domingo, 16 de junio de 2019

CITA -Sin imaginación no hay metas, no hay esperanza, no hay futuro (Van der Kolk)

A través de las pruebas del Rorscharch aprendimos que la gente traumatizada tiende a superponer su trauma a todo lo que le rodea y que le cuesta descifrar lo que sucede a su alrededor. Aprendimos que el trauma afecta a la imaginación. Los cinco hombres (víctimas de trauma de guerra) que no veían nada en las manchas de tinta del test habían perdido la capacidad de jugar con su mente (...).


La imaginación es absolutamente crítica para nuestra calidad de vida. Nuestra imaginación nos permite evadirnos de nuestras existencia diaria rutinaria al fantasear con viajar, comer, el sexo, enamorarnos o tener la última palabra; todas las cosas que hacen que la vida sea interesante. La imaginación nos da la oportunidad de contemplar nuevas posibilidades; es una plataforma de lanzamiento esencial para que nuestras esperanzas se hagan realidad. Enciende nuestra creatividad, mitiga el aburrimiento, alivia nuestro dolor, mejora nuestro placer y enriquece nuestras relaciones más íntimas.

Cuando las personas se ven arrastradas constante y compulsivamente al pasado, a la última vez en que sintieron una implicación intensa y unas emociones profundas, sufren una falta de imaginación, una perdida de flexibilidad mental. Sin imaginación no hay esperanza, no hay posibilidad de contemplar un futuro mejor, no hay sitio adonde ir, no hay objetivo que alcanzar.


Las pruebas de Rorscharch también nos enseñaron que las personas traumatizadas miran el mundo de un modo fundamentalmente diferente al resto de las personas. Para la mayoría de nosotros, un hombre bajando por la calle es simplemente alguien dando un paseo. Una víctima de una violación, sin embargo, verá a una persona que va a abusar de ella y le entrará el pánico. Un maestro severo puede ser una presencia intimidante para un niño normal, pero par aun niño cuyo padre le pega puede representar un torturados y provocarle una ataque de ira o dejarle encogido de miedo en un rincón.
"El cuerpo lleva la cuenta" (2015)
Bessel Van der Kolk

sábado, 1 de junio de 2019

47#. El trauma merma nuestro mejor antídoto: la imaginación.

La imaginación es un atributo intrínsecamente humano, y decididamente crítico en nuestras vidas. No para poder sobrevivir, obviamente, pero determinante a la hora de aportar cualidad humana a nuestra existencia. Es posible que suene ampuloso (y algo vago, también) decir que es la capacidad más extraordinaria que poseemos, pero gracias a la imaginación podemos traer al espacio abstracto de nuestra mente todo aquello que no está disponible en el mundo real en un momento concreto. 
 




Con la imaginación superamos nuestra realidad para dejar de estar limitados al aquí y el ahora, permitiéndonos la facultad de trabajar (eso sí, virtualmente, en nuestro cerebro) con elementos que no están presentes. Piénsenlo con algo de detenimiento: con la imaginación podemos revivir el pasado, ponernos en el lugar de otra persona y empatizar con ella, o ser capaces de anticipar el futuro al prever las distintas posibilidades que nos ofrece. Anticiparnos, reflexionar, especular, conjeturar, hacer suposiciones y adoptar distintos puntos de vista. ¿Es, o no es esto, un superpoder?



Damos por supuesto que esta ventaja la poseen todas las personas, pero no es tan así. Existe un escaso tanto por ciento de individuos que nacen sin esta capacidad (afantasia) y, sobre todo, un número incalculable de personas traumatizadas que ven la vida de una manera esencialmente diferente a como la contemplamos los demás. En post anteriores hemos hablado de algunos de estos trastornos, entre ellos, que el trauma merma la capacidad de imaginación de las víctimas. En concreto, tienen la tendencia a imponer rígidamente su trauma en la interpretación que hacen del mundo, de manera que encuentran problemas para traducir los indicios de la realidad, para atribuir significados, específicos y objetivos, a lo que sucede en su vida. 
 



Si no disponemos de la capacidad de usar con flexibilidad nuestra mente, si no podemos imaginar, nos vemos privados de esta poderosa herramienta. La imaginación, al ser usada para exponernos al evento traumático, permite romper la asociación entre el estímulo y la respuesta emocional condicionada, lo que promueve la disminución de síntomas. Al repetir este ejercicio en nuestra mente, los afectados pueden aprender a tener control sobre su ansiedad y desesperanza, entendiendo que exponerse a dicha situación no conducirá ineludiblemente a la amenaza temida.



A través de la imaginación podemos construir formas de representar nuestra realidad que la hacen más comprensible. Tengamos en cuenta que poder entender, percibir y contarnos el mundo como un algo coherente nos proporciona una seguridad imprescindible. Esto mismo puede suceder cuando lo aplicamos a nuestras heridas emocionales, al narrarnos los hechos que las provocaron. Reconstruir un recuerdo provoca cambios en nuestro discurso según la forma en que nos lo relatemos, y por tanto, modificar también la emoción que nos suscita

 

En la expresión del mundo íntimo encontramos una vía para mejorar el control emocional, que no consiste en eludir u olvidar el evento traumático, ni tampoco de edulcorarlo o negarlo. Más allá de escapar de él, la persona lo tiene presente porque explica muchas de sus actitudes o comportamientos (en ocasiones, incluso lo explota a través del arte, siendo capaz de comunicar estados emocionales), pero tratando de normalizar la convivencia con esa memoria e integrándola en su bagaje de vida.

miércoles, 15 de mayo de 2019

CITA: Cómo se siente el trauma por dentro. (William James)

Sigo sufriendo constantemente (dice ella): no tengo un momento de reposo, ni ninguna sensación humana. Rodeada de todo lo que puede hacer la vida feliz y agradable, todavía me falta la facultad de disfrutar y de sentir —ambas se han convertido en imposibilidades físicas—. En todo, incluso en la más tiernas caricias de mis hijos, encuentro solo amargura. Los colmo de besos, pero hay algo entre sus labios y los míos, y esa algo horrible está entre yo y todos los disfrutes de la vida. 




Mi existencia es incompleta.Las funciones y actos de la vida ordinaria, es cierto, todavía siguen existiendo para mí, pero en todos ellos me falta algo es decir, el sentimiento que es propio de ellos y el placer que les sigue—. Cada uno de mis sentidos, cada parte de mi propio yo es como si estuviera separada de mí y ya no pudiera proporcionarme ningún sentimiento. Esta imposibilidad parece depender de un vacío que siento en la parte de delante de la cabeza y deberse a la disminución de la sensibilidad por toda la superficie de mi cuerpo, porque me parece que nunca alcanzo realmente los objetos que toco (...).




Todo esto sería un problema sin importancia, pero su horrible resultado, que es el de la imposibilidad de cualquier otro tipo de sentimiento y de cualquier clase de disfrute, aunque experimento una necesidad y un deseo de ellos, está haciendo de mi vida una incomprensible tortura. 

Todas las funciones, todas las acciones de mi vida siguen existiendo, pero privadas del sentimiento que les pertenece, del disfrute que debería seguirse de ellas. Tengo los pies fríos, me los caliento, pero no obtengo ningún placer con el calor. Reconozco el sabor de todo lo que como, sin sacar ningún placer de ello... Mis hijos están creciendo guapos y sanos, todo el mundo me lo dice, yo lo veo por mí misma, pero el deleite, el descanso interior que debería sentir, no puedo conseguirlo. La música ha perdido todo su encanto para mí: yo solía adorarla. Mi hija toca muy bien, pero para mí no es más que ruido. Ese vivo interés que hace un año convertía en un un concierto delicioso la más pequeña melodía que tocara con sus dedos —esa emoción, esa vibración general que me hacía derramar lágrimas de ternura—, todo eso ya no existe.



Artículo:"¿Qué es una emoción?"

William James (1884)

jueves, 2 de mayo de 2019

46#. Lo peor del trauma no es lo más evidente.

Cuando mencionamos el concepto de trauma psicológico se nos vienen a la mente una serie de síntomas bastante amenazadores y nada gratos: ansiedad o angustia, irritabilidad, falta de concentración, arrebatos emocionales, reacciones disociativas, flashbasck y/o pesadillas, etc. Uno de los síntomas más inhumanos, a pesar de su sutileza, y en mi opinión el más devastador, suele pasar desapercibido entre los anteriores. Me refiero a la insensibilidad a la vida; a la terrible condena de no poder disfrutar de la experiencia vital. 



Por comparación, y así, al pronto, no parece un efecto particularmente cruel. Desde luego, nada lacerante, y podría pensarse en él como una consecuencia casi neutral del trauma. El agua, de por sí, tampoco lo es, pero piensen en la tortura china de la gota de agua: una gota cayendo sobre su frente cada cinco segundos; una tras otra, sin prisa pero sin pausa: minuto a minuto, hora tras hora... O piensen en la tortura blanca. No aparenta ser una restricción demasiado seria que se nos prive de dormir, pero con el paso de los días se sufren problemas cognitivos, estados confusionales, afecciones del estado de ánimo, alucinaciones, entre otros (no en vano ha sido una técnica usada con los prisioneros tras el 11-S, ha reconocido por la CIA).



Mis amigos me etiquetan con frecuencia de disfrutón, palabra que no recoge el diccionario de la RAE, pero que me parece bastante descriptiva: intento sacarle partido a las oportunidades que ofrece la vida y trato de maximizar esa gratificación o placer. Saber disfrutar de las cosas, ser capaz de saborear la vida, es una capacidad a la que no se le presta atención, que, de hecho, considero que está infravalorada. Damos por supuesto que todo el mundo puede disfrutar de las cosas buenas de la vida. 




Pero no.

No es así.

No todas las personas pueden disfrutar de la vida.

Algunas víctimas de traumas psicológicos, en su lucha interna por evitar esas torturantes reminiscencias de la agresión, tratando de desahuciar a ese inexorable enemigo, prueban con las tretas o estrategias que tienen disponibles: abuso del alcohol o cualquier otro tipo de drogas (incluyendo psicofármacos), implicarse en actividades de riesgo, sumergirse en el trabajo para lograr un efecto distractor, comportamientos compulsivos o autolesivos, etc. Algunas de ellas pusieron en práctica otra estrategia, intentado eludir o atenuar el sufrimiento de esas percepciones o sensaciones traumáticas amortiguando sus sentidos, minimizando su capacidad de sentir. Sin embargo, el coste de esta estrategia de afrontamiento es muy alto: también dejaban de apreciar las impresiones, impulsos o emociones positivas, impidiéndose de esta manera sentir de todo aquello que hace grata la vida, lo que hace que la vida sea disfrutable.



Las personas severamente traumatizadas aprendieron a evitar las señales de alarma que su organismo disparaba (al interpretar aquel trauma como vivo y presente) tratando de ignorarlas, adormeciendo sus sentidos, disminuyendo su conciencia de sí mismos. Al tratar de insensibilizarse de aquellas espantosas sensaciones, perdieron su capacidad para reconocer sus impresiones internas, sus sensaciones corporales, por tanto, anestesiaron también su aptitud para sentirse vivos, para apreciar la vida.



Se habla mucho del sufrimiento y la tristeza; la depresión o la ansiedad son trastornos que no dejan de aumentar en el primer mundo. Pero no me parece menos terrible la condena de vivir la vida sin poder sentirla, sin poder apreciarla ni darle significado.



En este sentido, la labor de la víctima debe ir encaminada a empoderarse adquiriendo la capacidad de conciencia suficiente para enfrentarse a esas percepciones sensoriales internas, entrenarse en el aprendizaje de saber soportarlas, y posteriormente, lograr integrarlas en su biografía. Para que su organismo logre sentirse seguro y protegido; en calma, para volver a conectarse a la vida.

miércoles, 17 de abril de 2019

CITA: Hibakusha, el trauma de los supervivientes de la bomba atómica.

"Los hibakusha o supervivientes japoneses (de la bomba atómica) han sido, por décadas, estigmatizados en Japón. Su aspecto, con heridas y escaras, los rumores sobre ser portadores de extrañas enfermedades etc, les han hecho no poder encontrar trabajo y ser discriminados socialmente. Robert Jay Lifton entrevistó en profundidad a 75 hibakusha a principios de los 60, en promedio 15 años después de las bombas, realizando un extenso estudio en base a las transcripciones de entrevistas. 


Los hibakusha o supervivientes japoneses comparten una serie de rasgos notables. La experiencia, en la que murieron, casi siempre, toda la familia, vecinos, amigos, quedó destruida casa y lugar de trabajo, y la propia persona sobrevivió con la secuela de malformaciones, escaras permanentes o enfermedades infecciosas crónicas por la inmunodepresión, fue una experiencia instantánea – duró segundos -, sin preparación y de consecuencias devastadoras.

Tres elementos aparecen de manera repetida en las entrevistas como dañados de modo irreparable:

-El sentido de conexión (“sense of connection”) con el mundo y con los demás.

-El sentido de integridad simbólica (“sense of symbolic integration”) entendido como el tener un sentido de coherencia y de significado de la vida propia, y como el intento de buscar algún tipo de trascendencia de la experiencia de la bomba atómica que de sentido a sobrevivir.

-El sentido del movimiento (“sense of movement”), de desarrollo y de cambio, en una lucha continua entre una fijación o no en la identidad personal como “hibakusha”.

Hay una ansiedad casi constante que correlaciona con la incapacidad para articular y dar sentido a la experiencia. Las respuestas 'no sé qué decirle' o 'no tengo palabras' son muy frecuentes. Esto tenía que ver con el modo de reacción : 'Dejarse llevar'. La no-resistencia en relación con misterios últimos de la vida a los que no es posible llegar y que es mejor aceptar como vienen. El sentido de la resignación [en japonés akirame] que está en relación con sentir que uno está en medio de fuerzas que escapan completamente a su control. No es pasividad, que tiene que ver con abandono, sino resistencia pasiva: Ocurra lo que ocurra, sigo adelante; una cierta idea de voluntad humana indestructible, de tentetieso que se levanta. Esta propia autoimagen de aceptar lo que viene y seguir permite dar una imagen interna de conexión, cohesión y movimiento.

Esta idea de la resistencia pasiva como virtud tendría sus raíces en el budismo japonés, independientemente de ser creyente o no.


Esta resignación no evita, en las entrevistas realizadas, que haya un sufrimiento psicológico profundo, pero da un marco de comprensión y afrontamiento. Es sólo un apoyo frente al dolor individual por todo lo perdido y el modo en que fue perdido, que es desgarrador. Lo que cruza todas las emociones de los supervivientes es la culpa. La culpa por el hecho de estar vivo mientras todos los seres queridos han fallecido aparece en la casi totalidad de las personas entrevistadas".

lunes, 1 de abril de 2019

45#. Los recuerdos traumáticos son algo más que malos recuerdos.

Nadie quiere recordar un trauma, y en este sentido, la sociedad no es diferente de las propias víctimas. Todos deseamos vivir en un mundo seguro, manejable y previsible, pero las víctimas nos recuerdan que esto no es siempre así. 


Para comprender un trauma debemos superar nuestra reticencias natural a confrontar esa realidad y reunir el valor necesario para escuchar los testimonios de los supervivientes. De ellos podemos extraer un significado capital: los recuerdos normales no son como los recuerdos traumáticos. Los recuerdos de nuestro pasado no tienen la misma naturaleza que las experiencias traumáticas sufridas. La diferencia no es cuantitativa, sino cualitativa.

Las personas traumatizadas, emocional o psicológicamente, conservan unos y otros recuerdos de manera distinta. Preguntadas respecto al pasado, no presentan dificultad en hablar y recordar acontecimientos inolvidables de su vida que no hayan sido traumáticos: El día en que nació su hija, el día de su boda, el día en que se graduó, el día en que alcanzó una meta importante,... Indagando en estos, al ser preguntados sobre si tuvieron alguna vez una imagen intrusiva o espontanea del evento de forma vívida, respondían que no. 

Recordar con cierta precisión el discurso que dio en su graduación o alguna sensación intensa al recordar el nacimiento de su hija o la impresiones del cuerpo de su pareja en la noche de bodas (aunque esta última levantara alguna mirada de extrañeza) eran respondidas de forma negativa. Sin embargo, al ser preguntados por eventos traumáticos sufridos, se elicitaban respuestas emocionales muy vívidas: El tufo a alcohol de su violador, la visión de un cadáver destrozado, el frio del agua inundando el coche accidentado o las sensaciones cuando su marido las tocaba que pudieran parecerse a cómo lo hizo el violador,... saltaban a su memoria y activaban intensas respuestas emocionales.
 

Los recuerdos de acontecimientos negativos (tristes, frustrantes o enojosos) y los recuerdos traumáticos se diferencian por el modo en que están organizados en nuestra memoria, pero también por las reacciones físicas que elicitan. Los malos recuerdos se recordaban como eventos del pasado, que les habían afectado emocionalmente, pero que poseían un inicio, desarrollo y un final. Sin embargo, los recuerdos traumáticos no tenían una narrativa definida: estaban desorganizados. Algunas personas recordaban demasiado claramente algunos detalles (olor del violador, el orificio en la frente de un niño asesinado, los focos del camión que nos embistió,...) pero no podían recordar la secuencia de acontecimientos ni otros detalles relevantes del hecho. Además de eso, se vivían en presente, se sufrían como si estuvieran sucediendo en el momento, sin poder confinarlos en el segmento temporal del pasado en que sucedieron.

Los recuerdos traumáticos son fundamentalmente distintos de las demás historias de nuestra biografía por que están disociados. Las sensaciones del suceso traumático quedaron en nuestra memoria sin estar bien montadas secuencialmente. Y esta es la esencia del trauma: que es abrumador, increíble e insoportable.


Las personas que han sufrido un trauma piden que dejemos de pensar en términos de lo que consideramos normal y aceptemos que estamos tratando con un realidad dual: la realidad de un presente, relativamente seguro y previsible, que convive junto a un pasado impactante, conformado por huellas sensoriales y emocionales fragmentadas (imágenes, sonidos y sensaciones físicas) que se reviven como una amenaza actual.

lunes, 18 de marzo de 2019

CITA: La indiferencia es la personificación del mal (Eli Wiesel)


La indiferencia puede tentar, incluso más que eso, puede se­ducir. Es mucho más fácil mirar lejos a las víctimas; es más fácil evitar tales interrupciones groseras para nuestro trabajo, nuestros sue­ños, nuestras esperanzas. Es, después de todo, una inconvenien­cia, estar implicado en el dolor y la desesperación de otra persona.



Para la persona que es indiferente, su vecino no tiene ninguna consecuencia y, por lo tanto, esa vida, carece de sentido. Sus preocu­paciones o incluso sus angustias visibles no tienen interés. La indife­rencia reduce al otro a una abstracción.


Allí detrás de las puertas de Auschwitz y Buchenwald, sentíamos que ser abandonados por Dios era peor que ser castigados por él: era mejor un dios injusto que indiferente. Para nosotros, ser ignorados por Dios era un castigo más doloroso que ser una víctima de su cólera.



La indiferencia no es un principio, es un final. Y, por lo tanto, la indiferencia es siempre el amigo del enemigo, beneficia al agresor, nunca a su víctima, cuyo dolor se magnifica cuando él o ella se siente olvidado.


Para el preso político en su celda, para los niños hambrientos, para los refugiados sin hogar…, no responder a sus apuros, no relevar su soledad ofreciéndoles una chispa de la esperanza supone exiliarlos de la memoria humana. Y denegando su humanidad nos traicionamos a nosotros mismos.


Discurso pronunciado por Eliezer Wiesel en la Casa Blanca

Extracto de Millenium Lectures (12 de Abril de 1999)



lunes, 4 de marzo de 2019

44#. Lo que aprendí de los supervivientes del Holocausto

De Viktor Frankl el poder restaurador que tiene la capacidad de relativizar: el dolor se puede sobrellevar si le encontramos un sentido. La vida tiene un sentido bajo cualquier condición en que se encuentre, y la desesperanza es el sufrimiento sin propósito, sin sentido. Pero en el momento en que somos capaces de atisbar y definir un por qué a nuestro sufrimiento estamos convirtiéndolo en un logro, en una meta,... te permite, como él mismo afirmaba, "convertir tu tragedia en un triunfo personal".

Sin hallar un significado en nuestras vidas, podremos "vivir con", pero lo esencial, lo que salvaguarda la razón de nuestra existencia, de la de cualquier ser humano, es "vivir por". Disponemos de una libertad condicionada, un tiempo escaso y un espacio restringido. Somos seres limitados, pero existe un recurso, una herramienta que nadie puede arrebatarnos por desproporcionadas que sean las trabas y restricciones que suframos: la libertad de elegir la actitud con la que enfrentarnos a cualquiera de las circunstancias que nos acontezca en nuestra vida. Ante circunstancias inamovibles, siempre tenemos la posibilidad de cambiar nuestra actitud, de comprender y superar. 


De Boris Cyrulnik que todas las heridas, incluso las más traumáticas, pueden sanar si hallamos un entorno que nos provea del cariño y apoyo emocional, y podemos compartirlas. Cuando sufrimos nos sensibilizamos a ese dolor, pero esto también tiene el resultado de generar en nosotros la motivación por ayudar a otros. Cuando sufrimos y nos hacen daño, nos ponemos a la defensiva, nos protegemos; una vez transcurre el tiempo y nos hallamos en situación vital más favorable, es frecuente que nazca en nosotros un deseo altruista: desear ayudar a otros por que sabemos lo que es el sufrimiento.

El sufrimiento nos lleva a interesarnos por el mundo de los otros, de los demás. Cuando sabes lo que es el dolor, quieres proteger a otras personas de otro dolor. Compartir con alguien lo que hemos aprendido, incluso aunque hablemos de penalidades. En sus propias palabras: "El altruismo es un mecanismo de legitima defensa contra el dolor". Y en mi opinión, la única manera que tenemos de transformarlo en algo constructivo, digno y valioso.

De Primo Levi, uno de los relatores más antiguos del holocausto, y testigo directo del mismo, la relatividad de nuestra interpretación de la vida. Insistía en que palabras como bueno o malo, justo o injusto, no tardaban en dejar de tener sentido al otro lado de la alambrada. Un lugar donde la suerte era más determinante que la virtud, y reconocía que "de ninguna manera el grupo de los salvados estaba formado por los mejores, y menos aún por los elegidos". Es necesario asumir que frente al trauma, no es posible “entender” lo ocurrido. La sensación de alienación debe enfrentarse desde el apoyo, no afirmando gratuitamente que se “entiende” o “imagina” lo vivido por el otro. De manera que, fijarnos objetivos en la vida es la mejor defensa contra la muerte.
 

De Edith Eger que el tiempo no cura; cura lo que tú haces con ese tiempo. Puedes vivir para vengarte del pasado o puedes vivir para enriquecer el presente; puedes vivir en la prisión del pasado o puedes dejar que el pasado sea el trampolín que te ayude a alcanzar la vida que deseas. De la misma manera, la venganza no puede borrar los males que hemos sufrido sino que perpetúa el ciclo del odio: la venganza no te hace libre.

Tal vez curar no consista en borrar la cicatriz, curar es apreciar la herida.

De Ellie Wiesel, que lo contrario del amor no es el odio, es la indiferencia. Lo contrario de la belleza no es la fealdad, es la indiferencia. Lo contrario de la fe no es la herejía, sino la indiferencia. Y lo contrario de la vida no es la muerte, sino la indiferencia entre la vida y la muerte. Ellie no tenía duda alguna de que, la indiferencia es la personificación del mal.

El deber del superviviente es dar testimonio de lo que ocurrió, [...] hay que advertir a la gente de que estas cosas pueden suceder, que el mal puede desencadenarse.

¿Por qué estamos aquí? es la pregunta más importante a la que debe enfrentarse un ser humano. [...] Creo que la vida tiene significado a pesar de las muertes sin sentido que he visto. La muerte no tiene sentido, la vida sí.