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sábado, 28 de febrero de 2026

100#. La virtud suprema: Llevarse bien consigo mismo

Después de haber hablado de grandes virtudes humanas, como la valentía, justicia, fortaleza, templanza, prudencia,... y de otras que pasan más desapercibidas (humildad, compasión, generosidad,…) pero que entiendo igualmente relevantes en el proceso de construcción de la persona, me llevo una sorpresa cuando intento dilucidar cual de ellas sería la más importante. La respuesta no es tan fácil. De hecho, no solo me encuentro con que ninguna de ellas destaca significativamente sobre las demás, sino que se me caen los palos del sembrajo cuando concluyo que se trata de otra cualidad distinta.




Por que cualquier competencia humana (sea más física o más espiritual) debe asentarse sobre en una base sólida. Y ese pavimento no puede compactarse sin un prerrequisito: llevarse bien con uno mismo. Sí, por vulgar y simple que suene, ese sentirse satisfecho con lo que uno es (no se engañen dando por sentado que todo el mundo se entiende, y que además se gusta) el Big Bang de nuestra personalidad, el fundamento esencial sobre el que asentamos las primeras.

Quizá el concepto actual que mejor lo describa sea la autoaceptación, pero, sinceramente, me suena demasiado ortopédico; demasiado académico, quizás. Pero tirando del hilo me viene la eudaimonía de los estoicos, que se acerca bastante, puesto que hace referencia al vivir bien, al florecimiento individual, a plasmar con plenitud las capacidades humanas que tiene cada uno.

Sí, parece encajar bien con la idea que tengo en mente. Pero en un momento dado, aparece la noción aristotélica de filautía. El filósofo no la asocia con el narcisismo o egocentrismo sino con un saber quien eres y qué deseas, sin infravalorarte ni lo contrario; actuando según tus valores. De hecho, escribí un post al respecto hace ya años (https://elanimalconsentido.blogspot.com/2017/12/filautia-amor-propio-en-su-justa-medida.html) Cuando leo que la filautía es la amistad hacia uno mismo, salta en mi cabeza el Eureka! definitivo.




Llevarse bien con uno mismo, como concepto, desde luego que es poco erudito, y se le puede tachar de simplón, pero… define tan certeramente la idea que trato de expresar. Por que no se trata solo de establecer una buena amistad con uno mismo, sino disponer de la mejor relación de amistad que uno pueda tener. Y algo no menos relevante: implica la reconciliación con lo que uno es y con la propia existencia.

Decía Gandi que quien no está en paz consigo mismo estará en guerra con el mundo entero. Lo que me parece indudable es que una persona que no está en paz consigo misma está dividida. No sé si decir que se encuentra en conflicto interno constante, pero vive en una desagradable tensión. No tiene por que ser infeliz; puede ser académica o profesionalmente brillante, productiva, admirada,… pero no se siente satisfecha consigo misma. Difícilmente puede vivir de manera plena y virtuosa. Y no solo eso; por muchos logros que alcance, no está capacitada para disfrutarlos

No, llevarse bien con uno mismo no es una virtud más; es la condición que posibilita las demás. La tierra fértil sobre la que se cultivan y crecen las restantes cualidades. La relación que tenemos con nosotros mismos es la cualidad fundacional, que actúa como principio organizador del resto.




viernes, 30 de septiembre de 2022

75#. Una mente concentrada es una mente feliz

Nuestro cerebro es una herramienta, un mecanismo superespecializado de nuestro sistema nervioso, que fue evolucionado con el fin último de conservar la integridad del organismo, esto es, nuestra supervivencia. Aparte de las funciones hemostáticas s básicas para el funcionamiento cotidiano (respiración, temperatura, presión sanguínea,...), nuestro cerebro se tuvo que ir haciendo experto en resolver toda circunstancia que comprometiera dicha supervivencia. De hecho, la definición más básica de inteligencia es esa, la capacidad para resolver los problemas que se plateen. Y realmente, los seres humanos somos buenos en eso.

 



Como no hay parto sin dolor, ni discapacitado mental sin transistor, esta complejísima herramienta tiene otra cara. Tan especializado está en resolver dificultades que llega un momento en que las necesita para poder funcionar bien; como un motor requiere de combustible o cualquier organismo vivo necesita nutrientes. Desde luego, lo que no parece ir con él es el ocio, estar desocupado. Cuando nuestro órgano rector no tiene nada qué hacer, divaga. Y este deambular, ese funcionamiento sin rumbo cierto genera insatisfacción.

Si eres un martillo, todo te parcerán clavos. Cuando nuestra mente no tiene problemas que resolver, los crea. Las preocupaciones que antes eran secundarias saltan a la palestra y se convierten en circunstancias relevantes que necesitan ser resueltas. Esta sería la base de los trastornos de tipo neurótico, desde la ansiedad generalizada a los trastornos obsesivos compulsivos. Como dice Jorge Barraca "pensar demasiado solo genera infelicidad".

Las consecuencias que se derivan de este funcionamiento difuso y sin objetivo no son triviales, puesto que según los estudios, dedicamos casi al mitad de nuestro tiempo a divagar, a no estar presentes en el momento. El simple hecho de que nuestra mente vagabundee es fuente de infelicidad, pero afortunadamente, también ha quedado suficientemente avalado que cuando nos centramos en lo que estamos haciendo es cuando nos sentimos más satisfechos, felices. Por tanto, centrarse en un objetivo, concentrarse en el presente es la forma más natural para que nuestro cerebro cumpla su función, y para que nos sintamos plenos

 


Respaldo histórico encontramos ya en la sabiduría legada por nuestros antepasados, véase creencias religiosas, corrientes filosóficas o doctrinas psicológicas, que le prestaron atención al bienestar, a la felicidad. Y las más válidas coinciden en señalar que la felicidad se alcanza en la medida en que uno sea capaz de vivir el momento presente, estar en el aquí y ahora.

El exitoso mindfullness actual ha puesto de relieve una de las más antiguas estrategias al respecto: la meditación. El ejercicio de limpiar la mente de pensamientos y tratar de concentrarse en lo que sucede dentro, sin atarnos a ello ni juzgarlo, dejando que pase por nosotros. Y cuando digo ejercicio me refiero a esto, a que es un acto que hay que entrenar para asentarlo y convertirlo en un hábito saludable. De más de 190 estudios al respecto, se extrae que su práctica disminuye el estrés, mejora nuestra autoestima y estabilidad emocional, además de fortalecer conductas prosociales (empatía, generosidad y conexión con los demás). La meditación centra nuestra mente, la fortalece, y a la vez, la sosiega.

Por contra, en el extremo opuesto nos encontramos con el concepto de Flow, que acuño el psicólogo Csikszentmihalyi, que identifica con aquellas experiencias placenteras en sí mismas, en la que nos involucramos plenamente, hasta el punto de perder la noción del tiempo, y esto a pesar del coste que nos supone. Es posible que hayan tenido esta experiencia al practicar a fondo su deporte favorito, o relaciones sexuales apasionadas, o en cualquier otra actividad haya sido capaz absorber su atención.

Aunque puedan parecer antagónicas, puesto que la meditación es más holística y serena y el flow es un estado profundo de absorción entusiasta, quizá no lo sean tanto. Quiero decir que en la primera nos centramos en la no-actividad (que no es inactividad) mientras que en la segunda nos zambullimos plenamente en una actividad, pero no pierdan de vista el factor que las une: la atención. En ambas experiencias, la atención es el factor determinante; centrar nuestra mente en algo. 

Deténganse a reflexionar sobre ello. Vamos al gimnasio para entrenar nuestro cuerpo, a fin de fortalecerlo. Llevamos nuestro coche a revisión para tenerlo a punto y nos sea útil. Y sin embargo, a nuestra mente, la herramienta más sofisticada y útil que nunca tendremos, apenas le prestamos atención (nuevamente la palabra clave). 

Quizá sea por que todos tenemos una, y además nos viene de serie, como el equipamiento del coche. Sin embargo, rara vez reparamos qué contenidos tiene o cómo los maneja. De manera que es probable que no la estemos usando bien (o no aprovechemos todas sus posibilidades) ni estemos haciéndole las revisiones necesarias para que nos dure lo máximo posible y en las mejores condiciones

Recuerdenlo, disponen de un pura sangre pero igual lo están usando para cargar fardos de paja o pasear a los niños en la feria.  


lunes, 27 de diciembre de 2021

69#. La Serenidad es la sustancia de que está hecha la felicidad

Recientemente ha saltado a la opinión pública un caso de suicidio por su trascendencia mediática. Corrió como la pólvora la muerte de la actriz almodovariana y lo inexplicable del suceso. Los comentarios de allegados y conocidos eran los esperados, por que todos teníamos a Verónica por una persona alegre, alguien siempre dispuesto a ayudar, a reír contigo, incluso a acompañarte en tu sufrimiento si fuera necesario. Esas eran las cualidades que le atribuían: una persona que vivía la alegría de forma estentórea, igual que la tristeza cuando tocaba, activa y dinámica por naturaleza.

Lo que no tengo tan claro es si Veronica Forqué era una persona serena.



En estas fechas navideñas quiero hablarles de este oculto don al que apenas prestamos atención, y que sin embargo, estoy convencido de que es el material con que se elabora la felicidad. Ese estado emocional que nos estabiliza y equilibra, gracias al cual cual podemos construir un entramado emocional flexible pero estable.

Quizá en nuestra cultura haya sido denostado por aburrido o insulso, pero tengan en cuenta que en la sociedad occidental las emociones que se promueven y ensalzan son todas aquellas que venden, aquellas que son estimulantes y deseadas; en general, todas aquellas que alimentan nuestro ego (el reverso oscuro de la autoestima). De esta manera, quedan excluidas todas las demás, las denostadas, las que no deseamos, pero que inevitablemente también forman parte de nuestra vida.

Sin embargo, la cultura oriental se focaliza en la búsqueda de la armonía del ser humano con su entorno, con el universo. En este sentido, las diferentes prácticas taoístas, como las budistas, propugnan como estrategia la disolución del ego. En Occidente nos gusta demasiado mimar a nuestro yo más orgulloso, pero no somos conscientes de que desinflarlo y minimizarlo nos permite vivir con serenidad y encauzarnos hacia el centro de nuestro ser, ese más auténtico que todos llevamos dentro. En este sentido, la serenidad es una forma del ser, y quizá sea el estado que más necesitamos en estos tiempos convulsos de incertidumbre y desorientación. 



Si tomamos al mar, al océano, como el ser, podemos ver que cambia y adopta distintas formas según el día. En ocasiones el mar está revuelto, a veces agitado y otras tranquilo. Cuando se encuentra tempestuoso muestra enormes olas de cresta blanca, de varios metros de altura que rompen con furia sobre la costa. Estas olas serían la emociones que nos alteran y zarandean a lo largo de nuestra existencia, igual de signo positivo (euforia, apasionamiento, vehemencia,...) que negativo (abatimiento, desesperanza,...), y nos hacen perder el control, el equilibrio. Sin embargo, el estado de calma (chicha) denota un momento de quietud, paz y sosiego en que la mar está llana y no sopla el viento. Es el estado en que nos hallamos estables y podemos ver las cosas con claridad. Pero fíjense que, en cualquiera de estos estados, siempre hablamos del mismo mar. Y a diferencia del ejemplo, nosotros tenemos la potestad de manejar nuestros estados emocionales (como mínimo, intentarlo). Como dice el filósofo Lou Marinoff, "la felicidad no es una presa a la que haya que dar caza, sino una sensación de serenidad que reside en nuestro fuero interno".

A medida que van pasando los años y la rebosante energía vital de la juventud se va aplacando, es cuando podemos ver que la felicidad igual no es ese constante trasiego de altibajos emocional (por emocionantes y ensalzados que sean). Quizá tenga más que ver con centrar mi existencia desarrollando un carácter que me permita, por un lado, ver la vida con ecuanimidad, y por otro, evitar sufrimientos que no necesito en absoluto. Dos mil quinientos de filosofía taoista no pueden estar equivocados; menos aún, cuando han ayudado a tantas personas a encontrarse a sí mismos.



Estoy seguro de que Verónica debía ser consciente de esto tanto como de que debió intentarlo. Mi deseo llega tarde para ella, pero, en cualquier caso, mi deseo de Navidad para ustedes es, definitivamente, que puedan abrazar la virtud de la serenidad y la ejerciten para disfrutar plácida y tranquilamente de la vida.

viernes, 1 de noviembre de 2019

49#. La curiosidad, el ingrediente olvidado de la felicidad.

El impulso o interés por cuestionarnos la vida y los elementos que contiene, nos viene de serie en el equipamiento de los mamíferos superiores. Ese intenso deseo y motivación por explorar es algo inherente a la naturaleza humana, y posee un valor evolutivo: Ha sido el motor que nos permitió resolver los problemas de supervivencia desde nuestros inicios y nos facilitó prosperar como especie. La curiosidad es la precursora del aprendizaje y el crecimiento personal, y por extensión, del dominio personal. Es por ello que cuesta entender que se le haya prestado tan poca atención desde la psicología hasta los últimos tiempos.


La curiosidad es el paradigma de la motivación intrínseca del ser humano. Encontramos gratificación en el hecho mismo, en el proceso de realizar la actividad, independientemente del resultado, porque lo recompensante es el proceso en sí. No solo es el revulsivo que nos permite conocer como funcionan las cosas en nuestro mundo (en el externo, pero también en el interno), sino que nuestro cerebro es más feliz cuando somos curiosos. Un cerebro activo es un cerebro feliz, y el de las personas curiosas disfruta del hecho de cuestionarse y encontrar respuestas, del acto de aprender. Una de las mejores maneras de sentirse vivo es implicarse en actividades que supongan un reto, y en el caso de la curiosidad, para explorar, plantear y resolver no necesitamos material especializado, ni depender de recursos externos escasos, ni desembolso económico alguno. Nuestro cerebro dispone del mecanismo completo para desarrollarla de manera autónoma, sin depender de nada más.

De hecho, Seligman la considera un rasgo psicológico positivo (hablamos de ser curioso, no entrometido ni cotilla) y una de las 5 fortalezas humanas que más correlacionan con la felicidad y la sensación de plenitud. Las personas que muestran más curiosidad experimentan mayores niveles de satisfacción en la vida que el resto. Los menos curiosos obtienen más de las actividades placenteras, esto es, actividades hedonistas. Pero las el hedonismo tiene un gran inconveniente: se satura. Cuando nos atiborramos de beber, de sexo o acabamos con nuestra tarrina de un kilo de helado de chocolate frente al televisor, nos saciamos. Y todos hemos tenido la experiencia de que consumir más, lejos de satisfacernos, resulta fatigoso y hasta repulsiva (además de no tener sentido). En este sentido, la curiosidad está exenta de este inconveniente. Es como la energía proveniente de la fisión nuclear: virtualmente ilimitada.


Desde esta perspectiva, se convierte en una candidata adecuada (ideal, en mi opinión) para convertirse en el motor de una vida satisfactoria, de una vida plena. O al menos, en uno de los motores que contribuyan a ello. Y los datos (según Todd Kashdan y colaboradores, de la George Mason University) lo corroboran: las personas curiosas le encuentran un mayor significado a la vida.

«Si estas vivo, respiras.
Si respiras, hablas.
Si hablas, preguntas.
Si preguntas, piensas.
Si piensas, buscas.
Si buscas, experimentas.
Si experimentas, aprendes.
Si aprendes, creces.
Si creces, deseas.
Si deseas, encuentras.
Si encuentras, dudas.
Si dudas, preguntas.
Si preguntas, entiendes.
Si entiendes, sabes.
Si sabes, quieres saber mas,
y si quieres saber más, es que estás vivo».

Si disponen de unos minutos, no duden en ver y disfrutar este spot.
National Geographic Chanel -Live curious https://youtu.be/4qwA5fUh3hA
Absolutamente inspirador.


martes, 1 de octubre de 2019

48#. EL concepto de FELICIDAD es una ficción (aunque hay ficciones muy inspiradoras)

El concepto de felicidad, manido, estrujado y comercializado hasta la saciedad, es una abstracción. Se trata básicamente de una ficción. Sin ofrecer más aclaración, podría parecer que lo acuso de nimio o insustancial, pero no se confundan: vivimos en un mundo de ficciones. 




La primera sugerencia que la noción les traerá a la mente será relativa a alguna categoría del cine o la literatura. Y algo de eso tiene, por que las ficciones son relatos que nos contamos y nos creemos puesto que nos protegen del miedo y la incertidumbre. Miren alrededor suya, en nuestro entorno cercano, y descubrirán que estamos rodeados de ficciones de lo más variadas. Conceptos tan familiares como patria, libertad, democracia no son entidades tangibles ni palpables, sino un acuerdo, una convención que usamos para organizar y ordenar nuestra realidad. El dinero es una ficción y las leyes también. Hace siglos la esclavitud se entendía como normal; hoy entendemos que lo normal es la igualdad de los seres humanos. Cuando sobrevolamos la frontera entre dos países no vemos una raya discontinua separándolos; esa frontera que aprendimos en el colegio es artificial, es una invención consensuada. No obstante, como dice Juan José Millás, el hombre no puede vivir sin ficciones.



La felicidad parte de un hecho real, la experiencia (que todos conocemos) de haber satisfecho una necesidad. Pero si se extrae esta experiencia de su contexto y la reubicamos en mundo simbólico, podemos manipularla; bien ampliándola o perfeccionándola, bien deformándola o tergiversándola. Si yo diseño una casa en mi aplicación informática Photoshop, puedo modificarla a placer. Si soy diestro con el programa, puedo conseguir que parezca bastante real. No solo eso, incluso más atractiva o espectacular que ninguna otra casa de verdad. Pero no está materializada ni es terrenal; no es verdadera. Esta misma impresión me da el concepto comercial de felicidad.




Parto de la base de que el ser humano no está diseñado para la felicidad, puesto que eso supondría un riesgo para nuestra supervivencia (y no pierdan de vista que este es el objetivo esencial e inapelable de nuestro cerebro; no buscar la alegría, el placer o la verdad). Es una ficción intentar alcanzar un estado de felicidad sostenida e inmutable en el tiempo, a pesar de los millones de euros que mueve anualmente este nicho de mercado. No obstante, opino que eso no inhabilita la noción para tomarla como ideal al que tender. Me parece completamente legítimo intentar sentirse lo mejor posible en la vida, eso sí, observando nuestras limitaciones como especie, y sin hacer trampas, como recurrir al consumo de drogas (sean estas sustancias o ideologías).



Al saciar nuestras necesidades alcanzamos el estado de homeostasis. Tenemos suficiente con cubrir dicha carencia, pero podemos intentar ir un poco más allá. Podemos tratar de potenciar las facultades de las que nos valemos (como herramientas) para satisfacerlas, y que por otra parte, nos definen como especie. 




Igual no tengo que estar todo el día patullando por la selva para cazar a mis presas y saciar mi hambre. Pero ya que dispongo de un potencial innato como es la actividad física, ¿por qué no aprovecharlo? Nuestros ancestros debían patearse mucha pradera para sobrevivir, cuando nosotros solo necesitemos llegarnos al mercado más cercano. Y sin embargo, todos los especialistas médicos insisten en la importancia del caminar para nuestra salud, recomendándonos la meta de recorrer 10.000 pasos diarios (al cambio, algo más de 8 kilómetros).
Es posible que a lo largo del día no necesitemos relacionarnos con muchos individuos, pero el trato con personas nos es intrínsecamente gratificante, de manera, que ¿por qué no sacar partido de nuestra naturaleza social ampliando nuestro círculo de amistades? 
Quizá no tengamos que estrujarnos el cerebro en exceso para cumplir con nuestras obligaciones y compromisos cotidianos, pero dado nuestra capacidad mental ¿por qué no aprovecharla para cultivarla y progresar su vertiente artística, racional o espiritual?



En definitiva, la tesis que defiendo es que lo más parecido al concepto de felicidad (al menos que yo conozca) tiene que ver con el proceso de promover y desarrollar nuestras potencialidades como seres vivos, de ejercitar al máximo nuestras capacidades o destrezas, ya sean las físicas, psicológicas, sociales o emocionales.




Hay personas que se entregan al deporte, los hay que lo hacen a una actividad artística y quienes dedican su vida a los demás. Individuos que viven para participar en carreras de ultraresistencia, que dedican su vida a pintar graffitis en las paredes urbanas y quien se larga a un país perdido para colaborar con una ONG. En no pocos casos, esa actividad tan consustancial a su persona les permite ocuparse en algo que entienden como valioso y les hace sentirse plenos. Algunos lo identifican con el sentido de la vida.

sábado, 1 de diciembre de 2018

CITA: Pepe Mújica, el último hombre honesto

Yo no soy pobre. Pobres son los que precisan mucho para vivir; esos son los verdaderos pobres. Yo tengo lo suficiente. Vivo muy sencillo para no tener ataduras materiales. No soy pobre porque tengo tiempo para hacer lo que me gusta. Mi definición de pobreza es: pobre es aquel que por tener mucho no le alcanza para nada.


Soy austero, sobrio, ando liviano de equipaje porque para vivir no preciso más equipaje que eso. Yo quiero tiempo para vivir, y no le quiero imponer a nadie mi forma de vivir; la sencillez y la sobriedad es mi comodidad. Tengo 80 años y no me voy a llevar plata en el cajón. Quiero compartir con la gente amiga, que me parece una cosa maravillosa y me hace feliz.

Triunfar en la vida es aprender a levantarse cada vez que uno cae. Me toca vivir una civilización que está difundiendo, de hecho, que triunfar en la vida es ser rico, y que el que no es rico fracasó. Discrepo de punta a punta. Triunfar es sentirse feliz, y eso muy poco tiene que ver con la plata.


Hay ciertos límites materiales que los seres humanos tenemos que cubrir, pero confundir riqueza con felicidad es un cuento chino, porque lo que nos hace felices está muy ligado a las emociones, a lo sentir, y muy particularmente a los afectos. Y para cultivar los afectos hay que tener tiempo libre. Hay que tener tiempo para los hijos, para las amistades, para las relaciones personales. Usted va a caer en la idea de "yo no quiero que a mi hijo le falte nada", y le falta usted porque no tiene tiempo para él. Eso no lo arregla con ningún juguete, porque no se cambian los afectos por juguetes.

No se puede cambiar el mundo, hay que aprender en este mundo a no dejarse entrampar por esta sociedad. Usted no puede evitar que la calle esté llena de autos pero tiene que aprender a cruzar la calle sin que los autos la pisen. Este es el desafío. Y va a ver que se puede.
            
  Pepe Mújica, ex presidente de Uruguay


martes, 15 de mayo de 2018

37#. ¡Qué bien que estamos cuando estamos bien!

Esta frase, que vagamente recuerdo haberle escuchado a alguna señora mayor sentada al fresco una calurosa tarde frente a la playa, puede parecer simple y trivial. Aunque sea una verdad de perogrullo, y en mi opinión, una expresión del saber popular, también intuyo que no pasará a la historia de frases reveladoras que han inspirado a la humanidad, pero eso no significa que sea inútil ni ni innecesaria.



¿No les llama la atención la cantidad de tiempo mental que le dedicamos a las situaciones estresantes, en contraposición con el poco que le dedicamos a las opuestas, a las gratificantes o placenteras?
 



Me explico. Cuando nos vemos sobrepasados por una adversidad o frustración, cuando nos encontramos preocupados, ese problema se nos instala en la mente y empieza a colonizar nuestra consciencia. Empezamos a darle vueltas en nuestra cabeza, como si dispusiera de un equipo autógeno que le suministrara energía constantemente, y no hacemos más que remover y remover dicha preocupación, igual el cemento dentro de una hormigonera. Centramos y concentramos nuestra atención en él, a veces por delante de lo que está sucediendo a nuestro alrededor, provocando el efecto de hacernos sentir más desgraciados cuanto más lo barruntamos.



No sucede lo mismo con los momentos felices, cuando nos hallamos viviendo un momento grato y dichoso. No digo que no estemos disfrutando el momento, que lo estamos haciéndolo (o eso deberíamos), si no que en muchas ocasiones no somos plenamente conscientes de cuánto lo estamos gozando. Lo vivimos y experimentamos, pero... ¿quién se detiene en mitad de la alegría y se dedica a pensar, precisamente, en lo alegre que está? Igual no es una regla universal, pero es frecuente que tras vivir una situación placentera, esta quede atrás. Transcurrido el momento, se aloja ya en el pasado; en ocasiones, incluso relegada al olvido en cuanto ha finalizado.




Este es el motivo por el que me digo la comentada frasecita o la suelto, en un impass, cuando estoy rodeado de personas: "¡Hay que ver que bien que estamos!, o ¡Hay que ver que bien se está cuando se está bien!



Alguno de los presentes puede pensar que se trata de una mera ocurrencia, sin más. Otro, igual la olvida tan pronto como la ha escuchado. Pero en ocasiones, hay quien reconoce la relevancia de lo que estoy expresando: Estamos compartiendo un momento grato, que además es único (no se volverá a repetir de manera idéntica), y que encima, es temporal (pasajero; se terminará). Todos lo estamos pasando bien, pero eso no significa que todos seamos conscientes de lo bien que lo estamos pasando.



Ser consciente del momento es resaltarlo, en mayúsculas, con negrita y subrayado, lo que permite aumentar su disfrute. Como dirían en argot técnico, se optimiza el resultado. Además de esto, supone un ejercicio más que recomendable el aprender a identificar y destacar los momentos felices. Por paradójico que suene, no todo el mundo que los vive tiene la capacidad de disfrutarlos, por mucha conciencia que le eche.



Comer no es saborear. Bueno, no es sinónimo exacto de saborear. Si nos dan a probar un manjar exquisito y nuestra atención está dividida en otras tareas (charla con alguien, viendo la televisión o simplemente pensando en otra cosa...) no lo apreciaremos tanto como cuando nos concentramos plenamente en su sabor. Cuando lo atendemos con plenitud no lo estamos comiendo, ingiriendo ni tragando. Lo estamos saboreando, lo estamos degustando. 
 



Les hablaría de mindfullnes o atención plena si no fuera porque la propuesta no cumple el requisito de no juzgar. Muy al contrario, mi idea es precisamente esta. La de juzgar el momento, evaluarlo y recalcar su valor. 

Si me detengo a pensarlo, en realidad, lo que estaba practicando aquella anciana al disfrutar de aquella deliciosa tarde de playa era el saboreo (savouring) que propone la psicología positiva, antes de que se inventara el concepto. Mi mente infantil no podía sino quedarse en la simplicidad de la fachada, ignorando lo sustancial. Pero aquella mujer lo hacía, sin saberlo... pero sabiéndolo.