sábado, 4 de abril de 2020

54#. ¿Cómo no pudimos PREDECIR la pandemia que se nos venía encima?

El jueves previo a la declaración de Estado de Alarma ante el COVID-19 me encontraba reunido con una responsable municipal. Habíamos sobrepasado la hora del desayuno debatiendo (y debatiéndonos) sobre la pertinencia de iniciar un curso breve al que asistirían unas 20 o 25 personas. El dilema no lo centramos tanto en el riesgo de contagio como en la responsabilidad política que conllevaba el evento; incluso, por qué no confesarlo, si estaría mejor o peor visto públicamente, dadas las primeras restricciones oficiales contra la epidemia. Finalmente y con bastante frustración, decidimos postergar la actividad.

Al día siguiente, mientra conducía a casa y dentro de la burbuja musical en que me hallaba inmerso, mi atención continuaba presa de una especie de revelación. “¿Cómo es posible que me planteara, siquiera, iniciar la actividad?”, pensaba y repensaba, sin salir de mi asombro.

El sábado (día en que se declaró el Estado de Alarma), a vueltas con este mismo asunto, me parecía una locura habernos plateado la sola posibilidad de iniciar aquel cursillo. Algo más de 24 horas después, veía con la claridad de una epifanía bíblica que era algo completamente descabellado.


¿Cómo puede cambiar tan radicalmente nuestra percepción de un suceso un día para otro?

El aprendizaje causal es el proceso que nos permite captar las relaciones entre sucesos. Gracias a él podemos predecir acontecimientos futuros basándonos en la información actual; podemos, pues, actuar para provocar consecuencias deseables o evitar las indeseables. El esquema es simple: debe ocurrir un evento A (brote vírico) y luego suceder el evento B (miedo al contagio) para que exista contigencia, o sea, que percibamos relación entre ambos: Si no se da el brote, no se da el contagio (ni el miedo). Pero para ser contingente, las consecuencias deben producirse de manera contigua al evento. Esto es, una explosión nuclear provocaría consecuencias inmediatas (encomendémonos la la diosa Fortuna), pero con el brote inicial de coronavirus en Wuhan, las consecuencias (muerte por contagio) no se produjeron de manera tan contigua, sino que se expandió de manera lenta e insidiosa. Lo suficiente como para que no lo percibiéramos como "tan contingente", y por tanto subestimásemos sus posibles propagación y efectos.
 
Esta sería la explicación técnica, pero opino que el factor más determinante para que la pandemia del COVID-19 nos haya pillado con los pantalones bajados no es teórico, sino la práctico: todas las experiencia previas que hemos tenido con alarmas similares... después quedaron en menos


Relean la experiencia que tuvimos con el SARS en 2003. Aunque China no estuvo muy fina en su reacción inicial, el mayor impacto que tuvo se ciñó al lapso temporal de 3 meses y afectó solo a unos pocos países, de manera que el brote se contuvo en unos 9 meses.

A principios de 2009 se declaró otra oleada mortífera. La llamada gripe porcina, a pesar de las medidas de contención, se extendió por el todo el orbe (la OMS decretó el grado máximo de alerta por pandemia). Los cálculos pronosticaban cientos de miles de ingresos en las UCI's hospitalarias y millones de muertos. El pánico nos estranguló por el cuello y los países occidentales esperábamos su llegada como una versión actualizada y apocalíptica de peste negra. Europa invirtió millones de euros en vencerla y vacunó a un 10% de su población, con la excepción de Polonia (que decidió no hacerlo). Paradójicamente, el indice de mortalidad en este país fue similar a la del resto del mundo. En España fueron destruidas 6.000.000 de vacunas (que nos salieron por unos 40 millones de euros) cuando la gripe A se mostró menos agresiva de lo esperado.

Hay más ejemplos, pero por finalizar, la epidemia del ébola duro dos años (2014-16) y aún siendo un agente más letal (tasa de mortalidad del 70%), segó la vida de algo más de 11.000 personas. 


¿Recordaban estas epidemias antes de tener que permanecer confinados en casa?

Rafael Bengoa fue asesor sanitario del Gobierno de Barack Obama y lo es de la Unión Europea y de la OMS, entre otros cargos. Declara que, desde hace más de 15 años, infectólogos de todo el planeta concluían que estamos teniendo suerte: Las epidemias-pandemias que estamos sufriendo son de baja letalidad. Lo acongojante de la declaración es que lo atribuyan al mero factor suerte.

El dato es inquietante: “Cada tres o cuatro años tenemos algún tipo de pandemia-epidemia; lo que es extraño es que las sigamos viviendo como una sorpresa. Nos sigue sorprendiendo algo que no debería sorprendernos”.

Hace solo unas semanas seguíamos subestimando algo que es una amenaza permanente, pero contra la que solo reaccionamos cada vez que surge. Apunta el experto que si tenemos en cuenta que el 75% de estos agentes infecciosos vienen del mundo animal (zoonosis), es obvio que van a seguir sucediendo (en progresión creciente, dada la esquilmación que están sufriendo los ecosistemas que nos protegían).

 
Ahora tenemos que convencer a nuestros políticos de esto, para que tomen medidas. Por que, aunque le suene a ultimátum de melodrama hollywoodiense, la cuestión no es si ocurrirá. La única incógnita de la ecuación es “cuándo” sucederá.

martes, 3 de marzo de 2020

53# El aburrimiento es suicida: mata el tiempo, nuestra mayor riqueza



El título de este post, robado impunemente a mi admirado Jose Antonio Marina, puede ser algo exagerado, pero no es mentira.

Para llevar una vida feliz es esencial una cierta capacidad de tolerancia al aburrimiento, decía Bertrand Russell. Una generación que no soporta el aburrimiento será una generación de hombres de escasa valía, y nos recordaba que la vida de los grandes hombres sólo ha sido emocionante durante unos pocos minutos trascendentales en su vida. Esa tolerancia a la frustración, de la que parecen dotados naturalmente el resto de los mamíferos superiores, los seres humanos hemos de adquirirla entrenándola; poniéndola en práctica para fortalecerla. No obstante, mejor que simplemente tolerarlo (que ya tiene su mérito), podemos hacer algo más útil: usarlo, invertir ese tiempo. 


El aburrimiento es un estado del ánimo, y como tal, no es ni bueno ni malo; sencillamente, cumple su función. Las emociones sirven para movernos hacia algo. Si se preguntan hacia qué nos mueve una emoción que se define precisamente por la ausencia de emoción (entendida aquí en el sentido coloquial del término), podría sugerirles que hacia su opuesto: hacia lo interesante o motivador. Cuando nos aburrimos nos sentimos molestos, pero nuestro organismo se encuentra en la situación idónea para activarse y buscar algo interesante.

¿por qué no tratar a embridar a la bestia y domarla? Aprender a tolerar el aburrimiento y, después, escucharlo, porque podemos aprovechar ese estado de carencial.

Hasta que hube de arrimar el hombro en los quehaceres familiares bastante joven, recuerdo haber pasado tardes veraniegas de tedio infantil, larguísimas mañanas dominicales de aburrimiento, sin disponibilidad de ningún recurso fácil para distraerme,... Era ahí cuando surgía el aburrimiento, cuando el tiempo interior se estancaba y se descompasaba con el tiempo exterior, que seguía su ritmo inexorable. 


En aquel entonces carecía de capacidad para saber que sentirse aburrido no es sinónimo de ser consciente de estarlo. Y sucedía, como con el resto de emociones, que cuando las sentimos, tendemos a dejarnos llevar por ellas. Aquí es donde debemos ser capaces de realizar una acrobacia imaginativa, un giro circense sobre nosotros mismos, para vernos desde fuera y ser conscientes de que ese es nuestro estado motivacional.

Tardé tiempo en darme cuenta de que mientras fuera capaz de pensar, no había lugar para el aburrimiento. Porque el aburrimiento es la falta de distracción, pero no de creatividad. De hecho sucede a la inversa, como afirma Peter Toohey (profesor de la Universidad de Calgary), quien en un libro al respecto afirma que el aburrimiento es la antesala de la creatividad.

De manera que mi infancia transcurrió ingeniándomelas para superar el tedio sin esta conciencia de que les hablo. Usando un álbum de cromos vacio como agenda, donde en cada casilla inventaba un juego o dedicado a la elaboración artesana de flipper (madera, punta y gomas). Usando la enciclopedia (nunca les estaré lo suficientemente agradecido a mis padres por haber realizado aquella inspiradora inversión en sabiduría) como un improvisado juego de preguntas, al más puro estilo Trivial. Sin aburrimiento nunca hubiera recogido aquellas cajas vacías de comercios cercanos a casa para engarzarlas unas con otras, construir lo que ante mis amigos presenté como "el submarino". Decenas y decenas de ocurrencias más fueron posibles gracias a ese tedio.


El aburrimiento debería servirnos para darnos cuentas de todas las cosas que ignoramos y nos perdemos mientras nos entretenemos. Si me distraen no salgo de mi pasividad, pero si pienso y actuo, me convierto en activo y soy artífice de mi propia motivación. No se conformen con pasar el rato y desperdiciar su tiempo. Escapen del vaticinio de Russell: «Muchas personas preferirían morirse antes que pensar; en realidad, eso es lo que hacen»

sábado, 1 de febrero de 2020

52#. El dolor nos hace más fuertes, pero sobre todo, más humanos

El dolor es intrínseco a la naturaleza humana. Es posible que hayan intentado esquivarlo, neutralizarlo o directamente rehuirlo. Todos lo hemos hecho alguna vez (aunque quizá en más de una ocasión, o puede que demasiadas), y por mucho que insistamos, antes o después hemos de concluir que es una empresa inútil. La verdad del sufrimiento es que, podemos aceptarlo o rechazarlo, pero es inevitable en la vida.


Empecinarnos en rehuir o rechazar el dolor solo lo mantiene (o aumenta) incrementando nuestro enojo, multiplicando rumiaciones que nos hacen sentir peor, generando una resignación victimista. falta de sentido, los porqué a mi,...). Llegados a este punto hemos de encontrar otra alternativa de solución. Usando el sentido común, y siguiendo a Einstein, la ecuación básica a resolver sería: sí hago A y el resultado es negativo, ¿haciendo B el resultado será positivo? Si cuando he tratado de evitar el dolor, no lo he conseguido, ¿que sucederá si aplico la estrategia opuesta? ¿Qué pasará si afronto el dolor?

¿Qué sucede si acepto el dolor? Con la aceptación me abro al sufrimiento, no trato de negarlo ni rehuirlo, sino que lo asumo y lo sufro. No piensen que desconozco lo fácil que es hacer estas afirmaciones en comparación con su dificultad para aplicarlas. De entrada, el dolor no desaparece ni se amortigua, además de que es posible que no obtengan resultado deseable alguno de manera inmediata. Pero tengan en cuenta que nuestras emociones requieren de ser ejercitadas para fortalecerse, como si estuviéramos hablando de músculos y gimnasios, como si habláramos de un atleta.

Un corredor de maratón aumenta su resistencia física a medida que entrena, cuanto más ejercita su cuerpo. Los músculos se tonifican y el cuerpo se fortalece a base de soportar la tensión física que requiere entrenarse. Al soportar el dolor que genera afrontar una adversidad robustecemos nuestro aguante, y se irá ampliando progresivamente cuanto más los entrenamos; el sufrimiento nos irá haciendo más fuertes. Este dolor aumenta nuestra resistencia, nuestra capacidad de aguante. Pero este es el más obvio de sus efectos, pero no es el único; les diría que ni siquiera el más interesante.

 

Cuando sufrimos nos vemos obligados a reflexionar. A preguntarnos por esa circunstancia que nos hiere, a replantearnos supuestos, a resolver porqués,... y esto nos conduce a un aprendizaje: a entender mejor las circunstancias de nuestra vida. Quizá les parezca una consecuencia simple e ingenua, pero no es insustancial, en absoluto. Nos obliga a tomar conciencia (cosa que no sucede cuando disfrutamos de experiencias agradables y gratas), a escarbar en nuestras circunstancias y profundizar en su sentido.

Las experiencias dolorosas nos bajan del pedestal, templan nuestro carácter y nos obligan a ser humildes. Cuando, a pesar de todos nuestros esfuerzos, la vida no sigue el curso que esperábamos, hemos de aceptar nuestras limitaciones. Y en este proceso de enriquecimiento personal, sucede "algo maravilloso", (dicho en el mismo sentido en que pronunciaba esta frase el protagonista de "2001, una odisea en el espacio"): aumenta nuestra empatía hacia los demás, hacia las cosas, hacia la vida, de la misma manera que el maratoniano, al expererimentarlo, entiende mejor el sufrimiento de todos los que corren.

Empatizamos con otras personas que sufren, por el simple hecho de que ahora somos ellos, hemos ingresado en la gran hermandad. Lo que amplía  nuestra perspectiva del mundo; nos permite ver la realidad con ojos nuevos, con profundo respeto, con humildad renovada, facilitando que la aceptemos tal y como es, no como nosotros pensamos/deseamos que sea. Al asumir el axioma número 1º de la vida ("la realidad siempre manda") identificamos nuestras posibilidades y potencial pero también aceptamos nuestras miserias y limitaciones. 
 

Si me han tomado por un entusiasta del masquismo, están equivocados. No hay nadie a quien le guste disfrutar más que a mí. Pero cuando nos asalta el dolor, al aceptarlo como emoción inevitable (incluso necesarias, si queremos entender de qué va la vida), sufriremos menos por que le encontramos un significado. Nos convertimos en más persona.

miércoles, 1 de enero de 2020

51#. La humildad requiere una autoestima sana, no excesiva.

Conocerán, igual que yo, personas a las que el concepto humildad no les genera una idea o imagen clara, y por tanto, no le encuentran sentido. Hay quien la considera una cualidad sin demasiado glamour y que aporta poco beneficio. Comparado con la reputación tradicional que tienen otros atributos como la valentía, la audacia o la fortaleza, invertir esfuerzos en tratar de sensibilizarte ante la vida, tratar de que nada de lo humano te sea ajeno, no vende tanto como otras; no estiliza, ni da lustre. De manera que, en una sociedad que santifica el consumo y la apariencia, la humildad es perfectamente denostable. Despreciable, sin más. 
 

Sin embargo, la humildad parte de un sentimiento interno de seguridad, de un ser consciente de nuestro valor como ser humano, por tanto nada más alejado de la imagen de inseguridad, apocamiento o sumisión con la que se puede confundir.  

La humildad es el arte de valorarse a sí mismo en la justa medida; reconocer nuestra verdadera esencia y plantarle cara a ese monstruo invisible que habita en nosotros denominado ego. De hecho es el valor opuesto a la soberbia o la prepotencia, a la arrogancia y el engreimiento, y entronca directamente con la dignidad, con esa concepción vital de que todas las personas poseemos inherentemente una serie de derechos inalienables por el simple hecho de haber nacido humanos. Ser consciente de que provenimos del mismo sitio (la tierra = humus = humildad, y también humanidad) y terminaremos en el mismo lugar.

Párense a pensarlo: ¿Qué mérito tiene nacer humano? De hecho, es que no podemos ser otra cosa más que seres humanos porque nos viene genéticamente determinado. Llegar a ser persona es distinto. Nuestra biología no es suficiente para superar o trascender nuestra naturaleza. Tener conciencia de uno mismo nos permite pensar y actuar en función de nuestra libertad, asumiendo las consecuencias de nuestros actos, pero sobre todo, permitiéndonos orientarnos, decidir qué camino seguimos en la vida. Eso nos va construyendo y termina por definir y perfilar a la persona: un ser humano diferenciado de sus iguales, con un valor propio. Un individuo humano con capacidad de autoconsciencia, racional y ético.


Aunque quizá no lo parezca, la humildad requiere de una sana autoestima, no de una gran autoestima, de una autoestima enorme. Me refiero a que no se trata de verse a si mismo como competente y superior a los demás y en todo momento o circunstancia, si no a contemplarnos de manera objetiva (y crítica) como competentes (o no), pudiendo así reconocer nuestras cualidades pero también nuestras limitaciones. No obstante, el egocéntico se halla deslumbrado por sus virtudes. Tendrá un alto concepto de sí mismo, un enorme concepto, desmesurado, pero es ciego a sus limitaciones, de manera que dificilmente va a ser capaz evolucionar, de ser más persona.

En las entrevistas de selección cada vez es más frecuente que se valore cual ha sido su mayor error o que mencione el fracaso más estrepitoso de su carrera. Todos sabemos echarnos flores y vanagloriarnos, pero no todo el mundo saber hacer crítica de sí mismo. Si no hay autocrítica, no hay cambio, por tanto, la persona no evolucionará, perpetuándose en sus errores como un moscardón pegandose contra el soleado cristal de una ventana.


Decía Cervantes que la humildad es "la base y fundamento de todas la virtudes y sin ella no hay ninguna que lo sea". La humildad estaría en la raiz del arbol de las cualidades humanas, y como raiz se encuentra oculta bajo tierra (en el humus). Igual esta es la razón por la que es tan difícil de reconocer y valorar.

miércoles, 4 de diciembre de 2019

50#. ¿Somos narradores o protagonistas del relato de nuestra propia vida?

Imagina que tu vida es una novela. Aunque el símil no sea un alarde de originalidad, resulta más que pertinente en este caso, puesto que la facultad narrativa nos define como humanos. Lo narrativo es la forma natural de organizar nuestros pensamientos y creencias, nuestras ideas y convicciones. Tal y como afirma Óscar Vilarroya, "el relato es la estructura mental que utilizamos las personas para explicar lo que nos sucede". 
 



Considera este neurólogo que el objetivo de nuestro cerebro es "construir un relato que consiga dar sentido a lo que vivimos de manera verosímil, razonable y efectiva". Y estas tres características son las que constituyen la base de un buen relato.


Volviendo al símil, creo que todo el mundo convendría conmigo que cada persona es la protagonista de la novela de su vida... o así debería ser. Como su nombre indica, el personaje principal es fundamental en la narración puesto que lleva la acción y vertebra el relato. Pero hay otro sujeto, no menos crucial, que en ocasiones pasa más desapercibido de lo que debiera: el narrador.


El narrador es un personaje ficticio, una figura hecha de palabras, esa voz (nunca un vocablo fue tan preciso) creada por el autor para relatar lo que acontece y describir lo que percibe. Es el nexo de unión entre los sucesos y el receptor, y es necesario. Sucede que el narrador es consustancial al relato. No solo somos los narradores de la novela de nuestra existencia, sino que estamos condenados a ello.  


Cada persona escribe la novela de su vida, lo quiera o no, pero esto no implica necesariamente que juegue el papel de narrador-protagonista. Aquí, narrador y personaje principal coinciden, hablando de nosotros mismos, contando lo que acontece (dentro y fuera), pero no destinándolo a un lector desconocido sino a nosotros mismos.

No obstante, me encuentro con frecuencia individuos que son más bien narradores-testigo, esto es, personajes que observan los sucesos de sus vidas pero que apenas cuentan en ella porque no se sienten protagonistas. Perfectamente pueden haber cedido el papel principal de su existencia a otras figuras influyentes de su entorno: un esposo/a al que nos subyugamos, un familiar al que concedemos poder decidir sobre nosotros, incluso un trabajo al que prestamos demasiado esfuerzo y tiempo, quizá sin darnos cuenta. En definitiva, algo a lo que nos supeditamos y de lo que dependemos.
 



Me interesa recalcar esta dualidad propia de la literatura. En la vida real no suele ser tan reconocible que yo soy la persona que actúa y lleva la acción (protagonista) pero que, a la vez, me cuento aquello que me sucede (narrador). Distinguir ambos sujetos tiene una implicación más que determinante: podemos vernos en perspectiva. Eso significa poder darnos cuenta de que no somos lo que pensamos ni lo que hacemos, aunque efectivamente nuestros pensamientos y acciones surjan de nosotros y formen parte nuestra. Recordemos que en una novela el narrador genera el efecto de contarse la historia a sí mismo, como si se tratara de un yo desdoblado. Disponer de ese enfoque, tomar esa distancia de nosotros mismos, es un hecho que facilita sobremanera poder observarnos, valorarnos y actuar en consecuencia. 
 


Todos hemos tenido una experiencia similar a la siguiente: Un buen día me levanto y me siento triste, o me encuentro nervioso; la emoción me embarga, tiñendo mis experiencias, sentimientos y pensamientos. Lo más habitual es que me deje llevar por dicho estado y aumente mi desánimo arrastrarme su inercia. Lo que está ocurriendo en este momento es que no estoy distinguiendo entre narrador y personaje principal de mi relato. Estoy confundiéndolos, puesto que ambos se han fusionados en uno solo. Pero, ¿alguna vez nos hemos detenido en ese preciso instante para observar qué es lo que realmente está sucediendo dentro nosotros mismos? 
 



Será difícil que la tristeza o el nerviosismo desaparezca con un truco tan simple, sin embargo, sí puede tener otros efectos nada desdeñables. Aún sin dejar de sentirme mal, puedo poner en marcha mi espíritu crítico y analizar el interior del personaje principal. Puedo buscar causas y consecuencias de mi situación, puedo establecer relaciones, puedo hipotetizar. El narrador se despega del personaje principal y comienza a idear

Puedo generar alternativas de respuesta y proponer alguna solución; las pondré en marcha o no, pero estoy afrontando. Puedo pensar que esa emoción pasará, como tantas otras veces; argumentarme que mañana será un nuevo día y con él cambiará dicho estado o centrar mi atención un distractor que realmente me motive. El narrador actúa y ayuda, dialogando, conversando con el personaje principal, que no se siente amedrentado, ni desmotivado. No piensa que esté loco. 

Este es el quid de la cuestión: podemos hablarnos de nosotros mismos como nos hablamos de todas las cosas que conforman nuestra vida, como nos contamos todo lo que nos suceden en nuestro devenir cotidiano. Y esto marca una diferencia fundamental. Nos permite ser consciente de nosotros mismos, y a partir de este hecho, nace todo.