El epicentro de la industria cinematográfica estadounidense, Hollywood, desde que se convirtió en el formidable productor de entretenimiento que es, se convirtió también en una máquina de transmisión de valores, entre otros, morales. Imperceptiblemente, ha estado influyendo de manera profunda y sostenida en la forma que tenemos de entender las cosas (la vida, en particular) jugando un relevante papel como moldeador cultural.
Sus películas han funcionado durante décadas como vehículo de difusión del “American way of life”, exportando modelos de conducta, aspiraciones y reglas sociales que normalizan ideas sobre familia, éxito, justicia, libertad, identidad nacional, relaciones sociales, etc. De forma que tal que, con el tiempo y sin que apenas nos demos cuenta, ha ido creando el entorno mental en el que esos valores parecen naturales
Las películas de gangsters, y posteriormente de la mafia, que llevamos décadas viendo ingenuamente, no solo reflejaban el crimen organizado de aquella sociedad sino que también fueron codificando una mitología del poder; una mitología que ha calado, y creo que profundamente, en la psique colectiva. La influencia de films como El Padrino, Scarface, Uno de nosotros (Goodfellas), por nombrar algunos ejemplos paradigmáticos, han promovido esta "educación informal" en varios niveles:
El más obvio (y pernicioso) ha sido la glamurización del delincuente, transformando al criminal en un héroe trágico o un rebelde antisistema. El sueño americano llevado al extremo: alguien que, viniendo de la nada, desprecia las reglas de una sociedad que percibe como hipócrita para alcanzar el éxito. Validando la idea de que "ganar es lo único que importa" y justificando métodos éticamente cuestionables siempre que el resultado sea lograr el poder.
No menos relevante es el culto al "hombre fuerte". El cine de gánsters y mafiosos ha educado al público en la estética del dominio. El líder no es quien sigue las normas y se ajusta a la ley sino quien tiene la personalidad para imponer su voluntad. La agresividad o el desprecio por las instituciones no se ven como un defecto, sino como una señal de autenticidad y fuerza. Se prefieren un "Don" protector que un político que hable de leyes.
Por último, estas películas enseñan que la moralidad universal es secundaria frente a la lealtad al clan. La "familia" (o el partido, o el movimiento) es lo primero. La consecuencia es obvia: se crea una visión del mundo tribal. Si eres de los "nuestros", tus crímenes son perdonables; si eres del "enemigo", cualquier ataque está justificado. Es la base de la polarización moderna.
Desde que empezó a hacerse popular y tuvimos información del actual inquilino de la Casa Blanca, siempre lo asimilé al personaje, tan propio de la cultura estadounidense, del tahúr. No tanto del mítico Viejo Oeste durante su expansión (1850-1890), en donde los saloons eran el centro social de los pueblos mineros y ganaderos, y el tahúr profesional se convirtió en una figura icónica haciendo trampas al póker. Más bien al perfil del tahúr del Mississippi: tipos astutos y taimados, con más estilo y más carisma o encanto, pero que igualmente vivían de hacer trampas en la sala de juegos de los barcos que surcaban ese río.
Pero no; me di cuenta tiempo después que estaba equivocado. El presidente estadounidense encajaba a la perfección en otro estereotipo igualmente icónico: el del gangster. El propio Trump se ha jactado en mítines de haber sido imputado más veces que "el gran Alphonse Capone" y es un tema recurrente entre analistas políticos y biógrafos, que ven en el presidente un estilo de liderazgo que imita la estructura de poder de la mafia.
Y a los hechos me remito, señor juez:
Lealtad personal por encima de la ley: Al igual que en la estructura de la mafia, Trump prioriza la lealtad ciega hacia su persona. James Comey, exdirector del FBI, describió sus interacciones con Trump como "flashbacks" de sus casos contra la Cosa Nostra, donde el líder exige sumisión absoluta en lugar de adhesión a las normas institucionales.
Gestión por miedo e intimidación: Utiliza una retórica agresiva y amenazas implícitas para mantener el control. Michael Cohen, su antiguo abogado, explicó que Trump no da órdenes directas para cometer actos poco éticos, sino que utiliza un código de lenguaje (como un "Don") donde todos entienden lo que se espera de ellos bajo la amenaza de represalias políticas o profesionales.
Desprecio por las reglas neutrales: Comparte con Capone la visión de que las leyes solo son herramientas válidas si le benefician. Su estilo de liderazgo se basa en el poder puro y no en un sistema de justicia o equidad internacional.
Uso de la victimización y el "nosotros contra ellos": Capone se presentaba como un benefactor público perseguido por el gobierno; Trump utiliza una narrativa similar, alegando que es víctima de una "caza de brujas" y una conspiración del Departamento de Justicia, comparando su situación legal con la persecución del FBI a Capone.
Estructura jerárquica de "sindicato": Se argumenta que ha trasladado el estilo de los clubes políticos y los negocios inmobiliarios de su juventud en Nueva York —ambos con fuertes vínculos históricos con métodos de la mafia— a la gestión de la presidencia, funcionando más como un jefe de sindicato que como un ejecutivo tradicional.
Nepotismo y Clan Familiar: Al igual que Vito Corleone situó a sus hijos en posiciones de poder para asegurar el control de la "familia", Trump ha nombrado a familiares en roles clave de su administración y del Comité Nacional Republicano.
Distorsión de la justicia: Presenta a las instituciones que considere (desde los medios de comunicación a la justicia) como entidades corruptas o inútiles. Esto genera un escepticismo institucional, siembra la duda en el ciudadano de que el sistema está "amañado" o “tiene algo personal contra él”, convirtiéndolo en una especie de vengador del pueblo; una narrativa que el amigo Donald ha utilizado, una y otra vez, con enorme éxito en sus campañas.
No digo que la culpa la tenga la industria hollywoodiense, pero sí que ha ido construyendo poquito a poco el marco mental necesario para que un liderazgo de estilo mafioso sea capaz de ser no solo aceptable, sino además, digno de ser investido como presidente de su país.
No termino de salir de mi asombro (debe ser mi desconocimiento de la cultura americana) pero el tipo sigue ahí. Creando desmanes por doquier, facilitando que se enriquezcan sus allegados, sin presentar argumentos ni proyectos políticos, salvo el de su santa voluntad. Su retórica, su obsesión con la imagen de "ganador" y su desprecio por los "perdedores" resuena con un público que ha consumido esta narrativa cinematográfica durante décadas.
La cuestión es que, ahora que se ha hecho con el mando del salón de juego, a ver quién es el guapo que lo echa del barco.


