viernes, 30 de junio de 2023

82#. Sacar al EGO de vacaciones

Lo determinante del concepto VACACIONES, es el factor "desconectar del estrés".

No tiene tanto que ver con tirarse de cabeza a un crucero de dos semanas en primera clase o la cansina imagen en la hamaca con un daiquiri en la mano en una idílica playa caribeña. Lo esencial del concepto "tomarse unas vacaciones" es el neutralizar los estresantes a que estamos sometidos de manera cotidiana.


La manera más directa de hacerlo es suspendiendo esas responsabilidades habituales; esto es, suprimiendo la obligación de trabajar durante unas semanas o poder olvidarte de estudiar durante ese tiempo. De manera intuitiva, es lo que todos entendemos por vacaciones, y ciertamente esta es una condición sine qua non. Pero solo eso. Se trata de un requisito necesario, pero no suficiente.

A este componente tan obvio, que podríamos denominar condición física (disponer de tiempo), hay que sumar otro más personal, una condición mental: usar ese tiempo para desconectar de lo estresante y conectar con lo esencial. Rehuir lo accesorio y centrarnos en lo necesario. Y me refiero a lo que es necesario para nosotros; no a lo que los demás piensen que necesitamos.

Si me voy con la autocaravana a visitar Islandia un par de semanas pero no dejo de darle vueltas a responsabilidades laborales varias o compromisos estudiantiles, en realidad, no estoy vacacionando por que no me estoy desapegando de mis fuentes de estrés, que siguen estando presentes en mi mente tanto como si las experimentara en la vida real.

Inversamente, puedo no salir de casa durante semanas pero dedicar mi tiempo y mi mente a actividades y pensamientos significativos para mi persona, y por tanto reconfortantes o estimulantes. Es en este caso cuando tenemos la sensación de haber desconectado de lo que nos tensa y estar centrándonos en algo que nos reconstituye y fortalece como persona.


¿Y el ego?

Bueno, el ego está presente en todas las situaciones descritas. Como un ave de presa, sobrevuela todo aquello a que dedicamos nuestra atención, para asaltar nuestros pensamientos y acciones cuando menos esperemos. Por que es este ego el artífice de que no olvidemos esos informes que debíamos haber terminado o esos clientes o jefes con quien no dejamos de tener problemas o nos machaquemos con el supuesto resultado del examen que tendremos en Septiembre.

El ego es el que nos presiona, acusándonos de no haber sacado tiempo para terminar el trabajo (cuando igual no ha sido posible), de no ser capaces de resolver nuestros problemas relacionales en el trabajo (cuando igual no depende de nosotros) o de infravalorarnos a pesar de estar cumpliendo escrupulosamente con nuestro planing de estudios.

De manera que desactivar este ego es la mejor estrategia a seguir para disfrutar de nuestros días de ocio. Es el ego el que tiene que tomarse unas vacaciones con nosotros, minimizando sus tendencia a enjuiciar, a comparar, a minusvalorar, a tergiversar, a competir o discutir. Debemos sacar al ego de vacaciones de sí mismo, y la única manera que conozco es investirnos de humildad (su kriptonita, su antagonista natural) para aceptar las consecuencias de las circunstancias que están fuera de nuestro control, y afrontar, después de la vacaciones, aquellas sobre las que sí tenemos margen de maniobra.

Trabajar en este objetivo es lo que puede mudar la oscuridad en luz; transformar a Mr. Hyde en el Dr. Jekyl. Convertir el EGO tóxico en sana AUTOESTIMA. 


En el fondo, solo estamos hablando de respetarnos a nosotros mismos (y nuestros límites como seres humanos) y de tratarnos con compasión. 

¿No creen que merece la pena intentarlo?

miércoles, 31 de mayo de 2023

Y a la felicidad... que la zurzan! (Antonio Gala)

 

El fallecimiento del irremplazable Antonio Gala fue una noticia que me asaltó por sorpresa (aunque, ciertamente, de qué otra manera podría haber sido). Atareado en la cocina, escuché la mala nueva en la radio. Mi reacción fue quedar en suspenso, como congelado, durante unos instantes, tras los que reanudé mi tarea culinaria. Supongo que ese es el tiempo que dedicamos hoy día a aquellos hitos relevantes que suceden, pero caen fuera de nuestra esfera vital inmediata. Algo parecido me ocurrió con el deceso de Tina Turner, apenas dos o tres días antes. Provocó un detenimiento momentáneo de toma de conciencia de la noticia; pero tras recordar alguno de mis temas favoritos y escuchar anécdotas varias de su vida, quedó depositada en la fosa común de lo cotidiano.



Pero con Gala fue distinto. Aquella primera impresión de ensimismamiento gélido pareció pasar, sin más lamento que el de la pérdida del sentido del humor más elegante y punzante de que he disfrutado. Y el proceso, en realidad, solo estaba empezando. Como la picazón de un mosquito, que al principio pasa desapercibido, es poco a poco cuando notas que ese picor va aumentando sin detener su progresión.

Admirado, querido y respetado. Intimo a pesar de su popularidad, cercano a pesar de su aparente hieratismo (de haber nacido inglés, indudablemente sería el paradigma de la flema británica), su pensamiento le delataba como poseedor de una conciencia librepensadora, y por encima de todo, de una personalidad vitalista.

Al día siguiente me desperté recordando mis lecturas de juventud: sus artículos, libros, entrevistas,... De todas ellas bebír y todas ellas dejaron poso, en su momento. Independientemente del gusto literario que se tenga, y Gala puede ser extremadamente poético (tan almibaradamente espiritual que eche para atrás), sus reflexiones sobre la vida, no. Esas no. Esas nunca me dejaron indiferente.



Como maestro de vocaciones se convirtió en eso, en un guía de los que en aquella época éramos jóvenes inexpertos, ("herederos" quizá sería una palabra más de su agrado). En más de una ocasión tuve la sensación de que aquel escritor acababa de definir algo que yo sentía pero no sabía, o aún no podía, describir; como cuando buscas denodadamente una palabra y alguien te regala el concepto o la descripción exacta que necesitabas. De hecho, más de una de ellas pasó a engrosar ese bagaje personal que todos tenemos (o deberíamos tener) de "creencias esenciales" sobre la vida.

Me dediqué a rebuscar por carpetas y archivos, por discos duros llenos de publicaciones, tiré de internet... pero no logré encontrar una de las citas que más me marcaron, de manera que tendré que reformularla con mis palabras: "De joven me dejé seducir, como no, por la belleza. Cuando fui creciendo empezó a resultarme más atractiva la inteligencia. Con la madurez me di cuenta de que la cualidad más valiosa de una persona es la bondad".

De manera que, igual que un líquido corrosivo avanza imparable, el aguijonazo de su recuerdo fue permeando lentamente a través de capas de mi memoria, abriendo espacios olvidados, desempolvando ideas que quedaron aletargadas en algún rincón. Apareció, así, un extracto de una de las muchas entrevistas que mantuvo con Jesús Quintero. ¿Qué es lo más inteligente que se puede hacer en esta vida?: "Salir de esta especie de laberinto en el que nos han metido. Una vida que no es la nuestra y que no es la mandada, que es una organización que necesita esclavos para seguir manteniendo la pura organización que necesita esclavos, y así hasta el final. Salirse de esa cadena terrible, desencadenarse, a riesgo de la soledad, de la falta de comprensión, pero irse un poco al campo, en el mejor de los sentidos, y salir de esa extraña y monótona esclavitud de cada día".

Una sensación extraña, esta de observar como antiguas reflexiones afloran de manera autónoma, sin que tú tengas control alguno, a pesar de estar sucediendo todo en tu propia conciencia. Igual conduciendo en el coche que de camino al trabajo, sacando la basura que empezando a conciliar sueño. "Nuestra necesidad primera es ser uno mismo. Y es mejor que lo seamos sin auxilios ajenos, tan mediatizadores. Ser uno mismo y ser feliz: qué proyecto de vida. Quizá la fuente de la felicidad, si es que la tiene, esté en nuestro interior. Quizá consista en preservar el propio yo, no otro, y no en ser nunca otro por bueno que parezca. Quizá consista en aceptarse reflexiva y dócilmente como se es, y desplegarse".

Vuelvo después a la realidad, al quehacer del momento, hasta que un rato más tarde me doy cuenta de que esa labor de escaneo continua. Como si hubiera activado un programa antivirus del ordenador, avisa de que ha identificado otra. En esta ocasión, una de sus reflexiones más lúcidas. ¿Dónde está la felicidad? "Yo hace tiempo que no la busco. Me pasa como con el amor, supongo, que si el amor tiene que volver otra vez a mi vida, tocará a mi puerta. La felicidad, igual. Ya vendrá si tiene que venir, y si no, que la zurzan, porque tampoco es imprescindible, para mí ya es imprescindible otra cosa, que es la serenidad. Y poco a poco, yo que creí que la serenidad era una cosa de serenos, de esos que antes estaban por las calles pregonando la hora y abriendo las puertas, ahora comprendo que la serenidad es sentirse como una pequeña tesela de un gran mosaico. Prescindible, mínima, confusa, pero en su sitio".



Sigo con la incógnita de cómo el recuerdo de Antonio sigue permeando, de cómo va penetrando en zonas insospechadas de la memoria y redescubriendo los regalos que nos hizo. 

Celebrando todos y cada uno de ellos; de hecho, ahora ya con la esperanza íntima de que continúen explotando por sorpresa, como pequeños fuegos artificiales, tan brillantes meditaciones; aquellas que hace tiempo, él, permitió que hiciéramos nuestras.

"Que nos coja la muerte andando, de pie, que se diga de nosotros que 'murió vivo'. Ese es el mejor epitafio"

domingo, 30 de abril de 2023

81#. Tu sufrimiento es proporcional al tamaño de tu ego

Aunque el sufrimiento no es placentero (salvo en algunas prácticas sexuales), tampoco es exactamente sinónimo de dolor. La base del sufrimiento es el dolor, pero su significado tiene que ver con la forma en que interpretamos este dolor.

Entra en escena el elemento que modula tal interpretación: el ego.




El ego es un concepto que se presta a definiciones ampulosas, de manera que para no perdernos con nociones más literarias y etéreas que rigurosas, partiremos de su entidad básica. El ego nace con el instinto de supervivencia; ese impulso que llevamos impreso en los genes, no solo los seres humanos o mamíferos, sino todo ser viviente del planeta. Su valor evolutivo es inestimable: a través del proceso de selección natural, los individuos capaces de detectar e identificar amenazas estuvieron más preparados para resolverlas (enfrentarlas o rehuirlas); lograron, así, sobrevivir más tiempo, principio esencial donde los haya para ejecutar el cometido, no menos esencial para la naturaleza, de reproducirse y asegurar la continuidad del linaje o especie.

Pues bien, en los animales, en los mamíferos, este instinto de supervivencia se mantiene a lo largo de su desarrollo ajustado a los límites que marcan sus instintos. En el ser humano, como mamífero superior que también es, la cosa no debería ser muy distinta... si no fuera por nuestras capacidades superiores. De manera que nuestra elaborada estructura psíquica nos provee de unas particulares herramientas (cognición, lenguaje, atención, concentración, etc.) que facilitan sobremanera resolver los problemas de nuestra existencia. Pero igual que toda moneda tiene su cara y su cruz, también tiene sus desventajas. Y una de las más sutiles es la preminencia del ego.




Enlazando con el apego del que hablábamos en el post anterior, al nacer el ser humano se convierte en un ser único, pero simultáneamente, separado de su madre. El vínculo de apego promoverá una estrecha relación entre cuidador (madre) y sujeto (bebé) a fin de lograr la mencionada supervivencia de este. Este objetivo se logrará de manera más o menos adaptativa (hay apegos más seguros y otros más desorganizados), y en función de estos se irá conformando el ego del bebé, dando lugar a una forma típica de responder a los estímulos, sean externos o internos, que solemos denominar con el término de personalidad.

Vaya por delante la necesidad que tenemos de ese ego, de esta estructura psicoemocional que no solo actúa como mecanismo de autoprotección sino que nos permite tener noción de nuestro yo, diferenciar entre yo y los demás. Nos permite reconocernos y a hacernos valer. Nos facilita también ser conscientes de las necesidades que tenemos así como de nuestras preferencias. En definitiva, el ego nos provee de una identidad.

Visto así, no parece que tenga ninguna contraindicación. Y ciertamente, cuando nuestro ego está templado y equilibrado cumple perfectamente las funciones señaladas. Es la versión más sana y adaptativa del mismo, y solemos denominarla autoestima. Pero cuando en el lenguaje vulgar nos referimos al ego de alguien estamos hablando de otra cosa: de una noción del yo excesiva; desproporcionada, en ocasiones. Y aunque aparentemente parezca que el egoísta sale ganando con esa actitud... yo no estaría tan seguro.

Ese ser humano que al nacer empezó a ser necesariamente egoísta, con el tiempo irá evolucionando. Su estructura psicoemocional se irá reelaborando y complejizando gracias a nuestras formidables capacidades mentales. Se irá conformando una identidad que será más confiada o más desconfiada, más colaboradora o menos, más o menos activa, sensible, empática,... Cuanto mayor sea el grado de egocentrismo del individuo, más probabilidad de que priorice su bienestar por encima del de los demás, incluso a costa de ellos; de que solo contemple su perspectiva de las cosas como correcta y, en consonancia con esto, entienda que las cosas tiene que ser como ellos las interpretan; de que cuando no sucede esto, atribuyan la culpa a otras personas o circunstancias,... Nos encontramos, entonces, con una personalidad muy apegada a sí misma, (fusión cognitiva, se denomina en Terapia de Aceptación y Compromiso) que entiende la vida en función de sí misma y a los demás en relación a sí misma. No los observa como iguales. La vida, el mundo y los demás están en un plano de realidad diferente, inferior. Estamos ante un perfecto egoísta.




Y aquí radica el motivo por el que cuanto más egoísta sea un sujeto, más sufrirá.

El egocéntrico, al darle tanta prioridad a sus intereses, al concentrar su conciencia en su yo, al "sentirse" tanto a sí mismo, se valora muy afectado por todo aquello que le perjudica (o esa, que rompe sus sacrosantos esquemas mentales). En contraposición, la persona más altruista, que también siente dolor, y también sufre, sin embargo sus intereses y expectativas se amplían a otros (a los demás, al grupo, a la comunidad,...) transformándose así en un recurso muy útil para modular su sufrimiento. 

El egoísta no puede apoyarse en sus iguales, en los demás (suele confiar poco en ellos y ni haber tenido muchos miramientos hacia ellos, por no hablar de que en ellos habrá encontrado casi siempre la causa de sus males). Aunque pueda disponer de personas cercanas o familia, no hay una conexión trascendente con ellas; ese vínculo no es realmente altruista o generoso. Conscientemente o no, él mismo ha decidido su suerte: quedarse solo. El egoísta, en el fondo, es una persona presa de sí misma.

El problema que tiene es que pone todos los huevos en un canasto (SU canasto) mientras que el altruista los distribuye en varios. Aunque en el suyo ponga la mayor parte de los huevos, si este se cae y se rompen, no los pierde todos. Al egoísta, en cambio, si se le cae el canasto de SUS huevos...


jueves, 30 de marzo de 2023

80#. Las personas no somos unidad; somos dualidad

Estamos tan convencidos de que somos entes autónomos, de que somos un solo "yo" independiente, INDIVIDUOS (así dicho, con mayúsculas y en negrita), que ni siquiera ponemos en duda semejante creencia. Desde el clásico mito del niño salvaje hasta el moderno selfmade-man (tan postulado por el sistema capitalista), hemos dado por sentado que la unicidad, la individualidad, es nuestra seña de identidad. Como si nuestra dotación genética fuera inmune a las influencias del entorno, cómo si en cualquier lugar del planeta o la galaxia en que naciéramos, diera lugar a un ser humano completo, esto es, una persona. Igual que si plantáramos una semilla de melón, en cualquier terreno que agarrara haría crecer un espécimen perfecto de melón. Semejante concepción de los seres humanos es un error, o directamente una mentira.



Olvídense del 7, el número de la suerte, también del 3 de la santa trinidad; nada del de la prosperidad china; ni siquiera el número áureo que guía la proporción geométrica en la naturaleza. El mundo en que vivimos fue creado desde la dualidad. El 2 es el número crítico en nuestra vida, puesto que dos son las personas que se necesitan para que un ser humano realmente llegue a ser persona. El ser en desarrollo y el desarrollante, la madre y el bebé, el maestro y el alumno... el ying y el yang.

"No se trata de que la relación de la madre afecte al cerebro del bebé; es que requiere, literalmente, de tal interacción” (Schore, 2001). La maduración biológicamente programada del sistema nervioso se va conformando por las experiencias interpersonales que el bebé experimenta. En el establecimiento de una relación de apego sana entre cuidadora (madre) y bebé reside el germen necesario para el desarrollo de capacidades tan superiores como la confianza, empatía, amor, alegría, humor, paciencia, creatividad y vitalidad (Schore, 2001a; Schore, 2001b; Schore, 2003). En definitiva, para ser un adulto pleno.

La inmadurez del sistema nervioso del bebé impide que pueda manejar sus propios estado internos. Cuando las emociones le desbordan, no puede calmarse por sí mismo, requiriendo entonces de una figura de apego que actúa como agente regulador de su estado. Le presta ayuda para salir de la situación de estrés y proporciona la experiencia de calma y tranquilidad. Será a través de estas dinámicas, repetidas día a día, como el niño/a aprenderá de la madre sobre la seguridad o el peligro del mundo. A lo largo de este proceso, el sujeto cada vez será más capaz de autorregularse y dependerá menos del cuidador/a. El bebé aprenderá a controlar sus estados internos por sí mismo, transformando la regulación externa primavera en un exitoso proceso de autorregulación cuando alcanza la madurez.



Las consecuencias de esta diada es crítica: un bebé que siente su madre le rechaza, que no le presta atención, que no le enseña a sonreír, a mirar, a jugar,... desarrollará un carácter inseguro ("el mundo no es un lugar confiable") y desconfiado. Un niño que vive una relación de calidez y receptividad emocional con la persona que lo cuida se fortalecerá, haciéndole sentir seguro, querido y aceptado.

Nunca fue tan cierta una frase como la de "todo se lo debo a mi madre" (o padre, o persona/s que me criara y cuidara), aunque estoy convencido que el común de los mortales no alcanza a ser consciente de toda la verdad que encierra tal afirmación. La base de todo lo que somos como persona, o sea, de nuestro desarrollo físico (nutrición, abrigo, alojamiento,...) pero también del desarrollo de nuestras capacidades más  humanas, cómo las emocionales, psicológicas proviene del hecho de que alguien nos apoyara, acompañara y guiara durante nuestra infancia temprana. Y ese mentor/a, aunque nos percibamos como individuos, sigue estando dentro de nosotros, integrado en nuestro ser, a través de aquellos aprendizajes que nos brindó.




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martes, 28 de febrero de 2023

79#. Pensar demasiado solo genera infelicidad

Pensamos, pensamos y no dejamos de pensar. Es para lo que sirve nuestro cerebro. Está diseñado para nuestra supervivencia y la estrategia más eficiente para ello es aprender a resolver los problemas discurriendo y cavilando. El cerebro piensa, y como lo tenemos disponible en cualquier lugar y a cualquier hora... ¿por qué no hacerlo cuanto queramos?


El motivo es que, por muy utilizable y asequible que sea, (su uso) no es gratuito: pensar en exceso, (su abuso) tiene un coste. Esto significa que cuando pensamos demasiado, invertimos en ello nuestro tiempo, también nuestra atención, además de un gasto emocional que puede ser excesivo.

Cierto que actuar sin meditar no suele ser recomendable, por imprevisión de las consecuencias; pero pensar y pensar sin llegar a hacer nada es igualmente desaconsejable. Y no estoy hablando de las ruminaciones obsesivas o pensamientos repetitivos, que son directamente perjudiciales para nuestra salud mental (no resuelven ningún problema y nos generan ansiedad). No, me refiero a ese reflexionar sobre cualquier asunto relevante en nuestra vida, a raíz del cual elaboramos posibles alternativas de solución, valorando los pros y contras, focalizándonos en ello de una manera tan concienzuda como el ajedrecista que calcula cada uno de los movimientos de sus piezas, cada consecuencia de cada uno de ellos, las consecuencias que tendrán las consecuencias de las consecuencias... dilatándose en su discurrir, eternizándose en su cálculo, sin llegar a materializar la causa que originó tanto barruntar: mover una pieza.

El hecho contrastado es que, a partir de un determinado momento de análisis, pensar más sobre cualquier dilema es, no solo improductivo sino que además se vuelve contraproducente. Porque podemos pensar blanco, pensar negro, o gris o azul petróleo metálico con tonos irisados. Podemos crear nuestros peores monstruos y podemos vislumbrar la mayores genialidades, pero si nada de eso se materializa, no es más que humo en el aire. Seguimos consumiendo nuestras energías pero sin obtener resultados, y además de esto, sobrecargándonos, en una hiperactividad mental a la que si no ponemos fin terminará por estresarnos, o deprimirnos, o angustiarnos.

Por contra, cuando por fin actuamos, todo ese estrés se desvanece. Cuando ponemos en marcha alguna de las propuestas planeadas por nuestra mente, el malestar cesa. Y esto, independientemente del resultado de nuestra acción. Por que la experiencia es real, pero el pensamiento es virtual. Cuando actuamos se generan resultados, mientras que cuando solo pensamos todo se queda dentro de nuestro cráneo. Ahora, la preocupación podrá ser si tales resultados han sido buenos, malos o regulares; si nuestro comportamiento ha sido más o menos exitoso. Pero esto es ya una cuestión distinta.

A donde voy es a que, en vez de pensar mucho para hacer (poco), igual la relación es a la inversa. Puede que, una vez se ha reflexionado, se trate más de actuar que de seguir pensando. Y quizá lo que nos paralice sea la extensa gama de opciones que hemos generado calculando. Tras haber cavilado, quizá la mejor guía que podamos encontrar sea nuestra experiencia. Sólo los aprendizajes personales pueden indicarnos cuándo es útil hacer caso de lo que pensamos y cuando, en cambio, no debemos hacerlo.

En definitiva, dado que nuestro cerebro viene sin manual de instrucciones, que nuestro entorno cada vez se preocupa menos de enseñarnos a pensar, y que lo mismo no hemos tenido buenos maestros al respecto en la vida, es necesario saber que el abuso del pensamiento no es gratuito. Y tal como sucede con el medio ambiente, debemos hacer del pensar un uso equitativo, sostenible y saludable.


Un paso hacia nuestras metas vale más que mil reflexiones que no resuelven, por que pensar demasiado termina por generar solo infelicidad. Como decía el viejo maestro: "deja de pensar y tus problemas terminarán".


martes, 31 de enero de 2023

78#. No es el pensamiento positivo: es el pensamiento constructivo

El problema del tan manido pensamiento positivo es que, de por sí, no supone mejora alguna en la vida de las personas. Podrán desear que el mundo consiga la archideseada paz mundial, que su amado/a vuelva a quererles o promocionar dentro de su empresa, pero por mucho y muy fuerte que lo deseen ¿qué cambia eso? Nada.

No solo eso, además de pensarlo podrán decirlo, como suelen hacer en algún momento el Papa correspondiente, al mundo entero, desde la plaza de San Pedro. Y tras ese manifiesto ¿qué cambia en el mundo? Nada


Si realmente sirviera para algo, el presidente del gobierno se dedicaría a pensar en positivo, no a planificar y ejecutar. El agente de policía se centraría en desear que el responsable de un accidente de tráfico se entregue y la doctora de urgencias se concentraría con todas sus energías en que su paciente sanase sentada en su despacho. No, lo que cambia las cosas no es pensar: es actuar.

En este sentido, pensar, en sí, no es más que un eslabón de la cadena. Es el paso que precede al actuar, que debería consistir en reflexionar sobre una meta (lograr un objetivo, resolver un problema, etc.) y jerarquizar las opciones que tenemos para alcanzarla. Transformamos de esta forma el mágico pensamiento positivo en el meditado pensamiento constructivo.

El pensamiento constructivo consiste en elaborar pensamientos dirigidos a la solución de problemas de la vida diaria de manera eficaz, minimizando costes (estrés) y maximizando los beneficios (satisfacción). Una forma de pensar enfocada en tomar decisiones de la manera más adaptativa posible. O sea, buscar soluciones útiles a las circunstancias que afrontamos, guiados por la razón en vez de la emoción. Puesto que si cedemos el timón del barco a nuestros estados de ánimo, estos pueden favorecernos si son alentadores, pero arruinar nuestros intereses si se tiñen de nuestras preocupaciones y miedos.


De esta manara, si eliminamos de la ecuación los estados emocionales (esos "no me apetece", o "hoy me siento bien" o "no me encuentro con el suficiente ánimo") y nos centramos en el comportamiento, esto es, en lo que puedo y/o debo hacer, eliminamos el voluble e inestable factor que puede convertirnos en inoperantes.

¡Corrijo! Más que eliminarlos (les felicito desde ya si son capaces de lograrlo), se trata de neutralizarlos. De sencillamente, hacer de tripas corazón y no tenerlos en cuenta. ¿Cuántas veces nos hemos levantado malhumorados, con emociones y pensamientos negativos, pero tras la ducha y empezar las tareas del día a día (hacer lo que debemos) nos damos cuenta de que nos sentimos mejor?

Entroncamos aquí con las consecuencias en nuestra salud mental. Si nuestro hacer depende de nuestras emociones (y lamentablemente nos educan para que estas decidan), dejaremos de hacer cuando no estemos animados. Sería el momento idóneo para recordar el siguiente axioma: las cosas pueden hacerse, estemos animados o no. Y esto no admite crítica. De hecho, es precisamente dejarme llevar por mi desánimo (por tanto, no hacer lo que toca) lo que sienta los cimientos de una actitud veleidosa que puede llevarnos perfectamente hacia un futuro trastorno depresivo.

Recuerdo como si fuera ayer la respuesta de un hombre a cargo de sus hijos, sin trabajo estable ni ingresos para vivir dignamente, al que le comenté: "Tienes motivos más que suficientes para estar deprimido". Su respuesta sentenció la conversación. "No estoy deprimido por que no puedo permitírmelo teniendo tres bocas que alimentar".

Concluyendo, el pensamiento positivo no sirve, por muy estimulante y complaciente que sea. Y no solo eso, se convierte en una trampa desde el momento en que nos hace creer que estamos en vías de solución a nuestra circunstancia, cuando no es más que humo, un espejismo. El pensamiento constructivo es menos ilusionante, quizá menos bondadoso, pero más maduro. Y sobretodo, tiene efectos reales en nuestra vida.

El pensamiento positivo te dice: Si quieres, sucederá

El pensamiento constructivo te dice: Haz algo para que suceda


sábado, 31 de diciembre de 2022

Los propósitos de Año Nuevo son un deseo, no una motivación

Nada más desalentador, más en estas fechas navideñas, que decirle a quien está deprimido que se anime. "¡No te fastidia! Pero si eso es lo que quiero!", te dirá la persona, si tiene la energía suficiente para hacerlo. La pregunta que a continuación salta por sí misma es: "¿Pero, cómo lo hago?". 

Esta es la diferencia entre animarse y motivarse.

 

 

Animar es un concepto emocional; y como todos sabemos, las emociones van y vienen. Pero los motivos permanecen, por que aquello que nos motiva nace de nosotros, viene de dentro, es algo intrínseco. Las personas no se movilizan por que le des ánimos; lo hacen si tienen razones para hacerlo.

El entusiasmo de mi regalo de Reyes, (y todos lo sabemos) rayará la indiferencia apenas unos días después de haberlo abierto. Él enamoramiento desbordante de hoy perderá fuelle con el tiempo. Y la famosa lista de propósitos de año nuevo, arranca del ánimo pero fracasará por que, normalmente, carece de motivación para ejecutarlos. Puesto que se puede tener un deseo muy intenso pero no estar haciendo nada para materializarlo. El deseo es emocional, y la emoción puede impulsar el comportamiento, pero no persevera, no se mantiene; de manera que cuando cesa la emoción, cesa la acción.

En resumen, el ánimo, como su propio nombre indica, es una emoción. El motivo, en cambio, es una razón. Y cualquier propósito que tengamos será más factible si se basa en motivos que en el estado de ánimo.

Esta es una de las bases de la Terapia de Aceptación y Compromiso, en donde, a estos motivadores personales se les denomina valores. Un valor personal es todo aquello que es significativo para la persona, que consideramos importante en nuestra vida. Como dicen en las películas hollywoodienses, aquello por lo que merece la pena luchar.

 


Y este es el quid de la cuestión: enfocarnos en aquello consideramos valioso. Solo así somos capaces de sobrellevar los estados de ánimo que surjan (buenos o malos), puesto que nos impulsa la motivación por alcanzar ese objetivo.

Argentina mereció ganar a Francia en la final de la Copa del Mundo de fútbol por que desde el principio jugaron con ganas, esforzándose al máximo, esto es, motivados por la victoria. Un padre arriesga la vida infiltrándose en una banda de mafiosos por que sacar a su hijo de ese entorno es una motivación suprema para él. Y apuntarse al gimnasio o dejar de fumar serán objetivos factibles para el año próximo solo si la persona considera valiosos o significativos para su vida lograrlos.

Por mucho que deseen tener una vida más sana, mejor que confiar en que el universo se confabule con ustedes a base de desearlo muy fuerte, yo me centraría más en buscar aquellos motivos que justifican ese deseo, que le estimulan alcanzar ese logro.




miércoles, 30 de noviembre de 2022

77#. Dialogar no es defender nuestras propias creencias

Dialogar no es vencer. Dialogar ni siquiera convencer. Dialogar es compartir, es formar parte de esa mente común que emerge entre dos interlocutores.

Uno de los factores que determinan nuestra capacidad para lograr esa verdadera comunicación es nuestra habilidad para suspender nuestros propios juicios. Si no somos capaces de neutralizarlos, recibiremos la comunicación de la otra persona filtrada, sesgada a través de nuestros propios prejuicios, y por tanto, viciada.



Sin embargo, llevamos nuestros pensamientos tan integrados que nos identificamos con ellos, sin darnos cuenta de que solo son eso, productos de nuestra mente. La vesícula segrega bilis, el intestino las heces, y nuestro cerebro el pensamientos. 

Nuestros procesos cognitivos nos pasan desapercibidos, de la misma forma que cuando estamos entusiasmados nos sentimos eufóricos, vivimos con intensidad el momento y la situación, actuamos con energía, etc., pero no nos damos cuenta de que estamos entusiasmados.

Y tal y como sucede con la emociones, aunque nuestros pensamientos pasen inadvertidos, nos identificamos con ellos. Difícilmente nos percatamos de que nosotros no somos nuestro pensamiento. En nuestra vida cotidiana sentimos que nosotros somos esas historias o narrativas que construye nuestra mente. Nos fusionamos con ellas e influyen en nuestra forma de vivir; nos mediatizan y nos dejamos guiar por ellas, puesto que las percibimos como si fueran parte de nuestra esencia.

Pero por muy envueltos que estemos en ellos, no dejan de ser historias construidas. David Foster Wallace lo reflejó así: 

    Dos peces  jóvenes que iban nadando cuando se encontraron por     casualidad con un pez mayor que nadaba en dirección contraria;     el pez mayor les saludo con la cabeza y les dijo: "Buenos días,       chicos ¿Cómo está el agua?". Los dos peces jóvenes siguieron     nadando un trecho. Por fin uno de ellos miro al otro y le dijo: "¿Qué demonios es el agua?"

Vivimos como esos pececillos, inmersos en el agua de los sistemas culturales en que habitamos, en los prejuicios y creencias que contienen. Y esas narrativas, esas historias están tan integradas en nuestra vida que se invisibilizan; dejamos de verlas y consideramos que “esto es así” por propia naturaleza. Todos conocemos individuos, más de uno de la esfera pública, que se aferran a sus narrativas, sosteniéndolas con criterio de “verdad universal”, que en algunos casos se convierten en formas de abuso contra quienes sostienen perspectivas diferentes.


Cuando se ponen en entredicho o las cuestionan, las defienden como si las hubieran parido ellos mismos, como si fueran sus hijas, parapetándose y aprestándose a luchar celosamente por ellas. Es posible que no sepan ni siquiera el por qué; que no tengan conciencia de ello, pero no están actuando de forma muy diferente de como el hooligan de futbol defiende a su equipo hasta la muerte.

Llegados a este punto, el diálogo se torna imposible.

Es cuando aparecen los conflictos. Con nuestras sesgada y subjetiva percepción del entorno, generamos una representación de la realidad a la que nos aferramos. Vivimos, así, envueltos en la ignorancia de no saber que, en el fondo, no dejan de ser puras construcciones mentales.

Por contra, si somos conscientes de esto, si somos capaces de trascendernos y compartir nuestras opiniones de forma honesta, neutralizando ese sentimiento de posesión o identidad que le adjudicamos, seremos capaces de pensar juntos.

El objetivo del diálogo no consiste en analizar las cosas, ni en imponer un determinado argumento o modificar las opiniones de los demás, sino en suspender nuestras propias convicciones y observarlas, para así poder escuchar todas las opiniones y valorar su significado de manera ecuánime.


Dialogar es una cosa y convencer o persuadir es otra.

Tal y como necesitamos las narrativas para comunicarnos, necesitamos tomar conciencia, despertar de la ilusión de que los conceptos designen cosas sólidas o sean verdades absolutas.

En el diálogo no estamos jugando contra los demás sino con los demás. A diferencia de lo que sucede en la discusión, en el diálogo verdadero siempre se gana; todos ganan.