jueves, 15 de febrero de 2018

34#. Hay que aceptar la soledad para poder crecer

No voy a defender que la soledad sea el estado idílico en que debiera desarrollarse nuestra vida, aunque haya personas que se han decantado por esta opción vital y la disfrutan plenamente. Pero sí creo que todos deberíamos pasar por un periodo de soledad, entendido como experiencia vital. Permanecer un tiempo en una etapa en donde debamos encontrarnos con nosotros mismos, nos apetezca más o nos apetezca menos.

Todos sabemos que nacemos solos. Podemos encontrarnos más o menos personas cuando llegamos a este mundo, sentirnos más o menos arropados en ese trance, pero nacemos nosotros, no otra persona. Igualmente, morimos solos. No me refiero a contemplar melancólicamente como se apaga la llama de nuestra vida, olvidados en un harapiento camastro de una habitación oscura, aislados del mundo. Pero lo cierto es que, por muy bien rodeados que nos encontremos en ese instante crítico de nuestra existencia (el último, en concreto), nos vamos solos. Se va el individuo, la persona, en singular, sin más compañía ni añadidura.

Dado que los dos hitos más relevantes de nuestra existencia los hacemos solos, no me parece descabellado atender al hecho de la soledad y prepararnos para afrontarla cuando no la hemos llamado.

Retomo el clásico dilema del vaso con la mitad de agua. Que lo veamos medio lleno o medio vacío es potestad de la persona, depende de cómo interprete el problema. El significado que para cada uno de nosotros tiene la soledad depende de variados factores, relacionados con el momento en que estemos de nuestra vida así como de nuestras características de personalidad. Y esta, nuestra forma de ser, determinará cómo contemplemos esa soledad. El valor que le asignemos será mayor o menor, mejor o peor, dependiendo de cómo evaluemos nuestra situación.

Es frecuente que las personas se focalicen en la pérdida, en la cantidad de agua que falta en el vaso. Siempre podemos dedicarnos a quejarnos y lamentarnos de sentirnos solos, culpar a otros por hallarnos así o criticar a los lacerantes dardos del nefasto destino. Pero es importante ser consciente de que el vaso no está vacío. Técnicamente, la otra mitad está llena.

La parte aprovechable de este dilema es que la soledad puede ayudarnos a crecer como personas. No podemos perder de vista esta perspectiva porque es el contrapeso de su opuesta. De hecho, lo recomendable es considerar ambos puntos de vista, puesto que tan real es el uno como el otro. El vaso está medio vacío y medio lleno a la vez. Habrá aspectos que podamos sacar en claro, de los que podamos beneficiarnos, de la misma manera que otros serán desagradables y nos harán sentir mal.
 

Pero existe un requisito indispensable que cumplir si queremos lograrlo. Cuando sobreviene la soledad, el primer, y necesario, paso es asumirla. Aceptarla, en vez de rechazarla. Si somos capaces de hacerlo, una serie de aprendizajes se ponen a nuestra disposición. Quizá no podamos apreciarlo de manera palpable e inmediata, sino transcurrido un tiempo. Pero todos tienen una ventaja en común: sirven para aprender a vivir.

1.) De entrada, quien se ha sentido solo sabe de qué se está hablando, conoce ese estado. Está más curtido y le habrá perdido el miedo a lo desconocido que posee quien nunca tuvo que enfrentarse a ese trance.

2.) Cuando aceptamos nuestro estado de soledad nos vemos obligados a ponernos en contacto con nuestra intimidad, a desnudarnos delante de nosotros mismos, a tener que reconocernos. La persona que se ha puesto a prueba, quien ha pasado una temporada aislado y se ha sentido solo, se ve abocado a pensar, a reflexionar, a alcanzar algún tipo de conclusión tras haber conectado consigo mismo. En este sentido, quizá la soledad sea el mejor recurso de que disponemos para conocernos a nosotros mismo: Para distinguir qué sentimos y qué necesitamos, para entender nuestras reacciones emocionales, sentimientos, pensamientos y actitudes. No olviden que el autoconocimiento es la base del crecimiento personal.

3.) La soledad nos permite poner los problemas en perspectiva, y nos permite afinar y sacar lustre a nuestra sensibilidad. Templa el carácter, nos enseña a ser humildes, de la misma manera que nos hace mejores escuchantes y observadores mas avezados.

4.) Quien decide sacarle partido a la soledad, se responsabiliza de su propia vida, de sus necesidades. En las relaciones personales sabe donde acaban sus derechos y empiezan los de los demás. Conoce donde están los límites y aprende a compartir mejor su tiempo. Aprecia más el valor de las personas, y le permite ofrecer mejor compañía.
 

Porque se trata de esto, de sacarle partido. No de celebrarla, puesto que la soledad no deseada difícilmente la experimentaremos como un estado cómodo y gratificante, excitante o alegre. Pero aún siendo desapacible o ingrata, hay algo que el sentirnos solos nos revela de manera fehaciente: nos enseña que somos independientes. Cuando estamos solos nos revelamos como personas competentes y capaces de salir adelante por nuestros propios medios. Y por encima de otra cosa, nos demostramos que nos tenemos a nosotros mismos.

Y esto, no es poca cosa.

jueves, 1 de febrero de 2018

CITA: El ejercicio de la duda para alcanzar la verdad. Mi verdad

Traigo a colación el ejercicio de la duda como un elemento positivo para la madurez mental y la conciencia civilizada, como un dispositivo capaz de agitar los juicios, las opiniones, las afirmaciones y explicaciones de lo que ocurre, o de lo que está en nuestra mente, pidiendo una explicación. La duda sirve para eliminar prejuicios, supuestos no fundados, creencias no examinadas, y no es en absoluto contradictoria con la búsqueda de una supuesta verdad.

Descartes utilizó el método de la duda para llegar a la vedad primera, una idea clara y distinta, evidente, desde la que enlazar una cadena de verdades sucesivas. No puede decirse que su empeño produjera los resultados esperados, pues ni siquiera el "pienso, luego existo" fue unánimemente aceptado por otros filósofos como idea innegable y adecuadamente fundamentada. Pero el objetivo del filósofo no era permanecer en la duda, sino que la duda le ayudara a razonar bien.


También Montaigne, que temía menos que Descartes asentarse en la duda, advierte de que el acto dubitativo no debe empañar la necesidad de actuar. Con frecuencia se ha reparado en la influencia que pudo tener Montaigne en Shakespeare, y especialmente en Hamlet, cuyo dilema consiste en pensar demasiado en las circunstancias y consecuencias de lo que va a hacer (...). Que la duda es parte de nuestro ser equivale a decir que anida en nosotros la confusión y la contradicción: "Somos, no sé cómo, dobles en nosotros mismos, y eso hace que lo que creemos, no lo creamos, y que no podamos deshacernos de aquello que condenamos". El ser humano es tan inconstante que quiere y no quiere las mismas cosas. Nos equivocaremos siempre que pretendamos describir o juzgar a alguien por unos rasgos supuestamente estables y comunes. El propio Montaigne se describe a sí mismo con atributos incompatibles (...). 


Hay una diferencia entre la duda de Montaigne y la cartesiana que no es despreciable. A diferencia de Descartes, que buscaba una verdad científica, a Montaigne solo le preocupa su verdad, la que puede encontrar en su interior, a través del autoanálisis, sin pretensiones de convertirla en verdad universal ni de extenderla a nadie que no sea él mismo.

Las dudas y el escepticismo le conducen a la práctica del autoconocimiento, el ejercicio que considera más saludable para él y para los medas.

"Elogio de la duda" (2016)
Victoria Camps

lunes, 15 de enero de 2018

33#. Dudar es como Windows Update: Incómodo, pero necesario.

Tengo una particular predilección por los conceptos que tienen mala fama o son relegados al olvido de manera injusta. Y la ingrata prensa que tiene el acto de dudar no puede sino inspirar mi más sincera indulgencia.

Quizá se trate de que me considero un dudador nato (que no es necesariamente sinónimo de dubitativo). Pero no deja de sorprenderme el hecho de que cuando alguien confiesa públicamente sus dudas sobre un asunto, suscita en los demás una vaga (o no tan vaga) sensación de inseguridad, de inestabilidad o falta de control, que si nos descuidamos puede remitirnos a una supuesta debilidad de carácter. Una veleidad inadmisible, que parece olvidar que toda nuestra tradición filosófica, nuestros progresos sociales y los más reputados hitos históricos de nuestra especie, arrancan de este acto.
Si la capacidad de adaptación fue nuestro mayor éxito como especie, la capacidad de dudar es el mecanismo que permitió gestar estos cambios, esa evolución. El amplio margen de maniobra que nos proporciona nuestro raciocinio a la hora de tomar decisiones nos obliga a recopilar y contrastar, cotejar entre varias alternativas, esto es, a dudar, antes de resolver. Todo ello con el objetivo, no de confundirnos ni desconcertarnos, sino de facultarnos para adoptar una decisión mejor.
Cierto. La duda no es agradable, nos obliga a ocuparnos y pre-ocuparnos, y entiendo que pueda generar, en ocasiones, una desapacible sensación de incomodidad. Pero me parece obvio que nos ofrece más ventajas que inconvenientes.

La duda nos permite crecer como personas. Nos obliga a revisarnos, a nosotros y a nuestras circunstancias. Posibilita que alcancemos nuestras propias conclusiones, que no tienen que ser las mismas que las del resto de personas (o sí). Incluso estando equivocadas, las hemos parido nosotros, con nuestro esfuerzo mental, y aprenderemos de sus consecuencias. De una manera u otra, nos sirve para construimos como individuos, en tanto que seres únicos e irrepetibles, con nuestras propias virtudes y defectos, con nuestros aciertos y contradicciones particulares.
La duda es incómoda, como Windows Update. Es la actualización de nuestro sistema de creencias y esquemas mentales. No sé si les sucede lo mismo, pero cada vez que aparece en la pantalla de mi ordenador el clásico mensaje de "Hay actualizaciones pendientes", siempre me parece que llegan en un momento inoportuno. No cuesta trabajo suponer que, tras pulsar afirmativamente a la propuesta, vendrá el engorro de esperar a que se descarguen, reiniciar el sistema, y a continuación, esperar a que se instalen. Sin embargo, accedemos a su propuesta. Y lo hacemos porque somos conscientes de que esa actualizaciones permitirán al sistema funcionar mejor (al menos, eso es lo que nos dice el proveedor).
Ante la duda, entiendo que haya personas que tengan una primera sensación de fastidio. Pero dudar tiene el efecto de modificar en nuestro raciocinio aquellos esquemas mentales (programas) que no funcionan, o bien, permite afinar y mejorar los que funcionan (optimizar). Con la diferencia de que nosotros tenemos que actualizar nuestra consciencia de forma manual.
Imaginen que sistemáticamente rechazamos las actualizaciones de Windows. Seguro que son capaces de anticipar las consecuencias. Antes o después, habría funciones que no podríamos usar, que serían inútiles. No podríamos incorporar nuevos programas, más eficientes y prácticos. O directamente el sistema quedara irremisiblemente obsoleto.

 
  Mírenlo de esta manera: La duda es el coste que tenemos que pagar por disfrutar de una inteligencia tan extraordinaria. Si lo ven desde esta perspectiva, igual les parece un precio razonable. A mi se me antoja hasta barato, cuando observo los disparates y barbaridades que cometen personajes publicos relevantes (incluyendo a más de un predidente de gobierno), cuyo funcionamiento mental parece ir a piñón fijo, y llevan años sin actualizar el sistema operativo de su sentido común.

viernes, 15 de diciembre de 2017

CITA: Filautía, amor propio en su justa medida.

Filautía es un concepto de origen griego que significa amor propio, autorreconocimiento y amor a uno mismo. Implica la reconciliación con lo que uno es y con la propia existencia. Practicar la filautía supone dejar de lado la autoconmiseración y el sentimiento de ser víctima. 


La ética griega se fundaba en buena medida en la filautía. Aristóteles alude a ella en las éticas Nicomáquea y Endemia. Para él, el que se ama a sí mismo puede sin contradicción afanarse por lo que es justo, lo prudente y actuar de acuerdo con la virtud.

En su Elogio de la locura, Erasmo incluye a la filautía en la corte de Moría, hija de Plutón y responsable de que la especie humana se reproduzca.


Para Kant, en la Crítica de la razón práctica, el egoísmo puede ser tanto la filautía o indulgencia hacia sí mismos que va por encima de todo, o la arrogancia, la complacencia consigo mismo. La filautía es amor a sí mismo; mientras que la segunda es vanidad.

La razón práctica pura -según el filósofo de Köningsberg- tolera el amor a sí mismo a condición de que esté de acuerdo con la ley moral. En cambio, combate la vanidad. 

viernes, 1 de diciembre de 2017

32#. ¿Cómo se denomina el concepto equidistante del Egoismo y el Altruismo?

Entre el extremo del egoísmo y su antítesis, el altruismo, existe una actitud intermedia. Entre el exceso desmedido de amor propio y la entrega desinteresada por el bien de los demás (incluso a costa del interés personal) debería existir el vocablo que lo definiera. Una palabra que signifique el amor equilibrado a uno mismo, implicando la satisfacción de nuestras necesidades o intereses, tratando de no mermar los de los demás.


Sorprendentemente, no existe esa palabra. Quiero decir, no encuentro el significante concreto que tenga asignado ese significado.

Sí que encuentro voces compuestas. Hay más de una palabra, como auto-estima, amor propio, auto-respeto, egoísmo sano,... que tienen ese significado, pero lo hacen modificando un vocablo (lexema) anterior. Existen también conceptos muy cercanos, como dignidad o pundonor, pero opino que abarcan un espectro más amplio. Llámenme tiquismiquis... igual estoy exagerando la importancia de ese vocablo esquivo... Y no, no se crean que dispongo de tanto tiempo libre como para dedicarme a estas filigranas mentales. Pero el caso es que, las derivaciones de la omisión cuestionada, no son vanas.

El primer efecto de asignar un nombre a algo es diferenciarlo. Lo distingo del resto del contexto y de elementos afines o similares. Simultáneamente, le conferimos a ese algo una entidad particular, estamos reconociendo su relevancia. Pero es más que eso. Que un concepto o idea posea significante nos permite arrebatárselo a la realidad, a su limitada presencia material, para incluirlo en el vasto universo simbólico. Al disponer de significante, con ese término o concepto podemos desarrollar infinidad de operaciones mentales. Una vez en nuestra consciencia, podemos trabajar con él: Hipotetizar, razonar, reflexionar, combinarlo con otros elementos, hacerle trenzas o cortarlo en daditos. Por último, pero no menos importante, al invocarlo, al comunicarlo, generamos esa idea en otra persona. En su mente, el concepto trasmitido evocará algunas (o muchas) de sus propiedades.


¿Qué debemos deducir del hecho de que esta actitud personal, constructiva y necesaria, no tenga nombre específico en español? Supongo que más de las que soy capaz de concebir. Lo que sí alcanzo a entender es que, como mínimo, en nuestra cultura, crianza o educación, esta noción no ha sido considerada lo suficientemente relevante como para merecer tener un nombre propio (pero relevante, lo es). O bien, que de una manera u otra, se ha evitado asignárselo. Ambas deducciones me parecen deplorables; si les soy sincero, no tengo claro cual de las dos me desagrada más. 



Igual debería planterarle el asunto a Luis Piedrahita, que dada su destreza para inventar palabras necesarias, encontraría el significante apropiado. Hasta tanto, estaba a punto de concluir que la mejor expresión (equidistante de egoísmo y altruismo) que conozco, por obvia y ramplona que suene, era el SÍ-MISMO.

Fue entonces cuando apareció. En ese momento, hallé la palabra que buscaba. Al parecer, sí existe ese significante adecuado: FILAUTÍA.

Puede que nos suene a instrumento musical o a una musa mitológica perdida. Pero no. Filautía es un término aceptado por la R.A.E., e identifica el amor a sí mismo. Gracias a los griegos disponemos de la voz que significa aprecio a uno mismo, e implica de la misma manera, la reconciliación con lo que uno es y con la propia existencia... aunque no la haya leído ni escuchado nunca antes.

 

miércoles, 15 de noviembre de 2017

CITA: Cuando, perdonar, se convierte en una necesidad vital.



Estos días se han cumplido dos años de la muerte en accidente de tráfico de mi hijo Pablo junto con otras dos personas, los tres pasajeros de un vehículo utilitario. Como Marta (véase el artículo "Víctimas invisibles del drama del asfalto", Tendencias, 17/04/2017), ninguno de ellos tuvo culpa en el siniestro, en el que la negligencia ajena fue la causa clara. 

Conmovido, leo el testimonio de sus padres, y la pregunta inevitable que se plantea: "¿Cabe en la cabeza, en estos casos, el perdón?". Pablo tenía 27 años. Su muerte repentina y trágica sumergió en el dolor a toda la familia y amistades. Pero también observé como el dolor atrapó a quienes sobrevivieron y sus familias, además del sentimiento de culpa que invadió a los implicados.  

Durante este tiempo he ido haciendo un proceso. De los primeros momentos, en que la perplejidad, la rabia y la frustración llenaban mi estado de ánimo, fui pasando a tener una mirada más amplia. Si en un caso concreto la conducta de una persona se demuestra delictiva, se sancionará de acuerdo con el marco legal. Pero, igualmente, la misma persona merece siempre la oportunidad de volver a empezar, por gorda que la haya hecho.
  

Pau no volverá. Pero, justamente, la clave para que mi ánimo vuelva, se serene y salga del infierno del resentimiento y la tristeza, viene de poder perdonar. Desearlo racionalmente nacía de mi voluntad; pero llevarlo a cabo surgió un día, repentinamente, de un estado de clarividencia interior. El perdón se había convertido para mí una necesidad vital. 

Perdonar me ha permitido abrazar sinceramente el conductor del coche, a quien, con lágrimas en los ojos, dije: "Me alegro que estés vivo. A ti la vida te da otra oportunidad. ¡Aprovéchala! Me tienes a tu lado para lo que necesites "
Joan Puig-Pey Saurí (21/04/2017) Cartas al director. La Vanguardia

jueves, 2 de noviembre de 2017

31#. El perdón es un derecho, no una obligación

El perdón, el acto de perdonar, supone un cambio de conducta respecto a un daño sufrido. Pero antes que eso, el perdón es un cambio de actitud.
 

El perdón genuino requiere modificar nuestra actitud, lo que implica, a su vez, un cambio en la emociones y sentimientos hacia la ofensa y/o el ofensor. Esta transformación nos permite recuperar el equilibrio emocional, evitar cargar con el lastre del rencor, el odio o resentimiento, facilitando así el cierre de ese capítulo de nuestra vida.

Todos habremos experimentado el impulso de responder a una ofensa, la urgencia del desquite. Parece ser lo más natural, desde la perspectiva fisiológica, y también lo más fácil. La reacción visceral ante el agravio suele ser la de actuar contra aquello que nos ha frustrado. Pero la persona incapaz de perdonar tiene dos dolores de cabeza: barruntar cómo devolver el golpe y el desgaste de albergar todas esas emociones nocivas. No perdonar genera un estado emocional que desgasta por partida doble. Aquí, es la víctima quien se daña a sí misma, al perpetuar la ofensa viva en su conciencia. Odiar a alguien es como atacarle con una brasa ardiente: la primera persona que se quema somos nosotros mismos.

Pero si somos capaces de tomar conciencia de las emociones que nos invaden y tratamos de domeñarlas, se nos abre una puerta: la alternativa del perdón. Una opción no siempre fácil, que requiere sensatez y entereza, y para la que igual no podremos estar preparados hasta que pase un tiempo. Pero es una alternativa que ofrece contraprestaciones nada despreciables. Por un lado, el perdón conlleva una serie de beneficios balsámicos para nuestra salud y para nuestra conciencia (desde luego, lo que nos evita es que nos envenenemos emocionalmente). Por otra parte, nos fortalece como personas al obligarnos a superarnos, a trascendernos: nos permite crecer como personas. Y nos ayuda, finalmente, a relacionarnos mejor con los demás. 
 

La empatía se convierte, entonces, en una cualidad primordial. Es la herramienta más valiosa que tenemos para poder perdonar efectivamente. La capacidad para ponernos en el lugar de al otra persona, para entender porqué pudo actuar como lo hizo, qué conflictos y sentimientos pudieron existir a la base, valorar que la acción del ofensor fue humana (perjudicial para nosotros, pero humana), y que, por tanto, otra persona, cualquier persona, incluso yo mismo, podría haber actuado de manera semejante, etc. nos permite entender, comprender.

Y desentrañar las motivaciones de la ofensa así como tratar de comprender la situación lesiva con la mayor lucidez posible nos ayuda: facilita que podamos asimilarlo. Hasta que no somos capaces de entender lo sucedido, asimilar el agravio y después aceptarlo, ¿cómo realizar una acto de perdón genuino?.

No obstante, y a pesar de lo dicho, hay que tener siempre presente que el acto de perdonar es una decisión personal. Una decisión ética, pero por encima de otra cosa, un acto de soberanía individual.

Aún reconociendo todos los beneficios que tiene el perdón, puedo entender la opción contraria. Tras haber llevado a cabo ese ejercicio de empatía y comprensión, puedo entender que una víctima no quiera perdonar. Pero es ella, y solo ella, quien tiene la prerrogativa para decidir si la ofensa y/o el ofensor merecen su perdón. Es su derecho decidir dejar ir (o no) aquello que le daña.
 

Quiero decir que, quizá, lo más relevante del acto de perdonar, o no hacerlo, es que se trate de un ejercicio pleno del libre albedrío. Que se trate de un acto de reflexión y voluntad consciente, asumiendo, lógicamente, las consecuencias que conlleve esa decisión.

No me siento autorizado para juzgar o valorar daños y perjuicios por lo que yo no he pasado, alguno de los cuales me parecen atroces. Pero si me siento legitimado par respetar la decisión que, al respecto, tome la persona damnificada.

domingo, 15 de octubre de 2017

CITA: Enfrentarse a Bill Gates... sin darse importancia.

«Bill Gates está enojado. Sus ojos saltones resaltan tras sus grandes gafas, su rostro está enrojecido y, al hablar, la saliva sale despedida de su boca... Se halla en una pequeña pero abarrotada sala de conferencias del campus de Microsoft acompañado de veinte personas reunidas en torno a una mesa ovalada y que, en el caso de atreverse a mirarle, lo hacen con evidente temor. El miedo se palpa en el ambiente.»


Así comienza la crónica de una demostración del gran arte de manejar las emociones.

Mientras Gates prosigue su airada perorata, los atribulados programadores titubean y tartamudean, tratando de convencerle o, por lo menos, de calmarle. Pero nada parece surtir efecto, nadie parece hacer mella en él, excepto una pequeña mujer chinoamericana y de hablar dulce que parece ser la única persona que no está impresionada por la rabieta del jefe y que, a diferencia del resto de los presentes —que evitan todo contacto ocular—, mira directamente a Gates a los ojos.

La mujer interrumpe en un par de ocasiones la charla de Gates para dirigirse a él en un tono muy tranquilo. La primera vez sus palabras parecen surtir un efecto calmante, pero inmediatamente Gates reanuda su enojado discurso. La segunda ocasión, en cambio, Gates escucha en silencio, con la mirada clavada pensativamente en la mesa. Luego su enojo parece diluirse súbitamente y le responde: «De acuerdo. Eso me parece bien. Sigue adelante». Y con ello da por terminada la reunión.


A pesar de que las palabras de esta mujer no diferían gran cosa de lo que habían dicho sus otros colegas, fue posiblemente su serenidad la que le permitió expresarse con más claridad, en lugar de hacerlo agitada por la ansiedad. Su comentario transmitía el mensaje de que la diatriba no había logrado intimidarla, de que podía escuchar sin descolocarse, de que, en realidad, no había motivo alguno para estar agitada.

En cierto modo, esta habilidad es invisible porque el autocontrol se manifiesta como la ausencia de explosiones emocionales. Los signos que la caracterizan son, por ejemplo, no dejarse arrastrar por el estrés o ser capaz de relacionarse con una persona enfadada sin enojarnos (...).

El acto fundamental de nuestra responsabilidad personal (en el trabajo) es el de asumir el control de nuestro propio estado mental.

"La práctica de la inteligencia emocional", (1.999)
Daniel Goleman

domingo, 1 de octubre de 2017

30#. El autocontrol es el mejor predictor de cómo nos irá en la vida.

Conducimos a 120 km/h por la autopista, y súbitamente, se nos planta enfrente un zorro o un perro ¿De que depende que nuestra reacción sea echarnos las manos a la cabeza y gritar, o bien, tratemos de manejar el volante para no estrellarnos?

Autocontrol emocional, es la respuesta.

El autocontrol, autorregulación, autodominio, o como queramos llamarlo, es la habilidad para dominar nuestras emociones, pensamientos y conducta. 
 

Cierto que, lanzados por la carretera y frente a un obstáculo imprevisto, no parece ser el mejor momento para lograrlo. Entre otras cosas, por que el autocontrol emocional consiste en un proceso. No es automático, sino que requiere de preparación. Hay que educarlo. Un velocista de atletismo logra batir su marca personal cuando se ha ejercitado, se ha ido fortaleciendo y ha progresado en su destreza para la carrera. Pero, por mucho que lo desee, difícilmente logrará ese hito si se presenta en la final de los 100 metros lisos sin entrenamiento previo.

Cuando un crío (y, por desgracia, más de un adulto que conozco) tiene un deseo, impulso o necesidad, tiende a satisfacerlo actuando de la manera más directa e instintiva. Arrastrado por la emoción subyacente, casi que corresponderá al esquema clásico del Estímulo-Respuesta, por el que se rigen la mayor parte de los animales. De manera que, apenas interviene ningún proceso de pensamiento entre lo que siente y lo que hace. 
 

El autocontrol emocional es nuestro negociador. Entre ese impulso y la acción para satisfacerlo debe mediar un espacio. Ese espacio no es nada más, ni nada menos, que la cancha que le damos a nuestra voluntad y capacidad de juicio para decidir qué es lo más conveniente. El pensamiento, (más concretamente, la reflexión) es el mediador que nos recomendará que acción es la más adecuada para atender a nuestro deseo, pero ajustándonos a las circunstancias.

David Goleman destacó que el factor central de la inteligencia emocional es el autocontrol, y existen estudios consistentes, como los de Mischel o el experimento Dunedin, que lo apoyan. Si nos detenemos a pensarlo, ya los antiguos pensadores sabían que el buen gobierno de la vida depende de conocernos y dominarnos. Aunque ni siquiera es necesario apelar a los clásicos, si no a nuestra propia experiencia en la vida. Todos tendremos el recuerdo, en alguna época de nuestra existencia, de haber actuado de manera impetuosa, de habernos dejado llevar por las emociones.

Aquella compra del piso o vehículo, de manera apresurada y visceral ¿fue tan acertada? ¿Realmente fue tan imperdonable aquel comentario irreflexivo de mi hermana sobre mi mujer, como para que dejara de hablarle? Consultar el whatsapp en una reunión de trabajo delante del jefe igual deja en evidencia mi profesionalidad. Por muy enamorados que estemos, entrar en el velatorio con una sonrisa de oreja a oreja desbordados por un ánimo expansivo no parece ser lo más correcto. Una respuesta exaltada en una entrevista de trabajo puede dar al traste con mis aspiraciones profesionales. De la misma manera que un exabrupto, en el momento álgido de una discusión marital, puede llevarnos derechos al despacho del abogado matrimonialista.

El proceso de crianza y socialización trata, entre otras cosas, de entrenarnos en introducir el pensamiento entre ambos extremos. Cuanto más capacidad de valoración y juicio desarrollemos entre impulso-satisfacción, más autocontrol poseeremos.


Cierto que las emociones pueden ser explosivas, inmediatas y/o imprevisibles. Son el motor de nuestro comportamiento, y están en la base de nuestros impulsos, deseos, necesidades, pulsiones... Pero eso no significa que sean incontrolables. No conlleva que las dejemos tomar las riendas de nuestra vida. Ni siquiera, que sean indomables. La evidencia es que, actuar irracionalmente satisface la descarga de esa energía emocional. Pero no son pocas las ocasiones en que la conducta impulsiva genera más problemas o inconvenientes de los que soluciona..

Popularmente, cuando se dice de alguien que es maduro, sensato o razonable se está aludiendo a esta capacidad de identificar qué estamos sintiendo, evaluar la situación en que nos hallamos, y buscar la mejor forma de adecuar lo uno a la otra. No hablamos exactamente de anular lo que sentimos (represión); más bien, la propuesta se dirige a modular esas emociones. A permitirlas, moderarlas o diferirlas de forma más adaptativa.

El dominio y manejo de nuestras emociones es crítico en nuestra vida (crucial, lo denominó Goleman). No exageramos si decimos que la gestión que hagamos de nuestras emociones determinará cómo nos irá en la vida. En tal medida que, la inteligencia emocional que poseemos predice mejor nuestro porvenir que nuestro cociente intelectual.