viernes, 1 de diciembre de 2017

32#. ¿Cómo se denomina el concepto equidistante del Egoismo y el Altruismo?

Entre el extremo del egoísmo y su antítesis, el altruismo, existe una actitud intermedia. Entre el exceso desmedido de amor propio y la entrega desinteresada por el bien de los demás (incluso a costa del interés personal) debería existir el vocablo que lo definiera. Una palabra que signifique el amor equilibrado a uno mismo, implicando la satisfacción de nuestras necesidades o intereses, tratando de no mermar los de los demás.




Sorprendentemente, no existe esa palabra. Quiero decir, no encuentro el significante concreto que tenga asignado ese significado.



Sí que encuentro voces compuestas. Hay más de una palabra, como auto-estima, amor propio, auto-respeto, egoísmo sano,... que tienen ese significado, pero lo hacen modificando un vocablo (lexema) anterior. Existen también conceptos muy cercanos, como dignidad o pundonor, pero opino que abarcan un espectro más amplio. Llámenme tiquismiquis... igual estoy exagerando la importancia de ese vocablo esquivo... Y no, no se crean que dispongo de tanto tiempo libre como para dedicarme a estas filigranas mentales. Pero el caso es que, las derivaciones de la omisión cuestionada, no son vanas.



El primer efecto de asignar un nombre a algo es diferenciarlo. Lo distingo del resto del contexto y de elementos afines o similares. Simultáneamente, le conferimos a ese algo una entidad particular, estamos reconociendo su relevancia. Pero es más que eso. Que un concepto o idea posea significante nos permite arrebatárselo a la realidad, a su limitada presencia material, para incluirlo en el vasto universo simbólico. Al disponer de significante, con ese término o concepto podemos desarrollar infinidad de operaciones mentales. Una vez en nuestra consciencia, podemos trabajar con él: Hipotetizar, razonar, reflexionar, combinarlo con otros elementos, hacerle trenzas o cortarlo en daditos. Por último, pero no menos importante, al invocarlo, al comunicarlo, generamos esa idea en otra persona. En su mente, el concepto trasmitido evocará algunas (o muchas) de sus propiedades.



¿Qué debemos deducir del hecho de que esta actitud personal, constructiva y necesaria, no tenga nombre específico en español? Supongo que más de las que soy capaz de concebir. Lo que sí alcanzo a entender es que, como mínimo, en nuestra cultura, crianza o educación, esta noción no ha sido considerada lo suficientemente relevante como para merecer tener un nombre propio (pero relevante, lo es). O bien, que de una manera u otra, se ha evitado asignárselo. Ambas deducciones me parecen deplorables; si les soy sincero, no tengo claro cual de las dos me desagrada más. 




Igual debería planterarle el asunto a Luis Piedrahita, que dada su destreza para inventar palabras necesarias, encontraría el significante apropiado. Hasta tanto, estaba a punto de concluir que la mejor expresión (equidistante de egoísmo y altruismo) que conozco, por obvia y ramplona que suene, era el SÍ-MISMO.
 

Pero fue entonces cuando apareció. En ese momento, hallé la palabra que buscaba. Al parecer, sí existe ese significante adecuado: FILAUTÍA.



Puede que nos suene a instrumento musical o a una musa perdida de alguna mitología arcaica. Pero no. Filautía es un término aceptado por la R.A.E., y es sinónimo de amor a sí mismo. Gracias a los griegos, disponemos de la palabra que significa aprecio a uno mismo, e implica la reconciliación con lo que uno es y con la propia existencia... aunque no la haya leído nunca antes, ni oído a nadie que la pronunciara.

 

miércoles, 15 de noviembre de 2017

CITA: Cuando, perdonar, se convierte en una necesidad vital.



Estos días se han cumplido dos años de la muerte en accidente de tráfico de mi hijo Pablo junto con otras dos personas, los tres pasajeros de un vehículo utilitario. Como Marta (véase el artículo "Víctimas invisibles del drama del asfalto", Tendencias, 17/04/2017), ninguno de ellos tuvo culpa en el siniestro, en el que la negligencia ajena fue la causa clara. 

Conmovido, leo el testimonio de sus padres, y la pregunta inevitable que se plantea: "¿Cabe en la cabeza, en estos casos, el perdón?". Pablo tenía 27 años. Su muerte repentina y trágica sumergió en el dolor a toda la familia y amistades. Pero también observé como el dolor atrapó a quienes sobrevivieron y sus familias, además del sentimiento de culpa que invadió a los implicados.  

Durante este tiempo he ido haciendo un proceso. De los primeros momentos, en que la perplejidad, la rabia y la frustración llenaban mi estado de ánimo, fui pasando a tener una mirada más amplia. Si en un caso concreto la conducta de una persona se demuestra delictiva, se sancionará de acuerdo con el marco legal. Pero, igualmente, la misma persona merece siempre la oportunidad de volver a empezar, por gorda que la haya hecho.
  

Pau no volverá. Pero, justamente, la clave para que mi ánimo vuelva, se serene y salga del infierno del resentimiento y la tristeza, viene de poder perdonar. Desearlo racionalmente nacía de mi voluntad; pero llevarlo a cabo surgió un día, repentinamente, de un estado de clarividencia interior. El perdón se había convertido para mí una necesidad vital. 

Perdonar me ha permitido abrazar sinceramente el conductor del coche, a quien, con lágrimas en los ojos, dije: "Me alegro que estés vivo. A ti la vida te da otra oportunidad. ¡Aprovéchala! Me tienes a tu lado para lo que necesites "
Joan Puig-Pey Saurí (21/04/2017) Cartas al director. La Vanguardia

jueves, 2 de noviembre de 2017

31#. El perdón es un derecho, no una obligación

El perdón, el acto de perdonar, supone un cambio de conducta respecto a un daño sufrido. Pero antes que eso, el perdón es un cambio de actitud.
 

El perdón genuino requiere modificar nuestra actitud, lo que implica, a su vez, un cambio en la emociones y sentimientos hacia la ofensa y/o el ofensor. Esta transformación nos permite recuperar el equilibrio emocional, evitar cargar con el lastre del rencor, el odio o resentimiento, facilitando así el cierre de ese capítulo de nuestra vida.

Todos habremos experimentado el impulso de responder a una ofensa, la urgencia del desquite. Parece ser lo más natural, desde la perspectiva fisiológica, y también lo más fácil. La reacción visceral ante el agravio suele ser la de actuar contra aquello que nos ha frustrado. Pero la persona incapaz de perdonar tiene dos dolores de cabeza: barruntar cómo devolver el golpe y el desgaste de albergar todas esas emociones nocivas. No perdonar genera un estado emocional que desgasta por partida doble. Aquí, es la víctima quien se daña a sí misma, al perpetuar la ofensa viva en su conciencia. Odiar a alguien es como atacarle con una brasa ardiente: la primera persona que se quema somos nosotros mismos.

Pero si somos capaces de tomar conciencia de las emociones que nos invaden y tratamos de domeñarlas, se nos abre una puerta: la alternativa del perdón. Una opción no siempre fácil, que requiere sensatez y entereza, y para la que igual no podremos estar preparados hasta que pase un tiempo. Pero es una alternativa que ofrece contraprestaciones nada despreciables. Por un lado, el perdón conlleva una serie de beneficios balsámicos para nuestra salud y para nuestra conciencia (desde luego, lo que nos evita es que nos envenenemos emocionalmente). Por otra parte, nos fortalece como personas al obligarnos a superarnos, a trascendernos: nos permite crecer como personas. Y nos ayuda, finalmente, a relacionarnos mejor con los demás. 
 

La empatía se convierte, entonces, en una cualidad primordial. Es la herramienta más valiosa que tenemos para poder perdonar efectivamente. La capacidad para ponernos en el lugar de al otra persona, para entender porqué pudo actuar como lo hizo, qué conflictos y sentimientos pudieron existir a la base, valorar que la acción del ofensor fue humana (perjudicial para nosotros, pero humana), y que, por tanto, otra persona, cualquier persona, incluso yo mismo, podría haber actuado de manera semejante, etc. nos permite entender, comprender.

Y desentrañar las motivaciones de la ofensa así como tratar de comprender la situación lesiva con la mayor lucidez posible nos ayuda: facilita que podamos asimilarlo. Hasta que no somos capaces de entender lo sucedido, asimilar el agravio y después aceptarlo, ¿cómo realizar una acto de perdón genuino?.

No obstante, y a pesar de lo dicho, hay que tener siempre presente que el acto de perdonar es una decisión personal. Una decisión ética, pero por encima de otra cosa, un acto de soberanía individual.

Aún reconociendo todos los beneficios que tiene el perdón, puedo entender la opción contraria. Tras haber llevado a cabo ese ejercicio de empatía y comprensión, puedo entender que una víctima no quiera perdonar. Pero es ella, y solo ella, quien tiene la prerrogativa para decidir si la ofensa y/o el ofensor merecen su perdón. Es su derecho decidir dejar ir (o no) aquello que le daña.
 

Quiero decir que, quizá, lo más relevante del acto de perdonar, o no hacerlo, es que se trate de un ejercicio pleno del libre albedrío. Que se trate de un acto de reflexión y voluntad consciente, asumiendo, lógicamente, las consecuencias que conlleve esa decisión.

No me siento autorizado para juzgar o valorar daños y perjuicios por lo que yo no he pasado, alguno de los cuales me parecen atroces. Pero si me siento legitimado par respetar la decisión que, al respecto, tome la persona damnificada.

domingo, 15 de octubre de 2017

CITA: Enfrentarse a Bill Gates... sin darse importancia.

«Bill Gates está enojado. Sus ojos saltones resaltan tras sus grandes gafas, su rostro está enrojecido y, al hablar, la saliva sale despedida de su boca... Se halla en una pequeña pero abarrotada sala de conferencias del campus de Microsoft acompañado de veinte personas reunidas en torno a una mesa ovalada y que, en el caso de atreverse a mirarle, lo hacen con evidente temor. El miedo se palpa en el ambiente.»


Así comienza la crónica de una demostración del gran arte de manejar las emociones.

Mientras Gates prosigue su airada perorata, los atribulados programadores titubean y tartamudean, tratando de convencerle o, por lo menos, de calmarle. Pero nada parece surtir efecto, nadie parece hacer mella en él, excepto una pequeña mujer chinoamericana y de hablar dulce que parece ser la única persona que no está impresionada por la rabieta del jefe y que, a diferencia del resto de los presentes —que evitan todo contacto ocular—, mira directamente a Gates a los ojos.

La mujer interrumpe en un par de ocasiones la charla de Gates para dirigirse a él en un tono muy tranquilo. La primera vez sus palabras parecen surtir un efecto calmante, pero inmediatamente Gates reanuda su enojado discurso. La segunda ocasión, en cambio, Gates escucha en silencio, con la mirada clavada pensativamente en la mesa. Luego su enojo parece diluirse súbitamente y le responde: «De acuerdo. Eso me parece bien. Sigue adelante». Y con ello da por terminada la reunión.


A pesar de que las palabras de esta mujer no diferían gran cosa de lo que habían dicho sus otros colegas, fue posiblemente su serenidad la que le permitió expresarse con más claridad, en lugar de hacerlo agitada por la ansiedad. Su comentario transmitía el mensaje de que la diatriba no había logrado intimidarla, de que podía escuchar sin descolocarse, de que, en realidad, no había motivo alguno para estar agitada.

En cierto modo, esta habilidad es invisible porque el autocontrol se manifiesta como la ausencia de explosiones emocionales. Los signos que la caracterizan son, por ejemplo, no dejarse arrastrar por el estrés o ser capaz de relacionarse con una persona enfadada sin enojarnos (...).

El acto fundamental de nuestra responsabilidad personal (en el trabajo) es el de asumir el control de nuestro propio estado mental.

"La práctica de la inteligencia emocional", (1.999)
Daniel Goleman

domingo, 1 de octubre de 2017

30#. El autocontrol es el mejor predictor de cómo nos irá en la vida.

Conducimos a 120 km/h por la autopista, y súbitamente, se nos planta enfrente un zorro o un perro ¿De que depende que nuestra reacción sea echarnos las manos a la cabeza y gritar, o bien, tratemos de manejar el volante para no estrellarnos?

Autocontrol emocional, es la respuesta.

El autocontrol, autorregulación, autodominio, o como queramos llamarlo, es la habilidad para dominar nuestras emociones, pensamientos y conducta. 
 

Cierto que, lanzados por la carretera y frente a un obstáculo imprevisto, no parece ser el mejor momento para lograrlo. Entre otras cosas, por que el autocontrol emocional consiste en un proceso. No es automático, sino que requiere de preparación. Hay que educarlo. Un velocista de atletismo logra batir su marca personal cuando se ha ejercitado, se ha ido fortaleciendo y ha progresado en su destreza para la carrera. Pero, por mucho que lo desee, difícilmente logrará ese hito si se presenta en la final de los 100 metros lisos sin entrenamiento previo.

Cuando un crío (y, por desgracia, más de un adulto que conozco) tiene un deseo, impulso o necesidad, tiende a satisfacerlo actuando de la manera más directa e instintiva. Arrastrado por la emoción subyacente, casi que corresponderá al esquema clásico del Estímulo-Respuesta, por el que se rigen la mayor parte de los animales. De manera que, apenas interviene ningún proceso de pensamiento entre lo que siente y lo que hace. 
 

El autocontrol emocional es nuestro negociador. Entre ese impulso y la acción para satisfacerlo debe mediar un espacio. Ese espacio no es nada más, ni nada menos, que la cancha que le damos a nuestra voluntad y capacidad de juicio para decidir qué es lo más conveniente. El pensamiento, (más concretamente, la reflexión) es el mediador que nos recomendará que acción es la más adecuada para atender a nuestro deseo, pero ajustándonos a las circunstancias.

David Goleman destacó que el factor central de la inteligencia emocional es el autocontrol, y existen estudios consistentes, como los de Mischel o el experimento Dunedin, que lo apoyan. Si nos detenemos a pensarlo, ya los antiguos pensadores sabían que el buen gobierno de la vida depende de conocernos y dominarnos. Aunque ni siquiera es necesario apelar a los clásicos, si no a nuestra propia experiencia en la vida. Todos tendremos el recuerdo, en alguna época de nuestra existencia, de haber actuado de manera impetuosa, de habernos dejado llevar por las emociones.

Aquella compra del piso o vehículo, de manera apresurada y visceral ¿fue tan acertada? ¿Realmente fue tan imperdonable aquel comentario irreflexivo de mi hermana sobre mi mujer, como para que dejara de hablarle? Consultar el whatsapp en una reunión de trabajo delante del jefe igual deja en evidencia mi profesionalidad. Por muy enamorados que estemos, entrar en el velatorio con una sonrisa de oreja a oreja desbordados por un ánimo expansivo no parece ser lo más correcto. Una respuesta exaltada en una entrevista de trabajo puede dar al traste con mis aspiraciones profesionales. De la misma manera que un exabrupto, en el momento álgido de una discusión marital, puede llevarnos derechos al despacho del abogado matrimonialista.

El proceso de crianza y socialización trata, entre otras cosas, de entrenarnos en introducir el pensamiento entre ambos extremos. Cuanto más capacidad de valoración y juicio desarrollemos entre impulso-satisfacción, más autocontrol poseeremos.


Cierto que las emociones pueden ser explosivas, inmediatas y/o imprevisibles. Son el motor de nuestro comportamiento, y están en la base de nuestros impulsos, deseos, necesidades, pulsiones... Pero eso no significa que sean incontrolables. No conlleva que las dejemos tomar las riendas de nuestra vida. Ni siquiera, que sean indomables. La evidencia es que, actuar irracionalmente satisface la descarga de esa energía emocional. Pero no son pocas las ocasiones en que la conducta impulsiva genera más problemas o inconvenientes de los que soluciona..

Popularmente, cuando se dice de alguien que es maduro, sensato o razonable se está aludiendo a esta capacidad de identificar qué estamos sintiendo, evaluar la situación en que nos hallamos, y buscar la mejor forma de adecuar lo uno a la otra. No hablamos exactamente de anular lo que sentimos (represión); más bien, la propuesta se dirige a modular esas emociones. A permitirlas, moderarlas o diferirlas de forma más adaptativa.

El dominio y manejo de nuestras emociones es crítico en nuestra vida (crucial, lo denominó Goleman). No exageramos si decimos que la gestión que hagamos de nuestras emociones determinará cómo nos irá en la vida. En tal medida que, la inteligencia emocional que poseemos predice mejor nuestro porvenir que nuestro cociente intelectual.

viernes, 15 de septiembre de 2017

CITA: Oliver Sacks se despide, agradecido.


En los últimos días, he sido capaz de ver mi vida desde una gran altitud, como una especie de paisaje, y con un profundo sentido de la conexión de todas sus partes. Pero esto no significa que haya acabado con la vida.

Por el contrario, me siento intensamente vivo, y quiero y espero que, en el tiempo que queda, pueda profundizar mis amistades, para decir adiós a los que amo. Escribir más, viajar si tengo la fuerza, alcanzar nuevos niveles de comprensión y perspicacia.

(...)No hay tiempo para nada inesencial. Debo concentrarme en mí, mi trabajo y mis amigos. Dejaré de mirar "NewsHour" todas las noches. Dejaré de prestar atención a la política o las discusiones sobre el calentamiento global. No es indiferencia pero sí desprendimiento -todavía me preocupo profundamente por el Oriente Medio, sobre el calentamiento global, sobre el crecimiento de la desigualdad-, pero esos ya no son mis asuntos; pertenecen al futuro. Me alegro cuando me encuentro con jóvenes superdotados -incluso el que con una biopsia diagnosticó mis metástasis. Siento que el futuro está en buenas manos.


He sido cada vez más consciente, durante los últimos 10 años más o menos, de las muertes de mis contemporáneos. Mi generación se está marchando, y en cada muerte he sentido como un desprendimiento de placenta, un arrancamiento de una parte de mí mismo. No habrá nadie como nosotros cuando nos hayamos ido, pero tampoco no habrá nadie como cualquier otra persona, nunca. Cuando las personas mueren, no pueden ser reemplazados. Dejan agujeros que no se pueden llenar, porque es el destino de todo ser humano ser un individuo único, para encontrar su propio camino, vivir su propia vida y morir su propia muerte.

No puedo fingir que no tenga miedo, pero mi sentimiento predominante es de gratitud. He amado y he sido amado; he recibido mucho y he dado algo a cambio; he leído y viajado y pensado y escrito. He tenido una relación sexual con el mundo, el coito especial de escritores y lectores.

Por encima de todo, he sido un ser sensible, un animal de pensar, en este hermoso planeta, lo que, en sí, ha sido una aventura y un enorme privilegio.

viernes, 1 de septiembre de 2017

29#. ¿Ser o Estar agradecido? No es el acto, es la actitud.

Cuando un atleta, un científico o un artista es premiado con un justo galardón (medalla, estatuilla o premio) sabe que tal reconocimiento es fruto de su dedicación y esfuerzo. Entonces, ¿por qué, en tantas ocasiones, extiende su gratitud a padres, amigos, compañeros de equipo, entrenador , director, etc.? 



La gratitud es un reconocimiento por un beneficio (don o favor) recibido. Tiene las ventajas de promover nuestro bienestar subjetivo y nuestra satisfacción vital. Normalmente solemos ver la expresión del mismo, el acto de agradecer. Pero a la base de ese acto hay, o debe haber, un sentimiento que lo legitime: el sentimiento de gratitud. 

El rango de ese sentimiento puede abarcar un amplio espectro. Desde el simple "dar las gracias", (que podría reducirse a una mera norma de educación o cortesía), en donde estaríamos hablando de un acto puntual, a alcanzar niveles más profundos o trascendentales, como experimentar un sentimiento genuino de gratitud general. Este sería la actitud. 

Estar agradecido denota un estado emocional específico, concreto, que puede ser perfectamente pasajero. Encajaría con la definición estandar, un sentimiento de estima por un favor recibido al que se desea corresponder. No obstante, puedo estar agradecido a alguien o algo y sin embargo mantener una actitud egoísta en la vida. En el momento en que realizo la acción de estar agradecido, ya he compensado. Se puede cerrar el círculo y finalizar mi compromiso con esa persona.

Ser agradecido implica tener la predisposición, la actitud de agradecer. Su naturaleza es desinteresada, y no tiene porqué mostrarse correspondiendo a ningún benefactor en particular. La persona que es agradecida es capaz sentir gratitud sin que ocurra ningún hecho extraordinario. Sencillamente, agradece la cotidianidad

 

Para alcanzar tal actitud de gratitud plena se deben cubrir unas etapas consecutivas. Sencillas, pero imprescindibles: reconocer, apreciar y corresponder. 

Agradecer es, en primer lugar, un acto de reconocimiento. Me parece obvio que no podemos ser agradecidos si no valoramos lo que nos sucede. La gratitud incondicional o profunda, como actitud vital, se alcanza por comprensión. Se disfruta de ese sentimiento cuando uno es capaz de tener conciencia de la vida y el mundo en que vivimos. Esa toma de conciencia nos permite apreciar la suerte de estar vivos, la fastuosa puesta en escena que se despliega cada día que amanece, la facilidad con que se puede perder todo, la fortuna de disfrutar de todo aquello de que disponemos, etc. Tras esto, surge el impulso de ponerme a disposición, de devolver, de corresponder...

La persona que es agradecida debe haber superado el egoísmo infantil (e inmaduro), por el cual entendemos que se nos debe todo. Es bien fácil mantenernos en ese egocentrismo primigenio. De hecho, el paradigma consumista en que se desarrollan la sociedad en que vivimos tiende a promover y aumentar actitudes egoístas. Pero el individualismo nos aleja de nuestra naturaleza social, de la gratificación que nos provee el contacto con los otros. De ayudar a otros de manera desinteresada. De compartir con otros, como reacción natural

Es posible que haga falta tiempo para alcanzar esta disposición del ánimo. Quizá sea necesaria la madurez y lucidez que aporta el periplo vital de cada persona. Pero, que quieren que les diga... desde el momento en que somos conscientes de nuestra finitud, nuestras limitaciones y temporalidad, así como de que siempre fuimos, hemos sido y seremos ayudados por alguien, y que siempre necesitaremos de los demás para ser plenos, entonces, ese sentimiento de gratitud hacia la vida se promueve de manera casi automática.



Aunque ya les dediqué un post, no puedo resistirme a recordar a los Monty Python. Reconozco que aquellas ultimas estrofas de La vida de Brian se me quedaron grabadas en la mente como si hubiera presenciado una revelación. Pero el silogismo es tan sencillo como incontestable. 

Nacimos sin nada.
Nos iremos sin nada.  
Así que... ¿qué hemos perdido?
Nada.

Todo lo que hemos experimentado, experimentamos y experimentaremos ha sido provechoso o beneficioso. Un regalo. Todo nos ha sido concedido. ¿Creen que existe algo más gratificante?

viernes, 28 de julio de 2017

CITA: Tener unas relaciones sociales escogidas es lo que nos hace felices.

Una larga lista de amistades nos hace sentir importantes; un reducido grupo, felices. Es lo que prefieren los más inteligentes. Y los expertos les dan la razón.

 



(...) Está claro que ahora nos relacionamos más, tenemos más amigos (aunque sean virtuales), pero ¿es eso lo mejor para nuestra felicidad? Sherry Turkle, directora en el MIT de la Iniciativa para la tecnología y el yo, asegura que “acabábamos escondiéndonos de los demás a pesar de estar constantemente conectados a ellos”. Según ella, en este tipo de interacciones nos sentimos constantemente reforzados en nuestros actos (o con respecto a nuestra apariencia), y así es imposible conocernos, lo que resulta muy poco enriquecedor.


(...) Este cambio de paradigma en nuestra manera de relacionarnos afecta a la solidez de los lazos que conservamos fuera de Internet, por eso es importante aprender a gestionar el tiempo pensando en qué nos va a hacer más felices. “Si no lo hacemos corremos el peligro de dedicar demasiado tiempo a las interacciones con nuestros contactos para luego darnos cuenta de que, después de todo ese esfuerzo, son solo eso, contactos, y que no tenemos la confianza ni el nivel de compromiso suficiente para que cubran nuestras necesidades como amigos. Por eso es fundamental seguir alimentado nuestras verdaderas amistades: estas son las que cubren las necesidades básicas para lograr un mayor bienestar”, aconseja Pérez.




(...) Nuestro reducido grupo de amigos cercanos nos quiere tal como somos, con nuestras luces y sombras. Quizá por eso, según un estudio publicado el pasado 2016 en la revista British Psychological Society, las personas inteligentes prefieren rodearse de menos amigos.


Como dice la psicóloga Jara Pérez, “debemos mantener esas amistades que nos devuelven una imagen de nosotros mismos ajustada a la realidad; amigos que son capaces de confrontarte y de decirte que no tienes razón o que estás actuando de manera egoísta”. Tener pocos amigos, en definitiva, no significa valorar poco la amistad, sino rentabilizarla al máximo.

Lores, Alexandra (2017): Tener pocos amigos no es de ser rancio, sino más listo que el resto. El Pais

sábado, 15 de julio de 2017

28#. Las relaciones sociales son beneficiosas... si son sinceras



Somos seres sociales por naturaleza. Los somos razones de supervivencia, pero también por motivos culturales. Estamos diseñados para convivir. Fue el contacto social, el conformar comunidades (clanes, hordas, tribus, familias,...) lo que nos permitió sobrevivir frente a amenazas más poderosas que el ser humano individualmente. La cooperación, nos permitió sobrevivir. El apego, promovió nuestra estabilidad emocional. La pertenencia al grupo, nuestra identidad. La convivencia potenció nuestra inteligencia a niveles estratosféricos (en comparación a las demás especies animales). 



Las relaciones sociales deben ser sinceras.- El protagonista de la película "Uno de los nuestros" (Godfellas, 1990), quiere sorprender a su novia invitándola al club nocturno de moda. Henry Hill (Ray Liotta) se salta la hilera de clientes entrando por la puerta de servicio. Allí saluda un empleado, y después le suelta una gracieta a alguien que está liado con su chica en un rincón. A continuación se encuentra con un gorila que devora un bocata, y al saludo añade un billete que le da en mano. Llegan a la puerta trasera y entran en la sala, atestada y muy animada. Saluda al maître, y este, sin dudarlo, le sitúa en la mejor mesa, justo frente al escenario. Mientras la montan, saluda a varios tipos con cara de mafiosos, que devuelven la cortesía. En la mesa recibe un agasajo (botella de champán) del director de la sala,...

En esta escena, puede parecer que Henry está promoviendo unas relaciones sociales sanas. Pero no es así. Lo que hace es puro personal branding. Desarrolla un mero (pero esforzado) trabajo de agente comercial del producto que vende. En este caso, ese producto es él mismo.

Pero ninguno de los tipos con que se relaciona le miraría a la cara si no ostentara el puesto que tiene en el clan mafioso. Ninguno de ellos le echaría una mano, si realmente lo necesitara, salvo por motivos puramente espurios. Si tuviera problemas con su mujer o hijos, con alguna adicción, en el trabajo o necesitara hablar con alguien de algo importante para él... ninguno de ellos le escucharía ni se interesaría realmente por él.


Lo importante es la calidad, no la cantidad.- Los lazos sociales se pueden identificar con la existencia de apoyo social: a mayor contactos interpersonales, mayor apoyo recibido. Pero la disponer de relaciones sociales no implica, en sí mismo, la provisión de apoyo ni una red social más nutritiva. Conocer muchas personas no es sinónimo de disponer de mayor apoyo. Nuestros recursos sociales aumentan conforme situamos las interacciones más próximas en el ámbito de las relaciones de confianza. 


Los requisitos para que unas relaciones sociales sean saludables y beneficiosas, son sencillos. De hecho, previsibles, si uno se detiene a pensar en ello. Y se pueden entenderse también como recomendaciones para promoverlas:

-Respetar la libertad y el espacio personal del otro individuo.

-Aceptar a cada personas, tal y como es. Por tanto, evitar juzgar, y mucho menos, intentar modificarla.

-Escucharla e intentar comprenderla. Interesarnos por esa persona, en la medida de nuestras posibilidades; no quedarnos solo en la superficie.

-Ser honesto.

El resultado de las relaciones elaboradas con estos ingredientes es que transmiten apoyo y confianza.

 

De manera que, mejor referencia que la escena de Ray Liotta, les recomendaría la pandilla de River Phoenix en la película "Cuenta Conmigo" (Stand by me, 1986). Puedo recordar todavía la escena de los chicos frente al fuego, de noche en el bosque. La charla puede no ser muy trascendental. De hecho, podría etiquetarse de friki, o directamente de chorrada (Donald es un pato, Mickey un ratón, Pero... Goofy ¿qué demonios es Goofy?). Pero lo importante no es lo que se dice, sino lo que se trasluce. Como en tantas otras interacciones sociales, no se trata del contenido de la charla. Lo relevante es el vínculo que se trasluce bajo ella: la confianza y apoyo de cada miembro del grupo para con los otros.