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martes, 31 de marzo de 2026

El fin del nuestro mundo no es el fin del mundo

Supongo que no seré el único en tener la sensación de que nuestro mundo se está yendo al garete, entendiendo por nuestro mundo el afortunado entorno sociocultural en que nos hemos criado y en el vivimos. La mala noticia es que todo apunta a que no es una percepción sino de una realidad.




La supremacía de la fuerza como principio organizador, la ausencia de mecanismos de protección de sociedades enteras, la inmensurable crisis económica que se avecina, la obsolescencia de la diplomacia,… Lo estamos viendo todos los días, cualquier día, en la portada de cualquier medio de comunicación, y el resultado no puede ser más desolador. Cuanto más consciente sea uno, más inevitable se vuelve la sensación de que “el fin de nuestro mundo” puede acontecer en cualquier momento. Consecuentemente, mantener la serenidad, intentar consolidar una mínima, pero sólida, esperanza no pude llegar a ser más que un voluntarioso acto de fe.


Y sin embargo, no nos encontramos ante un escenario inédito. Quiero decir, que no es la primera vez que sucede. De hecho a sido mucho peor en ocasiones anteriores.


Si nos molestamos en echar un vistazo a la historia compartida de Occidente, podemos observar que hubo épocas de quiebra brutal del sistema establecido. Así al pronto, bastante peor debieron vivir los romanos la caída del imperio, los europeos durante el contagio irrefrenable de la peste negra o las guerras mundiales del siglo pasado, entre otras. Dirán que me estoy poniendo muy intenso, y sí, estoy en modo catastrófico, pero es que la coyuntura actual no permite ser demasiado optimista (salvo que uno quiera cerrar los ojos y eludirla).


Si profundizamos un poco más y ampliamos la perspectiva, podemos ver que la humanidad ha atravesado momentos históricos en los que parecía que todo rompía, y literalmente, todo se rompía… y aun así, posteriormente, encontró caminos de reconstrucción que volvieron a dar sentido a la vida, permitiendo alcanzar cierta sensación de estabilidad o tranquilidad.


Si nos centramos en alguno de estos ejemplos más cercanos, la Primera Guerra Mundial (1914–1918) dejó más de 20 millones de muertos, naciones arruinadas (no solo en el sentido económico de la palabra) y un continente devastado. Causó hambrunas generalizadas y creó las condiciones perfectas para la expansión de la pandemia de gripe que arrasó (acabó con la vida de más personas que la propia guerra). Infraestructuras arrasadas y economías colapsadas, por no hablar de una generación entera perdida en el frente de batalla, así como millones de supervivientes que quedaron de por vida marcados por el estrés postraumático.


Y sin embargo, tras el desastre se firmó el tratado de Versalles, un intento de organización internacional de naciones para evitar guerras, que si bien no prosperó plantó la semilla de la organización de las naciones unidas. Se creó la organización mundial del trabajo (que prohibió la explotación infantil, estableció una jornada laboral, simiente de los sindicatos,…) y al obligar a la mujer a incorporarse de lleno al trabajo, aceleró su incorporación a la vida social, culminando con el derecho al sufragio (al voto), así como la pandemia aceleró la creación de los primeros sistemas nacionales de salud y la cooperación sanitaria internacional para evitar más pandemias.




La segunda gran guerra dejó más de 60 millones de muertos y un mundo destrozado. Pero posteriormente, se creó la estructura global de paz más ambiciosa conocida, la ONU, (con su Corte Internacional de Justicia y agencias especializadas, como la OMS, UNESCO, FAO o UNICEF). Un hito sin precedentes fue la Declaración de los Derechos Humanos, que reconocen los derechos civiles, políticos, sociales y culturales inalienables que tiene cualquier individuo, como respuesta al horror de la guerra (Holocausto); se produjeron avances científicos y tecnológicos gracias a la innovación que espoleó el fin de la guerra (antibióticos como la penicilina, a gran escala, y vacunas que erradicaron enfermedades mortales en aquella época, como la polio o el sarampión, así como la energía nuclear civil, la informática o la exploración espacial), sin olvidar el culmen histórico que supuso el establecimiento de los sistemas de protección social en distintas naciones: sanidad universal para los ciudadanos, educación pública ampliada, sistemas de pensiones, subsidios de desempleo o viviendas sociales. En definitiva, nunca antes tantas personas habían tenido acceso a tanta seguridad material, familiar y social.


Por supuesto que estamos lejos de estos demoledores acontecimientos (aunque nunca se sabe, si dependemos de un megalómano narcisista y frustrado con acceso armamento indefinido y al botón nuclear), pero es necesario, en estos momentos en que estamos viendo la primera ola del tsunami que se nos viene encima, recordar que no somos la primera generación que ha vivido desastres mundiales, ni llegaremos a aquellos extremos (con una recesión económica mundial ya tendremos suficiente). Y sobre todo, que es necesario ser conscientes de que, como hemos visto, los progresos más profundos suelen surgir tras las crisis más devastadoras.




La humanidad tiene una capacidad extraordinaria de reorganizarse y salir fortalecida de las peores crisis, pero igualmente inevitable me parece asumir que, por lo que sea, no podemos evitar tropezar siempre con la misma piedra. No somos capaces de reaccionar hasta que nos la hemos pegado, y bien gorda. De manera que, supuesto llegue el caos, este no será el final sino el principio de una transformación. Y solo de esta perspectiva histórica podemos extraer algo de serenidad o esperanza.

¿Qué? ¿No les consuela? Pues a mí tampoco, pero como decía aquella niñita preguntada por las mascarilla, en pleno COVID: "No puedes respirar del todo, pero es mejor esto que morirte".


viernes, 22 de agosto de 2014

Cita: La vida puede ser atrozmente injusta



En Sierra Leona, los guerrilleros cortan la mano derecha de los habitantes de una aldea antes de retirarse. Una niña, que está muy contenta porque ha aprendido a escribir, pide que le corten la izquierda para poder seguir haciéndolo. En respuesta, un guerrillero le amputa las dos.



En Bosnia, unos soldados detienen a una muchacha con su hijo. La llevan al centro de un salón. Le ordenan que se desnude. «Puso al bebé en el suelo, a su lado. Cuatro chetniks la violaron. Ella miraba en silencio a su hijo, que lloraba. Cuando terminó la violación, la joven preguntó si podía amamantar al bebé. Entonces, un chetnik decapitó al niño con un cuchillo y dio la cabeza ensangrentada a la madre. La pobre mujer gritó. La sacaron del edificio y no se la volvió a ver más» (The New York Times, 13/12/1992).



Los periódicos están llenos de horrores. La historia también. Hitler, Stalin, Pol Pot y muchos otros deberían formar parte de un retablo maldito que no olvidáramos nunca. Resulta incomprensible que ante tanta maldad, ante tanto comportamiento indigno e indignante, afirmemos que todos los seres humanos están dotados de dignidad, es decir, de un valor intrínseco, independiente de sus actos, de su barbarie, de ese inicuo refinamiento de la crueldad. 




Resulta incomprensible que no sigamos enarbolando el equilibrado principio del talión, culminación de la justicia conmutativa, que tengamos consideración con quien no la tuvo previamente, que nos empeñemos en librar de la pena capital a quien ha violado y matado a una niña, o en rehabilitar a quien sin razón y sin excusa nos ha destrozado la vida. ¿De dónde hemos sacado una idea tan extraña? ¿Por qué la aceptamos hasta el punto de que está recogida en muchas Constituciones modernas? ¿No va contra el sentido común, contra los sentimientos comunes, contra la sana indignación ante el salvajismo, contra el equilibrio de la justicia? Es contradictorio afirmar la dignidad de los indignos. ¿Por qué lo hacemos?



Tal vez nos suceda lo mismo que a Sigmund Freud, que abrumado por su escepticismo y su enfermedad escribía a un amigo: «Durante toda mi vida me he empeñado en ser honrado y en cumplir con mis obligaciones. No sé por qué lo he hecho» 




Rorty, un prestigioso filósofo contemporáneo, comenta que la afirmación de la dignidad humana por encima de la dignidad animal no es más que «la petulancia injustificada de una especie que sabe hablar».



A pesar del comienzo dramático, éste es un libro sobre la felicidad política. Sobre la Ciudad feliz. Hace unos años, cuando las facultades de psicología estaban inundadas por el conductismo de Skinner, se leía mucho un libro suyo titulado Más allá de la libertad y la dignidad. En él sostenía que el ser humano sólo conseguiría la felicidad cuando se librara de esos dos mitos ensoberbecidos y absurdos. Nosotros, en cambio, consideramos que la dignidad es una invención imprescindible para alcanzar la felicidad.



Estamos embarcados en un gran proyecto. No somos ilusos, aunque estemos llenos de ilusiones. Hay que tomarse en serio a Shakespeare: «La vida es un cuento absurdo, contado por un idiota sin gracia, lleno de ruido y furia.» Queremos añadir: «... pero que se empeña en escribirlo de otra manera». El hombre es un animal, desdichado por comprender que es un animal, y que aspira a dejar de serlo. Ésta es la patética y parricida historia de la humanización. 

 

El hombre nuevo quiere matar al hombre viejo. Es nuestra historia común, en la que todos podemos buscar nuestra identidad. Creemos que la Humanidad navega por un mar azaroso con rumbo pero sin mapas. Su historia es la crónica de múltiples naufragios. Pero como escribió el sentencioso Séneca: «El buen piloto, aun con la vela rota y desarmado y todo, repara las reliquias de su nave para seguir su ruta.»







"Lucha por la dignidad"
                                                                                                                                               J.A. Marina y M. De la Válgoma

domingo, 23 de febrero de 2014

Cita: Sr. Smith



Morfeo se encuentra a merced del Sr. Smith. Este se confía al rebelde: 

¿Sabía que la primera, Matrix fue diseñada para ser un perfecto mundo humano donde nadie  sufriera… donde todo el mundo fuera feliz?

 
Fue un desastre, nadie aceptó ese programa, se perdieron cosechas enteras. Algunos creían que no teníamos el lenguaje de programación para describir su mundo perfecto. Pero yo creo que, como especie, los seres humanos definen su realidad con la tristeza y el sufrimiento. Así que el mundo perfecto era un sueño del que sus primitivos cerebros querían constantemente despertar. 

Por ese motivo Matrix fue, rediseñada, así en el apogeo de su civilización. Ha oído bien, SU civilización. Porque cuando empezamos a pensar por ustedes, en realidad se convirtió en nuestra civilización y claro, como imaginará es de lo que va todo esto… De evolución, Morfeo. Evolución.Como el dinosaurio. Mire por esa ventana. Su época ya pasó. El futuro es nuestro mundo Morfeo, El futuro es… nuestra época.
           
Quisiera compartir una revelación que he tenido desde que estoy aquí. Esta me sobrevivo, cuando intenté clasificar a su especie. 

Verá me di cuenta de que, en realidad no son mamíferos. 

Todos los mamíferos de este planeta desarrollan instintivamente un lógico equilibrio con el hábitat natural que  les rodea. 

Pero los humanos no lo hacen. 

Se trasladan a una zona y se multiplican y siguen multiplicándose hasta que todos los recursos naturales se agotan.


Así que el único modo de sobrevivir es extendiéndose hasta otra zona. Existe otro organismo en este planeta que sigue el mismo patrón.

      ¿Sabe cuál es?

      Un virus. 

Los humanos sois una enfermedad, sois el cáncer de este planeta, sois, una plaga… 
Y nosotros somos la cura.



El Sr. Smith les pide a su colaboradores que salgan de la habitación

 Dejadme a solas con él. ¡Vamos!

 ¿Puede oírme, Morfeo? Voy a ser sincero con usted 
 Yo odio este… lugar… este zoo, esta prisión, esta… realidad, o como usted quiera llamarla.  
 Ya no la soporto más… Quizás sea el olor… si es que existe. 
 Estoy saturado por él. 
 Noto el sabor… su  hedor.

 Y siempre que lo noto, temo que de alguna manera me haya infectado. Es repulsivo...¿verdad?  
   
 Tengo que salir de este lugar Tengo que, huir.

Y en el interior de su mente está la llave… Mi llave. 
En cuanto Zión sea destruida, ya no será necesario que esté aquí.  ¿Me ha entendido?


Morfeo, necesito los códigos. Tengo que conseguir entrar en Zión y usted tiene que decirme cómo! 
 
Y va a decírmelo o… morirá.

sábado, 14 de diciembre de 2013

Lotería de Navidad y probabilidades


"Imagina que tienes un amigo en Cuenca cuyo nombre es Diego. Le tienes que devolver unos libros desde hace un tiempo, así que decides cogerlos, bajas las escaleras y sales de tu casa. Conforme pisas la calle abordas al primer tipo que te cruzas y le preguntas si va a Cuenca. Esta persona te dice que sí. Le haces el encargo de devolverle los libros a tu amigo Diego. Accede a hacerte el favor, y tira para Cuenca. Conforme llega aparca el vehículo, toma los libros, se baja del coche y le pregunta al primero con el que se encuentra. Le pregunta si él es Diego, tu amigo, y esta persona le responde que sí, que es él”.

¿Piensa que eso es imposible? Imposible imposible no; pero bastante improbable sí. Según las matemáticas, la probabilidad de que ocurra el suceso descrito es mayor que la probabilidad de que te toque la lotería.


Este es el ejemplo con que ilustra el profesor Jose Mª Letona su hábito de no jugar a la lotería nunca. Letona es miembro fundador de la Escuela de Pensamiento Matemático "Miguel de Guzmán" (centro de enseñanza especializado en la detección, orientación y estímulo del talento matemático) y obviamente no es la persona con la que hablar si lo que quiere uno es ilusionarse con el sorteo de la lotería de Navidad.

Si se dan cuenta, este profesor no dice nada que no pudiéramos sospechar. Quiero decir que todo el mundo alcanza a entender la dificultad de que nos toque el gordo de la lotería. No obstante, me da la impresión de que nadie tiene idea concreta de cual es esa probabilidad. Jorge Elorza, profesor de Física y Matemática Aplicada de la Universidad de Navarra, debate sobre si realmente merece la pena que gastemos una parte de nuestros ingresos navideños en probar suerte en el sorteo de Navidad. Nuestro conferenciante se muestra categórico: «Desde el punto de vista matemático, invertir dinero en lotería es una ruina» (excepto en el conocido caso del presidente de la diputación de Castellón, Carlos Fabra, que informa haber sido agraciado con el gordo de la lotería; y no una, sino en varias ocasiones).

Elorza nos explica que la probabilidad de acertar con nuestro décimo en la Lotería de Navidad «es de 1 entre 100.000».

Gonzalo García-Pelayo, puede no tener la autoridad académica de los anteriores, pero después de haberse convertido en millonario (sobre 250 millones de pesetas ganó reventando casinos por todo el mundo en los años 90), algo de experiencia si que le atribuyo. Este señor confirma que las probabilidades de ganar el gordo son bajas. Calcula unas 2.072 veces más difícil que hacerlo con la ruleta y 150 más que acertar la primitiva.  

Como sea, el mérito que le atribuyo al profesor Letona es el alarde didáctico, lo gráfico e ilustrativo que resulta su ejemplo. Porque no me digan ustedes a mí que la probabilidad de 1 entre 100.000 realmente le dice algo. Es como la distancia que hay desde la tierra hasta la constelación de Andrómeda (por poner un ejemplo): un chorrón de años-luz que nuestra mente no está preparada para entender, suponiendo que seamos capaces de aprehender el concepto año luz (distancia que recorre la luz en un año). Como cuando en un documental nos dicen que el tamaño de un glóbulo rojo es de 5 millonésimas partes de un metro. En nuestra cabeza tratamos de imaginarnos esas dimensiones, de comparar con lo más diminuto que conozcamos (una cabeza de alfiler, una pulga, un punto negro de la piel,...) con el fin de hacernos una idea. Y aún así nos cuesta lograrlo.
 

Inconmensurable es aquello que no se puede medir. Pero de poco me sirve que se pueda calcular si mi mente no es capaz de comprender esa medida. Cuando a mi me dicen que la antigüedad de la tierra es de  4.600 millones de años, y la aparición del hombre la datan hace 2,5 millones, el dato no me aporta más información que “hace mucho, mucho, pero que mucho, tiempo”. Pero si me lo presentan en un ejemplo donde la historia de nuestro planeta se representa resumida en una año (365 días), ver que la aparición del hombre se da el 31 de diciembre a las 22 horas, me permite realizar una comparación con magnitudes comprensibles, y por tanto, hacerme una idea del concepto.

Conocíamos los millones que nos pueden tocar en el gordo de navidad (lamentablemente bastante mensurables). Ahora ya podemos comprender la probabilidad de que nos toque el gordo de la lotería en Navidad. Por si no queda claro, les pongo otro ejemplo de esa probabilidad, en este caso comparada con la probabilidad de ser alcanzados por un rayo.



Aún así, en España gastamos una media anual por ciudadano de 248 € en lotería ¿Porqué compramos tanta lotería? Pues supongo que porque sobrestimamos la posibilidad de ser agraciados con el premio. En primer lugar, porque nos falta la información que acabo de comentar sobre esta probabilidad, y en segundo lugar porque la entidad que gestiona esos sorteos utiliza la influyente y arrolladora maquinaria de la publicidad para inculcarnos la información que le interesa. Esta publicidad crea una expectativa tan concreta como anhelada. Ojo, que las expectativas son un elemento tan poderoso como imperceptible. Pero están ahí. Siempre están ahí. Es importante saber que nos movemos por expectativas, seamos conscientes de ello o no. En nuestro caso, la expectativa creada es: tú puedes ganar el premio. Y al hacerlo de una forma tan impecablemente eficiente generan en nosotros la creencia de que realmente es probable que nos toque el premio.

Junto con el producto (el décimo de lotería, en este caso) nos venden sutilmente ese mensaje de alegría, bienestar, prosperidad,... en definitiva, una intangible promesa de felicidad (más idílica que otra cosa) que convierte al producto en algo más deseable. Nuestro interés por el producto se incrementa enormemente porque deseamos esa jovialidad, ese éxito, esa felicidad que emana del anuncio, pero que después no se adquieren cuando lo compramos. Messi o Cristiano no van a venir a nuestra casa a jugar a la Playstechon aunque en el anuncio lo hagan con otros chicos. Tampoco van a caer rendidas a nuestro paso todas las chicas de la discoteca porque nos duchemos con el champú Asse (ola ke ase). Ni nuestra familia va convertirse en una familia ideal, que reparte bondad y buen rollito a discreción porque compremos en el Continglé. Pero eso es lo que muestran en los anuncios, transformando al producto en mucho más que un producto. Pero las matemáticas (como el algodón de aquel anuncio del limpiador con bioalcohol) no engañan.

Aunque esto de la publicidad puede tener efectos imprevistos, como en el anuncio de este año de la Lotería de Navidad. Puede dar pie a distintas interpretaciones. Y si no, echen un vistazo en la red a la cantidad de parodias a que ha dado lugar.

Me uno a ellos
 
Imaginen que soy un turista extranjero de viaje por España, perdido en mitad de la serranía, sea el Ampurdá, sea las Alpujarras, y me tiro al primer pueblecito que encuentre para pasar la noche. Si al entrar al mismo me encuentro todas las calles llenas de velitas, lo primero que pensaría es que ese ayuntamiento ha llegado justito a final de año. O bien son muy románticos. Pero que como llueva, se les chafa el invento.

Si avanzo por las calles y llego a una plaza llena de gente con velitas, entonces pensaría que se trata de una celebración popular. Probablemente me acercaría para tratar de involucrarme en el evento, por pura curiosidad. Pero en el momento en que viera esas caras que esgrimen los paisanos del spot (por cierto, que ninguno tiene cara de gente de pueblo) me echaría para atrás.

Dios! Esas sonrisas tan perfectas, esos gestos de cariño tan almibarados, esos grupos tan estereotipados (parejitas, padres e hijas, tríos familiares, amigos de toda la vida,...).

Tate! Aquí pasa algo raro! Esto tiene más pinta de ser un remake de la película “El club de las primeras esposas” (aquellas que eran todas absolutamente perfectas, porque eran robots) o igual pensaría que me he metido en un pueblo al estilo de “El show de Truman”.

Dios! Esta gente está drogada!

O peor, pertenecen a una secta!.

En aquel momento se ponen a cantar la Caballé, Rafael, y los otros tres. Madre! estos son los oficiantes del rito. Una familia al completo (los abuelos los distingo, pero entre los tres restantes no veo claro el parentesco) que tampoco tienen rasgo alguno que haga pensar que son paisanos. Bueno, igual los han contratado para el evento.

Pero no termina de quedarme claro el objetivo del mismo. No es una fiesta (sea religiosa o pagana porque nadie bebe alcohol); quizá una tradición, pero en ese caso lo suyo sería que lo interpretara la gente del pueblo (digo yo).

Pero cuando al final veo una pirámide de bombos de lotería, y el del vértice superior girando sin rozamiento, levitando, rodeado de un aura mágica, empiezo a entender:

¡Esta gente está abducida por los extraterrestres!.

Lo del bombo solo puede hacerlo la niña del Exorcista (cuando tiene un buen día) o Carrie... o los extraterrestres. Las caras son tan falsas que solo puede explicarse por una posesión alienígena (véase la sonrisa socarrona de los de Mars Attack). De hecho, más cara de extraterrestre que la de la Caballé cuando canta he visto pocas. Y al final llega la pista definitiva: Rafael al final del spot tararea algo muy parecido a las 5 notas musicales del final de “Encuentros en la 3ª fase”, esa que se repetía tan machaconamente la nave nodriza extraterrestre. No  hay duda. Están aquí! Han venido! Y han comenzado la invasión, como en la película “La invasión de los ultracuerpos”, suplantando la identidad de los paisanos del pueblo. Me temo que la lotería este año, en vez de hacer un anuncio publicitario lo que les ha salido es un ultimatum a la tierra.

En fin, termino ya, y lo hago deseándoles mucha fortuna... en la vida.


Pero si juegan, que tengan mucha suerte en el sorteo del 22 de Diciembre. A pesar de mi descreimiento, créanme que se lo deseo de corazón.

Espero que cuando bajen del coche, la primera persona a la que pregunten, efectivemente sea el amigo Diego (1º premio de la lotería), o al menos alguien de su familia (2º,3º o 4º premio). A unas malas, que el tipo sea vecino de Diego (pedrea). Si no es así, a ver si se trata de alguien que viva en su barrio (reintegro).