Así fue como empecé muy pronto a
esconder mis gustos, y que al considerar mis progresos y mi posición en el
mundo, me encontré ya encaminado en una vida de profundo doblez. Muchos incluso
se habrían vanagloriado de algunas ligerezas, que yo, por la altura y ambición
de mis miras, consideraba por el contrario una culpa y escondía con vergüenza
casi morbosa. Más que defectos graves, fueron por lo tanto mis aspiraciones
excesivas a hacer de mí lo que he sido, y a separar en mí radicalmente esas dos
zonas del bien y del mal que dividen y componen la doble naturaleza del hombre.
Mi caso me ha llevado a reflexionar durante mucho tiempo y a fondo sobre esta
dura ley de la vida, que está en el origen de la religión y también, sin duda,
entre las mayores fuentes de infelicidad.
Por doble que fuera, no he sido nunca lo
que se dice un hipócrita. Los dos lados de mi carácter estaban igualmente
afirmados: cuando me abandonaba sin freno a mis placeres vergonzosos, era
exactamente el mismo que cuando, a la luz del día, trabajaba por el progreso de
la ciencia y el bien del prójimo.
Pero sucedió que mis investigaciones
científicas confluyeron en las reflexiones que he dicho, derramando una viva
luz sobre esta conciencia de guerra perenne de mí conmigo mismo. Tanto en el
plano científico como en el moral, fui por lo tanto gradualmente acercándome a
esa verdad, cuyo parcial descubrimiento me ha conducido mas tarde a un
naufragio tan tremendo: el hombre no es verazmente uno, sino verazmente dos. Y
digo dos, porque mis conocimientos no han ido más allá. Otros seguirán, otros
llevarán adelante estas investigaciones, y no hay que excluir que el hombre, en
último análisis, pueda revelarse una mera asociación de sujetos distintos,
incongruentes e independientes. Yo, por mi parte, por la naturaleza de mi vida,
he avanzado infaliblemente en una única dirección.
Ha sido por el lado moral, y sobre mi
propia persona, donde he aprendido a reconocer la fundamental y originaria
dualidad del hombre. Considerando mis dos naturalezas entendí que se podía
decir, con igual verdad, ser una como ser otra, y esto era porque se trataba de
dos naturalezas distintas.
Muy pronto, mucho antes que mis
investigaciones científicas me hicieran barruntar la posibilidad de un milagro
así, aprendí a cobijar con placer el pensamiento de una separación de los dos
elementos. Si éstos, me decía, pudiesen encarnarse en dos identidades
separadas, la vida se haría mucho más soportable. El injusto se iría por su
camino, libre de las aspiraciones y de los remordimientos de su más austero
gemelo; y el justo podría continuar seguro y voluntarioso por el recto camino,
sin tenerse que cargar de vergüenzas y remordimientos por culpa de su malvado
socio.
Es una maldición para la humanidad,
pensaba, que estas dos incongruentes mitades se encuentren ligadas así, que
estos dos gemelos enemigos tengan que seguir luchando en el fondo de una sola y
angustiosa conciencia.
Robert Louis Stevenson
"El exraño caso del Dr. Jekyll y el señor Hyde" (1886)
Cuando su mirada se clavó en la
mía, me di cuenta.
Tan imprevista como el conejo que
salta y se te cruza delante del coche en la carretera. Sobrecogedora como el
petardazo inesperado de unos críos revoltosos. A mitad de camino entre la de
Robert DeNiro frente al espejo en “Taxi driver” y Lee Van Cliff en la escena
final del “EL bueno, el feo y el malo”. En este caso, afortunadamente, sin
pistolas de por medio.
La de aquel tipo no fue el típico
ojeo curioso y sin pretensiones, como el que tiene uno cuando sale de su casa
para ir a la frutería. No fue un echar un vistazo cualquiera. Aquella mirada era
precisa e incisiva, como el bisturí de un cirujano escrupuloso. Era algo más
que eso. Una mirada retorcida, desprovista de cualquier atisbo de ingenuidad.
Algo insano se escondía tras ella.
Había sobrepasado el umbral del parque. Apenas había gente
ese día, quizá por el cambio de temperatura, quizá porque aún no se había
inaugurado formalmente el verano. En apenas unos metros entraba en la terraza
que el bar de la esquina tiene distribuida entre los jardines. Dos hileras de
mesas en perfecta formación, a derecha e izquierda del recorrido.
Caminaba con cierta premura (algo
casi habitual en mí) hacia la cita que tenía en el otro bar, en el extremo opuesto.
Había quedado para tomar unas cervezas con un amigo. Sin nada de lo que
ocuparme ni preocuparme, mi único dilema en aquel momento era decidir qué
camino tomar. Nada que exija demasiado gasto neuronal, puesto que los dos itinerarios
posibles describen un recorrido igualmente agradable.
Mientras avanzo por entre las
mesas veo que solo había dos ocupadas. Al llegar a la altura de la más cercana
eché una ojeada. Estaba compuesta por lo que parecía un matrimonio joven con
dos niños. Uno de los pequeños estaba sentado formalmente frente a la mesa,
mientras que la madre tomaba al segundo del cochecito. Por algún motivo espurio
la miré. No es que me pareciera particularmente atractiva, ni tampoco lo
contrario, puesto que cualquiera de estos casos lo recordaría. No porque
llamara la atención de ninguna manera en particular por su comportamiento,
indumentaria, o algo así.
De manera que la mirada que le
dirigí fue tipo estándar. Menos de 1 segundo, sin
carga emocional y desprovista de cualquier intención. Exactamente la
misma quehabía usado con los críos un
instante antes.
Tras esto, e igualmente por defecto,
miré al hombre de la familia. Un mirar por mirar. Pero en ese instante todo
cambió de sentido.
Cuando mis ojos se encontraron
con los suyos, estos ya me estaban esperando. Aquel tipo ya me estaba
observando antes de que se me ocurriera mirarle. El impacto fue parecido al de
encontrarte con la pandilla de Alex y sus descerebrados drugos (“La
naranja Mecánica”) en mitad de una callejuela solitaria y oscura. Como un
guantazo con la mano abierta cuando estás departiendo agradablemente en el coctel
de recepción de una boda encopetada. Algo parecido a la que te dirige el
guardia jurado de un hipermercado cuando está convencido de que sales habiendo
hurtado algo.
No conozco al tipo de nada. Quizá
no me sea desconocida su cara, así que imagino que me lo habré encontrado por
algún lado algún día. Ahora que lo pienso, igual que me sucede con la mujer. Pero
no tengo referencia ninguna de él. Él supongo que él tampoco me conoce; digo yo
que no tendría porqué, si yo tampoco lo recuerdo. Aunque por un momento pienso
que quizá me esté confundiendo con alguien. Sí, esa es otra posibilidad con
fundamento.
Pero no. La descarto de
inmediato. No, no me confunde con nadie. Lo sé porque aquella mirada no me
escrutó, no buscaron información visual en mi rostro para después probar a
reconocerme. Aquella mirada se dirigía solo a mis ojos y su pretensión era
exclusivamente confirmar sus sospechas, fueran estas las que fueran. No
obstante, un efecto secundario de ese tipo de miradas es que transmiten
información sobre su naturaleza. La interpretación fundamental que hago de esa información
que me llega es que haber mirado a su esposa es algo que le jodía
profundamente.
Entonces lo supe: “Él es uno de ellos”.
No me pregunten porqué. Pero no tuve ninguna duda.
¿Fabulaciones mías? No se puede descartar, por supuesto.
Pero conste en cualquier interpretación que hago trato de ser lo más objetivo
que me permite mi razón y capacidad perceptiva. Intento no caer en las tergiversaciones
que pueden ser causadas por falsas impresiones. Esas cuyo origen no se
encuentran fuera, en el suceso que estás observando, sino que nacen de dentro;
de la información que yo añado a lo que me viene de fuera, y que finalmente dan
lugar a una interpretación sesgada del acontecimiento externo.
Qué duda cabe, tratar de ser concienzudo no implica que
siempre lo logre; pero lo intento con convicción. Y si bien es cierto que no
puedo llegar a ser concluyente, si que puedo alcanzar deducciones cercanas a la
realidad. Y aquella se me presentaba tan clara y diáfana como un amanecer de
verano.
“Aquel tipo es uno de los que me comentan algunas mujeres
maltratadas”, pensé.
Pertenece a ese perfil tan rancio como inextinguible. El
perfil de hombre que mantiene el control sobre su vida, unidad familiar incluida,
de manera férrea e inflexible. Que es poseedor de lo que tiene, pero no lo
comparte. Su casa, su coche, su familia... Y su mujer, porque ella también es
de su propiedad. Casi que estoy convencido de que ya lo fue mucho antes de que
firmaran el contrato matrimonial.
Él puede ser un estupendo trabajador o amigo, un vecino amable o hermano esforzado, pero que no
puede transigir con la más mínima ruptura del orden que él ha establecido en su
vida y sus posesiones. De hecho, en muchos casos, estos hombres tienen gran
predicamento, quiero decir, son personas muy bien vistas en su comunidad.
Personas de las que jamás se esperaría que gritaran a su mujer por haberla
visto saludando a un compañero de trabajo, o que les impidan que intenten
desarrollar su vertiente laboral desacreditando cualquier intento que ellas hagan
de buscar un empleo (pero siempre sin aportar argumento alguno) o prohibiendo
que acepten un cigarrillo de una amiga con solo dirigirle una dura mirada a su
esposa.
En más de una ocasión, a raíz de testimonios personales,
han salido a la luz detalles como estos. Los datos se van acumulando en la mesa
como la basura a un síndrome de Diógenes. Y no puedo dejar de pensar en que,
igual que sucede con la verdad, están ahí fuera (¿Estoy citando a Mulder y
Scully?). Esos tipos están ahí. Existen. Salen en las páginas de sucesos
constantemente. Viven aquí, entre nosotros, pero camuflados, como los
extraterrestres de “Men in Black”.
Automáticamente le adjudico ese perfil (o similar) al tipo.
Quizá puntúe entodos esos criterios,
quizá solo algunos. Pero desde luego hay uno que innegablemente cumple, porque
me lo acaba de demostrar.
Un tipo celoso. Tiendo a pensar que algo más que eso.
Si yo no conozco a su mujer, si cuando la miro no doy pie
a sospechas de ningún tipo. Entonces el único que puede estar añadiéndole esa
mala intención de la que recela es él. Igual un trastorno delirante, tipo celotípico, me parece
un diagnóstico un tanto precipitado. Pero si no es así, desde luego que en esa
escala de valor debe puntuar el tipo.
Pero con que solo sea una persona excesivamente celosa ya
me está comunicando mucho. Con solo ser celoso sin que haya motivo para ello ya
me está informando de que es una persona insegura. Y créanme, el tipo tiene las
hechuras de un luchador de Wrestling o un púgil peso pesado, pero no confía en
su entorno. Teme poder perder el control de lo que posee. Esto le hace ser
hostil, encontrarse irritable en más ocasiones de las necesarias, y por tanto,
proclive al nerviosismo o ansiedad.
Me temo que a partir de aquí ya solo puedo especular.
Quizá la maltrate, quizá insulte, quizá amenace, o quizá solo esté siempre de
mal humor e irritable sin dar motivos ni explicaciones creando así un
irrespirable ambiente en casa, que quizá debería denominarse terrorismo
familiar.
Pero no perdamos de vista un detalle. Sea cual sea su
actitud, desconozco completamente la de ella. También podría tratarse de una mujer
sumisa que necesita de la seguridad de su hombre, aunque tenga que pagar el alto
coste de esa subordinación (o incluso lo pague gustosa o ignorantemente). Ya
les digo, un autentico empobrecimiento personal en los tiempos de libertades y
derechos femeninos que disfrutamos.
Todo lo que siga cavilando a partir de aquí ya sobrepasa
la categoría de especulación para convertirse en pura inferencia personal. Pero
una cosa sí que les digo: Yo sé lo que vi en aquella mirada.
Y todo esto, remarcando que no
puedo recordar rasgo alguno de aquella señora, su mujer, ni sería capaz ahora
mismo de reconocerla si me la cruzara con ella por la calle.
-¡Coño, Carlitos! ¿Ya te has pedido la primera?
-Hombre, si te retrasas no voy estar aquí esperando, a
palo seco.
-Cierto. Yo hubiera hecho lo mismo. A ver ¿donde está
Francis?
-¡¡¡Francis, unas cañas y unas aceitunas, hombre!!!
-Bueno, ¿terminaste ayer de ver “Breaking Bad” por fin?
-No tío, se me ha colado por medio “True Detective”, una
serie que me tiene enganchado...
Estos personajes como intuyera muy bien el genial
psicólogo norteamericano H. Cleckley hace décadas, llevan una "máscara de
cordura", pueden llevar una vida en la que no llegan a entrar en problemas
graves con la ley e incluso tener buena imagen pero al mismo tiempo son
incapaces de llevar una vida decente o fructífera o de rectificar sus errores
que cometen una y otra vez sin aprender nada de la experiencia.
Estas personas pueden dar explicaciones convincentes y mostrar actitudes de
arrepentimiento pero que en la puesta en práctica no afectan para nada a sus
acciones. En otras palabras, saben lo que está bien, lo que a los demás les
parece bien pero eso no va a impedir que sigan causando problemas a los
demás... y a veces, incluso a ellos mismos.
Como dije en otro artículo, los Psicópatas, ya sean
integrados ("de andar por casa", o lleven una doble vida o incluso
sean criminales) llevan una máscara para ocultar su verdadera forma de ser ante
los demás. Pero hay una forma de sospechar:
LOS HECHOS NO COINCIDEN CON
LAS PALABRAS Y LAS INTENCIONES.
Ahora hablaremos de algunas pistas sobre la personalidad de estos sujetos en
las relaciones interpersonales: Naturalmente, cada uno tiene su propia máscara
y sus propios gustos personales que dependen de otros muchos factores, tales
como, cultura, inteligencia, ambiente social, experiencias y propensiones
particulares.
SUPERFICIALIDAD. Aunque pueden hacer demostraciones de sensibilidad, a veces
espectaculares, lo cierto es que no se distinguen por su tacto, sensibilidad o
cuidado. Los momentos cotidianos o simples que encierran la serena alegría de
la vida, por ejemplo, compartir con los demás, disfrutar de la naturaleza,
apreciar la profundidad del arte o sentir compasión por un ser querido son
incomprensibles para ellos.
La burla, la chabacanería, vulgaridad y la indignación teatral.
La diversión, la fiesta, ser más listo que los demás y la búsqueda de emociones
fuertes, ya sea a través del sexo, las peleas o el engaño son todo lo que
puedes encontrar en ellos. Les gusta vivir bien pero a costa de los demás.
No es raro que personas que hayan convivido con ellas, una vez ha pasado todo,
se pregunten cómo han podido querer a alguien tan insensible, vulgar y en
ocasiones, intelectualmente tonto y espiritualmente pobre...
HIPOCRESÍA. No es raro que estos personajes critiquen a los demás por todo,
especialmente a sus espaldas, o bien, directamente (sin que nadie lo sepa). Lo
curioso es que casi todas las quejas y descalificaciones son una proyección de
su propia forma de ser. Así una mujer psicopática criticará a otra a sus
espaldas por su vida sentimental sin que parezca importar que ella misma es una
zorra.... y aún más divertido! Seguirá sonriéndole y haciéndose pasar por
amiga.
EXAGERACIÓN. Estas personas pueden hacer una montaña de un grano de arena
cuando se sienten ofendidos (y esto ocurre continuamente). Su respuesta puede
ser desproporcionada. No olvide que a los/las psicópatas cotidianos les encanta
"montar números", lo cual además, les alivia su aburrimiento crónico
y vacío existencial.
También contarán historias falsas, o lo que es peor....exageran sucesos pasados
para darse autoimportancia (cuando en realidad, son personas profundamente
inútiles).
Estas actitudes pueden exacerbarse bajo los efectos de unas copas, cuando los
pocos frenos morales y autocontrol de que disponen se vienen abajo, son capaces
de conductas obscenas, de ponerse en evidencia y de meterse en líos.... todas
estas cosas les "ponen". En estos casos pueden tener actitudes
infantiles y asomar su verdadera cara de bufones o payasos. Les encanta
sentirse las estrellas de cualquier reunión, a menudo a costa de devaluar a los
demás.
IRRESPONSABILIDAD. Esta es otra característica habitual en ellos. Si algo va
mal, la culpa es de los demás, si algo va bien, ellos son los responsables.
Si él defrauda en el trabajo, la culpa es de la sociedad, del jefe o una
depresión.
Si ella engaña a su marido, la culpa es de él por no "comunicarse", o
por no tratarla bien, o de su amante o de una copa de más... Si el sujeto acaba
ante el juez, la culpa es de las circunstancias o de la mala intención de los
demás.Si no tiene dinero, la culpa es
de su maldito cónyuge que es un gandul. Si pega a su mujer, es porque ella se
lo ha buscado, etc...etc... Cuando hacen algo malo y no pueden justificarlo de
otra forma, dirán que han sido inducidos por alguien... en resumen, la culpa es
de los demás...
Como vemos, estamos ante un personaje pueril, un lístillo y un oportunista. Y
como podemos adivinar, necesariamente ha de llevar un disfraz para caer bien a
sus presas, al menos en un principio. Sin duda, la forma de ser del psicópata
hace imposible el éxito duradero en cualquier faceta de su vida personal.
Por
este motivo, estas personas volverán a repetir los mismos errores una y otra
vez... dejando a un reguero de víctimas en el camino.
La psicopatía es un trastorno de
la personalidad, no es una enfermedad mental.
No sé si esto les dirá mucho,
pero realizar esta distinción es esencial.
Una enfermedad mental es un
estado anormal de nuestra mente. Una alteración de nuestra psique que abarca
cognición, afectos y conducta. En definitiva, un trastorno sobrevenido a un
estado de salud mental (más o menos) normal.
Suponga que un amigo/a tiene que
afrontar una separación matrimonial no deseada. O lo contrario, que tiene que
soportar una convivencia marital que le lleva quemando durante años. Suponga
que pierde su trabajo, no logra encontrar otro y esto lleva minando su existencia
durante años. O a la inversa, que tiene un trabajo que le está quemando la
sangre desde mucho tiempo atrás pero no tiene más remedio que soportarlo.
Suponga que fallece en un accidente de tráfico la persona que usted más quiere
en el mundo o…
O supóngalo todo junto. Se separa
de su mujer. Su carácter va ajándose progresivamente, se encuentra más
irritable, menos paciente, más pesimista… En el trabajo los roces empiezan a
ser frecuente, con compañeros y superiores. Un buen día se enfrenta al jefe y como
consecuencia este le despide. Se enoja y usted le insulta o agrede, motivo por
el que él le denuncia. Presa de la impotencia, rabia, y quizá también su falta
de control, salé desnortado, coge el coche y conduce de manera temeraria, hasta
que en un cambio de rasante se sale de la vía y se estrella. Podemos seguir complicando
la peripecia con el resultado de hemiplejia. O peor, queda tetrapléjico.
Después de esto, no sería extraño
que nuestro amigo sufra un trastorno del estado del ánimo. Esto es, depresión.
Tener una depresión no es levantarse un buen día tristón o melancólico y decir “Que
depre”. No es un estado de tristeza más o menos puntual. Padecer una depresión
es sufrir un Episodio Depresivo Mayor. Y esto son (como indica su propio nombre)
palabras mayores. La persona se encontraba en un estado de mental saludable
(más o menos estable) pero, súbita o progresivamente, se desequilibra. No somos
capaces de adaptarnos a tal cambio y nuestro estado de ánimo se hunde.
Si sufrimos una depresión tenemos
una enfermedad mental. Es necesario que sea diagnosticada (existen distintos
tipos de trastornos del estado de ánimo: distimia, episodio depresivo mayor,…)
y acto seguido, ser tratada. Para ello dispondremos de un variado abanico de
posibilidades terapéuticas, desde las farmacológicas (de las que personalmente
desconfío como estrategia única para superar la depresión) hasta la psicoterapia.
El tratamiento combinado es la intervención que mayormente se suele recomendar.
El sujeto necesitará quizá
fármacos para dormir, deberá confrontar su malestar, el físico y el emocional,
etc. Pero también tendrá que afrontar la responsabilidades: quizá su incapacidad
para lograr una relación de pareja estable, quizá su impulsividad al encararse a
su jefe, su falta de control cuando condujo insensatamente, etc… Aparte de
asumir las secuelas postraumáticas del accidente de tráfico.
Sí, nuestro amigo está bien fastidiado.
Pero puede mejorar. Tiene la posibilidad (en potencia, al menos) de superar su
depresión. Y no, nadie ha dicho que vaya a ser fácil. Pero al menos dispone de
herramientas para remontar su estado anímico. Habrá de asumir las consecuencias
de sus actos, afrontar sus circunstancias actuales, y proyectar su vida hacia el
futuro. Con trabajo y tiempo su estado de ánimo irá mejorando, se volverá a estabilizar.
Con el paso de los meses igual puede alcanzar un estado de ánimo similar al
inicial.
Pero ojo. Nunca será igual al inicial. La frase tan manoseada en los
culebrones televisivos y películas comerciales de “la vida nunca va a volver a
ser igual que antes” es verdadera. Radicalmente cierta.Suelen esgrimirla personas que
pasan por situaciones traumáticas, interpretándola normalmente como un lastre
para no avanzar (“Nunca será nada como antes”). Pero tal interpretación es
suya, es una lectura personal, porque no va implícita en el hecho. Ocurra lo
que ocurra, la vida nunca es como antes. La vida, por definición, es cambio.
Nada permanece (¿estoy citando la letra de una canción o a un presocrático?). Diez
años después, la vida de esa persona hubiera cambiado, de una manera u otra. Y
nunca sabes si incluso más de lo previsto.
Voy a concretar de una vez, así que,
como decía Denzel Washington en “Philadelphia”: Explíquemelo como si tuviera 5
años.
Antes estábamos mental y
emocionalmente bien, pero unas determinadas circunstancias nos llevan a estar mal.
Pero podemos mejorar, reponernos, intentar volver a nuestra línea base
(emocional).
Pero esto no sucede con el
psicópata.
El psicópata no se puede curar.
Y no puede hacerlo porque no
tiene un trastorno mental (depresión, esquizofrenia, agorafobia, etc…). Él no
está enfermo. Él, simplemente, tiene una forma de ser distinta. Con la
peculiaridad de que, esa forma de ser, nos jode la vida a los demás.
Desde el asesino en serie de
“Harry, El sucio” (quizá sea el primero que recuerdo en el cine) pasando por
todo tipo de perfiles, reales (Calígula, Adolf Hitler, el asesino de la katana,
Charles Manson… ) o imaginados (Hannibal Lecter, Jason, Freddy Krugger ,
incluso Torrente,…). Todos ellos, decía, no tienen nada que curar, porque no
están enfermos. Simplemente tienen esa manera de ser: Buscan saciar sus
necesidades sin importarle nada de lo demás. Les trae al fresco, oiga. No
tienen ningún tipo de escrúpulo a la hora de aprovecharse de cualquiera que le
permita alcanzar sus objetivos. Sin remordimiento ni culpa.
Ellos no tenían un estado mental
o una concepción de la realidad que de pronto cambió, como quien cae en una
depresión o sufre un brote psicótico.
No. Ellos siempre fueron así.
De manera que, si no es una
enfermedad no se puede curar. Si es una forma de estar en el mundo (nefasta
para los demás, pero una forma de estar, al fin y al cabo). ¿Cómo demonios se
cambia?
Pues difícilmente. Porque para el
psicópata no existe problema ninguno. Él no piensa que esté enfermo o
equivocado. No tiene que ponerse en manos de ningún psiquiatra o terapeuta,
porque si le preguntas, él mismo te diría que no está enfermo. Él sencillamente
es así.
Y tiene razón: él no tiene ningún
problema. El problema lo tienen los otros. Los demás. Nosotros.
El
ucraniano Andrei Chikatilo era un tipo adorado en su barrio. Un buen vecino,
siempre dispuesto a ayudar, dulce y devoto a su gata "Dasha", cuenta
su casera. Lo más curioso de su persona era que siempre iba con una gran bolsa
colgada del brazo, la cual estaba llena de huesos humanos. Cuando lo detuvieron,
en su casa encontraron botellas rellenas de sangre, una jarra de cristal llena
de orejas secas y un depósito de aluminio con restos humanos marinados y listos
para comer. Era lo que quedaba de su última víctima.
Ese perfil desproporcionado
existe, aunque haya sido corregido y amplificado, dado el indudable atractivo
que tienen para el cine y medios de comunicación. Pero una cosa les digo. No
son a esos a los que hemos de temer. Esos personajes surgen de vez en cuando,
pero cuando lo hacen actúan sobre un número reducido de personas.
A los que realmente hay que tener
miedo no son a los psicópatas asesinos en serie. A los que hay que temer son a
esos psicópatas del tres al cuarto, a esos cabrones de perfil bajo que nos
rodean en nuestra vida diaria y que ni siquiera somos capaces de detectar. Esos tipos con mala entraña que paradójicamente suelen tener encanto (la máscara necesaria para su impunidad), pero son mamipuladores, muestran una ausencia absoluta de empatía y ningún tipo
de sentimiento de culpa. Igual es tu jefe, que tu vecino, que tu amigo.
Estadísticamente es un 1% la
población la que se encuentra afectada del trastorno antisocial de la personalidad. Piensen. Si
viven en una ciudad de, 20.000 habitantes, serían 200 los psicópatas que viven
en su entorno. En EEUU son más de 12 millones de ellos.
De los que hay que huir (porque
es lo único que se puede hacer contra estos tipos) son de los que no manifiestan
su conducta públicamente, muchos de ellos “integrados” en la sociedad. De los
que no asesinan pero te joden la vida. Esos son los realmente peligrosos, por
encontrarse camuflados, mimetizados con el entorno, por tanto con la etiqueta
de “normales” dentro de su comunidad. Probablemente con una sibilina forma de
proceder que quizá no te inflijan un gran estropicio, pero que como la tortura
de la gota china, van desgastando poco a poco. Y normalmente con una impecable
fachada, un intachable prestigio social.
Ese esposo que parece ser el
marido ideal y después, en casa, tiene machacada psicológicamente (y/o
físicamente) a su esposa o familia. El amigo que en la pandilla calcula
fríamente qué decir y a quien para lograr sus apetencias, destrozando
relaciones sin escrúpulo alguno. El tipo que destaca en el trabajo y asciende
(mejor dicho, trepa) usando discretamente cualquier tipo de estrategia, legítima
o no, hasta alcanzar su objetivo.
No tengo ninguna duda de que entre
los tipos que nos han fastidiado, esos que han provocado la crisis económica
actual, deben encontrarse un número anormalmente alto de este perfil psicopático.