Estábamos
todos tensos en el centro cívico en donde fuimos convocados a
primera hora de la mañana. Y no era para menos.
En
las amplias instalaciones había un constante ir y venir de
profesionales: personal sanitario, médicos, psicólogos,...;
representantes del ayuntamiento, de las empresas ferroviarias (Adif e
Yrio), de la Junta de Andalucía, etc., incluyendo a sus
correspondientes coordinadores y jefes, aparte de las fuerzas del
orden (policía local, nacional y guardia civil). Sin embargo, este bullicio
no era tan desconsolador como el que había en el enorme salón de
actos de aquel centro, en donde se acumulaban los familiares y
allegados de las víctimas del accidente: familiares solos o por
parejas, de adultos o mayores, pequeños grupos de allegados o
familiares con numerosos miembros. Todos afligidos, todos
angustiados, solo a la espera de la peor de las noticias, que no
terminaba de llegar.
Los
intervinientes seguíamos expectantes, supeditados a la
identificación y certificación oficial que debía traer la guardia
civil desde el Instituto Médico Legal de aquellos viajeros/as desaparecidos/as tras el accidente del Yrio y
el Alvia. Una tarea nada fácil, y sobre todo meticulosa (a través
de las huellas dactilares, análisis del ADN, etc.), que ampliaban insufriblemente los tiempos de espera. En nuestro lado, sin embargo,
se mezclaban la compasión por los dolientes con la sensación que
tiene un jugador cuando el entrenador le dice que vaya calentando por
la banda, sin llegar nunca a saltar al campo de juego.
Nuestro
binomio de psicólogos ya estaba organizado, asignándonos sobre la
marcha a una médico voluntaria. Nos dijeron el número del despacho
de la segunda planta adjudicado, y en donde se presentaría la familia.
Durante la espera, conversamos con nuestra facultativa sobre nuestras
respectivas experiencias en intervención en emergencias, salimos a
buscar más sillas (por si la familia era numerosa), y hasta me dio
tiempo a curiosear por la mesa del despacho o intentar cerrar la
puerta de un armario que no encajaba bien, hasta que llegué a una gran
fotocopiadora. Encima de ella, y pegada la pared, había un pequeño
cartel fijado con chinchetas. Pensé que se trataría una advertencia
o indicación de uso del aparato, pero no, no tenía nada que ver.
Sencillamente era una de esas frases motivadoras que a alguien le
pareció lo suficientemente inspiradora como para escribirla en un
cartón y pincharla allí. Decía: “No hay que tener miedo a equivocanos; hasta los planetas chocan y del caos nacen las
estrellas” (Charles Chaplin).

No
veía tan directa la relación de la primera proposición de la frase
con la segunda, pero esta última no me dejó indiferente. En aquel
momento varias personas, un tanto desubicadas, empezaron a
entrar en el despacho. Eran los siete miembros de la familia que íbamos a atender, a los que dimos nuestras más sinceras
condolencias, y acto seguido, la pareja de la Guardia Civil que los
acompañaba les invitó a sentarse. Sin más dilación, procedió con
absoluta profesionalidad a acometer su misión: certificar a la
familia que Natividad había fallecido en el accidente de trenes de
Adamuz.
Casi
24 horas después del desastre, todos ya parecían tener asumida la
pérdida, aunque nadie puede realmente aceptar algo tan crudo hasta que
las pruebas y análisis forenses lo confirman fehacientemente. Tras
las explicaciones sobre pasos a seguir a continuación y resolución
de las dudas de la familia, los agentes se pusieron a su disposición,
facilitaron su número de teléfono, y a continuación, abandonaron de
la estancia para continuar con su aciago cometido.
Por
nuestra parte, la propuesta de apoyo o acompañamiento psicológico
no tuvo mucha cabida. Aquellos tío, marido e hijos de la fallecida
estaban agotados tras tantas horas de espera, en las que soportaron estóicamente la incertidumbre, que como espada de
Damocles, se cernía sobre sus cabezas. Unos deseaban volver a
Huelva, otros pensaban que era mejor acompañar a los hospitalizados:
un adulto (hijo de la fallecida) y tres menores de edad (su hijo, y
un sobrino y otra sobrina). De hecho, el portavoz de la familia
añadió que, precisamente a este sobrino acababan de darle el alta
hospitalaria. Lo único que deseaban era abandonar aquel inhóspito
lugar y decidir que hacer, por lo que nos despedimos de ellos,
quedando disponibles para lo que nos requirieran.
No
tuvimos más intervenciones aquel día, y llegado a casa apenas
dispuse de tiempo de cenar algo y acostarme, puesto que ya sabíamos que al día siguiente continuaríamos
interviniendo. Vi las noticias en la televisión para ponerme al día
de las últimas novedades del accidente, y en el canal 24h mostraron
una serie de titulares de la prensa matutina. Uno de ellos captó mi
atención, supongo que por lo sencillo y humano que me pareció:
Buscan al niño que socorrieron en Adamuz: “Nos acordamos mucho de
ti, Guillermo”. El mensaje era de Ángel, propietario de un bar de
la localidad, que estuvo atendiendo, como tantos convecinos, a las
víctimas conforme iban apareciendo.
Ya
en la cama, intentando conciliar sueño, recordé que el portavoz de
la familia lo nombró. Dijo el nombre de su sobrino: “Guille acaba
de salir del hospital”.
Me
pareció improbable que hubiera más de un Guillermo entre los pocos
niños hospitalizados, así que asumiendo que Guille = Guillermo,
pensé que debía llamar a Ángel.
Al
día siguiente, tras un par de horas en el centro cívico, volví a
revivir, como en aquella película del día de la marmota, el deambular de personas del día anterior. Mientras me llamaban para atender a la siguiente familia, se me ocurrió buscar a los miembros de la de Guillermo, pero tras un minucioso rastreo no
encontré a nadie. Ciertamente, ya no tenían por qué volver a aquel
lugar, del que dudo guarden buen recuerdo. Una parte de la familia
habría vuelto a casa, y los que no, estarían en el hospital a la
espera de noticias de los heridos.
Pero
a media mañana, volviendo a escrutar el salón de actos, divisé al fondo un rostro conocido; un miembro de la familia (el hermano de
Natividad). Me acerqué a él; tras saludarlo y reconocerme, le
pregunté por el resto de familiares, y acto seguido, le comenté la
noticia de Ángel. Entendió perfectamente las situación y no dudó
en darme su número de teléfono para que pudiera contactar con
ellos, y por extensión, con Guillermo.
Ahora
sí; ya podía intentar encontrarle. Una tarea tan fácil como
buscar en google el nombre del bar y telefonear directamente. él mismo cogió el aparato y respondió a mi
llamada. Me presenté como psicólogo de emergencias, dije
que había visto la noticia y le llamaba para confirmarle que Guille
había sido dado de alta hospitalaria y disponía del teléfono de la
familia. Aunque algunos datos familiares no coincidían con los míos,
cumplí con mi cometido. Aquel hombre se mostró tan abierto y
generoso como esperaba. Me despedí de él, de una persona que
encajaba a la perfección en el concepto que siempre hemos tenido de lo
que es una buena persona.
Volví
a la sala de estar de los equipos de intervención a esperar
novedades. Tuvo que pasar un buen rato hasta que volvimos a ser
convocados, y en un momento dado,
mientras esperaba, me vino a la mente un pensamiento insólito. Igual
que docenas de otras cavilaciones y elucubraciones no tienen más
sustancia, aquella me pareció reveladora.
Recordé
la frase del cartelito de la fotocopiadora del día anterior.
“...hasta los planetas chocan, y del caos nacen las estrellas”. Una afirmación que puede parecer, al pronto, contradictoria, pero que, sin embargo, no es falsa. Es como funciona el Universo, es la forma en que el mundo y la vida que conocemos.
Del
caos nacen las estrellas.
En
mitad del desastre aparece un destello de luz.
En
mitad de un aluvión de pérdidas, de vínculos que se malogran,
surge una conexión entre dos personas muy diferentes. Se crea un vínculo entre dos desconocidos. Se
genera una conexión especial entre ellos que ya durará para siempre.
Quizá desconcertante, pero inexorable; como la vida misma