miércoles, 31 de marzo de 2021

62#. El adictivo negocio de robar nuestra atención

Unos meses después de estrenarse la serie de televisión Gambito de Dama, la federación internacional de ajedrez informa haber recibido más solicitudes de mujeres en dos semanas que en los últimos cinco años. No solo eso, el número de jugadores de ajedrez se ha multiplicado por cinco en Chess.com, las búsquedas de tableros de ajedrez en eBay han aumentado un 250% y las ventas del distribuidor internacional de juegos Goliath Games han subido un 170%.



El éxito de este juego, desde luego que no radica en ser la última novedad (el ajedrez data del 3.000 a.c.), ni en una campaña de sensibilización del Ministerio de Educación (que tampoco hubiera sido mala iniciativa), ni siquiera por que hallamos tomado consciencia de las destrezas cognitivas y actitudinales que fortalece. Lamentablemente, este boom es fruto de la causalidad. La publicidad recibida circunstancialmente por el éxito de la serie ha hecho que fijemos nuestra atención en el ajedrez.

Sirva este dato para ejemplificar la trascendencia que tiene una de nuestras facultades más necesarias, que paradójicamente, tenemos más descuidada: la atención. En esencia, este proceso cognitivo (que nos permite focalizar y concentrarnos en un aspecto concreto de nuestro entorno) es la ventana por la que entra la información a nuestra conciencia. Sería algo así como la linterna que encendemos cuando bajamos al oscuro sótano de casa. Tenemos conciencia de aquello que ilumina el haz de luz, de manera que tener el control de la linterna es un factor crítico. Si enfocamos y descubrimos una muñeca antigua con pinta diabólica, nos sentiremos angustiados; si encontramos el cofre de nuestro bisabuelo con su colección de monedas antiguas, sorprendidos. Si lo que vemos es nuestro libro de lectura del jardín de infancia, nostálgicos.

Toda esta explicación viene a que nuestro estado de ánimo depende de lo que nos transmite aquello que captan nuestros sentidos, aquello que nos muestra nuestra atención. Y dense cuenta de dos cosas: la desmesurada importancia que le damos a cómo nos sentimos (de hecho, solemos definirlo con el término de felicidad) y por otro lado, la cantidad de atención que malgastamos en irrelevancias y distractores. De estos últimos, los que me parecen más preocupantes son aquellos milimétricamente estudiados para lograr colarse en nuestra conciencia, y a partir de ahí, intentar dar un golpe de mando para controlar nuestra motivación. 


Este es el cotizadísimo valor que buscan en nosotros: captar nuestra atención. Atraerla. Les diría que casi es más un intento de secuestro que otra cosa. ¿Quienes tratan de adueñarse de nuestra atención? Pues las empresas tecnológicas, redes sociales y televisión, aplicaciones... En verdad, todos esos anunciantes que interrumpen nuestro día a día aspiran a adueñarse de ella. Sean conscientes o no, existe toda una industria dedicada a absorber nuestra atención, y lo hace a escala industrial; desde la notificación o el reclamo de tu red social favorita a cualquier spot televisivo (sangrante me parece el caso de las empresas de juego on line, que nos acribillan impunemente con ofertas tentadoras con el único fin de engancharnos a un vicio).

A Tristan Harris se le ha definido como lo más parecido a la conciencia ética de Silicón Valley. Antiguo ingeniero de una de esas omnipresentes redes sociales que todos conocemos, denuncia que la tecnología nos está convirtiendo en adictos. Lo hace sin que nos demos cuenta, por puro negocio (sus ingresos económicos alcanzan cifras realmente estratosféricas) y encima argumentan que lo hacen por nuestro bien.

James Williams (ex empleado del buscador omnipresente en internet) renunció cuando se dio cuenta de que los objetivos de su empresa no estaban alineados con sus valores personales. Afirma sin pudor que nos hemos convertido en siervos de estos nuevos señores feudales (tecnológicos). Solo que nuestra servidumbre no deriva del trabajo, sino de nuestra atención.

Sutilmente, imponen la manera de relacionarnos, condicionan nuestra capacidad de conversar y, si lo proyectan al futuro, ponen en peligro la democracia… Gratuitos o no, los productos digitales empiezan a esclavizarnos: nuestras decisiones cada vez son menos libres, están marcadas por sus intereses que no son los nuestros. Y por si fuera poco, con nuestra atención cae preso nuestro valor más relevante: el tiempo.

 

Solo les digo que estén pendientes de aquello que reclama su atención, y antes de concedérsela, decidan si merece la pena: si es constructivo o valioso para sus vidas. Pero sobre todo, que no caigan en la trampa de cederles su atención por que les estarán regalando mucho más que eso.

Recuerden a Gordon Gekko, el inmisericorde broker de la película Wall Street. En ella propugnaba el dinero como valor supremo. Veinte años después, en la segunda parte del film, habla con su yerno (que aspira a ser como Gordon). Cuando le pregunta cual es el activo más valioso de la vida, el chico no duda en responder: "El dinero". "En la cárcel he aprendido que en la vida el valor esencial no es el dinero, sino el tiempo", le contradice Gekko. "Y por cierto, el tuyo se te está acabando".

viernes, 26 de febrero de 2021

61#. El valor que nos regala Pau Donés

"Vas por ahí sin prestar atención, y cae sobre ti una maldición", cantaban los Radio Futura en los 80. Y este estribillo tiene más razón de lo que pueda parecer a primera vista. Vivimos sin ser plenamente conscientes de lo que es relevante, de lo esencial, de lo irrenunciable, dedicando este recurso escaso (nuestra atención) a miles de ocupaciones y preocupaciones, reclamos e intereses, en nuestro diario devenir. La mayor parte de ellas son prescindibles, y a pesar de ello suelen ocupar la mayor parte de nuestro precioso espacio mental, en donde arrinconan (incluso expulsan) lo que realmente es significativo: aquello que nos motiva en la vida, aquello que nos hace levantarnos y bregar con el día a día, lo que nos permite soportar frustraciones y adversidades. Esos valores que nos guían deberíamos tenerlos siempre presentes; quizá en un segundo plano, pero sin perderlos nunca de vista.

 


Me da igual que lo que más les motive en la vida sea su familia, sean sus amistades o sea su pareja. Puede que una de las cosas más importantes para usted sea una virtud clásica, como la honestidad o el altruismo, o quizá la capacidad de seguir aprendiendo o la espiritualidad. Conozco a un tipo cuya vida gira en torno a escalar montañas; y cuando digo esto me refiero a que t-o-d-o en su vida gira en torno al montañismo (amistades, trabajo, tiempo,...). Es su vida ¿cierto?. Lo determinante es que aquello que realmente valoran de su existencia esté presente en su vida, en disponible en su cabeza. 

 

 

En este momento entra en juego la mayor amenaza que se cierne sobre nosotros: nuestro entorno social. Y con esto me estoy refiriendo a todas las influencias que nos llegan desde fuera (redes sociales y mass media, creencias y prejuicios dominantes, verdades y postverdades,...). Este hábitat se ha vuelto un tanto agobiante; de hecho, lo percibo cada vez más absorbente. Los inputs que recibimos cotidianamente se han vuelto más invasivos, y en su inmensa mayoría, con el único objetivo de hacerse con el santo grial del consumismo: nuestra atención.

Ska-p gritaban:" Puto dinero siempre con el agua al cuello, esta es la vida de un consumidor. Esclavo de la puta publicidad, esclavo soy. Esclavo la sociedad del bienestar, no es para todos por igual". Esto no tengo que recordárselo yo; ustedes están hartos de ver, oír y escuchar, por activa y por pasiva, reclamos publicitarios o propagandísticos que les obligan a pensar en algo que no es necesario para nuestras vidas: pongan aquí la urgencia de cambiar de coche o casa, la obligación de estar hiperinformado sobre la evolución pandémica o el conflicto político de turno; el ostracismo ha que son condenadas fortalezas personales tan naturales y terapéuticas como el simple hecho de estar a solas con usted mismo. Esta captación de nuestra atención es una batalla sutil, no declarada y que pasa desapercibida; pero que está sucediendo. 

 


Pónganse en guardia y controlen una de las más potentes herramientas para manejar su vida: la atención. Por que aquello a lo que dedicamos nuestra atención es lo que conformará su vida. Y el sistema trata de captar, de secuestrar, esa atención para convencernos de que necesitamos algo que ellos pueden vendernos, pero que en su mayor parte no necesitamos para vivir una vida plena. Para disfrutar de lo que tenemos en la vida. Para centrarnos en lo realmente importante.

 


El domingo pasado, tras ver la entrevista al cantante de Jarabe de Palo, la sensación agridulce que tuve durante su emisión dio paso a un cierto estado de alivio. Una sensación que, cuando pude identificar, me pareció sorprendente, puesto que iba preparado para visionar una conversación dramática con una persona que sabe que tiene sus días de vida contados. Y dramática fue, pero no lacrimógena ni sensiblera, sino digna y sustancial.

Antes de la emisión, llevaba varios días agobiado por una cuestión laboral. La nueva responsabilidad que me había adjudicado mi jefe, en virtud del artº 33 (o sea, por que yo te lo mando) me parecía injusta y se me antojaba desbordante. Tras escuchar las palabras de Pau Dones, tan preocupación había disminuido mucho la relevancia que yo le daba y perdió mucho de su poder mortificante.

¿Era menos responsabilidad que cuando me la adjudicó? Obviamente, no. Mi circunstancia era la misma antes que después del documental, sin embargo, al poner mi atención en las palabras de Pau, en lo que él consideraba realmente importante en la vida, volví a conectar con cosas más significativas, más trascendentales en la vida que la susodicha responsabilidad. El discurso de aquel hombre, tan honesto como deshauciada era su situación, hizo que recuperara y volviera a atender a un valor tan esencial e inapelable como es validar la vida. Ante las dimensiones de la vida, cualquier preocupación o problema queda empequeñecido. Como él mismo decía, "bonita la paz, bonita la vida, bonita la verdad, bonita la amistad, bonita la gente que gana y que pierde, que habla y no miente. Por eso yo digo, todo me parece bonito".

 


Sea cual sea tu problema, mientras hay tiempo, hay esperanza. Quedarte sin tiempo, que se te acabe la vida... eso sí es un problema. Ese es el problema; el único real. De manera que quizá sea el momento de tomar conciencia de "lo que es bueno en tu vida, lo que es puro, lo que es seguro. ¿Qué es sagrado en tu vida?" (The Cult -"Sacred Life").

domingo, 31 de enero de 2021

60#. Populismos: Hay algo que no es como me están contando

Quizá en los últimos tiempos les haya desconcertado la avalancha de acontecimientos que nos asedian a diario, y quizá, también, hayan tenido la desasosegante sospecha de que nos estamos volviendo locos. Me tranquilizaría confirmarlo, puesto el que nivel de tensión social, que alcanza cotas inéditas de histrionismo, no hace más que espolear en mi cabeza machaconamente una pregunta con la fuerza de un martillo hidraúlico:


Lejos de haber alcanzado una respuesta definitiva, apenas dispongo de unas pistas que me acercan a alguna certeza. Y la más desconsoladora de ellas es comprobar que cada vez se aprovechan más de nosotros, de los ciudadanos. Conste que no estoy realizando una afirmación de perfil negacionista o conspiranoico: es una mera constatación. Qué otra cosa pensar cuando observo que las únicas cartas que recibo son de bancos, empresas eléctricas, aseguradoras, ademas de esporádicas solicitudes de mi voto, por parte los partidos políticos. Si no tienen la molesta sensación de sentirse usados, revisen la cuenta de gastos que tienen a final de mes (impuestos de todo tipo y color, cargos/comisiones a poco que nos descuidemos, pago de variadas cuotas de productos "necesarios",...). La impresión emergente es que a las instituciones u organismos, sean privados o públicos, les intereso exclusivamente por mi carácter de contribuyente, como sujeto susceptible de aflojar la pasta.

Dudo que hayan visto muchas iniciativas que promuevan nuestra protección o bienestar cómo ciudadanos de derecho. Ni siquiera por parte de las instituciones públicas, que son las que deberían de velar por nuestros intereses (de hecho, casi han tenido que institucionalizarse las asociaciones privadas de consumidores a tal efecto). Igual les parece que exagero si digo queme siento vampirizado, pero ningún ente público ejerce acciones legales efectivas contra el curioso sistema de contabilizar la electricidad por las empresas del ramo (cobrándola más cara cuando más la necesitamos), no hay un arrope sólido del estado cuando somos víctimas de estafas tan clamorosas como las famosas hipotecas subprime, o las más desapercibidas claúsulas suelo asociadas a la firma de un préstamo; ni siquiera se cuestiona el simple hecho de que en un préstamo bancario se nos obligue a pagar primero los intereses que el capital prestado.

 

El sistema socioeconómico que rige nuestras vidas hace ya tiempo que empezó a utilizarnos para sus propios fines, pero tengo la angustiante impresión de que han decidido dar un paso (cualitativo) más: ahora tratan de colonizarnos ideológicamente, de controlar nuestras convicciones. Me imagino a alguna privilegiada cabeza pensante, en alguna flamante junta directiva, pensando: ¿Y si además hacemos que luchen por nosotros?

Siempre ha habido ciudadanos moderados y los ha habido exaltados; unos más tolerantes y otros radicales. Los equilibrados, por definición, son estable y razonables, ergo, no son útiles al poder: ¿a quien le interesa un filósofo en mitad de una guerra? Aquella utópica paz social, el fin último al que aspiraban nuestros dirigentes de antaño, se ha disuelto como un azucarillo en el agua. No dejan de surgir dirigentes populista cuyo discurso no se dirige a que simpaticemos con tal o cual ideología (política, religiosa, económica,...), ni convencernos legítimamente con los argumentos veraces; solo buscan adoctrinarnos. El populismo trata de embaucarnos con soflamas y medias verdades, usando la frustración de la ciudadanía (frustración que no tiene nada que ver con los opuestos sino que inherente al sistema) para que luchemos contra quienes no piensan igual que ellos.


Los ciudadanos somos transformados en soldados, nos pertrechan generosamente de munición (eslóganes y sermones, sean verdaderos o falsos) y se nos arenga como a las tropas antes de entrar en combate: Lo que antes era la defensa de un ideal ahora se ha convertido en la exaltación de un candidato. Los miembros de los grupos ideológicamente opuestos se convierten en enemigos sin que nadie se cuestione el porqué de tal hostilidad. Sitúan en el mismo emplazamiento y hora a los partidarios más radicales... Ahí tienen el impresentable asalto asalto al Capitolio de Washington de hace pocos días.

Sin aviso previo, la escala de valores se ha vuelto del revés. El capitán ya no es el último en abandonar el barco. La paz social ha dejado de ser la prioridad para los dirigentes. Y me da la impresión que hasta nosotros mismos hemos sido rebajados de categoría.  

Andémonos con ojo por que igual hemos pasado de ser ciudadanos con pleno derecho a meros adeptos con derecho a voto... y aún no nos hemos percatado del truco. 


 

 

jueves, 12 de noviembre de 2020

59#. No todos los sueños pueden alcanzarse, y menos el American Dream

El paradigma del American Dream, en la actualidad, no pasa de ser un lema caducado, un ensueño (si quieren verlo de forma más poética), que hasta al mismísimo presidente Trump se le está acabando.

Aunque siendo precisos, el amigo Donald no ha estado viviendo exactamente el ideal clásico del sueño americano. Si escarbamos un poco en la historia, aquel principio que prometía prosperidad, alcanzar una vida mejor a base de esfuerzo (sin que importara la clase social o riqueza o cualquier otra circunstancia de la que se proviniera), tuvo sentido en la época de los pioneros y padres fundadores del siglo XVI. Sin nociones de marketing ni publicidad, el lema de "La tierra de las oportunidades" se convirtió en un éxito arrollador que atrajo a miles y miles de colonos a un inmenso continente aún por explorar y explotar.

Hoy día, frases almibaradas como "puedes conseguir todo lo que te propongas" o "solo has de esforzarte y perseverar" están vacías de contenido, habiendo quedado solo para adornar las tazas de Mr. Wondeful. No demonizo este este tipo de sentencias motivadoras, siempre que se entiendan así, como estímulos para activarnos y guiarnos; quizá como ese balón de oxígeno que, en ocasiones, necesitamos para seguir avanzando. Pero es importante ser conscientes que el pensamiento positivo no es ni lo uno ni lo otro.

Una cosa es disponer de la capacidad de modelar nuestro futuro y otra hacernos creer que somos omnipotentes; es distinto constituirte como el protagonista central de tu destino que ser el único artífice. Y es que no podemos eliminar de la ecuación del bienestar, y menos tan alegremente como nos hacen creer, factores determinantes tales como el entorno afectivo del individuo o las circunstancias socioeconómicas en que vive inmerso. En consecuencia, cada vez más pensadores e intelectuales señalando que la libertad, la igualdad, los derechos civiles, y si me apuran, hasta el mismo sistema democrático, llevan años agrietándose, y cada vez es mayor la amenaza de rotura.

Aún así, seguimos sometidos al bombardeo cotidiano de este tipo de mensajes buenistas sin que nadie nos avise de su despiadado reverso. Si después de invertir sudor, sangre y lágrimas en pos de nuestro sueño, despertamos un día y descubrimos que solo fue eso, un anhelo, una fantasía, se nos hunde la vida. Y es que, en ese momento crítico, como vulgar oferta de hipermercado, recibimos dos reveses por el precio de uno: A la desalentadora frustración de no lograr nuestra meta hay que añadir el envenenamiento de sentirnos los únicos responsables de nuestra desdicha.

Pero a todos nos ha seducido alguna vez este paradigma, que fue tergiversado, al mostrar la excepción como si fuera la regla. Todos consideramos admirable el ejemplo de la estrella de cine que escapó de la miseria a base de dedicación, del empresario que de la nada fundó su gran empresa, incluso la prostituta a la que su príncipe azul (recuerden la famosa película de Julia Roberts) saca de su denigrante vida. Todos estos (vuelvo a usar la misma palabra) ejemplos, son solo eso, casos singulares; no todos podemos ser Steve Jobs o Hugh Hefner o Jenifer López. Y menos si no partes de una situación de ventaja socioeconómica. 

Este es el error esencial del sueño americano: se presenta como una aspiración colectiva cuando en realidad es un empeño personal. Una competición en la que, como vulgar concurso televisivo, todos los participantes aspiran a ganar, pero solo un candidato será el elegido/a, que además se lo llevará todo. Uno gana, diez fracasan. Con este paradigma se explica la situación actual en que unos pocos privilegiados (apenas el 1% de la población de EE.UU.) acaparan casi toda la riqueza del país, mientras que una inmensa masa social queda confinada por sus limitaciones.

Si el American Dream solo existe para los privilegiados, no nos es válido. La perversión del ideal radica en haberlo llevado a su extremo: aspirar a ser lo más, ganar el máximo de dinero, acumular todo el poder posible... sin reparar que esto va en detrimento del resto de ciudadanos. De manera que ha sido, precisamente, la riqueza extrema la que ha estrangulado al Sueño Americano. Tenemos un culpable y el móvil del asesinato, pero, ¿quién piensa dictar sentencia? 

Si quieren mantener vivo el ideal, o mejor dicho, resucitarlo, se necesita con urgencia una reformulación seria del mismo. Llámenme loco, pero...

¿Y si el sueño no fuera que un concursante lo ganara todo, sino que ninguno perdiera? Esto es, que todos ganaran algo, que todos los ciudadanos pudieran cubrir sus necesidades en vez de anhelar entrar en la lista de las mayores fortunas del país.

¿Y si se tratara, básicamente, de reducir la desigualdad social?

 

miércoles, 14 de octubre de 2020

58#. La literatura fue la primera de las redes sociales... y la única que no tiene contraindicaciones

Las redes sociales, como cualquier herramienta, basa su utilidad en el uso que hagamos de ella. La cuestión es que, nos demos cuenta o no, estos constructos virtuales hace tiempo que dejaron de ser una herramienta de uso para convertirse en una herramienta de abuso. Desde su nacimiento y durante el progresivo periodo de crianza, pensamos que se comportaban como lo hace un perro fiel al que hemos atendido desde su parto. Pero hace ya tiempo que empezaron a actuar como esa adorable mascota, pero cuando se ha infectado del virus de la rabia. 

 

 

La creación literaria fue la realidad virtual que tuvimos disponible desde siempre. Más rudimentaria, más simple... pero todas esas lecturas de infancia, juventud, adultez y vejez nos han proporcionado (y siguen proporcionando) una capacidad extraordinaria: la de ampliar nuestros horizontes, la de permitirnos salir de nuestra vida mundana para entrar en otras vidas, para vivir otras realidades,... Sus efectos en nuestro desarrollo personal eran instructivos (y constructivos), mientras que las redes sociales están modificando nuestra forma de relacionarnos, por tanto, alterando nuestra forma de ser (personalidad). Y me temo que esto no es una buena noticia.

Las virtudes que posee la lectura han sido demostradas empíricamente: la inmersión en una historia nos obliga a activar procesos mentales como la percepción, la atención, la memoria, el razonamiento,... No solo es una excelente forma de que nuestro cerebro ejercite sus funciones, si no que nos proporciona alicientes adicionales como la sensación de satisfacción, el incremento de nuestra estimulación, ser fuente de inspiración, desarrollar nuestra empatía,....

A este último factor deberíamos dedicarle más atención, puesto que al explorar las vidas de los personajes somos capaces de sentir lo que ellos: sus comportamientos y reacciones, sus sentimientos, sus pensamientos y creencias. La literatura nos ayuda a entender mejor a nuestros semejantes al ponernos en su piel. Además de involucrarnos emocionalmente, al introducimos en este arcaico (pero sustancial) simulador de la vida real podemos realizar inferencias y deducciones, elaborar hipótesis y alcanzar conclusiones. Definitivamente, la literatura promueve la comprensión social y, por extensión, mejora la convivencia en sociedad 

 


Aunque antiguos CEO's de las redes sociales más influyentes afirmen que su intención era ofrecer una herramienta que ayudara y ofreciera ventajas a las personas... pero no hay moneda que no tenga su cara y su cruz. Recuerden el argumentario para convencernos de que la fusión nuclear sería una fuente inagotable de energía para el planeta; pues recuerden también el poco tiempo que necesitaron para inventar la bomba atómica.

Sintomatología ansioso-depresiva aparte, la secuela que me parece más preocupante es la capacidad adictiva que poseen. Digo "poseen" y parece que me estoy refiriendo a algo innato o consustancial a ellas. Pero no es así: este potencial para enganchar al usuario es un efecto buscado. Hay una intencionalidad en el algoritmo que guía cada interacción para lograr que el sujeto pase el mayor tiempo posible enchufado a Matrix. Centenares de macroordenadores conectados, la esencia de la Inteligencia Artificial, solo busca que nuestra atención siga fijada en esa app o página web.

 


La velocidad y brevedad que conlleva la comunicación virtual difícilmente podrá sustituir a la concentración y tranquilidad que requiere un buen libro, relato o artículo para asimilar su contenido. Las conexiones a través de las redes sociales predisponen al contacto instantáneo y puntual, casi que meramente instrumental, permitiendo que la adicción aumente en tiempo real. Y es que, lejos de plantearnos disquisiciones o incongruencias, las redes nos ofrece cada vez más aquello que nos gusta. Con cada clic suministra más droga al consumidor, que se comporta como la cobaya de laboratorio pulsando la palanquita de comida de manera constante, casi compulsivamente. No es de extrañar, pues, que el sujeto experimente una falta de interés por el mundo real y actual en el que vive, en el que vivimos. El resultado es una tendencia al aislamiento (la ratita no quiere que le molesten mientras se droga) y por extensión, una promoción del egocentrismo o egoísmo (a la ratita solo le interesa seguir consumiendo). Un detalle llamativo es que mientras que al consumidor de literatura se le llama lector, sin embargo, solo dos industrias mundiales llaman "user" (consumidor) a sus clientes: la de las redes sociales y las de las droga.

Sobra decir, por si aún no lo han sospechado, que el objetivo del algoritmo es extraer el máximo beneficio de nosotros acaparando nuestra atención, sin importarle que nos volvamos más antisociales y egocéntricos, trayéndole al fresco que nos radicalicemos en nuestros posicionamientos y destruyamos la cohesión social necesaria en toda sociedad que pueda denominarse así.

Si esto les parece inquietante (entiéndase el eufemismo, por que a mí me empieza a parecer ya algo amenazante) no sé si debería decirles que los mismos padres de la criatura, aquellos que la crearon y siguen alimentándola, no saben cómo funciona la tecnología que manejan; como el monstruo de Frankestein, diríase que avanza con 'vida' propia.


Ya ven, escritores y creadores anticipando que la revolución de la inteligencia artificial nos llevaría a luchar contra robots que competían con nosotros (los replicantes de "Blade Runner") o a desencadenar directamente una guerra armada como la que provocó Skynet en "Terminator", y al final, va a tratarse de un dilema más bien cartesiano: ¿Cómo se sale de Matrix si no sabes que estás en Matrix?

miércoles, 9 de septiembre de 2020

57#. ¡Cuidado con creer demasiado a tus pensamientos!

Cuando ustedes hablan con alguien de estructura mental monolítica, que rechaza machaconamente cualquier punto de vista que no sea el suyo, se encuentran frente a alguien que, sencillamente, está fusionado a sus pensamientos, a sus convicciones. Ya sea un amigo nacionalista insistiendo en el origen sagrado de la patria, ya sea un cuñado conspiracionista disertando sobre las mentiras que nos cuentan los gobiernos, o un vulgar Pamiés promocionando su MMS (no se lo pierdan: las siglas de Miracle Mineral Solution, pero cuya composición química es la de la lejía) insistiendo en que cura el autismo y el cáncer. Todos ellos comparten una característica determinante: la rigidez mental. Esa misma que les impide salir de sus pensamientos y lograr la suficiente perspectiva para ser más flexibles y adaptativos. 

 
Solemos tomar nuestros pensamientos al pie de la letra, en particular, aquellos que se relacionan con nuestras creencias. Damos por sentado que describen de manera objetiva nuestro mundo (el exterior y el interior) y captan con precisión la esencia de la realidad. Si los tomamos como axiomas, es lógico que se deriven emociones y comportamientos congruentes con los mismos. Por decirlo sin ambages, nos los creemos del tirón; íntegramente y de manera casi automática, lo que dificulta bastante que observemos un dato capital: solo son pensamientos
 
Nuestros pensamientos no son tan definitivos como creemos. Son una mera reflexión sobre la forma de ser de las cosas. En realidad, no constituyen más que estrategias que pone en marcha ese órgano denominado cerebro para darle sentido al mundo, para resolver problemas, para orientarnos en la vida. Pero solo debemos darle validez (y por tanto, poder) en la medida en que nos sean útiles para esa función.

 
Lamento volver a citarlo, pero es que este espécimen lo merece: Cuando Trump empezó a automedicarse con hidroxicloroquina, explicó que lo hacía por que, él, creía en sus propiedades para prevenir el coronavirus (fármaco desaconsejado por las autoridades médicas). Aunque, claro, esto se queda en poco si recordamos que llegó a recomendar inyectar desinfectantes comunes (lejía, otra vez) a los enfermos de COVID-19. 
 
Salvo que esté llevando a cabo una soberbia actuación (en este caso, merecedora de un Oscar), la fusión cognitiva es este hombre con sus pensamientos es tan fuerte que llegó a afirmar que los médico no recomendaban dicho fármaco para que hubiera más fallecidos por coronavirus en el país y, de esta manera, él perdiera las próximas elecciones.
 
Una rigidez tal no solo es indicativa de lo poco capacitado que está un sujeto para funcionar en sociedad, sino que apunta ya a alguna categoría de problema mental (trastorno de la personalidad, por ejemplo). La fusión absoluta con nuestras creencias, esto es, creernos completamente aquello que pensamos, de manera acrítica y a pesar de no encajar con la realidad, en psicología tiene un nombre: delirio. Y no es un síntoma prometedor en un presidente de una nación, salvo que uno aspire a ser el mayor desquiciado del planeta. 
 
Y en el fondo, si les digo la verdad, puedo entender la causa. Esta reacción me parece del todo comprensible con la naturaleza humana (con la parte más miserable de ella, la verdad), por que obtener seguridad es esencial para nosotros. Constantemente tratamos de disminuir el grado de incertidumbres y dudas que impregnan todos los aspectos de nuestra vida, y empestillarse en una idea es una forma fácil (pueril, opino) de obtener una (falsa) seguridad. Pero igual de ilegítimo me parece que intenten convencernos a los demás de que esa es la verdad por el simple hecho de que ellos así lo crean.
 

Lo peor de todo esto, y es hacia donde iba esta disertación, es que se le otorga una prestancia a la persona convencida que, en mi opinión, no merecen. Tengo la impresión de que cuanto más obcecado y fanático el ponente, más convincente parece su discurso, más caso parece hacerle el público. Sirva la imagen del telepredicador abducido para ilustrar este punto, aunque igual pueden sustituir esta figura por la de más de un político-ideólogo conocido, por un periodista-tertuliano que un vidente echador-de-cartas.
 
Mi madre está tan fusionada a sus ideas religiosas que no lograba encajar que su yerno, a pesar de confesarse ateo convencido, (y según le inculcaron repetidamente en su educación, un individuo, de lo malo, lo peor) sea una persona tan trabajadora y atenta, responsable y leal. Los años y el contacto con la realidad le han ido mostrando que sus creencias no eran tan ciertas. Al menos a defusionarse, esto es, no tomarse tan a rajatabla lo que piensa. 
 
Al amigo Trump, no le deseo suerte ni lo contrario; sencillamente que asuma las consecuencias que se deriven del próximo tratamiento farmacológico contra el COVID-19 que se le antoje tomar. El otro de la lejía ya tiene denuncia y está siendo investigado por delito contra la salud pública y publicidad engañosa.
 
Lo más descorazonador, sin duda, son aquellos casos de fusión cognitiva extremos que, además, provocan daños irreparables. Todavía recuerdo la conmoción que produjo en Italia hace unos años la muerte de un menor, de 7 años de edad; el pequeño sufría de otitis y sus padres decidieron seguir un tratamiento homeopático, negándose a administrarle antibióticos. 

Podemos darle más o menos importancia al grado de congruencia que tienen nuestras creencias con la realidad, pero nunca debemos olvidar que la realidad manda. Antes o después, pero siempre.

lunes, 1 de junio de 2020

56#. La empatía nos hace solidarios. La solidaridad neutraliza al coronavirus.

Decía en una entrevista Luis Gómez-Escolar, nombre que no les sonará de nada pero tengan por seguro que han cantado alguna de las letras que compuso, que todos tenemos pérdidas que nos unen a otros. En este caso se refería canción Amiga, cuya letra compuso tras la muerte de la su esposa, Cecilia (sí, la talentosa cantautora). La realizó para consumo propio, pero se la pidió Miguel Bosé, y, claro... quién le dice no a Miguel.

Según el autor, Bosé la cantó muy emocionado, y de hecho, tuvieron que interrumpir la grabación del vídeo en más de una ocasión por que no podía evitar el llanto. La historia de Cecilia le llegaba muchísimo. "Todos tenemos en el alma una pérdida de ese tipo, a lo mejor no de esa gravedad, pero que nos hace solidarizarnos con las pérdidas irreparables", afirma Gómez-Escolar.

Aprender no implica empatizar.- La pandemia del coronavirus está dejando mucho daño y dolor a su paso, y lo presenciado, día a día. Más información no puede haberse dado respecto a los efectos del virus; más imágenes no podemos tener de hospitales desbordados por contagiados; más noticias no podemos haber recibido de cómo ha ido expandiéndose y afectando a todos los países del orbe. Y a pesar de todo esto, tampoco dejamos de ver individuos que desprecian los riesgos que comporta el virus y las medidas para prevenirlos.

Según la teoría del aprendizaje vicario (aprendemos a través de la observación), hemos recibido información suficiente para haber captado el mensaje, para saber lo que nos jugamos... pero parece que no todos.

Es posible que haga falta algo más. Quizá sea necesario trascender el mero aprendizaje. Me refiero a que, ser capaces de ponernos en el lugar de las víctimas, no es una consecuencia automática del aprendizaje. Debemos realizar un ejercicio, casi de prestidigitación emocional, para lograr meternos dentro de la piel de los damnificados, para desarrollar nuestra empatía hacia los desafortunados.

Los adversarios de la empatía.- Saber que alguien ha perdido a sus dos padres a causa del virus, no necesariamente nos hace conscientes del malestar que debe sentir ante tamaña pérdida. El factor distintivo es la empatía, esa facultad que nos permite experimentar una suerte de vivencia de tales sucesos, originando una enseñanza que cala más hondo, que no se queda en la simple retención cognitiva sino que trasciende hasta tocarnos la fibra sensible. Es la empatía la que nos permite ampliar nuestra consciencia y, por extensión, nuestra sensibilidad, dotándonos de mayor motivación para actuar correctamente.

Igual que todo héroe tiene su antagonista, la empatía tiene a sus enemigos naturales en el egoísmo o el individualismo (en el fondo, quizá el mismo concepto). Nuestros miedos y prejuicios individuales conforman un mecanismo psicológico que filtra la realidad para ajustarla a nuestros propósitos. De ahí derivan los comportamientos insolidarios y/o inconscientes que hemos visto durante la pandemia.

Solución solidaria.- Cuando sufrimos, cuando sentimos dolor, somos más juiciosos con nuestros actos (todos hemos acercado alguna vez la mano al fuego más de lo que debiéramos o sufrido algún revés sentimental). Igual si todo descerebrado que se salta alegremente las normas hubiera sufrido una pérdida irreparable en su vida estaría más concienciado; pero no debería ser necesario llegar a este extremo para emerja y florezca esa conciencia de que nos hablaba Gómez-Escobar.

Hemos de buscar un mecanismo para promover la empatía en los individuos con eficacia, para ser capaces de sacrificar el beneficio personal por el bien común, para actuar de manera solidaria. Tenemos decenas y decenas de ejemplos a lo largo de la historia, y lo hemos visto en miles de películas y novelas. No saldremos de esta sino cooperando entre todos; con las personas que forman nuestra sociedad; con las que, nos agraden más o menos, hemos de contar por que somos comunidad.

Esa ha sido nuestra ventaja evolutiva durante miles de años. Hemos sobrevivido y nos hemos superado como especie trabajando en equipo. Y ese es el factor individual decisivo para superar la pandemia del coronavirus (y lo que pueda venir después). En caso de que aún no les quede claro, echen un vistazo al éxito que han tenido los defensores a ultranza de la postura opuesta (el individualismo, que santifica como derecho el hacer lo que te venga en gana) en su lucha contra el COVID-19: Trump, Bolsonaro o Boris Johnson.

No les digo nada... y se lo digo todo.

viernes, 1 de mayo de 2020

55#. Algo más que una invasión extraterrestre vamos a necesitar contra la crisis del COVID-19

Si la crisis sanitaria provocada por la pandemia del coronavirus parece encauzada, las dimensiones de la crisis económica que se nos avecina son terroríficas. Hace una década, el Nobel de economía, Paul Krugman, afirmaba que una invasión extraterrestre (real o ficticia) sería la solución para sacar a los EE.UU. de aquella crisis. Por desgracia, la unidad a la que apelaba no se dirigía a lograr la paz mundial, si no la del gasto público. 


En la película La Llegada, unas naves extraterrestres amenazan nuestro planeta. La desconfianza entre los países ha aumentado progresivamente (¿les suena de algo?) y las discrepancias sobre cómo actuar con los visitantes nos dirige a un conflicto catastrófico para nuestra especie. Finalmente, la protagonista consigue comunicarse con uno de los jefes de las potencias mundiales y llegan a un acuerdo internacional. A falta de paz mundial, nos vale.

En la serie Watchmen, uno de los personajes principales lanza un ataque brutal contra Nueva York. De esta manera genera el miedo suficiente como para que los países neutralicen la amenaza del aquel momento histórico (la temida guerra nuclear), y se alíen contra la amenaza exterior. Eso sí, aquí la alianza mundial costó la vida de los 3 millones de neoyorquinos muertos por el ataque de un calamar gigante (sí, tal como lo leen. Mismamente un calamar, de las dimensiones de un estadio olímpico)

En Ultimátum a la tierra, incluso tenemos la oportunidad de sobrevivir. Los extraterrestres vienen para salvar el planeta, y al considerar a la especie humana su principal amenaza (¿quién podría negarlo?), deciden exterminarnos. No obstante, Klaatu, el emisario alienígena, es convencido por la protagonista de que los seres humanos pueden cambiar su forma de ser y que merece la pena salvarnos. Bendita ingenuidad alienígena.


De pequeño solía asomarme por las noches a la ventana de mi dormitorio por si lograba ver algún platillo volante, aunque sin demasiada fe, la verdad. En los últimos tiempos, el fenómeno OVNI está en horas bajas y, de hecho, no creo que ni siquiera ellos pudieran salvarnos. 

Si Klaatu se apareciera hoy en la explanada de la casa blanca, ya saben, uno de los escenarios terrestres favoritos de los alienígenas, tras conocer al inquilino actual, perdería cualquier esperanza en nosotros (por muy buena voluntad que le pusiera). Es más, si hiciera una media de líderes mundiales prominentes, creo que no alcanzaríamos el aprobado raspado. Y dudo que podamos contar con la baza del calamar gigante (¿Un calamar? ¿de verdad? En fin, se me antoja que un animal mitológico, como un kranken, hubiera tenido más empaque. Por qué no uno extinguido, como un pleisosaurio bien gordo. Incluso cualquier otra modalidad de amenaza, como un virus de origen animal en forma de pandemia, daría bastante miedo).

Nosotros somos nuestro propio problema. Con la crisis del coronavirus ha quedado claro que la actividad humana es el principal acelerador de la próxima extinción (y definitiva). ¿Creen que este dato servirá para que los máximos dirigentes busquen una solución al respecto? No se preocupen, era una pregunta retórica. Nuestro planeta se halla al borde del desastre global por la inoperancia de los políticos, o de quienes quiera que sean los que tomen las decisiones. A lo largo de los últimos años hemos asistido al lento inicio de una extinción masiva del planeta (calentamiento global), que además, incluye la nuestra, y no han hecho nada eficiente para detenerla. Ni una sola medida decente para paliarla.


Esperen. Ahora que lo pienso, sí que me viene una última explicación. En la serie Brain Dead, los alienígenas llegan a la Tierra en un meteorito, pero no se dedican a masacrarnos, como en Mars Attack. Su modus operandi es introducirse sutilmente en el cuerpo de los políticos de Washington para poder devorar su cerebro, y de esta manera, suplantarlos.

¡Vaya! Ahora, todo me cuadra. No solo encaja con la propuesta de Krugman, sino que explicaría las estrambóticas e incomprensibles decisiones que toma el presidente de los estadounidenses.

¿Una idea descabellada? Quizá, pero no más que la del calamar.