miércoles, 31 de agosto de 2022

74#. La refinada estrategia de la DISOCIACIÓN PSICOLÓGIA

El concepto de disociación ha sido ampliamente debatido a lo largo de su historia, y pocos otros han sufrido tal cantidad de cambios de significado. Mientras que todas las definiciones de disociación la aceptan como divisiones de la personalidad, el término ha pasado a significar una amplia gama de alteraciones, entendiéndolo como una ruptura de las funciones de la consciencia, que normalmente están integradas, abarcando memoria, percepción, atención, cognición, emoción, conducta, etc..., incluyéndose además, tanto habituales como las patológicas. 


Si bien las manifestaciones menos patológicas se pueden asimilar a fenómenos como el de absorción psicológica (el famoso "quedarse pillado"), fenómenos hipnóticos o la conducta de fantasear, no cabe duda de que los trastornos disociativos, como la amnesia disociativa, fuga disociativa o el trastornos de identidad disociativa, son afecciones severas. Esto implica que requieren de una evaluación precisa e intervención profesional especializada.

No obstante me parece sorprendente, por un lado la cantidad de trastornos psicológicos con los que cursan los síntomas disociativos (diría que casi con cualquier entidad nosológica del manual diagnóstico de trastornos psicológicos, por que se relaciona con el trauma complejo, trastorno de estrés postraumático, trastorno límite de personalidad, trastorno bipolar, esquizofrenia, trastornos de la conducta alimentaria, trastornos depresivos, abuso de sustancias, trastornos de conversión y trastornos de somatización), y casi tanto o más que la dificultad para detectarlos e identificarlos por parte de los profesionales del ramo. Es algo completamente entendible que la sutileza del fenómeno dificulte bastante esta tarea, y precisamente a esto me quería referir, al sofisticado diseño procedimental de la disociación.

Cuando nos enfrentamos a una amenaza para nuestra supervivencia (seres humanos y mamíferos superiores), disponemos de varias estrategias de solución. La más primitiva, y la primera que ponemos en marcha, es la huida (fly). Tiene toda la logica del mundo, puesto que es la más eficiente, y sobre todo, menos arriesgada. Si no es posible escapar, ponemos en marcha la siguiente táctica del repertorio, que es enfrentarnos a la amenaza, pelear (fight). En esta se pone en riesgo nuestra integridad física, recurso crítico donde los haya para cualquier especimen. Si ninguna de estas dos son factibles, la tercera vía es la conducta de congelación o parálisis (freeze). 


Es aquí donde me dejan maravillado los vericutetos que un sistema nervioso complejo puede armar para incrementar su capacidad para la supervivencia. La conducta de congelación no se trata de un desmayo, ni tampoco es un colapso. El organismo queda sin movimiento, paralizado, pero, paradójicamente, permanece activo, se mantiene la tensión muscular y la energía aumenta. Cuando los mamíferos superiores son víctimas y quedan sin opciones de sobrevivir, tratan de pasar desapercibidos, dejan de ser centro de atención; como si quisieran que el depredador pensara que se ha rendido, que está cazado. Esta estrategia le permite jugar un último as en la manga: escapar del agresor, activando toda la energía acumulada, en cuanto este se descuide, incluso estando ya en sus fauces.

Una estrategia evolutiva de un refinamiento admirable, que se me antoja paralela al proceso de disociación, pero en esta ocasión, solo a nivel de funciones superiores. Cuando nos hallamos en una situación que nos desborda emocional y psicológicamente, es probable que tratemos de solventarla poniendo en práctica la solución más simple, esto es, el escape o huida (evitación experiencial, en términos clínicos). Si no podemos eludirla, y el comportamiento de enfrentamiento o lucha no es apropiado (algo bastante frecuente en muchas situaciones sociales), nuestra mente busca otra forma de "salir de allí" y lo hace disociándose. Físicamente permanecemos, pero psicológicamente hemos huido. Un mecanismo de defensa eficiente, y en mi opinión, tan ingenioso como elegante, si se me permite los términos, en su diseño.

En los seres humanos, escapar de la realidad no sea seguramente la dirección a seguir, puesto que no nos fortalece, pero no es menos cierto que en hay situaciones traumáticas en que solo disponemos de este recurso. Las ventajas me parecen obvias: aporta un alivio, aunque sea temporal; nos desconecta de la situación estresante y se logra algo de serenidad, permitiendo, cuando la situación traumatizante es continua e inescapable, convivir con ella, soportarla en el día a día.


No es la solución ideal puesto que esta estrategia protectora, mantenida en el tiempo, termina por convertirse en un trastorno en sí. Pero, en tanto la persona puede encontrar una solución real a su circunstancia traumatizante, como mecanismo adaptativo que es, permite manejarse en un entorno hostil, ir tirando, sobrevivir.

 

miércoles, 29 de junio de 2022

73#. Esos (pobres) niños buenos que engendra el trauma emocional

Siempre que hablamos de trauma emocional se nos viene a la cabeza la violación rastrera en una calleja oscura, el accidente de tráfico con resultado de siniestro total o el ataque inesperado de un perro con malas pulgas, pero el trauma tiene otras formas de permear en nuestra personalidad e incrustarse en nuestra vida.

El llamado trauma relacional temprano es aquel que se genera en los menores que viven en un entorno hostil, y al hablar de entorno me refiero al grupo familiar en que se desarrolla su vida. El trauma que va haciendo mella día a día, cuando la persona que tenía que proveerte de cuidados y apego también es el agente de malos tratos, vejaciones o negligencias graves, ejerciendo estos delitos de manera sistemática, o bien de manera imprevisible. La incertidumbre y miedo se van instaurando poco a poco, hasta terminar adueñándose de la vida del pequeño/a.



No se trata de la inesperada tormenta de pedrisco que arrasa con todo y provoca la inundación de calles y avenidas, arrastrando contenedores, ramas y vehículos. Es más parecido a la lluvia fina. Esa que cae pero apenas se nota, que va empapando sin que ser consciente de ello, y que provoca la sensación de no poder huir de ese humedad fría que ya te ha calado hasta los huesos.

Este tipo de maltrato genera en los niños/as una sensación de confusión, de malestar, de no saber donde se encuentra el norte, y provoca que sus comportamientos sean inestables y disruptivos: no acatar la autoridad, inquietud, agresividad, falta de atención y de concentración, hiperactividad,... Técnicamente se le denomina Apego Desorganizado y es la consecuencia más frecuente del trauma relacional... pero ningún manual diagnóstico de enfermedades mentales lo nombra, y por tanto, no se puede diagnosticar. Posiblemente se le adjudique la etiqueta de Trastorno de la conducta o Déficit de Atención e Hiperactividad, un cajón de sastre que nos da un nombre pero no alcanza al núcleo del problema.

Son los niños que en clase no dejan de levantarse de su mesa sin permiso, que tiran trozos de goma a otro para divertirse, que discuten con el profesor cada dos por tres, que infravaloran o se burlan del compañero de pupitre,... Niños que alteran el orden y llaman la atención (no precisamente haciendo méritos). Niños que rompen, pegan, gritan, afrentan... cobrando protagonismo, y a su vez, ensombreciendo a otros. A esos chico/as situados al final de la clase, más discretos y reservados. A esos otros que no dan problemas.



Nadie se fija en ellos por que su comportamiento es normal, incluso deseable. Esos chicos y chicas que, muy al contrario, están pendientes de lo que ocurre, que ayudan, que incluso sonríen, a veces de una manera que pareciera compulsiva. Esos chicos que, sin embargo, tienen en su mirada un fondo turbador, oscuro, triste.

Maestros y profesores, padres y familiares, vecinos y amigos están pendientes de los pendencieros y problemáticos, derivan al orientador escolar, psicólogo o pedagogo de turno, tratando de hallar una solución a su comportamiento antisocial. Pero rara vez repararán en los segundos; en pocas ocasiones atenderán a los segundos, a los que son "normales", a los que sufren en silencio, por que cargan con el mismo tipo de trauma que los primeros, pero que en vez de haber adoptado la estrategia de exteriorizar su malestar, lo han interiorizado.

Algunos de ellos tienen padres que que se muestran orgullosos por tener un hijo/a absolutamente obediente, por ser buen estudiante, por estar atentos siempre a prestar ayuda, solícitos y agradables, pero la verdad es que pueden ser tan víctimas como los primeros.

Cuando el apego desorganizado se ha instalado en el sujeto, lograr el control con estrategias punitivas es habitual, obteniendo así lo que quieren de su entorno. Sin embargo, los segundos adoptan la opuesta: el cuidar, el agradar, el satisfacer,... Agradar para que no despierte el monstruo y me machaque con sus gritos e insultos, para lograr una mirada de cariño, un gesto de apoyo. Ayudar para que cuando llegue la figura de apego borracha no la pague con él o ella. Sonreír para que parezca que todo va bien, que no soy importante, que haré lo que pidas.



La próxima vez que se encuentren con chicos y chicas buenos, demasiado buenos, sospechosamente buenos, no hagan interpretaciones bienpensantes e idealizadas. Puede tratarse de una defensa que le proteja de la desorganización grave que conlleva no sentirse cuidados o sentirse amenazados. 

Ser tan buenos no es necesariamente un indicador de felicidad; podría tratarse de un grito de ayuda disimulado.

 

martes, 31 de mayo de 2022

72#. Los lazos sociales débiles (II)... pero no insignificantes

Pepe era un tipo de apariencia impresionante, asentada en una corpulencia que se acercaba a los dos  metros de altura y una característica perilla de califa retirado, aunque estaba lejos de la edad de jubilación. No puedo hablar de amistad por que apenas coincidíamos, y el poco trato que tuvimos fue ocasional. Lo más llamativo de nuestra relación es que siempre que nos cruzábamos por la calle nos sonreíamos, a pesar de no ser persona que buscara (ni necesitara) la aprobación social. De hecho, su naturaleza apacible se podía tornar desbordante en momentos de vehemencia; en mi opinión, ese carácter no emborronaba su persona. Nos saludábamos como han ustedes con vecinos y conocidos, con un simple movimiento de cabeza acompañado de una sonrisa franca, que en nuestro caso tenía el efecto de levantar una suave brisa de cercanía; un destello de connivencia. Si me permiten que me ponga intenso, un signo de complicidad. Siempre se ha dicho que las simpatías son recíprocas (las antipatías, también) y si no se cimentó una amistad entre nosotros fue por motivos tan circunstanciales como que las circunferencias de nuestras vida no interseccionaban.  

Pepe se fue sin avisar; sin que supiera la enfermedad que soportaba desde hacía 3 años. No tuve la oportunidad de despedirlo. 

 

Lali no era amiga, pero sí tenía amistad con amigos comunes. Perteneció al grupo local de teatro, donde mostraba como sus cualidades dramáticas brotaban con la misma facilidad que el agua de una fuente. Tuve trato con ella circunstancialmente, alguna noche, y siempre me pareció que Lali enriquecía las conversaciones en que participaba. No se dejen engañar por el diminutivo: era una persona extraordinaria, una persona abierta a la vida, confabulada con ella. Y conste que uso el nombre de persona adrede, tal y como la define el diccionario en su  cuarta acepción: hombre o mujer prudente y cabal. Una buena persona que ejercía de ser humano, que mostraba esa humanidad sin cicatería, encantada de compartirla. Tal y como era ella.

También se marchó. También sin avisar. Sin que supiera siquiera que fue hospitalizada en lo peor de la pandemia. Soportó la enfermedad con dignidad, con la mayor entereza posible, aunque supongo que maldeciría, con aquel ademán tan seco y tan suyo, aquel gol traicionero que le marcaron cuando todavía le quedaba tanto partido por jugar.

Se fue sin estridencias, sin molestar, sin hacer ruido, cómo hacen las personas bien educadas, como hacen las personas consideradas. Se fue sin que pudiera decirle cuanto apreciaba lo extraordinaria que era. 

 


Era ese tipo de personas que son modelo de conducta, que deberían estar esponsorizadas por los gobiernos para que aumentaran su presencia pública, para que promocionaran esas cualidades humanas que tanto necesitamos en estos tiempos: actitudes sanas y conciliadoras, capacidad de sufrimiento (y sobre todo, de disfrute), implicación en actividades de la comunidad, interés por comunicarse con otras personas, por compartir con ellas, por preocuparse de ellas... Es todo un despropósito que la vida no defienda con más vehemencia a los mejores valedores que tiene. Como si decidiera sentar en el banquillo al delantero centro con más talento del equipo.Una injusticia que la vida no le diera una prórroga que, en mi opinión, se había ganado a pulso.  

Jose María es un espíritu humanista recorvertido por el derecho administrativo. Una persona que ha dedicado su vida productiva a su comunidad como secretario de ayuntamiento. Siempre he pensado que el ambiente de una institución (administración pública en este caso) no es casual, sino que se imprime. Estoy seguro de que él tiene gran parte de responsabilidad en que la atmósfera de su ayuntamiento sea distendido, cordial y centrado en el servicio de la ciudadanía. El único trato que tengo con él sucede puntualmente, cuando hay algún problema con cualquier factura registrada. En estos casos, me cita en su despacho y con el talante bientencionado y pedagógico del mejor abuelo del mundo, me señala el error y enseña a rectificarlo


 

Hay algo más que nos aportan los lados sociales débiles. Aparte de distracción y entretenimiento, además de abrir nuevos horizontes y airear nuestras expectativas, los lazos débiles pueden ser modelos de conducta. Por redicho que suene, esos lazos son personas que encarnan virtudes o fortalezas que admiramos, y que al verlas encarnadas en vivo nos devuelven la confianza en el día a día, en la vida, en el ser humano.

Jose María no se ha ido. La semana próxima asistiré a la cena en su honor por su jubilación.

Probablemente no tenga ni idea de por qué asisto a su homenaje, pero estaré pendiente nada más que de encontrar un momento para conversar un ratito con él.  

viernes, 29 de abril de 2022

71#. Los lazos débiles (I): La ninguneada pieza del puzzle de las relaciones sociales.

Aunque soy un encarnizado defensor de las relaciones sociales íntimas, del papel esencial que tienen los buenos amigos en el nuestro bienestar (veáse https://www.blogger.com/blog/post/edit/preview/8031751915107030593/2494740327721403890 ), he experimentado una especie de epifanía al conocer el trabajo de Mark Granovetter, sociólogo de la universidad de Stanford, respecto a lo que ha denominado "lazos débiles". Este investigador ha dedicado una parte considerable de su carrera a estudiarlos y divulgar sus hallazgos, al constatar el inusitado peso específico que tienen en nuestro bienestar emocional.


Desde pequeño me creó confusión ver como se enfrascaban en conversaciones de dudosa relevancia, sobre todo mujeres, igual en la puerta de la mercería que en la pescadería, en un pasillo del mercado de abastos que en la esquina de cualquier calle. Tras un rato de charla me sorprendía escuchar aquel "Ay, mujer, que tarde se me ha hecho" o un "Nena, no puedo pararme más. Me voy", sin entender: a) por qué perdían el tiempo de esa forma si tenían quehaceres pendientes y b) por que no cumplían lo que acababan de decir, y continuaban charlando.

El amigo Granovetter me ha facilitado una pieza central del puzzle de las relaciones sociales que me permite entender que tanto esas mujeres como esos hombres detenidos frente a una zapatería o en la terraza del café, comentando sobre cualquier asunto banal, no están malgastando su tiempo, sino que están están invirtiéndolo en descongestionar el estrés. Están desahogándose, ventilando emocionalmente, al compartir circunstancias y experiencias que no tienen por qué ser necesariamente profundas, sino cotidianas, pero que tiene el efecto de funcionar como válvula de escape emocional a las pequeñas ansiedades del día a día. Sintetizando, este investigador reconoce y legitima un tipo de relación que solía valorarse como prescindible o directamente inútil, y que he oído criticar en no pocas ocasiones.

Hace muchos años, experimenté de forma inopinada (y sin saberlo en aquel momento) lo que nos dice el sociólogo. En las escasa tres calles que separaban la oficina de mi domicilio me detuve a hablar con varios conocidos. Un rato después, tras un reconstituyente desayuno, reparé en que el enojo con el que salí del trabajo había desaparecido, y mi buen humor había aumentado varios puntos. La única explicación que hallé es que fuera consecuencia directa de los mencionados encuentros.



Recapaciten sobre ello y si no lo han experimentado, hagan la prueba. Es tan simple como eso, promover un saludo con algunos de esos desconocidos/as que nos encontramos todos los días al ir a trabajar, un comentario que vaya algo más allá de la meteorología en el ascensor, una opinión trivial con la camarera que nos sirve el café,... o con la señora que tenemos en la barra a nuestro lado. Un estudio con un grupo de estudiantes reportó que experimentaron más felicidad y mayor sentimiento de pertenencia los días en que interactuaron con más compañeros de lo habitual.

Y es que no siempre necesitamos compartir lo íntimo y personal; no a todas horas tenemos que hablar de lo que nos parece trascendental, sino que también es oportuno entretenernos con otras personas por el simple gusto de hacerlo. Estas relaciones débiles cumplen esta función: enriquecer nuestro ocio y tiempo libre, proporcionándonos experiencias para distraernos, esparcirnos y/o divertirnos.

Por último, y desde luego que no menos importante, el trato con conocidos lejanos o desconocidos pueden llegar a tener mayor impacto en nuestra vida de lo que creemos, puesto que expanden nuestro horizonte, amplían las oportunidades que no nos ofrece nuestro círculo más próximo. Las relaciones muy estrechas son cerradas y por eso no nos aportan nada del exterior, pero con esos amigos superficiales, de aquí y de allá, nuestro mundo se amplía al proveernos de ideas, influencias e informaciones nuevas, distantes de nuestro universo personal y que, por ello, pueden convertirse en estimulantes, incluso inspiradoras.



Debe ser desconcertante para cualquier visitante extranjero vernos saludar a personas por la calle, detenernos a comentar con vecinos, mantener conversaciones perfectamente intranscendentales con conocidos, sin haber llegado aún a dar la vuelta a la esquina... disponiendo de un solo término para definir tal variedad de relaciones sociales. El error está en considerarlas todas dentro una única categoría ("amistad"), cuando en realidad pertenecen a los mencionados "lazos débiles". De manera que, cuando critiquen a los españoles (ampliaría al carácter latino, en general) por tener demasiados "amigos", pronunciado el vocablo con un marcado retintín despectivo que pone en duda la honestidad del concepto, ya tienen argumentos de sobra para defender este carácter tan peculiar (y saludable).

jueves, 31 de marzo de 2022

70#. Las creencias esenciales que el trauma psicológico quiebra

Desde nuestro nacimiento y durante nuestro desarrollo, los seres humanos vamos desarrollando una serie de creencias esenciales que nos permiten afrontar la realidad. Una serie de asunciones, que no tienen por que ser verdaderas obligatoriamente, pero en las que necesitamos creer para poder vivir, puesto que nos aportan una imprescindible sensación de seguridad, orden y control sobre nuestra existencia.

 


Estos presupuestos, que giran en torno a los otros seres humanos, acerca del mundo y sobre nosotros mismos, son coherentes y estables en el tiempo... hasta que un suceso estresante los desafía. Esto significa que un hecho traumático puede alterar tal representación mental, incluso quebrar las presunciones que tenemos acerca de nuestra invulnerabilidad, o de la congruencia del mundo; de su benevolencia y justicia.

Lo central del trauma psicológico o herida emocional, entendido como daño psíquico duradero provocado por un agente externo en que se pone en riesgo la integridad física (la vida), es el impacto emocional que el suceso tiene en la persona. Además de los síntomas clínicos que emergen cuando alguien sufre un trastorno por estrés (agudo o postraumático), me parecen particularmente destructivos los efectos que tienen sobre las mencionadas creencias, puesto que corroen los cimientos de nuestra personalidad. De nuestra personalidad, y por extensión, de nuestra estabilidad emocional. 

 


Las premisas a las que me estoy refiriendo son, entre otras:

-La creencia en la invulnerabilidad personal (”A mí nunca me va a ocurrir una cosa así, esto le pasa a los otros”).

-La creencia de que vivimos en un mundo ordenado y predecible, donde los hechos son controlables (“¿Cómo es posible que ocurran estas cosas?” “Esto es absurdo, no tiene sentido, es una pesadilla que seguro que va a pasar”)

-La creencia de que la vida tiene un significado o un fin determinado.

-La creencia de que uno es una persona fuerte y válida (“nunca creí que podría a reaccionar así”, “ya no me veo como antes”).

La más incapacitante de ellas me parece la destrucción de la creencia básica en la bondad del ser humano. La experiencia de una guerra, y todo lo que ella conlleva, puede mermar seriamente nuestra confianza en nuestros iguales. Es algo más que la pérdida de fe en el ser humano, algo más que una misantropía ingenua (de la que igual ni si quiera hemos analizado su causa), por que el sentimiento de vulnerabilidad absoluta que emerge, la rotura del principio incuestionable (hasta ese momento) de relación ayuda entre seres humanos, deja al individuo abandonado a su suerte.

Su trascendencia es tan cáustica por que el presupuesto que corroe, como el ácido que cae sobre el plástico, es aquel sobre el que construimos nuestros vínculos afectivos, que es la base de nuestra estructura emocional, y por ende, de nuestra vida; de la forma en que hasta ese momento experimentábamos y entendíamos la vida. 

 


 

Y puede ser devastadora en la medida en que invalide nuestra necesidad de afiliación, que no es otra que la necesidad de pertenencia, factor clave en la construcción de nuestra identidad. En casos extremos que datan de las Segunda Guerra Mundial, la persona traumatizada reniega de su especie; no quiere pertenecer a la especie humana si otro ser humano es capaz de hacer algo tan atroz. De esta manera tan sibilina como demoledora, el sujeto se siente excluido de su grupo natural, queda sin referente,y por tanto, sin los cimientos sólidos que le permitan asentar el edificio de su personalidad.

La persona que sufre un trauma psicológico tan profundo tiene un arduo trabajo de reconstrucción personal por delante. Los estudios al respecto (Janoff-Bulman, en particular) muestran que los damnificados tienen una visión menos benevolente del mundo y confían menos en los demás, tienen una imagen de sí mismos menos positiva y creen menos que el mundo tiene sentido y propósito.

Muchas de las víctimas del atroz ataque del ejército ruso a Ucrania tendrán que lidiar con esto. Tendrán que reeleaborar su sistema de creencias de forma que puedan integrar todo lo vivido en su memoria. Afortunadamente, el impacto en las creencias no ser rige por la ley del todo o nada (es gradual), ni afecta a todo el conjunto en bloque (algunos axiomas resultaran afectados y otros no), además de que las investigaciones arrojan que, en un entorno seguro y con el paso de los años, se reconstruyen las creencias básicas; en particular sobre la benevolencia y sentido del mundo, aunque la creencia sobre la justicia del mundo no. El individuo sigue creyendo que el mundo en general es injusto, algo contra lo que no tengo argumento alguno que aportar. 

 


"Cada vez que un superviviente se siente fortalecido, con capacidad de control y de manejo sobre las dificultades de su vida; cada vez que puede reírse y puede disfrutar de algo abiertamente; cada vez que se preocupa o cuida a otro ser humano; cada vez que encuentra una voz para expresarse; hay una cierta sensación de victoria y de avance sobre el impacto de lo traumático" (Perez-Sales, 2007).

lunes, 28 de febrero de 2022

Si tu vecino es un psicopata, no te extrañes de que invada tu patio

No, no es un loco. Lo del presidente de Rusia no tiene que ver con una enfermedad mental, que sería lo que desearíamos escuchar, puesto que implicaría que existe un tratamiento terapéutico para mejorar sus acciones.

Tampoco un irresponsable, desde el momento en que ha calculado las consecuencias de sus actos y entiende que, de una forma u otra, le compensan. Desde luego que no a la población ucraniana, ni a la rusa, pero sí al objetivo que él persigue (sea el que sea).

Me temo que no es un fracasado, y desde luego, cualquier cosa menos un tonto.


 

La acción de guerra de Putin contra Ucrania solo se explica si lo etiquetamos con otra categoría diagnóstica: la sociopatía. Y, efectivamente, si revisamos los criterios diagnósticos de este trastorno de la personalidad (que no enfermedad mental) veremos que puntúa en la mayoría de ellos: Su dudosa autoestima ha sido desbordada por su narcisismo, caracterizado por su prepotencia y megalomanía. Ignora los derechos y sentimientos de sus iguales, y no muestra remordimiento o culpa cuando daña o manipula a los demás. Su única lealtad es a sí mismo y a sus ideales (sean estos los que sean), y para ello entiende legitimado usar cualquier herramienta que otorga el poder que ha acumulado, sea tergiversar o engañar directamente, amedrentar o atacar. Un clásico: el fin justifica los medios.

La erradicación de cualquier alternativa política a su reinado o crítica al mismo (desde periodistas como Politkovskaya a contrincantes como Berezoski), la contribución a desestabilizar occidente (campañas de desinformación que alentaron el Brexit o apoyaron la victoria de Trump), cuando no directamente la invasión de Crimea hace unos años, deberían habernos advertido no solo de su naturaleza sociopática, sino de que además, pensaba ejercer como tal.

 

 

Y mientras tanto, ¿qué han hecho los paises occidentales?

Decía un analista político que los paises del primer mundo "nos hemos hecho herbíboros, pero seguimos rodeados de carnívoros". Continuando con este símil, diría que hemos ido más allá; nos hemos convertido en veganos, mientras los carnivoros esperaban, pacientes, su momento.

Deberíamos platearnos si no llevamos demasiado tiempo viviendo en Matrix, una simulación de un mundo ideal basado en el bienestar social. 

El estado del bienestar se diseñó y empezó a contruirse tras la segunda guerra mundial. Gracias a unas favorables condiciones politicas y económicas pudimos mejorar los derechos sociales del Primer Mundo, alcanzando unas cotas de dignidad nunca vistas por la humanidad. Es fácil vivir cuando disponemos de todos los derechos. Tanto como caer en el ombliguismo de pensar que todos ellos nos vienen dados, que son consustanciales a nuestra naturaleza... hasta que el agente Smith (Vladimir) nos muestra por la bravas que no es así.

Quizá nos acomodamos tras pensar que una vez alcanzados, estos logros se perpetuarían de por sí; como si solo bastara con desearlo para que perduraran. Quizá hemos cometido el error de pensar que las sociedades humanas son una ong o un club de boyscouts, sin percatarnos de que la realidad de millones de personas de nuestro planeta es que no han conocido la democracia en su país, ni disfrutado un mínimo sistema de salud, ni de una vivienda digna, ni un sistema de justicia ecuánime ni tienen acceso a una educación decente.

 

Es posible que Putin sea un psicópata, pero igual nosotros no hemos hecho mucho por prevenir y protegernos de un vecino así, pensando que nuestras amenazas de no hacer negocios con él le disuadirían de cumplir sus amenazas. O peor, encomendándonos a la creencia buenista de que la naturaleza humana es esencialmente bondadosa.