domingo, 31 de mayo de 2026

Donald nunca fue un empresario; siempre ha sido un tahúr

 

El epicentro de la industria cinematográfica estadounidense, Hollywood, desde que se convirtió en el formidable productor de entretenimiento que es, se convirtió también en una máquina de transmisión de valores, entre otros, morales. Imperceptiblemente, ha estado influyendo de manera profunda y sostenida en la forma que tenemos de entender las cosas (la vida, en particular) jugando un relevante papel como moldeador cultural.




Sus películas han funcionado durante décadas como vehículo de difusión del “American way of life”, exportando modelos de conducta, aspiraciones y reglas sociales que normalizan ideas sobre familia, éxito, justicia, libertad, identidad nacional, relaciones sociales, etc. De forma que tal que, con el tiempo y sin que apenas nos demos cuenta, ha ido creando el entorno mental en el que esos valores parecen naturales


Las películas de gangsters, y posteriormente de la mafia, que llevamos décadas viendo ingenuamente, no solo reflejaban el crimen organizado de aquella sociedad sino que también fueron codificando una mitología del poder;  una mitología que ha calado, y creo que profundamente, en la psique colectiva. La influencia de films como El PadrinoScarface, Uno de nosotros (Goodfellas), por nombrar algunos ejemplos paradigmáticos, han promovido esta "educación informal" en varios niveles:


El más obvio (y pernicioso) ha sido la glamurización del delincuente, transformando al criminal en un héroe trágico o un rebelde antisistema. El sueño americano llevado al extremo: alguien que, viniendo de la nada, desprecia las reglas de una sociedad que percibe como hipócrita para alcanzar el éxito. Validando la idea de que "ganar es lo único que importa" y justificando métodos éticamente cuestionables siempre que el resultado sea lograr el poder.


No menos relevante es el culto al "hombre fuerte". El cine de gánsters y mafiosos ha educado al público en la estética del dominio. El líder no es quien sigue las normas y se ajusta a la ley sino quien tiene la personalidad para imponer su voluntad. La agresividad o el desprecio por las instituciones no se ven como un defecto, sino como una señal de autenticidad y fuerza. Se prefieren un "Don" protector que un político que hable de leyes.

Por último, estas películas enseñan que la moralidad universal es secundaria frente a la lealtad al clan. La "familia" (o el partido, o el movimiento) es lo primero. La consecuencia es obvia: se crea una visión del mundo tribal. Si eres de los "nuestros", tus crímenes son perdonables; si eres del "enemigo", cualquier ataque está justificado. Es la base de la polarización moderna.

Desde que empezó a hacerse popular y tuvimos información del actual inquilino de la Casa Blanca, siempre lo asimilé al personaje, tan propio de la cultura estadounidense, del tahúr. No tanto del mítico Viejo Oeste durante su expansión (1850-1890), en donde los saloons eran el centro social de los pueblos mineros y ganaderos, y el tahúr profesional se convirtió en una figura icónica haciendo trampas al  póker. Más bien al perfil del tahúr del Mississippi: tipos astutos y taimados, con más estilo y más carisma o encanto, pero que igualmente vivían de hacer trampas en la sala de juegos de los barcos que surcaban ese río.

Pero no; me di cuenta tiempo después que estaba equivocado. El presidente estadounidense encajaba a la perfección en otro estereotipo igualmente icónico: el del gangster. El propio Trump se ha jactado en mítines de haber sido imputado más veces que "el gran Alphonse Capone" y es un tema recurrente entre analistas políticos y biógrafos, que ven en el presidente un estilo de liderazgo que imita la estructura de poder de la mafia.




Y a los hechos me remito, señor juez:

  • Lealtad personal por encima de la ley: Al igual que en la estructura de la mafia, Trump prioriza la lealtad ciega hacia su persona. James Comey, exdirector del FBI, describió sus interacciones con Trump como "flashbacks" de sus casos contra la Cosa Nostra, donde el líder exige sumisión absoluta en lugar de adhesión a las normas institucionales.

  • Gestión por miedo e intimidación: Utiliza una retórica agresiva y amenazas implícitas para mantener el control. Michael Cohen, su antiguo abogado, explicó que Trump no da órdenes directas para cometer actos poco éticos, sino que utiliza un código de lenguaje (como un "Don") donde todos entienden lo que se espera de ellos bajo la amenaza de represalias políticas o profesionales.

  • Desprecio por las reglas neutrales: Comparte con Capone la visión de que las leyes solo son herramientas válidas si le benefician. Su estilo de liderazgo se basa en el poder puro y no en un sistema de justicia o equidad internacional.

  • Uso de la victimización y el "nosotros contra ellos": Capone se presentaba como un benefactor público perseguido por el gobierno; Trump utiliza una narrativa similar, alegando que es víctima de una "caza de brujas" y una conspiración del Departamento de Justicia, comparando su situación legal con la persecución del FBI a Capone.

  • Estructura jerárquica de "sindicato": Se argumenta que ha trasladado el estilo de los clubes políticos y los negocios inmobiliarios de su juventud en Nueva York —ambos con fuertes vínculos históricos con métodos de la mafia— a la gestión de la presidencia, funcionando más como un jefe de sindicato que como un ejecutivo tradicional.

  • Nepotismo y Clan Familiar: Al igual que Vito Corleone situó a sus hijos en posiciones de poder para asegurar el control de la "familia", Trump ha nombrado a familiares en roles clave de su administración y del Comité Nacional Republicano.

  • Distorsión de la justicia: Presenta a las instituciones que considere (desde los medios de comunicación a la justicia) como entidades corruptas o inútiles. Esto genera un escepticismo institucional, siembra la duda en el ciudadano de que el sistema está "amañado" o “tiene algo personal contra él”, convirtiéndolo en una especie de vengador del pueblo; una narrativa que el amigo Donald ha utilizado, una y otra vez, con enorme éxito en sus campañas.




No digo que la culpa la tenga la industria hollywoodiense, pero sí que ha ido construyendo poquito a poco el marco mental necesario para que un liderazgo de estilo mafioso sea capaz de ser no solo aceptable, sino además, digno de ser investido como presidente de su país.

No termino de salir de mi asombro (debe ser mi desconocimiento de la cultura americana) pero el tipo sigue ahí. Creando desmanes por doquier, facilitando que se enriquezcan sus allegados, sin presentar argumentos ni proyectos políticos, salvo el de su santa voluntad. Su retórica, su obsesión con la imagen de "ganador" y su desprecio por los "perdedores" resuena con un público que ha consumido esta narrativa cinematográfica durante décadas.

La cuestión es que, ahora que se ha hecho con el mando del salón de juego, a ver quién es el guapo que lo echa del barco.





jueves, 30 de abril de 2026

No, Donald no está loco

 

Recuerdo cuando los medios de comunicación lo etiquetaban como “showman” o “populista al llegar a la Casa Blanca en su primera legislatura. Posteriormente, más de un periodista lo tildó de “loco”, no tanto como sinónimo de demente sino más bien describiendo a alguien con ausencia de sentido común y comportamiento ilógico.




Para mí, el perfil psicopático del personaje, estaba fuera de toda duda. No obstante, un experto en la materia, el psicólogo Vicente Caballo, lo ha etiquetado en un artículo, dedicado expresamente a él, como Trastorno Narcisista de la personalidad. Un análisis que publicó ya en 2017, y que tras revisarlo para actualizarlo, informa de que no ha tenido que cambiar nada del original, ningún rasgo o indicador clínico ha variado. Lo que significa exactamente eso, que este tipo es exactamente igual que era hace ya casi una década.


¿En qué se basa para hacer este diagnóstico sin haberse entrevistado con el sujeto? Pues en toda esa extensísima gama de conductas que Donald nos ha regalado desde que es el Presidente:


  • -Fantasías de éxito ilimitado: El uso constante de términos como "tremendo" o "maravilloso" y la promesa de hacer a América "grande otra vez", permitiendo que sus seguidores proyecten sus propios deseos en esa frase tan genérica como ambigua.

    -Creencia de ser "especial" y único: Afirma tener un coeficiente intelectual altísimo y solo se relaciona con personas de estatus elevado, sintiéndose por encima de las reglas convencionales.

    -Exigencia de admiración excesiva: Obsesión con su imagen en los medios, los índices de audiencia y la popularidad. Cualquier crítica es percibida como un ataque personal, y no soporta los ataques personales.

    -Sentimiento de privilegio (Entitlement): Expectativas de trato especial y baja tolerancia a la frustración. Un ejemplo extremo es su afirmación de que podría "disparar a alguien en la Quinta Avenida y no perder votantes" .

    -Explotación interpersonal: Utiliza a los demás para sus fines (vendedores a los que no paga, estudiantes de la "Universidad Trump" defraudados) y cosifica a las mujeres

  • -Sentido grandioso de la propia importancia: Trump utiliza "hechos alternativos" para que la realidad encaje con su visión de ser el mejor negociador, el más honesto o el más rico.

  • -Carencia de empatía: Incapacidad para reconocer sentimientos ajenos, ejemplificada en sus burlas a un periodista discapacitado o sus ataques a familias de soldados caídos o descalificaciones a su antecesor o tantas otras mofas groseras.

  • -Envidia hacia otros o creencia de ser envidiado: Clasifica a sus críticos como "losers”, perdedores movidos por la envidia y admira el control "con mano dura" de líderes como Putin. ¿Quien nos iba a decir que admiraría al líder del mayor adversario histórico de su país del siglo pasado?

  • -Arrogancia y soberbia: Actitud despectiva hacia la prensa y los oponentes políticos, a quienes suele insultar de forma impulsiva.




Sin embargo, La Escala de Psicopatía de Hare (PCL-R) es el estándar de oro a nivel mundial para evaluar este constructo. Aplicar la Escala de Hare (PCL-R) a una figura pública como Donald Trump es un ejercicio que varios expertos en salud mental han realizado utilizando la abundante información documental, biográfica y conductual disponible


En los Rasgos Interpersonales y Afectivos es dónde los analistas encuentran mayor coincidencia con el perfil de Trump.

  • Gran locuacidad / Encanto superficial: Se destaca su carisma innegable y su capacidad para dominar escenarios y audiencias a través de la palabra.

  • Sentido grandioso de valía personal: Manifiesta una autopercepción de superioridad extrema, presentándose frecuentemente como el "mejor" en múltiples ámbitos (negocios, inteligencia, política).

  • Mentira patológica: Expertos señalan su uso constante de afirmaciones falsas o exageradas ("hechos alternativos") para moldear la realidad a su conveniencia.

  • Dirección / Manipulación: Se citan ejemplos como sus intentos de influir en funcionarios electorales para cambiar resultados o su trato con socios comerciales.

  • Ausencia de remordimiento o culpa: Trump rara vez (por no decir nunca) pide disculpas o muestra arrepentimiento por acciones que otros consideran perjudiciales.

  • Falta de empatía / Crueldad: Sus comentarios despectivos hacia minorías, migrantes o personas con discapacidad son citados como evidencia de una incapacidad para conectar con el sufrimiento ajeno.

Pero en el segundo grupo de rasgos (de Desviación Social) tampoco se queda atrás:

  • Necesidad de estimulación / Prononéz al aburrimiento: Su constante actividad en redes sociales y la necesidad de atención mediática constante sugieren una búsqueda perpetua de estímulos.

  • Impulsividad: Decisiones políticas o declaraciones repentinas y sin filtrar son vistas como una falta de premeditación.

  • Pobre control de la conducta: Reacciones coléricas ante la crítica y ataques personales frecuentes a oponentes.

  • Problemas de conducta precoces: Biógrafos y familiares han relatado incidentes de agresividad y desobediencia durante su infancia y etapa escolar.

  • Irresponsabilidad y falta de metas realistas: A pesar de su éxito, se critican sus quiebras financieras previas y una gestión que a menudo ignora las consecuencias a largo plazo de sus actos.




En conclusión, el psicólogo Vince Greenwood, valoró a Trump según los items de esta escala y obtuvo una puntuación de 33. 33 puntos sobre 40, superando el umbral de 30 puntos que define la psicopatía clínica en contextos de investigación.


Aunque el Trastorno de la Personalidad Narcisista (TNP) y la Psicopatía (Escala Hare) no son idénticos, sobrepasa la puntuación límite para ser diagnosticado de ambos.


Con estos datos en la mano, lo que me extraña es que alguien se sorprenda del incalificable comportamiento del personaje. Un trastorno de la personalidad no implica enfermedad mental; tan solo una forma muy particular de ser (y tanto). Ninguno de los trastornos mencionados implica enajenación o demencia; más bien lo contrario: el sujeto sabe lo que hace. Sabe por qué lo hace. Pero esto, el por qué, es prescísamente lo que desconocemos

martes, 31 de marzo de 2026

El fin del nuestro mundo no es el fin del mundo

Supongo que no seré el único en tener la sensación de que nuestro mundo se está yendo al garete, entendiendo por nuestro mundo el afortunado entorno sociocultural en que nos hemos criado y en el vivimos. La mala noticia es que todo apunta a que no es una percepción sino de una realidad.




La supremacía de la fuerza como principio organizador, la ausencia de mecanismos de protección de sociedades enteras, la inmensurable crisis económica que se avecina, la obsolescencia de la diplomacia,… Lo estamos viendo todos los días, cualquier día, en la portada de cualquier medio de comunicación, y el resultado no puede ser más desolador. Cuanto más consciente sea uno, más inevitable se vuelve la sensación de que “el fin de nuestro mundo” puede acontecer en cualquier momento. Consecuentemente, mantener la serenidad, intentar consolidar una mínima, pero sólida, esperanza no pude llegar a ser más que un voluntarioso acto de fe.


Y sin embargo, no nos encontramos ante un escenario inédito. Quiero decir, que no es la primera vez que sucede. De hecho a sido mucho peor en ocasiones anteriores.


Si nos molestamos en echar un vistazo a la historia compartida de Occidente, podemos observar que hubo épocas de quiebra brutal del sistema establecido. Así al pronto, bastante peor debieron vivir los romanos la caída del imperio, los europeos durante el contagio irrefrenable de la peste negra o las guerras mundiales del siglo pasado, entre otras. Dirán que me estoy poniendo muy intenso, y sí, estoy en modo catastrófico, pero es que la coyuntura actual no permite ser demasiado optimista (salvo que uno quiera cerrar los ojos y eludirla).


Si profundizamos un poco más y ampliamos la perspectiva, podemos ver que la humanidad ha atravesado momentos históricos en los que parecía que todo rompía, y literalmente, todo se rompía… y aun así, posteriormente, encontró caminos de reconstrucción que volvieron a dar sentido a la vida, permitiendo alcanzar cierta sensación de estabilidad o tranquilidad.


Si nos centramos en alguno de estos ejemplos más cercanos, la Primera Guerra Mundial (1914–1918) dejó más de 20 millones de muertos, naciones arruinadas (no solo en el sentido económico de la palabra) y un continente devastado. Causó hambrunas generalizadas y creó las condiciones perfectas para la expansión de la pandemia de gripe que arrasó (acabó con la vida de más personas que la propia guerra). Infraestructuras arrasadas y economías colapsadas, por no hablar de una generación entera perdida en el frente de batalla, así como millones de supervivientes que quedaron de por vida marcados por el estrés postraumático.


Y sin embargo, tras el desastre se firmó el tratado de Versalles, un intento de organización internacional de naciones para evitar guerras, que si bien no prosperó plantó la semilla de la organización de las naciones unidas. Se creó la organización mundial del trabajo (que prohibió la explotación infantil, estableció una jornada laboral, simiente de los sindicatos,…) y al obligar a la mujer a incorporarse de lleno al trabajo, aceleró su incorporación a la vida social, culminando con el derecho al sufragio (al voto), así como la pandemia aceleró la creación de los primeros sistemas nacionales de salud y la cooperación sanitaria internacional para evitar más pandemias.




La segunda gran guerra dejó más de 60 millones de muertos y un mundo destrozado. Pero posteriormente, se creó la estructura global de paz más ambiciosa conocida, la ONU, (con su Corte Internacional de Justicia y agencias especializadas, como la OMS, UNESCO, FAO o UNICEF). Un hito sin precedentes fue la Declaración de los Derechos Humanos, que reconocen los derechos civiles, políticos, sociales y culturales inalienables que tiene cualquier individuo, como respuesta al horror de la guerra (Holocausto); se produjeron avances científicos y tecnológicos gracias a la innovación que espoleó el fin de la guerra (antibióticos como la penicilina, a gran escala, y vacunas que erradicaron enfermedades mortales en aquella época, como la polio o el sarampión, así como la energía nuclear civil, la informática o la exploración espacial), sin olvidar el culmen histórico que supuso el establecimiento de los sistemas de protección social en distintas naciones: sanidad universal para los ciudadanos, educación pública ampliada, sistemas de pensiones, subsidios de desempleo o viviendas sociales. En definitiva, nunca antes tantas personas habían tenido acceso a tanta seguridad material, familiar y social.


Por supuesto que estamos lejos de estos demoledores acontecimientos (aunque nunca se sabe, si dependemos de un megalómano narcisista y frustrado con acceso armamento indefinido y al botón nuclear), pero es necesario, en estos momentos en que estamos viendo la primera ola del tsunami que se nos viene encima, recordar que no somos la primera generación que ha vivido desastres mundiales, ni llegaremos a aquellos extremos (con una recesión económica mundial ya tendremos suficiente). Y sobre todo, que es necesario ser conscientes de que, como hemos visto, los progresos más profundos suelen surgir tras las crisis más devastadoras.




La humanidad tiene una capacidad extraordinaria de reorganizarse y salir fortalecida de las peores crisis, pero igualmente inevitable me parece asumir que, por lo que sea, no podemos evitar tropezar siempre con la misma piedra. No somos capaces de reaccionar hasta que nos la hemos pegado, y bien gorda. De manera que, supuesto llegue el caos, este no será el final sino el principio de una transformación. Y solo de esta perspectiva histórica podemos extraer algo de serenidad o esperanza.

¿Qué? ¿No les consuela? Pues a mí tampoco, pero como decía aquella niñita preguntada por las mascarilla, en pleno COVID: "No puedes respirar del todo, pero es mejor esto que morirte".


sábado, 28 de febrero de 2026

100#. La virtud suprema: Llevarse bien consigo mismo

Después de haber hablado de grandes virtudes humanas, como la valentía, justicia, fortaleza, templanza, prudencia,... y de otras que pasan más desapercibidas (humildad, compasión, generosidad,…) pero que entiendo igualmente relevantes en el proceso de construcción de la persona, me llevo una sorpresa cuando intento dilucidar cual de ellas sería la más importante. La respuesta no es tan fácil. De hecho, no solo me encuentro con que ninguna de ellas destaca significativamente sobre las demás, sino que se me caen los palos del sembrajo cuando concluyo que se trata de otra cualidad distinta.




Por que cualquier competencia humana (sea más física o más espiritual) debe asentarse sobre en una base sólida. Y ese pavimento no puede compactarse sin un prerrequisito: llevarse bien con uno mismo. Sí, por vulgar y simple que suene, ese sentirse satisfecho con lo que uno es (no se engañen dando por sentado que todo el mundo se entiende, y que además se gusta) el Big Bang de nuestra personalidad, el fundamento esencial sobre el que asentamos las primeras.

Quizá el concepto actual que mejor lo describa sea la autoaceptación, pero, sinceramente, me suena demasiado ortopédico; demasiado académico, quizás. Pero tirando del hilo me viene la eudaimonía de los estoicos, que se acerca bastante, puesto que hace referencia al vivir bien, al florecimiento individual, a plasmar con plenitud las capacidades humanas que tiene cada uno.

Sí, parece encajar bien con la idea que tengo en mente. Pero en un momento dado, aparece la noción aristotélica de filautía. El filósofo no la asocia con el narcisismo o egocentrismo sino con un saber quien eres y qué deseas, sin infravalorarte ni lo contrario; actuando según tus valores. De hecho, escribí un post al respecto hace ya años (https://elanimalconsentido.blogspot.com/2017/12/filautia-amor-propio-en-su-justa-medida.html) Cuando leo que la filautía es la amistad hacia uno mismo, salta en mi cabeza el Eureka! definitivo.




Llevarse bien con uno mismo, como concepto, desde luego que es poco erudito, y se le puede tachar de simplón, pero… define tan certeramente la idea que trato de expresar. Por que no se trata solo de establecer una buena amistad con uno mismo, sino disponer de la mejor relación de amistad que uno pueda tener. Y algo no menos relevante: implica la reconciliación con lo que uno es y con la propia existencia.

Decía Gandi que quien no está en paz consigo mismo estará en guerra con el mundo entero. Lo que me parece indudable es que una persona que no está en paz consigo misma está dividida. No sé si decir que se encuentra en conflicto interno constante, pero vive en una desagradable tensión. No tiene por que ser infeliz; puede ser académica o profesionalmente brillante, productiva, admirada,… pero no se siente satisfecha consigo misma. Difícilmente puede vivir de manera plena y virtuosa. Y no solo eso; por muchos logros que alcance, no está capacitada para disfrutarlos

No, llevarse bien con uno mismo no es una virtud más; es la condición que posibilita las demás. La tierra fértil sobre la que se cultivan y crecen las restantes cualidades. La relación que tenemos con nosotros mismos es la cualidad fundacional, que actúa como principio organizador del resto.