lunes, 29 de junio de 2026

El instinto de avanzar

Antes de finalizar la tarde me encontré en el Cimitero Monumentale de Milán, lugar que hace honor a su nombre con solemnidad marmórea.




El calor del día seguía corroyendo las piedras y el mármol devolvía una luz quieta, como si tuviera que aguantar la respiración. Las esculturas se alzaban con una dignidad antigua: ángeles que parecían cansados, figuras humanas detenidas en gestos que ya no podrían completar, columnas que sostenían tanto silencio como peso. Los motivos artísticos que acompañan y adornan aquellos centenares de sepulturas se desplegaban en una variedad innumerable de formas, estilos y dimensiones. Ese era precisamente el motivo que me había llevado allí: contemplar cómo cada tumba, cada lápida, cada mausoleo mostraba la declaración estética de quienes estuvieron aquí y ya no están, dejando constancia particular de su paso por la vida.




Con el paso del tiempo me dejé empapar de aquella atmósfera, mezcla de esplendor crepuscular y quietud; apareció, entonces, un pensamiento más personal, aunque lógico; casi inevitable: ¿qué hacía yo allí?

Llevaba todo el día caminando, soportando la canícula milanesa que, mire usted por dónde, se encontraba en su máxima expresión (asoladora ola de calor, dijeron los noticieros). Podía haber decidido regresar para descansar, o haber espaciado las visitas para ganar en comodidad. Pero no. A las seis de la tarde, después de una jornada interminable recorriendo la ciudad, me encontraba deambulando entre enterramientos y esculturas monumentales. No tenía ninguna necesidad de estar allí, y sin embargo estaba: soportando el calor húmedo, el cansancio acumulado de todo el día, resistiéndome a volver a mi alojamiento para disfrutar, como pocas veces, de una ducha bien fría.




Estaba allí porque estamos diseñados para el movimiento. Los individuos del reino vegetal no pueden desplazarse; permanecen en el lugar donde nacen, realizan la fotosíntesis, se nutren y allí mismo mueren. Pero los del reino animal estamos proyectados para la acción, para el desplazamiento. Los vertebrados superiores lo hacen siguiendo su instinto; lo hemos visto decenas de veces, cuando la búsqueda de alimento impulsa a sujetos solitarios de las zonas polares o a manadas innumerables en la sabana africana a recorrer grandes distancias. Pero cuando ya tenemos las necesidades básicas cubiertas, ¿qué nos impulsa?

Recordé entonces la letra del apreciado amigo Drexler: “Somos una especie en viaje. No tenemos pertenencias, sino equipaje. Vamos con el polen en el viento. Estamos vivos porque estamos en movimiento.” Lo hemos hecho desde siempre; lo cantaron poetas y filósofos de todos los tiempos. Rousseau y Murakami afirmaron que solo caminando se pensaba con claridad. Thoreau defendía que cada paso hacia el bosque era un paso hacia la libertad interior. Y Machado nos recordó que “no hay camino, se hace camino al andar”: no tenemos que movernos hacia donde van otros, porque quizá no buscamos lo que buscan otros.




Y eso es lo que nos impulsa: la búsqueda. Nos impulsa la necesidad de explorar y conocer, de sentir y, finalmente, de comprender (o al menos intentarlo). Me vino entonces otro verso del cantautor que me pareció esclarecedor: “Es más mío lo que sueño que lo que toco.” Porque lo que ya está en la mano deja de movernos, sin embargo, lo que aún está por descubrir nos mantiene vivos.

Cuanto más avanzamos, más se aleja el horizonte. Si nos detenemos, también se detiene. Por mucho que corramos, nunca podemos alcanzarlo. Entonces, ¿para qué sirve la utopía? Galeano respondía que precisamente para eso existe: para hacernos avanzar. Por eso caminamos incluso cuando no es necesario, porque nos define más la búsqueda que la posesión.




El movimiento quizá no sea un medio, sino un fin en sí mismo. Avanzar es la forma humana de estar vivos. Quizá el movimiento sea, en realidad, una forma de afirmación vital que reivindica precisamente eso. No la única, pero sí una de las más terrenales, para recordarnos y demostrarnos que estamos vivos. 


Jorge Drexler - “Movimiento”

Apenas nos pusimos en dos pies
Comenzamos a migrar por la sabana
Siguiendo la manada de bisontes
Más allá del horizonte, a nuevas tierras lejanas

Los niños a la espalda y expectantes
Los ojos en alerta, todo oídos
Olfateando aquel desconcertante
Paisaje nuevo, desconocido

Somos una especie en viaje
No tenemos pertenencias, sino equipaje
Vamos con el polen en el viento
Estamos vivos porque estamos en movimiento

Nunca estamos quietos
Somos trashumantes, somos
Padres, hijos, nietos y bisnietos de inmigrantes
Es más mío lo que sueño que lo que toco

Yo no soy de aquí, pero tú tampoco
Yo no soy de aquí, pero tú tampoco
De ningún lado del todo y, de todos
Lados un poco

Atravesamos desierto, glaciares, continentes
El mundo entero de extremo a extremo
Empecinados, supervivientes
El ojo en el viento y en las corrientes
La mano firme en el remo

Cargamos con nuestras guerras
Nuestras canciones de cuna
Nuestro rumbo hecho de versos
De migraciones, de hambrunas

Y así ha sido desde siempre, desde el infinito
Fuimos la gota de agua, viajando en el meteorito
Cruzamos galaxias, vacío, milenios
Buscábamos oxígeno, encontramos sueños

Apenas nos pusimos en dos pies
Y nos vimos en la sombra de la hoguera
Escuchamos la voz del desafío
Siempre miramos al río, pensando en la otra rivera

Somos una especie en viaje
No tenemos pertenencias, sino equipaje
Nunca estamos quietos, somos trashumantes
Somos padres, hijos, nietos y bisnietos de inmigrantes
Es más mío lo que sueño, que lo que toco

Yo no soy de aquí, pero tú tampoco
Yo no soy de aquí, pero tú tampoco
De ningún lado del todo y, de todos
Lados un poco

Los mismo con las canciones
Los pájaros, los alfabetos
Si quieres que algo se muera
Déjalo quieto






domingo, 31 de mayo de 2026

Donald nunca fue un empresario; siempre ha sido un tahúr

 

El epicentro de la industria cinematográfica estadounidense, Hollywood, desde que se convirtió en el formidable productor de entretenimiento que es, se convirtió también en una máquina de transmisión de valores, entre otros, morales. Imperceptiblemente, ha estado influyendo de manera profunda y sostenida en la forma que tenemos de entender las cosas (la vida, en particular) jugando un relevante papel como moldeador cultural.




Sus películas han funcionado durante décadas como vehículo de difusión del “American way of life”, exportando modelos de conducta, aspiraciones y reglas sociales que normalizan ideas sobre familia, éxito, justicia, libertad, identidad nacional, relaciones sociales, etc. De forma que tal que, con el tiempo y sin que apenas nos demos cuenta, ha ido creando el entorno mental en el que esos valores parecen naturales


Las películas de gangsters, y posteriormente de la mafia, que llevamos décadas viendo ingenuamente, no solo reflejaban el crimen organizado de aquella sociedad sino que también fueron codificando una mitología del poder;  una mitología que ha calado, y creo que profundamente, en la psique colectiva. La influencia de films como El PadrinoScarface, Uno de nosotros (Goodfellas), por nombrar algunos ejemplos paradigmáticos, han promovido esta "educación informal" en varios niveles:


El más obvio (y pernicioso) ha sido la glamurización del delincuente, transformando al criminal en un héroe trágico o un rebelde antisistema. El sueño americano llevado al extremo: alguien que, viniendo de la nada, desprecia las reglas de una sociedad que percibe como hipócrita para alcanzar el éxito. Validando la idea de que "ganar es lo único que importa" y justificando métodos éticamente cuestionables siempre que el resultado sea lograr el poder.


No menos relevante es el culto al "hombre fuerte". El cine de gánsters y mafiosos ha educado al público en la estética del dominio. El líder no es quien sigue las normas y se ajusta a la ley sino quien tiene la personalidad para imponer su voluntad. La agresividad o el desprecio por las instituciones no se ven como un defecto, sino como una señal de autenticidad y fuerza. Se prefieren un "Don" protector que un político que hable de leyes.

Por último, estas películas enseñan que la moralidad universal es secundaria frente a la lealtad al clan. La "familia" (o el partido, o el movimiento) es lo primero. La consecuencia es obvia: se crea una visión del mundo tribal. Si eres de los "nuestros", tus crímenes son perdonables; si eres del "enemigo", cualquier ataque está justificado. Es la base de la polarización moderna.

Desde que empezó a hacerse popular y tuvimos información del actual inquilino de la Casa Blanca, siempre lo asimilé al personaje, tan propio de la cultura estadounidense, del tahúr. No tanto del mítico Viejo Oeste durante su expansión (1850-1890), en donde los saloons eran el centro social de los pueblos mineros y ganaderos, y el tahúr profesional se convirtió en una figura icónica haciendo trampas al  póker. Más bien al perfil del tahúr del Mississippi: tipos astutos y taimados, con más estilo y más carisma o encanto, pero que igualmente vivían de hacer trampas en la sala de juegos de los barcos que surcaban ese río.

Pero no; me di cuenta tiempo después que estaba equivocado. El presidente estadounidense encajaba a la perfección en otro estereotipo igualmente icónico: el del gangster. El propio Trump se ha jactado en mítines de haber sido imputado más veces que "el gran Alphonse Capone" y es un tema recurrente entre analistas políticos y biógrafos, que ven en el presidente un estilo de liderazgo que imita la estructura de poder de la mafia.




Y a los hechos me remito, señor juez:

  • Lealtad personal por encima de la ley: Al igual que en la estructura de la mafia, Trump prioriza la lealtad ciega hacia su persona. James Comey, exdirector del FBI, describió sus interacciones con Trump como "flashbacks" de sus casos contra la Cosa Nostra, donde el líder exige sumisión absoluta en lugar de adhesión a las normas institucionales.

  • Gestión por miedo e intimidación: Utiliza una retórica agresiva y amenazas implícitas para mantener el control. Michael Cohen, su antiguo abogado, explicó que Trump no da órdenes directas para cometer actos poco éticos, sino que utiliza un código de lenguaje (como un "Don") donde todos entienden lo que se espera de ellos bajo la amenaza de represalias políticas o profesionales.

  • Desprecio por las reglas neutrales: Comparte con Capone la visión de que las leyes solo son herramientas válidas si le benefician. Su estilo de liderazgo se basa en el poder puro y no en un sistema de justicia o equidad internacional.

  • Uso de la victimización y el "nosotros contra ellos": Capone se presentaba como un benefactor público perseguido por el gobierno; Trump utiliza una narrativa similar, alegando que es víctima de una "caza de brujas" y una conspiración del Departamento de Justicia, comparando su situación legal con la persecución del FBI a Capone.

  • Estructura jerárquica de "sindicato": Se argumenta que ha trasladado el estilo de los clubes políticos y los negocios inmobiliarios de su juventud en Nueva York —ambos con fuertes vínculos históricos con métodos de la mafia— a la gestión de la presidencia, funcionando más como un jefe de sindicato que como un ejecutivo tradicional.

  • Nepotismo y Clan Familiar: Al igual que Vito Corleone situó a sus hijos en posiciones de poder para asegurar el control de la "familia", Trump ha nombrado a familiares en roles clave de su administración y del Comité Nacional Republicano.

  • Distorsión de la justicia: Presenta a las instituciones que considere (desde los medios de comunicación a la justicia) como entidades corruptas o inútiles. Esto genera un escepticismo institucional, siembra la duda en el ciudadano de que el sistema está "amañado" o “tiene algo personal contra él”, convirtiéndolo en una especie de vengador del pueblo; una narrativa que el amigo Donald ha utilizado, una y otra vez, con enorme éxito en sus campañas.




No digo que la culpa la tenga la industria hollywoodiense, pero sí que ha ido construyendo poquito a poco el marco mental necesario para que un liderazgo de estilo mafioso sea capaz de ser no solo aceptable, sino además, digno de ser investido como presidente de su país.

No termino de salir de mi asombro (debe ser mi desconocimiento de la cultura americana) pero el tipo sigue ahí. Creando desmanes por doquier, facilitando que se enriquezcan sus allegados, sin presentar argumentos ni proyectos políticos, salvo el de su santa voluntad. Su retórica, su obsesión con la imagen de "ganador" y su desprecio por los "perdedores" resuena con un público que ha consumido esta narrativa cinematográfica durante décadas.

La cuestión es que, ahora que se ha hecho con el mando del salón de juego, a ver quién es el guapo que lo echa del barco.





jueves, 30 de abril de 2026

No, Donald no está loco

 

Recuerdo cuando los medios de comunicación lo etiquetaban como “showman” o “populista al llegar a la Casa Blanca en su primera legislatura. Posteriormente, más de un periodista lo tildó de “loco”, no tanto como sinónimo de demente sino más bien describiendo a alguien con ausencia de sentido común y comportamiento ilógico.




Para mí, el perfil psicopático del personaje, estaba fuera de toda duda. No obstante, un experto en la materia, el psicólogo Vicente Caballo, lo ha etiquetado en un artículo, dedicado expresamente a él, como Trastorno Narcisista de la personalidad. Un análisis que publicó ya en 2017, y que tras revisarlo para actualizarlo, informa de que no ha tenido que cambiar nada del original, ningún rasgo o indicador clínico ha variado. Lo que significa exactamente eso, que este tipo es exactamente igual que era hace ya casi una década.


¿En qué se basa para hacer este diagnóstico sin haberse entrevistado con el sujeto? Pues en toda esa extensísima gama de conductas que Donald nos ha regalado desde que es el Presidente:


  • -Fantasías de éxito ilimitado: El uso constante de términos como "tremendo" o "maravilloso" y la promesa de hacer a América "grande otra vez", permitiendo que sus seguidores proyecten sus propios deseos en esa frase tan genérica como ambigua.

    -Creencia de ser "especial" y único: Afirma tener un coeficiente intelectual altísimo y solo se relaciona con personas de estatus elevado, sintiéndose por encima de las reglas convencionales.

    -Exigencia de admiración excesiva: Obsesión con su imagen en los medios, los índices de audiencia y la popularidad. Cualquier crítica es percibida como un ataque personal, y no soporta los ataques personales.

    -Sentimiento de privilegio (Entitlement): Expectativas de trato especial y baja tolerancia a la frustración. Un ejemplo extremo es su afirmación de que podría "disparar a alguien en la Quinta Avenida y no perder votantes" .

    -Explotación interpersonal: Utiliza a los demás para sus fines (vendedores a los que no paga, estudiantes de la "Universidad Trump" defraudados) y cosifica a las mujeres

  • -Sentido grandioso de la propia importancia: Trump utiliza "hechos alternativos" para que la realidad encaje con su visión de ser el mejor negociador, el más honesto o el más rico.

  • -Carencia de empatía: Incapacidad para reconocer sentimientos ajenos, ejemplificada en sus burlas a un periodista discapacitado o sus ataques a familias de soldados caídos o descalificaciones a su antecesor o tantas otras mofas groseras.

  • -Envidia hacia otros o creencia de ser envidiado: Clasifica a sus críticos como "losers”, perdedores movidos por la envidia y admira el control "con mano dura" de líderes como Putin. ¿Quien nos iba a decir que admiraría al líder del mayor adversario histórico de su país del siglo pasado?

  • -Arrogancia y soberbia: Actitud despectiva hacia la prensa y los oponentes políticos, a quienes suele insultar de forma impulsiva.




Sin embargo, La Escala de Psicopatía de Hare (PCL-R) es el estándar de oro a nivel mundial para evaluar este constructo. Aplicar la Escala de Hare (PCL-R) a una figura pública como Donald Trump es un ejercicio que varios expertos en salud mental han realizado utilizando la abundante información documental, biográfica y conductual disponible


En los Rasgos Interpersonales y Afectivos es dónde los analistas encuentran mayor coincidencia con el perfil de Trump.

  • Gran locuacidad / Encanto superficial: Se destaca su carisma innegable y su capacidad para dominar escenarios y audiencias a través de la palabra.

  • Sentido grandioso de valía personal: Manifiesta una autopercepción de superioridad extrema, presentándose frecuentemente como el "mejor" en múltiples ámbitos (negocios, inteligencia, política).

  • Mentira patológica: Expertos señalan su uso constante de afirmaciones falsas o exageradas ("hechos alternativos") para moldear la realidad a su conveniencia.

  • Dirección / Manipulación: Se citan ejemplos como sus intentos de influir en funcionarios electorales para cambiar resultados o su trato con socios comerciales.

  • Ausencia de remordimiento o culpa: Trump rara vez (por no decir nunca) pide disculpas o muestra arrepentimiento por acciones que otros consideran perjudiciales.

  • Falta de empatía / Crueldad: Sus comentarios despectivos hacia minorías, migrantes o personas con discapacidad son citados como evidencia de una incapacidad para conectar con el sufrimiento ajeno.

Pero en el segundo grupo de rasgos (de Desviación Social) tampoco se queda atrás:

  • Necesidad de estimulación / Prononéz al aburrimiento: Su constante actividad en redes sociales y la necesidad de atención mediática constante sugieren una búsqueda perpetua de estímulos.

  • Impulsividad: Decisiones políticas o declaraciones repentinas y sin filtrar son vistas como una falta de premeditación.

  • Pobre control de la conducta: Reacciones coléricas ante la crítica y ataques personales frecuentes a oponentes.

  • Problemas de conducta precoces: Biógrafos y familiares han relatado incidentes de agresividad y desobediencia durante su infancia y etapa escolar.

  • Irresponsabilidad y falta de metas realistas: A pesar de su éxito, se critican sus quiebras financieras previas y una gestión que a menudo ignora las consecuencias a largo plazo de sus actos.




En conclusión, el psicólogo Vince Greenwood, valoró a Trump según los items de esta escala y obtuvo una puntuación de 33. 33 puntos sobre 40, superando el umbral de 30 puntos que define la psicopatía clínica en contextos de investigación.


Aunque el Trastorno de la Personalidad Narcisista (TNP) y la Psicopatía (Escala Hare) no son idénticos, sobrepasa la puntuación límite para ser diagnosticado de ambos.


Con estos datos en la mano, lo que me extraña es que alguien se sorprenda del incalificable comportamiento del personaje. Un trastorno de la personalidad no implica enfermedad mental; tan solo una forma muy particular de ser (y tanto). Ninguno de los trastornos mencionados implica enajenación o demencia; más bien lo contrario: el sujeto sabe lo que hace. Sabe por qué lo hace. Pero esto, el por qué, es prescísamente lo que desconocemos