lunes, 23 de junio de 2014

En cuanto lo vi (Hyde)


Entonces lo vi.
Cuando su mirada se clavó en la mía, me di cuenta.

La de aquel tipo no fue el típico ojeo curioso y sin pretensiones, como el que tiene uno cuando sale de su casa para ir a la frutería. Aquella mirada precisa e incisiva, como el bisturí de un cirujano escrupuloso, era algo más. Retorcida, desprovista de cualquier atisbo de ingenuidad.

Había sobrepasado el umbral del parque. Caminaba con cierta premura (algo casi habitual en mí) hacia la cita que tenía en el otro bar, en el extremo opuesto. Había quedado para tomar unas cervezas con un amigo. Sin nada de lo que ocuparme ni preocuparme, mi único dilema en aquel momento era decidir qué camino tomar. Nada que exija demasiado gasto neuronal, puesto que los dos itinerarios posibles describen un recorrido igualmente agradable.

Mientras avanzaba por entre las mesas vi que solo había dos ocupadas. Al llegar a la altura de la más cercana eché una ojeada. Estaba compuesta por lo que parecía un matrimonio joven con dos niños. Uno de los pequeños estaba sentado formalmente frente a la mesa, mientras que la madre tomaba al segundo del cochecito. Por algún motivo fortuito la miré. No porque me pareciera particularmente atractiva, ni tampoco lo contrario (en cualquiera de estos casos lo recordaría). Tampoco llamaba la atención de ninguna manera en particular, por su comportamiento, indumentaria, o algo así.

De manera que la mirada que le dirigí fue tipo estándar. Menos de 1 segundo, sin carga emocional, y desprovista de cualquier intención. Tras esto, e igualmente por defecto, giré mi cabeza hacia el hombre de la familia. Un mirar por mirar. Pero en ese instante todo cambió de sentido.

Cuando mis ojos se encontraron con los suyos, estos ya me estaban esperando. Aquel tipo ya me estaba observando antes de que se me ocurriera mirarle. El impacto fue parecido al de encontrarte con la pandilla de Alex y sus descerebrados drugos (“La naranja Mecánica”) en mitad de una callejuela oscura. Como un guantazo con la mano abierta cuando estás departiendo agradablemente en el coctel de recepción de una boda encopetada. Algo parecido a la que te dirige el guardia jurado de un hipermercado cuando está convencido de que sales habiendo hurtado algo.

No conozco al tipo de nada. Quizá no me sea desconocida su cara, así que imagino que me lo habré encontrado por algún lado algún día. Ahora que lo pienso, igual que me sucede con la mujer. Pero no tengo referencia ninguna de él. Aunque por un momento pienso que quizá me esté confundiendo con alguien. Sí, esa es otra posibilidad con fundamento.

Pero no. La descarto de inmediato. No, no me confunde con nadie. Lo sé porque aquella mirada no me escrutó, no buscaron información visual en mi rostro para después probar a reconocerme. Aquella mirada se dirigía solo a mis ojos y su pretensión era exclusivamente confirmar sus sospechas, fueran estas las que fueran.

Entonces lo supe: “Él es uno de ellos”. 
No me pregunten porqué. No tuve ninguna duda.


¿Fabulaciones mías? No se puede descartar, por supuesto. Qué duda cabe, tratar de ser concienzudo no implica que siempre lo logre. Aunque lo intento con ahínco. Y si bien es cierto que no puedo llegar a ser concluyente, si que puedo alcanzar deducciones cercanas a la realidad. Y aquella se me presentaba tan clara y diáfana como un amanecer de verano.

“Aquel tipo es uno de los que me comentan algunas mujeres maltratadas”, pensé.

Pertenece a ese perfil tan rancio como inextinguible. El perfil de hombre que mantiene el control sobre su vida, unidad familiar incluida, de manera férrea e inflexible. Que es poseedor de lo que tiene, pero no lo comparte. Su casa, su coche, su familia... Y su mujer; porque ella también es de su propiedad. Estoy convencido de que ya lo sería mucho antes de que firmaran el contrato matrimonial.

Él puede ser un estupendo trabajador o amigo, un vecino o hermano esforzado, pero no puede transigir con la más mínima ruptura del orden que él ha establecido en su vida y sus posesiones. En muchos casos, estos hombres tienen gran predicamento, quiero decir, son personas muy bien vistas en su comunidad. Maridos de los que jamás se esperaría que gritaran a su mujer por haberla visto saludando a un compañero de trabajo, o que les impidan desarrollarse profesionalmente desacreditando cualquier intento que ellas hagan de buscar un empleo (sin aportar argumento alguno) o prohibiendo que acepten un cigarrillo de una amiga con solo dirigirle una lacerante mirada a su esposa.

Datos similares se me van acumulando en la mesa, como la basura a un síndrome de Diógenes. Y no puedo dejar de pensar en que esos tipos existen. Salen en las páginas de sucesos constantemente. Viven aquí, entre nosotros, aunque camuflados, como los extraterrestres de “Men in Black”.

Ese tipo es celoso.

Eso me dice que es una persona básicamente insegura. Esto le hace ser hostil, encontrarse irritable en más ocasiones de las necesarias, y por tanto, proclive al nerviosismo o ansiedad.

Me temo que a partir de aquí ya solo puedo especular. Quizá la maltrate, quizá insulte, quizá amenace, o quizá solo esté cotidianamente de mal humor, irritable, sin dar motivos ni explicaciones pero generando un irrespirable ambiente en casa, que quizá debería denominarse terrorismo familiar.

Todo lo que siga cavilando a partir de aquí ya sobrepasa la categoría de especulación para convertirse en pura inferencia personal. Pero una cosa sí que les digo: Yo sé lo que vi en aquella mirada.       


Justo cuando supero a la familia, la mujer levanta la cabeza y se cerciona de que he pasado. Mira de soslayo a su marido y piensa: “Por dios, que no lo haya visto”. Pero observa con nitidez como el marido aún me sigue con la mirada, con descaro, casi insolencia. Lo nota crispado, pero evita el riesgo de ser sorprendida por su marido y retira su mirada de él. Atiende a su hijo pensando:

“¡Menos mal! Parece que no ha reconocido al impresentable ese. Se me pone el vello de punta con solo recordar la boda que nos dio el tipo. Quien me iba a decir que el modosito primo de la novia es un desgraciado que cuando se emborracha no conoce a nadie.

Presionar a una mujer cuando te dice que mil veces que no, es agobiante, aparte de un caso de acoso. En una boda, con todos los familiares desperdigados por la celebración, además es desfachatez. Pero cuando encima de todo eso, tu marido está presente en la sala, es directamente temeridad.

Si no le partió la cara fue porque me interpuse, porque lo frenamos entre toda la familia, porqué el novio invito al descerebrado a abandonar el local. Y el desvergonzado todavía tiene el descaro de hacer como que no me conoce”.




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