sábado, 31 de octubre de 2015

#11. Los amigos, en alguna ocasión, te salvan la vida




¿Don Quijote y Sancho Panza eran realmente amigos? A pesar de sus obvias diferencias, así se dirige el primero al segundo, y así se comporta el segundo con el primero ¿Astérix y Obélix serán amigos eternamente? Yo apostaría a que sí. Hay un algo en su amistad que me inspira esa confianza, y que no veo, por ejemplo entre Mortadelo y Filemón ¿Huckleberry Finn y Tom Sawyer mantendrían su amistad de adultos? No estoy seguro, pero si tengo que opinar, me decantaría por el sí; aunque albergue serias dudas sobre cómo habrían prosperado en sus vidas cada uno. Sin embargo, la de los Tres Mosqueteros sí que me parece una amistad que se salvaguardaría hasta la vejez, y más allá.


A pesar de lo que uno pueda saber sobre la amistad, sea de manera empírica (todos tenemos nuestra experiencia personal) o a través de fuentes bien informadas, se me sigue escapando el punto crítico. La chispa, el germen qué hace que dos amigos sean íntimos sigue siendo un misterio para mí.


La amistad es la familia que elegimos voluntariamente. Se va engrosando (en cantidad y/o calidad) a lo largo de la vida, y al igual que hay descartes también admite nuevas filiaciones. Como cualquier cosa valiosa de la vida, hay que cultivarla, seleccionar los mejores brotes, y dedicarles atenciones. Dos amigos íntimos lo pueden ser por motivos muy variados: desde el simple compañerismo que se mantiene desde aquella incipiente relación en el colegio a compartir preocupaciones existenciales significativas para ambos, desde paralelismos vitales a lo largo de la biografía de cada uno a, sencillamente, poseer cualidades que a uno le gratifican. Como sea, aquello que uno/a valora en el otro/a no tiene porqué ser lo mismo que aprecia ese otro/a en uno/a, o no encontrarse en la misma proporción. Pero sí que hay un requisito indispensable, un requerimiento esencial, y es que debe existir una semilla, un impulso. Tiene que darse una comunión personal, especial, (espiritual, si me apuran) para que sea auténtica amistad. Quiero decir que, por ejemplo, Han Solo y Chewbacca (“La guerra de las galaxias”) son amigos íntimos, y lo son a pesar de no compartir el idioma; por no compartir, ni siquiera pertenecen a la misma especie animal. Por el contrario, los personajes principales de la serie True Detectives, Martin y Rust, jamás llegarán a establecer el tipo de amistad de que les hablo. Nunca serán amigos inseparables; ni quitando el adjetivo inseparables. Me extrañaría mucho que el Dr. Watson y Sherlock Holmes mantuvieran su amistad para siempre, de la misma forma que Walter White y Jesse (“Breaking Bad”) no podrán conseguirlo nunca, ni aunque los condenaran a cadena perpetua en la misma celda. Y por el contrario, a pesar de militar en bandos antagónicos, de estar directamente enfrentados, los protagonistas de Blade Runner (Deckard, el policía, y Roy, el replicante), en circunstancias más afines, los veo no solo como amigos sino además con potencial para alcanzar una amistad más que consistente.



Pajas mentales aparte, la amistad, como vínculo afectivo, me da la impresión de no haber tenido un justo reconocimiento público. De estar, en muchas ocasiones, ensombrecida por otros vínculos más urgentes. Y ya sabemos que urgente no es sinónimo de importante.


La amistad parece la hermana pobre de los sentimientos bienintencionados. La cenicienta de los afectos amorosos entre iguales. Un actor secundario, de reparto, en la historia de nuestras vidas. Si es así, deberíamos tener presente que no siempre la estrella rutilante que protagoniza la película es la que mejor resulta, y que, en ocasiones, hay actores secundarios que salvan una película. Si nuestra vida fuera una melodía, la amistad sería el sonido del bajo. Indudable que otros instrumentos son más atractivos, incluso seductores. La guitarra puede predominar, despuntar y lucirse, pero el bajo es el que presta consistencia y solidez al conjunto, a la composición.


La amistad, personalmente, siempre ha sido el vínculo humano que he tenido en mayor estima. Entiendo a quienes recelan de la relación-estrella (el amor de pareja), al menos en los primeros escarceos sentimentales. La sensación de ligazón, la exclusividad que implicaba salir con una chica, no poder ver a los amigos cuando se deseara, la obligación moral de hacer cosas que podían no apetecerte, incluso el intento de colonización de tus ideas que puede emprender la pareja (dice el refrán que dos que duermen juntos se vuelven de la misma opinión, aunque no aclara quién se vuelve más de la opinión del quién) pueden hacerse sospechosos. La atracción entre dos personas puede adoptar distintos matices. El eros es luminoso, refulgente y espectacular, pero philia es la base del vínculo sólido. Cuando el eros se desvanece, es la philia quien mantiene la unión.


Intentando ubicar la raíz de este sentimiento podemos observar que la cosa arranca mucho, mucho tiempo atrás. La inmensa mayoría de nuestra historia como especie transcurrió llevando una vida como nómadas. Grupúsculos, hordas o clanes, el nombre que usemos no importa demasiado, pero sí las exigencias draconianas que requería tal estilo de vida. El número de hijos era muy limitado, puesto que había que trasladarse de forma frecuente, cuando no continua. No se podían poseer salvo algunas pertenencias necesarias, puesto que había que cargar con ellas. Las relaciones sexuales se establecían de todos con todos de forma natural. Extrayendo factor común, podemos decir que hallamos en la cooperación la estrategia más exitosa de supervivencia. Cuanto más coaligados los miembros del clan, más probabilidad de obtener provisión de alimento, de organizarse en la vida doméstica, de asegurar la crianza de la prole, de defenderse de amenazas externas, etc. En definitiva, de sobrevivir. Esta necesidad convirtió en ineludible el vínculo afectivo que promovía la unión entre sus integrantes. La necesidad de cooperar rubricó la validez de sentimiento de la amistad.



Aristóteles consideraba que, al ser seres sociales, la convivencia es un factor crítico para el hombre. No se puede alcanzar la felicidad sin convivencia. Pero es condición necesaria, para que esta convivencia sea tal, que se dé la amistad. Una persona plena y satisfecha necesita amigos. Amplía su idea describiendo una escueta taxonomía: Se puede ser amigo por interés (en virtud del beneficio personal que extraemos), por placer (circunscribiéndonos a lo placentero que pueda proveernos esa compañía) y por utilidad. Pero la máxima expresión de la amistad trasciende a las mencionadas. La amistad verdadera muestra unas características que la hacen particularmente preciosa, incluya (o no) algún tipo de los anteriores.


En este sentido, quizá no se trate de desdeñar una categoría o demonizar otra. Más realista me parece reconocer cuál de ellas ejercitamos o practicamos. En el día a día se suelen combinar, alternamos amistades de distintas categorías, simultáneamente o no, y en distintas intensidades. Hacer una estimación lo más precisa posible del tipo de relación que tenemos con cada persona, nos hace conscientes de lo cabe esperar de ella, y viceversa. Nos permite decidir si es la que deseamos o preferimos buscar otra distinta, además de que, este conocimiento, evitará que nos sintamos defraudados. 


Pero ¿Qué es la amistad?


La amistad básicamente es una relación de confianza, lo que implica un vínculo afectivo. Para que se dé es necesario el prerrequisito del respeto, esto es, admitir que la otra persona es como es, y aceptarlo. No significa que no se pueda discrepar o directamente oponerse a ella. Supone, sencillamente, entender que ella es tan persona como usted y, desde ahí, admitir que legítimamente tiene derecho a pensar y hacer como considere oportuno. Para que se genere y establezca debe existir un trato, una comunicación, entre ambos, que tiende a ser correspondiente, recíproca, y en el caso de la buena amistad, generosa. Uno aporta algo a esa persona, y de la misma manera, esto es, desinteresadamente, esa persona nos aporta algo. Una vez dados estos ingredientes, es fácil entender que la lealtad surja de manera espontánea.


Supongo que todos tenemos la experiencia de conocer a gente durante largo tiempo. Personas que han estado en nuestro círculo de amigos y que, por unas circunstancias u otras, siguen estando en nuestra vida, pese a que no nos una nada sólido. Es una amistad coyuntural, meramente circunstancial. Igualmente, habrán conocido a personas con las que han conectado de manera rápida, instantánea quizá, personas con las que ha habido una progresión afectiva que ha sucedido de la forma más natural, sin saber exactamente por qué.



La amistad auténtica, la esencial, según Emilio Lledó, es aquella que busca el bien del otro. Es por su propia constitución emocional que esa persona busca ese bien, que en buena lógica, redundará también en beneficio propio. Aunque mi definición favorita de amigo es la de aquella persona con quien puedes hablar como hablarías contigo mismo. Como sea, el resultado es un lazo constructivo, una relación fértil afectiva y psicológicamente, que amplía nuestra perspectiva de lo que es la vida y de lo que somos nosotros, y nos permite aprender (de nuestros errores o aciertos, o de los suyos). En suma, que nos proporciona nutrientes para el crecimiento personal. 


Y no solo eso. La amistad nos permite avanzar en nuestra existencia, relativizando la incertidumbre y temores, sabiendo que mitigará el dolor de las adversidades y compartirá nuestras satisfacciones. Un inestimable salvavidas en caso de que naufrague nuestro barco. En ocasiones, la última línea de defensa frente a la ofensiva de la desesperación. Una apuesta a nuestro favor, incluso en los momentos en que, ni siquiera nosotros, apostamos por nosotros mismos.


Esas peculiaridades de la verdadera amistad.


Es probable que la amistad tenga más que ver con nosotros que con el otro/a. Hablamos de amistad y solemos aludir a algo que depende de los otros. Puede suceder que pasemos por alto un aspecto central: El cómo y cuánto nos sintamos con nosotros mismos influirá directamente en el tipo de relaciones que podemos establecer. Las distintas cualidades, inquietudes, y facetas que conforman nuestra personalidad (y forma de sentir) están intrínsecamente relacionadas con el tipo de amigo que encaja con cada individuo. Si soy capaz de sentir empatía, de ser asertivo, de conocerme a mí mismo,… puedo apreciar, saborear, y sentirme atraído por esas mismas cualidades en otros. Quiero decir que si soy desconfiado por naturaleza (estilo Golum), o me muestro intolerante (como cualquier terrorista armado) o desagradablemente egocéntrico (estilo Justin Bieber) o no tengo capacidad para sentir compasión (estilo Charles Manson), me va a costar mucho hacer buenos amigos a lo largo de la vida. No se trata tanto de lo que quiero como de lo que ofrezco. 



Esto enlaza con sus cimientos. La amistad es un acto de voluntad, pero sobre todo, de libertad. Uno puede ser compañero de otra persona por motivos laborales, vecino de alguien por causas meramente geográficas, hermano de otro por orígenes familiares, aliado por compartir intereses, cómplice por razones delictivas, etc… pero ninguna de estar relaciones cumplen con el requisito obligatorio de que esa persona quiera ser amigo de otra y viceversa. En la amistad verdadera debe existir una conexión particular, una atracción, una afinidad, quizá difícil de identificar o imposible de describir. Pero es esa inclinación hacia esa persona la que promueve la generosa correspondencia. En ese sentido, no podemos ser amigos exactamente de quien queramos, sino de aquellas personas con las que exista química. Que puedan y quieran. Sí, quizá sea algo parecido al flechazo amoroso, pero sin el deseo sexual.


La amistad auténtica tiende a ser inclusiva, y este punto discrepa diametralmente del amor de pareja. La verdadera amistad es compatible y permisiva con otras amistades. Tiende a aunar, a comprender (en las dos acepciones del término, esto es, como capacidad superior de entender las circunstancias pero también como  sinónimo de abarcar). Mientras que el amor romántico o de pareja, en nuestra sociedad, posee un fuerte componente de exclusividad.


La verdadera amistad, subsiste.- Cuando ese algo que les une, es consistente, es sustancial, el factor espacio y tiempo se vuelve relativo. Quizá sea le punto que me parece más fascinante de este concepto, digno solo de personas con grandeza de espíritu. No se necesita disponer de la presencia física del amigo para saber que está ahí, así como saber que el motivo de su existencia no es atender nuestras demandas. No podemos exigir que esté disponible en cualquier momento ni para cualquier necesidad que tengamos. La amistad no determina obligación; solo predisposición.



Pero una vez establecido el enlace significativo con alguien, una vez esa persona se ha hecho acreedora de nuestra amistad, tal vínculo nunca desaparece. Claro está, excepto si traicionamos o somos traicionados en esa relación. El desprecio y la deslealtad son los enemigos naturales de la amistad. E incluso, dados estos supuestos, una amistad verdadera nunca es irrecuperable. Amistades distanciadas, en el espacio y/o en el tiempo, aún sin contactos esporádicos, pueden mantener el vínculo. Se encuentra ahí, dormitando, hibernando, pero no ha fenecido. La demostración empírica de esto se observa en las recuperaciones espontáneas de amigos. Esa batería que parecía haberse agotado, hallarse definitivamente descargada, en el momento en que se actualiza y se hace presente el amigo/a, se vuelve a mostrar con toda su potencia y consistencia, mostrándonos que puede llegar a ser incombustible. Es algo así como si nos encontráramos en una habitación escuchando un CD musical. Por circunstancias hemos de irnos, así que pulsamos la tecla pause del reproductor. Pasa el tiempo y no volvemos hasta años después. En la misma estancia encontramos el reproductor. Pulsamos la tecla play y vuelve a sonar la melodía. Y lo hace exactamente en el mismo punto en que la dejamos.


No me digan que este suceso no tiene algo de mágico.


En definitiva (y ustedes lo saben), este tipo de amistad tan especial es un bien escaso. Como con todo en la vida, depende del factor suerte que nos crucemos con ellos/as, que los encontremos, y depende posteriormente de nuestra elección de fomentar esa unión. La satisfacción que se alcanza cuando uno puede ayudar a un amigo es tan gratificante o más que la percibida cuando se recibe ese apoyo. Tanto que mi dilema no es estar predispuesto a ayudar a mis amigos en el momento crítico, quiero decir, cuando realmente les haga falta, sino el tener la oportunidad de hacerlo. Hay algo peor que no asistir a un amigo cuando lo necesita: querer ayudarlo/a y no tener la posibilidad de hacerlo.


lunes, 12 de octubre de 2015

CITA: Tu eres tu y yo soy yo





Yo soy yo.

Tú eres Tú.

Yo no estoy en este mundo para cumplir tus expectativas.

Tú no estás en este mundo para cumplir las mías.

Tú eres Tú

Yo soy Yo.

Si en algún momento o en algún punto nos encontramos es hermoso.

Si no, no puede remediarse.

Falto de amor a mí mismo cuando, en el intento de complacerte, me traiciono.

Falto de amor a ti, cuando intento que seas como yo quiero, 
en vez de aceptarte como realmente eres.

Tú eres Tú y Yo soy Yo.

                                                                                        (Fritz Perls)






“Yo hago mis cosas y tú haces las tuyas.

En muchas de las cosas que hago, tú tienes mucho que ver,

Y en muchas de tus cosas yo he contribuido.

Yo puedo ser yo contigo mientras tú puedas ser tú conmigo.

Yo seré yo mientras tú seas tú;

Y aunque por casualidad nos hayamos encontrado,

Continuemos juntos o separados,

nuestra vida nunca volverá a ser la misma ya que

nuestro encuentro nos habrá enriquecido”

        (C. Vázquez Bandín)



domingo, 13 de septiembre de 2015

#10. Esa cosita loca llamada amor



No deja de llamarme la atención el inusitado éxito que están teniendo las redes sociales especializadas en lo que se ha llamado dating, matchmaking, contactos,... en definitiva, eufemismos del clásico ligar o buscar pareja.



En estos portales, efectivamente, se ponen en contacto a personas interesadas en conocer a otras. Tanto si se busca el trato carnal, como si es espiritual, como si es una combinación de ambos, como si no sabe qué es lo que busca, la estrategia de indagación consiste en describirse uno mismo (cuantas más facetas de su vida, mayor definición), a fin de que los interesados puedan discriminar, distinguir, de entre esa marabunta de gentío, aquellas personas afines. Si hablamos de amistad, no suele ser demasiado difícil, puesto que  partiendo de hobbies o áreas de actividad comunes, se pueden encontrar personas afines. Si hablamos de interés, igualmente puede ser efectivo (aunque el interés sea matrimoniar), siempre que juzgue cumplidos un mínimo de criterios que se consideren relevantes. Pero cuando se trata de amor, y aquí me refiero estrictamente al sentimiento puro y sincero, la cosa no la veo tan clara.


A falta de parámetros concluyentes, se presupone que cuantas más áreas de interés compartan dos personas, mayor posibilidad de enamorarse. Desde el trabajo que realizas, a la altura que gastas, actividades que te gusta hacer en tu tiempo libre, deportes favoritos, lugares ideales, etc. La lista de factores a valorar es interminable (algunos de ellos, insólitos) y, proporcionalmente, igual de tedioso resulta rellenarlos. Incluso suelen adjudicar un breve espacio para autodescribirse de manera personal, que... ¡oh!, ¡sorpresa!, casi nadie aprovecha. O se usa para decir lo que todo el mundo (una sarta de estereotipos e ideas prefabricadas que voy a evitarles el sonrojo de citar) o se deja en blanco, sin rellenar (¿la única oportunidad de destacarte propiamente, de definirte, y la dejas pasar?). De cualquier manera, el resultado final es un listado de características y cualidades humanas que te describen como persona, pero solo eso. Pura física. De esa misma manera se puede detallar cómo es un edificio o retratar un coche, pero no me dicen nada de lo realmente relevante en el amor: El cómo me hace sentir esa persona. Parafraseando las palabras de Clinton a Bush, sobre cómo iba a ganar las elecciones: ¡Es la química, estúpido!



Preciosa la chica, oye. Le gusta esquiar y hacer senderismo, como a mí. Las películas de aventuras y la música actual ¡Qué casualidad! La playa y salir a cenar, sus actividades favoritas,... Si continúan sumando ítems coincidentes debe llegar un momento en que no le quede más remedio que concluir que acaba de hallar a la chica de su vida. Ahora pasamos a la prueba del algodón, el infalible examen de la realidad. Quedas con ella, te tomas algo, y cuando la conocemos, aún en el caso de que haya sido completamente sincera (algo no tan fácil, incluso cuando esa haya sido la intención) resulta, que sí, que bien, que es agradable y simpática, que me gusta… pero no me dice nada, no me llama. No hay conexión.


Imagínense que desean adquirir una obra de arte. No tanto por vanagloriarse de su propiedad, tampoco como táctica de inversión económica, sino que lo hacen por el loable y romántico (en el sentido que le daban en el siglo XIX a este término) deseo de disfrutar de ella, de emocionarse contemplándola, de dedicar tiempo a sentirla y apreciarla. Supongamos que sus circunstancias no le permiten encontrarla en su entorno de vida cotidiano, así que decide buscar por internet. Y héteme aquí que, en vez de encontrar una sala de exposiciones virtual o la galería de un marchante de arte, se topan con webs que tratan de encontrar la obra de arte perfecta para usted, para lo cual les empiezan a hacer preguntas:
- ¿Escultura, pintura, audiovisual, teatral,...?: ¡Qué sé yo! El Laocoonte y sus hijos me encanta como escultura, pero La noche estrellada de Van Gogh también me gusta a rabiar, y no digamos las obras de Miura y Jardiel Poncela puestas en escena...

Bueno, de acuerdo, acotemos el ámbito de búsqueda. Supongamos que nos ceñimos al arte pictórico.
- ¿Dimensiones del cuadro?
- ¿Altura, ancho, perímetro,…?
- ¿Qué colores quiere que contenga su obra de arte? Amarillo, bermellón, cian, azul cobalto, magenta, negro, rosa palo, verde aguamarina...
-¿Intensidad, matiz y brillo de cada color? ¿En qué proporción quiere que se encuentren estos colores combinados?
- Carboncillo, pastel, óleo, acuarela fresco, gouache,...
- Surrealista, Art Decó, Naif, Transvanguardia, Expresionista, impresionista, mediopensionista,...

Por supuesto, que ya seguiría hasta el final, para ver en donde acababa todo eso, pero, ¿qué pensaría usted de este sistema para identificar una obra de arte que le conmueva?


Pues eso. Lo mismo pienso yo.



No obstante, estas webs cuentan con factores a favor, entre otros, el que las personas inscritas tienen el deseo de encontrar a otra, que como motivación, no es nada despreciable. Muchas de ellas están deseando enamorarse, y con esa predisposición, es posible ser muy indulgente con los defectos del recién conocido/a y disfrutar de sus virtudes, que se hallarán ampliadas a la enésima potencia gracias al factor novedad. Pero, continuemos con nuestra búsqueda del sentimiento limpio y profundo. Excluidos el criterio “sí, necesito enamorarme” (que sesgará su juicio, el emocional también) y el criterio “quiero tener pareja” (que también trabajará, de manera consciente o inconsciente, y con entusiasmo a favor de adecuarse a alguien), supongamos que logramos mantener intacto el fundamental: Busco una relación íntima, realista, saludable, plena y significativa. Una relación que me aporte, lo que implica que debe mover sentimientos dentro de usted y promover actos o hechos fuera de usted, consecuentemente, fortalecer sus potencialidades, promover el crecimiento de su persona(lidad). 


¿Y eso qué es lo qué es? Por mucho que a usted le indiquen todos los ingredientes que conforman una vichyssoise de puerros con jamón escaldado sobre lecho vegetal decosntruido, por muy apetitoso que suene el nombrecito o muy claro que le queden sus ingredientes, hasta que no la pruebe no sabrá si le gusta o desagrada. Si es algo por lo que merecía pagar la pasta que probablemente le cobren en ese restaurante minimalista o ha sido tirar el dinero. O quien sabe si, tras probarlo, le sucede algo parecido al crítico gastronómico de la película Ratatouille: se le quedan los ojos clavados en el horizonte, el cuerpo petrificado y su cerebro, iniciado un denodado e infructuoso esfuerzo por encontrar en su memoria un sabor parecido con el que poder contrastar, termina por rendirse, dejándose inundar por el sabor más espectacular, satisfactorio y fastuoso que sus papilas gustativas hayan tenido nunca el placer de saborear. Pero esto, como todos sabemos, solo pasa en las películas. Aunque, les digo, nunca descarten el aforismo que dice “la realidad siempre supera a la ficción” (aunque en pocas ocasiones). 


Pero, como todos sabemos, quererlo es una cosa y que aparezca es otra. Se puede elegir con quien estar o convivir, pero no de quién se enamora uno. En cualquier caso, me parece claro que tener meridianamente claro lo que encuentra uno satisfactorio en una relación sentimental nos ayudará a no meternos en callejones sin salida y obtener mejores resultados que el simple método de ensayo/error.


Al respecto, solo puedo dar unas breves recomendaciones, por lo demás  básicas, pero que son de lo único que puedo hablar dada mi experiencia personal:


1. Aclárese y concrete qué busca usted en otra persona.- Esto implica conocer en cierta medida sus necesidades personales. Y una labor de introspección medianamente fiable requiere de cierta madurez. No se trata de redactar un decálogo estricto e inamovible de características que debe tener la otra persona, pero sí saber cuales de ellas son imprescindibles (humor, ternura, comprensión, pasión, admiración, etc.) para que usted se sienta bien con ella.  Obvio que a más exigencia, más dificultad para encontrar la persona adecuada. De manera que, no esperen que sea ni inmediato ni directo. De hecho, todo apunta a que tendrá que pasar tiempo, o igual ni aún así. Pero si se encuentra en esta búsqueda (y entiendo que si ha leído hasta aquí, lo debe estar) considere que rebajar el listón probablemente le lleve a estar con alguien, pero quizá no a estar satisfecho con ese alguien. No estaría de más plantearse seriamente evitar perder el tiempo y no hacérselo perder a otra persona.


Una vez encuentre a alguien que le haga tilín, el dilema subsiguiente sería otro. Pero ¿Qué siento por esta persona? ¡Ahí es nada! La pregunta del millón. En la fase de post-impacto, esto es, una vez se ha disparado el sentimiento, el ardor con el que haya entrado en su vida esa persona, las fastuosidad de su presencia, las necesidades que palpitan bajo su piel, etc. pueden confundirle, o impedir obtener una respuesta clara. Le escuché a Jose Antonio Marina una estrategia, que si bien no es definitiva, creo que puede dar una orientación más fiable. No se centren en “qué siento por esta persona” sino en “qué me gustaría hacer con esta persona”. Con esta persona me gustaría practicar coito tras coito en una noche de locura y desenfreno. Con esta persona me gustaría conversar largamente mientras paseamos frente al mar. Con esta persona me gustaría convivir. Con esta persona me gustaría salir de copas,... Sumen y resten las cosas que le gustaría hacer con esa persona y tendrán datos para poder etiquetar lo que sienten con mucho más acierto: Sexo, amigo/a, pareja, esposo/a, amigo/a con derecho a roce, compañero/a de farra, etc. 


2. Busque alguien con quien esté a gusto.- Aunque suene de Perogrullo, se trata de encontrarse, de estar en contacto (por tanto, físico) con alguien. Esa presencia debe hacerle sentir bien, debe ser grata, que no es necesariamente igual a que le guste estar con ella. Puede gustarnos estar con una personas atractiva o seductora, pero que en el trato cotidiano sea insufrible. Me refiero más a que esa figura le inspire confianza, y que lo haga de manera natural. Por decirlo de alguna otra forma, una persona con quien la cosa fluya, con quien haya conexión, con quien pueda ser como usted es, y encima, eso le haga sentir bien. Características como las mencionadas antes (el respeto, la capacidad de comprensión, la ternura, la generosidad,...) suelen promover y generar esa química, ese bienestar. No se me olvida incluir también el sexo, que tiene un peso específico. Si se encuentra en este estado emocional, el deseo, las ganas de la otra persona, deberían manar de forma espontánea. Y es un factor crítico. No se trata de lograr alcanzar el éxtasis absoluto ejecutando piruetas circenses como en aquella peli (bueno, igual sí), si no de que a usted le parezca satisfactorio. Si no lo siente así, igual el sentimiento tiene más que ver con la amistad o el altruismo.



3. Busque alguien con quien le guste conversar.- No se trata de mantener entrevistas filosóficas trascendentales ni tampoco de cotillear de los amigos. Me refiero a alguien con quien se entienda, con quien comunicarse sea algo placentero, esto es, con quien le guste compartir. El amor es una larga conversación, de manera que la comunicación debe funcionar puesto que es fuente de gratificación en sí misma, promueve la complicidad, aparte de que, no les quepa duda, cuando la cosa se atranque, será la herramienta por excelencia para resolver problemas en la relación. A mayor entendimiento, mayor complicidad, mejor humor, mayor sensación de que esa persona nos aporta.


4. Busque alguien en quien encuentre reciprocidad.- No solo en la actitud de apoyo y cuidado que debe imperar en una relación sana y profunda, sino en la calidad de esa correspondencia. Tan sospechoso me parece, en este punto, una entrega desinteresada y absoluta (porque entonces la persona está dejando de quererse a sí misma y acercándose peligrosamente al abismo de la dependencia emocional) como igualmente vano entiendo el caso opuesto, en que la otra persona no le corresponde, o no lo hace en la medida que debiera. Si no le ama, si solo se deja querer, me temo que no hay caso. Podrá conseguir su afecto, su compasión, su buena voluntad,... pero no existe la química. Una actitud honesta, en ese supuesto, sería aceptar la realidad y dejar de marear la perdiz.     


5.- Pero por encima de todo, busque a quien busque, debe ser usted mismo.-  Quizá no lo parezca, pero la variable fundamental de la ecuación amorosa no es la otra persona: es uno mismo. Sea cual sea la relación que se establezca, ese sentimiento que anida en su pechito solo será suyo. Por descontado que entiendo lo compartirá con la otra persona. Pero el cómo ella lo perciba o asimile o sienta está fuera de nuestra competencia. Es algo que pertenece estrictamente a ella, tanto si lo comparte y es recíproco, como si no. De manera que me parece sensato resaltar que usted solo es propietario de su sentimiento. Su obligación ética es disfrutarlo, cuidarlo y potenciarlo. Y obviamente, tratar de elicitarlo en su partenaire, para que ambos puedan regocijarse y deleitarse. Pero si la otra parte no le corresponde, puede entristecerse por ello, lamentarse o clamar al cielo, pero lo que no puede es renegar de lo que ha sentido y siente. Ese sentimiento es lo único realmente suyo. Es su obra, su retoño, parido, alimentado y criado por usted. 



Y hasta aquí puedo leer… Lo que después decida(n) hacer con ese sentimiento será una decisión personal. Dependerá de cada uno de ellos el cómo prospere la cosa, que ese sentimiento sea la base de una aventura, de una pareja, de un matrimonio, de una familia numerosa, etc. Tampoco está de más destacar que, aunque usted busque el amor verdadero y lo encuentre, desgraciadamente, el amor solo, no basta para asegurar una relación plena y satisfactoria. Pero con el mismo convencimiento les digo (y de esto no me cabe la menor duda) que es el más sólido y fiable cimiento para iniciar una relación íntima y profunda.