lunes, 30 de septiembre de 2024

93#. El discreto poder de la amabilidad

 

La amabilidad es una de esas cualidades humanas (virtudes, se les llamaba en mi infancia) a las que nunca se les ha prestado mucha atención, o sencillamente, han sido infravaloradas. Así al pronto, mi imaginación me la dibuja como un niña pequeña, educada y discreta, sufrida y nada exigente, que forma parte de la gran familia de grandes virtudes sobre la que han reflexionado todas las religiones y escuelas filosóficas a lo largo de la historia (como son la honestidad, humildad, justicia o equidad, solidaridad, etc.) pero que siempre se ha encontrado ensombrecida por su hermana mayor, la generosidad, y a quien, normalmente, nadie presta atención en la reuniones familiares.





Esta sociedad, en que la prisa es la norma, la competencia la directriz suprema a seguir, y el individualismo el credo omnipresente, nos convierte en seres distantes e indolentes, cuando no huraños, y es precisamente en este entorno en el que la capacidad de ser amable emerge como un inestimable instrumento de conexión humana.


Que una cualidad no tenga efectos inmediatos ni poderosos, no debe confundirse con resultados estériles ni es sinónimo de ineficacia. La amabilidad es fácil, sutil, diría que hasta elegante. Es una actitud que todos tenemos disponible y cuya ejecución nos supone un coste mínimo. Cumple con el clásico axioma del tendero de nuestro barrio: buena, bonita y barata. La amabilidad requiere de muy poco esfuerzo, y sin embargo, es capaz de derribar barreras emocionales y construir puentes entre las personas.


Se plasma en pequeños gestos que emanan de la bondad, el respeto y la empatía hacia los demás (personas, animales o cosas). Referido a los seres humanos, su principal valor es establecer nexos de unión; reforzar la conexión que nos une a los demás. Porque cuando tenemos un gesto amable con alguien, el primer mensaje que le transmitimos es de reconocerlo como un igual. Ni vamos a invitarlo a nuestra casa, ni probablemente le hagamos un favor mayor, pero estamos diciéndole que le aceptamos como ser humano. Implícitamente, también le estamos mostrando un respeto, el que merece cualquier persona por el hecho de serlo. De forma que, un acto amable tiene el valor añadido de dignificar al receptor, y en la misma proporción, al emisor.


Cierto que muchos de los actos amables que podemos realizar a lo largo del día nos han sido enseñados, inculcados, e incluso carecer de sustancia al haberse convertido en un mero formalismo, pero, aun así, el efecto dignificante en la otra persona se mantiene.




Párense a pensar esto: Desde el momento en que abrimos los ojos cada mañana, tenemos que resolver asuntos. Desde planificar el día (o recordar lo que ya habíamos programado) a solventar dificultades o imprevistos de mayor o menor calado. Una vez despiertos ponemos en marcha la maquinaria de hacer cosas (ocupaciones), y también la de resolver cuestiones futuras (preocupaciones). Y eso nos sucede a todos y cada uno de nosotros.


Incluso la persona que nos pueda parecer más atractiva, adinerada o feliz, tiene que resolver sus problemas; que igual a nos parecen trivialidades, pero para ellos es lo más importante de su vida. Y de solventarlos bien depende su valía, su autoestima, su bienestar...


En resumen, es importante ser consciente de que toda persona con la que te cruzas en la calle, ves sentada en una cafetería, conduce su coche mientras cruzas el paso de cebra, se sienta junto a ti en el autobús o ves realizar su trabajo, está librando una batalla interior (o varias) de las que nosotros no sabemos absolutamente nada, pero que es decisiva para su bienestar, y a veces, su existencia. Todos tenemos que lidiar con nuestros problemas, sean reales o imaginarios, sean presente, futuros o pasados, y cuando finalizamos una batalla, se inicia la siguiente. De manera que...

   Se amable.

   Con todo el mundo.

   Siempre.



jueves, 29 de agosto de 2024

92#. Conócete a ti mismo... para dar lo mejor de ti

Frente al "qué será, será", que decía la canción, referido al devenir de la propia vida, encontramos la no menos relevante "quien soy yo" de cada individuo. Quizá la pregunta de cuál será mi futuro no sea el interrogante esencial, sino "cómo soy yo".



En buena lógica, nuestro futuro nos ocupa y preocupa, deseamos conocer cual será nuestro porvenir, cómo será nuestra vida (más interés cuanto más joven se sea), sin reparar que ese destino está determinado en gran parte por el ahora, por el cómo somos. El razonamiento es simple y matemático: conociendo el punto de partida y el de final, se puede trazar la línea que más nos interese entre ambas (o al menos, intentarlo).

«Conócete a ti mismo», es ese lema que encontramos en cualquier galletita de la suerte o libro de autoayuda o estado de cualquiera de las redes sociales, era la leyenda que relucía en el frontispicio del templo de Apolo. Y según dice la leyenda, no se debía pedir un vaticinio sobre nuestro futuro a los dioses sin antes haber ejercitado la tarea de explorarse e interrogarse a uno mismo. Ahora se le llama autoconocimiento, y es uno de los pilares de la inteligencia emocional, aunque de toda la vida ha sido una condición sine qua non para ser una persona cabal y responsable de sus propios actos (y pensamientos).

No es menos cierto que el entorno social en que vivimos actualmente ayuda poco a tomar conciencia de la relevancia de la introspección. En realidad, no solo no ayuda sino que nos desvía y opaca la ineludible necesidad de descubrirnos interiormente. Los mensajes que nos llegan por vía virtual (y también presencial) actúan en nosotros como una fuerza centrífuga, no centrípeta: nos instan a tener más que a ser, a disfrutar más que reflexionar, a interesarnos por vidas ajenas más que por la propia. Esto supone un serio obstáculo para nuestro desarrollo como personas, puesto que nos distrae de nuestra responsabilidad más esencial, que es saber quienes somos, o al menos, saber cómo somos. 





Llámenme mal pensado, pero igual es que a los inaprensibles entes que dirigen el entorno social (en particular, el mercado) no les interesa que dispongamos de capacidad crítica, que alcancemos la mayor madurez posible. Y sigo denunciando la dejación de funciones de la inmensa mayoría de estados y gobiernos en este aspecto sustancial. Las instituciones no solo dejaron de proteger a sus ciudadanos, sino que además, también han dejado de servir de guía de conducta, como ha sucedido en cualquier sociedad hasta que se apoderó de ella el libremercado, capitalismo o como quieran denominarlo.

Aunque no dejen de cantarnos las virtudes del individualismo, y efectivamente estén logrando que cada sujeto vaya exclusivamente a sus intereses, nuestra fuerza como ciudadanos reside (como en las gacelas, sardinas y hormigas) en el grupo. Cuanto más unida una comunidad, menos vulnerable a influencias interesadas que limitan su desarrollo para aprovecharse de sus individuos. De hecho, el aforismo el que partíamos, Aristóteles lo entendía relacionado con la ayuda a los demás. "Conócete a ti mismo, para, sabiendo en que eres bueno, puedas dar lo mejor de ti a la sociedad".






De manera que conocer como funciona cada uno se convierte en obligación de cada individuo: comprenderse, aceptarse, identificar nuestros sentimientos y entender las razones que nos mueven para no dejarnos arrastrar por nuestras pasiones o vanidades. Por que solo así podrá orientar su vida y escribir su propia respuesta al interrogante del "qué será será".


miércoles, 31 de julio de 2024

Breve historia de la civilización (Eduardo Galeano)

 


"Y nos cansamos de andar vagando por los bosques y las orillas de los ríos.

         Y nos fuimos quedando. 

E inventamos las aldeas y la vida en comunidad, convertimos el hueso en aguja y la púa en arpón, las herramientas nos prolongaron la mano, y el mango multiplicó la fuerza del hacha, de la azada y del cuchillo. 
Cultivamos el arroz, la cebada, el trigo y el maíz, y encerramos en corrales las ovejas y las cabras, y aprendimos a guardar granos en los almacenes, para no morir de hambre en los malos tiempos.
Y en los campos labrados fuimos devotos de las diosas de la fecundidad, mujeres de vastas caderas y tetas generosas, pero con el paso del tiempo ellas fueron desplazadas por los dioses machos de la guerra. y cantamos himnos de alabanza a la gloria de los reyes, los jefes guerreros y los altos sacerdotes.
Y descubrimos las palabras tuyo y mío y la tierra tuvo dueño y la mujer fue propiedad del hombre y el padre propietario de los hijos.
Muy atrás habían quedado los tiempos en que andábamos a la deriva, sin casa ni destino.
Los resultados de la civilización eran sorprendentes: nuestra vida era más segura pero menos libre, y trabajábamos más horas."

 

 



De manera que les deseo, sinceramente, puedan disponer de ese escaso tiempo de libertad que llamamos vacaciones, y sobre todo, que puedan apreciarlo, degustarlo,, y disfrutarlo. Y si es posible, después, también recordarlo.



sábado, 29 de junio de 2024

Cuando nuestros políticos se convierten en agitadores callejeros

 

Siempre he entendido que el objetivo de la política era organizar la comunidad, dar orden a la vida administrativa, social, cultural, etc. de una comunidad. En el caso de las democracias, eligiendo unos representantes que gestionen y resuelvan nuestros problemas. Negociando, pactando, acordando, o en cualquier caso, estableciendo puentes de comunicación. Pero eso ya parece formar parte del pasado, de otra época mas seria (en todos los sentidos de la palabra). La desalentadora realidad es que, hoy día, los supuestos representantes públicos no hablan, parlotean. No exponen ni explican sino que tratan de chulear al oponente. No buscan argumentar, sino manipular. No tienen como fin convencer, sino vencer.




En cualquier régimen político de corte autoritario es frecuente un tipo de gobierno más o menos populista. Pero en democracias asentadas, sorprende que este estilo de gobierno se esté extendiendo de manera tan preocupante, particularmente en las occidentales. Una deriva política que ha llevado a presenciar lamentables espectáculos, en sede parlamentaria, donde próceres que deberían conciliar y parlamentar, de dedican a comportarse como chulitos de barrio pontificando desde la barra de una taberna cualquiera. Igual gritando a un rival político que insultándolo, cuando no acusándole de alguna ilegalidad, sin sentirse en la obligación de aportar pruebas de ello.

Esta actitud no solo conlleva la obvia dejación de funciones de que hacen gala, sino que con ello degradan y desacreditan las mismas instituciones que los sustentan, carcomiendo de forma lenta pero inexorable el sistema político que nos ha permitido alcanzar derechos humanos y civiles impensables en otras latitudes.

Las cabezas pensantes de los partidos políticos debieron llegar a la conclusión de que hablando de leyes, gestiones y presupuestos, aburren a los ciudadanos, y por tanto no captas clientes. Pero si das espectáculo, si llamas la atención de la audiencia, tienes más probabilidades de conseguir su apoyo (esto es, el deseado voto). El pensamiento crítico es tedioso y demasiado racional; mas fácil y efectivo son los mensajes básicos y directos que apelan a las emociones.




Por otro lado, hay que captar a toda una generación desapegada de la política, pero criada en la cultura del entretenimiento. De manera que, si en televisión funcionan los reality shows ¿por qué no en política?

Y así vemos a respetables señores y señoras diputados dedicándose a arengar a la gente, a enervarlos, a fanatizarlos, usando una estrategia tan vieja como la humanidad: convertir al opuesto en enemigo. El político más mediático y agresivo es el más popular, mientras que los más centrados y respetuosos pasan desapercibidos, o se ven relegados a la irrelevancia.

Nos usan. Nuestros representantes públicos en lugar de trabajar para nosotros, promueven que nosotros hagamos el suyo, y de manera mas rastrera posible. Polarizando y radicalizando a la comunidad que gobiernan (lo que lejos de avergonzarles les hace sentir validados) parecen no tener escrúpulo en generan una atmósfera social crispada, que solo supura desconfianza entre los ciudadanos, y que daña seriamente la convivencia.



No quiero entrar en si son conscientes de ello, o directamente no les importa. Lo relevante es observar que, de entre toda es polvareda que levantan, si nos fijamos bien podemos atisbar el objetivo que persiguen, que desde luego no es defender un programa político en el que creen, sino, simple y llanamente, alcanzar el poder.

En fin, que estamos a un paso de alcanzar a Dostoieski cuando dijo: “La tolerancia llegará a tal nivel que a las personas inteligentes se les prohibirá pensar para no ofender a los idiotas”.

viernes, 31 de mayo de 2024

91#. Nuestras vulnerabilidades no nos incapacitan: nos humanizan

Las vulnerabilidades humanas tienen muy mala prensa, y es cierto que no son algo de lo que solamos sentirnos particularmente orgullosos. No solemos estar satisfechos de ser introvertidos, testarudos, infantiles o desorganizados... además de que, el sistema de valores imperante promueve que denostemos aún más nuestros defectos y nos avergoncemos de ellos, al apremiarnos a alcanzar la figura del superhombre (o supermujer).

 



Estarán tan hartos como yo de encontrar a gente que solo muestra sus aspectos más brillantes, su faceta triunfadora. Y sin embargo, es indiscutible el hecho de que esas debilidades existen, de que todos las tenemos, y de que, además, son inexorables. No hay ser humano que no las tenga, de forma que quien quiera convencernos de que es perfecto, nos está mintiendo y, lo peor, se está mintiendo a sí mismo.

El quid del asunto es que si nuestras vulnerabilidades son sustanciales a nuestra estructura psicoemocional, igual existe un motivo para ello. Igual nuestras flaquezas tienen un sentido. Igual esas debilidades no lo son tanto.

Hago un inciso. Uno de mis primeros trabajos, muchos años atrás, fue en una administración publica. En los primeros días, y en tanto me llegaba el trabajo, me dediqué a examinar la única herramienta que había en aquel minidespacho. El ordenador personal cargaba el clásico Windows 95, y después de explorar todas las carpetas y directorios observé que muchos de ellos no servían para nada y ocupaban muchísimo espacio. Así que en un arrebato de orden y organización, borré todos aquellos que no tenían un nombre con función clara.

Cuando intenté reiniciar el aparato, no funcionaba. Preocupado, pedí ayuda al funcionario más versado en el asunto informático, y quedó tan extrañado como yo de que el pc ni siquiera se encendiera. Cuando me preguntó que era lo último que había hecho, se llevó las manos a la cabeza: "Tío, te has cargado el sistema operativo", sentenció.

Aunque yo no pudiera identificar su función, aunque me parecieran basura que ocupaba mucho espacio en mi ordenador,... todas aquellas carpetas y directorios que eliminé sustentaban los programas informáticos tan necesarios para mí y que podía usar con tan solo pulsar el botón "on".

 



Traigo a colación esta anécdota por que el paralelismo me parece claro: la función de nuestras vulnerabilidades puede pasarnos inadvertida, pero es esencial para el funcionamiento de nuestra psique. Y su cometido es hacernos más humanos, por que sin nuestras debilidades no podríamos tener las cualidades que más nos humanizan (no seríamos bondadosos, ni empáticos, ni compasivos,...). Quizá nuestras vulnerabilidades nos hacen personas más ponderadas y estables, por que nos ayudan a equilibrar precisamente esa otra faceta (tan popular) de nuestras fortalezas. Y eliminarlas, en el supuesto caso de que pudiéramos hacerlo, nos dejaría como la balanza a la que le quitamos uno de los platillos.

No existe moneda que no tenga dos caras. Nuestra vulnerabilidades no son más que la otra cara de la moneda, pero están ahí por que tienen un sentido. La condición humana consiste en ser vulnerable, consiste en estar receptivos y abiertos a la vida, a lo que no suceda en ella, sean eventos constructivos, destructivos o neutros.

En el momento en que somos conscientes y aceptamos nuestra vulnerabilidad, quedamos liberados del miedo a equivocarnos y a autoexcluirnos, aportándonos la necesaria sensación de seguridad y confianza en nosotros mismos.

Nos permite reconocernos como seres humanos, y nos exime de la aplastante responsabilidad de ser brillantes en todo momento, la obligación de ser perfectos. En este sentido, nos libera y permite reclamar el derecho a existir y ser como somos

 


 

En definitiva, asumir nuestras vulnerabilidades nos concede el derecho a reconocemos como seres imperfectos, pero completos.

 

martes, 30 de abril de 2024

90#. La aceptación es nuestra mejor (y más desconocida) herramienta para enfrentar la vida

No son pocas las ocasiones en que la gente me pregunta: "Pero, por muy psicólogo que seas ¿qué le dices a alguien en esa situación?", "¿cómo vas a poder ayudar a una madre que acaba de perder a su hijo?", "¿Yo no sabría que decirle?",...

 



La angustia que se trasluce detrás de estas preguntas proviene de que ya anticipan una intervención protocolizada, conformada por explicaciones, o instrucciones, o ejercicios de algún tipo. Y siguiendo esta lógica, efectivamente, nadie puede resolver el problema de la doliente (eliminar el dolor de la pérdida), y menos aún devolver a la vida al fallecido. El error está en que no contemplan que la estrategia de afrontamiento se trate de lo contrario: de un no-hacer. Quiero decir que la intervención no es acción; es actitud.

Desconocen que el acompañamiento a esa persona en duelo se centra en sostener el dolor de esa persona (exactamente, es eso, un acompañar), y durante ese tiempo ayudarla elaborar sus propios recursos para aceptar la pérdida.

La aceptación, por definirla concisamente, consiste en reconocer y permitir nuestras experiencias internas (emociones o sentimientos, en nuestro caso), en lugar de resistirnos y tratar de cambiarlas. Esto es, asumir que el dolor que siento es real; lamentablemente, también es natural (ojo, que no es sinónimo de bueno ni positivo); y ha de aprender a manejarlo para tratar de digerirlo.

Cuando explicas esto, tu interlocutor, normalmente reacciona con un bufido, más o menos disimulado, de desaliento. Una especie de "¡pues vaya ayuda!", como aplicando el refrán "para ese viaje no hacían falta alforjas". O como dirían en mi pueblo: "Eso y na, es lo mismo".

¡Pues no! ¡No es lo mismo! En primer lugar, por que ese acompañamiento en un momento tan terrible es particularmente necesario y nutritivo (emocionalmente). En segundo lugar, por que permite orientar a la persona a tomar el camino más recomendable (que ella tomará o no, pero será ella quien tome su decisión). Y en tercero, de cómo resuelva ahora este problema dependerá cómo lo viva en el futuro. Se convertirá en un tema tabú, del que no quiera hablar por que aún duele, que la persona seguirá evitando u ocultando, sin percatarse de que sigue quemando. O bien, podrá encajarlo en su vida, asumir la pérdida con toda su injusticia y todo su dolor, pero habiendo reparado la herida, de manera que en el futuro pueda hablar y recordad al fallecido, y por tanto, también honrarlo.




La aceptación puede ser una noción sutil, parecer indolente, y no tener tanta fama como la acción directa. Pero es absolutamente válida cuando se necesita. Y muestra de ello es que tradiciones milenarias como el budismo (Oriente) o la filosofía estoíca (Occidente) la tienen como uno de sus principios fundacionales.

La vida incluye cosas que nos gustan y otras que no. Cosas que podemos cambiar y cosas que nos superan ampliamente. Pero todas forman parte de nuestra existencia. El Budismo pone énfasis en que, por difícil que pueda ser aceptar lo que no queremos que sea verdad, negarlo o hacer como si no existiera solo causa más sufrimiento. Es necesario abandonar las expectativas irreales por que son las que crean y alimentan el sufrimiento. Por tanto, la aceptación radical no implica sumisión ni resignación pasiva, sino que abre el camino a la resolución de los problemas.

El estoicismo, por su parte entiende que debemos comprender las reglas del mundo natural y asumirlas. Es necesario aceptar las circunstancias de la vida, tal y como son, sin resistirse a ellas. Si bien no podemos controlar todo lo que sucede a nuestro alrededor, sí que podemos controlar nuestra reacción ante los eventos.




Que dos corrientes filosóficas tan antiguas y distantes coincidan tan nítidamente en uno de sus pilares doctrinales no puede ser casualidad. Solo que, con la aceptación sucede lo mismo que con conceptos como la paz, o la libertad, o los niños obedientes. Pasan inadvertidos por que sus opuestos (la guerra o el sometimiento o los niños disrruptivos) hacen mucho ruido, incordian, y reclaman nuestra atención. Pero las primeras son las necesarias, las que merecerían tener toda nuestra consideración.

domingo, 31 de marzo de 2024

89#. La comodidad es el enemigo

La comodidad es el enemigo principal (y más sibilino) del crecimiento personal, del progreso vital. Y lo es por que desalienta la motivación, el recurso por excelencia para salir de nuestra zona de confort y enfrentarnos a los retos.



La comodidad, al igual que otros conceptos de reciente cuño (la felicidad, por ejemplo) nunca ha existido como tal. A poco que miremos un par de generaciones atrás observaremos que nuestros abuelos jamás pensaron en felicidad o comodidad. Pensaban en resolver los problemas del día a día, salir adelante, y prosperar en la medida de lo posible.

Mi abuelo no se tomó ni un solo día de vacaciones, aunque supongo que en aquella época ni siquiera existirían. Mi padre nos llevó un par de veranos a un piso alquilado en la playa cuando éramos críos, pero él lo disfrutaba solo el fin de semana; se volvía durante la semana para abrir nuestro pequeño comercio. Ni siquiera yo recuerdo haber tenido piso con calefacción central, ni ropa térmica ni un sofá tan confortable como los actuales. De hecho, cuando nos sentábamos a ver la televisión, normalmente lo hacía sentado en una silla (puesto que mis hermanos ocupaban las plazas del humilde sofá familiar). Y de la ducha con agua fría durante el servicio militar, el catre descuajaringado o dormir con frío en una tienda de campaña durante las maniobras militares ni les hablo.

En cuanto salí de casa para estudiar en la universidad, recuerdo haber envidiado a los compañeros de familias acomodadas que vivían en pisos acogedores y confortables; con recursos de sobra para costearse los diariamente los comedores universitarios (y evitar tener que cocinar) o dinero suficiente para salir de cervezas y copas con los compañeros; algunos, incluso, con vehículo propio para ir a la facultad…



Pues bien, pasado el tiempo me di cuenta de que aquella vida humilde, que en alguna ocasión no tuve remilgos en etiquetar como miserable, no fue en vano. Tener que aceptar trabajos mal pagados mientras cursaba, pasar frío mientras estudiaba, tener que convivir con personas de todo tipo de ralea y pelaje,… a largo plazo me hizo más habilidoso en el trato personal, más sufrido, menos exigente,… Me hizo una persona más despierta, más templada y más comprensiva.

Aquella mala suerte de la que me quejaba, visto con perspectiva, no lo fue tanto.

Por supuesto que si me hubieran dado la opción de vivir cómodamente, sin tener que “buscarme la vida”, sin tener que afrontar los desafíos que comporta ir haciéndose adulto, la hubiera escogido. Es por esto que puedo entender perfectamente a la generación actual; la que llaman “la generación de cristal”.

Cómo se le explica a un joven que ha construido un apego seguro con su familia, que ha tenido cubiertas todas sus necesidades sin apenas esforzarse, y que no ha necesitado salir de casa para afrontar su futuro, que la vida no es eso; que la vida no es fácil para ningún ser vivo de este planeta. Miren cualquier documental televisivo sobre naturaleza y verán cómo se las gasta la vida, ahí afuera.



El carácter se forja en la adversidad, no en la comodidad. Y no es un castigo divino, sino la manera natural en que hemos evolucionado y progresado a lo largo de generaciones y generaciones.

Un carácter sólido no se genera con la inteligencia, sino con experiencia. La entereza se forja afrontando los reveses y contratiempos que nos encontramos, por que nos fuerza a desarrollar nuestro pensamiento crítico y nos obliga a usar nuestras habilidades y afinarlas.

Nada de esto se puede aprender en los libros de texto. Y, en este sentido, me temo que sí, que es necesario sufrir para curtirse, para forjarse como persona. Para este camino no hay atajos... aunque, quien sabe: igual, después, resulta no ser tan malo. 

jueves, 29 de febrero de 2024

88#. La imparable adicción que nos deshumaniza.

El ego nos desconecta de los demás. Esta afirmación, que leída al pronto, puede parecernos liviana, incluso trivial, puede tener unos efectos devastadores en nuestra vida. En particular, en el sentido de nuestra vida. Un pequeño impacto en el parabrisas apenas deja una marca, pero es cuestión de tiempo que se convierta en una grieta y termine por fracturar todo el cristal. Por que ese desconectarse de los demás implica desconectarse de sí mismo.

 


Vivir en sociedad, en una comunidad, no es una opción. Es una necesidad, para todo ser humano que aspire a convertirse en persona. Me lo habrán leído en algún otro post por que estoy convencido de que es así. Aparte de nuestra supervivencia física, de el trato con nuestros iguales (incluyan aquí a familiares, amigos, conocidos,… pero de ninguna manera a sus contactos de las redes sociales) aprendemos creencias básicas para nuestra supervivencia espiritual y/o emocional. Aprendemos a confiar en los demás, aprendemos que la vida tiene un orden, que tiene un significado (independientemente de que lo hayamos encontrado o no), que somos personas válidas. Aprendemos a creer en la bondad humana y en la cooperación entre nosotros para prosperar.

Todo eso se pierde cuando el individuo se aísla.

En la antigua Grecia, uno de los castigos más severos era la condena al ostracismo. Al individuo que suponía una amenaza para el orden social, o directamente era perjudicial para la comunidad, se le expulsaba de la polis y quedaba solo, aislado. En la actualidad, son los individuos mismos los que se destierran a sí mismos de su vida real al vivir más dentro de internet que en su entorno natural. 

 


Sea de manera inconsciente (como les sucedes a los menores de edad), sea buscando precisamente ese efecto, el acceso a las redes sociales, videojuegos, apps varias, etc. promueve su uso. Ese uso, indiscriminado e impable, se convierte en abuso, puesto que estos artefactos virtuales están diseñados para enganchar, para crear adicción. El resultado final es que cuanto más vivimos en internet menos lo hacemos en nuestra vida. Puede ser más recompensante, más cómodo, pero es insano y nos deteriora como seres humanos, por el simple hecho de que eso no es la realidad. Al desconectarnos de la vida real, cercenamos la vía principal con la que nutrimos nuestra humanidad. Quedamos como el ordenador que se desenchufa: alimentándonos solo de la batería. Y esa batería, de manera irremisible, se irá agotando. Nos vamos vaciando como personas.

Cuando estamos vacíos nos volvemos absolutamente vulnerables. Es cuando somos presa fácil de cualquier cosa que nos provea de alguna satisfacción, por superficial y banal que esta sea.

¿Y qué encontramos a nuestro alrededor? Consumo.

De todo tipo y en cualquier momento, el sujeto se ve abocado a un consumo, que inconcebiblemente no nos colma, no nos satisface aunque nos gratifique. De manera que seguimos consumiendo, sin saber muy bien por qué no es suficiente; por qué no nos sentimos satisfechos como persona; en un carrusel interminable que termina por consumirnos a nosotros mismos. 

 


Este es el peligro real de vivir en una realidad virtual: que crea sujetos más parecidos a zombis (espiritualmente hablando) que a seres humanos. Y si no, que se lo pregunten a los famosos hikikomori.

Recuerden las proféticas y acertadas palabras del malogrado David Foster Wallace: 

"El egocentrismo nos lleva al vacío, y el vacío se cubre consumiendo; consumiendo productos de entretenimiento que al final acabarán consumiéndonos a nosotros."

miércoles, 31 de enero de 2024

87#. La generación distraida o cómo hacer inútil a toda una sociedad

Atiendan a esta paradoja. Mientras que los centros educativos de medio mundo se afanan por introducir en las aulas tablets, ordenadores, pizarras interactivas y demás recursos supertecnológicos, en Silicon Valley, cuna de la tecnología, abundan los centros en donde están prohibidos ordenadores, tablets, teléfonos móviles, etc., y en donde las niñeras tiene prohibido por contrato usar los smartphones. En concreto, el elitista (y por supuesto, privado) colegio donde se educan los hijos de directivos de Apple, Google y otros gigantes tecnológicos no entra una pantalla hasta que llegan a secundaria. 

 


¿Qué pensarían ustedes de un productor que no usa ni consume el producto que intenta venderles? Ciertamente, es algo más que sospechoso.

No muy lejos de la soleada California ya han reaccionado. La escuela pública de Seattle, que engloba a mas 50.000 estudiantes, ha presentado una demanda judicial contras las principales empresas de redes sociales (Facebook, Meta, Snapchat, TikTok, YouTube y otras más) por crear aplicaciones que explotan los cerebros frágiles de niños y jóvenes, al tratar de maximizar el tiempo que los usuarios usan sus plataformas para incrementar sus ganancias, contribuyendo así a la incipiente “crisis de salud mental juvenil”.

En la demanda se argumenta que el exponencial crecimiento de las plataformas de redes sociales es consecuencia del diseño de las mismas, que “explotan la psicología y neurofisiología de sus usuarios”. Las corporaciones acusadas se aprovechan de la vulnerabilidad del cerebro de los jóvenes, enganchando a decenas de millones de estudiantes en todo el país en bucles de retroalimentación positiva de uso y abuso excesivos.

De hecho, ya les hablé en este post  (la artimaña para manipular nuestra atención ) de como un tal BJ Fogg se vanagloria de crear adictos a las aplicaciones. Acuñó el palabro captología para describir a la metodología que logra captar y absorber nuestra atención. Desde hace años, sin pudor ni vergüenza alguna, enseña a los emprendedores de Silicon Valley a cómo hacer más adictivas sus aplicaciones, y a juzgar por los hechos, está siendo absolutamente eficiente en su labor. 

 


 

Lo que está en juego no es solo la salud mental de los usuarios, como denuncian en Seattle, sino que, por extensión, estamos hablando de hacer inoperantes a toda una generación. Estamos hablando de que la promoción de seres humanos que debe sucedernos se dedica mayoritariamente a dispersarse, a entretenerse, a pasar el tiempo descuidadamente. Y como dicen en mi pueblo, "camarón que se duerme, se lo lleva la corriente".

Entiendo que la inmediatez y poder adictivo de redes sociales y videojuegos secuestra la atención de nuestros hijos/as, que instalados en la sociedad del bienestar y carentes de herramientas fiables para decidir su futuro, despilfarran su tiempo en entretenerse, no en prepararse para afrontar los retos de su futuro. Una generación carente de metas o fines significativos en su vida, a los que poder dedicar sus esfuerzos, es una generación perdida.

Si la sociedad occidental está en recesión (comparada con otras orientales), esta va a ser la puntilla que nos hará decadentes en unos años. Por que otras sociedades están implementando medidas para evitar este proceso de demolición cultural que no tiene precedentes en la historia humana.

China ya se dio cuenta de esto y hace unos años decidió que no iba a desperdiciar a sus mejores cerebros permitiendo que se convirtieran en frikis de los videojuegos, de las redes sociales o las apps de internet, y tomado medidas para atajar el poder corruptor del uso de incontrolado de internet. Para eliminar la adicción a las redes sociales y controlar el contenido al que tienen acceso los infantes y jóvenes chinos, ha prohibido que los menores dediquen más de tres horas semanales a los videojuegos, exigiendo que los proveedores ofrezcan contenidos muy filtrados para sus menores y limitando más el tiempo frente a las pantallas. Califica a internet como “opio espiritual” que provoca un efecto nocivo entre aquellos que serán la fuerza motriz de la sociedad en un futuro no muy lejano. 

 


Si le pones una pantalla a un niño pequeño limitas sus habilidades motoras, su tendencia a expandirse, su capacidad de concentración, su creatividad. Si los contenidos de esa pantalla lo hacen adicto, aparecerán los síntomas de toda adicción, que incluyen los aludidos problemas de salud mental.

Todo apunta a este resultado, aunque a ciencia cierta, solo tendremos las respuestas en un par de décadas, cuando los niños actuales sean adultos. La cuestión, entonces, es: ¿Queremos asumir semejante riesgo?