viernes, 30 de septiembre de 2016

19#. La felicidad tiene que ver más con la gratificación que con el placer





Si hablamos de bienestar personal, plenitud o sencillamente felicidad, un factor al que no se le presta la atención que merece son las gratificaciones. Las actividades gratificantes, los logros, son una herramienta de primer orden en la construcción de nuestro bienestar. Las actividades placenteras también forman parte, y de hecho, son muy pareccidas. Tanto que es frecuente confundir unas con otras, pero no son lo mismo. Ni por supuesto, las consecuencias que tienen en nosotros unas y otras.

Según Martin Seligman, las cualidades o rasgos de las actividades placenteras se pueden definir. Actos cotidianos como ver la TV, comer chocolate, recibir un masaje,… se pueden etiquetar como placeres.

Los placeres 

Se caracterizar por ser actividades efímeras. No necesariamente breves, pero sí que están sometidas al desgaste. Sea por que finalizan de por sí, sea porque nos habituamos fácilmente a ellas, dado que están sometidas a la ley de la saciedad biológica (dicho coloquialmente, que llega un momento en que nos hartan), la cuestión es que , que son finitas en el tiempo. Así, tomar un helado para mí es un placer, pero cuando me ofrezcan el vigesimosexto cucurucho, por mucho que lo haya deseado, por muchos años que haya estado sin saborearlo, por mucho que sea mi sabor favorito, lo más probable es que me sobrevenga una arcada o nausea.

Los placeres suelen ser más sensoriales o emocionales que cognitivos o espirituales. Esto implica que no están constituidos por procesos de pensamiento ni se basan en un trabajo mental. ¡Vamos, que no nos complican la vida! Son deseables y fáciles. De aquí se deriva que sean actividades a las que nos podemos habituar fácilmente. Que podemos aficionarnos a ellos rápidamente, y según el caso, incluso convertirnos en adictos. 

Por el contrario, las gratificaciones, los logros, entre cuyos ejemplos más simples podríamos poner bailar, leer un libro, mantener una conversación, practicar un deporte, etc… son distintas.




Las actividades gratificantes

Un logro, una actividad gratificante, es lo que los expertos en Psicología Positiva llaman fortaleza personal, y que clásicamente se la conocía con el término de virtud. 

La actividad gratificante suele ser más duradera que la placentera. Profundizando un poco más, podemos decir al respecto que, algo gratificante es una tarea que constituye un esfuerzo, ya sea físico, psicológico o social. Esto explica el hecho de que no se conviertan fácilmente en hábito. O sea, que no apetecen por sí solas, sino que hay que poner cierto empeño en realizarlas. Además, requiere de la puesta en práctica de una habilidad (o varias). Presupone pues un ejercicio de atención y concentración, dirigida a un objetivo claro. Para ello disponemos de la sensación de control, e interpretamos esa tarea como un reto, un desafío, de manera que promueve que nos impliquemos profundamente en ello. Y, héteme aquí el factor decisivo, en mi opinión: nos enseñan, podemos aprender (si queremos aprender, lógicamente) de ellas. Aportan un crecimiento personal, o sea, potencian nuestros recursos personales.

Según la profundidad con que nos sumerjamos en tal acción, podemos tener la sensación de que nuestro yo se desvanece. En los casos más paradigmáticos, la persona llega un punto en que tiene la percepción de que “el tiempo se detiene”. Pierde contacto con su entorno y se centra con todo su ser en esa tarea, en la que, paradójicamente, no tiene la sensación de estar esforzándose. Y es así por que percibe que todo fluye. El famoso flow de los raperos y artistas, es lo que el investigador Csikszentmihalyi (pronúnciese Sitsenmijali) descubrió hace unas décadas y denomino “fluir”.




Estas cualidades hacen de las actividades gratificantes una de las vacunas naturales más útiles para nuestra higiene mental, para ahuyentar los fantasmas de la depresión y estados análogos. Y no solo eso, es más, mucho más. Nos provee de un factor que puede hacer que nuestra vida tenga un sentido.

Créanme. No se arrepentirán. Una vez lo prueben, no podrán entender cómo pudieron vivir antes sin ello. Lo necesitan en su vida. Esta es una oferta que usted no puede rechazar. Y solo por 0 euros. No espere más. Haga ya su pedido de compra telefoneando al número que aparece en pantalla.

Todo lo que nos intentan “vender” a través de los medios de comunicación, todas esas metas materiales por las que miles de personas se afanan cotidianamente, todos los cebos que nos ponen los anuncios relacionados con el tener, no con el ser... Todo eso es mentira.
Si en alguna ocasión en su vida han realizado cualquier actividad que se parezca a lo que les acabo de describir. Cualquier actividad en que hayan sentido el flow.
¡No vacilen! ¡No alberguen la más mínima duda! ¡Lo han encontrado!


No, no es el secreto de la inmortalidad (que igual al final nos hace la vida aburrida por su longitud), ni la fórmula de la Coca-Cola (tampoco crean que es tan beneficiosa) ni el crecepelo infalible.

Lo que han hallado ustedes el Santo Grial de la vida. El anillo de poder. El elixir de la eterna juventud espiritual. O al menos, lo más parecido a eso que podemos encontrar los seres humanos.



domingo, 18 de septiembre de 2016

CITA: El lagarto que sabía cómo ser feliz

La idea de enriquecer las gratificaciones se reduce, nada más y nada menos, a aquella pregunta: «¿Qué es la buena vida?». 



Uno de mis profesores, Julian Jaynes, tenía por mascota en su laboratorio a un lagarto exótico del Amazonas. Las primeras semanas después de adquirirlo, ]ulian era incapaz de hacer que comiera. Lo intentó todo, pero el reptil se estaba muriendo de hambre delante de sus narices. Le ofreció lechuga, y mango y luego carne de cerdo picada. Cazó moscas y otros insectos vivos y se los ofreció; y también comida china. Incluso le preparó zumos de frutas. Pero el lagarto no quería comer nada y estaba cayendo en el letargo.

Un día Julian le dio un bocadillo de jamón, pero el reptil siguió sin mostrar interés alguno. Al continuar con sus actividades cotidianas, ]ulian se dedicó a leer el New York Times. Después de hojear la primera sección, arrojó el periódico sobre el bocadillo de jamón. El lagarto centró su atención en esta configuración, se desplazó sigilosamente por el suelo, saltó sobre el periódico, lo destrozó y luego se zampó el bocadillo.

El animal necesitaba acechar y triturar antes de comer. La conducta de los lagartos ha evolucionado de forma que primero acechan a su presa, luego se lanzan sobre ella, la destrozan y finalmente la devoran. La capacidad de cazar es, pues, una virtud de los lagartos. La puesta en práctica de esta fortaleza era tan esencial para la vida del lagarto que era imposible despertar su apetito en ausencia de dicha conducta. Para el animal del ejemplo no existía ninguna fórmula rápida para alcanzar la felicidad. 
 

Los seres humanos son inmensamente más complejos que los lagartos del Amazonas, pero toda nuestra complejidad reside en un cerebro emocional que ha sido modelado durante cientos de millones de años por la selección natural. Nuestros placeres y los apetitos a los que aquéllos atienden están ligados evolutivamente a un repertorio de conductas, mucho más complejas y flexibles que acechar, saltar sobre la presa y hacerla trizas. Pero el hecho de omitir dichas acciones tiene un precio nada desdeñable.

Es demencial la idea de que es posible confiar en fórmulas rápidas para obtener gratificación y evitar el ejercicio de las fortalezas y virtudes personales. Esta idea no sólo produce lagartos que mueren de hambre, sino legiones de personas deprimidas en un entorno de riqueza, que mueren de hambre en sentido espiritual.

Estas personas se preguntan: «¿Cómo puedo ser feliz?». Y esta es una pregunta errónea, porque si no se realiza una diferenciación entre placer y gratificación, provoca con demasiada facilidad la dependencia respecto de fórmulas rápidas y conduce a una vida que consiste en experimentar el máximo de placeres fáciles posible.

No estoy en contra de los placeres; de hecho he dedicado todo el capítulo a aconsejar cómo incrementarlos, junto con la espléndida variedad de emociones positivas. Sin embargo, cuando se dedica una vida entera solo a la búsqueda de emociones positivas, la autenticidad y el significado brillan por su ausencia.

"La auténtica felicidad" (2003)
Martin E.P. Seligman