sábado, 30 de enero de 2016

CITA: No podemos renunciar a sentir la pérdida


Una pregunta que planteo a menudo a las personas a las que acompaño es: «Si existiese una pastilla que eliminase todo tu sufrimiento, toda la sintomatología que sientes ahora mismo, que hicieses que no sintieras nada… ¿Te la tomarías? »



He hecho esta pregunta muchísimas veces y después de un breve silencio, la mayoría niega con la cabeza: No. No se la tomarían. Cuando les pregunto por qué, después de un momento de reflexión, responde algo así: “Si no notase nada, me sentiría como una piedra”, No sé cómo expresarlo, pero sentir ese dolor me hace ver que soy humano”, o “Si no sintiese añoranza y tristeza sería como si no la quisiera, como si no me importase su muerte”. “Aunque me duele mucho, me siento conectada con ella. Es como si a través del dolor pudiese seguir siendo su padre”. 


Existe un pequeño porcentaje que afirma que sí tomaría esa pastilla. Suelen tratarse de personas que han perdido a un ser querido muy recientemente, que se encuentran en estado de shock o que acumulan una serie de pérdidas no elaboradas y a las que el sufrimiento ya les resulta del todo insoportable. 

Pero la mayor parte de las personas en duelo perciben que en la aceptación del dolor hay algo importante. Que vivir las emociones de la pérdida tiene un sentido, aunque no encuentren las palabras para descubrirlo. La sintomatología es normal, natural y humana, y además parece mostrarnos algo que tiene un valor.

"El mensaje de las lágrimas" (2014)
                                                                                                              Alba Payás


domingo, 17 de enero de 2016

#13. Algunas pérdidas duelen más que otras




El féretro estaba situado en el centro de la iglesia, delante del altar. En la bancada de la derecha podía verse a toda la constelación familiar. Los deudos del difunto, de apenas 19 años, se habían personado en toda su extensión y amplitud para dar el último adiós. Los padres no podían encontrar consuelo ni ánimo en nada ni en nadie. Los abuelos seguían hundidos, consternados y sin poder levantar cabeza. Los hermanos y tíos mostraban semblantes igualmente afectados.

No obstante, lo que nadie entendía era la desconsolada figura un chico desconocido. Situado delante de la deshabitada bancada opuesta, el forastero estaba situado de pie, solo. Tras haber constatado la identidad del muerto quedó junto al ataúd. Allí, aquel joven anónimo lloraba con una congoja y consternación desmedidas. Una aflicción que no correspondía a la de una simple amigo. Es posible que algún familiar avispado pudiera entender la naturaleza del vínculo que había unido a ambos chicos, pero nadie se acercó a preguntarle. Ningún familiar mostró más interés por él que el de una extrañada, y quizá suspicaz, curiosidad. El finado ya se lo había avisado, y por eso él mismo era consciente de que la familia de su difunto amante no le aceptaría. De manera que, tras su hora más larga, la más agria de toda su vida, el chico se marchó. Cabizbajo y agotado, abandonó aquella iglesia con su aflicción, sin que nadie le ofreciera un mínimo de calor, sin el reconocimiento de su dolor, y sintiéndose (no sin razón) la persona más sola del universo. 




Este sería un ejemplo del tipo de pérdidas que, personalmente, más me conmueven. Técnicamente se denominan pérdidas desautorizadas, y las sufren aquellas personas que experimentan una privación pero que no puede ser reconocida públicamente o expresada libremente a los demás. Dentro de esta condición entrarían tipos tan variados como las relaciones sentimentales no reconocidas (muerte de un amante, relaciones homosexuales,...), pérdidas no reconocidas (aborto, esterilidad, abusos,...) o pérdidas censuradas (VIH, suicidio, sobredosis,...), entre otras.

Yendo un paso más allá, incluiría en esta categoría también aquellas pérdidas que no es que sean censuradas o no reconocidas, sino que además la persona puede no ser consciente del todo de la pérdida como tal. Si algún tipo de perdida despierta mi mayor indulgencia es esta, la pérdida de lo que nunca se tuvo.

Una lectura superficial puede indicarnos que esto es absurdo, que no tiene mucho sentido. Pero es importante arañar en la superficie del concepto y profundizar un poco. Algo que no ha sido nunca real y palpable no se puede perder. De acuerdo, no se puede perder como tal, pero desde el momento en que tal objeto/sujeto se asienta en nuestro conocimiento, en nuestra conciencia, comienza a convertirse en un anhelo y va adquiriendo poco a poco en nuestra mente la condición, al menos, de factible. Lo empezamos a categorizar, entonces, como un objetivo practicable, tan legítimo y viable como llegar a la meta de una maratón, obtener un ascenso laboral en nuestra empresa o tener un hijo/a.

Todo el mundo puede entender el sentimiento de dolor que nos embarga al perder tu casa o ver fallecer a tu padre. Pero es mucho más difícil que alguien entienda  el dolor que anida en la persona que nunca desarrolló la vocación que poseía, que nunca tuvo el hijo que anhelaba o que no pudo intimar con la persona que amaba… Todo está en la cabeza del damnificado/a, y dependiendo del afán, la necesidad, la convicción con que la haya instalado y construido en su mente dicha aspiración, tanto más  desgarrador será contemplar que es irrealizable.

En el momento en que abrigamos la posibilidad de disfrutarlo empezamos a establecer vínculos afectivos con ese objeto/sujeto ilusionante. Cuanto más hayamos fantaseado con esa posibilidad, más real se nos aparecerá en nuestra mente. Aquí es donde podemos empezar a despegar los pies del suelo sin darnos cuenta y dejar de ser realistas. Todo el mundo sabe que no hay más ciego que el no quiere ver. De la misma manera, no hay quien erradique del pensamiento individual algo en lo que cree firmemente, aunque esté equivocado. El anhelo puede ser tan significativo o trascendental para la persona que no se permita constatar su imposibilidad en el mundo exterior, el real.


Es posible que no se pueda perder lo que no se ha tenido, pero sí que duele perder lo que se ha sentido (fuera real o imaginario).




Sea de una u otra manera, una vez sobrevenida y reconocida la pérdida, hemos de buscar la forma de afrontarla. Y esto es algo a lo que no nos enseñan en ningún lado. Todos somos náufragos en estos momentos. Nos encontramos con una mano delante y otra detrás frente al desastre. Cierto que es imposible volver atrás, ni tenemos la posibilidad de desembarazarnos ese pesado fardo. Irremediablemente hemos de cargar con ese plúmbeo dolor. Pero, eso sí, tenemos la posibilidad de intentar aligerarlo de lastre (en la medida de nuestras posibilidades) y tratar de llevarlo de la manera menos fatigosa posible.

Dentro de una pérdida, las circunstancias que la conforman pueden hacerla más o menos difícil de afrontar. Quizá los más obvios sean los factores internos (intrapsiquicos) y se refieren a la vulnerabilidad, la fragilidad o fortaleza emocional de la persona afectada a la hora de enfrentar el suceso. Igual de indiscutibles son las variables externas, o circunstancias en que se dio el mismo (pérdidas inesperadas, truculentas, múltiples, violentas, etc…). Pero hay que señalar un factor que tiene relevancia particular en la mala hora: el apoyo externo que encontremos, el contacto humano de que dispongamos durante la experiencia traumática.

Este punto me parece particularmente interesante, porque la falta de apoyo social es considerada un predictor relevante en el duelo patológico. Está demostrado que la disponibilidad de personas cercanas, de la red social del sujeto, para ofrecerle un espacio de expresión del dolor es un factor protector de primer orden. Contar con apoyo efectivo y confianza con los allegados es un punto crucial para que el trauma se minimice y permitir el desahogo, de manera que se pueda elaborar el duelo (que no es otra cosa que la integración de la pérdida en nuestra vida). La falta de comprensión del entorno y la incapacidad de responder al sufrimiento del doliente son percibidas por este como una pérdida añadida a su ya difícil situación.




Tanto las perdidas desautorizadas como las de aquello que nunca se tuvo, en muchas ocasiones, son invisibles para los demás. Son duelos de los que, por ende, es difícil hablar, compartir ese penar con otras personas. Si el/la afligido/a, por pudor, por introversión, por temor a sentirse rechazado, por ser tomado por un tarado,… no vomita su padecimiento, no puede compartir esa pérdida con otros, con allegados confiables, habrá de vivir el proceso doloroso en soledad. Y hacerlo en soledad implica muchos más perjuicios de los que a priori parece: Significa estar obligado a hacer el duelo sin el soporte social que permita amortiguar esa embestida emocional, sin el reconocimiento de los demás que preserva la dignidad de la persona, y sin poder exigir la legitimidad de que los demás respeten su dolor.

La afirmación de Richard Erskine al respecto me parece tan indiscutible como demoledora: “No es el trauma lo que destruye la psique humana, sino la ausencia de una relación emocional durante el tiempo en que se da el trauma o inmediatamente después”.

jueves, 31 de diciembre de 2015

CITA: Todo se puede soportar




En muchos de nosotros, las primeras pérdidas vividas (y memorables) de nuestras vidas tienen lugar cuando somos adolescentes y tenemos nuestras primeras citas. 


Nuestro primera amor, independientemente de lo superficial o destinado al fracaso que pueda parecer desde la distancia que da el tiempo, tiene en aquellos momentos un intenso significado para nosotros, llegando a menudo a parecer el centro del universo. 


Por lo tanto no  es sorprendente que los adolescentes experimenten intenso sentimientos de ira, culpabilidad o traición en sus rupturas sentimentales, en ocasiones hasta el punto de llegar a deprimirse notablemente. 

Los sentimientos de soledad que acompañan este tipo de pérdidas son aún más difíciles de soportar cuando los padres y otros adultos minimizan o minusvaloran su importancia intentando consolar con comentarios como “hay más peces en el río” o “el tiempo lo cura todo”. 


Lo que el adolescente necesita, en lugar de este tipo de comentarios, es que le traten como alguien que ha sufrido una pérdida.    

                             Robert A. Neimeyer - "Aprender de la pérdida"                                                                                                                                                            




Un niño puede vivir cualquier cosa siempre y cuando se le diga la verdad  y  se  le  permita  compartir  con  sus  seres  queridos   los sentiemientos naturales que todos tenemos cuando sufrimos.
                                                                                          Laurence L. LeShan
                                                                                                                          

                                                                                            

miércoles, 9 de diciembre de 2015

#12. Las pérdidas vitales son ineludibles...


Las pérdidas a lo largo de la vida son irremediables, y constituyen uno más de los ingredientes con que se aliña ese constante devenir que es nuestra existencia. Y sí, nadie niega que sean molestas e inoportunas, amargas, quizá brutales, incluso tan desesperantes que nos dejen hundidos en la desolación. Pero forman parte del juego. Y el juego es la vida.


Esto es así desde el minuto 1. Desde el instante en que nacemos nos hallamos expuestos a la pérdida. La primera de ellas no se hace esperar; se produce en el mismo momento del nacimiento. Quizá como un aviso, un botón de muestra, de lo que nos espera. Sin comerlo ni beberlo, sin haber sido consultados ni haber podido participar en esa decisión, experimentamos una ruptura drástica de nuestro idílico estado de equilibrio, de la homeostasis absoluta en que nos encontrábamos. Allí que estábamos, confortablemente alojados, en nuestro seno materno, bien instalados y con todas nuestras necesidades cubiertas. Sin necesidad de preocuparnos por nadie, sin tener que esforzarnos por nada. Y, de golpe y porrazo, nos vemos arrojados al mundo exterior. De la oscuridad emerge una luz cegadora que lo inunda todo,  y en ella aparece un tipo ataviado con una bata blanca que nos agarra de los pies y nos suspende bocabajo. Colgados, como una morcilla fresca, tenemos un primer contacto con ese desapacible entorno, que ya será para siempre nuestro hábitat, aquel en el que habremos de (sobre)vivir. No me extraña nada que lo primero que hagamos sea llorar, incluso aunque el tipo de la bata no nos arrime unos cachetes.

A lo largo de la vida, de la misma forma en que se suceden los meses en el calendario, acontecerán otras pérdidas. El proceso de crecimiento implica de por sí ir perdiendo cosas... pero también se ganan otras. Perderemos nuestro privilegiado estatus infantil en la familia pero aprendemos a asumir responsabilidades y ser más autónomos. Perderemos el pensamiento mágico pueril, pero ganaremos en pensamiento hipotético-deductivo, lo que nos prepara mejor para resolver nuestros. Perderemos nuestra virginidad, pero ganaremos en profundidad sentimental. Perderemos nuestra lozanía y brío juvenil, pero ganaremos experiencia y sabiduría. 


Podremos perder bienes materiales (robo, accidentes, desastres,...) o vínculos afectivos (ruptura de lazos con parejas, con amigos/as, con padres o abuelos, incluso con nuestra cultura). Podremos perder la salud (por enfermedad, accidente o el simple paso del tiempo), perder nuestras ilusiones, y si me apuran, hasta los ideales o valores que nos guiaban. Podremos perder nuestra identidad, y por poder, podemos perder incluso aquello que nunca tuvimos, pero que siempre habíamos deseado. Una categoría tan peculiar que he pensado dedicarle el siguiente post.


La pérdida, en sí, supone la privación de algo que se poseía. Afecta, materialmente, a lo que se ha perdido, pero conlleva unos efectos emocionales: Merma el autoconcepto o autoeficacia de la persona afectada y genera sentimientos de frustración, enfado, culpa, desmotivación...

Nadie quiere perder, porque es doloroso, y doy por sentado que nadie quiere sufrir. Pero las pérdidas no tienen la función de fastidiarnos la vida, no son un castigo divino por haber incumplido un precepto sagrado. El dolor que acarrean las pérdidas es, sencillamente, el precio que se paga por amar, por haber establecido un vínculo afectivo con los objetos o sujetos que nos rodean. Cualquier jugador medianamente realista sabe que, desde el momento en que se empieza a jugar, existe la posibilidad de perder. Eso sí, no todos los jugadores saben asumirlas o aceptarlas.


Las cosas más importantes de  la vida son gratis, decía una de esas frases positivas que de vez en cuando te encuentras en tu facebook o serigrafiado en la taza del desayuno. Pues me temo que no es así. Estoy de acuerdo en que no cuestan dinero, pero eso no significa que no tengan un coste.
   
Es la letra pequeña del contrato que firmamos en el momento de venir a este mundo. Justo cuando el tipo aquel de la bata blanca nos tenía bocabajo, resulta que, simultáneamente, estábamos firmando un contrato de facto. Y al igual que sucede con cualquier documento contractual de crédito hipotecario, suele incluir varios párrafos en letra pequeña. Son esas anotaciones minúsculas a pie de página, que después se amplían por el reverso del folio, cuya churrigueresca y enrevesada prosa nos quita las ganas de continuar leyéndolas. La diferencia entre ambos es que, con la hipoteca, ya estábamos avisados. Todos sabemos cómo se las gastan las entidades financieras y lo ineludibles que son sus directivas, una vez firmadas. Sin embargo, en el contrato de la vida, nadie nos avisa de lo que contiene esa letra pequeña. Muchas veces incluso desconocemos que exista. Pero está ahí. Y parte de ella hace referencia a que todo tiene un coste en la vida, incluso aquello que parece gratis. Solo, que el coste es emocional.

Si nos dolió una pérdida fue porque disfrutamos de ello. Si la sufrimos quizá necesitábamos aprender algo. Si lloramos fue porque precisábamos limpiarnos por dentro. Si sentimos odio o rencor también necesitábamos saber que podemos perdonar. Si estuvimos solos fue porque nos encerramos en nosotros mismos.


De manera que, a la hora de afrontar las pérdidas, no estaría de más respetar algunas consideraciones que nos faciliten su integración:

1.- Hay que saber aceptar las pérdidas. Me da la impresión de que, en la vida, saber perder es más importante que saber ganar. El que gana no suele aprender mucho, puesto que alcanza su objetivo, aquello por lo que se ha esforzado. Se encuentra en su momento de gloría, y es su derecho el disfrutar de ese logro. Estalla la alegría, el ánimo se expande, tiende a compartirse, pero entre estas consecuencias no suele incluirse reflexión alguna. Por contra, el que pierde queda frustrado y se sentirá fracasado (ciertamente, ha sido derrotado). Pero tras la pérdida debe recapacitar, cavilar sobre lo que ha salido mal, qué no ha hecho bien o qué puede hacer mejor para no perder en otra ocasión. El proceso puede ser (bastante) incómodo, pero nos obliga a buscar alternativas, a poner en marcha otras estrategias, a ampliar nuestros horizontes. En definitiva, nos hace crecer como personas.


2.- Hay que extraer un aprendizaje de las pérdidas. Las pérdidas tienen una función: Nos enseñan cómo funciona la vida. Si no queremos aprender de ellas, si nos negamos a aceptarlas, se genera un sentimiento de resignación que no va a aportarnos nada constructivo. Probablemente solo desengaño o resentimiento, que irá aumentando a medida que lo hagan las rumiaciones cognitivas al respecto, pero que no nos enseñará nada salvo a lamentarnos, maldecir u odiar. El deplorable espectáculo de maquillaje de resultados que dan los políticos tras cada jornada electoral, cuando pierden votos pero no reconocen esa pérdida, no es nada recomendable en la vida personal. El motivo, minimizar los daños, es totalmente comprensible y humano, pero estaríamos engañándonos a nosotros mismos y no afrontaríamos tal pérdida. Aunque pueda parecer una burrada, igual es necesario que duela, precisamente para hacernos reaccionar, para movilizar recursos internos que nos permitan entender, enfrentar y progresar en la próxima. En ocasiones, quizá no haya otra forma de aprender la lección que quiere enseñarnos la vida que perdiendo.


3.- A veces, perder es ganar. Y lo que marca la diferencia entre una cosa y la otra es nuestra actitud. Cuando perdemos, corremos el riesgo de quedar cegados por el malestar subsiguiente y no prestar atención a la otra cara de la moneda. Es comprensible que el primer impacto nos deje descolocados, que nos abrume o directamente nos haga naufragar. Será doloroso, sí. Pero pasado ese primer momento, tenemos la posibilidad de elegir cual va a ser nuestra actitud. Podemos, pues, actuar como la mosca que se pega contra el cristal del que proviene la luz. Dejándonos llevar por esa primera reacción emocional de frustración, insistiendo una y otra vez, pero sin conseguir nada. Podemos seguir machacándonos la cabeza contra el vidrio, pero si no hay reflexión no se pueden alcanzar a ver otras opciones: Igual buscar otra ventana, igual probar en otra parte, lo mismo descansar,… desde luego, cualquier cosa menos volver a pegarnos de cabeza contra el mismo cristal.

Como decía, el quid de la cuestión está en cómo se supera ese primer momento de ofuscación. La forma de afrontar las consecuencias de la pérdida está mediada por la manera en que las sintamos. Tengamos en cuenta que una misma pérdida en idénticas circunstancias, puede tener efectos emocionales distintos en distintas personas.

Junto a esa inevitable la sensación de fracaso podríamos probar a buscar otros factores que también están ahí. Se trata de no obcecarse en retener algo que ya probablemente no tenemos, si no ampliar nuestra percepción de la situación. Quizá se pueda equilibrar la balanza o al menos, compensar pesos. Distanciarnos un poco, ensanchar nuestra perspectiva, ser capaces de sentir que eso que perdimos, también los estuvimos disfrutando. De que tras una pérdida se puede esconder una ganancia que ahora mismo estamos incapacitados para ver. Aparte que, de una manera u otra, estamos aprendiendo algo que necesitábamos saber (aunque tampoco digo que expresamente quisiéramos aprender esa enseñanza). Igual necesitamos ser conscientes de que el esplendor del árbol florido no sería tal si no existiera otra parte, oculta y embarrada, pero absolutamente necesaria: su raíz. 

Si somos capaces de expandir nuestra perspectiva en cada pérdida, podremos entender que perder es también un entrenamiento vital. Y como cualquier aptitud humana (en este caso, emocional), cuanto más se entrena, mejor preparado se está. Saber elaborar las pérdidas es una forma de madurar y seguir creciendo, pero sobretodo de estar más capacitado para afrontar las siguientes. La ruleta sigue girando.