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domingo, 1 de octubre de 2017

30#. El autocontrol es el mejor predictor de cómo nos irá en la vida.

Conducimos a 120 km/h por la autopista, y súbitamente, se nos planta enfrente un zorro o un perro ¿De que depende que nuestra reacción sea echarnos las manos a la cabeza y gritar, o bien, tratemos de manejar el volante para no estrellarnos?

Autocontrol emocional, es la respuesta.

El autocontrol, autorregulación, autodominio, o como queramos llamarlo, es la habilidad para dominar nuestras emociones, pensamientos y conducta. 
 

Cierto que, lanzados por la carretera y frente a un obstáculo imprevisto, no parece ser el mejor momento para lograrlo. Entre otras cosas, por que el autocontrol emocional consiste en un proceso. No es automático, sino que requiere de preparación. Hay que educarlo. Un velocista de atletismo logra batir su marca personal cuando se ha ejercitado, se ha ido fortaleciendo y ha progresado en su destreza para la carrera. Pero, por mucho que lo desee, difícilmente logrará ese hito si se presenta en la final de los 100 metros lisos sin entrenamiento previo.

Cuando un crío (y, por desgracia, más de un adulto que conozco) tiene un deseo, impulso o necesidad, tiende a satisfacerlo actuando de la manera más directa e instintiva. Arrastrado por la emoción subyacente, casi que corresponderá al esquema clásico del Estímulo-Respuesta, por el que se rigen la mayor parte de los animales. De manera que, apenas interviene ningún proceso de pensamiento entre lo que siente y lo que hace. 
 

El autocontrol emocional es nuestro negociador. Entre ese impulso y la acción para satisfacerlo debe mediar un espacio. Ese espacio no es nada más, ni nada menos, que la cancha que le damos a nuestra voluntad y capacidad de juicio para decidir qué es lo más conveniente. El pensamiento, (más concretamente, la reflexión) es el mediador que nos recomendará que acción es la más adecuada para atender a nuestro deseo, pero ajustándonos a las circunstancias.

David Goleman destacó que el factor central de la inteligencia emocional es el autocontrol, y existen estudios consistentes, como los de Mischel o el experimento Dunedin, que lo apoyan. Si nos detenemos a pensarlo, ya los antiguos pensadores sabían que el buen gobierno de la vida depende de conocernos y dominarnos. Aunque ni siquiera es necesario apelar a los clásicos, si no a nuestra propia experiencia en la vida. Todos tendremos el recuerdo, en alguna época de nuestra existencia, de haber actuado de manera impetuosa, de habernos dejado llevar por las emociones.

Aquella compra del piso o vehículo, de manera apresurada y visceral ¿fue tan acertada? ¿Realmente fue tan imperdonable aquel comentario irreflexivo de mi hermana sobre mi mujer, como para que dejara de hablarle? Consultar el whatsapp en una reunión de trabajo delante del jefe igual deja en evidencia mi profesionalidad. Por muy enamorados que estemos, entrar en el velatorio con una sonrisa de oreja a oreja desbordados por un ánimo expansivo no parece ser lo más correcto. Una respuesta exaltada en una entrevista de trabajo puede dar al traste con mis aspiraciones profesionales. De la misma manera que un exabrupto, en el momento álgido de una discusión marital, puede llevarnos derechos al despacho del abogado matrimonialista.

El proceso de crianza y socialización trata, entre otras cosas, de entrenarnos en introducir el pensamiento entre ambos extremos. Cuanto más capacidad de valoración y juicio desarrollemos entre impulso-satisfacción, más autocontrol poseeremos.


Cierto que las emociones pueden ser explosivas, inmediatas y/o imprevisibles. Son el motor de nuestro comportamiento, y están en la base de nuestros impulsos, deseos, necesidades, pulsiones... Pero eso no significa que sean incontrolables. No conlleva que las dejemos tomar las riendas de nuestra vida. Ni siquiera, que sean indomables. La evidencia es que, actuar irracionalmente satisface la descarga de esa energía emocional. Pero no son pocas las ocasiones en que la conducta impulsiva genera más problemas o inconvenientes de los que soluciona..

Popularmente, cuando se dice de alguien que es maduro, sensato o razonable se está aludiendo a esta capacidad de identificar qué estamos sintiendo, evaluar la situación en que nos hallamos, y buscar la mejor forma de adecuar lo uno a la otra. No hablamos exactamente de anular lo que sentimos (represión); más bien, la propuesta se dirige a modular esas emociones. A permitirlas, moderarlas o diferirlas de forma más adaptativa.

El dominio y manejo de nuestras emociones es crítico en nuestra vida (crucial, lo denominó Goleman). No exageramos si decimos que la gestión que hagamos de nuestras emociones determinará cómo nos irá en la vida. En tal medida que, la inteligencia emocional que poseemos predice mejor nuestro porvenir que nuestro cociente intelectual.

viernes, 20 de mayo de 2016

CITA: La sabiduría es el arte de vivir (Jose Luis Sampedro)


El arte de vivir. No el arte de hacer cosas, el arte de vivir… Se puede vivir sin hacer muchas cosas, y se puede hacer muchas cosas sin saber vivir. La mayoría de la gente que ahora uno ve por la calle sabe hacer muchas cosas, se mueve todo el día, está agitada todo el día, y no sabe vivir. Hoy, en gran parte, el hombre de una ciudad civilizada y urbanizada es un servidor del sistema y de las máquinas, porque cuando tiene que ocuparse del coche, de la lavadora, de lo otro y de lo de más allá, se pasa el día alimentando cosas y sosteniendo cosas, cuando sencillamente podría vivir mejor.

Porque lo que no está claro son los fines. ¿Cuáles son los fines de la vida?, ¿para qué vivimos?, ¿para qué estamos vivos? Estamos vivos para vivir, para hacernos, para realizarnos, para dar de cada uno de nosotros todo lo que puede dar, porque así tendrá todo lo que pueda recibir.
 

Pero para que esto empiece hace falta libertad. Y para tener libertad, no libertad de expresión, lo que hay que tener es libertad de pensamiento, porque si usted no tiene libertad de pensamiento, da igual que hable o diga lo que quiera. El poder se asegura de que no tengamos libertad de pensamiento, para eso nos educa, para que pensemos lo que él quiere que pensemos.

Y entonces, cuando consigue que nosotros pensemos lo que él quiere que pensemos, y eso lo consigue en la infancia, cuando enseña la doctrina, cuando enseña los principios; lo consigue en la sociedad con el ambiente general, con los principios, la publicidad, el mercado, etc. Cuando consigue que la gente piense lo que el poder quiere que piense, resulta que, si no tenemos libertad de pensamiento, no tenemos libertad de expresión, y no nos educan para tener libertad de pensamiento.


Y cuando tengamos eso, podremos pensar en los fines de la vida, porque los fines de la vida no son aumentar en dinero y en gasto y en diversión, no es eso. Es ganar en satisfacción personal, ser más lo que uno es.

El tiempo no es oro, el tiempo es vida.
José Luis Sampedro

viernes, 29 de abril de 2016

#16. Inteligencia no es sinónimo de sabiduría

Steve Jobs pasa por ser uno de los tipos más inteligente de la última generación. Un personaje brillante. De hecho, el apelativo genio va casi siempre adosado a su nombre. Personaje controvertido donde los haya, desde luego que encarna el más alto estándar del llamado american dream. Estudió budismo zen durante años, y se consideraba budista, dato difícilmente alineable con sus legendarios subidones de testosterona y ataques de soberbia. Empresario hecho a sí mismo, de hábitos vegetarianos, su budista espiritualidad no fue incentivo para hacer gala de caridad alguna (“pensaremos en la caridad cuando seamos una empresa rentable”). Creyó que la mezcla de espiritualidad y alimentos sanos serviría como antídoto contra toda enfermedad, incluido el cáncer.

Cuando se lo diagnosticaron en octubre 2003, se negó a ser operado y optó por tratarse con zumos de frutas, acupuntura y remedios medicinales que encontraba en internet. "No quería que abrieran mi cuerpo, no quería que me violaran de esa forma". Mujer, hermana e hijos le suplicaron que se operara, pero Jobs se negó durante nueve meses, manteniendo en ese tiempo la enfermedad en secreto. "Pensaba que si ignoras algo, si no quieres que algo exista, puedes lograr magia con la mente...”. Este fue el error, su gran desatino. Una creencia idealista y novelesca, pero igual sin demasiada consistencia empírica. Cierto que ese tipo de creencias, antes, le habían funcionado. Pero no en este. “Se arrepintió", confesó Jobs a su biógrafo. Al parecer, ser un genio no te vacuna contra la insensatez.


Mario Conde posee un currículo profesional portentoso, deslumbrante, estratosférico. Aprobar unas oposiciones de abogado del estado no lo consigue cualquiera. Dirigir un emporio bancario tampoco. No obstante, en 2001 fue condenado y encarcelado por los delitos de estafa y apropiación indebida en la trama de corrupción bancaria de Banesto. Considerado como uno de los mayores “tiburones” de la banca española, aboga hoy por la corriente ética que postula que ser empresario no inhabilita para la espiritualidad. Muchos se preguntan ahora es si tales principios guiaban su interés cuando cometió los delitos por los que pasó varios años en la cárcel. ¿Cuál es el verdadero Mario Conde? Al pronto, parece que el primero, el estafador espiritual. Cómo explicarse, si no, que esté de nuevo detenido, por un delito de blanqueo de capitales, al igual que su hija e hijo. La pregunta que automáticamente me asalta: ¿Es inteligente un comportamiento que te lleva a la cárcel dos veces, y además condena también a tus hijos? A mí no me lo parece.

Bernie Madoff fue el inversor de moda en la jet set hace pocos años. Fundador de una de las empresas de inversión más reconocida y prestigiosa de Wall Street, llegó a defraudar más de 50.000 millones de dólares. El capcioso sistema piramidal en que se basaba su negocio estaba abocado al fracaso. Resultado: 150 años de condena. Bill Clinton desperdició su gobierno a raíz de una práctica sexual, “inapropiada” la llamaron ellos, arruinando, de esta manera, su presidencia. Y así, existe toda una dilatada lista de personas inteligentes que, de forma aventurada, desacertada o irreflexiva, la cagaron de gordo.


¿Por qué personas tan inteligentes cometieron errores tan morrocotudos?

Identificar inteligencia con sabiduría es confundir la velocidad con el tocino, que decía mi abuelo. Inteligencia y sabiduría no son sinónimos, aunque sea frecuente que la gente las confunda. La inteligencia tiene que ver con saber hacer bien algo, con la eficiencia en la tarea. La sabiduría tiene que ver con la pertinencia o idoneidad de ese algo, esto es, saber elegir bien la tarea. De manera que se puede ser inteligente, inteligentísimo, inteligentérrimo que diría Forges, y, sin embargo, cometer errores que trunquen tus metas, o directamente, te hundan la vida. De la misma forma, se puede ser sabio y competente en la tarea de dirigirse en la vida, y por el contrario no destacar con el esplendor de los más “brillantes”. Ambas cualidades no son incompatibles, pero sí que bastante raras de encontrar juntas en una persona. Así, al pronto, intento rescatar de mi memoria ejemplos representativos de tal categoría y créanme que me cuesta trabajo encontrarlos: Einstein, Sampedro (no confundir con el apóstol), Aristóteles,... Sí, seguro que hay más. Denme unos minutos para recordar…

El error de la inteligencia, hay quien lo denomina el síndrome de la inteligencia autodestructiva, radica en la incapacidad del sujeto para ver las consecuencias últimas de sus actos, al centrarse exclusivamente en los resultados inmediatos. Ser capaces de distinguir nítidamente a corto plazo, pero sufrir una monumental miopía para ver a largo plazo. En este sentido, uno de los factores que añaden dioptrías a dicha miopía es el propio narcisismo. Sea promovido por los halagos del entorno (cantos de sirenas) o bien cultivado a pulso por nosotros mismos hasta brotar en forma de arrogancia o soberbia. La cuestión es que nuestro ego puede confinar nuestra visión exclusivamente al éxito deseado, considerando despreciables los efectos que a posteriori pueda conllevar tal triunfo. Y todos nuestros actos, todas nuestras decisiones, tienen consecuencias, en el presente y en el futuro. Virginia Berasategui, campeona del mundo de triatlón en 2003, confiesa públicamente que se dopó al final de su carrera deportiva. Reconoce su debilidad en aquel momento. Quería despedirse del mundo del deporte triunfando. Ello después de una carrera deportiva jalonada de éxitos. Confiesa que fue el ego. Incluso hubo pruebas deportivas que podría haber ganado sin doparse, pero…


Solemos creer en la excelencia de una persona solo por sus méritos demostrables, que en no pocas ocasiones, se ciñen a un área determinada de su vida. Solemos creer que un juez es justo solo por el hecho de que estudió lo suficiente como para superar un proceso selectivo. Y en virtud de ese mérito, damos por sentado que posee la facultad de la ecuanimidad en sus juicios (nunca mejor empleado el término), esto es, que se convierte en persona justa por el hecho de haber aprobado una oposición. No me cabe duda de la dificultad en lograr tal título, pero esta meta, en muchos casos, no requiere de una inteligencia supina ni de una sabiduría asentada, sino más bien, de tener la suficiente voluntad como para estudiar, memorizar y empollar leyes y normas. A mi entender, esto no capacita a esa persona en el arte del rey Salomón.

Todos hemos tenido maestros en el colegio que fueron nombrados según ese mismo sistema de selección, y todos hemos sido deslumbrados por la inmanente sabiduría que destilaban algunos de ellos (pocos, siempre muy pocos), y del mismo modo, sufrido la miseria moral de que hicieron gala otros (espero que también pocos).

Un político no es mejor político por el hecho de encandilarnos con un brillante discurso, sino por gestionar bien la res pública (bienes de dominio público, el gobierno político o el propio Estado). No por mostrarse capacitado para lograr sus objetivos, sino por elegir bien cuáles deben ser estos objetivos, a la postre y en teoría, los más deseables para sus ciudadanos.

Desafortunadamente, a la inteligencia en la actualidad le sucede igual que al caviar iraní o al Volkswagen Golf: están sobrevaloradas. Supongo que debe ser el sistema socioeconómico en que nos movemos el que promueve, de manera inconsciente (o quizá no tanto) este prestigio de la inteligencia individual. Si me detengo a pensar en el término, es realmente amplia la cantidad de ocasiones en que se escucha decir de alguien que es muy inteligente, pero son muy escasas las ocasiones en que oigo decir de alguien que es muy sabio o juicioso. Mi impresión es que esta es una palabra que está cayendo en el desuso. Se utiliza para hablar de personajes históricos, de alguna personas adultas quizá, pero poco más. No les niego que quizá solo se trate de que se esté sustituyendo el término por otros sinónimos más actuales: cordura, sensatez, madurez,… suelen ser los más frecuentes. Aun así, creo que el concepto pierde, al restringir el amplio espectro que abarca el concepto sabiduría. Al respecto, y aprovechando el 400 aniversario de su muerte, un buen ejemplo de sabiduría me parece el de Don Miguel. No se trata de confundir al autor con su personaje, pero me parece obvio que El Quijote no puede hablar por otra boca que por la de su autor. Sí, quizá sea un buen ejemplo de inteligencia limitada (en el sentido que se le da al término en la actualidad), es posible que el hombre no aprovechase bien sus oportunidades, incluso como el personaje, estar loco, pero la sabiduría que emanan las páginas de la obra universal es indiscutible.

Hablando en plata, La inteligencia es la destreza sobrada para escalar una cumbre. La habilidad para hacerlo lo más rápido posible con menor gasto de recursos y llegar en mejores condiciones. Esto es, de la manera más eficiente. La sabiduría tiene más que ver en la pertinencia de escalar esa cima. ¿Puedo o no puedo hacerlo? ¿Conviene a mi interés escalarla o no? ¿Una vez logrado, podré bajarla sobradamente? ¿Tiene sentido para mí escalar ese u otro pico? Ambas cualidades son necesarias para la buena vida aristotélica. La inteligencia es la más obvia, pero la sabiduría es esencial. Sin la sabiduría, escalar dicha montaña puede suponer un eficiente esfuerzo en subir a lo más alto para después despeñarnos mejor.

Como rezaba aquel eslogan comercial de la marca Pirelli: “La potencia sin control no sirve de nada”.




domingo, 3 de abril de 2016

CITA: No toda inteligencia es inteligente



Este libro va a comenzar con una fábula que, como casi todas las fábulas, está protagonizada por animales. En esta caso, por hormigas. Los hormigueros son sociedades perfectas, porque cada miembro se sacrifica por el bien común: la perpetuación del hormiguero. Están regidos por una misteriosa inteligencia colectiva que funciona con sorprendente eficacia. Cada hormiga es una estúpida partícula que, sin saber por qué ni para qué, hace lo que tiene que hacer “estupendamente”.


Esta relación entre estúpido y estupendo me deja estupefacto. El lenguaje no deja de sorprenderme.

Pero un día las hormigas se volvieron inteligentes, reflexivas, autónomas y libres. Se volvieron kantianas, y esto, que debería haber elevado la calidad de vida del hormiguero, desbarató su convivencia. Bergson, que también se ocupó de las hormigas, sacó una conclusión desconsolada: “La inteligencia tiene un poder disolvente”. En efecto, provocó un conflicto irremediable. La hormiga capaz de pensar por sí misma no quiso ya diluirse en el hormiguero. Su inteligencia individual se enfrentó a la inteligencia colectiva. Estableció sus propios fines. Cada hormiga descubrió que lo que era bueno para el hormiguero, tal vez no o fuera para ella. Se encontró desgarrada entre la lógica del hormiguero –que dice que vivan para él y mueran por él- y la lógica individual –que recomienda el sálvese quien pueda.


La primera generación de hormigas kantianas todavía oyó resonar en su interior la antigua voz del hormiguero, diciéndole que debía respetar la ley colectiva impresa en su interior, pero poco a poco esa voz se debilitó. La razón autónoma de la hormiga se encerró en su argumento: “Si quiero ser libre, no tengo que escuchar la ley del hormiguero sino mi propia ley. Y esta me dice que no tengo más que una vida, y que no sería racional cambiar mi bien por el bien ajeno, aunque éste sea la salvación de la comunidad”.

El ideal de la inteligencia privada es convertirse en un gorrón con éxito.


(…) La situación actual resulta interesante para nuestro tema, porque demuestra que la acción de muchas personas muy inteligentes resulta muy perniciosa para la sociedad. Las hormigas listas se han cargado el hormiguero.

“Las culturas fracasadas” (2010)
                                                                                                                     José Antonio Marina

sábado, 19 de marzo de 2016

#15. Las creencias nunca son inofensivas.




En el año 1990 se produjo la curación masiva más importante de la historia de la humanidad. De golpe y porrazo, miles, miles de miles de personas, dejaron de estar enfermas y sanaron. Millones de personas dejaron de sufrir un trastorno mental para convertirse en personas normales. El 17 de mayo de aquel año, la OMS la eliminaba del listado de trastornos mentales la homosexualidad, y tal fecha pasó a considerarse como Día Internacional contra la Homofobia y la Transfobia. Aquel día se condenó la creencia, que había perdurado durante siglos, que interpretaba como enfermedad, desorden o perversión la preferencia sexual por los seres de tu mismo sexo.



Nuestro instinto de supervivencia hace que constantemente estemos planteándonos sobre nosotros y nuestro entorno. Para entender cómo funciona, para anticiparnos al futuro, para adaptarnos a nuestra realidad. Esta necesidad que tenemos de respuestas sobre el mundo que nos rodea y conforma, es respondida por las creencias.



Las creencias están enraizadas en nuestro ser. Parecen tener una vertiente cognitiva importante pero también emocional, puesto que mientras las ideas son manipulables, se pueden desglosar, montar y desmontar, las creencias son mucho  más reacias al razonamiento, aunque se pueden razonar.



Y son más difíciles de cambiar cuanto más funcionales son para nosotros, cuanto más las necesitamos para nuestra estabilidad vital. Así, la creencia clásica de “El mundo es plano” fue sucedida por “La tierra es redonda”, pero lograr esta evolución costó años y esfuerzo, sangre y sudor. El heliocentrismo, hasta que logró desbaratar a la creencia de que todo en el universo gira en torno a la tierra le costó la vida a muchas personas. Y esto porque en su momento dicha creencia sustentaba toda una concepción de la vida humana. Pero creencias más personales no son menos difíciles de cambiar.



De manera, que entendidas como forma de interpretar el mundo, se pueden permitir ustedes ciertas licencias, pero como sistema predictivo al que agarrarse cuando hay que tomar una decisión, les interesa tener buen ojo a la hora de elegir o adoptar según qué creencias personales. Es prioritario asegurarse que las creencias que uno tiene (y las que vaya a tener) sean consistentes, equilibradas, y sobre todo, válidas para la vida.




¿Cómo lograr distinguir las creencias personales válidas de las que debemos desechar?



En principio, cualquiera de nosotros podría responder a esta pregunta con rapidez: si nos beneficia, la adoptamos. En caso contrario, a la papelera de reciclaje. No obstante, puede ser más complejo de lo que parece. Una creencia puede parecernos sana o beneficiosa, y posteriormente mostrarse como perjudicial para nosotros, y viceversa. Puedo creer que mi religión es la verdadera y única (las religiones, por lo general, suelen ser incompatibles entre sí) y sin embargo tornarse completamente banal o inútil el día en que pierdo un hijo de forma violenta, así como dañina el día en que decido convertirme en un fanático defensor de esa doctrina hasta llegar a inmolarme.



A falta de criterios fetén para distinguir unas de otras, valgan las siguientes sugerencias para, al menos, poner a prueba las suyas:



1.- Una creencia debe ser racional, debe ajustarse a la realidad. Es decir, a lo que conocemos de manera rigurosa de la realidad, o como se dice hoy día, aquello basado en la evidencia empírica. Esto descartaría creencias que se basen en supersticiones o hábitos tradicionales que no estén positivamente demostrados. Extremen precauciones con el pensamiento mágico y los consejos que emanan de sus gurús. No tengo datos objetivos, desconozco las personas afectadas, pero la creencia de que cuando uno desea algo con la suficiente fuerza, el universo entero se confabula para que suceda, debe haber hecho estragos en el gremio adolescente y haber agudizado (cuando no generado) no pocos trastornos obsesivos compulsivos. La premisa referida a desearlo me parece bastante lógica: si deseamos algo hay que tenerlo en mente, diáfano como objetivo. Planificar una estrategia para conseguirlo, y después, ponernos en acción. Pero la segunda premisa del enunciado me parece poco creíble que el Universo haga el trabajo por usted, excepto en el caso de que dispongan de pruebas fehacientes de que el Universo haya mostrado algún interés por ustedes y sus circunstancias.



2.- Que una creencia sea compartida por muchas personas no confirma su validez. Por popular y extendida que sea, no tiene porqué ser fiable. Ni siquiera sana. Es más, nada impide que pertenezca al género de creencias descerebradas. Hay presupuestos personales que alcanzan la categoría de increíbles (entiéndase en sus sentido más literal, esto es, que no se puede creer) pero que inexplicablemente, han hecho fortuna y se han extendido por todo el orbe. Desde la existencia de civilizaciones extraterrestres a la falacia de la justicia cósmica (“si hago el bien siempre solo pueden pasarme cosas buenas en la vida”), igual que si te tragas un chicle se te pegará en las tripas como que “él, al final, será consciente de cuanto lo quiero y cambiará”. Quizá el ejemplo más paradigmático sea la creencia religiosa. Que mi fervor religioso me haga creer en los milagros puede llevarme a, en situaciones desesperadas, apelar a estos como última solución. Con lo cual es probable que esté perdiendo un tiempo precioso esperando algo que no sucederá (salvo por casualidad), en vez de estar actuando para resolver el problema (cuando sea resoluble), o asumir la desgracia (cuando sea inevitable). Si yo creo en el amor romántico, el clásico, el que nos han vendido cine, radio y televisión, estoy predispuesto a creer firmemente en el amor eterno, de manera que si mi matrimonio se viene abajo, esa creencia hará que sus efectos sean devastadores en mi vida. Posiblemente, si mi creencia fuera más realista, algo así como que el amor de pareja está sometido a todos los vaivenes a que estamos sometidos las personas, incluyendo la posibilidad de que pueda romperse, me sería más útil. No, el resultado no cambia, si estamos hablando de la ruptura sentimental y sus efectos. Pero en el primer caso puedo caer en una depresión o someterme incondicionalmente en esa relación sentimental con tal de que no se rompa. En el segundo caso, sufriré las consecuencias de la ruptura, pero ya estaba avisado (lo que implica un menor efecto traumático), en cierta forma contaba con que esa posibilidad se podría dar, de manera que me podré reponerme emocionalmente con más eficiencia.



3. Que Una creencia sea bondadosa y bien intencionada no la hace más válida Ni siquiera más útil.  Timothy Tredwell fue un tipo que desencantado de la vida, al menos de su fracasada carrera como actor, que tras desengancharse del alcohol y otras drogas, se fue a Alaska a buscar una relación más profunda con la naturaleza y el mundo animal. Entabló relación con osos, conviviendo con ellos más de una década, realizando grabaciones en video, acercándose más de lo recomendable e incluso jugando con ellos. Viajó por EEUU dando charlas y escribió un libro remarcando su postura ecologista. En 2003, él y su novia fueron encontrados muertos tras haber sido atacados y devorados por uno o más osos.



Su creencia en el amor, las relaciones entre especies, le hizo confiar en que se podía establecer lazos de amistad con osos. Probablemente, un zoólogo o biólogo experimentado, buen  conocedor  del comportamiento animal, no albergaría tal creencia, o la tendría pero con  muchas reservas. Y este conocimiento le protegería, le impediría tener un comportamiento tan bienintencionado, y fatalmente equivocado, como el amigo Tredwell.



4. Las creencias deben ser flexibles y moldeables, modificables por la experiencia o el conocimiento fundado. Reconozco que es incómodo, que obliga a estar pendiente, a revisar e incluso a tener que rescindir nuestro contrato con nuestra creencia cuando no se ajuste a la realidad. Sobre todo si comparamos esa creencia con las verdades inmutables que nos venden algunas teologías. Estas suelen ser invariables, rígidas, no requieren de ser puestas al día. Adoptas esa creencia y no te preocupas por ella durante el resto de tu vida. Muchas de ellas han cristalizado hasta en refranes populares del tipo “Los gitanos no son buenas personas” o “Los negros (o las mujeres, o los bajitos, o los que tengan un verruga en el cogote) no son inferiores a los blancos”. Pero el quid de la cuestión no es sea fácil, simple o cómoda, sino que tenga potencia predictiva, que me facilite la vida al permitirme adaptarme mejor a mis circunstancias vitales.



5.- Desconfíen de cualquier creencia que no vaya a favor de la vida. Me parece recordar que 37 miembros de la secta Heavens’s Gate se suicidaron en California en el año 1997. Creían, según sus convicciones, que abandonarían su cuerpo humano y sus almas alcanzarían una nave espacial que seguía al cometa Hale Bop. Hubo quien vendió todas sus pertenencias y quien se despojó de todo, convencido de que los extraterrestres les llevarían lejos de nuestro planeta. El gurú decidió suicidarse junto con todos sus acólitos.



Como hemos visto en algunos de estos ejemplos, creencias inofensivas y bienpensadas, incluso  intrascendentales para nuestra vida, pueden tornarse arriesgadas e incluso lesivas para nosotros. En el lugar equivocado y en el momento erróneo, incluso tener consecuencias fatales.



Recuerden, cuando tratamos de orientarnos, la brújula oscila, se mueve, puesto que nos está indicando el norte. Pero si lo que deseamos es que siempre indique hacia donde nosotros queremos, puede ser satisfactoria o cómoda, pero no útil. La única brújula cuya aguja no fluctúa es la brújula imantada. Y si está imantada, no sirve para orientarnos, solo para mantenernos engañados.



En este sentido, cuidado con los “imanes”. Mucho ojo con el criterio que usamos para dar validez a una creencia. El factor que más nos puede engañar es confundir la materialización de lo que uno desea con su factibilidad, con la probabilidad de que eso suceda en la realidad. Una cosa es que desee que ocurra tal evento y otra la posibilidad real de que acontezca. Nuestro deseo puede ser tan intenso que no atendamos a las restricciones que nos impone la realidad y decidamos guiarnos por creencias populares, supersticiones o leyendas urbanas. Que yo anhele la paz con mi enemigo no me asegura que él también la quiera. Por mucho que yo lo desee, si él no quiere, poner la otra mejilla solo logrará que me endiñe otro sopapo.