sábado, 31 de enero de 2026

Del caos nace la luz. Del accidente de Adamuz nace la esperanza

 

Estábamos todos tensos en el centro cívico en donde fuimos convocados a primera hora de la mañana. Y no era para menos.

En las amplias instalaciones había un constante ir y venir de profesionales: personal sanitario, médicos, psicólogos,...; representantes del ayuntamiento, de las empresas ferroviarias (Adif e Yrio), de la Junta de Andalucía, etc., incluyendo a sus correspondientes coordinadores y jefes, aparte de las fuerzas del orden (policía local, nacional y guardia civil). Sin embargo, este bullicio no era tan desconsolador como el que había en el enorme salón de actos de aquel centro, en donde se acumulaban los familiares y allegados de las víctimas del accidente: familiares solos o por parejas, de adultos o mayores, pequeños grupos de allegados o familiares con numerosos miembros. Todos afligidos, todos angustiados, solo a la espera de la peor de las noticias, que no terminaba de llegar.

Los intervinientes seguíamos expectantes, supeditados a la identificación y certificación oficial que debía traer la guardia civil desde el Instituto Médico Legal de aquellos viajeros/as desaparecidos/as tras el accidente del Yrio y el Alvia. Una tarea nada fácil, y sobre todo meticulosa (a través de las huellas dactilares, análisis del ADN, etc.), que ampliaban insufriblemente los tiempos de espera. En nuestro lado, sin embargo, se mezclaban la compasión por los dolientes con la sensación que tiene un jugador cuando el entrenador le dice que vaya calentando por la banda, sin llegar nunca a saltar al campo de juego.

Nuestro binomio de psicólogos ya estaba organizado, asignándonos sobre la marcha a una médico voluntaria. Nos dijeron el número del despacho de la segunda planta adjudicado, y en donde se presentaría la familia. Durante la espera, conversamos con nuestra facultativa sobre nuestras respectivas experiencias en intervención en emergencias, salimos a buscar más sillas (por si la familia era numerosa), y hasta me dio tiempo a curiosear por la mesa del despacho o intentar cerrar la puerta de un armario que no encajaba bien, hasta que llegué a una gran fotocopiadora. Encima de ella, y pegada la pared, había un pequeño cartel fijado con chinchetas. Pensé que se trataría una advertencia o indicación de uso del aparato, pero no, no tenía nada que ver. Sencillamente era una de esas frases motivadoras que a alguien le pareció lo suficientemente inspiradora como para escribirla en un cartón y pincharla allí. Decía: “No hay que tener miedo a equivocanos; hasta los planetas chocan y del caos nacen las estrellas” (Charles Chaplin).




No veía tan directa la relación de la primera proposición de la frase con la segunda, pero esta última no me dejó indiferente. En aquel momento varias personas, un tanto desubicadas, empezaron a entrar en el despacho. Eran los siete miembros de la familia que íbamos a atender, a los que dimos nuestras más sinceras condolencias, y acto seguido, la pareja de la Guardia Civil que los acompañaba les invitó a sentarse. Sin más dilación, procedió con absoluta profesionalidad a acometer su misión: certificar a la familia que Natividad había fallecido en el accidente de trenes de Adamuz.

Casi 24 horas después del desastre, todos ya parecían tener asumida la pérdida, aunque nadie puede realmente aceptar algo tan crudo hasta que las pruebas y análisis forenses lo confirman fehacientemente. Tras las explicaciones sobre pasos a seguir a continuación y resolución de las dudas de la familia, los agentes se pusieron a su disposición, facilitaron su número de teléfono, y a continuación, abandonaron de la estancia para continuar con su aciago cometido.

Por nuestra parte, la propuesta de apoyo o acompañamiento psicológico no tuvo mucha cabida. Aquellos tío, marido e hijos de la fallecida estaban agotados tras tantas horas de espera, en las que soportaron estóicamente la incertidumbre, que como espada de Damocles, se cernía sobre sus cabezas. Unos deseaban volver a Huelva, otros pensaban que era mejor acompañar a los hospitalizados: un adulto (hijo de la fallecida) y tres menores de edad (su hijo, y un sobrino y otra sobrina). De hecho, el portavoz de la familia añadió que, precisamente a este sobrino acababan de darle el alta hospitalaria. Lo único que deseaban era abandonar aquel inhóspito lugar y decidir que hacer, por lo que nos despedimos de ellos, quedando disponibles para lo que nos requirieran.

No tuvimos más intervenciones aquel día, y llegado a casa apenas dispuse de tiempo de cenar algo y acostarme, puesto que ya sabíamos que al día siguiente continuaríamos interviniendo. Vi las noticias en la televisión para ponerme al día de las últimas novedades del accidente, y en el canal 24h mostraron una serie de titulares de la prensa matutina. Uno de ellos captó mi atención, supongo que por lo sencillo y humano que me pareció: Buscan al niño que socorrieron en Adamuz: “Nos acordamos mucho de ti, Guillermo”. El mensaje era de Ángel, propietario de un bar de la localidad, que estuvo atendiendo, como tantos convecinos, a las víctimas conforme iban apareciendo.




Ya en la cama, intentando conciliar sueño, recordé que el portavoz de la familia lo nombró. Dijo el nombre de su sobrino: “Guille acaba de salir del hospital”.

Me pareció improbable que hubiera más de un Guillermo entre los pocos niños hospitalizados, así que asumiendo que Guille = Guillermo, pensé que debía llamar a Ángel.

Al día siguiente, tras un par de horas en el centro cívico, volví a revivir, como en aquella película del día de la marmota, el deambular de personas del día anterior. Mientras me llamaban para atender a la siguiente familia, se me ocurrió buscar a los miembros de la de Guillermo, pero tras un minucioso rastreo no encontré a nadie. Ciertamente, ya no tenían por qué volver a aquel lugar, del que dudo guarden buen recuerdo. Una parte de la familia habría vuelto a casa, y los que no, estarían en el hospital a la espera de noticias de los heridos.

Pero a media mañana, volviendo a escrutar el salón de actos, divisé al fondo un rostro conocido; un miembro de la familia (el hermano de Natividad). Me acerqué a él; tras saludarlo y reconocerme, le pregunté por el resto de familiares, y acto seguido, le comenté la noticia de Ángel. Entendió perfectamente las situación y no dudó en darme su número de teléfono para que pudiera contactar con ellos, y por extensión, con Guillermo.

Ahora sí; ya podía intentar encontrarle. Una tarea tan fácil como buscar en google el nombre del bar y telefonear directamente. él mismo cogió el aparato y respondió a mi llamada. Me presenté como psicólogo de emergencias, dije que había visto la noticia y le llamaba para confirmarle que Guille había sido dado de alta hospitalaria y disponía del teléfono de la familia. Aunque algunos datos familiares no coincidían con los míos, cumplí con mi cometido. Aquel hombre se mostró tan abierto y generoso como esperaba. Me despedí de él, de una persona que encajaba a la perfección en el concepto que siempre hemos tenido de lo que es una buena persona.

Volví a la sala de estar de los equipos de intervención a esperar novedades. Tuvo que pasar un buen rato hasta que volvimos a ser convocados, y en un momento dado, mientras esperaba, me vino a la mente un pensamiento insólito. Igual que docenas de otras cavilaciones y elucubraciones no tienen más sustancia, aquella me pareció reveladora.

Recordé la frase del cartelito de la fotocopiadora del día anterior. “...hasta los planetas chocan, y del caos nacen las estrellas”. Una afirmación que puede parecer, al pronto, contradictoria, pero que, sin embargo, no es falsa. Es como funciona el Universo, es la forma en que el mundo y la vida que conocemos. 

Del caos nacen las estrellas.

En mitad del desastre aparece un destello de luz.

En mitad de un aluvión de pérdidas, de vínculos que se malogran, surge una conexión entre dos personas muy diferentes. Se crea un vínculo entre dos desconocidos. Se genera una conexión especial entre ellos que ya durará para siempre.

Quizá desconcertante, pero inexorable; como la vida misma

miércoles, 31 de diciembre de 2025

99#. El poder transformador de la gratitud

Aprovechando estas fiestas navideñas, y las connotaciones reflexivas que deberían tener, quiero hablar de una cualidad humana que suele pasar inadvertida. El psicólogo Martin Seligman la llamaría "fortaleza personal", y estoy completamente de acuerdo en ello por su transcendencia. Y sin embargo, la gratitud es una de las dotes más inmerecidamente subestimadas.




No hablo del simple "gracias" que verbalizamos, muchas veces de forma automática, cuando recibimos algo, por que nos estaríamos refiriendo al agradecimiento. No, me refiero a algo mucho más profundo y sustantivo; al sentimiento que sustenta ese "gracias"; al hecho de sentirse genuinamente agradecido. Un sentimiento honesto, cálido y expansivo, que nace cuando somos capaces de hacer una pausa consciente y valorar todo lo que tenemos, todo lo que disfrutamos, todo aquello que somos capaces de sentir, experimentar y degustar.

Sin embargo, en no pocas ocasiones, esta poderosa emoción pasa desapercibida; o peor aún, es despreciada. Me encuentro constantemente con personas que, atrapadas en el ajetreo y la búsqueda incesante de "más", no son plenamente conscientes de los innumerables motivos por los que no podemos estar más que agradecidos a la vida. Que desconocen un axioma vital esencial: la felicidad auténtica no es tanto la ausencia de problemas como la capacidad de disfrutar de la vida a pesar de ellos.




Vivimos en un pequeño oasis. Un remanso de paz y oportunidades, de privilegios, dentro de una minoría global en un mundo cada vez más convulso. Vivimos en una sociedad donde existe, de entrada, un sistema democrático de gobierno. Un lujo que quizá demos por sentado, pero que solo disfrutamos unos pocos (actualmente, menos del 7% de la población mundial vive en una democracia plena). De hecho, asistimos a una preocupante recesión global, puesto que los totalitarismos y sistemas autoritarios no dejan de aparecer y expandirse. La libertad de expresión, la capacidad de elegir a nuestros líderes, la seguridad jurídica, la atención sanitaria, etc. son los pilares fundamentales que sustentan nuestra paz, física y mental, pero que millones de personas no pueden disfrutar.

En este espacio privilegiado tenemos un techo bajo el que cobijarnos, alimento en la mesa, acceso a agua potable, saneamientos,... Necesidades básicas de la existencia que miles de millones de seres humanos no pueden disponer en su vida (por dar algún dato, casi el 10 % de los habitantes del planeta pasan hambre y 1 de cada 4 aún carecen de acceso a agua gestionada de forma segura). Y no solo eso, disponemos de un Estado que organiza la vida social, con unas Instituciones que garantizan (o tratan de) que podamos disfrutar de derechos humanos, (privilegios aún más escaso en el resto del mundo). Podemos opinar, disentir, ser diferentes, planear un futuro sin miedo, y un largo etcétera de derechos que quizá no valoramos en su justa medida. 

Finalmente, gracias a estos pilares permiten que podamos establecer relaciones satisfactorias y vínculos sanos con nuestros iguales (sentirnos parte de una comunidad), vivir con dignidad y, por si fuera poco, que cada persona pueda desarrollarse plenamente, tratando de llegar a ser lo que decida (autorrealización).  

Difícilmente se le puede pedir más a la vida. Pero hay que poder verlo, hay que tener conciencia de ello. Y esta es la razón por la que considero a  la gratitud como un superpoder.  Por que si somos capaces de salir de las quejas habituales, injusticias varias, frustraciones cotidianas, y elevarnos por encima de nuestro nivel de conciencia estándar, podemos alcanzar una perspectiva más amplia y realista del mundo; y es esta la que nos permite corregir y recalibrar los ojos con los que vemos la vida. No, no cambia el mundo exterior (al menos, no de inmediato), pero transforma nuestro mundo interior, y no les quepa duda, ¡esto ya es mucho!




Recuerden las palabras de los sabios e irrepetibles Monty Phyton, en su inmortal película "La vida de Brian" (que les recomiendo encarecidamente vean en estos días tan apropiados):

Vienes de la nada,

vuelves a la nada

¿Qué has perdido?

¡Nada!

¿Cómo no sentirnos agradecidos si desde nuestro nacimiento hasta nuestra muerte todo es beneficio, todo es ganancia? La gratitud es un sentimiento profundo, un sentimiento de plenitud, antídoto contra la amargura y el resentimiento. Nos saca del bucle del victimismo y nos fortalece, incrementando nuestra resiliencia, nuestro optimismo. Nos capacita para encontrar soluciones donde antes solo veíamos obstáculos, pero por encima de otra cosa, nos permite valorar la vida y apreciar lo que se tiene. Empiecen a practicarla, a entrenarla, hasta convertirlo en un rasgo de la personalidad, por que no encontrarán otra forma más sana y gratificante de vivir la vida.

A todo esto... ¡Felices fiestas! 





domingo, 30 de noviembre de 2025

Tenemos un problema: No solo educa la Educación.

La creencia de que la educación lo es todo no solo es solo una frase hecha. Es una realidad palpable, un hecho contrastable, además, a lo largo de historia de la humanidad.



Obviamente, cuando hablo de Educación no me refiero a la mera adquisición de conocimientos o datos, puesto también incluye el descubrimiento y desarrollo de habilidades y destrezas personales. Pero por encima de estas, la relevancia suprema de la educación radica en las actitudes que promueve mientras se llevan a cabo tales aprendizajes. Me refiero a que siembra y cultiva los valores universales que nos hacen seres humanos

Más sustancial que datos o destrezas, es la transmisión (tan sutil como consustancial) de actitudes éticas hacia la vida; de esas predisposiciones que finalmente son las que nos humanizan, como el respeto, la tolerancia, la templanza, la responsabilidad, la solidaridad,... 

La educación es el proceso que nos convierte en ciudadanos conscientes y seres morales, capaces de aportar al bien común y de adaptables a las circunstancias cambiantes de la vida de la forma más sensata.

Es innecesario abundar más en el concepto, puesto que su relevancia cae por su propio peso: La educación no es un pilar sustancial de una sociedad. Es EL pilar esencial de una cultura.

Nos engañaríamos si restringimos su significado a los aprendizajes obtenidos en la formación reglada, puesto que el papel protagonista lo juegan los aprendizajes que se adquieren en la familia, en el entorno en donde se cría el individuo. De lo que no estoy tan seguro es de que todo el mundo sea consciente de un punto crítico: todos los demás estímulos o interacciones que llegan al sujeto también lo educan.

De igual manera que no se puede no-comunicar, tampoco se puede no-educar. Educa la escuela y educa la familia; educan los libros y educan los amigos; pero también educa internet. Educan las películas que ven los críos. Educan los videojuegos a los que dedican su tiempo libre. Educan las redes sociales a las que también le echan sus horas.

Y el problema no reside en que pueda entenderse como una pérdida de tiempo (ojalá solo fuera eso), sino en que esos videojuegos, redes sociales, y artefactos diversos que puedan llegar a través de internet, se diseñaron para conseguir captar la atención del usuario. Exclusivamente para esto, por lo que dudo que ningún desarrollador reparara en las actitudes que se transmiten con estos aprendizajes.



La educación es al alma humana lo que la escultura a un bloque de mármol. Juegos competitivos, y/o violentos, y/o hiperestimulantes, y/o absorbentes promueven en sus consumidores idénticas actitudes ante la vida. Y sin embargo, nadie parece darle importancia al hecho de que aunque un crío le dedique la mañana a la educación reglada, igualmente se la dedica a actividades virtuales (sea televisión, internet, videojuegos, redes sociales, etc.), y los contravalores que estas promueven ganan a los valores antes mencionados.

De manera que no podemos quejarnos de que la juventud sea mal hablada, o egoísta, o individualista, o cruel,... por que esas actitudes son las que se les están enseñando, y ellos adquiriendo, en el entorno virtual. Y cuanto más tiempo y atención le dediquen, más enraizarán esas disposiciones.

Nuestra principal preocupación debería ser que las pantallas se están convirtiendo en la principal fuente de influencia y socialización, por cantidad de tiempo, de los menores de edad. Y no creo que seamos conscientes del daño que va a suponer el uso sin control de internet (y su falta absoluta de criterio ético) en las mentes de nuestros menores.

Los niveles déficits de atención así como la impulsividad no dejan de aumentar, y el uso de pantallas se asocia con un lenguaje más pobre. La empatía no se puede desarrollar sin el trato presencial con nuestros semejantes de la misma manera que la habilidad para la resolución de problemas. Las incidencias en el ámbito de la salud mental no dejan de crecer (no solo la predisposición a conductas adictivas, sino síntomas de ansiedad, depresión y baja autoestima). Por no hablar de las actitudes o contravalores mencionados: intolerancia, egocentrismo, aislamiento, polarización,...  

No era mi intención quejarme tanto, pero al parecer, este aprender a ser humano cada vez se asemeja más a la lucha de David contra Goliat. Y me temo que no puedo ser optimista respecto a cómo vamos a vencer al gigante digital.





viernes, 31 de octubre de 2025

Cuando la ignorancia se convierte en poder

 

Como vimos en el post anterior, a lo largo de la historia, el poder siempre ha jugado con la ignorancia de los individuos para mantener sus privilegios. Siendo esto así, la reflexión que surge a continuación es tentadora: ¿por qué quedarse solo en mantenerlos, cuando puedes ampliarlos?



Estamos hablando de que la ignorancia, como fenómeno social, no es una casual ni un efecto natural del devenir de los tiempos. No es una ignorancia ingenua, fruto de la falta de oportunidades, sino que se trata de una idiocia promovida, cultivada y recompensada por estructuras que se benefician de una ciudadanía desinformada, acrítica y emocionalmente reactiva.

Dadas estas premisa, no puedo alcanzar otra conclusión: la ignorancia actual no es solo ausencia de conocimiento; es una arquitectura ideológica que se levanta sobre pilares como los siguientes.

Por un lado nos encontramos con la desinformación sistemática de los medios de comunicación, que priorizan el espectáculo sobre el análisis. Generan titulares que están diseñados no par informar sino para provocar, y los omnipresentes algoritmos no dejan de premiar lo viral por encima de lo objetivo y veraz.

Por otra parte, la educación mediocre, cuando no domesticada, ha dejado de cumplir su esencial función crítica. Los sistemas educativos enseñan solo datos, promueven el obedecer más que el pensar, valorando la memorización por encima de la reflexión, y evitando los conflictos éticos o históricos que puedan despertar conciencia crítica.

Todo esto sucede en mitad de un indeleble ruido digital; esa sobrecarga de datos, que simula conocimiento pero en realidad dispersa la atención, que impide profundizar y convierte la opinión en mercancía.

Y una de las peores consecuencias de esta combinación de factores es la polarización emocional del individuo, y por extensión, de la sociedad: Se fomenta la identificación con una ideología como si fueran hooligans de equipos de fútbol, quedando el pensamiento sustituido por una lealtad tribal, y el diálogo por confrontación. Pero sobre todo, resquebrajando el tejido social, el espíritu de comunidad.



La ignorancia como estrategia se fomenta por seducción, haciéndose atractiva, fácil, incluso épica. El plan de idiotizar a la población premeditadamente para manipularla no es nada nuevo a través de la historia, pero sí un plus añadido, un aliciente del que había carecido antes: el orgullo de serlo.

  • Orgullo del “sentido común”: Se ridiculiza al experto como elitista, mientras se ensalza al ignorante como “auténtico”, “del pueblo”, “con los pies en la tierra”.

  • Rechazo de la complejidad: Las explicaciones matizadas se ven como sospechosas. Lo simple, aunque falso, se convierte en bandera.

  • Validación constante: Likes, retuits y aplausos digitales refuerzan opiniones sin fundamento, creando una ilusión de conocimiento o sabiduría colectiva.

  • Narrativas de resistencia: El ignorante se presenta como rebelde frente a “las élites”, aunque repita sin cuestionar los discursos que esas élites han diseñado para él.

Los ignorantes avergonzados eran una masa manejable, como siempre lo fueron, pero los ignorantes orgullosos, además, son una fuerza de choque que sirve al poder, para enfrentar y ahogar el pensamiento crítico, sin que ellos mismos sean conscientes de lo que están haciendo.

Ante semejante panorama, el individuo ilustrado, librepensador o simplemente con criterio, calla, porque sabe que en medio del ruido, la verdad no se escucha. Y así, la sociedad se desliza, sutil pero inexorablemente, hacia una curiosa forma de autoritarismo blando, donde la manipulación sustituye a la represión, y en la que el consentimiento se alcanza no por convicción sino por confusión.




Estamos empezando a vislumbrar a esa sociedad orwelliana en donde la ignorancia se convierte en virtud, por lo que automáticamente, el pensamiento pasa a ser un delito.

Ojalá fueran malos tiempos, solamente, para la lírica





sábado, 20 de septiembre de 2025

Cuando la ignorancia de enorgullece de sí misma

 

Todos hemos sido ignorantes y, de hecho, seguimos siéndolo en muchos ámbitos. Esta incompetencia, en sí misma, no tiene por que ser un defecto, puesto que es el punto de partida del aprendizaje. Pero existe un tipo de ignorancia que rompe este precepto, y es la de aquellos que no quieren aprender. Por comodidad o pereza, por arrogancia o egocentrismo, por identificación con un grupo social,... cada vez son más los individuos que no solo son ignorantes, sino que se sienten orgullosos de ello, y no dudan en exhibirlo como un mérito.




Nunca en la historia hemos tenido tantas posibilidades para instruirnos como en el momento actual. El acceso a internet ha democratizado el conocimiento de una manera impensable décadas atrás. Desde cursos gratuitos hasta bibliotecas virtuales, pasando por debates, foros y documentales, cualquiera puede informarse, formares e instruirse. Pero no; estos tipos no solo muestran un convencido desinterés por el conocimiento positivo, sino que, como era de esperar, detestan a los instruidos o formados.

Se está instalando una especie de subcultura del analfabeto funcional, del ignorante orgulloso, que observa el conocimiento fundamentado con recelo, como si fuera una carga innecesaria. Y al ir extendiéndose de forma insidiosa empezamos a ver como el saber o conocimiento ya no se celebra, sino que se empieza a sospechar de él. Y eso tiene consecuencias.

No hace falta hacer un recorrido histórico del concepto para concluir que la ignorancia siempre ha beneficiado al poder. Desde las primeras civilizaciones, Egipto y Mesopotamia,  ya el conocimiento estaba restringido se restringía solo a grupos sociales privilegiados (sacerdotes, escribas...), dependiendo la población de quienes sabían (leer los signos de los dioses, en este caso). En la Grecia clásica se adopta la formación integral, pero reservado a los ciudadanos varones libres, quedando excluidos los restantes grupos sociales. Algo similar al modelo de Roma, solo para elites y militares. Aunque estos últimos inventan el entretenimiento del ignorante para evitar su queja; el famoso "pan y circo". Pasamos a la Edad Media y vemos repetido el esquema: solo la Iglesia controla el saber. Las clases dominantes siempre se han reservado el acceso al conocimiento, sabedores de la amenaza que supondría para sus privilegios.




Aún así, se altera este círculo vicioso con el advenimiento del Renacimiento, en donde la imprenta democratizó el acceso al saber, rompiendo el monopolio eclesiástico; la respuesta del poder es la represión, mediante la censura y la persecución. Posteriormente, con la Ilustración, que enarbolaba con orgullo el lema "atrévete a saber", valorándose la ignorancia como un atraso. El poder, representado ahora por los Estados, promueven la educación pública, pero para formar súbditos obedientes, y durante la Revolución Industrial del siglo XIX nace la educación pública y masiva, pero tan básica que no permita alcanzar una razón crítica. Los totalitarismos del siglo XX replicarán este esquema que busca súbditos fervorosos pero no ciudadanos librepensadores, llegando a la actualidad, en donde se constituye como uno de los pilares del Estado del Bienestar.

El poder siempre se ha apropiado del conocimiento, hasta que llegamos al último medio siglo, en donde el avance y potencia de una sociedad o un país se mide por lo competentes (instruidos) que sean sus ciudadanos. Actualmente dependemos de la ciencia y a la tecnología (de las cuales no sabemos nada, lo que nos aboca al desastre, como decía Carl Sagan) así que restringir el acceso al saber no es conveniente. De manera que ahí tenemos al Poder dándole vueltas a la cabeza; pensando ¿de qué manera podemos impedir que los que arrebaten el poder a los que dominamos? La solución tampoco fue un alarde de originalidad: Confundir y entretener; difundiendo información sin sustento, dirigiendo la atención a asuntos inofensivos, creando bulos que permitan al ignorante poner en duda al intelectual; que le invistan de una falsa autoridad para discutirle, de tú a tú, aún sin pruebas. Que le permita igualar el mérito de haber dedicado la vida al estudio al orgullo del "no sé nada y me va bien".

Quien piensa, cuestiona. Quien cuestiona, denuncia. Y eso incomoda al Poder. Por eso, desautorizar a las voces críticas ante la masa resulta una estrategia eficaz: si se ridiculiza al que sabe, se le resta influencia. Y además, ya le hace el trabajo de contraargumentar esa muchedumbre incompetente.

Los ignorantes avergonzados son manejables, pero los ignorantes orgullosos además de manipulables, se enfrentan al conocimiento para desvalorizarlo. Se convierten en escudos humanos contra el pensamiento crítico, y esto... Oh! Sorpresa!, beneficia a ciertos grupos de interés. 




La ignorancia no es solo una actitud personal, sino también una herramienta funcional. 

Y como toda herramienta, sirve a alguien.





jueves, 31 de julio de 2025

Vacaciones... ¿para todos?

La palabra "vacaciones" proviene del verbo latín vacare, cuyo significado es "estar libre" o "estar desocupado". En esencia, las vacaciones representan un período de descanso, una suspensión temporal de las actividades habituales, especialmente del trabajo o los estudios, permitiendo a las personas disfrutar de tiempo libre y ocio. 

En la cultura occidental, estos meses se nos llenan de mensajes relacionados con las vacaciones, bombardeándonos hasta apabullarnos. Programas de TV, conversaciones espiadas en el autobús o en la calle, anuncios en las redes sociales, etc. no dejan de hacer alusión a las vacaciones, cómo si fueran un derecho universal, como sí fueran algo asumible por todos, como si hubieran existido toda la vida. 

Pero esta popularidad no existía en mi infancia, donde se veían como un privilegio solo para los más afortunados; de hecho, recuerdo haberlas disfrutado de niño solo una vez, en un veraniego piso familiar en Málaga (que mi padre no disfrutó por qué se volvió al pueblo a seguir atendiendo el negocio).

Viene está reflexión a colación de lo habitual que es para muchos disfrutar de unas dignas vacaciones, sin tener en cuenta a esa gran mayoría silenciosa y humilde que no puede permitírselas. Sin ir más lejos, a todos los que sufren el síndrome SLS (del que hablábamos en el post anterior).

Viene a referido este comentario a lo impúdico que me parece toda esa avalancha mediática que nos inunda, y que a los más desarraigados debe hacer sentir aún más desafortunados de lo que ya son.

Ciertamente, no es pecado disfrutarlas, pero sí me parece deleznable esa ostentación, esa alabanza a un lujo inasequible para muchas personas (no digo ya sí hablamos de la población mundial) que el sistema socioeconómico espolea sin recato para lograr beneficios, pero sin sentirse concernido por los efectos secundarios que provoca.

Dicho esto, espero que las disfruten si son de los privilegiados, y que desconecten de los medios, si son de los desafortunados.

lunes, 30 de junio de 2025

98#. El SLS no es una enfermedad psiquiátrica; es una enfermedad social


Uno de los últimos síndromes en emerger dentro del ámbito social, y de la salud, en particular, es el denominado SLS. Un diagnóstico que no encontrarán en el DSM (que sería el manual psicológico de trastornos mentales) ni en la CIE (su homólog en psiquiatría), y podrían pensar que por su novedad, pero no es así. No existe técnicamente por que en realidad es algo más que un trastorno.

En realidad, es una conscuencia que arranca desde el advenimeinto de la industrialización. Los profesionales que trabajamos en el área ya lo conocíamos desde hace tiempo, y la denominación que usábamos es exactamente la misma que en ingles: El síndrome de llevar una vida de mierda (Shit-Life Syndrome).




Encontramos las consultas del area de salud y la intervención social atestadas de pacientes con malestares psicológicos, que en su inmensa mayoría son etiquetados como síndrome ansioso-depresivo, el clásico cajón de sastre del que no es posible extraer mucha información ni explicación sobre su causa. Es la ansiedad, es la depresión, es el insomnio, etc. que en no pocas ocasiones son puerta de entrada a conductas adictivas, trastornos de la conducta alimentaria (las antiguas bulimia y anorexia), trastornos traumático del desarrollo, etc.

Estamos hablando de personas cuyas vidas son tan duras, tan marcadas por el desempleo, por la precariedad, por la violencia, por estigmatización, que estos trastornos son lo mínimo que pueden presentar. Pero estos trastornos no son el problema; solo son los indicadores de un sufrimiento mucho más profundo.

Y sin embargo, lo normal es que se reduzca a una etiqueta psiquiátrica. Se les asigne un epigrafe médico que permite prescribir la medicación correspondiente, y hasta la siguiente cita, que en algunas ocasiones nunca llega por el mero hastío del individuo. El sistema resuelve la papeleta con una receta médica, pero eso no es solucionar el problema: es eludirlo.




No se resuelve por que no estamos hablando de un problema individual sino social. No es una enfermedad psiquiátrica; es una enfermedad social. No necesitan antidepresivos; necesitan una vida mejor.

Unas condiciones de vida adversas, como la pobreza crónica, desempleo, violencia doméstica, abuso infantil, discriminación, aislamiento social,… sostenidas a lo largo del tiempo generan déficits serios, psíquicos y físicos. Si la administración solo responde con parches, con soluciones limitadas y puntuales, ese estado se cronifica. Aparece entonces la desesperanza, auqella indefensión aprendida que ya acuñó Seligman: la percepción de que ningún esfuerzo que haga servirá para cambiar el estado de cosas y que el futuro será una lamentable repetición del presente. No debería extrañarnos, en estas circunstancias, que los individuos traten de escapar de esa demoledora realidad, anéstesiándose, derpimiéndose, evitando pensar en el presente y en el futuro, desconfiando del sistema, y por extensión de los demás. Llegando finalmente a la conclusión de que resignarse duele menos que esperar una vida mejor.

El principal riesgo es que se defina este sindrome como una patología individual, en vez de lo que realmente es, un sufrimiento estructural, que por tanto, solo abordándolo contextualmente podrá paliarse (por que hablar de resolverlo sería de un optimismo pueril). Si no se integran políticas sociales, económicas, terapeúticas,... nada cambiará.




E insisto en este punto, por que se denomine de forma vulgar (shit-life syndrom) o se la etiquete con un eufemismo (población en riesgo social o similares), lo importante es que llegue a nuestras conciencias, y que llegue como lo que es un problema social, no individual. para ello hay que empezar por nombrar lo innombrable, definirlo para poder diseñar posibles soluciones.

sábado, 31 de mayo de 2025

97#. El amor propio no es autoconvencernos de nuestra valía

Pocos temas se prestan tanto a ser pasto de la autoayuda como este, y seguramente lo habrán escuchado en más de una ocasión. La imagen que me viene a la cabeza cada vez que escucho el concepto de amor propio es la de un individuo frente al espejo de su cuarto de baño repitiéndose machaconamente "tú vales mucho", "tú te lo mereces" o frases trilladas  similares.





Pero no. Este ejercicio, como mucho, alimenta el ego, que estaría en las antípodas del amor propio. Por otro lado, tampoco sería exactamente quererse a sí mismo, acto que nunca he entendido muy bien cómo se practica, pero tiene un sospechoso parecido con la adulación (autoadulación en este caso); esto es, decirnos aquello que nos agrada pero sin basarnos en nada más sólido.

El amor propio cobra su sentido más real cuando uno establece una relación profunda consigo mismo, lo que implica aludir a un concepto que no suele destacar cuando hablamos de esta cuestión: la compasión.

Lejos del aserveramiento de un mantra o ejercicios de autoconvencimiento varios, el amor a uno mismo se ha de basar en una mirada bondadosa a nuestro interior, a esa particular y única constitución bio-psico-social que somos cada uno de nosotros. Y es así, por que a diferencia del ego (vanidoso) o la autoestima (cognitiva), convertimos el juicio crítico e inquisitivo que hacemos de nosotros mismos en una valoración templada e indulgente.

Esta compasión es el filtro determinante para explorarnos por dentro con garantías, para poder entender nuestros pensamientos, sentimientos y comportamientos; para comprender cómo nos afectan y cómo afectan a los demás. Pero partiendo de lo que son stricto sensu: los pilares de la arquitectura de nuestra personalidad, que no han de ser perfectos pero de cuya calidad debemos ocuparnos.

A partir de aquí podemos aceptarnos a nosotros mismos, con nuestras virtudes y defectos, rarezas (que todos tenemos) y particularidades, sin darle más importancia de la que tienen. Es esta compasión la que nos habilita para tratarnos con amabilidad, comprensión y paciencia, especialmente cuando cometemos errores o nos enfrentamos a desafíos. Y también es esta compasión la que promueve que prioricemos nuestro bienestar físico, emocional y mental, tomando las medidas pertinentes para mantenerlos, puesto que constituyen la base de nuestra salud mental.




De esta manera llegamos al último escalón de nuestro autoconocimiento, el que nos abre la puerta a la autenticidad. Ser así y aceptarnos como somos nos permite ser fieles a nosotros mismos, sin pretender ser alguien que no somos ni sentirnos presionados por comparaciones externas.

El amor propio no va de inflar tu ego o ni de tener una visión positiva, pero distorsionada, de uno mismo. Va de cultivar una relación saludable y compasiva con la persona más importante de nuestra vida, que por otro lado no deja de ser la base de nuestra salud mental

No evitará el sufrimiento ni nos librará de las dificultades de la vida, pero nos ayudará a afrontarlos de una manera más saludable y constructiva. Y esto, en los tiempos que corren , no es poca cosa.