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sábado, 25 de octubre de 2014

Cita: El patito feo




Me habían pedido que examinase a un chico de 15 años cuyos comportamientos parecían sorprendentes. Vi llegar a un pequeño pelirrojo de piel blanca, vestido con un pesado abrigo azul con cuello aterciopelado. En pleno junio, en Toulon, resulta una prenda sorprendente. El joven evitaba mirarme directamente a los ojos y hablaba tan quedamente que me fue difícil oír si su discurso era coherente. Se había evocado la esquizofrenia. Al hilo de las charlas, descubrí a un muchacho de carácter muy suave y a la vez muy fuerte. 

Vivía en la parte baja de la ciudad, en una casa con dos habitaciones situadas en pisos distintos. En la primera, su abuela se moría lentamente, víctima de un cáncer. En la segunda, su padre alcohólico vivía con un perro. El pequeño pelirrojo se levantaba muy temprano, limpiaba la casa, preparaba la comida del mediodía y se marchaba después al colegio, lugar en el que era un buen alumno, aunque muy solitario. El abrigo, cogido del armario del padre, permitía ocultar la ausencia de camisa. Por la tarde, hacía la compra, sin olvidar el vino, fregaba las dos habitaciones, en las que el padre y el perro habían causado no pocos estragos, comprobaba los medicamentos, daba de comer a su pequeña tropa y, ya de noche, al regresar la calma, se permitía un instante de felicidad: se ponía a estudiar. 


Un día, un compañero de clase se presentó ante el pelirrojo para hablarle de una emisión cultural, emitida por France-Culture. Un profesor que enseñaba una exótica lengua les invitó a una cafetería para charlar del asunto. El jovencito pelirrojo volvió a casa, a sus dos cochambrosas habitaciones, atónito, pasmado de felicidad. Era la primera vez en su vida que alguien le hablaba amistosamente y que le invitaban a tomar algo en un café, así sin más, para charlar sobre un problema anodino, interesante, abstracto, completamente distinto de las incesantes pruebas que saturaban su vida cotidiana. Esta conversación, aburrida para un joven inserto en un entorno normal, había adquirido para el muchacho pelirrojo la importancia de un deslumbramiento: había descubierto que era posible vivir con amistad y rodeado por la belleza de las reflexiones abstractas. 

Aquella hora vivida en un café actuaba en él como una revelación, como un instante sagrado, capaz de hacer surgir en su historia personal un antes y un después. Y el sentimiento era tanto más agudo cuanto que el hecho de disfrutar de una relación intelectual no sólo había representado para él la ocasión de compartir unos minutos de amistad, así, de vez en cuando, sino que había supuesto, sobre todo, una posibilidad de escapar al constante horror que le rodeaba. 

 
Pocas semanas antes de los exámenes finales de bachillerato, el chico pelirrojo me dijo: «Si tengo la desgracia de aprobar, no podré abandonar a mi padre, a mi abuela y a mi perro». Entonces, el destino hizo gala de una ironía cruel: el perro se escapó, el padre le siguió tambaleándose, fue atropellado por un coche, y la abuela moribunda se apagó definitivamente en el hospital. 

Liberado in extremis de sus ataduras familiares, el joven pelirrojo es hoy en día un brillante estudiante de lenguas orientales. Pero cabe imaginar que si el perro no se hubiese escapado, el muchacho habría aprobado el bachillerato a su pesar y, no atreviéndose a abandonar a su miserable familia, habría elegido un oficio cualquiera para quedarse junto a ellos. Nunca se habría convertido en un universitario viajero, aunque es probable que hubiese conservado unos cuantos islotes de felicidad triste, una forma de resiliencia. 

«Hay familias en las que se sufre más que en un campo de exterminio».

  
                                                                                                                                                         "Los patitos Feos" (2002)
                                                                                                                                                                  Boris Cyrulnik

sábado, 11 de octubre de 2014

#3.- El azar siempre cuenta...


El comportamiento humano, sobre todo a escala de grandes números, está más condicionado por las leyes del azar que por las de la racionalidad. Kahneman y Tversky demostraron repetidamente que el comportamiento de las personas no sólo es impredecible, sino que con frecuencia es irracional, actuando incluso en contra de sus propios intereses.



No es posible intuir el futuro en base a leyes deterministas o causales. De esto ya nos advirtió el premio Nobel Born, al decirnos que el futuro responde más a las leyes del azar que a la causalidad.



El azar siempre cuenta.

Siempre.




Está presente en nuestras vidas desde el día que nacimos (piénsenlo y díganme si no fue un suceso completamente aleatorio el nacimiento de cada uno de nosotros), hasta el último de ellos. El azar se me antoja como la confluencia de las innumerables circunstancias que pueblan la vida y que nos afectar al transitar por ella. A eso se refiere el famoso efecto mariposa cuando dice que “El aleteo de las alas de una mariposa puede provocar un Tsunami al otro lado del mundo". Aunque esto ya lo tenían claro los antiguos chinos en un proverbio prácticamente idéntico. 



Azar y suerte no son exactamente sinónimos, pero son conceptos que se solapan. Según la Real Academia Española de la Lengua, en su primera acepción, suerte es: “Circunstancia de ser, por mera casualidad, favorable o adverso a alguien o algo lo que ocurre o sucede”. Pero su segunda acepción, “Encadenamiento de los sucesos, considerado como fortuito o casual”, parece referirse más a lo que yo entiendo por azar.



El que un avión explote en el aire y uno de sus reactores destroce nuestra casa es un hecho fortuito, sobre el que no hemos podido tener margen de maniobra alguno. Que empiece a trabajar en una empresa tras años desempleado, y quiebre al tercer mes, (y por tanto vuelva a estar sin empleo) es algo que está fuera de mi control. El encontrarme un maletín (si quieren, lleno de dinero, aunque igualmente podría contener una bomba activada) en la terminal de un aeropuerto es un suceso aleatorio. A eso le llamo azar.



Pero si cruzo una autopista en hora punta, el hecho de ser arroyado por un camión no se puede llamar mala suerte (más bien sería difícil salir indemne de ese ejercicio suicida). Si apenas estudio para un examen no podemos quejarnos de haber tenido mala suerte. Si comienzo a ser descuidado en mi trabajo, impuntual o mostrarme desmotivado, yo estoy influyendo en que me despidan. Si Albert Einstein le concedieron el premio Nobel y el reconocimiento que actualmente tiene, no fue porque simplemente tuviera suerte con un experimento o realizara una hipótesis más o menos afortunada un día cualquiera.



Intentando distinguirlas en un ejemplo. Fleming se encontró con que al volver de vacaciones uno de los cultivos que tenía sobre la mesa del laboratorio había criado un hongo (efecto del azar). No fue él único al que le sucedió este hecho, pero sí que fue el único que se interesó por aquel anómalo efecto y decidió estudiarlo (aprovechar ese azar = suerte), para descubrir finalmente la penicilina.




Me parece incuestionable el papel que juega el azar en la vida. Aunque lo que realmente me fascina es la manera en que las personas interpretamos los acontecimientos aleatorios que nos acontecen.



Cuando en la vida diaria tomamos una decisión, no tenemos conciencia de lo mucho que el azar interviene en esa determinación. Los procesos aleatorios son fundamentales en la naturaleza, pero la mente humana funciona de tal modo que necesita identificar una causa concreta para una acción determinada.



A nuestro cerebro le encanta creer y tejer historias, aunque muchas veces esas historias sean falsas o estén reñidas con la lógica. No obstante, en un mundo tan amplio y tan generoso en opciones, las coincidencias tienden a ocurrir mucho más de lo que sospechamos.



Comenta Alberto Rojo en su libro El azar en nuestra vida cotidiana, que tirar una moneda al aire 7 veces y obtener 7 resultados iguales (7 caras o 7 cruces) es algo que interpretamos como extraordinario, visto así, de forma aislada. Algunos pueden denominarlo casualidad. Pero explica que en una tanda de 100 tiradas, que salgan  6 o 7 caras o cruces seguidas es de lo más normal. Conclusión: Un suceso repetido el suficiente número de veces terminará por presentarnos los resultados más habituales (en un montón de ocasiones) pero también los más atípicos (lógicamente en muchos menos casos). Pero si al suceder estos últimos, los interpretamos de forma aislada de toda la serie, pueden parecer hechos excepcionales. 




No les ocultaré que me cuesta trabajo conformar esa teoría en mi cabeza, pero reconozco que me parece plausible. Y si les soy franco, más aceptable que asumir la  existencia de un plan preconcebido, trazado o prefijado para todos los elementos que conformamos el universo. Cosa, por otro lado, que se me antoja imposible de ejecutar (imagínense la de cálculos que habría que desarrollar, la de trayectorias que prever de todos los seres humanos, animales y objetos incluidos en el universo. Por no hablar de que, después de eso, habría que ejecutarlos). Como decía Vizzini en La princesa prometida: ¡¡Inconcebible!! 




No obstante, y a pesar de lo dicho, me sigue costando trabajo aplicar dicha hipótesis a esas series de sucesos independientes y arbitrarios encadenados de mala suerte (o buena suerte) que de vez en cuando se dan.



Les pongo uno sufrido en carne propia:



Goteborg, Suecia.- Huelga imprevista de pilotos (de aviación comercial) de solo 4 horas, entre las 2.00 y las 6.00 de la madrugada. Desviaron los vuelos previstos para esa franja; la mitad antes de las 2.00, la otra mitad, después de las 6.00. Pues lamentablemente nuestro avión fue de los adelantados. No pudimos enterarnos y lo perdimos. 


La empresa arguyó que nos intentó avisar por teléfono, pero sucedió que los números que consignamos en su momento estaban equivocados. Cinco personas informamos de nuestro teléfono móvil y los cinco nos equivocamos al darlo. Las causas: baile de números, prefijo equivocado u olvidar el prefijo internacional. 


Por otro lado, estando en Suecia me entero que el ejercicio final de una oposición a la que me estaba presentando se había adelantado un día. Precisamente el día del que les estoy hablando; el que volvía para Málaga. Al que hubiera llegado a tiempo si no se hubiera convocado la dichosa huelga. 


Reclamamos en el aeropuerto y nos dieron otro vuelo.  Hubo que esperar una larga cola, pero al llegar al final del chek-in, solo había asiento para uno de nosotros. Si hubiéramos estado delante de la familia que teníamos en la cola, hubiéramos tenido asiento todos. Pero no, estábamos detrás. 


Al igual que los Mosqueteros, decidimos quedarnos todos y tuvimos que negociar nuevamente con la línea aérea para que nos dieran otro pasaje. En este nos mandan a Palma de Mallorca, en donde aprovecho justo al llegar, para ir a ver el final del primer partido del Mundial de Fútbol de Sudáfrica: España- Suiza. La selección, gran favorita del mismo, va y ¡pierde! (Sí, la misma que después no falló ningún otro y ganó el mundial). Vuelta a la zona de embarque para tomar el último avión. 


De Palma volamos a Málaga, y cuando llegamos, tras más de una hora de espera en la cinta de equipajes, resulta que han perdido nuestras maletas. Todas.




De acuerdo que algunos sucesos son dependientes de otros. Pero otros no. Y lo curioso, ¿todos en un mismo día? Pues sí, según el profesor Rojo es una probabilidad (mayormente improbable) pero que tocó aquel día.



Igual les puedo hablar del tipo aquel que tuvo casi una decena de accidentes cuasi mortales durante su vida (accidente de avión, tren descarrilado, accidente de autobús, incendio de su coche), y sobrevivió a todos. También les digo yo que igual necesitaba que me autentificaran las fuentes de las que parte la historia. Porque termina contando que al tipo le toca la lotería, que quizá sea ya rizar el rizo. En cualquier caso se llame Frano Selak o Chapulín Colorado, me parece factible (posible, no necesariamente probable) que algo parecido a estas peripecias le haya sucedido a alguien a lo largo de las historia de la humanidad.



Total. Que como decía aquel, ¡esto es lo que hay!



Afirmaba Darwin que el azar es el motor de la evolución, y por extensión, de la vida. De manera que quizá la única actitud racional adoptable ante el devenir aleatorio de los acontecimientos sea sentarse cómodamente en la silla de la vida y aceptar la idea del azar como tal.



Dice Harvey Dent, que suena a escritor o científico reputado, pero en realidad es el malo de Batman (El Caballero Oscuro, 2008) que: "El mundo es cruel, y la única moralidad en un mundo así de cruel es el azar: imparcial, sin prejuicios... justo". 


Hay que fastidiarse, pero no me digan que no les da que pensar, la frasecita. 


jueves, 7 de agosto de 2014

#2.- La vida es injusta. Hazte a la idea



La gente generalmente asume que el mundo en que vivimos es predecible, justo y seguro. Y, en cierta medida, dentro de unos límites, es así. Sobre todo si lo comparamos con otras sociedades de nuestro planeta donde, por ejemplo, no se respetan (porque no existen) derechos humanos básicos.  



Aunque nos cueste creerlo, vivimos en el mejor de los mundos posibles. Cualquier otra cosa es ciencia ficción.



Históricamente nunca se han reconocido tantos derechos humanos como en el Primer  Mundo en la actualidad. Huelga decir que confronten ustedes su calidad de vida con la de cualquier adulto criado en su misma localidad 100 ó 200 años atrás. Por poner un dato: La esperanza de vida en España a principios de siglo pasado era de... ¡34 años!

Para más datos, en el próximo noticiario (prensa, radio o TV) pueden encontrar ejemplos abundantes.



Cualquier persona nacida en Eritrea para llegar a la madurez ha de sobrevivir al disparado índice de mortalidad infantil (de los más altos del planeta), la baja esperanza de vida, los conflictos étnicos, la guerra latente con Etiopía, el servicio militar continuo y, por si no tenían suficiente, hambre, enfermedades y epidemias.

Compárenlo con sus circunstancias sociales. ¿Es justo?




Una de las falacias más frecuentes con que me encuentro es esta: Creer que la vida tiene que ser justa. Una noción que nos han inculcado desde pequeños: pensar que la bondad y virtud serán finalmente premiadas, y la maldad castigada. El concepto de justicia universal, poética o divina, según la cual, actos buenos merecen ser recompensados, y actos malos obtener su correspondiente en negativo (castigo), no es una axioma indefectible de la vida. Y si bien hay ocasiones en que se da (benditas ocasiones), me temo que no es la norma habitual.



Cualquier proyecto de civilización, en general, no es más que un intento de asentar un orden concreto, una forma de organizarnos. Esencial será proveer de las herramientas apropiadas para la necesaria convivencia. La justicia se transforma así en el instrumento que asegura (en mayor o menor medida) que las normas establecidas serán respetadas por los consumidores. Sí, sí, yo también hubiera preferido llamarles (llamarnos) ciudadanos, pero a la vista de las circunstancias, hay que ser realista, y por encima de otra cosa, lo que somos es consumidores.



Pero, como les decía, esas reglas morales, jurídicas y sociales son válidas para los miembros de una comunidad, pero no necesariamente para los ajenos a ella. Hemos de tener claro que el concepto de justicia es una convención. Como cualquier ley, se trata de algo convenido entre un grupo de individuos. Algo que tiene validez dentro de esa comunidad o sociedad, pero no frente a circunstancias imprevisibles de la vida.



La vida contiene a la sociedad. La vida es más grande que cualquier civilización. Inmensa, quizá exorbitante, y siempre inabarcable.




De manera que, por muy bien planificada que esté una civilización, muchos factores escaparán al intento de control humano, por inconmensurables, por imposibles de atar o fiscalizar o imprevisibles. Sí, más o menos como los seguros de hogar. Contemplan situaciones típicas que denominan “garantías” (un tanto inflado y ampuloso el término), pero cuando nos ocurre algún incidente (ellos lo llaman siniestro, igualmente excesivo me parece) que rompe con la normalidad, casualmente no está incluido dentro de los términos firmados con la aseguradora (al menos, esa es mi experiencia). Hablo igual de un tsunami o un terremoto, como de un accidente múltiple de tráfico; igual de un despido masivo que de un infanticidio…



El entramado social que hemos urdido de certidumbre y confianza es provisional, y mayormente endeble. No es ninguna mentira que la más cruel, despiadada e insufrible realidad puede destrozar de golpe todo lo que creíamos seguro y sólido, dejándonos en la más ruinosa de las miserias (moral y/o física y/o emocional). Un avión de pasajeros es abatido por un misil y deja más de 300 muertos. Ahí mismo, a las puertas de Europa. Algo impensable... hasta que ha ocurrido. Un tipo tiene secuestradas a varias niñas, a alguna de las cuales ha violado (e incluso dejado embarazadas), en el corazón de Europa. Algo imposible de creer... hasta que acontece... En la India, 3 niñas son violadas y ahorcadas a la luz pública, y nadie hace nada…



Cuando suceden estos hechos, los supuestos básicos que asumíamos como seguros son sacudidos atrozmente y saltan por los aires. Es entonces cuando la versión más cruda de la realidad rompe los diques de contención de tales supuestos instituían y se muestra en su vertiente más brutal y tremenda.



Las normas que rigen la vida pueden ser más o menos explícitas, pero entre ellas no se encuentra la de justicia. Que las circunstancias existenciales tengan que ser ecuánimes es un añadido puramente humano. De manera que podemos criarnos pensando que esa justicia es extrapolable a todas las áreas de la vida. “Si pago mis impuestos, merezco estos servicios”, “si soy buena persona no deben pasarme cosas malas”, “si cumplo como trabajador debería recibir una prestación justa”, “si hago esto, me corresponde obtener aquello”, etc...

Pero lamentablemente no tiene por qué ser así. Piensen. ¿Cuántas veces escuchan frases del tipo?


“Esto no es justo”



“Qué he hecho yo para merecer esto”



“Esto es un castigo del cielo”



“Porqué siempre me pasa esto a mí”



“Esto no puede estar sucediéndome a mí!”



Pes me temo que sí que puede estar sucediéndole.



Existe, como mucho, una mayor o menor probabilidad de que seamos correspondidos, pero nunca una certeza de que así suceda. De manera que, me parece bastante más realista pensar: “Si soy buena persona, deberían pasarme cosas buenas... pero nada me lo asegura, ni tampoco me inmuniza contra las malas”. Puede que sea menos amable, más ingrata, pero les aseguro que más sana para su salud mental. 


Pensar “Esto es injusto” o “Las cosas no deberían ser así” no le resuelve ningún problema, y por el contrario le genera un estrés adicional (que por supuesto no necesita). Pensamientos de este tipo solo logran que nos sintamos ultrajados, agraviados o zaheridos, pero no promueven la acción para enmendar la circunstancia que nos atenacen ni nos ayuda a entender la situación. Más bien nos coloca en una posición de pobre víctima golpeada por el destino, de inocente damnificado por la desgracia, cuyo único recurso consiste en quejarse.


En el ámbito social, y amparados por las leyes humanas, la queja o denuncia puede proveer de un resultado, una reposición o resarcimiento (que precisamente es a lo que llamamos “hacer justicia”). Pero fuera de estas, quejarse no sirve para nada. 


No habrán visto ustedes nunca por ahí a una cebra o un elefante (por poner un ejemplo) lamentar la pérdida de su cría recién devorada. Dolor sí, puesto que es una reacción puramente visceral (y no solo humana). Pero quejarse, nunca.


¿Por qué? Porque no tiene sentido. A quien clamarían ¿A la manada de perros salvajes o hienas que han devorado a su retoño? No hace falta tener mucha imaginación para anticipar el resultado de esta querella ¿A los leones, por aquello de que nos dijeron eran los reyes de la selva (y lo mismo imparten justicia en su reino)? Anticipo el mismo resultado que el anterior. ¿Al Alto Tribunal de la Haya? Sin comentarios.


Y una cosa tengo por segura. A “las cosas” (esas que “no deberían ser así”) les trae sin cuidado lo que usted piense de ellas, sus cuitas o cómo las valore. No pierdan tiempo y energías lamentándose.


Para concluir. Mi experiencia es que la justicia, como tal, no existe en la vida real. Y como dolorosamente vemos día tras día, parece que cada vez menos en la civilizada.


“La justicia no existe, acostúmbrate a ello”, reza el eslogan. Triste, sí. Lamentable, más aún. Definitivo, no. En absoluto.


Pero desde luego, no esperen ustedes que aparezca un salvador, mesías o superhéroe volador con capa que nos saque las castañas del fuego. Me temo que tendremos que ser nosotros, las personas corrientes, las que hagamos algo al respecto.

¿Tienen ya algo pensado?