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lunes, 30 de septiembre de 2024

93#. El discreto poder de la amabilidad

 

La amabilidad es una de esas cualidades humanas (virtudes, se les llamaba en mi infancia) a las que nunca se les ha prestado mucha atención, o sencillamente, han sido infravaloradas. Así al pronto, mi imaginación me la dibuja como un niña pequeña, educada y discreta, sufrida y nada exigente, que forma parte de la gran familia de grandes virtudes sobre la que han reflexionado todas las religiones y escuelas filosóficas a lo largo de la historia (como son la honestidad, humildad, justicia o equidad, solidaridad, etc.) pero que siempre se ha encontrado ensombrecida por su hermana mayor, la generosidad, y a quien, normalmente, nadie presta atención en la reuniones familiares.





Esta sociedad, en que la prisa es la norma, la competencia la directriz suprema a seguir, y el individualismo el credo omnipresente, nos convierte en seres distantes e indolentes, cuando no huraños, y es precisamente en este entorno en el que la capacidad de ser amable emerge como un inestimable instrumento de conexión humana.


Que una cualidad no tenga efectos inmediatos ni poderosos, no debe confundirse con resultados estériles ni es sinónimo de ineficacia. La amabilidad es fácil, sutil, diría que hasta elegante. Es una actitud que todos tenemos disponible y cuya ejecución nos supone un coste mínimo. Cumple con el clásico axioma del tendero de nuestro barrio: buena, bonita y barata. La amabilidad requiere de muy poco esfuerzo, y sin embargo, es capaz de derribar barreras emocionales y construir puentes entre las personas.


Se plasma en pequeños gestos que emanan de la bondad, el respeto y la empatía hacia los demás (personas, animales o cosas). Referido a los seres humanos, su principal valor es establecer nexos de unión; reforzar la conexión que nos une a los demás. Porque cuando tenemos un gesto amable con alguien, el primer mensaje que le transmitimos es de reconocerlo como un igual. Ni vamos a invitarlo a nuestra casa, ni probablemente le hagamos un favor mayor, pero estamos diciéndole que le aceptamos como ser humano. Implícitamente, también le estamos mostrando un respeto, el que merece cualquier persona por el hecho de serlo. De forma que, un acto amable tiene el valor añadido de dignificar al receptor, y en la misma proporción, al emisor.


Cierto que muchos de los actos amables que podemos realizar a lo largo del día nos han sido enseñados, inculcados, e incluso carecer de sustancia al haberse convertido en un mero formalismo, pero, aun así, el efecto dignificante en la otra persona se mantiene.




Párense a pensar esto: Desde el momento en que abrimos los ojos cada mañana, tenemos que resolver asuntos. Desde planificar el día (o recordar lo que ya habíamos programado) a solventar dificultades o imprevistos de mayor o menor calado. Una vez despiertos ponemos en marcha la maquinaria de hacer cosas (ocupaciones), y también la de resolver cuestiones futuras (preocupaciones). Y eso nos sucede a todos y cada uno de nosotros.


Incluso la persona que nos pueda parecer más atractiva, adinerada o feliz, tiene que resolver sus problemas; que igual a nos parecen trivialidades, pero para ellos es lo más importante de su vida. Y de solventarlos bien depende su valía, su autoestima, su bienestar...


En resumen, es importante ser consciente de que toda persona con la que te cruzas en la calle, ves sentada en una cafetería, conduce su coche mientras cruzas el paso de cebra, se sienta junto a ti en el autobús o ves realizar su trabajo, está librando una batalla interior (o varias) de las que nosotros no sabemos absolutamente nada, pero que es decisiva para su bienestar, y a veces, su existencia. Todos tenemos que lidiar con nuestros problemas, sean reales o imaginarios, sean presente, futuros o pasados, y cuando finalizamos una batalla, se inicia la siguiente. De manera que...

   Se amable.

   Con todo el mundo.

   Siempre.



domingo, 30 de enero de 2022

Aquellas mujeres que nos enseñaron el concepto de HUMANIDAD

En la película Salvar al soldado Ryan hay una escena que me quedó clavada en el cerebro y sigue arrañándome el corazón cada vez que la veo. En ella, un ama de casa dedicada a "sus labores" en la cocina no se fija en la cortina de polvo levantada a lo lejos por un coche. Divisa el automovil cuando está llegando a su casa e identifica su distintivo militar. Margarett Ryan se dirige hacia la puerta y apenas sale al porche, aparca el coche, del que salen un militar y un cura. Sin haberse podido preparar para lo peor, aquella madre ya lo sabe. Algo la arrasa por dentro, se tambalea y cae al suelo. Aun desconoce que el militar porta tres pésames oficiales por la muerte de sus 3 hijos en la guerra europea.


Aunque lo de Spielberg sea ficción, tanto la literatura como las películas son mentiras que cuentan verdades (no recuerdo ahora mismo quien alumbró tan certera afirmación). Me parece inimaginable el dolor que se debe sufrir ante semejante pérdida. Criar tres hijos para que te sean arrebatados, antes casi de que hayan podido empezar a vivir, por un absurdo como es la guerra. Un absurdo o cualaquier otro sinsentido, como la droga. Como aquella que campó a sus anchas por nuestro pais a finales del siglo pasado, en la época de la Movida, antes de ser conscientes de la ruina que suponía iniciarte en su consumo. La misma que se llevó por delante a un hijo de nuestra protagonista, Cándida Villar. La fatalidad quiso que la enfermedad mental también le secuestrara a otro hijo. Anteayer sentí un escalofrío similar al de la película cuando en la radio escuché decir a Guillermo Fesser (hijo putativo de Cándida, a mucha honra, y a la sazón, su mentor profesional) que acababa de perder a su tercer hijo.

Guillermo Fesser y Juan Luis Cano fueron los artífices del transgresor programa radiofónico de humor "Gomaespuma"; nunca les estaré lo suficientemente agradecido por ayudarnos a sobrellevar aquella infancia y primera adolescencia de la España en blanco y negro. Rompiendo los esquemas habituales, lograban con su ingenioso desparpajo y su idiosicrasico humor, arrancarnos las risas y las sonrisas (en mi caso, durante las oscuras tardes del servicio militar), excitando y haciendo crepitar nuestro ánimo como si le hubieran inyectado cuarto y mitad de Peta Zetas.

En aquel programa supimos que Cándida era la asistenta del hogar del amigo Fesser. Quizá la recuerden por la película (homónima) que rodó de su propia vida. Es posible que por haber sido la crítica cinematográfica más auténtica y con más arte, que se dice por aquí, de todo el gremio. Pero, a mi parecer, el principal mérito que ostenta esta mujer es el de ser un prodigio de humanidad. Y cuando uso este adjetivo, trasciendo la definición académica ("-especímen perteneciente a la especie homo sapiens"), para definir a aquellas personas que encarnan todas las cualidades que nos sitúan por encima de otras especies (y no me refiero a las meramente instrumentales).


El mérito de Cándida es haber soportado todas las adversidades y revolcones que le ha dado la vida con el estoicismo con que forjaron a aquella generación de mujeres, que no es otra que la de las que nos criaron. Aquellas madres, tías, vecinas... que, como los y las protagonistas de las películas de los hermanos Cohen, no se quejaban de sus infortunios, ni se vanagloriaban de sus aciertos; simplemente hacían lo que tenían que hacer con la mayor diligencia. Que saludaban con un buenos días a quien se cruzaran por la calle, porque, aunque fueron privadas de una educación, sí que aprendieron a respetar a sus semejantes. Que decían (y dicen) "lo oí esta mañana trempano en el arradio" o "esto es asín" por que tampoco tuvieron la oportunidad de formarse que nosotros sí tuvimos. A las que podías despertar a las 3.00 de la madrugada para encargarse de toda la prole pq tu madre tenía que salir con tu hermano pequeño y sus 39º de fiebre a la carrera a la Casa de Socorro.

Aquellas madres universales, que echaban un par de puñados de lentejas de más, por si algún necesitado aparecía pidiendo de comer, o que por iniciativa propia hacían un caldito de pollo para un anciano que vivía sola. Que fueron epítomes de la sostenibilidad ("En esta casa no se tira nada") y adalides del lenguaje inclusivo ("Ni discoteca ni discoteco"), antes de que este se acuñara ninguno de estos conceptos.

Mujeres, en definitiva, a las que el destino no les facilitó la vida, y sin embargo, le correspondieron derrrochando bondad, humildad y dignidad. Abnegadas hasta la extenuación, ocupadas y preocupadas por los suyos (y por los demás) hasta casi despreocuparse de sí mismas. Y además, sin perder el humor, permitiendo que aflorara la sonrisa a la más mímima ocasión. Sacrificadas, pero viviendo el día a día con la honestidad de un misionero descalzo y yéndose siempre a la cama con la conciencia tranquila.

Aquellas heroinas apenas tuvieron reconocimiento por tan colosal empresa, la de criar una generación y transmitirle los valores esenciales de la vida. De manera que cuando escuchen la frase "caminamos a hombros de gigantes", no dejen de recordar que esos hombros fueron hombros de mujer.

Todo este preámbulo, que a lo mejor se ma ido de las manos, venía a cuento porque una de aquellas mujeres, Cándida, nuestra Cándida, cumple 90 años. Y los cumple hoy, 30 de Enero. De manera, que me sumo a la iniciativa de Guillermo Fesser de hacerle un regalo. Siguiendo el axioma básico de aquellas mujeres que nos criaron (Las 3 D: que sea bueno, bonito y barato), nos propone enviar una postal a nombre de Cándida Villar felicitándola al apartado de correos 100160, Madrid, 28080. Un reconocimiento que le quedará para siempre.

Así de simple.

Así de fácil.

Así de humano.

lunes, 18 de marzo de 2019

CITA: La indiferencia es la personificación del mal (Eli Wiesel)


La indiferencia puede tentar, incluso más que eso, puede se­ducir. Es mucho más fácil mirar lejos a las víctimas; es más fácil evitar tales interrupciones groseras para nuestro trabajo, nuestros sue­ños, nuestras esperanzas. Es, después de todo, una inconvenien­cia, estar implicado en el dolor y la desesperación de otra persona.



Para la persona que es indiferente, su vecino no tiene ninguna consecuencia y, por lo tanto, esa vida, carece de sentido. Sus preocu­paciones o incluso sus angustias visibles no tienen interés. La indife­rencia reduce al otro a una abstracción.


Allí detrás de las puertas de Auschwitz y Buchenwald, sentíamos que ser abandonados por Dios era peor que ser castigados por él: era mejor un dios injusto que indiferente. Para nosotros, ser ignorados por Dios era un castigo más doloroso que ser una víctima de su cólera.



La indiferencia no es un principio, es un final. Y, por lo tanto, la indiferencia es siempre el amigo del enemigo, beneficia al agresor, nunca a su víctima, cuyo dolor se magnifica cuando él o ella se siente olvidado.


Para el preso político en su celda, para los niños hambrientos, para los refugiados sin hogar…, no responder a sus apuros, no relevar su soledad ofreciéndoles una chispa de la esperanza supone exiliarlos de la memoria humana. Y denegando su humanidad nos traicionamos a nosotros mismos.


Discurso pronunciado por Eliezer Wiesel en la Casa Blanca

Extracto de Millenium Lectures (12 de Abril de 1999)



sábado, 1 de diciembre de 2018

CITA: Pepe Mújica, el último hombre honesto

Yo no soy pobre. Pobres son los que precisan mucho para vivir; esos son los verdaderos pobres. Yo tengo lo suficiente. Vivo muy sencillo para no tener ataduras materiales. No soy pobre porque tengo tiempo para hacer lo que me gusta. Mi definición de pobreza es: pobre es aquel que por tener mucho no le alcanza para nada.


Soy austero, sobrio, ando liviano de equipaje porque para vivir no preciso más equipaje que eso. Yo quiero tiempo para vivir, y no le quiero imponer a nadie mi forma de vivir; la sencillez y la sobriedad es mi comodidad. Tengo 80 años y no me voy a llevar plata en el cajón. Quiero compartir con la gente amiga, que me parece una cosa maravillosa y me hace feliz.

Triunfar en la vida es aprender a levantarse cada vez que uno cae. Me toca vivir una civilización que está difundiendo, de hecho, que triunfar en la vida es ser rico, y que el que no es rico fracasó. Discrepo de punta a punta. Triunfar es sentirse feliz, y eso muy poco tiene que ver con la plata.


Hay ciertos límites materiales que los seres humanos tenemos que cubrir, pero confundir riqueza con felicidad es un cuento chino, porque lo que nos hace felices está muy ligado a las emociones, a lo sentir, y muy particularmente a los afectos. Y para cultivar los afectos hay que tener tiempo libre. Hay que tener tiempo para los hijos, para las amistades, para las relaciones personales. Usted va a caer en la idea de "yo no quiero que a mi hijo le falte nada", y le falta usted porque no tiene tiempo para él. Eso no lo arregla con ningún juguete, porque no se cambian los afectos por juguetes.

No se puede cambiar el mundo, hay que aprender en este mundo a no dejarse entrampar por esta sociedad. Usted no puede evitar que la calle esté llena de autos pero tiene que aprender a cruzar la calle sin que los autos la pisen. Este es el desafío. Y va a ver que se puede.
            
  Pepe Mújica, ex presidente de Uruguay


martes, 31 de enero de 2017

CITA: Me gusta el cáncer

Me gusta la palabra cáncer. Hasta me gusta la palabra tumor. Puede sonar macabro, pero es que mi vida ha estado unida a estas dos palabras. Y nunca he sentido nada horrible al decir cáncer, tumor u osteosarcoma. Me he criado junto a ellas y me gusta pronunciarlas en voz alta, proclamarlas a los cuatro vientos.

 
Creo que hasta que no las dices, que no las haces parte de tu vida, difícilmente puedes aceptar lo que tienes. Es por ello por lo que es necesario que en este primer capítulo hable del cáncer, porque en los siguientes utilizaremos las enseñanzas del cáncer para sobrevivir a la vida. Así que me centraré primero en él y en cómo me afectó.

Yo tenía catorce años cuando ingresé en el hospital por primera vez. Tenía un osteosarcoma en la pierna izquierda. Dejé el colegio, dejé mi entorno y comencé mi vida en el hospital. Tuve cáncer durante diez años, de los catorce a los veinticuatro. Eso no significa que pasara diez años ingresado, sino que estuve diez años visitando diversos hospitales para curarme de cuatro cánceres: pierna, pierna (la misma que en el primer cáncer), pulmón e hígado.
En el camino dejé una pierna, un pulmón y un trozo de hígado. Pero debo decir, justo en este momento, que fui feliz con cáncer. Lo recuerdo como una de las mejores épocas de mi vida. Puede chocar ver esas dos palabras juntas: feliz y cáncer. Pero fue así.

El cáncer me quitó cosas materiales: una pierna, un pulmón, un trozo de hígado, pero me dio a conocer muchas otras cosas que jamás podría haber averiguado solo.


¿Qué puede darte el cáncer? Creo que la lista es interminable: saber quién eres, saber cómo es la gente que te rodea, conocer tus límites y sobre todo perder el miedo a la muerte. Quizá esto último sea lo más valioso.

Un día me curé. Tenía veinticuatro años y me dijeron que no tenía que volver al hospital. Me quedé helado. Fue extraño. Lo que mejor sabía hacer en mi vida era luchar contra el cáncer y ahora me decían que estaba curado.

La extrañeza (o atontamiento) me duró seis horas, luego me volví loco de alegría; no volver a un hospital, no volver a hacerme radiografías (creo que me he hecho más de doscientos cincuenta), no más análisis de sangre, fin de los controles. Era como un sueño hecho realidad. Era absolutamente increíble.

Pensé que en pocos meses me olvidaría del cáncer. Tendría una «vida normal». El cáncer sería tan sólo una época de mi vida. Pero en lugar de eso (nunca lo he olvidado) pasó algo inesperado, y es que jamás imaginé cuánto me ayudarían las enseñanzas del cáncer en la vida diaria.

Es sin duda, el gran legado que me ha dejado el cáncer. Unas enseñanzas (por llamarlas de algún modo, aunque quizá prefiero la palabra descubrimientos) que ayudan a que mi vida sea más fácil, a ser más feliz.

Lo que explicaré en este libro no es otra cosa que cómo aplicar en la vida diaria lo que aprendí con el cáncer. Sí, exacto, ahora que lo pienso, así podría titularse el libro: Cómo sobrevivir a la vida a través del cáncer. Quizá llegue a ser el subtítulo del libro.
 

Suena raro, suena justo lo contrario a la mayoría de los libros que suelen escribirse, pero es así. La vida es paradójica; me encantan las contradicciones.

Quiero recalcar que el libro es un compendio de lo que yo aprendí del cáncer y también de los descubrimientos que me mostraron amigos míos que también lucharon contra esta enfermedad.

Y es que los compañeros de habitación son muy importantes. Y es que hasta incluso todos los chicos que teníamos cáncer, que nos hacíamos llamar Pelones, teníamos un pacto, un pacto de vida: Nos repartíamos las vidas de los que morían.

Un pacto inolvidable, bonito, de alguna manera deseábamos vivir en los otros, ayudarlos a luchar contra el cáncer. Siempre creímos que los que morían habían debilitado un poco más al cáncer y hacían que a los que sobrevivíamos nos fuera más fácil ganar. Durante los diez años de cáncer me tocaron 3,7 vidas. Así que este libro lo escribimos 4,7 personas (las 3,7 vidas ajenas y la mía propia). Nunca olvido esas 3,7 vidas y siempre intento hacerles justicia. Si a veces es complicado vivir una vida, ¡imagina la responsabilidad de vivir 4,7 vidas!

"El mundo amarillo" (2011)
Albert Espinosa

miércoles, 30 de noviembre de 2016

21#. Resiliencia, los cimientos de la felicidad (I)


"Cuando la vida nos hiere, ¿qué hacemos? Quedamos heridos de por vida, y adoptamos el papel de víctima. O bien, buscamos cómo volver a vivir de la mejor manera posible. Esta es la definición de resiliencia". Con estas simples pero esclarecedoras palabras abre una entrevista el neurólogo, psiquiatra, psicoanalista, etólogo, y superviviente del holocausto, Boris Cyrulnik. 
 
 

La resiliencia es la capacidad de afrontar y sobreponernos a la adversidad. Y no se trata de una capacidad sobrehumana, ni un don divino. No es un superpoder que nos haya sido concedido, sino que se trata de un proceso natural, inherente a nuestra naturaleza, común en los seres humanos. Esta cualidad para enfrentarnos a los reveses de la vida la llevamos inyectada en nuestros genes. Es el instinto de supervivencia, con que nacemos todos los seres vivos, el que se asegura de ello.

A lo largo de nuestro desarrollo, todos los seres vivos, nos vamos encontrando con dificultades, con problemas, con retos y conflictos, a los que hacemos frente. Tras una frustración, un fracaso o una pérdida, las personas tratamos de seguir adelante, y de hacerlo en las mejores condiciones posibles. A medida que vamos abordando y resolviendo los acontecimientos difíciles que jalonan nuestra existencia, vamos aprendiendo y nos vamos fortaleciendo. Nuestra capacidad de resiliencia, así, se va robusteciendo según la cantidad y la dificultad de situaciones a que hagamos frente. Y nuestra personalidad va ganando en consistencia y solidez.

No obstante, cuando acontece una situación que nos impacta y rompe nuestro equilibrio, que sobrepasa nuestros recursos personales (manifestado por la aparición de sentimientos de miedo intenso, incontrolabilidad, horror,...) decimos que se ha producido un trauma. Será entonces cuando más necesitemos nuestra capacidad de afrontamiento. De manera que, cuanto mejor hallamos resuelto situaciones críticas a lo largo de nuestra biografía, mayor será nuestra capacidad de resolución en este momento. Más probabilidad tendremos de asumirlo y superarlo. Cierto que la resiliencia no nos inmuniza frente a la fatalidad, pero sí que maximiza la capacidad de poder lidiar con el trauma y salir airosos.




No debemos confundir resiliencia con resistencia. No estamos hablando de la solución simplista de aguantar obstinadamente el envite, de ser tozudos o tercos. Tampoco consiste en eludir la situación traumática. La solución no estriba en pasar de puntillas por el suceso, quizá intentando mantenerlo oculto (represión) o autoengañándonos (negación), si es que realmente podemos hacer esto. Quizá pueda parecer que hablamos de erradicar el impacto y dolor de la situación; que las personas resilientes no sufren ni les cuesta esfuerzo sobrellevar la situación traumática. Como cualquier otro mortal con mayor o menor resiliencia, han de soportar el golpe, y con él, el dolor que comporte.

Pero con el sufrimiento también se incrementa la posibilidad de entender qué sucede, de atribuirle una explicación. El dolor nos obliga a preguntarnos por lo sucedido, y a tratar de hallar respuestas. Respuestas que, en muchos casos pueden ser esquivas, o directamente inexistentes. Pero, de una manera u otra, el acto de reflexionar tiene la propiedad de ampliar nuestra conciencia. Y la toma de conciencia nos abre la posibilidad de darle un sentido para superarla.

Con respuestas a nuestras preguntas o sin ellas, la vida nos está enseñando algo importante. Estamos aprendiendo las reglas del juego (lo que no significa que nos agraden, ni siquiera que deseemos conocerlas). Cuanto mejor conozcamos las reglas por las que se rige la vida, mejor podremos jugar. Aquello que podamos extraer de nuestras frustraciones, aquello constructivo que podamos incorporar a nuestro acervo personal tras la desgracia, ayudará a reparar nuestro entramado emocional. Y esa enseñanza hará que seamos más personas.

No se trata de un aprendizaje, digamos, intelectual. Cuando estudiamos y nos preparamos para un examen, los conocimientos adquiridos están en nuestra memoria en forma de conceptos, claros y diáfanos. Pero, en nuestro caso, igual ha de pasar tiempo hasta entender qué hemos aprendido, en qué hemos mejorado. Pero sucede. Supone una reconstrucción, un proceso de elaboración, que no de supresión. El objetivo que se persigue no es olvidar, si no integrar el hecho en nuestro bagaje de vida.

Eso sí. Existe un requisito, obvio e imprescindible: querer aprender. No cerrarse a esa enseñanza, a ese devenir tras el suceso. El dolor, combinado con la negativa a experimentarlo, genera el trauma. Y este se mantendrá si uno se niega a aprender de lo sucedido.






La resiliencia trata de que logremos recuperar el nivel de desarrollo que teníamos antes del golpe. Podemos sufrir un trauma, pero también podemos reconstruir nuestra vida asumiéndolo.  La persona que se sobrepone a la fatalidad con honestidad, incrementa su valor como persona, su dignidad. Expande su capacidad de comprensión de la vida, y puede intentar usar el producto de su sufrimiento sabiamente: para lograr una mayor y mejor apreciación de todo lo que la vida contiene, promover unas relaciones más íntimas, sentirse agradecido (suena paradójico ¿verdad?) o incrementar su consistencia humana. En definitiva, amplifica su capacidad para ser feliz.

El descubrimiento del Kintsugi me pareció toda una revelación. No es la última innovación en cocina creativa, ni un arte marcial desconocido. Es una disciplina japonesa dedicada a la reparación de objetos rotos. Concretamente, recomponer fracturas en objetos de cerámica, que son restaurados con oro u otros metales preciosos.

La filosofía que hay a la base es simple, pero absolutamente inspiradora. Entiende que hay que mostrar las cicatrices, roturas o heridas de los objetos. Y lo hace por una razón sencilla: ¿Qué sentido tiene ocultar algo que, realmente, ya forman parte de ese objeto? No solo no se pueden eliminar de su historia, si no que no es deseable camuflarlas o esconderlas. Deben incorporarse y mostrarse, porque forman parte de la esencia del objeto: nos hablan de su historia, nos muestra su personalidad actual, su ser real.

Suele suceder que, algunas piezas reparadas con esta técnica, llegan a tener más valor que el original. Llegan a ser más apreciadas que cuando estaban intactas. La restauración ha provocado cambios en la pieza que la han hecho más valiosa.

Sin duda, una de las metáforas más deliciosas que he escuchado en mi vida.