viernes, 14 de febrero de 2014

Un chino, un maya y un indio...



Imagínese que trabaja en una empresa del ramo tecnológico, por poner un ejemplo. Área comercial, cargo intermedio, digamos jefe de ventas. Se desplaza con un grupo de compañeros de trabajo a China o Corea del Norte, por poner otro ejemplo, en misión comercial. Aterrizan en la capital y desde que llegan al aeropuerto les invitan a asistir al plenario del Comité Central. En coche oficial les trasladan hasta allí y les conducen ante el máximo mandatario. El presidente, impresionado por su presencia, les invita a entrar, y una vez dentro acceden al estrado de honor. Allí, el mismo Xi Jimping o Kim Jon-un, delante de centenares de compromisarios, anuncia que delega su cargo en ustedes, y les nombra presidente y equipo de gobierno del país.
El ejemplo puede ser más simple. Visitando el palacio real del reino de Vayaustéasaber un miembro de la familia real le dice que es usted clavadito al desaparecido primogénito del monarca. Avisa a toda la familia, y convencidos de ello, van y le hacen heredero de la corona.    

Suena a guion de aquellas inocentes comedias americanas de enredo de los años 60.


En el año 1519 Moctezuma, emperador del reino Maya fue informado de que unos seres extraños, con caras peludas, que escupían fuego y tenían el pecho de metal venían camino de Tenochtitlán. Cuatro días después el monarca dio la bienvenida a estos forasteros. Ellos venían desde el océano, el mismo por el que se alejó en tiempos lejanos el dios Quetzalcóatl. Moctezuma creyó que Hernán Cortes y sus huestes eran el mismo dios que regresaba con su corte. 

Le saludó diciendo “A tu tierra has llegado”. 

Y le entregó su corona, ofrendas de oro y todo tipo de obsequios. Sin complicación alguna, Cortés le hizo prisionero. De esta manera, el gobernante de aquellas tierras les puso en bandeja a los invasores su reino.  


Este podría ser otro guion, en este caso de novela histórica, si no fuera porque fue un hecho real.

No me digan que no es impactante lo que puede hacer una creencia bien asentada (pero poco razonable) en el lugar y momento adecuados.

La realidad no existe como un hecho sólido, consolidado e inmutable; idéntico para todos los observadores. La realidad se construye, la construimos en nuestra mente con la información que nos provee el entorno. Los planos de la representación de la realidad que creamos día a día en nuestra cabeza, están en nuestra mente, y son las que guían nuestro comportamiento y nuestras decisiones. Las líneas generales de estos planos serían nuestras creencias personales, y el hecho de que las profesemos o apliquemos no significa que necesariamente nosotros las hayamos proyectado, diseñado y elaborado.

Hay un tanto por ciento (más o menos elevado, según la persona) que son fruto de nuestra experiencia vital, de nuestras vivencias, que articulamos y concretamos  nosotros, fruto del pensamiento y la reflexión. Pero otra proporción incluye a las adquiridas. De estas, recelo particularmente de aquellas adquiridas sin escrutinio crítico alguno, esto es, de las inculcadas. Insertadas en nuestra mente, como se inserta un pendrive en el PC o como colocan los ojos a un muñeco de plastilina.

Plantéense esta pregunta. ¿Si hubieran nacido en las antípodas, Nueva Zelanda por ejemplo, piensan que sus creencias religiosas serían las mismas? Si uno es católico pero hubiera nacido en un pueblecito perdido del desierto saudí (por poner otro ejemplo) donde la religión imperante es el Islam ¿Qué religión creen que profesarían? ¿Serían católicos o islámicos?
                                                                                                             
Es una muestra de creencia inculcada en una persona por el simple hecho de haber sido educado en una comunidad donde la mayoría de los individuos profesan un sistema de creencias determinado. Afortunadamente, haber sido criado en un contexto definido no condena a asumir indefectiblemente todas sus creencias. Pero esto depende de la capacidad de pensamiento crítico que tenga cada individuo.

Durante mi infancia estuve tragándome todas las películas que pasaba la TV de indios y vaqueros (tampoco es que hubiera mucha más variedad). Durante años, salíamos a la calle para jugar con los amigos, con nuestras pistolas y caballos de cartón (o palos de fregona reconvertidos). Algunos disponían hasta de la indumentaria de sheriff, porque la de indio daba menos juego; esta, digamos que era más tuneable (con tres plumas, un palo y una visita al neceser de cosméticos tu madre te apañabas). Como fuera, al distribuir los roles, todos tratábamos de pertenecer al grupo de vaqueros, porque eran los buenos de las pelis. Casi nadie quería ser de los indios, porque eran los malos. 

 
Transcurre el tiempo, pasa la vida (que decían los Pata Negra) y sin haber llegado a madurar demasiado, te vas encontrando con datos que contrastan con lo que creías al respecto. No es que uno viva pendiente de la historia contemporánea norteamericana, ni que siquiera se acuerde uno de ello de vez en cuando. Como pueden imaginar, me traía al fresco aquel asunto, pero como el que no quiere la cosa, los datos van aflorando, de manera puntual y dispersa, pero con solidez. Un buen día, uno de esos datos juega el papel de la gota que colma el vaso. Una referencia, que no tiene ni siquiera porqué ser la más relevante, provoca que empieces a extraer de tu memoria aquella información relacionada con el tema e indolentemente almacenada durante años.

Esa pieza que has colocado sobre el tapete, de pronto, se encuentra bajo el foco de tu atención. Igual no había reparado antes, pero algo no te cuadra. Quizá eso sea lo que te incita a tratar de encajar las restantes. Como quien juega al dominó, vas ensamblando detalles y se va formando el puzle, que aunque incompleto, te permite diferenciar, distinguir, una figura que no encaja con lo que esperabas.

Era público y notorio que los indios eran oriundos de aquellas tierras, llevaban siglos naciendo y viviendo en ellas. Por el contra, los vaqueros eran los foráneos, los invasores, que trataban de irrumpir en un territorio que había pertenecido siempre a los nativos. Nunca había llegado más allá de este punto; pura indolencia. Falta de pensamiento crítico, lo podríamos llamar. Nunca se te había ocurrido pensar sobre porqué los indios atacaban a los colonos. Porqué el ejército atacaba a los pieles rojas. Simplemente, veías la peli y te creías lo que te contaban, sin más. Por muchas veces que hayamos visto a John Wayne ser atacado en la diligencia o a Errol Flynn morir con las botas puestas, masacrado (junto con el 7º de caballería) por los indios, los soldados no dejaban de ser los usurpadores y los indios no dejaban de ser una comunidad que defendía su territorio.

Ahora que lo pienso, tampoco recuerdo haber visto en ninguna película de la época las masacres que los soldados americanos ejercieron sobre la población indígena (véase Wounded Knee). No en vano siempre se hablaba de la “Conquista del Oeste”, y tan contextualizado estaba el término que nunca antes se me había ocurrido pensar que la palabra conquista era también sinónimo de intrusión, allanamiento y usurpación.
 
Finalmente, todo esto configura una nueva interpretación sobre la historia que uno tenía sobre los pioneros del Oeste americano, y no se parece en nada a la que yo había absorbido, tan inocente como inconscientemente, durante mi infancia.  

                            
La pieza definitiva de la que les hablaba (en mi caso) la encontré cuando me hallaba realizando el servicio militar. Un fin de semana de guardia, al realizar el servicio de imaginaria (sí que suena viejuno) el cabo me trasladó al puesto. Allí, en una caseta de control de acceso al hospital militar, es donde me voy a pasar toda la noche. Una vez instalado, la tarea consiste en vigilar, y en hacerlo todo el rato que esté allí, hasta que llegue el relevo. Después de 15 minutos vigilando, constatando que a las 4.00 de la madrugada no se mueve nada fuera, ni hay signo alguno que pronostique invasión inminente alguna,  empiezo a trastear  la mesa en que estaba sentado. En un cajón me encuentro parte de una revista. Sorprendido porque no fuera porno, empiezo a hojearla. No recuerdo la temática de la misma pero sí del momento en que mi vista se detuvo en un artículo que presentaba una impactante fotografía del desierto norteamericano. Leí el título y no me sonó de nada, pero el título era bastante atrayente:

“Declaración del jefe Seattle, dirigida al presidente de los EEUU tras la oferta de este de compra de sus tierras”.

Captó mi atención de lleno. Como no preveía que nos asaltara el enemigo (no puedo evitar decir esto y acordarme del maestro Gila) y de tiempo disponía sobradamente, empecé a indagar; ya saben, pura curiosidad. A medida que iba leyendo me va interesando más el asunto, de manera que llegó un momento en que no podía dejar de leer. Absorto en aquella lectura, todo el ejército marroquí (es un poner), con su banda de cornetas y tambores tocando la marcha mora, podrían haber irrumpido en el hospital pasando por delante de mi caseta y no me hubiera enterado de nada.

Cuando completé la lectura me encontraba deslumbrado. Aquella carta probablemente fuera el alegato ecologista más contundente que he leído en mi vida. El jefe Seattle (la ciudad estadounidense lleva este nombre en su honor) hablaba con palabras llanas pero cargadas de sabiduría, de una consistencia absolutamente maciza, engarzadas en argumentos de una sensatez aplastante y que, como cualquier verdad universal, puede ser entendida por cualquier niño. 


      "¿Cómo se puede comprar o vender el firmamento, ni aún el calor de la tierra? Dicha idea nos es  desconocida. Si no somos dueños de la frescura del aire ni del fulgor de las aguas, ¿cómo podrán ustedes comprarlos? Cada parcela de esta tierra es sagrada para mi pueblo, cada brillante mata de pino, cada grano de arena en las playas, cada gota de rocío en los bosques, cada altozano y hasta el sonido de cada insecto es sagrado a la memoria y al pasado de mi pueblo.

     Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestro modo de vida. Él no sabe distinguir entre un pedazo de tierra y otro, ya que es un extraño que llega de noche y toma de la tierra lo que necesita. La tierra no es su hermana sino su enemiga y una vez conquistada sigue su camino, dejando atrás la tumba de sus padres sin importarle. Le secuestra la tierra a sus hijos. Tampoco le importa. Tanto la tumba de sus padres como el patrimonio de sus hijos son olvidados. Trata a su madre, la tierra, y a su hermano, el firmamento, como objeto que se compran, se explotan y se venden como ovejas o cuentas de colores. Su apetito devorará la tierra dejando atrás sólo un desierto."

¿No les parece brutalmente honesto? Y lo más inquietante, lamentablemente profético.

¿Pero los indios no eran unos cafres sedientos de sangre, unos garrulos del tipo que Mel Gibson mangonea en “Apocalipto”, sin más objetivo que matar hombres blancos? Vaya, pues resulta que no solo eran los legítimos inquilinos de sus tierras sino que una vez uno echa un vistazo a su cultura se da cuenta de que tenían la cabeza bastante bien amueblada. Sus costumbres podían ser más o menos aprobadas por los ajenos a ella, pero desde luego que cumplían su función, les servía para sobrevivir en su entorno, y además (ahí nos ganan por goleada) de manera sostenible, en armonía con el entorno.  


Entorno natural es un concepto que se aplica cuando estás de turismo, bien resguardado, disfrutando de las bondades del lugar. Cuando te encuentras en ese mismo territorio, pero estás solo y tienes que buscarte la vida como Orzowei, se le llama entrono salvaje. Los nativos podrían ser salvajes pero este concepto no es sinónimo necesariamente (como yo entendí o me hicieron entender en mi infancia) de inhumano, sádico o inculto.
 
De cualquier manera, y como tantas otras personas, me identifico con la declaración que aquel hombre escribió hace ya más de 150 años. De esta forma tan intangible, tan extendida en el tiempo, y tan inconsciente, fue como cambié mi creencia sobre los nativos norteamericanos y los “pioneros” blanco en el Oeste.

Les dejo el enlace por si quieren leer completo la declaración (no tiene desperdicio, oiga)

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