domingo, 13 de septiembre de 2015

#10. Esa cosita loca llamada amor



No deja de llamarme la atención el inusitado éxito que están teniendo las redes sociales especializadas en lo que se ha llamado dating, matchmaking, contactos,... en definitiva, eufemismos del clásico ligar o buscar pareja.



En estos portales, efectivamente, se ponen en contacto a personas interesadas en conocer a otras. Tanto si se busca el trato carnal, como si es espiritual, como si es una combinación de ambos, como si no sabe qué es lo que busca, la estrategia de indagación consiste en describirse uno mismo (cuantas más facetas de su vida, mayor definición), a fin de que los interesados puedan discriminar, distinguir, de entre esa marabunta de gentío, aquellas personas afines. Si hablamos de amistad, no suele ser demasiado difícil, puesto que  partiendo de hobbies o áreas de actividad comunes, se pueden encontrar personas afines. Si hablamos de interés, igualmente puede ser efectivo (aunque el interés sea matrimoniar), siempre que juzgue cumplidos un mínimo de criterios que se consideren relevantes. Pero cuando se trata de amor, y aquí me refiero estrictamente al sentimiento puro y sincero, la cosa no la veo tan clara.


A falta de parámetros concluyentes, se presupone que cuantas más áreas de interés compartan dos personas, mayor posibilidad de enamorarse. Desde el trabajo que realizas, a la altura que gastas, actividades que te gusta hacer en tu tiempo libre, deportes favoritos, lugares ideales, etc. La lista de factores a valorar es interminable (algunos de ellos, insólitos) y, proporcionalmente, igual de tedioso resulta rellenarlos. Incluso suelen adjudicar un breve espacio para autodescribirse de manera personal, que... ¡oh!, ¡sorpresa!, casi nadie aprovecha. O se usa para decir lo que todo el mundo (una sarta de estereotipos e ideas prefabricadas que voy a evitarles el sonrojo de citar) o se deja en blanco, sin rellenar (¿la única oportunidad de destacarte propiamente, de definirte, y la dejas pasar?). De cualquier manera, el resultado final es un listado de características y cualidades humanas que te describen como persona, pero solo eso. Pura física. De esa misma manera se puede detallar cómo es un edificio o retratar un coche, pero no me dicen nada de lo realmente relevante en el amor: El cómo me hace sentir esa persona. Parafraseando las palabras de Clinton a Bush, sobre cómo iba a ganar las elecciones: ¡Es la química, estúpido!



Preciosa la chica, oye. Le gusta esquiar y hacer senderismo, como a mí. Las películas de aventuras y la música actual ¡Qué casualidad! La playa y salir a cenar, sus actividades favoritas,... Si continúan sumando ítems coincidentes debe llegar un momento en que no le quede más remedio que concluir que acaba de hallar a la chica de su vida. Ahora pasamos a la prueba del algodón, el infalible examen de la realidad. Quedas con ella, te tomas algo, y cuando la conocemos, aún en el caso de que haya sido completamente sincera (algo no tan fácil, incluso cuando esa haya sido la intención) resulta, que sí, que bien, que es agradable y simpática, que me gusta… pero no me dice nada, no me llama. No hay conexión.


Imagínense que desean adquirir una obra de arte. No tanto por vanagloriarse de su propiedad, tampoco como táctica de inversión económica, sino que lo hacen por el loable y romántico (en el sentido que le daban en el siglo XIX a este término) deseo de disfrutar de ella, de emocionarse contemplándola, de dedicar tiempo a sentirla y apreciarla. Supongamos que sus circunstancias no le permiten encontrarla en su entorno de vida cotidiano, así que decide buscar por internet. Y héteme aquí que, en vez de encontrar una sala de exposiciones virtual o la galería de un marchante de arte, se topan con webs que tratan de encontrar la obra de arte perfecta para usted, para lo cual les empiezan a hacer preguntas:
- ¿Escultura, pintura, audiovisual, teatral,...?: ¡Qué sé yo! El Laocoonte y sus hijos me encanta como escultura, pero La noche estrellada de Van Gogh también me gusta a rabiar, y no digamos las obras de Miura y Jardiel Poncela puestas en escena...

Bueno, de acuerdo, acotemos el ámbito de búsqueda. Supongamos que nos ceñimos al arte pictórico.
- ¿Dimensiones del cuadro?
- ¿Altura, ancho, perímetro,…?
- ¿Qué colores quiere que contenga su obra de arte? Amarillo, bermellón, cian, azul cobalto, magenta, negro, rosa palo, verde aguamarina...
-¿Intensidad, matiz y brillo de cada color? ¿En qué proporción quiere que se encuentren estos colores combinados?
- Carboncillo, pastel, óleo, acuarela fresco, gouache,...
- Surrealista, Art Decó, Naif, Transvanguardia, Expresionista, impresionista, mediopensionista,...

Por supuesto, que ya seguiría hasta el final, para ver en donde acababa todo eso, pero, ¿qué pensaría usted de este sistema para identificar una obra de arte que le conmueva?


Pues eso. Lo mismo pienso yo.



No obstante, estas webs cuentan con factores a favor, entre otros, el que las personas inscritas tienen el deseo de encontrar a otra, que como motivación, no es nada despreciable. Muchas de ellas están deseando enamorarse, y con esa predisposición, es posible ser muy indulgente con los defectos del recién conocido/a y disfrutar de sus virtudes, que se hallarán ampliadas a la enésima potencia gracias al factor novedad. Pero, continuemos con nuestra búsqueda del sentimiento limpio y profundo. Excluidos el criterio “sí, necesito enamorarme” (que sesgará su juicio, el emocional también) y el criterio “quiero tener pareja” (que también trabajará, de manera consciente o inconsciente, y con entusiasmo a favor de adecuarse a alguien), supongamos que logramos mantener intacto el fundamental: Busco una relación íntima, realista, saludable, plena y significativa. Una relación que me aporte, lo que implica que debe mover sentimientos dentro de usted y promover actos o hechos fuera de usted, consecuentemente, fortalecer sus potencialidades, promover el crecimiento de su persona(lidad). 


¿Y eso qué es lo qué es? Por mucho que a usted le indiquen todos los ingredientes que conforman una vichyssoise de puerros con jamón escaldado sobre lecho vegetal decosntruido, por muy apetitoso que suene el nombrecito o muy claro que le queden sus ingredientes, hasta que no la pruebe no sabrá si le gusta o desagrada. Si es algo por lo que merecía pagar la pasta que probablemente le cobren en ese restaurante minimalista o ha sido tirar el dinero. O quien sabe si, tras probarlo, le sucede algo parecido al crítico gastronómico de la película Ratatouille: se le quedan los ojos clavados en el horizonte, el cuerpo petrificado y su cerebro, iniciado un denodado e infructuoso esfuerzo por encontrar en su memoria un sabor parecido con el que poder contrastar, termina por rendirse, dejándose inundar por el sabor más espectacular, satisfactorio y fastuoso que sus papilas gustativas hayan tenido nunca el placer de saborear. Pero esto, como todos sabemos, solo pasa en las películas. Aunque, les digo, nunca descarten el aforismo que dice “la realidad siempre supera a la ficción” (aunque en pocas ocasiones). 


Pero, como todos sabemos, quererlo es una cosa y que aparezca es otra. Se puede elegir con quien estar o convivir, pero no de quién se enamora uno. En cualquier caso, me parece claro que tener meridianamente claro lo que encuentra uno satisfactorio en una relación sentimental nos ayudará a no meternos en callejones sin salida y obtener mejores resultados que el simple método de ensayo/error.


Al respecto, solo puedo dar unas breves recomendaciones, por lo demás  básicas, pero que son de lo único que puedo hablar dada mi experiencia personal:


1. Aclárese y concrete qué busca usted en otra persona.- Esto implica conocer en cierta medida sus necesidades personales. Y una labor de introspección medianamente fiable requiere de cierta madurez. No se trata de redactar un decálogo estricto e inamovible de características que debe tener la otra persona, pero sí saber cuales de ellas son imprescindibles (humor, ternura, comprensión, pasión, admiración, etc.) para que usted se sienta bien con ella.  Obvio que a más exigencia, más dificultad para encontrar la persona adecuada. De manera que, no esperen que sea ni inmediato ni directo. De hecho, todo apunta a que tendrá que pasar tiempo, o igual ni aún así. Pero si se encuentra en esta búsqueda (y entiendo que si ha leído hasta aquí, lo debe estar) considere que rebajar el listón probablemente le lleve a estar con alguien, pero quizá no a estar satisfecho con ese alguien. No estaría de más plantearse seriamente evitar perder el tiempo y no hacérselo perder a otra persona.


Una vez encuentre a alguien que le haga tilín, el dilema subsiguiente sería otro. Pero ¿Qué siento por esta persona? ¡Ahí es nada! La pregunta del millón. En la fase de post-impacto, esto es, una vez se ha disparado el sentimiento, el ardor con el que haya entrado en su vida esa persona, las fastuosidad de su presencia, las necesidades que palpitan bajo su piel, etc. pueden confundirle, o impedir obtener una respuesta clara. Le escuché a Jose Antonio Marina una estrategia, que si bien no es definitiva, creo que puede dar una orientación más fiable. No se centren en “qué siento por esta persona” sino en “qué me gustaría hacer con esta persona”. Con esta persona me gustaría practicar coito tras coito en una noche de locura y desenfreno. Con esta persona me gustaría conversar largamente mientras paseamos frente al mar. Con esta persona me gustaría convivir. Con esta persona me gustaría salir de copas,... Sumen y resten las cosas que le gustaría hacer con esa persona y tendrán datos para poder etiquetar lo que sienten con mucho más acierto: Sexo, amigo/a, pareja, esposo/a, amigo/a con derecho a roce, compañero/a de farra, etc. 


2. Busque alguien con quien esté a gusto.- Aunque suene de Perogrullo, se trata de encontrarse, de estar en contacto (por tanto, físico) con alguien. Esa presencia debe hacerle sentir bien, debe ser grata, que no es necesariamente igual a que le guste estar con ella. Puede gustarnos estar con una personas atractiva o seductora, pero que en el trato cotidiano sea insufrible. Me refiero más a que esa figura le inspire confianza, y que lo haga de manera natural. Por decirlo de alguna otra forma, una persona con quien la cosa fluya, con quien haya conexión, con quien pueda ser como usted es, y encima, eso le haga sentir bien. Características como las mencionadas antes (el respeto, la capacidad de comprensión, la ternura, la generosidad,...) suelen promover y generar esa química, ese bienestar. No se me olvida incluir también el sexo, que tiene un peso específico. Si se encuentra en este estado emocional, el deseo, las ganas de la otra persona, deberían manar de forma espontánea. Y es un factor crítico. No se trata de lograr alcanzar el éxtasis absoluto ejecutando piruetas circenses como en aquella peli (bueno, igual sí), si no de que a usted le parezca satisfactorio. Si no lo siente así, igual el sentimiento tiene más que ver con la amistad o el altruismo.



3. Busque alguien con quien le guste conversar.- No se trata de mantener entrevistas filosóficas trascendentales ni tampoco de cotillear de los amigos. Me refiero a alguien con quien se entienda, con quien comunicarse sea algo placentero, esto es, con quien le guste compartir. El amor es una larga conversación, de manera que la comunicación debe funcionar puesto que es fuente de gratificación en sí misma, promueve la complicidad, aparte de que, no les quepa duda, cuando la cosa se atranque, será la herramienta por excelencia para resolver problemas en la relación. A mayor entendimiento, mayor complicidad, mejor humor, mayor sensación de que esa persona nos aporta.


4. Busque alguien en quien encuentre reciprocidad.- No solo en la actitud de apoyo y cuidado que debe imperar en una relación sana y profunda, sino en la calidad de esa correspondencia. Tan sospechoso me parece, en este punto, una entrega desinteresada y absoluta (porque entonces la persona está dejando de quererse a sí misma y acercándose peligrosamente al abismo de la dependencia emocional) como igualmente vano entiendo el caso opuesto, en que la otra persona no le corresponde, o no lo hace en la medida que debiera. Si no le ama, si solo se deja querer, me temo que no hay caso. Podrá conseguir su afecto, su compasión, su buena voluntad,... pero no existe la química. Una actitud honesta, en ese supuesto, sería aceptar la realidad y dejar de marear la perdiz.     


5.- Pero por encima de todo, busque a quien busque, debe ser usted mismo.-  Quizá no lo parezca, pero la variable fundamental de la ecuación amorosa no es la otra persona: es uno mismo. Sea cual sea la relación que se establezca, ese sentimiento que anida en su pechito solo será suyo. Por descontado que entiendo lo compartirá con la otra persona. Pero el cómo ella lo perciba o asimile o sienta está fuera de nuestra competencia. Es algo que pertenece estrictamente a ella, tanto si lo comparte y es recíproco, como si no. De manera que me parece sensato resaltar que usted solo es propietario de su sentimiento. Su obligación ética es disfrutarlo, cuidarlo y potenciarlo. Y obviamente, tratar de elicitarlo en su partenaire, para que ambos puedan regocijarse y deleitarse. Pero si la otra parte no le corresponde, puede entristecerse por ello, lamentarse o clamar al cielo, pero lo que no puede es renegar de lo que ha sentido y siente. Ese sentimiento es lo único realmente suyo. Es su obra, su retoño, parido, alimentado y criado por usted. 



Y hasta aquí puedo leer… Lo que después decida(n) hacer con ese sentimiento será una decisión personal. Dependerá de cada uno de ellos el cómo prospere la cosa, que ese sentimiento sea la base de una aventura, de una pareja, de un matrimonio, de una familia numerosa, etc. Tampoco está de más destacar que, aunque usted busque el amor verdadero y lo encuentre, desgraciadamente, el amor solo, no basta para asegurar una relación plena y satisfactoria. Pero con el mismo convencimiento les digo (y de esto no me cabe la menor duda) que es el más sólido y fiable cimiento para iniciar una relación íntima y profunda.  


viernes, 3 de julio de 2015

CITA: En-amor-miento


Amar es muy distinto a estar enamorado. 
El amor y el enamoramiento son sentimientos casi opuestos en algunos sentidos. 


Amas a quien conoces y
 te enamoras de quien aún es un desconocido.

El enamoramiento es emoción pasional, 
mientras que el amor es sentimiento apacible. 

El enamoramiento tiene mucho de virtual, 
el amor es mucho más real.

El enamoramiento es efímero, transitorio, 
mientras que el amor tiende a ser duradero y estable. 

El amor tiene vocación de eterno, 
el enamoramiento se cree eterno mientras dura.



Siento decirlo tan crudamente, pero el enamoramiento tiene algo de no fiable, de engañoso; mientras que el amor es pura verdad. La misma palabra castellana esconde la esencia: en-amor-miento.
El enamoramiento se parece a los fuegos artificiales, explosivos, espectaculares, estruendosos y brillantes. 

El amor es, sin embargo, como una noche estrellada: silenciosa y serena.

El enamoramiento suele ser la primera etapa en la relación de pareja, y sólo a veces se pasa a la segunda fase. Hay personas que se enamoran fácilmente, pero nunca llegan a amar. Como el enamoramiento es siempre transitorio, van pasando de una relación a otra, van de enamoramiento en enamoramiento. Como en aquella sevillana, cuyo estribillo decía: "Si me enamoro algún día, me desenamoraré para tener la alegría de enamorarme otra vez". Quien así habla está fascinado por los fuegos artificiales, que sin duda son maravillosos, pero no ha sido capaz aún de descubrir la belleza de una noche estrellada de luna nueva.

Para amar hay que salir de uno mismo, conocer y querer a un otro real, cargado de virtudes y de defectos. Para estar enamorado no es necesario todo eso, es mucho más fácil, ni siquiera hay que salir del yo.

Benito Peral
www.el mundo.es/yodonablogs




 

viernes, 12 de junio de 2015

#9. El amor no es ciego. El enamoramiento, sí.



Llama poderosamente la atención el hecho de que hasta el siglo XIX, históricamente, los matrimonios se llevaban a cabo por interés. Algo que chirría con nuestra mentalidad actual, en que parece darse por sentado que el amor debe ser el factor determinante para casarse. El matrimonio era una cosa, y el amor era para los amantes. Si amor y matrimonio son dos conceptos distintos, aunque relacionados, que podemos distinguir sin dificultad (aunque solo sea porque el segundo debe quedar firmado y rubricado de manera fehaciente), igualmente amor y enamoramiento no son sinónimos. Ambos procesos no son exactamente independientes pero tampoco son iguales. A pesar de que haya quien pueda confundirlos.

El enamoramiento fue definido por algún iluminado en un día inspirado como “estado de enajenación mental transitorio”. Ortega y Gasset ya lo clasificó como “estado de imbecilidad transitoria”. Y, ciertamente, lo es. Tanto en lo enajenado como en lo transitorio. En su momento, los clásicos ya nos lo presentaron como locura, como una fuerza irracional. El hombre se siente esclavizado, es una manía, un enloquecimiento enviado por Afrodita y Eros. Y algo de cierto tiene esta concepción mítica. Manía y locura comparten una característica clave con el enamoramiento. En el momento en que uno se encuentra con una persona que le cuadra, que le encaja, que le hace tilín, toda una serie de procesos bioquímicos explosiona en nuestro interior. Lamento que no tenga el aroma romántico con que nos ha sido popularmente descrito este estado de ánimo. Pero la evidencia (bioquímica, en este caso) no engaña. Cuando nos enamoramos nuestro cerebro genera el neurotransmisor feniletilamina (FEA), pariente cercano de las anfetaminas (ahí llevan una pista de a dónde va a ir a parar todo esto). Cuando estas moléculas empiezan a inundar nuestro cerebro, este responde secretando dopamina, norepinefrina y oxitocina, entre decenas y decenas de distintas sustancias químicas. No hace falta que nos salgan estos neurotransmisores y hormonas por las orejas para notar que perdemos la cabeza (la concentración, desde luego), que empezamos a ver el mundo de color de rosa (un rosa vívido y resplandeciente) y que sentimos como si estuviéramos flotando en el éter (quizá levitando). Parece, pues, que no es gratuita la expresión “hay química entre los dos”. 


A esto añádanle una particularidad que me parece sorprendente: Durante la fase de enamoramiento las estructuras cerebrales que nos permiten identificar los defectos de la persona amada quedan suspendidos, anulados. Como nuestra TV por la noche, quedan en stand by. La catedrática de Bioquímica de la Universidad de Navarra, Natalia López-Moratalla es clara y concisa: "En el enamoramiento, tras el impulso emocional del inicio, se ponen en marcha los circuitos cerebrales de la confianza para consolidar el vínculo amoroso, y se silencian específicamente las áreas que crean distancias, aquellas que se activan en estados depresivos o de tristeza".

De manera que, esta visceral conexión entre dos personas, se establece por una doble vía: “atrayéndose, porque ante la persona amada se activa la vía de recompensa emocional que usa la dopamina, conocida como la hormona de la felicidad, y superando las distancias personales, al desactivarse la desconfianza, para lo que utiliza el neurotransmisor positivo en las relaciones sociales, la oxitocina, con frecuencia denominada hormona de la confianza”, nos dice Natalia.

Las ideas populares sobre el enamoramiento lo consideran como una etapa de obnubilación, un estar fuera de sí, con el pensamiento en el otro. Un estar descentrado de sí mismo para centrarse en el otro, distinguiendo con dificultad entre el yo y tu, lo que conlleva ese tanto de locura. Desconectando las áreas cerebrales asociadas con el juicio crítico, suspendiendo las valoraciones negativas, y sin objetividad para ver sus defectos. Y que, aparte de todo esto, debe dar paso a “la clarividencia del amor”. 


No menos asombroso me parece que en tal estado de efervescencia emocional, de conciencia alterada, no pocas personas aprovechen para tomar decisiones trascendentales sobre su vida. Me sobrecoge porque, en función de ese sentimiento, somos capaces de tomar decisiones que pueden ser, no solo determinantes, sino en algunos casos, también irreversibles para nuestra vida. ¿A alguien se le ocurre firmar una hipoteca tras haberse puesto hasta arriba de cannabis? ¿Usted realizaría el ejercicio final de una oposición para funcionario bajo el efecto de ácidos y cocaína?  

Cuando uno se para a pensar en la cantidad de decisiones vitales que las personas toman por amor (sea lo que sea a lo que hayan querido referirse con este término), no puede por menos que estremecerse y sospechar que el azar controla más nuestras vidas de lo quisiéramos creer. Y el azar nos puede regalar el premio gordo del sorteo del Euromillón con la misma facilidad que un macetazo en medio de la cabeza mientras paseamos tranquilamente.

Solo hay que echar un vistazo a la historia para ver que el amor puede con todo: Con la paz, con la religión, con el arte, y hasta con la familia. En su nombre se han declarado guerras, caído imperios, arruinado fortunas y cercenado estirpes. Todos recordamos el affaire que se montó por Helena de Troya. Enrique VII anuló su matrimonio, se enfrentó a un rey y generó un cisma que terminó con la ruptura con la Iglesia (de hecho, fundó su propia religión para divorciarse), por Ana Bolena. Dante Alighieri escribió su obra maestra ("Divina Comedia") dedicada su amor platónico, amor que duró toda la vida, y con la que nunca llegó a cruzar ni una palabra. En 1936, el hombre que debía ser el rey de Inglaterra renunció a la corona para poder casarse con una divorciada americana (ningún monarca antes, en la historia de su país, había rechazado a la corona voluntariamente). El príncipe heredero de Nepal, Dipendra, se casó en secreto con una joven, ante el rechazo real contra tal relación. Durante una cena, y tras una violenta riña familiar, el muchacho volvió ataviado con uniforme militar y montó la escena final de la película Scarface. Acribilló a su familia, sus 2 padres y otros 6 familiares. Me parece suficiente, como botón de muestra. Y si sucesos como estos acontecieron por amor, no les cuento nada sobre las atrocidades que se habrán cometido por su opuesto, el desamor.


De vuelta al asunto, Jose Antonio Marina lo expresa bien. “Tomamos decisiones de vital importancia para nuestra vida mediante un procedimiento rocambolesco. Experimentamos un sentimiento con frecuencia confuso, lo nombramos con la palabra amor, y, por ensalmo, la palabra concede una aparente claridad a lo que sentimos y, de paso, introduce nuestro sentimiento en una red de significados culturales que imponen, exigen, o nos hacen esperar del amor una serie de rasgos y efectos que acaso ni siquiera sospechábamos. Parecería más sensato esperar a ver qué sale de nuestro sentimiento para saber si era amor y qué tipo de amor era, o si era algún otro sentimiento emparentado”. Pura sabiduría concentrada.

Como sea, atravesada la fase de enamoramiento, el organismo se distiende (afortunadamente). Si se paran a pensarlo, sería inviable un organismo en pleno subidón bioquímico durante años y años. Algo agotador, extenuante, que terminaría por hacernos sentirlo más como una condena que como una bendición. El organismo se va haciendo resistente a los efectos de nuestra propia bioquímica desatada y la pasión se desvanece gradualmente. A los 2 o 3 años de iniciada la relación sentimental, los niveles de dopamina vuelven a su ser, la norepinefrina y oxitocina se normalizan, y cesa ese torrente de estimulación aglomerada. De manera que, después de esa efusión de emociones embriagadoras, volvemos a despertarnos y poner los pies en el mundo real. Así descrito, me viene a la cabeza un pasaje de la novela “El perfume”. Aquel en que el pueblo entero despierta, tras haber sido subyugados y perdido el control de todos sus actos, frente al patíbulo del reo, Jean Baptiste Grenuille. Aunque no puedo evitar recrear en mi cabeza esa escena, clásica en los films americanos de desmadre, en que tras una noche loca de juerga, amanece y el protagonista se despierta. Abre los ojos concierta dificultad, toma conciencia de su identidad, trata de ubicarse espacio-temporalemente, y sin haber terminado de completar ninguna de estas operaciones ni haber hecho un reset del sistema, se da cuenta de que tiene cogida la mano de alguien. Mira con sorpresa a su lado y encuentra a una persona con la que comparte (al menos, compartió, afinidad sexual). Podrá recordarla o no, ser una amiga o una completa desconocida, gustarle o desagradarle,... Pero, amigo, ya es tarde. Ese anillo en su dedo corazón derecho le indica que ha consumado la relación amorosa, y también el matrimonio, oficialmente. A pesar de la resaca, intenta recordar... ¿qué sucedió?. ¡Ah! Aquella capilla abierta a las tantas de la madrugada en Las Vegas (¡dónde si no está dispuesto un párroco, pastor o juez de paz casarte a esas horas!). ¡Ah! Mis impresentables amigos con una cogorza olímpica ¡Ah! La sala de striptease aquella... Y, repasando, repasando, concluye que con el ánimo exaltado por ingesta desmesurada de alcohol, todos llegaron a la conclusión de que no solo era una buena idea, sino que además, era la idea perfecta. Por tanto, estamos en el momento en que, como los niños en la mañana del día de Reyes, nuestro protagonista va a ver qué regalo te ha tocado.


Será algo más tarde, habrá de pasar algún tiempo, cuando podrá constatar si el regalo fue solo la sorpresa de la novedad o resultó algo significativo que amplió sus posibilidades. Si la persona que conoció durante la etapa de hormonas hiperactivas es la misma que la que ahora puede observar con más detenimiento y juicio, con sus virtudes y defectos, en una fase más centrada. Si previamente se asentaron sólidamente las bases de la relación, comienza una etapa de permanencia, caracterizada por un sentimiento más tranquilo. En esta fase son las endorfinas las que toman el control, aportando sensación de seguridad y apego. Las reglas han cambiado. Ya no se trata de disfrutar, festejar o palpitar. Ahora la tarea tiene más que ver con un compromiso, un respeto mutuo y un planteamiento de objetivos o metas comunes. Se supone que esta es la parte buena de la historia, el progreso natural del proceso que se inició con el enamoramiento (o eso es lo que nos han dicho siempre). Ahora que cesó el huracán emocional, por fin, con más calma y tino, los protagonistas se pueden reconocer como personas. Es la fase que se denomina amor.

Y el amor de pareja tiene una condición que lo diferencia claramente de otros tipos: el componente sexual. Puede parecer que hablamos de un mecanismo de acción-reacción, automatizado durante generaciones, promovido por el instinto de perpetuación de la especie. Y sí, es cierto, el deseo sexual tiende a la fusión, pero no tiene porqué ser solo un alivio o un apetito físico. Es lo que sucede cuando este deseo sexual está inspirado por el amor. En el resto de los animales, el instinto de reproducción se activa durante el celo y todas las emociones mueven al individuo a lograr la cópula. En los seres humanos, “la atracción sexual se dirige a una fusión de las personas, de los cuerpos, que por su propia naturaleza desconecta el pensamiento analítico, discursivo. No es irracional sino que implica todo el ser, que es más que razón fría; somos así.  De alguna forma se deja algo propio en la otra persona y se toma algo de ella”. En este sentido, el sexo puede ser solo sexo, pero también puede ser una experiencia trascendental (y quiero decir exactamente eso, algo que nos trasciende). A pesar del matiz egocéntrico de que está impregnado el factor sexual, la persona en este estado emocional propende a buscar el bienestar del otro individuo, a cuidar y ser cuidado.




Todos los amores son egoístas, pero dependiendo del grado de madurez personal, mi felicidad puede necesitar que la otra persona sea feliz. No sé si será el perfil ideal de relación, pero de entrada, esta característica me parece, como mínimo, sana y equilibrada. Característica de la que carecen las relaciones compuestas por personas que muestran un talante netamente egocéntrico; que se aman el uno al otro, pero a nadie más. En ellos, camuflado en mayor o menor medida con ornamentos y alharacas, maquillado con apariencia de amor, podemos encontrar lo que Fromm denominó “egoísmo á deux” (“Tú y yo contra el mundo”). El caso opuesto es el que peca de  altruismo excesivo, en que la persona que ama concede a la amada aquello que incluso puede ir en contra de sus intereses. Es un amor desprendido y filantrópico (quizá por ello vaya en contra de los sacrosantos principios evolutivos), en el que el amante disfruta dando, despreocupándose de recibir. Aunque sin llegar a caer en lo que también el amigo Fromm llamaba la “neurosis generosa”, donde la persona encuentra sentido a su vida solo ayudando a otras personas pero cometiendo el error de no amarse a sí misma. Para los demás será una persona bondadosa y magnánima, pero este activismo solo es una forma de intentar ocultar que no se aprecia a sí misma. Como sea, por suerte, existen bastantes parejas que muestran un amor correspondiente (simbiótico). Un sentimiento vicevérsico, de inspiración simétrica, caracterizado por un reconfortante matiz de generosidad, que es arropado por la necesidad de apoyar y ser apoyado.

Exquisito y descriptivo como él solo, Marina hace una comparación geométrica que capta la esencia del concepto a la perfección. Si el egoísmo es como un círculo con un solo centro, el amor es como una elipse con dos puntos de apoyo. La elipse parte de dos círculos, dos centros equidistantes que generan algo más grande que ellos mismos, algo que los trasciende. No se trata de dos círculos desparejos ni se sobreponen (ocupando uno el espacio del otro). No tienen dimensiones desproporcionadas (uno no es más que el otro), ni ninguno de ellos circunscribe al otro (no lo absorbe). Están juntos, pero no se confunden. Respetan una distancia mínima entre ellos. Y esta distancia es la necesaria para evitar que cada uno deje de ser quien es. 

domingo, 24 de mayo de 2015

CITA: ¿Qué da una persona a otra?




En la esfera de las cosas materiales, dar significa ser rico. No es rico el que tiene mucho, sino el que da mucho. El avaro que se preocupa angustiosamente por la posible pérdida de algo es, desde el punto de vista psicológico, un hombre indigente, empobrecido, por mucho que posea. Quien es capaz de dar de sí es rico. Siéntese a sí mismo como alguien que puede entregar a los demás algo de sí. Sólo un individuo privado de todo lo que está más allá de las necesidades elementales para la subsistencia sería incapaz de gozar con el acto de dar cosas materiales.

La experiencia diaria demuestra, empero, que lo que cada persona considera necesidades mínimas depende tanto de su carácter como de sus posesiones reales. Es bien sabido que los pobres están más inclinados a dar que los ricos. No obstante, la pobreza que sobrepasa un cierto límite puede impedir dar, y es, en consecuencia, degradante, no sólo a causa del sufrimiento directo que ocasiona, sino porque priva a los pobres de la alegría de dar.



¿Qué le da una persona a otra?
Da de sí misma, de lo más precioso que tiene, de su propia vida.

Ello no significa necesariamente que sacrifica su vida por la otra, sino que da lo que está vivo en él –da de su alegría, de su interés, de su comprensión, de su conocimiento, de su humor, de su tristeza-, de todas las expresiones y manifestaciones de lo que está vivo en él.

Al dar así de su vida, enriquece a la otra persona, realza el sentimiento de vida de la otra al exaltar el suyo propio.No da con el fin de recibir; dar es de por sí una dicha exquisita. Pero, al dar, no puede dejar de llevar a la vida algo en la otra persona, y eso que nace a la vida se refleja a su vez sobre ella; cuando da verdaderamente, no puede dejar de recibir lo que se le da a cambio.

Dar implica hacer de la otra persona un dador, y ambas comparten la alegría de lo que han creado. Algo nace en el acto de dar, y las dos personas involucradas se sienten agradecidas a la vida que nace para ambas.

En lo que toca específicamente al amor, eso significa: el amor es un poder que produce amor; la impotencia es la incapacidad de producir amor (…).



Pero no sólo en lo que atañe al amor dar significa recibir. El maestro aprende de sus alumnos, el auditorio estimula al actor, el paciente cura a su psicoanalista (…).
 
Apenas si es necesario destacar el hecho de que la capaci­dad de amar como acto de dar depende del desarrollo caracte­rológico de la persona. Presupone el logro de una orientación predominantemente productiva, en la que la persona ha supe­rado la dependencia, la omnipotencia narcisista, el deseo de ex­plotar a los demás, o de acumular, y ha adquirido fe en sus propios poderes humanos (…) 



“El arte de amar” (1956)
Eric Fromm