Estoy realizando un curso de formación, y durante una ponencia, la formadora disertaba sobre la relación entre dinero y felicidad. Al derivar hacia los problemas serios de la vida hizo referencia a Viktor Frankl, momento en que supuse que mencionaría su libro más famoso. Efectivamente, lo hizo acto seguido; como cuando uno se sabe la letra de la canción que está escuchando, mi cerebro fue nombrando las palabras que ella iba pronunciando, pero al llegar a la última, mis conexiones neuronales chirriaron estrepitosamente. Lo llamó “El hombre en busca de la felicidad”. Un lapsus comprensible dado el contexto en que estábamos, pero el título de la obra es exactamente “El hombre en busca de sentido”. Tras un intento de tomarlas por sinónimas, me di cuenta de que esa identificación me seguía rechinando. No me cuadraba esa equivalencia, y no lo hacía por la sencilla razón de que no son iguales. Sobrevino entonces un estimulante chisporroteo de las mismas conexiones cerebrales, como si mis neuronas se hubieran tomado un sobrecito de Peta Zetas de golpe: ¿Qué relación hay, entonces, entre ambos conceptos?
El sentido de la vida y la felicidad comparten el ser aspiraciones humanas, metas que las personas tratamos de alcanzar para entender que nuestra vida vale la pena. Ambas nociones están vinculadas a las relaciones personales, a los proyectos significativos y a la idea de que nuestra vida encaja con aquello que valoramos. Sin embargo, responden a preguntas diferentes: la felicidad se refiere principalmente a cómo nos sentimos, y el sentido al por qué vivimos y hacia dónde dirigimos nuestros esfuerzos.
Durante siglos, la tradición europea estuvo menos preocupada por la felicidad, entendida esta como estado emocional, que por cuestiones como la virtud, el deber, la dignidad o el propósito. Desde Aristóteles, pasando por la tradición cristiana hasta gran parte de la filosofía occidental posterior, la pregunta central no era si una persona se alcanzaba la felicidad, sino si estaba viviendo una vida buena, justa y valiosa. La felicidad podía ser una consecuencia de esa vida, pero raramente constituía el objetivo principal.
Tras la Segunda Guerra Mundial y con del advenimiento de la hegemonía estadounidense, nació un enfoque distinto, cuyo primer antecedente lo encontramos ya en su Declaración de Independencia (S.XVIII). En ella, el presidente terminaba aludiendo a los derechos inalienables del ser humano: “...entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. En cualquier caso, dado el contexto de la época, dudo mucho que se refiriera aquí al placer o bienestar, físico o emocional, sino más bien a la posibilidad de que cada individuo pudiera desarrollar libremente su propio proyecto vital.
Con el paso del tiempo el término felicidad fue adquiriendo un significado cada vez más subjetivo y emocional. La cultura estadounidense, caracterizada por el optimismo, la confianza en la iniciativa individual y la autorrealización, contribuyó decisivamente a interpretar que cada persona es responsable de construir su propio destino, y por extensión, responsable de encontrar su propia felicidad.
La publicidad de finales del siglo XX amplificó este mensaje y los productos comerciales (bienes de consumo) empezaron a venderse no tanto por su beneficio o utilidad sino por asociarse con experiencias emocionales: libertad, éxito, amor, dinero,etc. (recuerden la cancioncilla: Al mundo entero quiero dar un mensaje de paz… No comprabas un refresco, comprabas la chispa de la vida. Quien puede resistirse a eso). Pues a este fenómeno ha de sumarse la exorbitante influencia de Hollywood, cuyas narraciones popularizaron la idea de que una vida lograda culmina con la realización de los deseos personales y la conquista de la felicidad. Y de esta manera, la felicidad, para muchos, pasó de ser una consecuencia posible de una buena vida a convertirse en la meta principal.
Sin embargo, la expansión de este enfoque terminó generando una paradoja. Cuando la felicidad cobra un sentido materialista se vuelve contra sí misma, y cuanto más se convirtió la felicidad en una obligación, más personas comenzaron a experimentar frustración al no alcanzarla de forma permanente. La falacia de la felicidad es que cuanto más se persigue, en particular si se hace de forma obsesiva e individualista, más se aleja. Y no solo eso. Perseguir la felicidad como meta única suele conducir con frecuencia a la desengaño, la ansiedad y el vacío.
La felicidad es frágil; se desvanece ante una crisis económica, una enfermedad grave o la pérdida de un ser querido. El sentido, en cambio, es antifrágil, puesto que se reafirma ante la superación de obstáculos y las responsabilidades que asumimos ante las dificultades inevitables de la vida.
Llegados a este punto, hay que recuperar la figura de mi admirado Viktor Frankl. superviviente de los campos de concentración nazis y creador de toda una escuela psicológica, la Logoterapia, (atención, spoiler!) basada en la búsqueda de sentido como motivación humana primordial. En ella, el psiquiatra sostiene que el ser humano puede soportar enormes sufrimientos, incluso los peores, si es capaz de encontrarle un sentido a su existencia. La tesis esencial es que la felicidad no suele alcanzarse persiguiéndola directamente, sino que aparece como resultado de entregarse a una actividad, una relación o a una causa que consideramos valiosa.
Las ideas de Frankl han encontrado, afortunadamente, eco en la psicología contemporánea. A finales de los años noventa, Martin Seligman, impulsor de la Psicología Positiva, distinguió entre diferentes formas de vivir bien. La más interesante para nuestra exploración quizá sea la diferencia entre la «vida placentera», centrada en las emociones positivas y el disfrute, y la «vida significativa», orientada al servicio de algo que trasciende al propio individuo. Según el psicólogo, la satisfacción más profunda suele surgir cuando las fortalezas personales (concepto que les recomiendo investigar si no conocen a Seligman) se ponen al servicio de propósitos valiosos para la vida.
Una vida basada exclusivamente en el placer corre el riesgo de volverse superficial y vacía de sustancia; una vida centrada únicamente en el deber puede resultar árida y rígida. Pero nadie ha dicho que tengamos que elegir entre una y otra. No son incompatibles, y esta quizá sea la conclusión más nutritiva que podamos extraer.
Puede que la plenitud surja cuando ambas dimensiones se encuentran; cuando se suman todos los activos que posee un individuo, siendo capaz de disfrutar de lo que vive y, al mismo tiempo, sentir que aquello que hace merece la pena.
La felicidad aporta luz al camino; el sentido aporta dirección. Y cuantas más aportaciones tenga una vida, más completa será.
PD.- Igual no es tan relevante, pero matizar que en la Declaración de Independencia norteamericana no se hablaba del derecho a la felicidad, sino del derecho a buscarla (literalmente, the pursuit of happiness).




