jueves, 30 de abril de 2026

No, Donald no está loco

 

Recuerdo cuando los medios de comunicación lo etiquetaban como “showman” o “populista al llegar a la Casa Blanca en su primera legislatura. Posteriormente, más de un periodista lo tildó de “loco”, no tanto como sinónimo de demente sino más bien describiendo a alguien con ausencia de sentido común y comportamiento ilógico.




Para mí, el perfil psicopático del personaje, estaba fuera de toda duda. No obstante, un experto en la materia, el psicólogo Vicente Caballo, lo ha etiquetado en un artículo, dedicado expresamente a él, como Trastorno Narcisista de la personalidad. Un análisis que publicó ya en 2017, y que tras revisarlo para actualizarlo, informa de que no ha tenido que cambiar nada del original, ningún rasgo o indicador clínico ha variado. Lo que significa exactamente eso, que este tipo es exactamente igual que era hace ya casi una década.


¿En qué se basa para hacer este diagnóstico sin haberse entrevistado con el sujeto? Pues en toda esa extensísima gama de conductas que Donald nos ha regalado desde que es el Presidente:


  • -Fantasías de éxito ilimitado: El uso constante de términos como "tremendo" o "maravilloso" y la promesa de hacer a América "grande otra vez", permitiendo que sus seguidores proyecten sus propios deseos en esa frase tan genérica como ambigua.

    -Creencia de ser "especial" y único: Afirma tener un coeficiente intelectual altísimo y solo se relaciona con personas de estatus elevado, sintiéndose por encima de las reglas convencionales.

    -Exigencia de admiración excesiva: Obsesión con su imagen en los medios, los índices de audiencia y la popularidad. Cualquier crítica es percibida como un ataque personal, y no soporta los ataques personales.

    -Sentimiento de privilegio (Entitlement): Expectativas de trato especial y baja tolerancia a la frustración. Un ejemplo extremo es su afirmación de que podría "disparar a alguien en la Quinta Avenida y no perder votantes" .

    -Explotación interpersonal: Utiliza a los demás para sus fines (vendedores a los que no paga, estudiantes de la "Universidad Trump" defraudados) y cosifica a las mujeres

  • -Sentido grandioso de la propia importancia: Trump utiliza "hechos alternativos" para que la realidad encaje con su visión de ser el mejor negociador, el más honesto o el más rico.

  • -Carencia de empatía: Incapacidad para reconocer sentimientos ajenos, ejemplificada en sus burlas a un periodista discapacitado o sus ataques a familias de soldados caídos o descalificaciones a su antecesor o tantas otras mofas groseras.

  • -Envidia hacia otros o creencia de ser envidiado: Clasifica a sus críticos como "losers”, perdedores movidos por la envidia y admira el control "con mano dura" de líderes como Putin. ¿Quien nos iba a decir que admiraría al líder del mayor adversario histórico de su país del siglo pasado?

  • -Arrogancia y soberbia: Actitud despectiva hacia la prensa y los oponentes políticos, a quienes suele insultar de forma impulsiva.




Sin embargo, La Escala de Psicopatía de Hare (PCL-R) es el estándar de oro a nivel mundial para evaluar este constructo. Aplicar la Escala de Hare (PCL-R) a una figura pública como Donald Trump es un ejercicio que varios expertos en salud mental han realizado utilizando la abundante información documental, biográfica y conductual disponible


En los Rasgos Interpersonales y Afectivos es dónde los analistas encuentran mayor coincidencia con el perfil de Trump.

  • Gran locuacidad / Encanto superficial: Se destaca su carisma innegable y su capacidad para dominar escenarios y audiencias a través de la palabra.

  • Sentido grandioso de valía personal: Manifiesta una autopercepción de superioridad extrema, presentándose frecuentemente como el "mejor" en múltiples ámbitos (negocios, inteligencia, política).

  • Mentira patológica: Expertos señalan su uso constante de afirmaciones falsas o exageradas ("hechos alternativos") para moldear la realidad a su conveniencia.

  • Dirección / Manipulación: Se citan ejemplos como sus intentos de influir en funcionarios electorales para cambiar resultados o su trato con socios comerciales.

  • Ausencia de remordimiento o culpa: Trump rara vez (por no decir nunca) pide disculpas o muestra arrepentimiento por acciones que otros consideran perjudiciales.

  • Falta de empatía / Crueldad: Sus comentarios despectivos hacia minorías, migrantes o personas con discapacidad son citados como evidencia de una incapacidad para conectar con el sufrimiento ajeno.

Pero en el segundo grupo de rasgos (de Desviación Social) tampoco se queda atrás:

  • Necesidad de estimulación / Prononéz al aburrimiento: Su constante actividad en redes sociales y la necesidad de atención mediática constante sugieren una búsqueda perpetua de estímulos.

  • Impulsividad: Decisiones políticas o declaraciones repentinas y sin filtrar son vistas como una falta de premeditación.

  • Pobre control de la conducta: Reacciones coléricas ante la crítica y ataques personales frecuentes a oponentes.

  • Problemas de conducta precoces: Biógrafos y familiares han relatado incidentes de agresividad y desobediencia durante su infancia y etapa escolar.

  • Irresponsabilidad y falta de metas realistas: A pesar de su éxito, se critican sus quiebras financieras previas y una gestión que a menudo ignora las consecuencias a largo plazo de sus actos.




En conclusión, el psicólogo Vince Greenwood, valoró a Trump según los items de esta escala y obtuvo una puntuación de 33. 33 puntos sobre 40, superando el umbral de 30 puntos que define la psicopatía clínica en contextos de investigación.


Aunque el Trastorno de la Personalidad Narcisista (TNP) y la Psicopatía (Escala Hare) no son idénticos, sobrepasa la puntuación límite para ser diagnosticado de ambos.


Con estos datos en la mano, lo que me extraña es que alguien se sorprenda del incalificable comportamiento del personaje. Un trastorno de la personalidad no implica enfermedad mental; tan solo una forma muy particular de ser (y tanto). Ninguno de los trastornos mencionados implica enajenación o demencia; más bien lo contrario: el sujeto sabe lo que hace. Sabe por qué lo hace. Pero esto, el por qué, es prescísamente lo que desconocemos

martes, 31 de marzo de 2026

El fin del nuestro mundo no es el fin del mundo

Supongo que no seré el único en tener la sensación de que nuestro mundo se está yendo al garete, entendiendo por nuestro mundo el afortunado entorno sociocultural en que nos hemos criado y en el vivimos. La mala noticia es que todo apunta a que no es una percepción sino de una realidad.




La supremacía de la fuerza como principio organizador, la ausencia de mecanismos de protección de sociedades enteras, la inmensurable crisis económica que se avecina, la obsolescencia de la diplomacia,… Lo estamos viendo todos los días, cualquier día, en la portada de cualquier medio de comunicación, y el resultado no puede ser más desolador. Cuanto más consciente sea uno, más inevitable se vuelve la sensación de que “el fin de nuestro mundo” puede acontecer en cualquier momento. Consecuentemente, mantener la serenidad, intentar consolidar una mínima, pero sólida, esperanza no pude llegar a ser más que un voluntarioso acto de fe.


Y sin embargo, no nos encontramos ante un escenario inédito. Quiero decir, que no es la primera vez que sucede. De hecho a sido mucho peor en ocasiones anteriores.


Si nos molestamos en echar un vistazo a la historia compartida de Occidente, podemos observar que hubo épocas de quiebra brutal del sistema establecido. Así al pronto, bastante peor debieron vivir los romanos la caída del imperio, los europeos durante el contagio irrefrenable de la peste negra o las guerras mundiales del siglo pasado, entre otras. Dirán que me estoy poniendo muy intenso, y sí, estoy en modo catastrófico, pero es que la coyuntura actual no permite ser demasiado optimista (salvo que uno quiera cerrar los ojos y eludirla).


Si profundizamos un poco más y ampliamos la perspectiva, podemos ver que la humanidad ha atravesado momentos históricos en los que parecía que todo rompía, y literalmente, todo se rompía… y aun así, posteriormente, encontró caminos de reconstrucción que volvieron a dar sentido a la vida, permitiendo alcanzar cierta sensación de estabilidad o tranquilidad.


Si nos centramos en alguno de estos ejemplos más cercanos, la Primera Guerra Mundial (1914–1918) dejó más de 20 millones de muertos, naciones arruinadas (no solo en el sentido económico de la palabra) y un continente devastado. Causó hambrunas generalizadas y creó las condiciones perfectas para la expansión de la pandemia de gripe que arrasó (acabó con la vida de más personas que la propia guerra). Infraestructuras arrasadas y economías colapsadas, por no hablar de una generación entera perdida en el frente de batalla, así como millones de supervivientes que quedaron de por vida marcados por el estrés postraumático.


Y sin embargo, tras el desastre se firmó el tratado de Versalles, un intento de organización internacional de naciones para evitar guerras, que si bien no prosperó plantó la semilla de la organización de las naciones unidas. Se creó la organización mundial del trabajo (que prohibió la explotación infantil, estableció una jornada laboral, simiente de los sindicatos,…) y al obligar a la mujer a incorporarse de lleno al trabajo, aceleró su incorporación a la vida social, culminando con el derecho al sufragio (al voto), así como la pandemia aceleró la creación de los primeros sistemas nacionales de salud y la cooperación sanitaria internacional para evitar más pandemias.




La segunda gran guerra dejó más de 60 millones de muertos y un mundo destrozado. Pero posteriormente, se creó la estructura global de paz más ambiciosa conocida, la ONU, (con su Corte Internacional de Justicia y agencias especializadas, como la OMS, UNESCO, FAO o UNICEF). Un hito sin precedentes fue la Declaración de los Derechos Humanos, que reconocen los derechos civiles, políticos, sociales y culturales inalienables que tiene cualquier individuo, como respuesta al horror de la guerra (Holocausto); se produjeron avances científicos y tecnológicos gracias a la innovación que espoleó el fin de la guerra (antibióticos como la penicilina, a gran escala, y vacunas que erradicaron enfermedades mortales en aquella época, como la polio o el sarampión, así como la energía nuclear civil, la informática o la exploración espacial), sin olvidar el culmen histórico que supuso el establecimiento de los sistemas de protección social en distintas naciones: sanidad universal para los ciudadanos, educación pública ampliada, sistemas de pensiones, subsidios de desempleo o viviendas sociales. En definitiva, nunca antes tantas personas habían tenido acceso a tanta seguridad material, familiar y social.


Por supuesto que estamos lejos de estos demoledores acontecimientos (aunque nunca se sabe, si dependemos de un megalómano narcisista y frustrado con acceso armamento indefinido y al botón nuclear), pero es necesario, en estos momentos en que estamos viendo la primera ola del tsunami que se nos viene encima, recordar que no somos la primera generación que ha vivido desastres mundiales, ni llegaremos a aquellos extremos (con una recesión económica mundial ya tendremos suficiente). Y sobre todo, que es necesario ser conscientes de que, como hemos visto, los progresos más profundos suelen surgir tras las crisis más devastadoras.




La humanidad tiene una capacidad extraordinaria de reorganizarse y salir fortalecida de las peores crisis, pero igualmente inevitable me parece asumir que, por lo que sea, no podemos evitar tropezar siempre con la misma piedra. No somos capaces de reaccionar hasta que nos la hemos pegado, y bien gorda. De manera que, supuesto llegue el caos, este no será el final sino el principio de una transformación. Y solo de esta perspectiva histórica podemos extraer algo de serenidad o esperanza.

¿Qué? ¿No les consuela? Pues a mí tampoco, pero como decía aquella niñita preguntada por las mascarilla, en pleno COVID: "No puedes respirar del todo, pero es mejor esto que morirte".


sábado, 28 de febrero de 2026

100#. La virtud suprema: Llevarse bien consigo mismo

Después de haber hablado de grandes virtudes humanas, como la valentía, justicia, fortaleza, templanza, prudencia,... y de otras que pasan más desapercibidas (humildad, compasión, generosidad,…) pero que entiendo igualmente relevantes en el proceso de construcción de la persona, me llevo una sorpresa cuando intento dilucidar cual de ellas sería la más importante. La respuesta no es tan fácil. De hecho, no solo me encuentro con que ninguna de ellas destaca significativamente sobre las demás, sino que se me caen los palos del sembrajo cuando concluyo que se trata de otra cualidad distinta.




Por que cualquier competencia humana (sea más física o más espiritual) debe asentarse sobre en una base sólida. Y ese pavimento no puede compactarse sin un prerrequisito: llevarse bien con uno mismo. Sí, por vulgar y simple que suene, ese sentirse satisfecho con lo que uno es (no se engañen dando por sentado que todo el mundo se entiende, y que además se gusta) el Big Bang de nuestra personalidad, el fundamento esencial sobre el que asentamos las primeras.

Quizá el concepto actual que mejor lo describa sea la autoaceptación, pero, sinceramente, me suena demasiado ortopédico; demasiado académico, quizás. Pero tirando del hilo me viene la eudaimonía de los estoicos, que se acerca bastante, puesto que hace referencia al vivir bien, al florecimiento individual, a plasmar con plenitud las capacidades humanas que tiene cada uno.

Sí, parece encajar bien con la idea que tengo en mente. Pero en un momento dado, aparece la noción aristotélica de filautía. El filósofo no la asocia con el narcisismo o egocentrismo sino con un saber quien eres y qué deseas, sin infravalorarte ni lo contrario; actuando según tus valores. De hecho, escribí un post al respecto hace ya años (https://elanimalconsentido.blogspot.com/2017/12/filautia-amor-propio-en-su-justa-medida.html) Cuando leo que la filautía es la amistad hacia uno mismo, salta en mi cabeza el Eureka! definitivo.




Llevarse bien con uno mismo, como concepto, desde luego que es poco erudito, y se le puede tachar de simplón, pero… define tan certeramente la idea que trato de expresar. Por que no se trata solo de establecer una buena amistad con uno mismo, sino disponer de la mejor relación de amistad que uno pueda tener. Y algo no menos relevante: implica la reconciliación con lo que uno es y con la propia existencia.

Decía Gandi que quien no está en paz consigo mismo estará en guerra con el mundo entero. Lo que me parece indudable es que una persona que no está en paz consigo misma está dividida. No sé si decir que se encuentra en conflicto interno constante, pero vive en una desagradable tensión. No tiene por que ser infeliz; puede ser académica o profesionalmente brillante, productiva, admirada,… pero no se siente satisfecha consigo misma. Difícilmente puede vivir de manera plena y virtuosa. Y no solo eso; por muchos logros que alcance, no está capacitada para disfrutarlos

No, llevarse bien con uno mismo no es una virtud más; es la condición que posibilita las demás. La tierra fértil sobre la que se cultivan y crecen las restantes cualidades. La relación que tenemos con nosotros mismos es la cualidad fundacional, que actúa como principio organizador del resto.




sábado, 31 de enero de 2026

Del caos nace la luz. Del accidente de Adamuz nace la esperanza

 

Estábamos todos tensos en el centro cívico en donde fuimos convocados a primera hora de la mañana. Y no era para menos.

En las amplias instalaciones había un constante ir y venir de profesionales: personal sanitario, médicos, psicólogos,...; representantes del ayuntamiento, de las empresas ferroviarias (Adif e Yrio), de la Junta de Andalucía, etc., incluyendo a sus correspondientes coordinadores y jefes, aparte de las fuerzas del orden (policía local, nacional y guardia civil). Sin embargo, este bullicio no era tan desconsolador como el que había en el enorme salón de actos de aquel centro, en donde se acumulaban los familiares y allegados de las víctimas del accidente: familiares solos o por parejas, de adultos o mayores, pequeños grupos de allegados o familiares con numerosos miembros. Todos afligidos, todos angustiados, solo a la espera de la peor de las noticias, que no terminaba de llegar.

Los intervinientes seguíamos expectantes, supeditados a la identificación y certificación oficial que debía traer la guardia civil desde el Instituto Médico Legal de aquellos viajeros/as desaparecidos/as tras el accidente del Yrio y el Alvia. Una tarea nada fácil, y sobre todo meticulosa (a través de las huellas dactilares, análisis del ADN, etc.), que ampliaban insufriblemente los tiempos de espera. En nuestro lado, sin embargo, se mezclaban la compasión por los dolientes con la sensación que tiene un jugador cuando el entrenador le dice que vaya calentando por la banda, sin llegar nunca a saltar al campo de juego.

Nuestro binomio de psicólogos ya estaba organizado, asignándonos sobre la marcha a una médico voluntaria. Nos dijeron el número del despacho de la segunda planta adjudicado, y en donde se presentaría la familia. Durante la espera, conversamos con nuestra facultativa sobre nuestras respectivas experiencias en intervención en emergencias, salimos a buscar más sillas (por si la familia era numerosa), y hasta me dio tiempo a curiosear por la mesa del despacho o intentar cerrar la puerta de un armario que no encajaba bien, hasta que llegué a una gran fotocopiadora. Encima de ella, y pegada la pared, había un pequeño cartel fijado con chinchetas. Pensé que se trataría una advertencia o indicación de uso del aparato, pero no, no tenía nada que ver. Sencillamente era una de esas frases motivadoras que a alguien le pareció lo suficientemente inspiradora como para escribirla en un cartón y pincharla allí. Decía: “No hay que tener miedo a equivocanos; hasta los planetas chocan y del caos nacen las estrellas” (Charles Chaplin).




No veía tan directa la relación de la primera proposición de la frase con la segunda, pero esta última no me dejó indiferente. En aquel momento varias personas, un tanto desubicadas, empezaron a entrar en el despacho. Eran los siete miembros de la familia que íbamos a atender, a los que dimos nuestras más sinceras condolencias, y acto seguido, la pareja de la Guardia Civil que los acompañaba les invitó a sentarse. Sin más dilación, procedió con absoluta profesionalidad a acometer su misión: certificar a la familia que Natividad había fallecido en el accidente de trenes de Adamuz.

Casi 24 horas después del desastre, todos ya parecían tener asumida la pérdida, aunque nadie puede realmente aceptar algo tan crudo hasta que las pruebas y análisis forenses lo confirman fehacientemente. Tras las explicaciones sobre pasos a seguir a continuación y resolución de las dudas de la familia, los agentes se pusieron a su disposición, facilitaron su número de teléfono, y a continuación, abandonaron de la estancia para continuar con su aciago cometido.

Por nuestra parte, la propuesta de apoyo o acompañamiento psicológico no tuvo mucha cabida. Aquellos tío, marido e hijos de la fallecida estaban agotados tras tantas horas de espera, en las que soportaron estóicamente la incertidumbre, que como espada de Damocles, se cernía sobre sus cabezas. Unos deseaban volver a Huelva, otros pensaban que era mejor acompañar a los hospitalizados: un adulto (hijo de la fallecida) y tres menores de edad (su hijo, y un sobrino y otra sobrina). De hecho, el portavoz de la familia añadió que, precisamente a este sobrino acababan de darle el alta hospitalaria. Lo único que deseaban era abandonar aquel inhóspito lugar y decidir que hacer, por lo que nos despedimos de ellos, quedando disponibles para lo que nos requirieran.

No tuvimos más intervenciones aquel día, y llegado a casa apenas dispuse de tiempo de cenar algo y acostarme, puesto que ya sabíamos que al día siguiente continuaríamos interviniendo. Vi las noticias en la televisión para ponerme al día de las últimas novedades del accidente, y en el canal 24h mostraron una serie de titulares de la prensa matutina. Uno de ellos captó mi atención, supongo que por lo sencillo y humano que me pareció: Buscan al niño que socorrieron en Adamuz: “Nos acordamos mucho de ti, Guillermo”. El mensaje era de Ángel, propietario de un bar de la localidad, que estuvo atendiendo, como tantos convecinos, a las víctimas conforme iban apareciendo.




Ya en la cama, intentando conciliar sueño, recordé que el portavoz de la familia lo nombró. Dijo el nombre de su sobrino: “Guille acaba de salir del hospital”.

Me pareció improbable que hubiera más de un Guillermo entre los pocos niños hospitalizados, así que asumiendo que Guille = Guillermo, pensé que debía llamar a Ángel.

Al día siguiente, tras un par de horas en el centro cívico, volví a revivir, como en aquella película del día de la marmota, el deambular de personas del día anterior. Mientras me llamaban para atender a la siguiente familia, se me ocurrió buscar a los miembros de la de Guillermo, pero tras un minucioso rastreo no encontré a nadie. Ciertamente, ya no tenían por qué volver a aquel lugar, del que dudo guarden buen recuerdo. Una parte de la familia habría vuelto a casa, y los que no, estarían en el hospital a la espera de noticias de los heridos.

Pero a media mañana, volviendo a escrutar el salón de actos, divisé al fondo un rostro conocido; un miembro de la familia (el hermano de Natividad). Me acerqué a él; tras saludarlo y reconocerme, le pregunté por el resto de familiares, y acto seguido, le comenté la noticia de Ángel. Entendió perfectamente las situación y no dudó en darme su número de teléfono para que pudiera contactar con ellos, y por extensión, con Guillermo.

Ahora sí; ya podía intentar encontrarle. Una tarea tan fácil como buscar en google el nombre del bar y telefonear directamente. él mismo cogió el aparato y respondió a mi llamada. Me presenté como psicólogo de emergencias, dije que había visto la noticia y le llamaba para confirmarle que Guille había sido dado de alta hospitalaria y disponía del teléfono de la familia. Aunque algunos datos familiares no coincidían con los míos, cumplí con mi cometido. Aquel hombre se mostró tan abierto y generoso como esperaba. Me despedí de él, de una persona que encajaba a la perfección en el concepto que siempre hemos tenido de lo que es una buena persona.

Volví a la sala de estar de los equipos de intervención a esperar novedades. Tuvo que pasar un buen rato hasta que volvimos a ser convocados, y en un momento dado, mientras esperaba, me vino a la mente un pensamiento insólito. Igual que docenas de otras cavilaciones y elucubraciones no tienen más sustancia, aquella me pareció reveladora.

Recordé la frase del cartelito de la fotocopiadora del día anterior. “...hasta los planetas chocan, y del caos nacen las estrellas”. Una afirmación que puede parecer, al pronto, contradictoria, pero que, sin embargo, no es falsa. Es como funciona el Universo, es la forma en que el mundo y la vida que conocemos. 

Del caos nacen las estrellas.

En mitad del desastre aparece un destello de luz.

En mitad de un aluvión de pérdidas, de vínculos que se malogran, surge una conexión entre dos personas muy diferentes. Se crea un vínculo entre dos desconocidos. Se genera una conexión especial entre ellos que ya durará para siempre.

Quizá desconcertante, pero inexorable; como la vida misma

miércoles, 31 de diciembre de 2025

99#. El poder transformador de la gratitud

Aprovechando estas fiestas navideñas, y las connotaciones reflexivas que deberían tener, quiero hablar de una cualidad humana que suele pasar inadvertida. El psicólogo Martin Seligman la llamaría "fortaleza personal", y estoy completamente de acuerdo en ello por su transcendencia. Y sin embargo, la gratitud es una de las dotes más inmerecidamente subestimadas.




No hablo del simple "gracias" que verbalizamos, muchas veces de forma automática, cuando recibimos algo, por que nos estaríamos refiriendo al agradecimiento. No, me refiero a algo mucho más profundo y sustantivo; al sentimiento que sustenta ese "gracias"; al hecho de sentirse genuinamente agradecido. Un sentimiento honesto, cálido y expansivo, que nace cuando somos capaces de hacer una pausa consciente y valorar todo lo que tenemos, todo lo que disfrutamos, todo aquello que somos capaces de sentir, experimentar y degustar.

Sin embargo, en no pocas ocasiones, esta poderosa emoción pasa desapercibida; o peor aún, es despreciada. Me encuentro constantemente con personas que, atrapadas en el ajetreo y la búsqueda incesante de "más", no son plenamente conscientes de los innumerables motivos por los que no podemos estar más que agradecidos a la vida. Que desconocen un axioma vital esencial: la felicidad auténtica no es tanto la ausencia de problemas como la capacidad de disfrutar de la vida a pesar de ellos.




Vivimos en un pequeño oasis. Un remanso de paz y oportunidades, de privilegios, dentro de una minoría global en un mundo cada vez más convulso. Vivimos en una sociedad donde existe, de entrada, un sistema democrático de gobierno. Un lujo que quizá demos por sentado, pero que solo disfrutamos unos pocos (actualmente, menos del 7% de la población mundial vive en una democracia plena). De hecho, asistimos a una preocupante recesión global, puesto que los totalitarismos y sistemas autoritarios no dejan de aparecer y expandirse. La libertad de expresión, la capacidad de elegir a nuestros líderes, la seguridad jurídica, la atención sanitaria, etc. son los pilares fundamentales que sustentan nuestra paz, física y mental, pero que millones de personas no pueden disfrutar.

En este espacio privilegiado tenemos un techo bajo el que cobijarnos, alimento en la mesa, acceso a agua potable, saneamientos,... Necesidades básicas de la existencia que miles de millones de seres humanos no pueden disponer en su vida (por dar algún dato, casi el 10 % de los habitantes del planeta pasan hambre y 1 de cada 4 aún carecen de acceso a agua gestionada de forma segura). Y no solo eso, disponemos de un Estado que organiza la vida social, con unas Instituciones que garantizan (o tratan de) que podamos disfrutar de derechos humanos, (privilegios aún más escaso en el resto del mundo). Podemos opinar, disentir, ser diferentes, planear un futuro sin miedo, y un largo etcétera de derechos que quizá no valoramos en su justa medida. 

Finalmente, gracias a estos pilares permiten que podamos establecer relaciones satisfactorias y vínculos sanos con nuestros iguales (sentirnos parte de una comunidad), vivir con dignidad y, por si fuera poco, que cada persona pueda desarrollarse plenamente, tratando de llegar a ser lo que decida (autorrealización).  

Difícilmente se le puede pedir más a la vida. Pero hay que poder verlo, hay que tener conciencia de ello. Y esta es la razón por la que considero a  la gratitud como un superpoder.  Por que si somos capaces de salir de las quejas habituales, injusticias varias, frustraciones cotidianas, y elevarnos por encima de nuestro nivel de conciencia estándar, podemos alcanzar una perspectiva más amplia y realista del mundo; y es esta la que nos permite corregir y recalibrar los ojos con los que vemos la vida. No, no cambia el mundo exterior (al menos, no de inmediato), pero transforma nuestro mundo interior, y no les quepa duda, ¡esto ya es mucho!




Recuerden las palabras de los sabios e irrepetibles Monty Phyton, en su inmortal película "La vida de Brian" (que les recomiendo encarecidamente vean en estos días tan apropiados):

Vienes de la nada,

vuelves a la nada

¿Qué has perdido?

¡Nada!

¿Cómo no sentirnos agradecidos si desde nuestro nacimiento hasta nuestra muerte todo es beneficio, todo es ganancia? La gratitud es un sentimiento profundo, un sentimiento de plenitud, antídoto contra la amargura y el resentimiento. Nos saca del bucle del victimismo y nos fortalece, incrementando nuestra resiliencia, nuestro optimismo. Nos capacita para encontrar soluciones donde antes solo veíamos obstáculos, pero por encima de otra cosa, nos permite valorar la vida y apreciar lo que se tiene. Empiecen a practicarla, a entrenarla, hasta convertirlo en un rasgo de la personalidad, por que no encontrarán otra forma más sana y gratificante de vivir la vida.

A todo esto... ¡Felices fiestas! 





domingo, 30 de noviembre de 2025

Tenemos un problema: No solo educa la Educación.

La creencia de que la educación lo es todo no solo es solo una frase hecha. Es una realidad palpable, un hecho contrastable, además, a lo largo de historia de la humanidad.



Obviamente, cuando hablo de Educación no me refiero a la mera adquisición de conocimientos o datos, puesto también incluye el descubrimiento y desarrollo de habilidades y destrezas personales. Pero por encima de estas, la relevancia suprema de la educación radica en las actitudes que promueve mientras se llevan a cabo tales aprendizajes. Me refiero a que siembra y cultiva los valores universales que nos hacen seres humanos

Más sustancial que datos o destrezas, es la transmisión (tan sutil como consustancial) de actitudes éticas hacia la vida; de esas predisposiciones que finalmente son las que nos humanizan, como el respeto, la tolerancia, la templanza, la responsabilidad, la solidaridad,... 

La educación es el proceso que nos convierte en ciudadanos conscientes y seres morales, capaces de aportar al bien común y de adaptables a las circunstancias cambiantes de la vida de la forma más sensata.

Es innecesario abundar más en el concepto, puesto que su relevancia cae por su propio peso: La educación no es un pilar sustancial de una sociedad. Es EL pilar esencial de una cultura.

Nos engañaríamos si restringimos su significado a los aprendizajes obtenidos en la formación reglada, puesto que el papel protagonista lo juegan los aprendizajes que se adquieren en la familia, en el entorno en donde se cría el individuo. De lo que no estoy tan seguro es de que todo el mundo sea consciente de un punto crítico: todos los demás estímulos o interacciones que llegan al sujeto también lo educan.

De igual manera que no se puede no-comunicar, tampoco se puede no-educar. Educa la escuela y educa la familia; educan los libros y educan los amigos; pero también educa internet. Educan las películas que ven los críos. Educan los videojuegos a los que dedican su tiempo libre. Educan las redes sociales a las que también le echan sus horas.

Y el problema no reside en que pueda entenderse como una pérdida de tiempo (ojalá solo fuera eso), sino en que esos videojuegos, redes sociales, y artefactos diversos que puedan llegar a través de internet, se diseñaron para conseguir captar la atención del usuario. Exclusivamente para esto, por lo que dudo que ningún desarrollador reparara en las actitudes que se transmiten con estos aprendizajes.



La educación es al alma humana lo que la escultura a un bloque de mármol. Juegos competitivos, y/o violentos, y/o hiperestimulantes, y/o absorbentes promueven en sus consumidores idénticas actitudes ante la vida. Y sin embargo, nadie parece darle importancia al hecho de que aunque un crío le dedique la mañana a la educación reglada, igualmente se la dedica a actividades virtuales (sea televisión, internet, videojuegos, redes sociales, etc.), y los contravalores que estas promueven ganan a los valores antes mencionados.

De manera que no podemos quejarnos de que la juventud sea mal hablada, o egoísta, o individualista, o cruel,... por que esas actitudes son las que se les están enseñando, y ellos adquiriendo, en el entorno virtual. Y cuanto más tiempo y atención le dediquen, más enraizarán esas disposiciones.

Nuestra principal preocupación debería ser que las pantallas se están convirtiendo en la principal fuente de influencia y socialización, por cantidad de tiempo, de los menores de edad. Y no creo que seamos conscientes del daño que va a suponer el uso sin control de internet (y su falta absoluta de criterio ético) en las mentes de nuestros menores.

Los niveles déficits de atención así como la impulsividad no dejan de aumentar, y el uso de pantallas se asocia con un lenguaje más pobre. La empatía no se puede desarrollar sin el trato presencial con nuestros semejantes de la misma manera que la habilidad para la resolución de problemas. Las incidencias en el ámbito de la salud mental no dejan de crecer (no solo la predisposición a conductas adictivas, sino síntomas de ansiedad, depresión y baja autoestima). Por no hablar de las actitudes o contravalores mencionados: intolerancia, egocentrismo, aislamiento, polarización,...  

No era mi intención quejarme tanto, pero al parecer, este aprender a ser humano cada vez se asemeja más a la lucha de David contra Goliat. Y me temo que no puedo ser optimista respecto a cómo vamos a vencer al gigante digital.