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lunes, 8 de julio de 2019

Traumas, esos es lo que somos, nuestros traumas (Albert Espinosa)

Me despido de ustedes, apreciados lectores, durante los meses estivales. Antes de ello, aprovecho este impass, para agradecer su interés por estas páginas, algo que ciertamente debería hacer más a menudo.

Igualmente quisiera despedirme intentando dejar un mejor sabor de boca del que probablemente les haya quedado tras la últimas entradas a este blog. No movido por un ánimo buenista, ni siquiera por simple cortesía, sino para resaltar que la moneda del trauma tiene otra cara de la que hay que ser consciente. 


Si bien el trauma psicológico es una mazazo, devastador en ocasiones, sobre el acristalado espejo de nuestra personalidad, tras el impacto, esta no tiene porqué haberse despedazado ni tiene porqué haberse desmoronado. Las fracturas serán de variada consideración: quizá solo unas pocas, bien delimitadas, o puede que muchas y ramificadas; algunas de hondo alcance y otras más superficiales; abarcando diversas dimensiones de nuestra persona, o,con suerte, solo afecten a alguna.

Pero recuerden que no todos los cristales son frágiles. Algunos son más resistentes que otros, e incluso los hay con propiedades flexibles (como los protectores de pantalla de los nuevos teléfonos móviles). En cualquier caso, el punto crítico es el grado en que nos afecte e interfiera en nuestra vida. Por descontado que los efectos psicológicos, somáticos o emocionales que sufriremos serán dolorosos, posiblemente limitantes, incluso incapacitantes; pero hay esperanza.

Sí, hay esperanza. Pero hay que saber interpretar este término, por que no hablo de la pueril expectativa de creer que podemos volver a lo que antes fue nuestra vida normal. Una creencia así solo puede deparar frustración y desengaño. El quid de la cuestión está en asumir la vida, como quiera que nos halla quedado, y aceptar nuestras circunstancias de la manera más realista. 


Hay personas que tras sufrir una depresión mayor logran superarla y volver a un estado asimilable a lo que fue anteriormente su vida (aquella normalidad). No obstante, otras personas pueden sufrir esquizofrenia y la intervención (psicoterapia+farmacoterapia) les permitirá llevar una vida funcional, en muchas ocasiones bastante aceptable. No, no lograrán volver a "las cosas tal y como fueron antes", pero pueden convivir con su trastorno. Enfrentarse a él, aceptar su condición, y tratar de llevar una vida que merezca la pena ser vivida.

La persona traumatizada debe utilizar todos los recursos a su alcance para minimizar los efectos traumáticos que le angustian. Y aquí me estoy refiriendo tanto a los recursos psicoterapéuticos como a las prescripciones del especialista médico, pero también a aquellos no tan usuales, menos "oficiales" (acupuntura, teatro, baile, yoga etc...), siempre que cumplan la condición de ayudarle a entender mejor sus síntomas y aprender a lidiar con ellos; a soportar su presencia y empezar a asumirlos. Aceptarlos de la misma forma que el cojo ha de admitir que no volverá a tener pierna nunca más o el cadiópata que su corazón tiene unas limitaciones que no puede obviar.


Como diría Albert Espinosa, todo un experto en soportar adversidades: "Traumas de la infancia, al fin y al cabo, eso es lo que somos cada uno de nosotros, traumas de la infancia".

jueves, 2 de mayo de 2019

46#. Lo peor del trauma no es lo más evidente.

Cuando mencionamos el concepto de trauma psicológico se nos vienen a la mente una serie de síntomas bastante amenazadores y nada gratos: ansiedad o angustia, irritabilidad, falta de concentración, arrebatos emocionales, reacciones disociativas, flashbasck y/o pesadillas, etc. Uno de los síntomas más inhumanos, a pesar de su sutileza, y en mi opinión el más devastador, suele pasar desapercibido entre los anteriores. Me refiero a la insensibilidad a la vida; a la terrible condena de no poder disfrutar de la experiencia vital. 



Por comparación, y así, al pronto, no parece un efecto particularmente cruel. Desde luego, nada lacerante, y podría pensarse en él como una consecuencia casi neutral del trauma. El agua, de por sí, tampoco lo es, pero piensen en la tortura china de la gota de agua: una gota cayendo sobre su frente cada cinco segundos; una tras otra, sin prisa pero sin pausa: minuto a minuto, hora tras hora... O piensen en la tortura blanca. No aparenta ser una restricción demasiado seria que se nos prive de dormir, pero con el paso de los días se sufren problemas cognitivos, estados confusionales, afecciones del estado de ánimo, alucinaciones, entre otros (no en vano ha sido una técnica usada con los prisioneros tras el 11-S, ha reconocido por la CIA).



Mis amigos me etiquetan con frecuencia de disfrutón, palabra que no recoge el diccionario de la RAE, pero que me parece bastante descriptiva: intento sacarle partido a las oportunidades que ofrece la vida y trato de maximizar esa gratificación o placer. Saber disfrutar de las cosas, ser capaz de saborear la vida, es una capacidad a la que no se le presta atención, que, de hecho, considero que está infravalorada. Damos por supuesto que todo el mundo puede disfrutar de las cosas buenas de la vida. 




Pero no.

No es así.

No todas las personas pueden disfrutar de la vida.

Algunas víctimas de traumas psicológicos, en su lucha interna por evitar esas torturantes reminiscencias de la agresión, tratando de desahuciar a ese inexorable enemigo, prueban con las tretas o estrategias que tienen disponibles: abuso del alcohol o cualquier otro tipo de drogas (incluyendo psicofármacos), implicarse en actividades de riesgo, sumergirse en el trabajo para lograr un efecto distractor, comportamientos compulsivos o autolesivos, etc. Algunas de ellas pusieron en práctica otra estrategia, intentado eludir o atenuar el sufrimiento de esas percepciones o sensaciones traumáticas amortiguando sus sentidos, minimizando su capacidad de sentir. Sin embargo, el coste de esta estrategia de afrontamiento es muy alto: también dejaban de apreciar las impresiones, impulsos o emociones positivas, impidiéndose de esta manera sentir de todo aquello que hace grata la vida, lo que hace que la vida sea disfrutable.



Las personas severamente traumatizadas aprendieron a evitar las señales de alarma que su organismo disparaba (al interpretar aquel trauma como vivo y presente) tratando de ignorarlas, adormeciendo sus sentidos, disminuyendo su conciencia de sí mismos. Al tratar de insensibilizarse de aquellas espantosas sensaciones, perdieron su capacidad para reconocer sus impresiones internas, sus sensaciones corporales, por tanto, anestesiaron también su aptitud para sentirse vivos, para apreciar la vida.



Se habla mucho del sufrimiento y la tristeza; la depresión o la ansiedad son trastornos que no dejan de aumentar en el primer mundo. Pero no me parece menos terrible la condena de vivir la vida sin poder sentirla, sin poder apreciarla ni darle significado.



En este sentido, la labor de la víctima debe ir encaminada a empoderarse adquiriendo la capacidad de conciencia suficiente para enfrentarse a esas percepciones sensoriales internas, entrenarse en el aprendizaje de saber soportarlas, y posteriormente, lograr integrarlas en su biografía. Para que su organismo logre sentirse seguro y protegido; en calma, para volver a conectarse a la vida.

lunes, 1 de abril de 2019

45#. Los recuerdos traumáticos son algo más que malos recuerdos.

Nadie quiere recordar un trauma, y en este sentido, la sociedad no es diferente de las propias víctimas. Todos deseamos vivir en un mundo seguro, manejable y previsible, pero las víctimas nos recuerdan que esto no es siempre así. 


Para comprender un trauma debemos superar nuestra reticencias natural a confrontar esa realidad y reunir el valor necesario para escuchar los testimonios de los supervivientes. De ellos podemos extraer un significado capital: los recuerdos normales no son como los recuerdos traumáticos. Los recuerdos de nuestro pasado no tienen la misma naturaleza que las experiencias traumáticas sufridas. La diferencia no es cuantitativa, sino cualitativa.

Las personas traumatizadas, emocional o psicológicamente, conservan unos y otros recuerdos de manera distinta. Preguntadas respecto al pasado, no presentan dificultad en hablar y recordar acontecimientos inolvidables de su vida que no hayan sido traumáticos: El día en que nació su hija, el día de su boda, el día en que se graduó, el día en que alcanzó una meta importante,... Indagando en estos, al ser preguntados sobre si tuvieron alguna vez una imagen intrusiva o espontanea del evento de forma vívida, respondían que no. 

Recordar con cierta precisión el discurso que dio en su graduación o alguna sensación intensa al recordar el nacimiento de su hija o la impresiones del cuerpo de su pareja en la noche de bodas (aunque esta última levantara alguna mirada de extrañeza) eran respondidas de forma negativa. Sin embargo, al ser preguntados por eventos traumáticos sufridos, se elicitaban respuestas emocionales muy vívidas: El tufo a alcohol de su violador, la visión de un cadáver destrozado, el frio del agua inundando el coche accidentado o las sensaciones cuando su marido las tocaba que pudieran parecerse a cómo lo hizo el violador,... saltaban a su memoria y activaban intensas respuestas emocionales.
 

Los recuerdos de acontecimientos negativos (tristes, frustrantes o enojosos) y los recuerdos traumáticos se diferencian por el modo en que están organizados en nuestra memoria, pero también por las reacciones físicas que elicitan. Los malos recuerdos se recordaban como eventos del pasado, que les habían afectado emocionalmente, pero que poseían un inicio, desarrollo y un final. Sin embargo, los recuerdos traumáticos no tenían una narrativa definida: estaban desorganizados. Algunas personas recordaban demasiado claramente algunos detalles (olor del violador, el orificio en la frente de un niño asesinado, los focos del camión que nos embistió,...) pero no podían recordar la secuencia de acontecimientos ni otros detalles relevantes del hecho. Además de eso, se vivían en presente, se sufrían como si estuvieran sucediendo en el momento, sin poder confinarlos en el segmento temporal del pasado en que sucedieron.

Los recuerdos traumáticos son fundamentalmente distintos de las demás historias de nuestra biografía por que están disociados. Las sensaciones del suceso traumático quedaron en nuestra memoria sin estar bien montadas secuencialmente. Y esta es la esencia del trauma: que es abrumador, increíble e insoportable.


Las personas que han sufrido un trauma piden que dejemos de pensar en términos de lo que consideramos normal y aceptemos que estamos tratando con un realidad dual: la realidad de un presente, relativamente seguro y previsible, que convive junto a un pasado impactante, conformado por huellas sensoriales y emocionales fragmentadas (imágenes, sonidos y sensaciones físicas) que se reviven como una amenaza actual.