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viernes, 28 de febrero de 2025

La desinformación es el veneno que mata la democracia

La desinformación, palabro de reciente cuño pero que se está convirtiendo en uno de los términos más usados en internet, se intuye malsano (quizá por las connotaciones negativas que suele tener el prefijo des-) pero no necesariamente nocivo, ni mucho menos catastrófico. Pero, fíjense, que estoy convencido de que es la piedra de toque que nos ha llevado a que, actualmente, el orden mundial esté patas arriba.




A partir del momento en que la información que un individuo recibe se puede segmentar, y esto es lo que sucede cuando la obtenemos del vasto universo de internet, el camino de la información se desdobla, abriéndosenos una nueva vía a la derecha.

Nadie obliga a nadie a tomarla, pero resulta que ese desvío no tiene mala pinta. De hecho es una alternativa bastante tentadora. En primer lugar, por ser de tan cómodo ingreso (si dispones de acceso a internet, ya se encargan las redes sociales y entes similares de hacerte fácil fácil la entrada), y en segundo lugar, por ser más atractiva (la cercanía emocional del formato de tú a tú supera con creces el vínculo que se puede crear con la lectura de noticias o el presentador de televisión clásicos). A esto habría que añadir, en algunos casos, la recompensante sensación de estar descubriendo un atajo, que encima parece más placentero y novedoso (explicado por el famoso sesgo de confirmación).

Mientras que la carretera convencional por la que circulamos es fiable y está verificada, la maravillosa autovía que se nos abre no ofrece ninguna prueba sobre su validez y confiabilidad. De hecho, nadie nos ha dicho que es esta vía tendrá un coste; un pago que realizaremos a cambio de permitirles que nos manipulen.




Pues esa es la autovía de la desinformación, entendida como la difusión de contenidos (datos, hechos, ideas,...) falsos o engañosos, compartidos deliberadamente y con la intención de engañar o confundir a los receptores.

En un mundo lleno, repleto, incluso desbordado, de información, es fundamental tener un mínimo de pensamiento crítico, para entender y utilizar los medios de manera efectiva. Aquí cobra todo su sentido el concepto de alfabetización mediática, que como pueden intuir, es la capacidad de crear y evaluar contenidos en los distintos medios de comunicación. Presupone identificar las fuentes de información fiables y objetivas así como valorar la credibilidad de la información concreta que estemos tratando.

Pero es más frecuente de lo que quisiera que no seamos conscientes de la diferencia entre información y opinión. La primera aporta contenidos objetivos, más o menos precisos, y sobre todo, verificables; ni que decir tiene que excluye juicios de valor o interpretaciones personales, puesto que su intención es la de describir la realidad de la manera más veraz posible. La opinión, sin embargo, incluye sobre todo, la valoración de los contenidos por parte del autor. Es una interpretación subjetiva, pero suele presentarse de manera que parece ser veraz y confiable, lo que la hace más difícil de detectar, pero ¡ojo!, no es información.

El problema sobreviene cuando creemos que estamos adquiriendo información y lo que nos están vendiendo es opinión.




Si el proyectil de la opinión lo cargamos en el arma de las redes sociales, encontramos el mecanismo perfecto para la disparar la desinformación. Puesto que las redes sociales son asequibles, accesibles, entretenidas y, además, gratuitas. Nada ni nadie nos asegura que la información que nos provean sea cierta o esté, al menos, contrastada, y si las usamos sin capacidad crítica, estamos internándonos en el ecosistema ideal en que prosperan narrativas populistas. Muy parecidas a la realidad, pero están sesgadas, cargadas de la retorcida intención de cambiar nuestra percepción del mundo y la sociedad, por sutilmente que lo hagan.

Y así hemos llegado al punto en que nos hallamos. Los líderes autoritarios no solo se están organizando para convencernos con sus fake news, sino que lo están consiguiendo. Ya estamos viendo la arbitrariedad con que están actuando los populistas más poderosos. Inmiscuyéndose en la política de otros países (para sacar su propio beneficio), amenazando con anexionarse territorios con el único argumento de ser más fuerte, tergiversando descaradamente los hechos (Trump acusa a Ucrania de haber iniciado la guerra con Rusia). De hecho, hoy me he despertado con la noticia de que uno de los tipos más ricos del planeta, y propietario de un reputado medio de información (Washington Post), ha ordenado que en su periódico solo se hable de los temas que a él le interesan (las libertades personales y el libre mercado).

Comprobaremos que las soluciones rápidas y fáciles que proponen son injustas y desequilibradas. Pero sobre todo, descubriremos que los ciudadanos les votaron por entender que eran la mejor opción para defender los intereses públicos, cuando en realidad solo defienden un único interés: el suyo.

Va a ser que Nostradamus solo era un pensador enrevesado. Día tras días se nos confirma que el auténtico visionario y profeta era George Orwell.




jueves, 30 de enero de 2025

Malos tiempos para las democracias

 

El ascenso de los autoritarismos en los gobiernos europeos ya era ser más que preocupante hasta que las elecciones estadounidenses, país abanderado de la lucha por las libertades y derechos ciudadanos, además de defensor incondicional de la democracia como sistema político, ha señalado como presidente del país a un déspota.




Desde el fin de la segunda guerra mundial, el camino recorrido por las democracias occidentales para alcanzar estas conquistas sociales ha sido constante, aunque lento y accidentado. Formaba parte del espíritu de reconstrucción de la época, apostando por el progreso de la sociedad, con el que todos nos congratulábamos. Una aspiración legítima dirigida a alcanzar mayores cotas de bienestar, y en general, de humanidad.

Pero esta inspiración, desde hace años, parece estar dejando de serlo. Desde principios de este siglo podemos observar un serio deterioro, indicativo (me temo) de que hemos dejado de creer en aquel  magnánimo sueño. Y no puedo dejar de preguntarme... ¿por qué los ciudadanos han empezado a votar a déspotas y lideres autoritarios?

Quizá la principal causa, por obvia, sea la crisis económica. Que dicho sea de paso no debíamos denominarla "crisis", por que en realidad es un elemento constitutivo, forma parte del funcionamiento del sistema económico capitalista, pero es innegable su relevancia. Las dificultades económicas además de las desigualdades sociales y falta de oportunidades, han generado un creciente descontento social que provoca el descreimiento en el sistema democrático si este no sirve para mejorar sus condiciones básicas de vida.

La inmigración, y la interpretación como amenaza por parte de las comunidades acogedoras, sería otra causa sustancial. El temor a la disolución de identidad no aparece tan central cómo la inseguridad y pérdida de recursos que supone la llegada de inmigrantes.

Pero por otra parte, la polarización política, que presupone denostar la característica fundacional de cualquier democracia (que no es otra el diálogo, el entendimiento, la negociación, alcanzar acuerdos...) se traslada a los individuos. Jaleados y enardecidos por los propios políticos, empiezan a ser usados como tropas de infantería en el frente, generando una crispación social que aboca al enfrentamiento ideológico descarnado entre ciudadanos.

Esta ficha del dominó que cae tumba a la siguiente. El debilitamiento de las instituciones democráticas, que se muestran inoperantes (en el mejor de los casos), origina una creciente falta de confianza de la ciudadanía en los partidos políticos y parlamentos, y junto con ellos, también en la credibilidad de los medios de comunicación tradicionales. El resultado es una erosión inédita en la legitimidad de la democracia.

Seguro que hay más factores a valorar, y no soy experto ni entiendo demasiado de geopolítica, pero tengo ojos y cierta capacidad crítica. Al menos la suficiente para ser capaz de observar estos indicios y ser capaz de elaborar una hipótesis sólida: nuestras democracias están al borde del precipicio.




Por que todos estos ingredientes conforman el caldo de cultivo propicio para que líderes políticos populistas logren relevancia y apoyo social. Proponiendo soluciones simples y rápidas, convencen al electorado en base a esa necesidad de orden y seguridad que todos tenemos, pero que todos sabemos que no son soluciones factibles. Quizá basados en la misma esperanza que tenemos cuando compramos un décimo de lotería, prefieren votar un cambio, aunque se pueda anticipar que no va a ser la panacea (ni mucho menos).

Llegamos, pues, al insidioso nacimiento de los populismos que mencioné al principio. Proponiendo argumentos racistas y xenófobos, resaltando el amor patrio o nacionalismos, empiezan a copar el poder para centralizarlo. 



¿Qué esperar a partir de aquí? Pues siguiendo el (inexorable) axioma de que la historia se repite, veremos como se resentirá el estado de derecho y agonizarán las democracias. La corrupción y el nepotismo aumentarán y no será precisamente para reducir las desigualdades sociales o cubrir las carencias de la población.

La falta de mecanismos de control, por que libertad de prensa y de expresión se verán seriamente restringida, incidirá directamente en la supresión de la oposición política y manipulación de elecciones, con lo que finalmente, tendrán el camino expedito para desarticular los derechos y libertades individuales y sociales conquistadas.

Este crecimiento de los autoritarismos sería menos inquietante si su peso no fuera excesivo. Pero, héteme aquí que llegan las elecciones americanas y la Casa Blanca cae en manos de un populista.

De golpe y porrazo, un delincuente se alza con el poder de EEUU, y su adversaria, fiscal del Estado de profesión, pierde las elecciones. 

Derrota por KO.

Capone gana a Elliot Ness. 

Sin más, Superman se nos ha convertido en Lex Luthor.