domingo, 19 de junio de 2016

CITA: 5 cosas de las que nos arrepentimos antes de morir



REGRETS OF THE DYING
(Traducción directa del post)

Durante muchos años trabajé en cuidados paliativos. Mis pacientes eran aquellos que habían dejado su hogar para morir.

Las personas crecen mucho cuando tienen que enfrentarse a su propia mortalidad. Aprendí a no subestimar nunca la capacidad individual para el crecimiento. Y algunos cambios son extraordinarios. Cada persona experimenta diversas emociones, como era de esperar, negación, ira, remordimiento, más negación, y finalmente, aceptación. No obstante, cada paciente encontró la paz antes de partir. Cada uno de ellos.

Cuando preguntamos sobre las cosas de que se arrepentían o hubieran hecho de forma diferente, algunos temas surgían una y otra vez. A continuación comento los 5 más comunes: 


1. “Me hubiera gustado tener el coraje de vivir una vida más auténtica, no la vida que otros querían que tuviera”

Este era el arrepentimiento más común de todos. Cuando la gente es consciente de que su vida está casi finalizada y miran hacia atrás con claridad, es fácil ver cuantos sueños se esfumaron sin realizarse. La mayor parte de las personas no hicieron honor ni siquiera a la mitad de sus sueños y tenían que morir sabiendo que esto había sido motivado por las decisiones que se tomaron, o por las que no se tomaron.

Es muy importante tratar de realizar alguno de los sueños de nuestra vida. Porque, en el momento en que perdemos la salud, ya es demasiado tarde. La salud conlleva una libertad que muy pocos aprecian, hasta que dejan de tener esa salud.


2. “Ojalá no hubiera trabajado tanto”

Este era típico de los pacientes masculinos que atendí. Se perdieron la infancia de sus hijos y la compañía de su pareja. Las mujeres también se refirieron a esto, aunque al pertenecer a una generación anterior, muchas de ellas no habían tenido que trabajar para levantar a su familia. Pero todos los hombres que cuidé se arrepintieron profundamente de haber pasado tanto tiempo sometidos a la rueda de molino que fue su trabajo.

Simplificando nuestro estilo de vida y haciéndonos conscientes de las elecciones que hacemos a lo largo de nuestro camino es posible no necesitar los ingresos que creemos necesitar. Y creando más espacios en nuestra vida, llegaremos a ser más felices y estar más abiertos a nuevas oportunidades, algunas más ajustadas a nuestro nuevo tipo de vida.


3. “Me hubiera gustado tener el coraje suficiente para expresar mis sentimientos”

Muchas personas suprimieron sus sentimientos a fin de estar a bien con otros. Como resultado, sentaron las bases para vivir una existencia mediocre y no llegar nunca a ser quienes ellos realmente podrían haber llegado a ser. Como resultado, muchas enfermedades se desarrollaron en virtud de la amargura y resentimiento que ellos se ocasionaron.

No podemos controlar la reacciones de los otros. La gente puede inicialmente reaccionar cuando cambiamos nuestra forma de ser, al hablarles honestamente, pero al final, esto eleva la relación hasta un nivel completamente nuevo y más saludable. Eso, o darnos cuenta de las relaciones insanas de nuestra vida. En cualquier caso, salimos ganando.


4. “Desearía haber estado más en contacto con mis amigos”

Las personas, a veces, no se dan cuenta realmente de todos los beneficios que nos aportan los viejos amigos hasta sus últimas semanas de vida, y no siempre es posible volver atrás. Muchos de ellos se vieron tan atrapados en sus vidas que dejaron escapar amistades íntimas con el paso de los años. Hubo muchos y sentidos arrepentimientos referidos a no haber concedido a los amigos el tiempo y el esfuerzo que merecían. Todo el mundo echa de menos a sus amigos cuando se está muriendo.

Es común, para cualquiera que tenga una vida ocupada, dejar que se pierdan las amistades. Pero cuando nuestra muerte está cercana, los aspectos materiales de la vida desaparecen. La gente quiere dejar sus asuntos económicos y financieros atados, si es posible. Pero no es el dinero o el estatus lo que realmente tiene importancia para ellos. Ellos desean dejarlo todo en orden por el bien de aquellos a quienes aman. Aunque frecuentemente están demasiado enfermos y cansados para realizar esta tarea. Al final, todo tiene que ver con el amor y a la amistad. Esto es todo lo que permanece en los últimos días de vida, amor y amistad.



5. “Ojala me hubiera permitido ser más feliz”

Este es un tema sorprendentemente común. Muchos no se dieron cuenta hasta el final de que la felicidad es una elección. Se quedaron atrapados, estancados, en viejos hábitos y rutinas. El llamado confort de lo familiar ahogó sus emociones así como sus vidas. El miedo al cambio les hizo fingir ante los otros, y ante sí mismos, sobre lo que realmente eran.

Cuando nos encontramos en nuestro lecho de muerte, lo que otros piensan de ti está muy lejos de ser una preocupación. Que maravilloso es poder dejarlo ir y volver a sonreír, mucho antes de que estemos muriendo.


La vida es una elección.

Es NUESTRA vida.

Elijamos con conciencia,

Elijamos con sabiduría,

Elijamos honestamente.

Elijamos la felicidad.     


http://bronnieware.com/regrets-of-the-dying/


miércoles, 1 de junio de 2016

#17. Éxito no es necesariamente sinónimo de felicidad

Desde pequeños nos amoldamos al entorno en que nos criamos y educamos. Nuestra providencial capacidad de adaptación nos lo permite. De manera vamos adquiriendo las claves por las que se rige la comunidad o sociedad en que finalmente nos hacemos adultos. Como bien dice José Luís Sampedro en el post anterior de este blog, el poder directriz de esta sociedad va inculcándonos valores y creencias sobre lo que está bien y lo que está mal, sobre lo deseable y lo despreciable, sobre lo que entiende por tener éxito y por fracasar... 
 



En una sociedad consumista con un sistema económico capitalista, los ciudadanos, confiados en la bondad del sistema (ingenuamente, quizá) hemos asimilado las reglas de juego, y vamos creciendo mientas despiojamos las posibilidades que se nos ofrecen. En cierta medida, es lógico, casi normal, que una persona pueda creer que tener éxito es alcanzar un estatus socio-económico alto, y/o adquirir cuantas más posesiones mejor, y/o destacar de alguna forma sobre los demás (aunque sea obteniendo el récord guinness por el eructo más ruidoso del mundo o el de aguantar la patada más fuerte en los testículos), entre otros. Por activa o pasiva, explicita o tácitamente, es lo que se nos enseña.



Es posible que la persona, tras dar rienda suelta a sus aspiraciones, trabajar duro, y probablemente haber conseguido parcial o totalmente sus objetivos, se plantee cuestiones que no le inquietaron antes. Es posible que en ese momento se de cuenta de que "sí, pero..."



          Sí, soy consultor jefe de mi empresa, pero...

Sí, tengo una familia envidiable, pero...

Si, adquirí el apartamento en la playa y ayer me compré mi tercer coche, pero...



Cuando a alguien le ocurre esto, lo que suele suceder es echa en falta algo, algo relevante, algo sustancial que igual no puede definir... Es probable que se haya afanado por lograr objetivos que adquirió en su entorno social, pero que, en realidad, no eligió él/ella... aunque es posible que ni se diera cuenta de cómo sucedió. 
 



Ser o tener.



Les hablaba en el post #16. Inteligencia no es sinónimo de sabiduría que la inteligencia sirve para hallar la manera más eficiente de alcanzar una meta, pero la sabiduría es la que decide si esa meta es válida, o sea, si es adecuada, si nos conviene. El éxito parece ser la prolongación natural de la inteligencia pura y calculadora. Pero la extensión lógica de la sabiduría me parece algo más parecido a la felicidad, entendida como el arte de vivir. En este sentido estoy de acuerdo intuitivamente, aunque no pueda fundamentar esta postura, con la afirmación que dice: "El éxito es una ciencia. La felicidad, un arte".



Retomo ahora la pregunta que nos hacía Sampedro: ¿Para qué estamos aquí?



   ...para sufrir (no se lo tomen a coña, que hay más de una    
      generación que se crió con esta creencia, dentro de la más pura  
      tradición judeocristiana),

   ...para disfrutar (hedonismo puro)

   ...para conseguir metas (éxito),

   ...para logra un buena vida (felicidad),

   ...para fastidiar a mi vecino (envidia + dudosa autoestima), ...

   ...para ser más que mi cuñao (envidia + dudosa autoestima +  
      malas relaciones familiares).



Supongo que habrá más posibles alternativas, pero si nos ceñimos al binomio que nos trae a colación, según sea su respuesta, le interesará más invertir esfuerzo en lograr el éxito o en tratar de ser felices.



Reparen en una primera diferencia, sutil pero significativa, entre ambos conceptos que nos ofrece el lenguaje. El éxito se "tiene". Feliz, es "es". Tener y ser. Verbos distintos, pero que en muchas ocasiones se solapan... o se confunden.




Éxito y felicidad.



Por que éxito y felicidad no son necesariamente sinónimos. Pueden serlo, que duda cabe, pero no es la norma. Y ambos conceptos no solo no tienen porqué ir cogidos de la mano, sino que incluso pueden ser excluyentes.



Si al pobre diablo alcohólico y politoxicómano que vemos por el parque o la plaza a diario, un buen día encontrara un billete de lotería y fuera el número agraciaddo con, pongamos 100 millones de euros ¿Dirían ustedes que ahora es un hombre con éxito? ¿Feliz, ahora que dispone de sus millones?



De la misma forma, esa familia perfecta, tan perfecta que da cosica de verlos. Tan estupendo él, tan encantadora ella, tan adorables sus hijos... ¿Están seguros de que, puertas adentro de su hogar, son tan perfectos? ¿Seguro que es real el éxito que nos venden? ¿Seguro que son felices? Valoren el sesgo que tenemos los seres humanos a pensar que los demás, siempre, son más felices que nosotros.



Ahondando un poco más, todos sabemos que hay éxitos que, a posteriori, desearíamos no haberlos tenido (que se lo digan a Macaulin Culkin o a Whitney Houston). Victoria pírrica es un concepto que proviene del rey Pirro (de Epiro), quien venció a los romanos en una batalla que le costó la vida a miles de sus hombres. Hay éxitos cuya factura es tan alta que cabe dudar si merecieron la pena. Y de la misma manera, en ocasiones, sufrimos fracasos tan estrepitosos que nos enseñaron bastante más que muchos éxitos.
 



En la otra cara de la moneda, nos encontramos con ejemplos de personas que no buscan, ni desean, ni necestian el éxito. Paradigmático es el caso de Diógenes, quien decía no necesitar nada para ser feliz, salvo cubrir sus necesidades básicas. Propugnaba desprenderse de todas las cosas materiales y vivir guiados por la razón y la virtud. La leyenda dice que Alejandro Magno se interesó por conocerle, y que al encontrarlo tumbado y desnudo le ofreció cualquier cosa que pidiera, fueran riquezas o monumentos. El viejo solo le pidió que se apartara y no le quitara el sol.



No aparentaba ser una persona de mucho éxito, el amigo Diógenes, sin embargo, él decía ser feliz. Para aquel filósofo, el éxito era completamente despreciable. Sin embargo, si que parecía estar versado en el arte de vivir.



Diferencia entre éxito y felicidad.



La diferencia crítica que encuentro entre el los conceptos en cuestión, es que el éxito consiste en lograr metas... pero metas ajenas a nosotros (que han dictado otros, sean estos nuestros padres, amistades, pareja, sociedad,...). La felicidad tiene más que ver con alcanzar las metas que nosotros hemos considerado importantes en la vida. Si ambos objetivos (los del éxito y los de la felicidad) coinciden en su caso, le felicito sinceramente. Es usted una persona afortunada... o inteligente (emocionalmente)... o sabia.




Si no es así, recordarle lo que Brownie Ware, enfermera australiana, escribió al respecto. Tras dedicar parte de su vida a cuidar enfermos terminales, encontró que, en el momento de la muerte, las personas se arrepentían, en muchos casos, de las mismas cuestiones. Ante la pregunta de ¿qué harían si tuvieran una segunda oportunidad de vivir? (no me digan que no les pone el vello de punta esa pregunta hecha cuando uno se está muriendo) encontró cinco categorías.



Antes de continuar... ¿Han pensado que responderían ustedes a esa pregunta?



Bueno, dejénlo para después. 
Según Brownie, ninguno deseaba nada que tuviera que ver con bienes o riquezas o posesiones o éxito. Todos los moribundos hablaban de aumentar el tiempo compartido con sus seres queridos, expresar mejor sus sentimientos, y haber hecho lo que ellos (no los demás) creían que tenían que hacer.



En fin... Solo por si les sirve.


viernes, 20 de mayo de 2016

CITA: La sabiduría es el arte de vivir (Jose Luis Sampedro)


El arte de vivir. No el arte de hacer cosas, el arte de vivir… Se puede vivir sin hacer muchas cosas, y se puede hacer muchas cosas sin saber vivir. La mayoría de la gente que ahora uno ve por la calle sabe hacer muchas cosas, se mueve todo el día, está agitada todo el día, y no sabe vivir. Hoy, en gran parte, el hombre de una ciudad civilizada y urbanizada es un servidor del sistema y de las máquinas, porque cuando tiene que ocuparse del coche, de la lavadora, de lo otro y de lo de más allá, se pasa el día alimentando cosas y sosteniendo cosas, cuando sencillamente podría vivir mejor.

Porque lo que no está claro son los fines. ¿Cuáles son los fines de la vida?, ¿para qué vivimos?, ¿para qué estamos vivos? Estamos vivos para vivir, para hacernos, para realizarnos, para dar de cada uno de nosotros todo lo que puede dar, porque así tendrá todo lo que pueda recibir.
 

Pero para que esto empiece hace falta libertad. Y para tener libertad, no libertad de expresión, lo que hay que tener es libertad de pensamiento, porque si usted no tiene libertad de pensamiento, da igual que hable o diga lo que quiera. El poder se asegura de que no tengamos libertad de pensamiento, para eso nos educa, para que pensemos lo que él quiere que pensemos.

Y entonces, cuando consigue que nosotros pensemos lo que él quiere que pensemos, y eso lo consigue en la infancia, cuando enseña la doctrina, cuando enseña los principios; lo consigue en la sociedad con el ambiente general, con los principios, la publicidad, el mercado, etc. Cuando consigue que la gente piense lo que el poder quiere que piense, resulta que, si no tenemos libertad de pensamiento, no tenemos libertad de expresión, y no nos educan para tener libertad de pensamiento.


Y cuando tengamos eso, podremos pensar en los fines de la vida, porque los fines de la vida no son aumentar en dinero y en gasto y en diversión, no es eso. Es ganar en satisfacción personal, ser más lo que uno es.

El tiempo no es oro, el tiempo es vida.
José Luis Sampedro

viernes, 29 de abril de 2016

#16. Inteligencia no es sinónimo de sabiduría

Steve Jobs pasa por ser uno de los tipos más inteligente de la última generación. Un personaje brillante. De hecho, el apelativo genio va casi siempre adosado a su nombre. Personaje controvertido donde los haya, desde luego que encarna el más alto estándar del llamado american dream. Estudió budismo zen durante años, y se consideraba budista, dato difícilmente alineable con sus legendarios subidones de testosterona y ataques de soberbia. Empresario hecho a sí mismo, de hábitos vegetarianos, su budista espiritualidad no fue incentivo para hacer gala de caridad alguna (“pensaremos en la caridad cuando seamos una empresa rentable”). Creyó que la mezcla de espiritualidad y alimentos sanos serviría como antídoto contra toda enfermedad, incluido el cáncer.

Cuando se lo diagnosticaron en octubre 2003, se negó a ser operado y optó por tratarse con zumos de frutas, acupuntura y remedios medicinales que encontraba en internet. "No quería que abrieran mi cuerpo, no quería que me violaran de esa forma". Mujer, hermana e hijos le suplicaron que se operara, pero Jobs se negó durante nueve meses, manteniendo en ese tiempo la enfermedad en secreto. "Pensaba que si ignoras algo, si no quieres que algo exista, puedes lograr magia con la mente...”. Este fue el error, su gran desatino. Una creencia idealista y novelesca, pero igual sin demasiada consistencia empírica. Cierto que ese tipo de creencias, antes, le habían funcionado. Pero no en este. “Se arrepintió", confesó Jobs a su biógrafo. Al parecer, ser un genio no te vacuna contra la insensatez.


Mario Conde posee un currículo profesional portentoso, deslumbrante, estratosférico. Aprobar unas oposiciones de abogado del estado no lo consigue cualquiera. Dirigir un emporio bancario tampoco. No obstante, en 2001 fue condenado y encarcelado por los delitos de estafa y apropiación indebida en la trama de corrupción bancaria de Banesto. Considerado como uno de los mayores “tiburones” de la banca española, aboga hoy por la corriente ética que postula que ser empresario no inhabilita para la espiritualidad. Muchos se preguntan ahora es si tales principios guiaban su interés cuando cometió los delitos por los que pasó varios años en la cárcel. ¿Cuál es el verdadero Mario Conde? Al pronto, parece que el primero, el estafador espiritual. Cómo explicarse, si no, que esté de nuevo detenido, por un delito de blanqueo de capitales, al igual que su hija e hijo. La pregunta que automáticamente me asalta: ¿Es inteligente un comportamiento que te lleva a la cárcel dos veces, y además condena también a tus hijos? A mí no me lo parece.

Bernie Madoff fue el inversor de moda en la jet set hace pocos años. Fundador de una de las empresas de inversión más reconocida y prestigiosa de Wall Street, llegó a defraudar más de 50.000 millones de dólares. El capcioso sistema piramidal en que se basaba su negocio estaba abocado al fracaso. Resultado: 150 años de condena. Bill Clinton desperdició su gobierno a raíz de una práctica sexual, “inapropiada” la llamaron ellos, arruinando, de esta manera, su presidencia. Y así, existe toda una dilatada lista de personas inteligentes que, de forma aventurada, desacertada o irreflexiva, la cagaron de gordo.


¿Por qué personas tan inteligentes cometieron errores tan morrocotudos?

Identificar inteligencia con sabiduría es confundir la velocidad con el tocino, que decía mi abuelo. Inteligencia y sabiduría no son sinónimos, aunque sea frecuente que la gente las confunda. La inteligencia tiene que ver con saber hacer bien algo, con la eficiencia en la tarea. La sabiduría tiene que ver con la pertinencia o idoneidad de ese algo, esto es, saber elegir bien la tarea. De manera que se puede ser inteligente, inteligentísimo, inteligentérrimo que diría Forges, y, sin embargo, cometer errores que trunquen tus metas, o directamente, te hundan la vida. De la misma forma, se puede ser sabio y competente en la tarea de dirigirse en la vida, y por el contrario no destacar con el esplendor de los más “brillantes”. Ambas cualidades no son incompatibles, pero sí que bastante raras de encontrar juntas en una persona. Así, al pronto, intento rescatar de mi memoria ejemplos representativos de tal categoría y créanme que me cuesta trabajo encontrarlos: Einstein, Sampedro (no confundir con el apóstol), Aristóteles,... Sí, seguro que hay más. Denme unos minutos para recordar…

El error de la inteligencia, hay quien lo denomina el síndrome de la inteligencia autodestructiva, radica en la incapacidad del sujeto para ver las consecuencias últimas de sus actos, al centrarse exclusivamente en los resultados inmediatos. Ser capaces de distinguir nítidamente a corto plazo, pero sufrir una monumental miopía para ver a largo plazo. En este sentido, uno de los factores que añaden dioptrías a dicha miopía es el propio narcisismo. Sea promovido por los halagos del entorno (cantos de sirenas) o bien cultivado a pulso por nosotros mismos hasta brotar en forma de arrogancia o soberbia. La cuestión es que nuestro ego puede confinar nuestra visión exclusivamente al éxito deseado, considerando despreciables los efectos que a posteriori pueda conllevar tal triunfo. Y todos nuestros actos, todas nuestras decisiones, tienen consecuencias, en el presente y en el futuro. Virginia Berasategui, campeona del mundo de triatlón en 2003, confiesa públicamente que se dopó al final de su carrera deportiva. Reconoce su debilidad en aquel momento. Quería despedirse del mundo del deporte triunfando. Ello después de una carrera deportiva jalonada de éxitos. Confiesa que fue el ego. Incluso hubo pruebas deportivas que podría haber ganado sin doparse, pero…


Solemos creer en la excelencia de una persona solo por sus méritos demostrables, que en no pocas ocasiones, se ciñen a un área determinada de su vida. Solemos creer que un juez es justo solo por el hecho de que estudió lo suficiente como para superar un proceso selectivo. Y en virtud de ese mérito, damos por sentado que posee la facultad de la ecuanimidad en sus juicios (nunca mejor empleado el término), esto es, que se convierte en persona justa por el hecho de haber aprobado una oposición. No me cabe duda de la dificultad en lograr tal título, pero esta meta, en muchos casos, no requiere de una inteligencia supina ni de una sabiduría asentada, sino más bien, de tener la suficiente voluntad como para estudiar, memorizar y empollar leyes y normas. A mi entender, esto no capacita a esa persona en el arte del rey Salomón.

Todos hemos tenido maestros en el colegio que fueron nombrados según ese mismo sistema de selección, y todos hemos sido deslumbrados por la inmanente sabiduría que destilaban algunos de ellos (pocos, siempre muy pocos), y del mismo modo, sufrido la miseria moral de que hicieron gala otros (espero que también pocos).

Un político no es mejor político por el hecho de encandilarnos con un brillante discurso, sino por gestionar bien la res pública (bienes de dominio público, el gobierno político o el propio Estado). No por mostrarse capacitado para lograr sus objetivos, sino por elegir bien cuáles deben ser estos objetivos, a la postre y en teoría, los más deseables para sus ciudadanos.

Desafortunadamente, a la inteligencia en la actualidad le sucede igual que al caviar iraní o al Volkswagen Golf: están sobrevaloradas. Supongo que debe ser el sistema socioeconómico en que nos movemos el que promueve, de manera inconsciente (o quizá no tanto) este prestigio de la inteligencia individual. Si me detengo a pensar en el término, es realmente amplia la cantidad de ocasiones en que se escucha decir de alguien que es muy inteligente, pero son muy escasas las ocasiones en que oigo decir de alguien que es muy sabio o juicioso. Mi impresión es que esta es una palabra que está cayendo en el desuso. Se utiliza para hablar de personajes históricos, de alguna personas adultas quizá, pero poco más. No les niego que quizá solo se trate de que se esté sustituyendo el término por otros sinónimos más actuales: cordura, sensatez, madurez,… suelen ser los más frecuentes. Aun así, creo que el concepto pierde, al restringir el amplio espectro que abarca el concepto sabiduría. Al respecto, y aprovechando el 400 aniversario de su muerte, un buen ejemplo de sabiduría me parece el de Don Miguel. No se trata de confundir al autor con su personaje, pero me parece obvio que El Quijote no puede hablar por otra boca que por la de su autor. Sí, quizá sea un buen ejemplo de inteligencia limitada (en el sentido que se le da al término en la actualidad), es posible que el hombre no aprovechase bien sus oportunidades, incluso como el personaje, estar loco, pero la sabiduría que emanan las páginas de la obra universal es indiscutible.

Hablando en plata, La inteligencia es la destreza sobrada para escalar una cumbre. La habilidad para hacerlo lo más rápido posible con menor gasto de recursos y llegar en mejores condiciones. Esto es, de la manera más eficiente. La sabiduría tiene más que ver en la pertinencia de escalar esa cima. ¿Puedo o no puedo hacerlo? ¿Conviene a mi interés escalarla o no? ¿Una vez logrado, podré bajarla sobradamente? ¿Tiene sentido para mí escalar ese u otro pico? Ambas cualidades son necesarias para la buena vida aristotélica. La inteligencia es la más obvia, pero la sabiduría es esencial. Sin la sabiduría, escalar dicha montaña puede suponer un eficiente esfuerzo en subir a lo más alto para después despeñarnos mejor.

Como rezaba aquel eslogan comercial de la marca Pirelli: “La potencia sin control no sirve de nada”.




domingo, 3 de abril de 2016

CITA: No toda inteligencia es inteligente



Este libro va a comenzar con una fábula que, como casi todas las fábulas, está protagonizada por animales. En esta caso, por hormigas. Los hormigueros son sociedades perfectas, porque cada miembro se sacrifica por el bien común: la perpetuación del hormiguero. Están regidos por una misteriosa inteligencia colectiva que funciona con sorprendente eficacia. Cada hormiga es una estúpida partícula que, sin saber por qué ni para qué, hace lo que tiene que hacer “estupendamente”.


Esta relación entre estúpido y estupendo me deja estupefacto. El lenguaje no deja de sorprenderme.

Pero un día las hormigas se volvieron inteligentes, reflexivas, autónomas y libres. Se volvieron kantianas, y esto, que debería haber elevado la calidad de vida del hormiguero, desbarató su convivencia. Bergson, que también se ocupó de las hormigas, sacó una conclusión desconsolada: “La inteligencia tiene un poder disolvente”. En efecto, provocó un conflicto irremediable. La hormiga capaz de pensar por sí misma no quiso ya diluirse en el hormiguero. Su inteligencia individual se enfrentó a la inteligencia colectiva. Estableció sus propios fines. Cada hormiga descubrió que lo que era bueno para el hormiguero, tal vez no o fuera para ella. Se encontró desgarrada entre la lógica del hormiguero –que dice que vivan para él y mueran por él- y la lógica individual –que recomienda el sálvese quien pueda.


La primera generación de hormigas kantianas todavía oyó resonar en su interior la antigua voz del hormiguero, diciéndole que debía respetar la ley colectiva impresa en su interior, pero poco a poco esa voz se debilitó. La razón autónoma de la hormiga se encerró en su argumento: “Si quiero ser libre, no tengo que escuchar la ley del hormiguero sino mi propia ley. Y esta me dice que no tengo más que una vida, y que no sería racional cambiar mi bien por el bien ajeno, aunque éste sea la salvación de la comunidad”.

El ideal de la inteligencia privada es convertirse en un gorrón con éxito.


(…) La situación actual resulta interesante para nuestro tema, porque demuestra que la acción de muchas personas muy inteligentes resulta muy perniciosa para la sociedad. Las hormigas listas se han cargado el hormiguero.

“Las culturas fracasadas” (2010)
                                                                                                                     José Antonio Marina