miércoles, 1 de enero de 2020

51#. La humildad requiere una autoestima sana, no excesiva.

Conocerán, igual que yo, personas a las que el concepto humildad no les genera una idea o imagen clara, y por tanto, no le encuentran sentido. Hay quien la considera una cualidad sin demasiado glamour y que aporta poco beneficio. Comparado con la reputación tradicional que tienen otros atributos como la valentía, la audacia o la fortaleza, invertir esfuerzos en tratar de sensibilizarte ante la vida, tratar de que nada de lo humano te sea ajeno, no vende tanto como otras; no estiliza, ni da lustre. De manera que, en una sociedad que santifica el consumo y la apariencia, la humildad es perfectamente denostable. Despreciable, sin más. 
 

Sin embargo, la humildad parte de un sentimiento interno de seguridad, de un ser consciente de nuestro valor como ser humano, por tanto nada más alejado de la imagen de inseguridad, apocamiento o sumisión con la que se puede confundir.  

La humildad es el arte de valorarse a sí mismo en la justa medida; reconocer nuestra verdadera esencia y plantarle cara a ese monstruo invisible que habita en nosotros denominado ego. De hecho es el valor opuesto a la soberbia o la prepotencia, a la arrogancia y el engreimiento, y entronca directamente con la dignidad, con esa concepción vital de que todas las personas poseemos inherentemente una serie de derechos inalienables por el simple hecho de haber nacido humanos. Ser consciente de que provenimos del mismo sitio (la tierra = humus = humildad, y también humanidad) y terminaremos en el mismo lugar.

Párense a pensarlo: ¿Qué mérito tiene nacer humano? De hecho, es que no podemos ser otra cosa más que seres humanos porque nos viene genéticamente determinado. Llegar a ser persona es distinto. Nuestra biología no es suficiente para superar o trascender nuestra naturaleza. Tener conciencia de uno mismo nos permite pensar y actuar en función de nuestra libertad, asumiendo las consecuencias de nuestros actos, pero sobre todo, permitiéndonos orientarnos, decidir qué camino seguimos en la vida. Eso nos va construyendo y termina por definir y perfilar a la persona: un ser humano diferenciado de sus iguales, con un valor propio. Un individuo humano con capacidad de autoconsciencia, racional y ético.


Aunque quizá no lo parezca, la humildad requiere de una sana autoestima, no de una gran autoestima, de una autoestima enorme. Me refiero a que no se trata de verse a si mismo como competente y superior a los demás y en todo momento o circunstancia, si no a contemplarnos de manera objetiva (y crítica) como competentes (o no), pudiendo así reconocer nuestras cualidades pero también nuestras limitaciones. No obstante, el egocéntico se halla deslumbrado por sus virtudes. Tendrá un alto concepto de sí mismo, un enorme concepto, desmesurado, pero es ciego a sus limitaciones, de manera que dificilmente va a ser capaz evolucionar, de ser más persona.

En las entrevistas de selección cada vez es más frecuente que se valore cual ha sido su mayor error o que mencione el fracaso más estrepitoso de su carrera. Todos sabemos echarnos flores y vanagloriarnos, pero no todo el mundo saber hacer crítica de sí mismo. Si no hay autocrítica, no hay cambio, por tanto, la persona no evolucionará, perpetuándose en sus errores como un moscardón pegandose contra el soleado cristal de una ventana.


Decía Cervantes que la humildad es "la base y fundamento de todas la virtudes y sin ella no hay ninguna que lo sea". La humildad estaría en la raiz del arbol de las cualidades humanas, y como raiz se encuentra oculta bajo tierra (en el humus). Igual esta es la razón por la que es tan difícil de reconocer y valorar.