martes, 31 de octubre de 2023

84#. ¿Relación de Ayuda o de Acompañamiento?

Si bien son términos que pueden solaparse, o incluso confundirse, no es lo mismo ayudar que acompañar. Y un ejemplo simple nos servirá para distinguirlos con meridiana claridad.



Imagínense a un niño/a de escasos años jugando en el parque bajo la atenta mirada de su padre/a. En un momento dado, el menor tropieza y se cae. El cuidador/a lo ve y reacciona al incidente. Pero ¿cómo lo hace?

Bueno, en las culturas más mediterráneas, no sé si llamarlas latinas, la reacción más habitual es ir hacia él apresuradamente, con viva preocupación, y en ocasiones con florida exhibición del repertorio personal de quejas y lamentos. Y sin dilación alguna, coge al pequeño/a para levantarlo del suelo. A esta acción podíamos etiquetarla de ayuda.

En otras latitudes, centroeuropeas por poner un caso, la reacción que he visto ha sido similar, pero distinta. Tras acercase al menor, se le pregunta y se le anima a levantarse. Si puede hacerlo solo, se le presta cierto apoyo (preguntándole cómo se encuentra, cómo ha sido la caída, etc.); pero la ayuda instrumental (levantarlo) solo se realiza si no puede incorporarse por sus propios medios. Esto sería acompañamiento.

A raíz de aquí, no será difícil extrapolar el concepto a otros ámbitos de la vida. También podría entender que les parezca una chorrada, que esta disquisición carece de interés. Pero, en mi opinión, la derivaciones de uno y otro concepto son sustanciales.

Habrá pocas nociones tan trilladas como la relación de ayuda. Pocas que hayan sido y sean tan frecuentes en cualquier grupo humano que haya habitado este planeta. Y menos aún que estén rodeadas de semejante aura de bondad y deseabilidad social. Pero la cosa es que no todo es beneficioso en la relación de ayuda. Dejando a un lado le hecho de que si se presta repetidamente puede provocar la dependencia del sujeto, el mayor inconveniente de recibir ayuda es la delegación de la propia responsabilidad sobre su destino, la pérdida de protagonismo de tu propia vida.

 


Entonces, si descartamos la motivación del que presta ayuda (que puede basarse en bondad altruista, pero también en un ego disimulado -encarnando la figura del salvador o protector-, o incluso de una crecida generosidad neurótica): ¿Qué tipo de apoyo es mejor para el damnificado?

Si bien la ayuda es más rápida y quizá efectiva, el acompañamiento apunta mejores formas, es más recomendable, desde la perspectiva del damnificado; no del bienhechor. Y resalto esta última figura porque que este agente benefactor puede actuar guiado por la bondad más altruista, pero también puede hacerlo desde un ego disimulado -vivir de encarnar el papel de salvador y protector-, incluso en una generosidad neurótica, del que él es el máximo beneficiado.

El inconveniente de ayudar es que, nos demos cuenta o no, estamos mermando la esencia de esa persona. De hecho, sucede que imponemos la nuestra a la suya (junto con nuestros criterios y creencias). En cierta forma, minimizamos los recursos del otro, su capacidad para resolver problemas, su creatividad e imaginación, algo que dudo fortalezca su autoestima (el autoconcepto y autoeficacia de la persona).

 

Es en este sentido en el que se imponen la virtudes del concepto de acompañamiento al de ayuda. Si nos fijamos, en realidad no deja de ser una evolución más sofisticada de esta, puesto que ofrece apoyo pero promueve que sea el propio individuo el artífice del cambio; del cambio que él decida (no del que el ayudador decide), tanto si lo entendemos como si no; tanto si lo compartimos como si no. Añadiendo la innegable virtud de no estar interfiriendo en su propia realización personal, y un factor no menos relevante: la persona a la que apoyamos no queda en deuda con nosotros. Y este último factor tiene más trascendencia de la que parece.

viernes, 29 de septiembre de 2023

83#. Las emociones desadpatativas sabotean nuestra vida, y no somos conscientes

No hace mucho, en una conversación nada trascendental con mi hermana, descubrí que siente un miedo irracional cuando escucha pasos acelerados detrás suya mientras sube las escaleras. Consternado, fui consciente durante la charla, de que mi hermano y yo fuimos los causantes de ese miedo, cuando de pequeños volvíamos a casa y subíamos detrás de ella haciendo el cafre.

Es un miedo con el que ella puede vivir, del que ha descubierto su origen, y que me sirve de ejemplo para ilustrar lo que es una emoción condicionada aversivamente.



La emociones primarias son esos estados internos que se activan para orientar nuestro comportamiento. Esto es, nos orientan sobre cómo debemos actuar. Su objetivo, pues, es incrementar nuestra probabilidad de supervivencia y promover nuestro bienestar.

Cada emoción se elicita para lograr un objetivo, una acción. Como ejemplos, podemos apuntar que la función del miedo es la de protegernos ante una posible amenaza (real o imaginada), la de la tristeza es la de lograr recuperarnos o reintegrarnos tras una pérdida (cerrándonos en nosotros mismos para reponernos) y la alegría promueve la filiación, que con su carácter expansivo nos insta a relacionarnos con otros (no olvidemos la función reproductiva).

Este tipo de emociones básicas podemos denominarlas adaptativas. De hecho, el profesor Greenberg las denomina así para diferenciarlas de las emociones primarias desadaptativas, que no son otra cosa sino la primeras pero después de haber sido sometidas a un proceso de condicionamiento. Esto es, haber sido asociadas a otros estímulos o desencadenantes significativos, acontecidos a lo largo de nuestra biografía, que alteraron su significado, y por tanto, desvirtuaron su función evolutiva.


Si hace años tuve una indigestión con un helado, perfectamente puede ocurrir que mi organismo haya asociado aquel malestar con el sabor, textura, forma, etc. del mismo. De manera que cuando ahora veo un helado, o quizá un producto lácteo, u otro componente de aquella situación, genera en mi una reacción de desagrado. O quizá una emoción más intensa, como el asco. O podría ser que directamente una repulsión visceral e instantánea.

Probablemente el helado no me sea perjudicial, pero la emoción primaria del asco está ejecutando su función corregida (protegerme de comer algo que mi organismo etiquetó como peligroso) en virtud de aquella mala experiencia.


¿No conocen a nadie que, tras una broma simple, reacciona con una desproporcionada seriedad o agresividad? ¿A nadie a quien vive un episodio de soledad como una inconsolable situación de abandono? Una reacción desproporcionada ante un desaire, ante una simple negativa, indica que la persona está muy sensibilizada a ese tipo de circunstancia y reacciona probablemente como lo hizo cuando vivió aquella experiencia, que en aquel momento debió ser extremadamente estresante.

Si fui objeto de una agresión sexual de joven, puede suceder que igualmente me repugne el olor a alcohol (que impregnaba al agresor), o el hecho de que se me acerque súbitamente alguien (dado que así me sorprendió el tipo), o ampliarse este condicionamiento hasta temer a los hombres en general. Aquí, el condicionamiento no es adaptativo, ni tampoco parece ser muy protector (salvo que en mi vida cotidiana no deba de relacionarme con hombres). De hecho, si el condicionamiento fue lo suficientemente aversivo, podría encajar en la categoría de trauma.

 


Pues así funcionamos los seres humanos. Así funcionan nuestras emociones. Y es importante entenderlo, por que nuestras experiencias van cristalizando en nuestra historia, en nuestra memoria de vida, e igual que acumulamos miles de pasajes perfectamente insignificantes, hay otros que habrán condicionado aversivamente alguna de nuestras emociones básicas. Las convierten entonces en insanas, en defectuosas, ya no son válidas por que pierden su valor como buenas y fiables consejeras.

El principal inconveniente surge cuando no lo sabemos, cuando no somos conscientes de esa adulteración, puesto que al prestarles la misma atención que a las adaptativas, nos van a orientar pero de manera errónea. Y esto puede desembocar en un problema tan nimio como que no te apetezca comer helados, pero también puede suponer una barrera muy limitante en caso de pertenecer a un grupo de trabajo que incluya hombres. 

 


Ese sentimiento de culpa como causante (aunque fuera inconsciente) del miedo irracional de mi hermana sigue ahí. No es algo que me impida dormir; tampoco nada de lo que me enorgullezca; y ojalá en aquel momento hubiera sido consciente de las consecuencias que tenían en ella. 

Por mi parte, me sucede que cuando en una interacción social alguien me grita, me quedo paralizado. Igual que otras personas reaccionan y resuelven, yo me quedo sin poder reaccionar, como si me hubieran congelado instantáneamente. A diferencia de mi hermana, no tengo bien identificada la causa, pero sé que se debió al trato severo de los adultos que me rodeaban cuando niño (quizá mis padres; puede que los profesores,...)

Y así nos vamos conformando como personas a lo largo del camino, con nuestros triunfos y nuestras vergüenzas, benefactores en ocasiones y malhechores en otras, concientemente o no. Para bien o para mal, ¡c'est la vie!

miércoles, 30 de agosto de 2023

Captología, o la artimaña para manipular nuestra atención

Si usted incita a un menor a beber alcohol, además de ser una conducta incívica es un acto penado por la ley. Si promueve la prostitución de otra persona, en caso de ser un menor estamos hablando de un delito, según el código penal (y puede llegar a penas de prisión). Si usted concibe una aplicación informática (app) premeditadamente diseñada para enganchar a los usuarios, y muchos de ellos son menores,... no tendría ningún castigo, por que no hay legislación alguna que lo tipifique como falta o delito. De hecho, aunque no se trate de menores de edad.

Es más. No solo se trata de que no es ilícito, sino que ni siquiera es considerado un acto indecente o impúdico. 

Como ya analizamos en un post anterior ("El adictivo negocio de robar nuestra atención") que pueden leer aquí, existe toda una industria dedicada a captar y absorber nuestra atención. Y resulta que, además, lo han bautizado con el cínico nombre de captología.



Con este palabro se designa una doctrina que enseña a atrapar con la tecnología. Instruye sobre cómo captar al usuario a través de técnicas de neurociencia que activan mecanismos neuronales que inducen la permanencia en esa web. De manera que los ciudadanos pasamos a convertirnos en su materia prima, y sí, el concepto es secuestrar de manera sutil, incruenta e inadvertidamente la capacidad de atención de cada individuo.

Táchenme de exagerado pero yo lo veo como si en las facultades de derecho se enseñaran las mejores estrategias para defraudar a Hacienda o para eludir pagar impuestos, o para ganar un juicio aunque no se tenga la razón.

Por supuesto, ellos la denominan tecnología persuasiva, y la definen asépticamente como aquella que logra cambiar las actitudes y comportamientos de la gente con su diseño. Si bien es cierto que ejecuta programas que permiten a personas con fobias superen sus miedos mediante realidad virtual o promueve que la gente sea menos hostil a quién es diferente, también crea legiones de adictos a las compras online o a los juegos de apuestas online, por poner un par de ejemplos simples.



El guru máximo de esta disciplina, B.J. Fogg lleva años enseñando a los emprendedores de Silicon Valley a convertirnos en adictos. No crean que algo muy diferente al tipo que vende papelinas a la puerta de un colegio. 

Todos los meses, organiza un curso intensivo de ‘behaviour design’ en su casa de invitados, al norte de California, en los que solo acepta que participen los profesionales que quieren aprender en sus clases "para hacer del mundo un lugar mejor". Vamos! Como si Oppenheimer te dice "voy a enseñarte a construir la bomba atómica pero solo si piensas usarla para hacer del mundo un lugar mejor".

Ya les hablé en el post antes mencionado de Tristan Harris. Filósofo de producto (jamás pensé que vería estos dos términos fundidos en un solo concepto) y especialista en ética del diseño en Google, abandonó su cargo hace un tiempo. Tras afirmar que "la tecnología no es precisamente una herramienta neutral", no tiene reparo en reconocer lo que cualquier ser humano con capacidad crítica intuye: "El trabajo de estas compañías es enganchar a la gente, y lo hacen asaltando nuestras vulnerabilidades psicológicas".


 

El tal Fogg, después de 20 años dedicado a esta empresa, se descuelga en los últimos tiempos prediciendo que un creciente porcentaje de la población llegará a ver cómo de importante es estar conectado a la naturaleza y alejado de la tecnología, viviendo más cerca de los orígenes. Aprender a ser humanos otra vez y no robots, creo que dijo. Dedicarte a desenganchar a los adictos cuando te has dedicado a engancharlos sonaría sarcástico sino fuera por las terribles consecuencias que va a tener en la salud mental y problemas de conducta de la población mundial en un futuro nada lejano.

 


 



 

lunes, 31 de julio de 2023

A desconectar!!! (Yabadabadabadubiii!)

Aplicándome escrupulosamente lo escrito en el post anterior, me tomo unos días de descanso. Unas vacaciones en que voy a desconectar desde el primer minuto, entre otras cosa, por que ya le tengo pillado el truquillo a mi ego.

Espero puedan igualmente salir de la rutina y, a ser posible, ocuparse con alguna actividad estimulante. En cualquier caso, les dejo una postal de vacaciones, tan simple como reveladora.

 



viernes, 30 de junio de 2023

82#. Sacar al EGO de vacaciones

Lo determinante del concepto VACACIONES, es el factor "desconectar del estrés".

No tiene tanto que ver con tirarse de cabeza a un crucero de dos semanas en primera clase o la cansina imagen en la hamaca con un daiquiri en la mano en una idílica playa caribeña. Lo esencial del concepto "tomarse unas vacaciones" es el neutralizar los estresantes a que estamos sometidos de manera cotidiana.


La manera más directa de hacerlo es suspendiendo esas responsabilidades habituales; esto es, suprimiendo la obligación de trabajar durante unas semanas o poder olvidarte de estudiar durante ese tiempo. De manera intuitiva, es lo que todos entendemos por vacaciones, y ciertamente esta es una condición sine qua non. Pero solo eso. Se trata de un requisito necesario, pero no suficiente.

A este componente tan obvio, que podríamos denominar condición física (disponer de tiempo), hay que sumar otro más personal, una condición mental: usar ese tiempo para desconectar de lo estresante y conectar con lo esencial. Rehuir lo accesorio y centrarnos en lo necesario. Y me refiero a lo que es necesario para nosotros; no a lo que los demás piensen que necesitamos.

Si me voy con la autocaravana a visitar Islandia un par de semanas pero no dejo de darle vueltas a responsabilidades laborales varias o compromisos estudiantiles, en realidad, no estoy vacacionando por que no me estoy desapegando de mis fuentes de estrés, que siguen estando presentes en mi mente tanto como si las experimentara en la vida real.

Inversamente, puedo no salir de casa durante semanas pero dedicar mi tiempo y mi mente a actividades y pensamientos significativos para mi persona, y por tanto reconfortantes o estimulantes. Es en este caso cuando tenemos la sensación de haber desconectado de lo que nos tensa y estar centrándonos en algo que nos reconstituye y fortalece como persona.


¿Y el ego?

Bueno, el ego está presente en todas las situaciones descritas. Como un ave de presa, sobrevuela todo aquello a que dedicamos nuestra atención, para asaltar nuestros pensamientos y acciones cuando menos esperemos. Por que es este ego el artífice de que no olvidemos esos informes que debíamos haber terminado o esos clientes o jefes con quien no dejamos de tener problemas o nos machaquemos con el supuesto resultado del examen que tendremos en Septiembre.

El ego es el que nos presiona, acusándonos de no haber sacado tiempo para terminar el trabajo (cuando igual no ha sido posible), de no ser capaces de resolver nuestros problemas relacionales en el trabajo (cuando igual no depende de nosotros) o de infravalorarnos a pesar de estar cumpliendo escrupulosamente con nuestro planing de estudios.

De manera que desactivar este ego es la mejor estrategia a seguir para disfrutar de nuestros días de ocio. Es el ego el que tiene que tomarse unas vacaciones con nosotros, minimizando sus tendencia a enjuiciar, a comparar, a minusvalorar, a tergiversar, a competir o discutir. Debemos sacar al ego de vacaciones de sí mismo, y la única manera que conozco es investirnos de humildad (su kriptonita, su antagonista natural) para aceptar las consecuencias de las circunstancias que están fuera de nuestro control, y afrontar, después de la vacaciones, aquellas sobre las que sí tenemos margen de maniobra.

Trabajar en este objetivo es lo que puede mudar la oscuridad en luz; transformar a Mr. Hyde en el Dr. Jekyl. Convertir el EGO tóxico en sana AUTOESTIMA. 


En el fondo, solo estamos hablando de respetarnos a nosotros mismos (y nuestros límites como seres humanos) y de tratarnos con compasión. 

¿No creen que merece la pena intentarlo?

miércoles, 31 de mayo de 2023

Y a la felicidad... que la zurzan! (Antonio Gala)

 

El fallecimiento del irremplazable Antonio Gala fue una noticia que me asaltó por sorpresa (aunque, ciertamente, de qué otra manera podría haber sido). Atareado en la cocina, escuché la mala nueva en la radio. Mi reacción fue quedar en suspenso, como congelado, durante unos instantes, tras los que reanudé mi tarea culinaria. Supongo que ese es el tiempo que dedicamos hoy día a aquellos hitos relevantes que suceden, pero caen fuera de nuestra esfera vital inmediata. Algo parecido me ocurrió con el deceso de Tina Turner, apenas dos o tres días antes. Provocó un detenimiento momentáneo de toma de conciencia de la noticia; pero tras recordar alguno de mis temas favoritos y escuchar anécdotas varias de su vida, quedó depositada en la fosa común de lo cotidiano.



Pero con Gala fue distinto. Aquella primera impresión de ensimismamiento gélido pareció pasar, sin más lamento que el de la pérdida del sentido del humor más elegante y punzante de que he disfrutado. Y el proceso, en realidad, solo estaba empezando. Como la picazón de un mosquito, que al principio pasa desapercibido, es poco a poco cuando notas que ese picor va aumentando sin detener su progresión.

Admirado, querido y respetado. Intimo a pesar de su popularidad, cercano a pesar de su aparente hieratismo (de haber nacido inglés, indudablemente sería el paradigma de la flema británica), su pensamiento le delataba como poseedor de una conciencia librepensadora, y por encima de todo, de una personalidad vitalista.

Al día siguiente me desperté recordando mis lecturas de juventud: sus artículos, libros, entrevistas,... De todas ellas bebír y todas ellas dejaron poso, en su momento. Independientemente del gusto literario que se tenga, y Gala puede ser extremadamente poético (tan almibaradamente espiritual que eche para atrás), sus reflexiones sobre la vida, no. Esas no. Esas nunca me dejaron indiferente.



Como maestro de vocaciones se convirtió en eso, en un guía de los que en aquella época éramos jóvenes inexpertos, ("herederos" quizá sería una palabra más de su agrado). En más de una ocasión tuve la sensación de que aquel escritor acababa de definir algo que yo sentía pero no sabía, o aún no podía, describir; como cuando buscas denodadamente una palabra y alguien te regala el concepto o la descripción exacta que necesitabas. De hecho, más de una de ellas pasó a engrosar ese bagaje personal que todos tenemos (o deberíamos tener) de "creencias esenciales" sobre la vida.

Me dediqué a rebuscar por carpetas y archivos, por discos duros llenos de publicaciones, tiré de internet... pero no logré encontrar una de las citas que más me marcaron, de manera que tendré que reformularla con mis palabras: "De joven me dejé seducir, como no, por la belleza. Cuando fui creciendo empezó a resultarme más atractiva la inteligencia. Con la madurez me di cuenta de que la cualidad más valiosa de una persona es la bondad".

De manera que, igual que un líquido corrosivo avanza imparable, el aguijonazo de su recuerdo fue permeando lentamente a través de capas de mi memoria, abriendo espacios olvidados, desempolvando ideas que quedaron aletargadas en algún rincón. Apareció, así, un extracto de una de las muchas entrevistas que mantuvo con Jesús Quintero. ¿Qué es lo más inteligente que se puede hacer en esta vida?: "Salir de esta especie de laberinto en el que nos han metido. Una vida que no es la nuestra y que no es la mandada, que es una organización que necesita esclavos para seguir manteniendo la pura organización que necesita esclavos, y así hasta el final. Salirse de esa cadena terrible, desencadenarse, a riesgo de la soledad, de la falta de comprensión, pero irse un poco al campo, en el mejor de los sentidos, y salir de esa extraña y monótona esclavitud de cada día".

Una sensación extraña, esta de observar como antiguas reflexiones afloran de manera autónoma, sin que tú tengas control alguno, a pesar de estar sucediendo todo en tu propia conciencia. Igual conduciendo en el coche que de camino al trabajo, sacando la basura que empezando a conciliar sueño. "Nuestra necesidad primera es ser uno mismo. Y es mejor que lo seamos sin auxilios ajenos, tan mediatizadores. Ser uno mismo y ser feliz: qué proyecto de vida. Quizá la fuente de la felicidad, si es que la tiene, esté en nuestro interior. Quizá consista en preservar el propio yo, no otro, y no en ser nunca otro por bueno que parezca. Quizá consista en aceptarse reflexiva y dócilmente como se es, y desplegarse".

Vuelvo después a la realidad, al quehacer del momento, hasta que un rato más tarde me doy cuenta de que esa labor de escaneo continua. Como si hubiera activado un programa antivirus del ordenador, avisa de que ha identificado otra. En esta ocasión, una de sus reflexiones más lúcidas. ¿Dónde está la felicidad? "Yo hace tiempo que no la busco. Me pasa como con el amor, supongo, que si el amor tiene que volver otra vez a mi vida, tocará a mi puerta. La felicidad, igual. Ya vendrá si tiene que venir, y si no, que la zurzan, porque tampoco es imprescindible, para mí ya es imprescindible otra cosa, que es la serenidad. Y poco a poco, yo que creí que la serenidad era una cosa de serenos, de esos que antes estaban por las calles pregonando la hora y abriendo las puertas, ahora comprendo que la serenidad es sentirse como una pequeña tesela de un gran mosaico. Prescindible, mínima, confusa, pero en su sitio".



Sigo con la incógnita de cómo el recuerdo de Antonio sigue permeando, de cómo va penetrando en zonas insospechadas de la memoria y redescubriendo los regalos que nos hizo. 

Celebrando todos y cada uno de ellos; de hecho, ahora ya con la esperanza íntima de que continúen explotando por sorpresa, como pequeños fuegos artificiales, tan brillantes meditaciones; aquellas que hace tiempo, él, permitió que hiciéramos nuestras.

"Que nos coja la muerte andando, de pie, que se diga de nosotros que 'murió vivo'. Ese es el mejor epitafio"

domingo, 30 de abril de 2023

81#. Tu sufrimiento es proporcional al tamaño de tu ego

Aunque el sufrimiento no es placentero (salvo en algunas prácticas sexuales), tampoco es exactamente sinónimo de dolor. La base del sufrimiento es el dolor, pero su significado tiene que ver con la forma en que interpretamos este dolor.

Entra en escena el elemento que modula tal interpretación: el ego.




El ego es un concepto que se presta a definiciones ampulosas, de manera que para no perdernos con nociones más literarias y etéreas que rigurosas, partiremos de su entidad básica. El ego nace con el instinto de supervivencia; ese impulso que llevamos impreso en los genes, no solo los seres humanos o mamíferos, sino todo ser viviente del planeta. Su valor evolutivo es inestimable: a través del proceso de selección natural, los individuos capaces de detectar e identificar amenazas estuvieron más preparados para resolverlas (enfrentarlas o rehuirlas); lograron, así, sobrevivir más tiempo, principio esencial donde los haya para ejecutar el cometido, no menos esencial para la naturaleza, de reproducirse y asegurar la continuidad del linaje o especie.

Pues bien, en los animales, en los mamíferos, este instinto de supervivencia se mantiene a lo largo de su desarrollo ajustado a los límites que marcan sus instintos. En el ser humano, como mamífero superior que también es, la cosa no debería ser muy distinta... si no fuera por nuestras capacidades superiores. De manera que nuestra elaborada estructura psíquica nos provee de unas particulares herramientas (cognición, lenguaje, atención, concentración, etc.) que facilitan sobremanera resolver los problemas de nuestra existencia. Pero igual que toda moneda tiene su cara y su cruz, también tiene sus desventajas. Y una de las más sutiles es la preminencia del ego.




Enlazando con el apego del que hablábamos en el post anterior, al nacer el ser humano se convierte en un ser único, pero simultáneamente, separado de su madre. El vínculo de apego promoverá una estrecha relación entre cuidador (madre) y sujeto (bebé) a fin de lograr la mencionada supervivencia de este. Este objetivo se logrará de manera más o menos adaptativa (hay apegos más seguros y otros más desorganizados), y en función de estos se irá conformando el ego del bebé, dando lugar a una forma típica de responder a los estímulos, sean externos o internos, que solemos denominar con el término de personalidad.

Vaya por delante la necesidad que tenemos de ese ego, de esta estructura psicoemocional que no solo actúa como mecanismo de autoprotección sino que nos permite tener noción de nuestro yo, diferenciar entre yo y los demás. Nos permite reconocernos y a hacernos valer. Nos facilita también ser conscientes de las necesidades que tenemos así como de nuestras preferencias. En definitiva, el ego nos provee de una identidad.

Visto así, no parece que tenga ninguna contraindicación. Y ciertamente, cuando nuestro ego está templado y equilibrado cumple perfectamente las funciones señaladas. Es la versión más sana y adaptativa del mismo, y solemos denominarla autoestima. Pero cuando en el lenguaje vulgar nos referimos al ego de alguien estamos hablando de otra cosa: de una noción del yo excesiva; desproporcionada, en ocasiones. Y aunque aparentemente parezca que el egoísta sale ganando con esa actitud... yo no estaría tan seguro.

Ese ser humano que al nacer empezó a ser necesariamente egoísta, con el tiempo irá evolucionando. Su estructura psicoemocional se irá reelaborando y complejizando gracias a nuestras formidables capacidades mentales. Se irá conformando una identidad que será más confiada o más desconfiada, más colaboradora o menos, más o menos activa, sensible, empática,... Cuanto mayor sea el grado de egocentrismo del individuo, más probabilidad de que priorice su bienestar por encima del de los demás, incluso a costa de ellos; de que solo contemple su perspectiva de las cosas como correcta y, en consonancia con esto, entienda que las cosas tiene que ser como ellos las interpretan; de que cuando no sucede esto, atribuyan la culpa a otras personas o circunstancias,... Nos encontramos, entonces, con una personalidad muy apegada a sí misma, (fusión cognitiva, se denomina en Terapia de Aceptación y Compromiso) que entiende la vida en función de sí misma y a los demás en relación a sí misma. No los observa como iguales. La vida, el mundo y los demás están en un plano de realidad diferente, inferior. Estamos ante un perfecto egoísta.




Y aquí radica el motivo por el que cuanto más egoísta sea un sujeto, más sufrirá.

El egocéntrico, al darle tanta prioridad a sus intereses, al concentrar su conciencia en su yo, al "sentirse" tanto a sí mismo, se valora muy afectado por todo aquello que le perjudica (o esa, que rompe sus sacrosantos esquemas mentales). En contraposición, la persona más altruista, que también siente dolor, y también sufre, sin embargo sus intereses y expectativas se amplían a otros (a los demás, al grupo, a la comunidad,...) transformándose así en un recurso muy útil para modular su sufrimiento. 

El egoísta no puede apoyarse en sus iguales, en los demás (suele confiar poco en ellos y ni haber tenido muchos miramientos hacia ellos, por no hablar de que en ellos habrá encontrado casi siempre la causa de sus males). Aunque pueda disponer de personas cercanas o familia, no hay una conexión trascendente con ellas; ese vínculo no es realmente altruista o generoso. Conscientemente o no, él mismo ha decidido su suerte: quedarse solo. El egoísta, en el fondo, es una persona presa de sí misma.

El problema que tiene es que pone todos los huevos en un canasto (SU canasto) mientras que el altruista los distribuye en varios. Aunque en el suyo ponga la mayor parte de los huevos, si este se cae y se rompen, no los pierde todos. Al egoísta, en cambio, si se le cae el canasto de SUS huevos...


jueves, 30 de marzo de 2023

80#. Las personas no somos unidad; somos dualidad

Estamos tan convencidos de que somos entes autónomos, de que somos un solo "yo" independiente, INDIVIDUOS (así dicho, con mayúsculas y en negrita), que ni siquiera ponemos en duda semejante creencia. Desde el clásico mito del niño salvaje hasta el moderno selfmade-man (tan postulado por el sistema capitalista), hemos dado por sentado que la unicidad, la individualidad, es nuestra seña de identidad. Como si nuestra dotación genética fuera inmune a las influencias del entorno, cómo si en cualquier lugar del planeta o la galaxia en que naciéramos, diera lugar a un ser humano completo, esto es, una persona. Igual que si plantáramos una semilla de melón, en cualquier terreno que agarrara haría crecer un espécimen perfecto de melón. Semejante concepción de los seres humanos es un error, o directamente una mentira.



Olvídense del 7, el número de la suerte, también del 3 de la santa trinidad; nada del de la prosperidad china; ni siquiera el número áureo que guía la proporción geométrica en la naturaleza. El mundo en que vivimos fue creado desde la dualidad. El 2 es el número crítico en nuestra vida, puesto que dos son las personas que se necesitan para que un ser humano realmente llegue a ser persona. El ser en desarrollo y el desarrollante, la madre y el bebé, el maestro y el alumno... el ying y el yang.

"No se trata de que la relación de la madre afecte al cerebro del bebé; es que requiere, literalmente, de tal interacción” (Schore, 2001). La maduración biológicamente programada del sistema nervioso se va conformando por las experiencias interpersonales que el bebé experimenta. En el establecimiento de una relación de apego sana entre cuidadora (madre) y bebé reside el germen necesario para el desarrollo de capacidades tan superiores como la confianza, empatía, amor, alegría, humor, paciencia, creatividad y vitalidad (Schore, 2001a; Schore, 2001b; Schore, 2003). En definitiva, para ser un adulto pleno.

La inmadurez del sistema nervioso del bebé impide que pueda manejar sus propios estado internos. Cuando las emociones le desbordan, no puede calmarse por sí mismo, requiriendo entonces de una figura de apego que actúa como agente regulador de su estado. Le presta ayuda para salir de la situación de estrés y proporciona la experiencia de calma y tranquilidad. Será a través de estas dinámicas, repetidas día a día, como el niño/a aprenderá de la madre sobre la seguridad o el peligro del mundo. A lo largo de este proceso, el sujeto cada vez será más capaz de autorregularse y dependerá menos del cuidador/a. El bebé aprenderá a controlar sus estados internos por sí mismo, transformando la regulación externa primavera en un exitoso proceso de autorregulación cuando alcanza la madurez.



Las consecuencias de esta diada es crítica: un bebé que siente su madre le rechaza, que no le presta atención, que no le enseña a sonreír, a mirar, a jugar,... desarrollará un carácter inseguro ("el mundo no es un lugar confiable") y desconfiado. Un niño que vive una relación de calidez y receptividad emocional con la persona que lo cuida se fortalecerá, haciéndole sentir seguro, querido y aceptado.

Nunca fue tan cierta una frase como la de "todo se lo debo a mi madre" (o padre, o persona/s que me criara y cuidara), aunque estoy convencido que el común de los mortales no alcanza a ser consciente de toda la verdad que encierra tal afirmación. La base de todo lo que somos como persona, o sea, de nuestro desarrollo físico (nutrición, abrigo, alojamiento,...) pero también del desarrollo de nuestras capacidades más  humanas, cómo las emocionales, psicológicas proviene del hecho de que alguien nos apoyara, acompañara y guiara durante nuestra infancia temprana. Y ese mentor/a, aunque nos percibamos como individuos, sigue estando dentro de nosotros, integrado en nuestro ser, a través de aquellos aprendizajes que nos brindó.




-o-



martes, 28 de febrero de 2023

79#. Pensar demasiado solo genera infelicidad

Pensamos, pensamos y no dejamos de pensar. Es para lo que sirve nuestro cerebro. Está diseñado para nuestra supervivencia y la estrategia más eficiente para ello es aprender a resolver los problemas discurriendo y cavilando. El cerebro piensa, y como lo tenemos disponible en cualquier lugar y a cualquier hora... ¿por qué no hacerlo cuanto queramos?


El motivo es que, por muy utilizable y asequible que sea, (su uso) no es gratuito: pensar en exceso, (su abuso) tiene un coste. Esto significa que cuando pensamos demasiado, invertimos en ello nuestro tiempo, también nuestra atención, además de un gasto emocional que puede ser excesivo.

Cierto que actuar sin meditar no suele ser recomendable, por imprevisión de las consecuencias; pero pensar y pensar sin llegar a hacer nada es igualmente desaconsejable. Y no estoy hablando de las ruminaciones obsesivas o pensamientos repetitivos, que son directamente perjudiciales para nuestra salud mental (no resuelven ningún problema y nos generan ansiedad). No, me refiero a ese reflexionar sobre cualquier asunto relevante en nuestra vida, a raíz del cual elaboramos posibles alternativas de solución, valorando los pros y contras, focalizándonos en ello de una manera tan concienzuda como el ajedrecista que calcula cada uno de los movimientos de sus piezas, cada consecuencia de cada uno de ellos, las consecuencias que tendrán las consecuencias de las consecuencias... dilatándose en su discurrir, eternizándose en su cálculo, sin llegar a materializar la causa que originó tanto barruntar: mover una pieza.

El hecho contrastado es que, a partir de un determinado momento de análisis, pensar más sobre cualquier dilema es, no solo improductivo sino que además se vuelve contraproducente. Porque podemos pensar blanco, pensar negro, o gris o azul petróleo metálico con tonos irisados. Podemos crear nuestros peores monstruos y podemos vislumbrar la mayores genialidades, pero si nada de eso se materializa, no es más que humo en el aire. Seguimos consumiendo nuestras energías pero sin obtener resultados, y además de esto, sobrecargándonos, en una hiperactividad mental a la que si no ponemos fin terminará por estresarnos, o deprimirnos, o angustiarnos.

Por contra, cuando por fin actuamos, todo ese estrés se desvanece. Cuando ponemos en marcha alguna de las propuestas planeadas por nuestra mente, el malestar cesa. Y esto, independientemente del resultado de nuestra acción. Por que la experiencia es real, pero el pensamiento es virtual. Cuando actuamos se generan resultados, mientras que cuando solo pensamos todo se queda dentro de nuestro cráneo. Ahora, la preocupación podrá ser si tales resultados han sido buenos, malos o regulares; si nuestro comportamiento ha sido más o menos exitoso. Pero esto es ya una cuestión distinta.

A donde voy es a que, en vez de pensar mucho para hacer (poco), igual la relación es a la inversa. Puede que, una vez se ha reflexionado, se trate más de actuar que de seguir pensando. Y quizá lo que nos paralice sea la extensa gama de opciones que hemos generado calculando. Tras haber cavilado, quizá la mejor guía que podamos encontrar sea nuestra experiencia. Sólo los aprendizajes personales pueden indicarnos cuándo es útil hacer caso de lo que pensamos y cuando, en cambio, no debemos hacerlo.

En definitiva, dado que nuestro cerebro viene sin manual de instrucciones, que nuestro entorno cada vez se preocupa menos de enseñarnos a pensar, y que lo mismo no hemos tenido buenos maestros al respecto en la vida, es necesario saber que el abuso del pensamiento no es gratuito. Y tal como sucede con el medio ambiente, debemos hacer del pensar un uso equitativo, sostenible y saludable.


Un paso hacia nuestras metas vale más que mil reflexiones que no resuelven, por que pensar demasiado termina por generar solo infelicidad. Como decía el viejo maestro: "deja de pensar y tus problemas terminarán".