viernes, 12 de junio de 2015

#9. El amor no es ciego. El enamoramiento, sí.



Llama poderosamente la atención el hecho de que hasta el siglo XIX, históricamente, los matrimonios se llevaban a cabo por interés. Algo que chirría con nuestra mentalidad actual, en que parece darse por sentado que el amor debe ser el factor determinante para casarse. El matrimonio era una cosa, y el amor era para los amantes. Si amor y matrimonio son dos conceptos distintos, aunque relacionados, que podemos distinguir sin dificultad (aunque solo sea porque el segundo debe quedar firmado y rubricado de manera fehaciente), igualmente amor y enamoramiento no son sinónimos. Ambos procesos no son exactamente independientes pero tampoco son iguales. A pesar de que haya quien pueda confundirlos.

El enamoramiento fue definido por algún iluminado en un día inspirado como “estado de enajenación mental transitorio”. Ortega y Gasset ya lo clasificó como “estado de imbecilidad transitoria”. Y, ciertamente, lo es. Tanto en lo enajenado como en lo transitorio. En su momento, los clásicos ya nos lo presentaron como locura, como una fuerza irracional. El hombre se siente esclavizado, es una manía, un enloquecimiento enviado por Afrodita y Eros. Y algo de cierto tiene esta concepción mítica. Manía y locura comparten una característica clave con el enamoramiento. En el momento en que uno se encuentra con una persona que le cuadra, que le encaja, que le hace tilín, toda una serie de procesos bioquímicos explosiona en nuestro interior. Lamento que no tenga el aroma romántico con que nos ha sido popularmente descrito este estado de ánimo. Pero la evidencia (bioquímica, en este caso) no engaña. Cuando nos enamoramos nuestro cerebro genera el neurotransmisor feniletilamina (FEA), pariente cercano de las anfetaminas (ahí llevan una pista de a dónde va a ir a parar todo esto). Cuando estas moléculas empiezan a inundar nuestro cerebro, este responde secretando dopamina, norepinefrina y oxitocina, entre decenas y decenas de distintas sustancias químicas. No hace falta que nos salgan estos neurotransmisores y hormonas por las orejas para notar que perdemos la cabeza (la concentración, desde luego), que empezamos a ver el mundo de color de rosa (un rosa vívido y resplandeciente) y que sentimos como si estuviéramos flotando en el éter (quizá levitando). Parece, pues, que no es gratuita la expresión “hay química entre los dos”. 


A esto añádanle una particularidad que me parece sorprendente: Durante la fase de enamoramiento las estructuras cerebrales que nos permiten identificar los defectos de la persona amada quedan suspendidos, anulados. Como nuestra TV por la noche, quedan en stand by. La catedrática de Bioquímica de la Universidad de Navarra, Natalia López-Moratalla es clara y concisa: "En el enamoramiento, tras el impulso emocional del inicio, se ponen en marcha los circuitos cerebrales de la confianza para consolidar el vínculo amoroso, y se silencian específicamente las áreas que crean distancias, aquellas que se activan en estados depresivos o de tristeza".

De manera que, esta visceral conexión entre dos personas, se establece por una doble vía: “atrayéndose, porque ante la persona amada se activa la vía de recompensa emocional que usa la dopamina, conocida como la hormona de la felicidad, y superando las distancias personales, al desactivarse la desconfianza, para lo que utiliza el neurotransmisor positivo en las relaciones sociales, la oxitocina, con frecuencia denominada hormona de la confianza”, nos dice Natalia.

Las ideas populares sobre el enamoramiento lo consideran como una etapa de obnubilación, un estar fuera de sí, con el pensamiento en el otro. Un estar descentrado de sí mismo para centrarse en el otro, distinguiendo con dificultad entre el yo y tu, lo que conlleva ese tanto de locura. Desconectando las áreas cerebrales asociadas con el juicio crítico, suspendiendo las valoraciones negativas, y sin objetividad para ver sus defectos. Y que, aparte de todo esto, debe dar paso a “la clarividencia del amor”. 


No menos asombroso me parece que en tal estado de efervescencia emocional, de conciencia alterada, no pocas personas aprovechen para tomar decisiones trascendentales sobre su vida. Me sobrecoge porque, en función de ese sentimiento, somos capaces de tomar decisiones que pueden ser, no solo determinantes, sino en algunos casos, también irreversibles para nuestra vida. ¿A alguien se le ocurre firmar una hipoteca tras haberse puesto hasta arriba de cannabis? ¿Usted realizaría el ejercicio final de una oposición para funcionario bajo el efecto de ácidos y cocaína?  

Cuando uno se para a pensar en la cantidad de decisiones vitales que las personas toman por amor (sea lo que sea a lo que hayan querido referirse con este término), no puede por menos que estremecerse y sospechar que el azar controla más nuestras vidas de lo quisiéramos creer. Y el azar nos puede regalar el premio gordo del sorteo del Euromillón con la misma facilidad que un macetazo en medio de la cabeza mientras paseamos tranquilamente.

Solo hay que echar un vistazo a la historia para ver que el amor puede con todo: Con la paz, con la religión, con el arte, y hasta con la familia. En su nombre se han declarado guerras, caído imperios, arruinado fortunas y cercenado estirpes. Todos recordamos el affaire que se montó por Helena de Troya. Enrique VII anuló su matrimonio, se enfrentó a un rey y generó un cisma que terminó con la ruptura con la Iglesia (de hecho, fundó su propia religión para divorciarse), por Ana Bolena. Dante Alighieri escribió su obra maestra ("Divina Comedia") dedicada su amor platónico, amor que duró toda la vida, y con la que nunca llegó a cruzar ni una palabra. En 1936, el hombre que debía ser el rey de Inglaterra renunció a la corona para poder casarse con una divorciada americana (ningún monarca antes, en la historia de su país, había rechazado a la corona voluntariamente). El príncipe heredero de Nepal, Dipendra, se casó en secreto con una joven, ante el rechazo real contra tal relación. Durante una cena, y tras una violenta riña familiar, el muchacho volvió ataviado con uniforme militar y montó la escena final de la película Scarface. Acribilló a su familia, sus 2 padres y otros 6 familiares. Me parece suficiente, como botón de muestra. Y si sucesos como estos acontecieron por amor, no les cuento nada sobre las atrocidades que se habrán cometido por su opuesto, el desamor.


De vuelta al asunto, Jose Antonio Marina lo expresa bien. “Tomamos decisiones de vital importancia para nuestra vida mediante un procedimiento rocambolesco. Experimentamos un sentimiento con frecuencia confuso, lo nombramos con la palabra amor, y, por ensalmo, la palabra concede una aparente claridad a lo que sentimos y, de paso, introduce nuestro sentimiento en una red de significados culturales que imponen, exigen, o nos hacen esperar del amor una serie de rasgos y efectos que acaso ni siquiera sospechábamos. Parecería más sensato esperar a ver qué sale de nuestro sentimiento para saber si era amor y qué tipo de amor era, o si era algún otro sentimiento emparentado”. Pura sabiduría concentrada.

Como sea, atravesada la fase de enamoramiento, el organismo se distiende (afortunadamente). Si se paran a pensarlo, sería inviable un organismo en pleno subidón bioquímico durante años y años. Algo agotador, extenuante, que terminaría por hacernos sentirlo más como una condena que como una bendición. El organismo se va haciendo resistente a los efectos de nuestra propia bioquímica desatada y la pasión se desvanece gradualmente. A los 2 o 3 años de iniciada la relación sentimental, los niveles de dopamina vuelven a su ser, la norepinefrina y oxitocina se normalizan, y cesa ese torrente de estimulación aglomerada. De manera que, después de esa efusión de emociones embriagadoras, volvemos a despertarnos y poner los pies en el mundo real. Así descrito, me viene a la cabeza un pasaje de la novela “El perfume”. Aquel en que el pueblo entero despierta, tras haber sido subyugados y perdido el control de todos sus actos, frente al patíbulo del reo, Jean Baptiste Grenuille. Aunque no puedo evitar recrear en mi cabeza esa escena, clásica en los films americanos de desmadre, en que tras una noche loca de juerga, amanece y el protagonista se despierta. Abre los ojos concierta dificultad, toma conciencia de su identidad, trata de ubicarse espacio-temporalemente, y sin haber terminado de completar ninguna de estas operaciones ni haber hecho un reset del sistema, se da cuenta de que tiene cogida la mano de alguien. Mira con sorpresa a su lado y encuentra a una persona con la que comparte (al menos, compartió, afinidad sexual). Podrá recordarla o no, ser una amiga o una completa desconocida, gustarle o desagradarle,... Pero, amigo, ya es tarde. Ese anillo en su dedo corazón derecho le indica que ha consumado la relación amorosa, y también el matrimonio, oficialmente. A pesar de la resaca, intenta recordar... ¿qué sucedió?. ¡Ah! Aquella capilla abierta a las tantas de la madrugada en Las Vegas (¡dónde si no está dispuesto un párroco, pastor o juez de paz casarte a esas horas!). ¡Ah! Mis impresentables amigos con una cogorza olímpica ¡Ah! La sala de striptease aquella... Y, repasando, repasando, concluye que con el ánimo exaltado por ingesta desmesurada de alcohol, todos llegaron a la conclusión de que no solo era una buena idea, sino que además, era la idea perfecta. Por tanto, estamos en el momento en que, como los niños en la mañana del día de Reyes, nuestro protagonista va a ver qué regalo te ha tocado.


Será algo más tarde, habrá de pasar algún tiempo, cuando podrá constatar si el regalo fue solo la sorpresa de la novedad o resultó algo significativo que amplió sus posibilidades. Si la persona que conoció durante la etapa de hormonas hiperactivas es la misma que la que ahora puede observar con más detenimiento y juicio, con sus virtudes y defectos, en una fase más centrada. Si previamente se asentaron sólidamente las bases de la relación, comienza una etapa de permanencia, caracterizada por un sentimiento más tranquilo. En esta fase son las endorfinas las que toman el control, aportando sensación de seguridad y apego. Las reglas han cambiado. Ya no se trata de disfrutar, festejar o palpitar. Ahora la tarea tiene más que ver con un compromiso, un respeto mutuo y un planteamiento de objetivos o metas comunes. Se supone que esta es la parte buena de la historia, el progreso natural del proceso que se inició con el enamoramiento (o eso es lo que nos han dicho siempre). Ahora que cesó el huracán emocional, por fin, con más calma y tino, los protagonistas se pueden reconocer como personas. Es la fase que se denomina amor.

Y el amor de pareja tiene una condición que lo diferencia claramente de otros tipos: el componente sexual. Puede parecer que hablamos de un mecanismo de acción-reacción, automatizado durante generaciones, promovido por el instinto de perpetuación de la especie. Y sí, es cierto, el deseo sexual tiende a la fusión, pero no tiene porqué ser solo un alivio o un apetito físico. Es lo que sucede cuando este deseo sexual está inspirado por el amor. En el resto de los animales, el instinto de reproducción se activa durante el celo y todas las emociones mueven al individuo a lograr la cópula. En los seres humanos, “la atracción sexual se dirige a una fusión de las personas, de los cuerpos, que por su propia naturaleza desconecta el pensamiento analítico, discursivo. No es irracional sino que implica todo el ser, que es más que razón fría; somos así.  De alguna forma se deja algo propio en la otra persona y se toma algo de ella”. En este sentido, el sexo puede ser solo sexo, pero también puede ser una experiencia trascendental (y quiero decir exactamente eso, algo que nos trasciende). A pesar del matiz egocéntrico de que está impregnado el factor sexual, la persona en este estado emocional propende a buscar el bienestar del otro individuo, a cuidar y ser cuidado.




Todos los amores son egoístas, pero dependiendo del grado de madurez personal, mi felicidad puede necesitar que la otra persona sea feliz. No sé si será el perfil ideal de relación, pero de entrada, esta característica me parece, como mínimo, sana y equilibrada. Característica de la que carecen las relaciones compuestas por personas que muestran un talante netamente egocéntrico; que se aman el uno al otro, pero a nadie más. En ellos, camuflado en mayor o menor medida con ornamentos y alharacas, maquillado con apariencia de amor, podemos encontrar lo que Fromm denominó “egoísmo á deux” (“Tú y yo contra el mundo”). El caso opuesto es el que peca de  altruismo excesivo, en que la persona que ama concede a la amada aquello que incluso puede ir en contra de sus intereses. Es un amor desprendido y filantrópico (quizá por ello vaya en contra de los sacrosantos principios evolutivos), en el que el amante disfruta dando, despreocupándose de recibir. Aunque sin llegar a caer en lo que también el amigo Fromm llamaba la “neurosis generosa”, donde la persona encuentra sentido a su vida solo ayudando a otras personas pero cometiendo el error de no amarse a sí misma. Para los demás será una persona bondadosa y magnánima, pero este activismo solo es una forma de intentar ocultar que no se aprecia a sí misma. Como sea, por suerte, existen bastantes parejas que muestran un amor correspondiente (simbiótico). Un sentimiento vicevérsico, de inspiración simétrica, caracterizado por un reconfortante matiz de generosidad, que es arropado por la necesidad de apoyar y ser apoyado.

Exquisito y descriptivo como él solo, Marina hace una comparación geométrica que capta la esencia del concepto a la perfección. Si el egoísmo es como un círculo con un solo centro, el amor es como una elipse con dos puntos de apoyo. La elipse parte de dos círculos, dos centros equidistantes que generan algo más grande que ellos mismos, algo que los trasciende. No se trata de dos círculos desparejos ni se sobreponen (ocupando uno el espacio del otro). No tienen dimensiones desproporcionadas (uno no es más que el otro), ni ninguno de ellos circunscribe al otro (no lo absorbe). Están juntos, pero no se confunden. Respetan una distancia mínima entre ellos. Y esta distancia es la necesaria para evitar que cada uno deje de ser quien es. 

domingo, 24 de mayo de 2015

CITA: ¿Qué da una persona a otra?




En la esfera de las cosas materiales, dar significa ser rico. No es rico el que tiene mucho, sino el que da mucho. El avaro que se preocupa angustiosamente por la posible pérdida de algo es, desde el punto de vista psicológico, un hombre indigente, empobrecido, por mucho que posea. Quien es capaz de dar de sí es rico. Siéntese a sí mismo como alguien que puede entregar a los demás algo de sí. Sólo un individuo privado de todo lo que está más allá de las necesidades elementales para la subsistencia sería incapaz de gozar con el acto de dar cosas materiales.

La experiencia diaria demuestra, empero, que lo que cada persona considera necesidades mínimas depende tanto de su carácter como de sus posesiones reales. Es bien sabido que los pobres están más inclinados a dar que los ricos. No obstante, la pobreza que sobrepasa un cierto límite puede impedir dar, y es, en consecuencia, degradante, no sólo a causa del sufrimiento directo que ocasiona, sino porque priva a los pobres de la alegría de dar.



¿Qué le da una persona a otra?
Da de sí misma, de lo más precioso que tiene, de su propia vida.

Ello no significa necesariamente que sacrifica su vida por la otra, sino que da lo que está vivo en él –da de su alegría, de su interés, de su comprensión, de su conocimiento, de su humor, de su tristeza-, de todas las expresiones y manifestaciones de lo que está vivo en él.

Al dar así de su vida, enriquece a la otra persona, realza el sentimiento de vida de la otra al exaltar el suyo propio.No da con el fin de recibir; dar es de por sí una dicha exquisita. Pero, al dar, no puede dejar de llevar a la vida algo en la otra persona, y eso que nace a la vida se refleja a su vez sobre ella; cuando da verdaderamente, no puede dejar de recibir lo que se le da a cambio.

Dar implica hacer de la otra persona un dador, y ambas comparten la alegría de lo que han creado. Algo nace en el acto de dar, y las dos personas involucradas se sienten agradecidas a la vida que nace para ambas.

En lo que toca específicamente al amor, eso significa: el amor es un poder que produce amor; la impotencia es la incapacidad de producir amor (…).



Pero no sólo en lo que atañe al amor dar significa recibir. El maestro aprende de sus alumnos, el auditorio estimula al actor, el paciente cura a su psicoanalista (…).
 
Apenas si es necesario destacar el hecho de que la capaci­dad de amar como acto de dar depende del desarrollo caracte­rológico de la persona. Presupone el logro de una orientación predominantemente productiva, en la que la persona ha supe­rado la dependencia, la omnipotencia narcisista, el deseo de ex­plotar a los demás, o de acumular, y ha adquirido fe en sus propios poderes humanos (…) 



“El arte de amar” (1956)
Eric Fromm

domingo, 3 de mayo de 2015

#8. No hubo nunca vida sin amor



No me digan que no es un derroche poético la frase con la que se descuelga Punset en una de sus entrevistas. Tan escueta como romántica, en mi opinión. Pero además, y esto es lo mejor, completamente cierta. El amor, como impulso de fusión, es una constante de la existencia.



Partimos de la base de que todo comienza el día en que una célula pregunta alrededor suyo: ¿Hay alguien ahí fuera? El fin de la soledad y la autosuficiencia obligada. El principio de la cooperación, de la simbiosis y del vínculo emocional. Y digo vínculo emocional, así, tan concisamente, porque me temo que no puedo concretar mucho más al hablar de la noción de amor.


Algunos estudiosos datan ahí su inicio, en el momento en que la primera célula tuvo la necesidad de relacionarse con otras. El instinto de fusión es el que guía este comportamiento (todos tenemos referencias sobre el impulsivo deseo de los enamorados, en el momento álgido de la relación, de dejar de ser dos para fundirse en un solo ser) y el instinto sexual el que promueve esa unión. Se origina el intercambio que enriquece y genera diversidad, aparte de ser la base del concepto de en sí. Evolutivamente tiene su fin en (no podía ser de otra manera) la supervivencia de la especie. Desde el momento en que la reproducción sexual muestra más ventajas evolutivas que la simple mitosis celular (clonación básicamente) es adoptada por los organismos vivos que prosperan. Fue así como dejamos de ser inmortales, es decir, dejamos de ser organismos que se replicaban idénticamente, para convertirnos en seres mortales. Los organismos unicelulares se reproducen subdividiéndose de sí mismos, generando otro organismo igual ellos. Un clon es idéntico a su precedente, y este al próximo, y este al siguiente... de manera indefinida. Pero los organismos multicelulares estamos sujetos a mutaciones aleatorias al crear un nuevo ser de la mezcla de otros dos. Un ser complejo, con sus propias peculiaridades; cada organismo presenta su propia idiosincrasia. Esto comporta que sea imposible de duplicar exactamente. Es lo que nos hace únicos, irremplazables, y también lo que nos hace mortales. Pero tampoco dramaticemos. No podemos obviar la otra cara de la monera: es gracias a nuestra finitud, a la brevedad de la vida, que somos capaces de sentir con intensidad, de vivir el momento con plenitud. Revisen, si desean emocionarse, el discurso final de "Blade Runner" (No se porqué me salvó la vida, quizá en esos últimos momentos amaba la vida mas de lo que la había amado nunca. No solo su vida, la vida de todos, mí vida). Si la vida fuera eterna resultaría muy difícil concentrarse en algo, por no mencionar que la procrastinación sería uno de los principales enemigos de la vida (“Ya, si eso, mañana lo hago”), al menos en mi caso. Cuando nació el amor, nació la muerte. 


Al amor, como concepto, le sucede como a esas otras ideas abstractas, grandiosas y superlativas, que en ocasiones se usan de manera demasiado rimbombante, y a veces ocultando otro propósito más espurio. Tanto que, de hecho, más que ideas se les suele denominar ideales: Amor, libertad, felicidad, humanidad,...

“¡¡¡A las armas!!! Vamos a luchar por la libertad”, arenga el cabecilla de la revolución desde la balconada. La masa, enardecida, lo vitorea y jalea mientras se movilizan,  dispuestos a arremeter contra lo que sea menester... Pero no hay nadie que, antes de ese decisivo instante, se detenga a pensar, pida la palabra, y le pregunte al gerifalte: “Perdone que le interrumpa, jefe, ¿pero libertad para quién?” o “Libertad en qué condiciones” ó “¿Qué ganamos o qué perdemos con esa libertad?”. Con mucha probabilidad la respuesta del líder suene a algo así como: “Pero, ¡Serás desgraciado! ¿Vas a dudar de nuestra la lucha por la independencia?”. Pero la desconfianza del librepensador es más que pertinente: “De acuerdo, maestro, luchamos por la libertad y la independencia. Pero, una vez conseguida, ¿mi familia va a vivir mejor que ahora? Porque, verá usted, eso es lo que a mí más me interesa”. La respuesta del jefecillo no será demasiado complaciente; algo así como: “Tú ni eres patriota ni eres hombre de fiar”. De ahí a etiquetarlo de traidor solo hay un paso, que lamentablemente lo dará de forma automatica la plebe enardecida. Se pueden imaginar el resto. El pobre hombre terminará apaleado y vilipendiado, linchado o, en el mejor de los casos, directamente pisoteado por la masa embravecida, mientras van en busca de su “libertad”. Pero el pobre tipo tiene toda la razón.


Con el amor pasa algo así. Es una palabra tan grandilocuente y poderosa, tan estentórea y sublime, pero a su vez, tan manida (dudo que haya un concepto más usado, desgastado y enredado a lo largo de la historia) e indefinida, que cada uno la puede entender de una manera distinta. Y, para colmo, no estar ninguno equivocado. Su definición ha terminado por desbordarse y desparramarse como el café recién hecho sobre una servilleta. Sus límites quedan tan difuminados que el concepto termina por confundirse con nociones cercanas. O peor, denominando algo que no es. 


Volviendo al ejemplo anterior, para el cabecilla, la libertad del pueblo significa el fin supremo deseable para su comunidad (eso si entendemos que no hay intereses personales del susodicho de por medio), pero para el vecino vapuleado, la libertad es poder dar unas condiciones de vida mínimas a los suyos. Para cualquier otro hijo de vecino inmerso en la revuelta callejera, podría significar disponer de las garantías necesarias para poder pensar y expresar sus ideas, por ejemplo. Y para el tipo que va junto a él, empuñando una estaca y antorcha en mano, podría significar tener la posibilidad de hacer lo que le dé la real gana. Y a todas estas expectativas se las etiqueta con la misma palabra: libertad.


Pues con el amor sucede algo similar. El amor se puede referir a distintos objetos, hacer alusión a distintas emociones o sentimientos, justificar distintos comportamientos, pero si disponemos solo de una palabra para hablar de todo eso, indefectiblemente, terminaremos confundidos. 




Intentemos aclararnos un poco.-

El amor romántico, de pareja, pasional o como quieran llamarlo, es el amor por antonomasia, entre personas. No obstante, los antiguos griegos, gente cultivada y reflexiva, distinguían entre eros y filias, el sexual y la amistad. Todos conocemos el amor paternal, el filial, el fraternal,... Se pueden amar otros objetos que no son humanos, motivo por el que hemos oído hablar del amor al dinero, el amor a la guerra y personas que actúan por amor al arte. La vanidad o el narcisismo serían otro tipo de amor, más egocéntrico, eso es cierto, en que el objeto es el sujeto mismo. Podemos mostrar amor incluso a sujetos imposible, por inalcanzables (amor platónico) o por abstractos (patriotismo). 


Si es su interés, pueden aburrirse buscando taxonomías referidas al amor. Por citar alguna, Steinger distinguía tres elementos fundamentales: pasión, intimidad y compromiso. En función del grado en que se combinen resultarían los distintos tipos de amor (romántico, compañero y fatuo). Si observamos los estilos de amor (Lee, 1973, 1988;Velasco, 2006), existen tres básicos: Eros o erótico, Pragma o pragmático y Storge o amistoso, y creo que no es muy difícil intuir de que objeto amoroso trata cada uno. Posteriormente se les añadieron otros tres: el obsesivo, el lúdico y el altruista.


Personalmente, estas clasificaciones aumentan mi confusión, más que aclararme nada. Me da la impresión de que amplían significados, cuando lo que yo quiero es disminuirlos, reducir la noción a su mínima expresión. Por tanto, e intentando ir a la esencia, partiré de la base de que el mundo afectivo de los seres humanos se divide en dos grandes ámbitos: el de los sentimientos y el de los deseos (necesidades o grandes motivaciones). Afirma José Antonio Marina, que el amor es un gran deseo acompañado de sentimientos. Me parece más que estimulante e inspiradora esta definición. La motivación amorosa genera distintas emociones o sentimientos en función de cómo se van cumpliendo las expectativas que hemos creado respecto a nuestro objeto amoroso.


Quizá suene a explicación formulada por un tipo con una bata blanca que se pasa los días encerrado en un laboratorio, pero deténganse un momento a pensarlo. Cuando una persona va a visitar a su adorada madre, o se esfuerza por ganar dinero en una operación inmobiliaria, o tiene la expectativa de disfrutar de su amado/a esa misma tarde, se generarán sentimientos diferentes en función de que se cumplan o no tales previsiones. En el primer caso, cuando veo a mi madre, me lucro o abrazo a mi amada/o, se cumplen mis deseos, y por tanto se disparará en mi interior un sentimiento de alegría, satisfacción, excitación, confort, etc. Pero en caso contrario, igualmente nos veremos afectados por las emociones que generará mi aspiración frustrada: tristeza, abatimiento, impotencia, resignación, o alguna otra del estilo, según cada persona y circunstancia. La importancia de esto reside en que las emociones nos informan de nuestro nivel de bienestar, pero además son las promotoras de la acción. Una vez instaurado un sentimiento, este nos mueve a actuar en uno u otro sentido.


A partir de aquí se complica bastante la tarea de intentar extraer factor común de todos los tipos de amor conocidos. Igual no podemos aprehender la raíz de la que parte todo, pero sí características generales. Gratificante, sugerente, expansivo, vivificante, luminoso, inspirador,… son algunas. No les aclara mucho ¿verdad? A mí tampoco.



Probemos a seguir por otro derrotero. Todos los tipos de amor mencionados son factibles, posibles, pero no necesariamente compatibles en una misma persona y en un momento dado. Somos seres limitados y nuestro espacio mental (y por extensión, sentimental) es no es infinito. Podrá usted compatibilizar tipos de amor (el maternal casa con casi todos, pero, por ejemplo, el pasional suele ser excluyente), pero considere que cuanto más tiempo y espacio le dedique a uno de ellos, más tendencia de este a crecer en su interior, a abarcar más territorio mental, por tanto, a dejar menos hueco para los otros (cuánto más amor por el dinero, menos queda para la amistad o amor al arte). Insisto en el punto de que el sentimiento resultante, le asignemos el epíteto que le asignemos, tiene la función de “movernos a”, de movilizar nuestra energía, en definitiva, de hacernos actuar. Todos el esfuerzo y tiempo que dediquemos a satisfacer uno decrementa el que le podamos a dedicarle a otro. Una lástima que el autor de la letra del bolero “Corazón loco”, no tuviera una explicación similar a mano. “Una es el amor sagrado, compañera de mi vida, esposa y madre a la vez. La otra es el amor prohibido, complemento de mi alma y a la que no renunciaré”, pregona el cantante. La respuesta al dilema me parece obvia: La incompatibilidad sería palpable si quisiera a ambas mujeres para cubrir la misma necesidad, que en este caso podríamos etiquetar como familiar (compañera, esposa y madre). Pero no es así, cada una de las mujeres aludidas satisface una necesidad emocional distinta del muchacho. Por eso no son excluyentes de por sí, salvo por los prejuicios morales del protagonista; y tales prejuicios quedan ya fuera del ámbito del amor. Veo que termino en el amor romántico más de lo que pretendía. Habrá que dedicarle un post. 
  

Resumiendo: No solo se trata de que sea un término megahiperpolisémico, si no que presenta serias dificultades la tarea de asignar a cada tipo de deseo o motivación amorosa que experimentamos un significado definido, labor que se agrava con las creencias y normas sociales sobre el amor que hayamos interiorizado durante nuestra crianza (potenciaran algunas cualidades del amor y/o reprimirán otras). Aun consiguiendo esto, logrando etiquetar bien mi deseo amoroso (y por tanto, saber qué necesito), nada me asegura que la persona/s objeto de este (compañero/a, amigo/a, esposo/a, etc…) haya conseguido lo mismo, de manera que su proceder sea el más ajustado a su realidad. Y aun habiéndolo hecho, está por ver que para él tenga la misma intensidad o sea igual de prioritario en su vida como lo es para mí. Por no mencionar que, a medida que vamos avanzando en la vida, evolucionamos (o involucionamos, según se mire), e igualmente lo hacen nuestras motivaciones. De manera que lo que me satisfacía a los 25  puede perfectamente no hacerlos a los 45 años, y a la inversa.
  

Absolutamente desconcertante, oiga. Desde luego que si un extraterrestre aparece en nuestro planeta y le llama la atención nuestra arquitectura motivacional o sentimental, a poco que observe, empezará a alucinar. 




¿Qué demonios hacemos entonces?    

Dado que no puedo hablar por otra persona que no sea yo mismo, solo puedo contarles cómo trato de manejar el concepto. Y esto requiere una labor introspectiva, de buscar y rebuscar en su interior. Por mucho objeto amoroso que haya, se trata esencialmente de usted, no del objeto. Conozca qué tipo de amor es el que brota de dentro, al que está usted más predispuesto. O lo que creo que es lo mismo, que tipo de necesidades sentimentales tiene. No es tarea fácil, entre otras cosas, porque la educación emocional que recibimos en nuestra infancia brilla por su ausencia. Pero al menos, traten de acotar, de concretar cada tipo de necesidad que detecten. A partir de aquí, intenten ingeniárselas para satisfacerla. Igual no disponen de recursos suficientes para conseguirlo, pero no se agobien. En realidad, no es nada grave; solo humano. ¿Qué otra cosa pueden hacer acaso? Somos seres con tiempo limitado, recursos limitados, energía limitada y capacidad de comprensión igualmente limitada. No pueden exigirse nada más que intentarlo, y no crean que es poca cosa. Pero es lo único que está en nuestra mano.


Si son capaces de reconocer en su interior lo que para mí (ya les digo no puedo hablar de la experiencia que tengan los demás) es la esencia del amor, y me refiero a esa predisposición abrirse al exterior, a expandirse hacia a los demás, (llámele tomar contacto, empatizar, compartir, conversar, apoyar, besar, acariciar, copular, o cualquier otra manera humana, abstracta o aplicada, teórica o experiencial, de relacionarse), exprésenla. Si además son capaces de comprender que los demás se encuentran en situación de partida similar a la suya, que todos somos seres finitos devanándonos los sesos por establecernos en mitad de la confusión que reina a nuestro alrededor y tratando de hacer algo constructivo, su capacidad de comprensión se incrementará y con ella también la de perdonar. Si esto es así tienen una alta probabilidad de sentirse agradecido con la vida, simplemente por el hecho de estar vivo, por los momentos disfrutados, por todo lo aprendido, por mil cosas más. Podríamos llamar a este estado homeostático quizá bienestar emocional, satisfacción con la vida o como mejor les plazca. Pero no lo pierdan de vista. Este es la causa por la que uno briega, lucha y se esfuerza en la vida. El amor, quizá, no sea más que una forma de alcanzar tal objetivo.


Me despido citando las últimas palabras del protagonista de la película “Si la cosa funciona”, que me parecen muy atinadas para la ocasión:

“Aprovecha todo el amor que puedas dar o recibir. Toda la felicidad que puedas birlar o brindar. Cualquier medida de gracia pasajera. Si la cosa funciona. Y no te hagas ilusiones, no depende de tu ingenuidad humana. Más de lo que te gustaría admitir, es suerte de tu existencia”.