domingo, 1 de octubre de 2017

30#. El autocontrol es el mejor predictor de cómo nos irá en la vida.

Conducimos a 120 km/h por la autopista, y súbitamente, se nos planta enfrente un zorro o un perro ¿De que depende que nuestra reacción sea echarnos las manos a la cabeza y gritar, o bien, tratemos de manejar el volante para no estrellarnos?

Autocontrol emocional, es la respuesta.

El autocontrol, autorregulación, autodominio, o como queramos llamarlo, es la habilidad para dominar nuestras emociones, pensamientos y conducta. 
 

Cierto que, lanzados por la carretera y frente a un obstáculo imprevisto, no parece ser el mejor momento para lograrlo. Entre otras cosas, por que el autocontrol emocional consiste en un proceso. No es automático, sino que requiere de preparación. Hay que educarlo. Un velocista de atletismo logra batir su marca personal cuando se ha ejercitado, se ha ido fortaleciendo y ha progresado en su destreza para la carrera. Pero, por mucho que lo desee, difícilmente logrará ese hito si se presenta en la final de los 100 metros lisos sin entrenamiento previo.

Cuando un crío (y, por desgracia, más de un adulto que conozco) tiene un deseo, impulso o necesidad, tiende a satisfacerlo actuando de la manera más directa e instintiva. Arrastrado por la emoción subyacente, casi que corresponderá al esquema clásico del Estímulo-Respuesta, por el que se rigen la mayor parte de los animales. De manera que, apenas interviene ningún proceso de pensamiento entre lo que siente y lo que hace. 
 

El autocontrol emocional es nuestro negociador. Entre ese impulso y la acción para satisfacerlo debe mediar un espacio. Ese espacio no es nada más, ni nada menos, que la cancha que le damos a nuestra voluntad y capacidad de juicio para decidir qué es lo más conveniente. El pensamiento, (más concretamente, la reflexión) es el mediador que nos recomendará que acción es la más adecuada para atender a nuestro deseo, pero ajustándonos a las circunstancias.

David Goleman destacó que el factor central de la inteligencia emocional es el autocontrol, y existen estudios consistentes, como los de Mischel o el experimento Dunedin, que lo apoyan. Si nos detenemos a pensarlo, ya los antiguos pensadores sabían que el buen gobierno de la vida depende de conocernos y dominarnos. Aunque ni siquiera es necesario apelar a los clásicos, si no a nuestra propia experiencia en la vida. Todos tendremos el recuerdo, en alguna época de nuestra existencia, de haber actuado de manera impetuosa, de habernos dejado llevar por las emociones.

Aquella compra del piso o vehículo, de manera apresurada y visceral ¿fue tan acertada? ¿Realmente fue tan imperdonable aquel comentario irreflexivo de mi hermana sobre mi mujer, como para que dejara de hablarle? Consultar el whatsapp en una reunión de trabajo delante del jefe igual deja en evidencia mi profesionalidad. Por muy enamorados que estemos, entrar en el velatorio con una sonrisa de oreja a oreja desbordados por un ánimo expansivo no parece ser lo más correcto. Una respuesta exaltada en una entrevista de trabajo puede dar al traste con mis aspiraciones profesionales. De la misma manera que un exabrupto, en el momento álgido de una discusión marital, puede llevarnos derechos al despacho del abogado matrimonialista.

El proceso de crianza y socialización trata, entre otras cosas, de entrenarnos en introducir el pensamiento entre ambos extremos. Cuanto más capacidad de valoración y juicio desarrollemos entre impulso-satisfacción, más autocontrol poseeremos.


Cierto que las emociones pueden ser explosivas, inmediatas y/o imprevisibles. Son el motor de nuestro comportamiento, y están en la base de nuestros impulsos, deseos, necesidades, pulsiones... Pero eso no significa que sean incontrolables. No conlleva que las dejemos tomar las riendas de nuestra vida. Ni siquiera, que sean indomables. La evidencia es que, actuar irracionalmente satisface la descarga de esa energía emocional. Pero no son pocas las ocasiones en que la conducta impulsiva genera más problemas o inconvenientes de los que soluciona..

Popularmente, cuando se dice de alguien que es maduro, sensato o razonable se está aludiendo a esta capacidad de identificar qué estamos sintiendo, evaluar la situación en que nos hallamos, y buscar la mejor forma de adecuar lo uno a la otra. No hablamos exactamente de anular lo que sentimos (represión); más bien, la propuesta se dirige a modular esas emociones. A permitirlas, moderarlas o diferirlas de forma más adaptativa.

El dominio y manejo de nuestras emociones es crítico en nuestra vida (crucial, lo denominó Goleman). No exageramos si decimos que la gestión que hagamos de nuestras emociones determinará cómo nos irá en la vida. En tal medida que, la inteligencia emocional que poseemos predice mejor nuestro porvenir que nuestro cociente intelectual.

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