domingo, 30 de enero de 2022

Aquellas mujeres que nos enseñaron el concepto de HUMANIDAD

En la película Salvar al soldado Ryan hay una escena que me quedó clavada en el cerebro y sigue arrañándome el corazón cada vez que la veo. En ella, un ama de casa dedicada a "sus labores" en la cocina no se fija en la cortina de polvo levantada a lo lejos por un coche. Divisa el automovil cuando está llegando a su casa e identifica su distintivo militar. Margarett Ryan se dirige hacia la puerta y apenas sale al porche, aparca el coche, del que salen un militar y un cura. Sin haberse podido preparar para lo peor, aquella madre ya lo sabe. Algo la arrasa por dentro, se tambalea y cae al suelo. Aun desconoce que el militar porta tres pésames oficiales por la muerte de sus 3 hijos en la guerra europea.


Aunque lo de Spielberg sea ficción, tanto la literatura como las películas son mentiras que cuentan verdades (no recuerdo ahora mismo quien alumbró tan certera afirmación). Me parece inimaginable el dolor que se debe sufrir ante semejante pérdida. Criar tres hijos para que te sean arrebatados, antes casi de que hayan podido empezar a vivir, por un absurdo como es la guerra. Un absurdo o cualaquier otro sinsentido, como la droga. Como aquella que campó a sus anchas por nuestro pais a finales del siglo pasado, en la época de la Movida, antes de ser conscientes de la ruina que suponía iniciarte en su consumo. La misma que se llevó por delante a un hijo de nuestra protagonista, Cándida Villar. La fatalidad quiso que la enfermedad mental también le secuestrara a otro hijo. Anteayer sentí un escalofrío similar al de la película cuando en la radio escuché decir a Guillermo Fesser (hijo putativo de Cándida, a mucha honra, y a la sazón, su mentor profesional) que acababa de perder a su tercer hijo.

Guillermo Fesser y Juan Luis Cano fueron los artífices del transgresor programa radiofónico de humor "Gomaespuma"; nunca les estaré lo suficientemente agradecido por ayudarnos a sobrellevar aquella infancia y primera adolescencia de la España en blanco y negro. Rompiendo los esquemas habituales, lograban con su ingenioso desparpajo y su idiosicrasico humor, arrancarnos las risas y las sonrisas (en mi caso, durante las oscuras tardes del servicio militar), excitando y haciendo crepitar nuestro ánimo como si le hubieran inyectado cuarto y mitad de Peta Zetas.

En aquel programa supimos que Cándida era la asistenta del hogar del amigo Fesser. Quizá la recuerden por la película (homónima) que rodó de su propia vida. Es posible que por haber sido la crítica cinematográfica más auténtica y con más arte, que se dice por aquí, de todo el gremio. Pero, a mi parecer, el principal mérito que ostenta esta mujer es el de ser un prodigio de humanidad. Y cuando uso este adjetivo, trasciendo la definición académica ("-especímen perteneciente a la especie homo sapiens"), para definir a aquellas personas que encarnan todas las cualidades que nos sitúan por encima de otras especies (y no me refiero a las meramente instrumentales).


El mérito de Cándida es haber soportado todas las adversidades y revolcones que le ha dado la vida con el estoicismo con que forjaron a aquella generación de mujeres, que no es otra que la de las que nos criaron. Aquellas madres, tías, vecinas... que, como los y las protagonistas de las películas de los hermanos Cohen, no se quejaban de sus infortunios, ni se vanagloriaban de sus aciertos; simplemente hacían lo que tenían que hacer con la mayor diligencia. Que saludaban con un buenos días a quien se cruzaran por la calle, porque, aunque fueron privadas de una educación, sí que aprendieron a respetar a sus semejantes. Que decían (y dicen) "lo oí esta mañana trempano en el arradio" o "esto es asín" por que tampoco tuvieron la oportunidad de formarse que nosotros sí tuvimos. A las que podías despertar a las 3.00 de la madrugada para encargarse de toda la prole pq tu madre tenía que salir con tu hermano pequeño y sus 39º de fiebre a la carrera a la Casa de Socorro.

Aquellas madres universales, que echaban un par de puñados de lentejas de más, por si algún necesitado aparecía pidiendo de comer, o que por iniciativa propia hacían un caldito de pollo para un anciano que vivía sola. Que fueron epítomes de la sostenibilidad ("En esta casa no se tira nada") y adalides del lenguaje inclusivo ("Ni discoteca ni discoteco"), antes de que este se acuñara ninguno de estos conceptos.

Mujeres, en definitiva, a las que el destino no les facilitó la vida, y sin embargo, le correspondieron derrrochando bondad, humildad y dignidad. Abnegadas hasta la extenuación, ocupadas y preocupadas por los suyos (y por los demás) hasta casi despreocuparse de sí mismas. Y además, sin perder el humor, permitiendo que aflorara la sonrisa a la más mímima ocasión. Sacrificadas, pero viviendo el día a día con la honestidad de un misionero descalzo y yéndose siempre a la cama con la conciencia tranquila.

Aquellas heroinas apenas tuvieron reconocimiento por tan colosal empresa, la de criar una generación y transmitirle los valores esenciales de la vida. De manera que cuando escuchen la frase "caminamos a hombros de gigantes", no dejen de recordar que esos hombros fueron hombros de mujer.

Todo este preámbulo, que a lo mejor se ma ido de las manos, venía a cuento porque una de aquellas mujeres, Cándida, nuestra Cándida, cumple 90 años. Y los cumple hoy, 30 de Enero. De manera, que me sumo a la iniciativa de Guillermo Fesser de hacerle un regalo. Siguiendo el axioma básico de aquellas mujeres que nos criaron (Las 3 D: que sea bueno, bonito y barato), nos propone enviar una postal a nombre de Cándida Villar felicitándola al apartado de correos 100160, Madrid, 28080. Un reconocimiento que le quedará para siempre.

Así de simple.

Así de fácil.

Así de humano.