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miércoles, 15 de febrero de 2017

23#. Un ejemplo de resiliencia: Rigidez y flexibilidad mental



Hace unos años, me encontraba impartiendo una charla dirigida a a personas mayores, y que versaba sobre el bienestar en la tercera edad. Incidía particularmente en el aspecto emocional del concepto. Terminé recordando la importancia de los pensamientos como generadores de estados mentales, y orientando al auditorio sobre cómo usarlos para modificar emociones y sentimientos adversos. Como suelo hacer, dejé un tiempo para resolver las dudas que tuvieran al respecto. También para que me hicieran las preguntas que consideraran pertinentes, sugerencias que quisieran proponerme, o, en general, cualquier comentario al respecto.

Una señora, al fondo de la sala, levantó la mano. Le pedí que se pusiera en pie para verla y escucharla mejor. Nos habló sobre su situación de viudez. Incidió en que, desde que falleció su marido hacía casi 5 años, ella seguía sin levantar cabeza. No dejaba de echarlo de menos día tras día, y, en sus propias palabras, "no tenía ganas ningunas de seguir viviendo". Entendí lo que me quería decir, y cuando iba a responderle,  una voz distinta, también al fondo, comenzó a hablar. Le pedí que se levantara y nos dijera su nombre. La nueva interviniente nos comentó que estaba en una situación muy parecida a la primera señora. Había sido muy feliz con su marido, pero este falleció hacía algo más de 3 años. Me esperaba una conclusión similar a la primera mujer, pero no fue así. Aquella señora terminó su comentario diciendo: "Desde que falleció mi marido, y aunque lo eche mucho de menos, me esfuerzo más por vivir. Él ya no puede hacerlo, pero yo sí. Por eso mismo, ahora  intento vivir por los dos, por él y por mí".

Me pareció una actitud brillante, la que mostraba aquella mujer. Me encantó escuchar semejante lección de lucidez, en una persona mayor. Es posible que no hubiera cursado estudios ni tuviera formación alguna, dedicada toda su vida a las labores femeninas clásicas, y sin haber viajado ni salido del pueblo. Lo que si parecía haber tenido aquella persona era experiencia en la vida, y sabiduría suficiente para aprender de ella. Su comentario me indicó que contaba con la suficiente flexibilidad mental como para interpretar aquella desoladora situación vital (viudez) de la manera más constructiva posible. Aquel era un ejemplo claro de pensamiento resiliente.



Tras ser deformado, un objeto con elasticidad suficiente, es capaz de recobrar su forma inicial. En el caso de los seres humanos, aquellos que poseen flexibilidad mental, tendrán la posibilidad de reponerse a los estresantes de su vida, incluyendo los más agrios y dolorosos. Este es un proceso crítico en nuestra capacidad de recuperación. La flexibilidad mental actúa como el mecanismo que pone en marcha y promueve nuestra capacidad de resiliencia.

Las personas rígidas cognitivamente tienen dificultad para cambiar creencia, actitudes o sentimientos, aunque estas muestren ser ineficaces. Disponen, por tanto, de menos recursos para salir airosas de los estresantes vitales. En cierta manera, son prisioneras de esta rigidez al no ponerlas en duda ni someterlas a revisión. Puede que por creer que solo hay una manera de hacer las cosas, quizá porque piensen que su forma es la correcta y los demás están equivocadas, quizá por que aferrarse al pasado es su forma de evitar el miedo que genera el cambio,...  Sea cual sea la causa, no disponer de plasticidad mental limita seriamente su resiliencia. Su capacidad para interpretar las circunstancias de manera constructiva, resiliente, se ve restringida, quizá a una sola interpretación de su circunstancia. En cierta forma, quedan encajonadas en ella, sin poder salir de esa conclusión.  

En cambio, la flexibilidad cognitiva nos permite hallar distintas formas de ver un problema, y no solo la más obvia. Estas otras perspectivas amplían y suman su carga emocional, permitiendo hacer de contrapeso a las negativas, e incluso, pudiendo tener más peso que la primera.



Aquellas dos mujeres, diferencias personales aparte, habían sufrido el duelo de sus respectivos esposos. Pero hicieron interpretaciones distinta del hecho. 

La primera mujer se quejaba de no poder disfrutar de la vida, de no tener ganas de vivir. Es innegable el dolor que expresaba, pero también es muy posible que se encontrara confinada en aquel sufrimiento. Que no hubiera sabido o querido gestionar esa pérdida (y sus consecuencias) de una manera más razonable y constructiva, más flexible cognitivamente. Comparaba la vida con su marido (anterior e inexistente ya) con su situación actual (la única que era real), y focalizaba su atención en lamentarse de aquel feliz pasado, del que solo quedaba el recuerdo. No ofrecía ninguna oportunidad al presente, que, por desábrido que fuera, era lo único real de lo que disponía. Conste que la suya era una reacción absolutamente humana, pero también contraproducente para ella. Conscientemente o no, parecía seguir viviendo en el pasado. Anhelándolo, sin asumir el presente, y, en el mejor de los casos, resignándose a su desgracia.

La segunda interviniente comentó la pérdida de su marido en los mismos términos que la primera, pero adoptó un esquema mental mucho más adaptativo. Sufrir esa pérdida debió ser duro para ambas, pero esta mujer estaba afrontando e integrando ese dolor. Desestimó un esquema mental rígido y estricto (del tipo “No puedo vivir sin...”), a otro más flexible, más sano (“Vivo por mí y por él”). Esta manera de comprender la situación le permitía reincorporarse a la vida. Soportar su duelo, sí. Pero también, y en la medida de sus posibilidades, disfrutar de su vida.

Y esta última debería ser la misión ineludible de cualquier persona ¿no creen?

domingo, 19 de junio de 2016

CITA: 5 cosas de las que nos arrepentimos antes de morir



REGRETS OF THE DYING
(Traducción directa del post)

Durante muchos años trabajé en cuidados paliativos. Mis pacientes eran aquellos que habían dejado su hogar para morir.

Las personas crecen mucho cuando tienen que enfrentarse a su propia mortalidad. Aprendí a no subestimar nunca la capacidad individual para el crecimiento. Y algunos cambios son extraordinarios. Cada persona experimenta diversas emociones, como era de esperar, negación, ira, remordimiento, más negación, y finalmente, aceptación. No obstante, cada paciente encontró la paz antes de partir. Cada uno de ellos.

Cuando preguntamos sobre las cosas de que se arrepentían o hubieran hecho de forma diferente, algunos temas surgían una y otra vez. A continuación comento los 5 más comunes: 


1. “Me hubiera gustado tener el coraje de vivir una vida más auténtica, no la vida que otros querían que tuviera”

Este era el arrepentimiento más común de todos. Cuando la gente es consciente de que su vida está casi finalizada y miran hacia atrás con claridad, es fácil ver cuantos sueños se esfumaron sin realizarse. La mayor parte de las personas no hicieron honor ni siquiera a la mitad de sus sueños y tenían que morir sabiendo que esto había sido motivado por las decisiones que se tomaron, o por las que no se tomaron.

Es muy importante tratar de realizar alguno de los sueños de nuestra vida. Porque, en el momento en que perdemos la salud, ya es demasiado tarde. La salud conlleva una libertad que muy pocos aprecian, hasta que dejan de tener esa salud.


2. “Ojalá no hubiera trabajado tanto”

Este era típico de los pacientes masculinos que atendí. Se perdieron la infancia de sus hijos y la compañía de su pareja. Las mujeres también se refirieron a esto, aunque al pertenecer a una generación anterior, muchas de ellas no habían tenido que trabajar para levantar a su familia. Pero todos los hombres que cuidé se arrepintieron profundamente de haber pasado tanto tiempo sometidos a la rueda de molino que fue su trabajo.

Simplificando nuestro estilo de vida y haciéndonos conscientes de las elecciones que hacemos a lo largo de nuestro camino es posible no necesitar los ingresos que creemos necesitar. Y creando más espacios en nuestra vida, llegaremos a ser más felices y estar más abiertos a nuevas oportunidades, algunas más ajustadas a nuestro nuevo tipo de vida.


3. “Me hubiera gustado tener el coraje suficiente para expresar mis sentimientos”

Muchas personas suprimieron sus sentimientos a fin de estar a bien con otros. Como resultado, sentaron las bases para vivir una existencia mediocre y no llegar nunca a ser quienes ellos realmente podrían haber llegado a ser. Como resultado, muchas enfermedades se desarrollaron en virtud de la amargura y resentimiento que ellos se ocasionaron.

No podemos controlar la reacciones de los otros. La gente puede inicialmente reaccionar cuando cambiamos nuestra forma de ser, al hablarles honestamente, pero al final, esto eleva la relación hasta un nivel completamente nuevo y más saludable. Eso, o darnos cuenta de las relaciones insanas de nuestra vida. En cualquier caso, salimos ganando.


4. “Desearía haber estado más en contacto con mis amigos”

Las personas, a veces, no se dan cuenta realmente de todos los beneficios que nos aportan los viejos amigos hasta sus últimas semanas de vida, y no siempre es posible volver atrás. Muchos de ellos se vieron tan atrapados en sus vidas que dejaron escapar amistades íntimas con el paso de los años. Hubo muchos y sentidos arrepentimientos referidos a no haber concedido a los amigos el tiempo y el esfuerzo que merecían. Todo el mundo echa de menos a sus amigos cuando se está muriendo.

Es común, para cualquiera que tenga una vida ocupada, dejar que se pierdan las amistades. Pero cuando nuestra muerte está cercana, los aspectos materiales de la vida desaparecen. La gente quiere dejar sus asuntos económicos y financieros atados, si es posible. Pero no es el dinero o el estatus lo que realmente tiene importancia para ellos. Ellos desean dejarlo todo en orden por el bien de aquellos a quienes aman. Aunque frecuentemente están demasiado enfermos y cansados para realizar esta tarea. Al final, todo tiene que ver con el amor y a la amistad. Esto es todo lo que permanece en los últimos días de vida, amor y amistad.



5. “Ojala me hubiera permitido ser más feliz”

Este es un tema sorprendentemente común. Muchos no se dieron cuenta hasta el final de que la felicidad es una elección. Se quedaron atrapados, estancados, en viejos hábitos y rutinas. El llamado confort de lo familiar ahogó sus emociones así como sus vidas. El miedo al cambio les hizo fingir ante los otros, y ante sí mismos, sobre lo que realmente eran.

Cuando nos encontramos en nuestro lecho de muerte, lo que otros piensan de ti está muy lejos de ser una preocupación. Que maravilloso es poder dejarlo ir y volver a sonreír, mucho antes de que estemos muriendo.


La vida es una elección.

Es NUESTRA vida.

Elijamos con conciencia,

Elijamos con sabiduría,

Elijamos honestamente.

Elijamos la felicidad.     


http://bronnieware.com/regrets-of-the-dying/