Una historia china habla de un anciano labrador que
vivía con su único hijo en una casita del campo. Se dedicaba a trabajar la tierra y
disponía de un caballo para la labranza y cargar los productos de la cosecha;
era su bien más preciado. Un día el caballo se escapó saltando por encima de
las bardas que hacían de cuadra.
El vecino que se percató de este hecho corrió
a la puerta de nuestro hombre para darle sus condolencias y le dijo:
-Tu caballo se ha escapado. ¿Qué
harás ahora para trabajar el campo sin él? Se te avecina un invierno muy duro, ¡qué
mala suerte has tenido!
- ¿Buena suerte o mala suerte?
Quien lo sabe –respondió el anciano.
El vecino no entendió del todo la respuesta del anciano, y pensó que estaría algo desconcertado por la pérdida. Pasó algún tiempo y el caballo volvió a su redil, trayendo
consigo una manada de caballos salvajes. El vecino al observar esto, otra vez
llamó al hombre y le dijo:
-Vaya! No solo recuperaste tu
caballo sino que ahora tienes diez caballos más. Podrás criarlos y venderlos. ¡Qué
buena suerte has tenido!
- ¿Buena suerte o mala suerte?
Quien lo sabe –dijo el anciano.
El vecino siguió sin tener claro lo que le dijo el anciano. Supuso que estaría perdiendo la cabeza. Más adelante el hijo de nuestro hombre decidió domar uno de aquellos caballos y mientras lo montaba cayó al suelo, partiéndose una
pierna. Otra vez el vecino, enterado del suceso, fue a lamentarse con él, y le dijo:
-¡Qué mala suerte has tenido!
Tu hijo se accidentó y no podrá ayudarte. Tú eres ya viejo y sin su ayuda
tendrás muchos problemas para realizar todos los trabajos que requiere el campo.
- ¿Buena suerte o mala suerte?
Quien lo sabe – comentó. Definitivamente, este hombre debe estar demenciando, supuso el vecino.
Pasó el tiempo y un buen día estalló la guerra
con el país vecino. El ejército inmediatamente fue por los campos reclutando a
los jóvenes para alistarlos en el ejército y llevarlos al campo de batalla. Al hijo del vecino, quese encontraba sano, se lo llevaron; al de
nuestro hombre se le declaró no apto por estar imposibilitado. Nuevamente el
vecino habló con él:
-Se llevaron a mi hijo por
estar sano y al tuyo lo rechazaron por su pierna rota. ¡Qué buena suerte has tenido!
- ¿Buena suerte o mala suerte?
Quien lo sabe –dijo el anciano. "Cuento sufí"
"Imagina que tienes un amigo en
Cuenca cuyo nombre es Diego. Le tienes que devolver unos libros desde hace un
tiempo, así que decides cogerlos, bajas las escaleras y sales de tu casa.
Conforme pisas la calle abordas al primer tipo que te cruzas y le preguntas si
va a Cuenca. Esta persona te dice que sí. Le haces el encargo de devolverle los
libros a tu amigo Diego. Accede a hacerte el favor, y tira para Cuenca.
Conforme llega aparca el vehículo, toma los libros, se baja del coche y le
pregunta al primero con el que se encuentra. Le pregunta si él es Diego, tu
amigo, y esta persona le responde que sí, que es él”.
¿Piensa que eso es imposible? Imposible
imposible no; pero bastante improbable sí. Según las matemáticas, la
probabilidad de que ocurra el suceso descrito es mayor que la probabilidad de
que te toque la lotería.
Este es el ejemplo con que ilustra el
profesor Jose Mª Letona su hábito de no jugar a la lotería nunca. Letona es
miembro fundador de la Escuela de Pensamiento Matemático
"Miguel de Guzmán" (centro de enseñanza especializado en la
detección, orientación y estímulo del talento matemático) y obviamente no es la persona con la que hablar si lo
que quiere uno es ilusionarse con el sorteo de la lotería de Navidad.
Si se dan cuenta, este profesor no dice
nada que no pudiéramos sospechar. Quiero decir que todo el mundo alcanza a
entender la dificultad de que nos toque el gordo de la lotería. No obstante, me
da la impresión de que nadie tiene idea concreta de cual es esa probabilidad.
Jorge Elorza, profesor de Física y Matemática Aplicada de la Universidad de
Navarra, debate sobre si realmente merece la pena que gastemos una parte de
nuestros ingresos navideños en probar suerte en el sorteo de Navidad. Nuestro
conferenciante se muestra categórico: «Desde el punto de vista matemático,
invertir dinero en lotería es una ruina» (excepto en el conocido caso del
presidente de la diputación de Castellón, Carlos Fabra, que informa haber sido
agraciado con el gordo de la lotería; y no una, sino en varias ocasiones).
Elorza nos explica que la probabilidad de acertar con nuestro décimo en la Lotería de Navidad «es de 1 entre 100.000».
Gonzalo García-Pelayo, puede no tener la
autoridad académica de los anteriores, pero después de haberse convertido en
millonario (sobre 250 millones de pesetas ganó reventando casinos por todo el
mundo en los años 90), algo de experiencia si que le atribuyo. Este señor
confirma que las probabilidades de ganar el gordo son bajas. Calcula unas 2.072
veces más difícil que hacerlo con la ruleta y 150 más que acertar la
primitiva.
Como sea, el mérito que le atribuyo al
profesor Letona es el alarde didáctico, lo gráfico e ilustrativo que resulta su
ejemplo. Porque no me digan ustedes a mí que la probabilidad de 1 entre 100.000
realmente le dice algo. Es como la distancia que hay desde la tierra hasta la
constelación de Andrómeda (por poner un ejemplo): un chorrón de años-luz que
nuestra mente no está preparada para entender, suponiendo que seamos capaces de
aprehender el concepto año luz (distancia que recorre la luz en un año). Como
cuando en un documental nos dicen que el tamaño de un glóbulo rojo es de 5
millonésimas partes de un metro. En nuestra cabeza tratamos de imaginarnos esas
dimensiones, de comparar con lo más diminuto que conozcamos (una cabeza de
alfiler, una pulga, un punto negro de la piel,...) con el fin de hacernos una
idea. Y aún así nos cuesta lograrlo.
Inconmensurable es aquello que no se puede
medir. Pero de poco me sirve que se pueda calcular si mi mente no es capaz de
comprender esa medida. Cuando a mi me dicen que la antigüedad de la tierra es
de4.600 millones de años, y la
aparición del hombre la datan hace 2,5 millones, el dato no me aporta más
información que “hace mucho, mucho, pero que mucho, tiempo”. Pero si me lo
presentan en un ejemplo donde la historia de nuestro planeta se representa
resumida en una año (365 días), ver que la aparición del hombre se da el 31 de
diciembre a las 22 horas, me permite realizar una comparación con magnitudes
comprensibles, y por tanto, hacerme una idea del concepto.
Conocíamos los millones que nos pueden
tocar en el gordo de navidad (lamentablemente bastante mensurables). Ahora ya
podemos comprender la probabilidad de que nos toque el gordo de la lotería en
Navidad. Por si no queda claro, les pongo otro ejemplo de esa probabilidad, en
este caso comparada con la probabilidad de ser alcanzados por un rayo.
Aún así, en España gastamos una media
anual por ciudadano de 248 € en lotería ¿Porqué compramos tanta lotería? Pues supongo
que porque sobrestimamos la posibilidad de ser agraciados con el premio. En
primer lugar, porque nos falta la información que acabo de comentar sobre esta
probabilidad, y en segundo lugar porque la entidad que gestiona esos sorteos
utiliza la influyente y arrolladora maquinaria de la publicidad para
inculcarnos la información que le interesa. Esta publicidad crea una
expectativa tan concreta como anhelada. Ojo, que las expectativas son un
elemento tan poderoso como imperceptible. Pero están ahí. Siempre están ahí. Es
importante saber que nos movemos por expectativas, seamos conscientes de ello o
no. En nuestro caso, la expectativa creada es: tú puedes ganar el premio. Y al
hacerlo de una forma tan impecablemente eficiente generan en nosotros la creencia
de que realmente es probable que nos toque el premio.
Junto con el producto (el décimo de
lotería, en este caso) nos venden sutilmente ese mensaje de alegría, bienestar,
prosperidad,... en definitiva, una intangible promesa de felicidad (más idílica
que otra cosa) que convierte al producto en algo más deseable. Nuestro interés
por el producto se incrementa enormemente porque deseamos esa jovialidad, ese
éxito, esa felicidad que emana del anuncio, pero que después no se adquieren
cuando lo compramos. Messi o Cristiano no van a venir a nuestra casa a jugar a
la Playstechon aunque en el anuncio lo hagan con otros chicos. Tampoco van a
caer rendidas a nuestro paso todas las chicas de la discoteca porque nos
duchemos con el champú Asse (ola ke ase). Ni nuestra familia va convertirse en
una familia ideal, que reparte bondad y buen rollito a discreción porque
compremos en el Continglé. Pero eso es lo que muestran en los anuncios,
transformando al producto en mucho más que un producto. Pero las matemáticas (como
el algodón de aquel anuncio del limpiador con bioalcohol) no engañan.
Aunque esto de la publicidad puede tener
efectos imprevistos, como en el anuncio de este año de la Lotería de Navidad.
Puede dar pie a distintas interpretaciones. Y si no, echen un vistazo en la red
a la cantidad de parodias a que ha dado lugar. Me uno a ellos
Imaginen que soy un turista extranjero de
viaje por España, perdido en mitad de la serranía, sea el Ampurdá, sea las
Alpujarras, y me tiro al primer pueblecito que encuentre para pasar la noche.
Si al entrar al mismo me encuentro todas las calles llenas de velitas, lo
primero que pensaría es que ese ayuntamiento ha llegado justito a final de año.
O bien son muy románticos. Pero que como llueva, se les chafa el invento.
Si avanzo por las calles y llego a una
plaza llena de gente con velitas, entonces pensaría que se trata de una
celebración popular. Probablemente me acercaría para tratar de involucrarme en
el evento, por pura curiosidad. Pero en el momento en que viera esas caras que
esgrimen los paisanos del spot (por cierto, que ninguno tiene cara de gente de
pueblo) me echaría para atrás.
Dios! Esas sonrisas tan perfectas, esos gestos
de cariño tan almibarados, esos grupos tan estereotipados (parejitas, padres e
hijas, tríos familiares, amigos de toda la vida,...).
Tate! Aquí pasa algo raro! Esto tiene más
pinta de ser un remake de la película “El club de las primeras esposas”
(aquellas que eran todas absolutamente perfectas, porque eran robots) o igual
pensaría que me he metido en un pueblo al estilo de “El show de Truman”.
Dios! Esta gente está drogada!
O peor, pertenecen a una secta!.
En aquel momento se ponen a cantar la
Caballé, Rafael, y los otros tres. Madre! estos son los oficiantes del rito.
Una familia al completo (los abuelos los distingo, pero entre los tres
restantes no veo claro el parentesco) que tampoco tienen rasgo alguno que haga
pensar que son paisanos. Bueno, igual los han contratado para el evento.
Pero no termina de quedarme claro el
objetivo del mismo. No es una fiesta (sea religiosa o pagana porque nadie bebe
alcohol); quizá una tradición, pero en ese caso lo suyo sería que lo
interpretara la gente del pueblo (digo yo).
Pero cuando al final veo una pirámide de
bombos de lotería, y el del vértice superior girando sin rozamiento, levitando,
rodeado de un aura mágica, empiezo a entender:
¡Esta gente está abducida por los
extraterrestres!.
Lo del bombo solo puede hacerlo la niña
del Exorcista (cuando tiene un buen día) o Carrie... o los extraterrestres. Las
caras son tan falsas que solo puede explicarse por una posesión alienígena
(véase la sonrisa socarrona de los de Mars Attack). De hecho, más cara de
extraterrestre que la de la Caballé cuando canta he visto pocas. Y al final
llega la pista definitiva: Rafael al final del spot tararea algo muy parecido a
las 5 notas musicales del final de “Encuentros en la 3ª fase”, esa que se
repetía tan machaconamente la nave nodriza extraterrestre. Nohay duda. Están aquí! Han venido! Y han
comenzado la invasión, como en la película “La invasión de los ultracuerpos”,
suplantando la identidad de los paisanos del pueblo. Me temo que la lotería
este año, en vez de hacer un anuncio publicitario lo que les ha salido es un ultimatum a la tierra.
En fin, termino ya, y lo hago deseándoles
mucha fortuna... en la vida.
Pero si juegan, que tengan mucha suerte en
el sorteo del 22 de Diciembre. A pesar de mi descreimiento, créanme que se lo
deseo de corazón.
Espero que cuando bajen del coche, la primera persona a la que pregunten, efectivemente sea el amigo Diego (1º premio de la lotería), o al menos alguien de su familia (2º,3º o 4º premio). A unas malas, que el tipo sea vecino de Diego (pedrea). Si no es así, a ver si se trata de alguien que viva en su barrio (reintegro).
Nuestra zona de confort es aquella en que nos movemos con soltura, en donde nos manejamos bien. Suele estar conformada por las áreas que habitualmente transitamos. Esto no significa que todo lo que sucede ahí sea bueno. Algunas situaciones o circunstancias, por cotidianas que sean, nos incomodan, estresan o incluso mortifican. Pero tienen una cualidad fundamental: Nos son familiares. Son conocidas, y eso nos tranquiliza a pesar de que nos puedan hacer mal.
Cuando la atravesamos y salimos de esa zona de confort entramos en la zona contigua: la de aprendizaje. Aquí no nos encontramos tan cómodos, pero salimos de la rutina diaria, y aprendemos. Queramos o no; no tenemos más remedio que aprender. Siempre se aprende cuando uno se enfrenta a lo que no conoce. Es una zona menos segura que la de confort, pero tampoco supone un riesgo desmesurado; no es un salto al vacío.
Esto sí puede suceder cuando nos internamos en la zona de peligro, o la zona mágica. Todo depende de cómo se quiera interpretar. Pero será necesario atravesarla si queremos alcanzar nuestros deseos.
¿Te atreves a soñar?
Les dejo este estupendo video en donde describen dichas áreas con más detalle
¿Han
hecho ustedes alguna vez un viaje, por el motivo que sea, que se les
quedó marcado en la memoria? ¿De esos que, a posteriori, se da uno
cuenta de que fue algo más que un viaje? Yo sí. Al menos tengo uno.
No
sabría como definirlo o etiquetarlo. Fue hace como 10 años, una
escapada a Marruecos, aprovechando las vacaciones de Semana Santa; en
realidad no más de 4 o 5 días. Un plan que, en principio, no me
llamaba la atención en absoluto. En aquella época todavía no me
había picado el gusanillo de querer conocer todo lo que pudiera del
mundo. De hecho, el mayor atractivo del plan era simplemente que iban
mis mejores amigos, y hasta aquel momento no habíamos coincidido
todos nunca.
No hubo un momento
de tranquilidad, no hubo tiempo para el aburrimiento, pero de los
memorables instantes vividos quiero rescatar particularmente uno.
Arranco en una de
las situaciones más temidas por cualquier pandilla de turistas
ingenuos y despreocupados que a bordo de un coche alquilado se
encuentran en mitad de un país no demasiado fiable: una avería de
motor. Un buen viaje en coche por Marruecos no está completo sin su
buena avería de coche. Pues allí que nos vimos, en mitad de aquel
paraje despoblado (prácticamente desértico), en una carretera sin
apenas circulación, con el coche KO. Le echamos un vistazo al motor,
uno tras otro, y no supimos como resolverlo. Aquel puñetero Clío
con maletero (no sabía que existiera esa versión “familiar”) ya
empezó con mala pata, dando problemas con las marchas, el aceite del
motor,... y casi que desde el principio se mascaba la tragedia. Como
fuera, lo único que sabíamos es que necesitábamos un mecánico,
pero no había nada ni nadie a quien recurrir.
Al estar en una
carretera, confiamos en que antes o después alguien pasara y nos
echara una mano. Y ciertamente tuvo que transcurrir un buen rato
hasta que apareció a lo lejos una furgoneta destartalada, con más
mala pinta que Bruce Willis al final de “La jungla de Cristal”.
Tal como la vi me tiré a la carretera y le di el alto. El trasto se
detuvo y cuando me acerqué a la ventanilla del conductor vi que se
trataba de un pastor marroquí, ataviado con un bonito y práctico
jubón de lana. Vihensanta! Con el calor que hace y el tipo este con
el borrego encima. Al aproximarme al paisano se me colapsaron las
pituitarias de golpe al aspirar el intenso olor a zorruno que emanaba
del interior, no sé si de la furgoneta en sí o del tipo (supongo
que sería una mezcla de ambos). Algo así debía ser el olor del
infame mercado donde nació Jean Baptiste Grenuille (“El perfume”).
Una mezcla del tufo que debía echar Tom Hanks en “Naufrago” en
la escena en que el protagonista de Trainspotting se mete de cabeza
en el retrete. En fin, que tras reponerme del golpetazo aromático
hablé con el conductor y, como era de esperar, ni idea de español.
Pero en este caso, no sé cómo, supongo que a base de gestos,
señales y onomatopeyas varias, logré hacerme entender. El tipo se
bajó, se acercó al Renault Clío con maletero, le echó un vistazo,
pero tampoco supo encontrar la avería.
Pues estábamos bien
fastidiados. ¿Dónde encontramos un mecánico en mitad de aquel
pedregal?
Pasaba el tiempo, el
problema se empezaba a cronificar, y ante la impotencia reinante me
dio por caminar carretera adelante. En fin, por hacer algo. Caminé
unas decenas de metros hasta llegar a la primera curva, y tras ella
veo más piedras y tierra con algo de vegetación. Continuo andando
hasta la siguiente curva, bastante cerrada, confiando en que la
providencia nos brindara una oportunidad. Que sé yo, algún indicio
de vida humana (un pueblecito, por ejemplo, estaría bien) aunque
fuera lejano. Tras haber recorrido un buen trecho, y viendo que la
providencia ese día se había tomado el día libre, me rindo a la
evidencia. “Bueno, llego hasta la curva aquella del fondo y si no
veo nada me vuelvo”. Alcanzo la curva y cuando la giro me encuentro
con una escena inesperada. En mitad de aquel erial, descubro un
embalse de agua. ¡Anda, pero si este país tiene pantanos y todo! No
obstante la imagen contundente viene a continuación, cuando
insistente en mi objetivo, resuelvo llegar hasta la siguiente curva.
Al doblarla me encuentro de sopetón, ¡alucina vecina!... con un
tenderete inmenso (con unas 100 figuras o así) en una curva de una
carretera por donde no pasa ni dios. No daba crédito a lo que estaba
viendo. Una exposición de artesanía local y objetos varios (del
tipo estatua de elefante de madera o la cara de un aborigen tallada
en marfil) como los que podemos encontrar en los puestecillos de
cualquier feria de pueblo. En palabra de Dalí: “Esto es
surrealissssssmo!!”.
Joder, hay que
tener fe (o no tener otra cosa más que hacer en la vida, claro). Me
acerco a ellos sin tener muy claro todavía si aquello se trataría
de uno de los famosos espejismos del desierto. Cuando me aproximo,
los dos tipos que lo regentan reparan en mi presencia y se incorporan
(¡Vaya, un espejismo interactivo!). Doy los buenos días y me
devuelven el saludo. Hablo con ellos (esto es, chapurreo algunas
palabras y les hago indicaciones de que me acompañen) y los tipos me
siguen. Desando lo andado y nos volvemos al escenario del coche.
Saludan a los compañeros y cumplen el ritual sagrado de acercarse al
motor, echarle un vistazo y terminar con el lamentable resultado que
era de esperar. Mientras unos hablaban e intentaban hacerse entender,
otros iban y venían al motor del coche, como si por mirarlo más
veces aumentaran las probabilidades de que arrancase nuestra tartana.
Pero, de alguna forma conseguimos comunicamos con ellos y nos parece
entender que conocen a un mecánico.
¡No fastidiéis! ¿Y
dónde está?. Sin terminar de entenderles bien, los tipos se largan
con la idea de ir a buscarlo (o eso creímos). Cogen al pastor (que
afortunadamente todavía andaba por allí) y se largan todos en su
furgoneta. Bueno, pues algo es algo. No sé si regresarán con una
panda de malaspintas para desvalijarnos o simplemente no volveremos a
verlos, que, oye, igual vuelven de verdad con un mecánico.
Tras cinco minutos
de plantón (ojo!, cinco minutos marroquíes, lo que significa “todo
el tiempo que haga falta esperar”) se aproxima un coche en
dirección contraria. Se para a nuestra altura y salen del vehículo
los susodichos acompañados de un desconocido. En principio,
entendemos que es el mecánico. El hombre cumple con el rito, se
arrima al motor, bla, bla, bla. Cuando termina su inspección, se
incorpora y nos dice que tiene que llevarse el coche a su taller.
Bueno, pues habrá que fiarse. ¿Y donde está ese taller, buen
hombre? Pues en su pueblo. Hala, pues para allá que nos vamos.
No recuerdo como nos
trasladamos todos allí, pero la cosa es que un rato después nos
hallábamos entrando en una aldea. Recuerdo solo una calle principal,
por supuesto, sin asfaltar ni nada parecido, con dos hileras de casas
bastante modestas a lo largo de ella. Nos detenemos frente a una de
ella y descubrimos que, efectivamente, aquel hombre dispone de un
taller mecánico. En ese momento, me quedo algo más tranquilo.
El señor
desengancha nuestro coche del suyo y con ayuda meten nuestro Clío en
él, colocándolo sobre el foso. Esperamos un diagnóstico y un
pronóstico, pero no recibimos demasiada información. Ninguna, para
ser exactos. Aunque, la verdad, ¿pa qué?, si todas nuestras
esperanzas estaban concentradas y depositadas exclusivamente en él.
Haga lo que haga, será mejor que continuar tirados en aquella
carretera perdida.
Mientras resolvía,
nos quedamos en la puerta del taller (que a su vez era el domicilio
familiar) y durante ese tiempo nos dedicamos a dejar pasar el tiempo.
Pero realmente no fue solo eso. En verdad, durante la espera,
estuvimos conversando sobre las reseñables diferencias culturales
entre nuestra vida y la de aquellas pobres gentes. Probablemente,
aquella disponibilidad de tiempo vacío (que no es tan frecuente en
nuestras vidas cotidianas) nos permite hacer valoraciones concretas.
Servicios públicos escasos o nulos, un entorno hostil, recursos
sociales nulos, unas condiciones de vida prácticamente de
supervivencia,… En más de un momento nos sobrecoge el pensamiento:
¿Cómo podríamos nosotros sobrevivir allí? Y sin embargo, allí
los tienes, subsistiendo, llevando su vida con la mayor dignidad
posible, y además permitiéndose el lujo de ser amistosos. ¡Joder,
que suerte tenemos de vivir donde vivimos, y de haber nacido donde
hemos nacido!. ¿O no?
Algún paisano se
asoma a ver la novedad (nosotros), también algún crío (el hijo del
mecánico, de unos 10 ó 12 años que ya estaba metido en el oficio).
Por más que los miro no puedo por menos que compadecerme de ellos.
Pero allí permanecen, acostumbrados a aquella vida mezquina,
sobreviviendo como pueden, y además, sin quejarse. No eran ninguna
tontería las conclusiones a las que llegábamos. Al rato, el
mecánico sale y nos dice que está reparado la mierda del Clío.
Sorpresa generalizada y estentóreos agradecimientos a aquel señor.
Aún sin saber lo que nos iba a cobrar, teníamos claro que le íbamos
a pagar los que nos pidiera. Pero cuál es nuestra sorpresa al ver
que el tipo nos pide… 5 euros.
Pero ¡hombre de
dios!, que estamos en el país de los regateos, que como quien dice,
nos ha salvado usted el viaje. Échele un poquito de morro y cóbrenos
algo más. ¡Aprovéchese, coño!. Si no hace más que unas hora un
poli quería sacarnos las pelas por nada, y ¿va usted y nos cobra
una miseria? Pues no se crean, el tipo se resistió, hasta que
pudimos darle 40 ó 50 euros.
No recuerdo
exactamente cuanto le pagamos, pero sí que llevábamos en el coche
algunos obsequios para niños. Alguien nos dijo que en Marruecos los
críos carecían de todo, y nunca estaba de más llevarles caramelos,
bolígrafos, libretas, y cosas por el estilo. Por tanto, eso habíamos
hecho; llevábamos una bolsa llena en el coche, pero hasta aquel
momento no había surgido la oportunidad de dárselas a ningún crío.
Así que iba a ser ahora.
Sacamos el petate y
le dimos algo al chico del mecánico. El chaval se resistió a
cogerlo por puro pudor. Le insistimos pero siguió negándose, hasta
que miró a su padre buscando su aprobación. El padre asintió y
entonces el chico se acercó, no sin cierta vergüenza, y lo cogió.
Le preguntamos si tenía más hijos, y efectivamente había uno más.
Concretamente una niña de unos 8 ó 9 años, a la que no tardó en
llamar. La chica salió de casa, nos miró, y recatadamente se
acercó. Rosi la invitó a acercarse con afecto, mientras tomaba de
la bolsa una piruleta. La chica se aproximó hasta estar frente a
ella. Entonces Rosi sacó un piruletón gigante de variados colores
en espiral y se la plantó a la niña en su cara.
Este es el momento
concreto que quería recordar.
La cara de aquella
niña cambió de golpe. Aquel rostro infantil (pero curtido)
súbitamente se iluminó, y su cara reflejó la expresión más pura
y diáfana de alegría, de felicidad, que he conocido en toda mi
vida.
Tan lógico y
analítico que me considero, allí me encontré con una experiencia
que escapaba a cualquier intento de aprehensión racional. Petrificado noté un
pellizco seco en la fibra más sensible. Algo inefable, que driblaba la
razón con la rapidez y eficiencia de Messi, para impactar
directamente en mi emoción, como un golazo por toda la escuadra.
Igual que el último parte de la guerra civil: quedé desarmado y cautivo
ante aquella experiencia. Sigo, no sin dificultad, buscando palabras
que puedan describirlo, y creo que aquel momento solo puedo definirlo
como una epifanía.
Busco la definición
de este término, y cuando la encuentro me doy cuenta de que es
exactamente eso: Una súbita percepción o intuición de la realidad
que alcanza el significado esencial de algo, generalmente iniciado
por algún ocurrencia o suceso simple y común. ¡El académico de
turno ha clavado la definición!
Les aseguro que si
me la presentaran en una foto, ahora mismo no sería capaz de
reconocer a aquella niña. Pero aquella expresión se mantiene aún,
imborrable, grabada en algún lugar de mi memoria para siempre. No me
equivoco si les digo que aquel instante fue el más gratificante de
todo el viaje, la razón que (si fuera necesario) justificaría por
sí sola todas las andanzas y tribulaciones vividas en aquel periplo.
Una experiencia que despertó mi conciencia de un cogotazo, y
probablemente, la que en lo sucesivo me hizo salir de mi zona
personal de confort para conocer que más personas y culturas había
en el mundo.
Curioso! Acabo de
toparme con otro punto de inflexión (de no retorno) de mi vida.
Los documentales
muestran imágenes, los relatos palabras, pero no pueden ser si no
aproximaciones, porque solo el viaje real te muestra la vida.
Mandler y Scully
(“Expediente X”) tenían razón: La verdad está ahí fuera.
Pero hay que salir a
explorarla.
Viaje
iniciático: Historia, cuento o experiencia en la que un
individuo se encuentra en situaciones hostiles o adversas que harán
que observe y reflexione, después de tomar conciencia de sí mismo,
de la realidad externa, tras lograr superar tales circunstancias. Se
suele volver al punto de partida, pero se vuelve cambiado.
Federico
Luppi se dirige a sus alumnos en su última clase:
“El
año que vienen todos ustedes serán profesores.
De
literatura no saben demasiado,
aunque
lo suficiente para empezar a enseñar.
Pero
no es eso lo que me preocupa.
Me
preocupa que tengan siempre presente que enseñar quiere decir
mostrar. Mostar no es adoctrinar.
Es
dar información pero dando también el método de entenderla
y
cuestionar esa información.
No
obliguen a sus alumnos a estudiar de memoria; eso no sirve.
Lo
que se impone por la fuerza es rechazado y en poco tiempo se olvida.
Ningún
chico será mejor persona por saber el año en que murió Cervantes.
Pónganse
como meta enseñarles a pensar, que duden,
que
se hagan preguntas.
No
los valoren por sus respuestas, las respuestas no son la verdad.
Busquen
una verdad que siempre sea relativa.
Las
mejores preguntas son aquellas que se vienen repitiendo desde los
filósofos griegos. Muchas
son ya lugares comunes pero no por eso pierden vigencia: ¿Qué?,
¿Cómo?, ¿Cuándo?, ¿Dónde?, ¿Porqué?
Hay
una misión, un mandato que quiero que cumplan;
es
una misión que nadie les ha encomendado
pero
que espero, ustedes como maestros, se la impongan a sí mismos:
Seguro que a ustedes se
cruzan habitualmente por la calle con personas de las que no saben
nada. Nos sucede a todos, a cualquier hora. Individuos que viven en
esa anónima burbuja, y sobre los que podemos realizar todo tipo de
cábalas, según el estado de aburrimiento en que nos encontremos o
del interés que puedan despertarnos. Pero en la mayoría de los
casos, ahí permanecen, suspendidos indefinidamente en ese vecino
anonimato.
Julia era una de esas
personas desconocidas con las que me cruzaba de vez en cuando.
Alguien a quien prestaba atención por el hecho de encontrármela en
dirección opuesta cuando voy a trabajar, pero que tampoco despertaba
mayor interés por mi parte. Sin embargo, entramos en contacto, de
manera fortuita, gracias a una amiga suya. Y la empecé a conocer, en
principio sin un interés concreto por mi parte, solo porque se
sentaba en nuestra mesa a tomar café en el intermedio de aquel
taller de formación. Pero poco a poco captó mi atención y me
fueron interesando las circunstancias de su vida.
Julia
no debe llegar a la cuarentena. De complexión escuálida aunque
fibrosa, es delgada y bajita. Su pelo castaño, liso y largo (sin
llegar a alcanzar la longitud de la Pantoja) no le lucía todo lo que
debiera, pues frecuentemente lo llevaba recogido con un moño muy
“aquí te pillo aquí te mato”. Vestía ropa de batería, que
dice mi madre, tipo chándal, camiseta y vaqueros,... En fin, no es
el tipo de persona que llama la atención a primera vista.
Su voz es baja, suave y
algo desentonada, quiero decir que se le escapa algún que otro gallo
al hablar. Tampoco es que sea particularmente parlanchina. De hecho,
al conversar con ella, más bien hay que sacarles las palabras con
sacacorchos.
La vida de esta mujer es
monótona (como la de tantas otras), repetitiva y sufrida, siempre a
la carrera para cumplir con sus responsabilidades. Se dedica a
limpiar a domicilio y cuidar personas mayores. Quizá me comentara
que trabajaba en el servicio de ayuda a domicilio. Últimamente le va
bien en el trabajo; le han salido varias casas, así que apenas para
en la suya. Solo llega a esta al finalizar la jornada, y tarde.
Julia está separada. Se
casó, hace ya muchos años, cuando pensaba que vivir en pareja le
haría feliz, cuando era muy joven, demasiado para saber en donde se
estaba metiendo. Su ex marido es enjuto y bajito, de piel oscura; de
esos que lleva un peine de plástico en la cartera y siempre está
repeinándose para atrás un pelo graso, que intuyo fruto de la
seborrea más que de gel fijador o gomina. No es la persona que le
recomendaría a nadie como amigo, ni siquiera como conocido. De
hecho, lo mejor que puede hacer uno con él es tenerlo lo más lejos
posible. Entre los méritos más atractivos de su curriculum
destacan: ser alcohólico, drogadicto (de vaya usted a saber cuantas
sustancias), o sea, politoxicómano, desinterés por cualquier tipo
de trabajo o responsabilidad, carácter irritable, prontos violentos,
y además, bocazas. Ah! Se me olvidaba, también es ex-convicto. En
definitiva, el marido ideal que toda madre quisiera para su hija.
Lo más peculiar de esa
relación (por llamarlo de alguna manera) es que él lleva
apareciendo y desapareciendo de la vida de ella desde siempre. Por
temporadas. A su antojo, en muchas ocasiones, y obligado (ingreso en
prisión) en otras. Digamos que la inestabilidad sería el rasgo más
descriptivo de esta pareja. La comunicación entre ambos siempre fue
ruda y puramente instrumental (me hace falta..., mañana tienes
que..., alárgate al super y me traes..., etc). Amor es una palabra
que nunca existió en el vocabulario de él.
Pues con todo y con eso,
esta mujer tiene 7 hijos. Y todos son de él.
¡7 hijos! Meloexplique!
Trato de establecer
conjeturas, elaboro hipótesis, e intento ponerme en el lugar de ella
para tratar de comprender cómo se puede tener tamaña prole de
semejante “artista”. Pero por mucho que lo intento, no me salen
las cuentas.
El primer hijo,
supongo que no tiene más complicación de entender. Nos “queremos”,
nos acostamos y el Señor manda los bebes.
El segundo... en
fin, decía un proverbio árabe que “La primera vez que me engañes
la culpa es tuya. La segunda vez, la culpa es mía”. Pues quizá
ella no lo escuchara ni leyera nunca.
El tercero, que se
yo. Vuelves a juntarte, crees que va a cambiar (probablemente la
creencia más nefasta, fatídica y venenosa que conozco a nivel de
relaciones de pareja) y... bueno, llega otro bebé. No obstante, el
tipo no cambia.
El cuarto... ¿cómo
demonios me explico lo del cuarto hijo? Sacar tres hijos adelante ya
es difícil. No les cuento si no dispones de fuente de ingresos
económicos estable. Y además, ella sola, porqué él siempre se ha
desentendido alegremente de ellos. ¿Y entonces? Otro calentón,
digo yo (porque no se me ocurre otra explicación).
¿Qué les digo del
5º? ¿Y del siguiente? ¿Y del otro?
No, no me cuadra lo mire
por donde lo mire. Pero aún así, hay dos hipótesis explicativas
que han sobrevivido a la criba
1º) El famoso
impulso, el no poder evitarlo, esa especie de atracción instintiva
que a veces te ata (expresión que hay que entender su más amplio y
extenso sentido) a otra persona. Y contra la que parece que no puedes
hacer nada por contrarrestar.
2º) El miedo. El
miedo a las represalias del tipo si te niegas a estar con él.
Y si tengo que decidirme
por una, me decanto por la segunda.
Pero héteme aquí, que
después de cargar con esta densa biografía a sus espaldas, un buen
día me encuentro con que Julia comenta que fue al cuartel de la
Guardia Civil y puso una denuncia contra el energúmeno. Ya lo había
hecho en alguna ocasión, años atrás, pero no tardó en retirarla
en el momento en que él se apropió, en mitad de la calle y a plena
luz del día, de uno de los hijos menores y se lo llevó. A partir de
aquí, con solo esgrimir esa amenaza, sabía que la tenía a su
merced.
Tras aquella denuncia
ocurrió que, no me pregunten cómo, el cafre logró entrar en casa
de ella y se dedicó a destrozarlo todo: lavadora, ropa, ordenador,
televisión,... Ella sintió la punzada del pánico más honda que en
otras ocasiones; pero no hizo lo mismo que en las anteriores. Esta
vez se decidió a denunciarlo. Allanamiento de morada, destrozo de
bienes y mobiliario, además de quebrantar la orden de alejamiento
que tenía impuesta. Resultado: tres años de prisión.
Durante estos años, ella
ha intentando sacar honestamente a la prole adelante, con el apoyo de
su familia, convecinos e instituciones públicas, y sobretodo, han
podido conocer la calma familiar. Alguna vez ha comentado lo
reconfortante que es vivir sin el temor de que alguien se te acerque
inesperadamente por la espalda y cumpla sus amenazas. Lo gratificante
que es tener como única preocupación en tu vida tan solo el tener
que trabajar como una mula, de 8.00 de la mañana a las 11.00 de la
noche.
Pero el plazo de la
tranquilidad ha expirado. El ogro ha cumplido su condena, y ha salido
de la cárcel. Ella confiaba en que se largara a cualquier otra parte
del mundo, pero esto era más un anhelo infantil que una posibilidad
real. Y como era de esperar, ha vuelto a la ciudad. Si uno se para a
pensarlo con detenimiento, ¿A dónde va a ir un desgraciado de ese
calibre? Cómo no va a volver al lugar donde, para conseguir cubrir
sus necesidades (y vicios), solo tiene gritar y amenazar. Cómo no va
a volver a la casa donde tiene cama y comida gratis, aunque eso
signifique arrinconar a su propia madre en la cocina. La lógica
animal del mastuerzo es simple: Si me ha funcionado siempre ¿porqué
iba a dejar de hacerlo ahora?
Pues solo una razón
haría que dejara de funcionarle: Que la otra persona diga NO. Que se
plante, que se enfrente a él. Y solo puede uno tomar una decisión
sólida y convencida cuando ha comprendido que vivir así no es
vivir (¿de qué me suena esta frase?), que ella es la única que
puede cortar esa relación, y sobe todo, que antes o después, ha de
hacerlo; sea por ella, sea por el bien de sus hijos.
Julia puede contar con
todo el apoyo del público de la plaza, de la presidencia, del
apoderado y la cuadrilla al completo, pero solo ella está delante
del toro. Por muy arropada que esté, por muchos vítores y ánimos
que le den, solo ella puedes decidir enfrentarse al morlaco. Solo
ella puede hacerlo.
Y Julia lo ha hecho.
Lo ha decido, ha dicho:
“Hasta aquí llegó”. De una forma u otra, ha alcanzado ese
punto, ese momento, en que tiene que hacer lo que sabía que tenía
que haber hecho hace tiempo. Es posible que se hubiera ahorrado
sufrimiento (también tendría algunos hijos menos) si lo hubiera
hecho antes. Pero criticar es fácil cuando es gratuito. Solo se
puede opinar con cierta autoridad cuando se está o ha estado en la
misma situación, delante del toro.
No todos aprendemos
igual, ni a la misma velocidad. No todos estamos en el mejor momento
para tomar la decisión necesaria cuando toca. No todos podemos ver
las cosas con la misma claridad con que las ven los de alrededor (el
astado se ven muy bien desde la barrera, pero cuando estás delante
del bicho,... es otra cosa). Y aún así, lo importante es llegar,
tomar la decisión, alcanzar ese punto de no retorno.
Pero ella lo afirmó con
sus palabras: “No voy a volver a lo de antes”.
Y lo dijo convencida.
Con la convicción con que Cristina Sánchez se plantaba delante
del morlaco en la plaza, dispuesta a entrar a matar.
Con la rabia que
nace del miedo extremo, la misma con que la Teniente Ripley se
enfrenta a Alien, sabedora de que disyuntiva es sencilla: se trata de
ella o el bicho.
Con la misma determinación de Rigoberta Menchú, quizá con la única diferencia que a esta le
nació la conciencia progresivamente y a Julia (tras años intentando
esquivarla) creo que fue la conciencia la que le alcanzó a ella.