad.
A mayor sensibilidad, mayor abanico de posibilidades de bienestar pero también de dolor.
Ambos estados son las dos caras de una misma moneda.


Es frecuente que los poseedores de inteligencia privilegiada, superdotados, se muestren en posesión de una sensibilidad también superior a la media, quizá exacerbada, que les genera un gran sufrimiento. La inteligencia extrema es indisociable de la sensibilidad extrema, por extensión, de la extrema receptividad emocional. Una inteligencia muy desarrollada e hipersensibilidad conllevan paralelamente una mayúscula vulnerabilidad. Sentir y percibir con lucidez aguda todo el catálogo de elementos del mundo material y las relaciones humanas genera una reacción emocional constante.

Solapado con lo anterior nos encontramos con el caso del perfil PAS (que no es la tarjeta del Carreful sino el acrónimo de Personas Altamente Sensibles), personas con una sensibilidad elevada, muy acentuada. A consecuencia de esta condición experimentan más intensamente las circunstancias de su vida. Sienten las emociones con mayor intensidad, y esto es válido para todas, las negativas y para las positivas. Un don de la conciencia que se plasma en una alta empatía pero que proporcionalmente conlleva un alto coste emocional


El dolor nos hace madurar y crecer. Nos hace más humanos. 
Cuando decidimos enfrentarnos al dolor, en primer lugar, estamos asumiendo su existencia, lo estamos aceptando. Esta elección conlleva el compromiso de lidiar con él, de hacer algo con él. Pero dejando de lado cómo lo hagamos, lo más relevante es que el hecho determinante de afrontarlo nos ennoblece, nos dignifica. Cuando se sufre conscientemente, cuando lo convertimos en una misión libremente asumida, nos hace más libres (interiormente), pero además nos perfecciona como seres humanos porque hace de nosotros seres más lúcidos. Nelson Mandela pasó media vida encarcelado y allí decidió renunciar a quejarse y odiar. Tomó la determinación de aprender a aceptar y manejar su dolor. Afrontar tan dura adversidad permitió que se doctorase (cum laude) en humanidad.

 
Nos permite distinguir lo accesorio de lo esencial, facilitando que podamos desprendernos de lo primero y aferrarnos a lo segundo. En este sentido, nos eleva por encima de nuestros apetitos e intereses. 

Como sea, y a pesar de la parrafada, les aseguro que por mucho que intente entender la función que tiene el dolor, yo personalmente, le temo más que a un talibán escondido detrás de un árbol. Esto es, lo rehuyo sistemáticamente. Pero me temo que es necesario comprenderlo para cuando acontece y es inevitable. El dolor es el banco de pruebas de la existencia humana. 

A modo de conclusión, y por si les sirve como a mí, les dejo con unas palabras de Fénelon:

El que no ha sufrido no sabe nada de la vida.
No conoce el bien y el mal.
Ni conoce a los hombres ni se conoce a sí mismo.


No hay comentarios:

Publicar un comentario