jueves, 18 de octubre de 2018

40#. El malestar en nuestra cultura, o la sigilosa perversión de los valores sociales.

Leía, hace varios días, un artículo en prensa redactado por un médico de atención primaria. En una carta dirigida al director, comentaba que cada día ve a más de 40 pacientes, y sin embargo, usa el fonendoscopio en solo tres o cuatro ocasiones cada jornada. La atención individual se inicia como una consulta médica, pero no tardan en aparecer indicadores como dolor de cabeza, pérdida apetito, irritabilidad, cansancio, dolor de espalda,... Son síntomas o síndromes relacionados con la ansiedad, con la tristeza, con el aislamiento, con la baja autoestima, con la insatisfacción en la vida. "No dispongo de pastillas para esas dolencias", concluye el facultativo. En su opinión, deberían de existir más profesionales que ayuden a aceptar la realidad, la sociedad en que vivimos, para tratar de encajar mejor en ella, para evitar que genere tantos desmanes psicológicos en los ciudadanos.


Esta insidiosa epidemia es real. La incidencia de los trastornos mentales se ha disparado en las sociedades del llamado primer mundo. En cincuenta años, los casos de depresión se ha multiplicado por diez, y los ansiedad le siguen de cerca. La cuestión es que, observando el tipo de sociedad en que vivimos, ¿a alguien le extraña esta progresión patológica?

El flamante premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales de este año nos ofrece una pista acertada. Michael J. Sandel tiene claro que hemos pasado de una economía de mercado a una sociedad de mercado. Hemos permitido que las normas que rigen la actividad productiva de los mercados empezaran a impregnar la dinámicas sociales, permitiendo así que, paulatinamente, los valores mercantiles colonizaran todos los aspectos de la actividad humana. Este hecho, lejos de ser inocuo, supone un elevado coste social, comunitario e individual. Y cuando digo individual, me refiero al individuo como persona y ser humano.

Que los principios de los mercados hayan penetrado en el ADN de la convivencia social explica en gran medida el proceso de erosión social. Consumismo e individualismo han ido deshilachando la frágil materia que nos permite sentirnos parte de un grupo o una comunidad. Muchos de los valores personales en los que se criaron, sin ir más lejos, la generación de nuestros padres, actualmente son ninguneados, incluso desacreditados, por ese ente inaprensible que denominan mercado. Sus tentáculos mercantilistas han ido infiltrándose hasta alcanzar los cimientos sociales, deteriorando el sentido de ciudadanía y el compromiso con el bien común. 


Para colmo, la linea de defensa que supuestamente debería estar emplazada en el Estado se muestra inoperante. Los gobiernos, las administraciones e instituciones que deberían velar por nosotros, tampoco responden ni defienden los derechos de la colectividad que les da sentido. Me resulta difícil determinar en que momento de este proceso colonizador, silencioso e insidioso, fuimos abandonados.

Los que deberían ser nuestros principales valedores, la clase política, se dedica al menudeo de ideales rastreros, al trapicheo de baratijas legislativas, reduciendo su actividad a criticar al opuesto y hacer reproches, como críos en una pelea de recreo. Parecen haber despreciado aspectos esenciales como legislar las cuestiones relevantes, ni siquiera en debatir sobre temas trascendentales para la ciudadanía. Con todo y con eso, lo más imperdonable es que se hayan convertido en uno de los máximos exponentes de la deshonestidad y la corrupción.

La iglesia, por mencionar otra arraigada institución, destapa decenas, centenares, miles de casos de pederastia en su seno. La entidad que más debería velar por la integridad (la física y la moral) de la sociedad, permite que muchos de sus miembros hayan destrozado las vidas de los más vulnerables, los niños. Cuando se descubren los casos, su reacción es ¿expulsar a algún párroco o cambiar de diócesis a algún obispo pederasta?

Una muestra supina de esta desprotección, un ejemplo que me parece miserable, es que empresas de apuestas y juego se publiciten en medios de comunicación masivos, en horario de máxima audiencia, sin cortapisa ninguna. Personajes públicos, algunos de ellos futbolistas y atletas de prestigio, ídolos de críos y jóvenes, se permiten protagonizar spots comerciales incitando al juego en casas de apuestas, desentendiéndose del poder que tienen para enganchar al colectivo más vulnerable, ignorando (o queriendo ignorar) cómo la ludopatía puede arruinar la vida de cualquier persona. ¿Ninguna institución pública se siente concernida por este hecho?

Sin darnos cuenta, cada vez nos acercamos más a la sociedad que dibujaba la película Matrix. Va a resultar premonitoria aquella escena en que aparecían extensiones inmensas de vainas, cada una de las cuales contenían a un ser humano. Allí dentro se criaban (se mantenían sus constantes vitales, quiero decir) conectados a la matriz, en donde vivían una falsa realidad. El beneficio que obtenía la máquina de ellos era su energía, la electricidad basal que generaba cada cuerpo humano.


Salvando las diferencias, igual les suena familiar la sensación que tengo de estar acosado constantemente por el puñetero mercado, en todas sus expresiones comerciales (operadoras telefonía, empresas de energía, bancos, etc.). Todos ellos con el único interés de sacarnos el mayor provecho económico, legal o alegalmente, mientras nos engatusan con la falacia del estado del bienestar, el progreso y el crecimiento. Internet, televisión, redes sociales... nos acomodan, apoltronan, entretienen y abducen para sesgar nuestra conciencia de lo que sucede en realidad, distrayéndonos de lo que en verdad está en juego.

En este estado de cosas, ¿realmente a alguien le extraña esa merma de equilibrio emocional que sufrimos? Las patologías que denunciaba aquel facultativo no solo son innegables, sino que la epidemia de malestar sigue expandiéndose. No se trata de un resultado anómalo; es la consecuencia natural de esta perversión.

Ya nos avisaban aquellos sabios galos: "Están locos estos romanos".

lunes, 1 de octubre de 2018

CITA: Todos sufrimos dolores que tratamos de disimular (Jorge Schubert).


—¿Usted sabe cómo me siento yo?
—Yo lo veo bien.
—Gracias, pero eso habla de usted, no de mí.
—Qué, ¿se siente mal?
—¿Usted sabe que tengo una enfermedad terminal y que me voy a morir?
—No, no me lo dijo.
—Y sabe que mientras estuve hablando con usted sentí dolores que pude disimular.
—¿En serio?
—Sí, en serio. ¿Cómo cree que me siento?
—Discúlpeme, no sabía.
—No importa, no se disculpe, simplemente dígame cómo cree que me siento.
—Supongo que mal. No sé.
—¿Usted cómo se sentiría?
—Supongo que mal.
—Pues yo me siento muy bien.
—¿En serio?
—Sí, en serio. Sin embargo si tuviera que guiarme por lo que usted piensa, debería sentirme mal, aunque si me guiara por lo que usted sintió antes, debería sentirme bien. ¿Cómo me siento entonces?


—Lamento lo que está viviendo, pero es muy interesante su razonamiento.
—No es un razonamiento. Es un sentimiento. Es lo que siento y no lo que pienso quien me dice cómo estoy, ¿comprende?
—Creo que sí.
—Por eso es fundamental reconectar con el ideal, porque ese ideal es el norte. Cuando sabemos a dónde vamos, también sabemos dónde estamos, ¿comprende? Mire, yo pude ver en este tiempo que mis reacciones en general son las mismas, pero la gran diferencia es que ya no las defiendo. No importa que yo actúe así, lo importante es que ya no creo en ciertas formas. Puedo enojarme, por ejemplo, pero ya no creo en el enojo, porque el enojo no me conduce a mi ideal. Entonces no lo alimento. No sigo buscando argumentos que alimenten el enojo, por lo tanto es tan solo eso: una reacción, pero no una forma de vida.


—Y ¿cuál es ese ideal? Porque cada quién tiene su propio ideal.
—Ese es el gran secreto. No confundir el ideal con el deseo. El ideal es un estado, y el deseo es un destino. Uno es interno, y el otro es externo. Ese es el camino que yo confundí.
...
—¿Es verdad que tiene una enfermedad terminal?
—Todos tenemos una enfermedad terminal, y todos nos vamos a morir. También es verdad que todos sufrimos dolores que tratamos de disimular.


"Morir a tiempo" (2012)
Jorge Schubert

viernes, 14 de septiembre de 2018

39#. Valores personales, esas necesarias vitaminas para el ánimo.

Imagina que frente a ti hay un cubo de basura. Está lleno de inmundicias, restos y desperdicios nauseabundos, de esos que no soportas. Si te digo que metas la mano hasta el fondo: ¿Lo harías?
Me aventuraría a anticipar que la respuesta sería un no rotundo.

¿Y si te digo que en el fondo del cubo hay un cofre donde está lo que más ansías en este momento? (Estamos hablando de algo que necesitas realmente, que puede ser amor, trabajo, reconocimiento, familia, autoestima,...). Supongo que en este caso, al menos, te lo pensarías. De hecho, si realmente necesito lo que contiene ese cofre, yo apostaría por que lo haría. Más tarde que temprano, a disgusto, con variadas expresiones de asco y desagrado,... pero metería la mano. 
 

Esta metáfora me parece bastante ilustrativa del papel que juegan los valores personales en la vida, de aquello que para nosotros tiene sentido y dota de significado a nuestra existencia.

Los valores son nuestras guías de vida. Un valor personal es un criterio que nos orienta en nuestro camino, al considerarlo como una cualidad deseable. Un fin hacia el que tender, que quizá nunca alcancemos, pero nos inspira, y sobre todo, nos hace sentirnos bien con nosotros mismos. Entroncan con el concepto aristotélico de la vida buena, una vida significativa, y tienen que ver más con la gratificación (puesta en práctica de nuestras potencialidades) que con el placer (satisfacción de nuestros deseos)
 

Cuando el cubo está vacío, cuando no tenemos conflictos ni dificultades en la vida, meter la mano es una decisión tan simple como pestañear. De hecho, creo que ni siquiera se podría denominar decisión, porque realmente hay poco que valorar para tomar tal elección. Pero todos sabemos que la existencia viene definida por el cambio, está en continua evolución, y además, ese devenir, en más ocasiones de las que quisiéramos, se torna imprevisible. La vida no siempre es fácil, y es en estas situaciones, cuando hemos de enfrentarnos a la adversidad, el momento en que los valores nos ayudan a mantenernos, nos aportan las vitaminas suplementarias para afrontar con la mayor entereza posible dicha situación.

Si algo merece la pena para nosotros, nos esforzaremos, soportaremos (incluso sufriremos) lo necesario para lograrlo. Y para este propósito es para lo que debemos prepararnos en la vida. Hemos de entrenarnos para enfrentar las eventualidades o infortunios, no para tratar de evitarlos. Entre otras cosas, porque en infinidad de ocasiones, serán imposible de eludir.


En este sentido, lo que nos arma, lo que nos permite soportar las contrariedades y fatigas es saber por qué lo hacemos. Ser conscientes de que sufrir y aguantar tiene un sentido, algo que nos merece la pena. Y nos merece la pena a nosotros, no a otros.

Ese es el motivo por el que una madre en el campo de refugiados renuncia a su comida para dársela a sus hijos, por el que las personas aguantan a un jefe intratable o una condiciones laborales infames, o por el que el héroe de cualquier historia afronta penalidades y calamidades. Ya sea Frodo y el anillo de poder, ya sea el Quijote a lo largo de todas sus tribulaciones, ya sea Marco aventurándose desde los Apeninos a los Andes. Todos ellos afrontan padecimientos y sinsabores para lograr algo que les es valioso: Marco por estar con su madre, Frodo por luchar contra el mal, Quijano por ser un caballero andante. 
 

Al realizar este ejercicio voluntad me estoy autoafirmando, me defino (y a le vez me diferencio de otros), siendo honesto conmigo mismo. El resultado es que, al poner en marcha estos recursos personales, estoy aprendiendo y creciendo como persona; en definitiva, estoy siendo (más) yo mismo.

lunes, 18 de junio de 2018

38#. Saber saborear, o la ciencia del disfrute.


El viaje real de descubrimiento no consiste en visitar paisajes nuevos, sino en mirar con distintos ojos. Marcel Proust nos advertía así de la pertinencia de redescubrir nuestra manera de entender las cosas. Su propuesta no abriga necesariamente un cambio radical en nuestra vida, pero si substancial: Interesarnos en aprovechar y sacarle partido a lo que tenemos para disfrutar de ello en toda su extensión. No se trata de condenar el interés por obtener lo que deseamos, sino exorcizar esa falta de atención que habitualmente dispensamos a aquello de lo que disponemos. Si no somos conscientes de lo que tenemos, no podemos valorarlo, por tanto, tampoco podemos disfrutarlo en toda su amplitud.




Es frecuente que demos por sentado que tener algo es disfrutarlo, pero este proceso no es tan automático. Disponer del sentido del gusto significa poder probar y percibir cosas, pero esto no es sinónimo de que sea capaz de deleitarme con ellas.

Sucede algo parecido a la primera vez que se realiza una inmersión marina. Desde fuera el mar se nos ofrece el mar en toda su vastedad, pero hasta que no nos sumergimos no empezamos a ver otras cosas, otros detalles, sus peculiaridades, desde peces a formaciones rocosas, plantas marinas, organismos minúsculos en suspensión, etc. Lo que me pareció más curioso de esta experiencia es que a medida que iba profundizando iba descubriendo elementos que no podía divisar solo unos metros más arriba: una bandada de peces, una inmensa barrera de coral, una medusa que casi me roza o un neumático semienterrado en la arena del fondo.

Para saborear y paladear las bondades que nos regale la vida requerimos de unos prerrequisitos, simples y básicos, como encontrarnos en la necesaria actitud de tranquilidad o dedicar toda nuestra atención a ese momento. A partir de aquí podemos incrementar ese disfrute ejercitando una serie de actitudes para las que todos estamos capacitados.




-Compártalo.- Coméntelo con otras personas, y hágalo con aquellas que puedan entender el valor de ese momento. Sentirnos escuchados es una señal de reconocimiento que nos valida como seres humanos, pero poder compartir cosas que nos entusiasman es algo que genera una comunicación única y especial. Hacerlo con personas que entienden esto genera una conexión intransferible y exclusiva con ellos.

-Consérvelo.- Almacénelo en su memoria. Guárdelo dentro de su cabeza y, sobre todo, manténgalo disponible para recuperarlo cuando lo necesite. Pueden usarlo para saber por qué hacen lo que hacen (cuál es el sentido de su vida), para compensar los malos momentos, para abrir la espita cuando la olla está a una presión tan alta que amenaza con explotar... No es la panacea ni les resolverá la vida, pero identificar esos momentos de la vida que nos hacen sentir plenos y re-crearlos en nuestra cabeza cuando lo necesitamos son un recurso extraordinario, sustancial, y además, gratuito. ¿Qué más pueden pedir?

-Apercíbase.- Agudice su percepción poniendo en práctica el paradigma de la conciencia plena. La atención comienza por la constatación de que la inconsciencia domina gran parte de la actividad humana. Al focalizar nuestra atención y concentrarnos en la situación que estemos saboreando nos vamos asentando en lo que estamos percibiendo. Al mantenernos en ese estado podemos ir descubriendo más detalles, otros elementos, otras peculiaridades, que logran hacernos profundizar en esa experiencia y ampliar nuestra percepción de ella.

-Ensimísmese. Aislarnos de nuestro entorno puede ser un inconveniente para según que tareas, pero en nuestro caso es más que recomendable, puesto que nos ayuda a concentrarnos. Es importante subrayar que enfrascarnos en la experiencia tiene más que ver con los que sentimos que con lo que pensamos. Se trata más de concentrarnos y sumirnos en nuestras percepciones, en el hecho que estamos experimentando, que en valorar o razonar (no hay que mejorarla, no debemos saber qué hacer ni cómo continuará,...).

Recuerden. Desde la lancha, cuando nos adentrábamos en el agua, solo podíamos contemplar el mar. Desde la superficie no se veía nada de su desmsurada riqueza. Pero estaba ahí. Solo había que descubrirlo y aprender a apreciarlo.


Estimados lectores y visitantes. Con esta refrescante y veraniega estampa les dejo durante los meses de verano. A principios de Septiembre me reincorporaré con fuerzas renovadas y nuevas entradas a este, su blog.

Disfruten y saboreen todo lo que puedan! 

viernes, 1 de junio de 2018

CITA: Saboreo, la conciencia del disfrute

La velocidad vertiginosa de la vida moderna y nuestra preocupación extrema por el futuro pueden acecharos y empobrecer el presente. Casi todos los avances tecnológicos, desde el teléfono a internet se han centrado en permitir realizar más tareas y con mayor rapidez. La ventaja de ahorrar tiempo va unida al elevado valor que otorgamos al hecho de ser previsores para el futuro. Esta virtud es tan agresiva que incluso en la conversación más irrelevante somos capaces de no estar escuchando sino planificando un réplica ingeniosa. Ahorrando tiempo ¿para qué? y planificando el futuro que llegó ayer pero que en realidad no llega nunca perdemos las amplias posibilidades del presente.



Fred Bryant y Joseph Veroff, de la Loyola University, son los fundadores de un área definida, todavía en fase de desarrollo, que han denominado saboreo. Han generado un ámbito que, junto con la atención, se hace eco de las venerables tradiciones del budismo y nos permite reivindicar un nuevo derecho referido al valor perdido del presente. 


Saborear o disfrutar es para Bryant y Veroff la conciencia del placer y la atención consciente y deliberada ante la experiencia de este.



Fred saborea un descanso mientras sube a una montaña: Respiro hondo el aire frió y diáfano y lo exhalo lentamente. Advierto el aroma intenso y acre del polemonio, y al buscar su origen encuentro una planta de lavanda que crece entre los cantos rodados que hay bajo mis pies. Cierro los ojos y escucho el viento mientras asciendo por la montaña desde el valle. Me siento entre las piedras más altas y saboreo el éxtasis de estar inmóvil bajo el solo cálido. Extiendo la mano para coger una piedra del tamaño de una caja de cerillas para llevarme como recuerdo este momento.. Su textura rugosa y llena de hoyos evoca el papel de lija. Siento una necesidad apremiante de oler la piedra, y al hacerlo, su penetrante aroma de moho desencadena un torrente de imágenes antiguas. Me hago una idea de cuanto tiempo debe de haber descansado en este lugar. 

"La auténtica felicidad" (2003) 
Martin E.P. Seligman

martes, 15 de mayo de 2018

37#. ¡Qué bien que estamos cuando estamos bien!

Esta frase, que vagamente recuerdo haberle escuchado a alguna señora mayor sentada al fresco una calurosa tarde frente a la playa, puede parecer simple y trivial. Aunque sea una verdad de perogrullo, y en mi opinión, una expresión del saber popular, también intuyo que no pasará a la historia de frases reveladoras que han inspirado a la humanidad, pero eso no significa que sea inútil ni ni innecesaria.



¿No les llama la atención la cantidad de tiempo mental que le dedicamos a las situaciones estresantes, en contraposición con el poco que le dedicamos a las opuestas, a las gratificantes o placenteras?
 



Me explico. Cuando nos vemos sobrepasados por una adversidad o frustración, cuando nos encontramos preocupados, ese problema se nos instala en la mente y empieza a colonizar nuestra consciencia. Empezamos a darle vueltas en nuestra cabeza, como si dispusiera de un equipo autógeno que le suministrara energía constantemente, y no hacemos más que remover y remover dicha preocupación, igual el cemento dentro de una hormigonera. Centramos y concentramos nuestra atención en él, a veces por delante de lo que está sucediendo a nuestro alrededor, provocando el efecto de hacernos sentir más desgraciados cuanto más lo barruntamos.



No sucede lo mismo con los momentos felices, cuando nos hallamos viviendo un momento grato y dichoso. No digo que no estemos disfrutando el momento, que lo estamos haciéndolo (o eso deberíamos), si no que en muchas ocasiones no somos plenamente conscientes de cuánto lo estamos gozando. Lo vivimos y experimentamos, pero... ¿quién se detiene en mitad de la alegría y se dedica a pensar, precisamente, en lo alegre que está? Igual no es una regla universal, pero es frecuente que tras vivir una situación placentera, esta quede atrás. Transcurrido el momento, se aloja ya en el pasado; en ocasiones, incluso relegada al olvido en cuanto ha finalizado.




Este es el motivo por el que me digo la comentada frasecita o la suelto, en un impass, cuando estoy rodeado de personas: "¡Hay que ver que bien que estamos!, o ¡Hay que ver que bien se está cuando se está bien!



Alguno de los presentes puede pensar que se trata de una mera ocurrencia, sin más. Otro, igual la olvida tan pronto como la ha escuchado. Pero en ocasiones, hay quien reconoce la relevancia de lo que estoy expresando: Estamos compartiendo un momento grato, que además es único (no se volverá a repetir de manera idéntica), y que encima, es temporal (pasajero; se terminará). Todos lo estamos pasando bien, pero eso no significa que todos seamos conscientes de lo bien que lo estamos pasando.



Ser consciente del momento es resaltarlo, en mayúsculas, con negrita y subrayado, lo que permite aumentar su disfrute. Como dirían en argot técnico, se optimiza el resultado. Además de esto, supone un ejercicio más que recomendable el aprender a identificar y destacar los momentos felices. Por paradójico que suene, no todo el mundo que los vive tiene la capacidad de disfrutarlos, por mucha conciencia que le eche.



Comer no es saborear. Bueno, no es sinónimo exacto de saborear. Si nos dan a probar un manjar exquisito y nuestra atención está dividida en otras tareas (charla con alguien, viendo la televisión o simplemente pensando en otra cosa...) no lo apreciaremos tanto como cuando nos concentramos plenamente en su sabor. Cuando lo atendemos con plenitud no lo estamos comiendo, ingiriendo ni tragando. Lo estamos saboreando, lo estamos degustando. 
 



Les hablaría de mindfullnes o atención plena si no fuera porque la propuesta no cumple el requisito de no juzgar. Muy al contrario, mi idea es precisamente esta. La de juzgar el momento, evaluarlo y recalcar su valor. 

Si me detengo a pensarlo, en realidad, lo que estaba practicando aquella anciana al disfrutar de aquella deliciosa tarde de playa era el saboreo (savouring) que propone la psicología positiva, antes de que se inventara el concepto. Mi mente infantil no podía sino quedarse en la simplicidad de la fachada, ignorando lo sustancial. Pero aquella mujer lo hacía, sin saberlo... pero sabiéndolo.

martes, 1 de mayo de 2018

CITA: La queja es el síntoma, no la enfermedad


Aunque la condición previa para una queja es la creencia de que las cosas no son como deberían ser, el mero reconocimiento y expresión de este hecho no basta para que nazca una queja completamente formada. Por ejemplo, un estoico puede pensar que es importante aceptar la imperfección del mundo, y asimismo, reconocer que nada es como debería ser; esto no sería quejarse sino describir. Igualmente, a un férreo pesimista tal vez le guste comentar el aspecto negativo de las cosas, pero una vez más no se trata de una verdadera queja por que falta la no aceptación de lo que está mal. (...)


La queja puede definirse como una expresión dirigida de la negación o incapacidad para aceptar que las cosas no son como deberían ser (...). Aún cuando prefiramos una definición ligeramente distinta, debería ser evidente que el motivo que suscita la queja puede ser trivial o, por otro lado, profundamente importante. Todos los grandes avances sociales han empezado con una queja. Emmeline Pankhurst y las sufragistas, Martin Luther King y la campaña por los derechos humanos. Nelson Mandela y el movimiento antiapartheid: los cambios que propiciaron comenzaron con la queja de que el status quo estaba equivocado y tenía que cambiar.

Por lo tanto, el acto de quejarse no es lo fundamental en la queja: es un síntoma, no la enfermedad en sí misma. Así como la severidad de una dolencia médica debería medirse no por el grado en que llama la atención sino por el alcance del daño sufrido por el organismo, así no deberíamos confundir el estrépito de la queja con su severidad. 


(...) La gente tiende a quejarse de cosas equivocadas por razones equivocadas, y como resultado de ello, la queja se ha degradado. Sin embargo, la queja puede ser constructiva. De hecho, nuestra capacidad para quejarnos forma parte de lo que nos hace humanos.

"La queja: de los pequeños lamentos a las protestas reivindicativas" (2012)


Julian Baggini