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jueves, 30 de abril de 2026

No, Donald no está loco

 

Recuerdo cuando los medios de comunicación lo etiquetaban como “showman” o “populista al llegar a la Casa Blanca en su primera legislatura. Posteriormente, más de un periodista lo tildó de “loco”, no tanto como sinónimo de demente sino más bien describiendo a alguien con ausencia de sentido común y comportamiento ilógico.




Para mí, el perfil psicopático del personaje, estaba fuera de toda duda. No obstante, un experto en la materia, el psicólogo Vicente Caballo, lo ha etiquetado en un artículo, dedicado expresamente a él, como Trastorno Narcisista de la personalidad. Un análisis que publicó ya en 2017, y que tras revisarlo para actualizarlo, informa de que no ha tenido que cambiar nada del original, ningún rasgo o indicador clínico ha variado. Lo que significa exactamente eso, que este tipo es exactamente igual que era hace ya casi una década.


¿En qué se basa para hacer este diagnóstico sin haberse entrevistado con el sujeto? Pues en toda esa extensísima gama de conductas que Donald nos ha regalado desde que es el Presidente:


  • -Fantasías de éxito ilimitado: El uso constante de términos como "tremendo" o "maravilloso" y la promesa de hacer a América "grande otra vez", permitiendo que sus seguidores proyecten sus propios deseos en esa frase tan genérica como ambigua.

    -Creencia de ser "especial" y único: Afirma tener un coeficiente intelectual altísimo y solo se relaciona con personas de estatus elevado, sintiéndose por encima de las reglas convencionales.

    -Exigencia de admiración excesiva: Obsesión con su imagen en los medios, los índices de audiencia y la popularidad. Cualquier crítica es percibida como un ataque personal, y no soporta los ataques personales.

    -Sentimiento de privilegio (Entitlement): Expectativas de trato especial y baja tolerancia a la frustración. Un ejemplo extremo es su afirmación de que podría "disparar a alguien en la Quinta Avenida y no perder votantes" .

    -Explotación interpersonal: Utiliza a los demás para sus fines (vendedores a los que no paga, estudiantes de la "Universidad Trump" defraudados) y cosifica a las mujeres

  • -Sentido grandioso de la propia importancia: Trump utiliza "hechos alternativos" para que la realidad encaje con su visión de ser el mejor negociador, el más honesto o el más rico.

  • -Carencia de empatía: Incapacidad para reconocer sentimientos ajenos, ejemplificada en sus burlas a un periodista discapacitado o sus ataques a familias de soldados caídos o descalificaciones a su antecesor o tantas otras mofas groseras.

  • -Envidia hacia otros o creencia de ser envidiado: Clasifica a sus críticos como "losers”, perdedores movidos por la envidia y admira el control "con mano dura" de líderes como Putin. ¿Quien nos iba a decir que admiraría al líder del mayor adversario histórico de su país del siglo pasado?

  • -Arrogancia y soberbia: Actitud despectiva hacia la prensa y los oponentes políticos, a quienes suele insultar de forma impulsiva.




Sin embargo, La Escala de Psicopatía de Hare (PCL-R) es el estándar de oro a nivel mundial para evaluar este constructo. Aplicar la Escala de Hare (PCL-R) a una figura pública como Donald Trump es un ejercicio que varios expertos en salud mental han realizado utilizando la abundante información documental, biográfica y conductual disponible


En los Rasgos Interpersonales y Afectivos es dónde los analistas encuentran mayor coincidencia con el perfil de Trump.

  • Gran locuacidad / Encanto superficial: Se destaca su carisma innegable y su capacidad para dominar escenarios y audiencias a través de la palabra.

  • Sentido grandioso de valía personal: Manifiesta una autopercepción de superioridad extrema, presentándose frecuentemente como el "mejor" en múltiples ámbitos (negocios, inteligencia, política).

  • Mentira patológica: Expertos señalan su uso constante de afirmaciones falsas o exageradas ("hechos alternativos") para moldear la realidad a su conveniencia.

  • Dirección / Manipulación: Se citan ejemplos como sus intentos de influir en funcionarios electorales para cambiar resultados o su trato con socios comerciales.

  • Ausencia de remordimiento o culpa: Trump rara vez (por no decir nunca) pide disculpas o muestra arrepentimiento por acciones que otros consideran perjudiciales.

  • Falta de empatía / Crueldad: Sus comentarios despectivos hacia minorías, migrantes o personas con discapacidad son citados como evidencia de una incapacidad para conectar con el sufrimiento ajeno.

Pero en el segundo grupo de rasgos (de Desviación Social) tampoco se queda atrás:

  • Necesidad de estimulación / Prononéz al aburrimiento: Su constante actividad en redes sociales y la necesidad de atención mediática constante sugieren una búsqueda perpetua de estímulos.

  • Impulsividad: Decisiones políticas o declaraciones repentinas y sin filtrar son vistas como una falta de premeditación.

  • Pobre control de la conducta: Reacciones coléricas ante la crítica y ataques personales frecuentes a oponentes.

  • Problemas de conducta precoces: Biógrafos y familiares han relatado incidentes de agresividad y desobediencia durante su infancia y etapa escolar.

  • Irresponsabilidad y falta de metas realistas: A pesar de su éxito, se critican sus quiebras financieras previas y una gestión que a menudo ignora las consecuencias a largo plazo de sus actos.




En conclusión, el psicólogo Vince Greenwood, valoró a Trump según los items de esta escala y obtuvo una puntuación de 33. 33 puntos sobre 40, superando el umbral de 30 puntos que define la psicopatía clínica en contextos de investigación.


Aunque el Trastorno de la Personalidad Narcisista (TNP) y la Psicopatía (Escala Hare) no son idénticos, sobrepasa la puntuación límite para ser diagnosticado de ambos.


Con estos datos en la mano, lo que me extraña es que alguien se sorprenda del incalificable comportamiento del personaje. Un trastorno de la personalidad no implica enfermedad mental; tan solo una forma muy particular de ser (y tanto). Ninguno de los trastornos mencionados implica enajenación o demencia; más bien lo contrario: el sujeto sabe lo que hace. Sabe por qué lo hace. Pero esto, el por qué, es prescísamente lo que desconocemos

miércoles, 9 de septiembre de 2020

57#. ¡Cuidado con creer demasiado a tus pensamientos!

Cuando ustedes hablan con alguien de estructura mental monolítica, que rechaza machaconamente cualquier punto de vista que no sea el suyo, se encuentran frente a alguien que, sencillamente, está fusionado a sus pensamientos, a sus convicciones. Ya sea un amigo nacionalista insistiendo en el origen sagrado de la patria, ya sea un cuñado conspiracionista disertando sobre las mentiras que nos cuentan los gobiernos, o un vulgar Pamiés promocionando su MMS (no se lo pierdan: las siglas de Miracle Mineral Solution, pero cuya composición química es la de la lejía) insistiendo en que cura el autismo y el cáncer. Todos ellos comparten una característica determinante: la rigidez mental. Esa misma que les impide salir de sus pensamientos y lograr la suficiente perspectiva para ser más flexibles y adaptativos. 

 
Solemos tomar nuestros pensamientos al pie de la letra, en particular, aquellos que se relacionan con nuestras creencias. Damos por sentado que describen de manera objetiva nuestro mundo (el exterior y el interior) y captan con precisión la esencia de la realidad. Si los tomamos como axiomas, es lógico que se deriven emociones y comportamientos congruentes con los mismos. Por decirlo sin ambages, nos los creemos del tirón; íntegramente y de manera casi automática, lo que dificulta bastante que observemos un dato capital: solo son pensamientos
 
Nuestros pensamientos no son tan definitivos como creemos. Son una mera reflexión sobre la forma de ser de las cosas. En realidad, no constituyen más que estrategias que pone en marcha ese órgano denominado cerebro para darle sentido al mundo, para resolver problemas, para orientarnos en la vida. Pero solo debemos darle validez (y por tanto, poder) en la medida en que nos sean útiles para esa función.

 
Lamento volver a citarlo, pero es que este espécimen lo merece: Cuando Trump empezó a automedicarse con hidroxicloroquina, explicó que lo hacía por que, él, creía en sus propiedades para prevenir el coronavirus (fármaco desaconsejado por las autoridades médicas). Aunque, claro, esto se queda en poco si recordamos que llegó a recomendar inyectar desinfectantes comunes (lejía, otra vez) a los enfermos de COVID-19. 
 
Salvo que esté llevando a cabo una soberbia actuación (en este caso, merecedora de un Oscar), la fusión cognitiva es este hombre con sus pensamientos es tan fuerte que llegó a afirmar que los médico no recomendaban dicho fármaco para que hubiera más fallecidos por coronavirus en el país y, de esta manera, él perdiera las próximas elecciones.
 
Una rigidez tal no solo es indicativa de lo poco capacitado que está un sujeto para funcionar en sociedad, sino que apunta ya a alguna categoría de problema mental (trastorno de la personalidad, por ejemplo). La fusión absoluta con nuestras creencias, esto es, creernos completamente aquello que pensamos, de manera acrítica y a pesar de no encajar con la realidad, en psicología tiene un nombre: delirio. Y no es un síntoma prometedor en un presidente de una nación, salvo que uno aspire a ser el mayor desquiciado del planeta. 
 
Y en el fondo, si les digo la verdad, puedo entender la causa. Esta reacción me parece del todo comprensible con la naturaleza humana (con la parte más miserable de ella, la verdad), por que obtener seguridad es esencial para nosotros. Constantemente tratamos de disminuir el grado de incertidumbres y dudas que impregnan todos los aspectos de nuestra vida, y empestillarse en una idea es una forma fácil (pueril, opino) de obtener una (falsa) seguridad. Pero igual de ilegítimo me parece que intenten convencernos a los demás de que esa es la verdad por el simple hecho de que ellos así lo crean.
 

Lo peor de todo esto, y es hacia donde iba esta disertación, es que se le otorga una prestancia a la persona convencida que, en mi opinión, no merecen. Tengo la impresión de que cuanto más obcecado y fanático el ponente, más convincente parece su discurso, más caso parece hacerle el público. Sirva la imagen del telepredicador abducido para ilustrar este punto, aunque igual pueden sustituir esta figura por la de más de un político-ideólogo conocido, por un periodista-tertuliano que un vidente echador-de-cartas.
 
Mi madre está tan fusionada a sus ideas religiosas que no lograba encajar que su yerno, a pesar de confesarse ateo convencido, (y según le inculcaron repetidamente en su educación, un individuo, de lo malo, lo peor) sea una persona tan trabajadora y atenta, responsable y leal. Los años y el contacto con la realidad le han ido mostrando que sus creencias no eran tan ciertas. Al menos a defusionarse, esto es, no tomarse tan a rajatabla lo que piensa. 
 
Al amigo Trump, no le deseo suerte ni lo contrario; sencillamente que asuma las consecuencias que se deriven del próximo tratamiento farmacológico contra el COVID-19 que se le antoje tomar. El otro de la lejía ya tiene denuncia y está siendo investigado por delito contra la salud pública y publicidad engañosa.
 
Lo más descorazonador, sin duda, son aquellos casos de fusión cognitiva extremos que, además, provocan daños irreparables. Todavía recuerdo la conmoción que produjo en Italia hace unos años la muerte de un menor, de 7 años de edad; el pequeño sufría de otitis y sus padres decidieron seguir un tratamiento homeopático, negándose a administrarle antibióticos. 

Podemos darle más o menos importancia al grado de congruencia que tienen nuestras creencias con la realidad, pero nunca debemos olvidar que la realidad manda. Antes o después, pero siempre.