Mostrando entradas con la etiqueta Filautía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Filautía. Mostrar todas las entradas

jueves, 15 de noviembre de 2018

41#. La honestidad, un valor en horas bajas.

Supongo que somos la última generación a la que nos educaron tratando de guiarnos por el "buen camino". Digo esto por que, además de memorizara los ríos y cordilleras del país, saber identificar el complemento directo del predicado en una frase y aprender recursos tan prácticos para la vida moderna como hacer raíces cuadradas o conocer la función de las bisectrices, se suponía que la educación también debía dirigirse a insuflar una actitud en los alumnos, de infundir una predisposición ante la vida, de inspirar unas virtudes o valores personales. 

 
El valor del esfuerzo, la importancia de la cooperación y la amistad, la necesidad de dialogar, la relevancia de la bondad, la práctica del perdón, el respeto al prójimo... Recuerdo estas, entre otras, como las más relevantes y necesarias cualidades de una persona digna. Hago un repaso de ellas, y se me antoja que la honestidad es la que más injustamente está siendo tratada. Es posible que no le hayan cascado o haya sido tan vapuleada públicamente como a los buenos modales o a la humildad, pero sigo viéndola postrada en un rincón, languideciendo, en riesgo de morir por inanición.

No se lo creerán, pero hubo un tiempo en que una persona podía empezar de aprendiz en una empresa local y tras una vida trabajando, jubilarse en la misma. Alguien podía encontrarse una cartera y devolverla, íntegra, en el primer cuartel de la policía o guardia civil. Una persona podía comprarse una casa y ser capaz de haberla pagado antes de jubilarse. También era posible, incluso frecuente, que las personas se dedicaran sencillamente a vivir la vida, sin más aspiraciones, pero disfrutándola. En esos tiempos, la honestidad era una virtud capital y ejercerla, el ser honesto, era gratificante de por sí. La gente se afanaba por serlo por el simple hecho de que se entendía que era lo correcto, era lo que nos ayudaba a convivir y hacía la vida más segura.

De facto, históricamente, la honestidad tenía sentido como factor clave en la cohesión social, como cualidad que permitía la confianza en el otro, y por extensión, generaba la materia prima para que la convivencia armoniosa fuera posible y existiera un orden social. Las normas, que con el paso de las generaciones se convirtieron en leyes, arrancaron de ese principio. Esas mismas normas, escritas o no, que hoy día, vemos ninguneadas y vulneradas de manera frecuente. 

 
La mentira, la ambición desmedida, el egoísmo (ahora sí, en su más pura faceta ególatra),... están a la orden del día. Pongan su televisor a la hora del telediario, cojan un periódico generalista cualquiera y miren la portada, abran internet en su sección de noticias,... "Deseamos lo que vemos, Clarice", decía Hannibal Lecter a su discípula ("El silencio de los corderos"), y de ahí arranca mi temor. Si no existen muestras explícitas de honestidad en las atalayas públicas, ni en los mass media, ni en las omnipresentes redes sociales... Si no se dignifica este valor ni se muestra el mérito de esta cualidad en ningún foro público, ¿cómo va a llamar la atención de las mentes en crecimiento?

Sigmund Freud tiene una frase que me viene como anillo al dedo: «Durante toda mi vida me he empeñado en ser honrado y en cumplir con mis obligaciones. No sé por qué lo he hecho». Si se me permite la irreverencia, podría contestarle a esa pregunta: Por que es útil, aunque quizá no tenga la utilidad pragmática que se estila.


Ser honesto sirve para no perder el norte y conseguir centrarnos en la realidad. Para afianzar nuestra fialutía, sembrando la confianza necesaria para promover relaciones sociales competentes que permitan el brote de relaciones humanas gratificantes. Ser honesto sirve, como siempre ha dicho mi padre, para poder dormir con la conciencia tranquila. Aún a riesgo de ponerme intenso, les diría que, en última instancia, la honestidad nos ofrece ese margen que necesitamos no perder la esperanza en la especie humana.

viernes, 15 de diciembre de 2017

CITA: Filautía, amor propio en su justa medida.

Filautía es un concepto de origen griego que significa amor propio, autorreconocimiento y amor a uno mismo. Implica la reconciliación con lo que uno es y con la propia existencia. Practicar la filautía supone dejar de lado la autoconmiseración y el sentimiento de ser víctima. 


La ética griega se fundaba en buena medida en la filautía. Aristóteles alude a ella en las éticas Nicomáquea y Endemia. Para él, el que se ama a sí mismo puede sin contradicción afanarse por lo que es justo, lo prudente y actuar de acuerdo con la virtud.

En su Elogio de la locura, Erasmo incluye a la filautía en la corte de Moría, hija de Plutón y responsable de que la especie humana se reproduzca.


Para Kant, en la Crítica de la razón práctica, el egoísmo puede ser tanto la filautía o indulgencia hacia sí mismos que va por encima de todo, o la arrogancia, la complacencia consigo mismo. La filautía es amor a sí mismo; mientras que la segunda es vanidad.

La razón práctica pura -según el filósofo de Köningsberg- tolera el amor a sí mismo a condición de que esté de acuerdo con la ley moral. En cambio, combate la vanidad. 

viernes, 1 de diciembre de 2017

32#. ¿Cómo se denomina el concepto equidistante del Egoismo y el Altruismo?

Entre el extremo del egoísmo y su antítesis, el altruismo, existe una actitud intermedia. Entre el exceso desmedido de amor propio y la entrega desinteresada por el bien de los demás (incluso a costa del interés personal) debería existir el vocablo que lo definiera. Una palabra que signifique el amor equilibrado a uno mismo, implicando la satisfacción de nuestras necesidades o intereses, tratando de no mermar los de los demás.


Sorprendentemente, no existe esa palabra. Quiero decir, no encuentro el significante concreto que tenga asignado ese significado.

Sí que encuentro voces compuestas. Hay más de una palabra, como auto-estima, amor propio, auto-respeto, egoísmo sano,... que tienen ese significado, pero lo hacen modificando un vocablo (lexema) anterior. Existen también conceptos muy cercanos, como dignidad o pundonor, pero opino que abarcan un espectro más amplio. Llámenme tiquismiquis... igual estoy exagerando la importancia de ese vocablo esquivo... Y no, no se crean que dispongo de tanto tiempo libre como para dedicarme a estas filigranas mentales. Pero el caso es que, las derivaciones de la omisión cuestionada, no son vanas.

El primer efecto de asignar un nombre a algo es diferenciarlo. Lo distingo del resto del contexto y de elementos afines o similares. Simultáneamente, le conferimos a ese algo una entidad particular, estamos reconociendo su relevancia. Pero es más que eso. Que un concepto o idea posea significante nos permite arrebatárselo a la realidad, a su limitada presencia material, para incluirlo en el vasto universo simbólico. Al disponer de significante, con ese término o concepto podemos desarrollar infinidad de operaciones mentales. Una vez en nuestra consciencia, podemos trabajar con él: Hipotetizar, razonar, reflexionar, combinarlo con otros elementos, hacerle trenzas o cortarlo en daditos. Por último, pero no menos importante, al invocarlo, al comunicarlo, generamos esa idea en otra persona. En su mente, el concepto trasmitido evocará algunas (o muchas) de sus propiedades.


¿Qué debemos deducir del hecho de que esta actitud personal, constructiva y necesaria, no tenga nombre específico en español? Supongo que más de las que soy capaz de concebir. Lo que sí alcanzo a entender es que, como mínimo, en nuestra cultura, crianza o educación, esta noción no ha sido considerada lo suficientemente relevante como para merecer tener un nombre propio (pero relevante, lo es). O bien, que de una manera u otra, se ha evitado asignárselo. Ambas deducciones me parecen deplorables; si les soy sincero, no tengo claro cual de las dos me desagrada más. 



Igual debería planterarle el asunto a Luis Piedrahita, que dada su destreza para inventar palabras necesarias, encontraría el significante apropiado. Hasta tanto, estaba a punto de concluir que la mejor expresión (equidistante de egoísmo y altruismo) que conozco, por obvia y ramplona que suene, era el SÍ-MISMO.

Fue entonces cuando apareció. En ese momento, hallé la palabra que buscaba. Al parecer, sí existe ese significante adecuado: FILAUTÍA.

Puede que nos suene a instrumento musical o a una musa mitológica perdida. Pero no. Filautía es un término aceptado por la R.A.E., e identifica el amor a sí mismo. Gracias a los griegos disponemos de la voz que significa aprecio a uno mismo, e implica de la misma manera, la reconciliación con lo que uno es y con la propia existencia... aunque no la haya leído ni escuchado nunca antes.