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domingo, 30 de abril de 2023

81#. Tu sufrimiento es proporcional al tamaño de tu ego

Aunque el sufrimiento no es placentero (salvo en algunas prácticas sexuales), tampoco es exactamente sinónimo de dolor. La base del sufrimiento es el dolor, pero su significado tiene que ver con la forma en que interpretamos este dolor.

Entra en escena el elemento que modula tal interpretación: el ego.




El ego es un concepto que se presta a definiciones ampulosas, de manera que para no perdernos con nociones más literarias y etéreas que rigurosas, partiremos de su entidad básica. El ego nace con el instinto de supervivencia; ese impulso que llevamos impreso en los genes, no solo los seres humanos o mamíferos, sino todo ser viviente del planeta. Su valor evolutivo es inestimable: a través del proceso de selección natural, los individuos capaces de detectar e identificar amenazas estuvieron más preparados para resolverlas (enfrentarlas o rehuirlas); lograron, así, sobrevivir más tiempo, principio esencial donde los haya para ejecutar el cometido, no menos esencial para la naturaleza, de reproducirse y asegurar la continuidad del linaje o especie.

Pues bien, en los animales, en los mamíferos, este instinto de supervivencia se mantiene a lo largo de su desarrollo ajustado a los límites que marcan sus instintos. En el ser humano, como mamífero superior que también es, la cosa no debería ser muy distinta... si no fuera por nuestras capacidades superiores. De manera que nuestra elaborada estructura psíquica nos provee de unas particulares herramientas (cognición, lenguaje, atención, concentración, etc.) que facilitan sobremanera resolver los problemas de nuestra existencia. Pero igual que toda moneda tiene su cara y su cruz, también tiene sus desventajas. Y una de las más sutiles es la preminencia del ego.




Enlazando con el apego del que hablábamos en el post anterior, al nacer el ser humano se convierte en un ser único, pero simultáneamente, separado de su madre. El vínculo de apego promoverá una estrecha relación entre cuidador (madre) y sujeto (bebé) a fin de lograr la mencionada supervivencia de este. Este objetivo se logrará de manera más o menos adaptativa (hay apegos más seguros y otros más desorganizados), y en función de estos se irá conformando el ego del bebé, dando lugar a una forma típica de responder a los estímulos, sean externos o internos, que solemos denominar con el término de personalidad.

Vaya por delante la necesidad que tenemos de ese ego, de esta estructura psicoemocional que no solo actúa como mecanismo de autoprotección sino que nos permite tener noción de nuestro yo, diferenciar entre yo y los demás. Nos permite reconocernos y a hacernos valer. Nos facilita también ser conscientes de las necesidades que tenemos así como de nuestras preferencias. En definitiva, el ego nos provee de una identidad.

Visto así, no parece que tenga ninguna contraindicación. Y ciertamente, cuando nuestro ego está templado y equilibrado cumple perfectamente las funciones señaladas. Es la versión más sana y adaptativa del mismo, y solemos denominarla autoestima. Pero cuando en el lenguaje vulgar nos referimos al ego de alguien estamos hablando de otra cosa: de una noción del yo excesiva; desproporcionada, en ocasiones. Y aunque aparentemente parezca que el egoísta sale ganando con esa actitud... yo no estaría tan seguro.

Ese ser humano que al nacer empezó a ser necesariamente egoísta, con el tiempo irá evolucionando. Su estructura psicoemocional se irá reelaborando y complejizando gracias a nuestras formidables capacidades mentales. Se irá conformando una identidad que será más confiada o más desconfiada, más colaboradora o menos, más o menos activa, sensible, empática,... Cuanto mayor sea el grado de egocentrismo del individuo, más probabilidad de que priorice su bienestar por encima del de los demás, incluso a costa de ellos; de que solo contemple su perspectiva de las cosas como correcta y, en consonancia con esto, entienda que las cosas tiene que ser como ellos las interpretan; de que cuando no sucede esto, atribuyan la culpa a otras personas o circunstancias,... Nos encontramos, entonces, con una personalidad muy apegada a sí misma, (fusión cognitiva, se denomina en Terapia de Aceptación y Compromiso) que entiende la vida en función de sí misma y a los demás en relación a sí misma. No los observa como iguales. La vida, el mundo y los demás están en un plano de realidad diferente, inferior. Estamos ante un perfecto egoísta.




Y aquí radica el motivo por el que cuanto más egoísta sea un sujeto, más sufrirá.

El egocéntrico, al darle tanta prioridad a sus intereses, al concentrar su conciencia en su yo, al "sentirse" tanto a sí mismo, se valora muy afectado por todo aquello que le perjudica (o esa, que rompe sus sacrosantos esquemas mentales). En contraposición, la persona más altruista, que también siente dolor, y también sufre, sin embargo sus intereses y expectativas se amplían a otros (a los demás, al grupo, a la comunidad,...) transformándose así en un recurso muy útil para modular su sufrimiento. 

El egoísta no puede apoyarse en sus iguales, en los demás (suele confiar poco en ellos y ni haber tenido muchos miramientos hacia ellos, por no hablar de que en ellos habrá encontrado casi siempre la causa de sus males). Aunque pueda disponer de personas cercanas o familia, no hay una conexión trascendente con ellas; ese vínculo no es realmente altruista o generoso. Conscientemente o no, él mismo ha decidido su suerte: quedarse solo. El egoísta, en el fondo, es una persona presa de sí misma.

El problema que tiene es que pone todos los huevos en un canasto (SU canasto) mientras que el altruista los distribuye en varios. Aunque en el suyo ponga la mayor parte de los huevos, si este se cae y se rompen, no los pierde todos. Al egoísta, en cambio, si se le cae el canasto de SUS huevos...


sábado, 1 de febrero de 2020

52#. El dolor nos hace más fuertes, pero sobre todo, más humanos

El dolor es intrínseco a la naturaleza humana. Es posible que hayan intentado esquivarlo, neutralizarlo o directamente rehuirlo. Todos lo hemos hecho alguna vez (aunque quizá en más de una ocasión, o puede que demasiadas), y por mucho que insistamos, antes o después hemos de concluir que es una empresa inútil. La verdad del sufrimiento es que, podemos aceptarlo o rechazarlo, pero es inevitable en la vida.


Empecinarnos en rehuir o rechazar el dolor solo lo mantiene (o aumenta) incrementando nuestro enojo, multiplicando rumiaciones que nos hacen sentir peor, generando una resignación victimista. falta de sentido, los porqué a mi,...). Llegados a este punto hemos de encontrar otra alternativa de solución. Usando el sentido común, y siguiendo a Einstein, la ecuación básica a resolver sería: sí hago A y el resultado es negativo, ¿haciendo B el resultado será positivo? Si cuando he tratado de evitar el dolor, no lo he conseguido, ¿que sucederá si aplico la estrategia opuesta? ¿Qué pasará si afronto el dolor?

¿Qué sucede si acepto el dolor? Con la aceptación me abro al sufrimiento, no trato de negarlo ni rehuirlo, sino que lo asumo y lo sufro. No piensen que desconozco lo fácil que es hacer estas afirmaciones en comparación con su dificultad para aplicarlas. De entrada, el dolor no desaparece ni se amortigua, además de que es posible que no obtengan resultado deseable alguno de manera inmediata. Pero tengan en cuenta que nuestras emociones requieren de ser ejercitadas para fortalecerse, como si estuviéramos hablando de músculos y gimnasios, como si habláramos de un atleta.

Un corredor de maratón aumenta su resistencia física a medida que entrena, cuanto más ejercita su cuerpo. Los músculos se tonifican y el cuerpo se fortalece a base de soportar la tensión física que requiere entrenarse. Al soportar el dolor que genera afrontar una adversidad robustecemos nuestro aguante, y se irá ampliando progresivamente cuanto más los entrenamos; el sufrimiento nos irá haciendo más fuertes. Este dolor aumenta nuestra resistencia, nuestra capacidad de aguante. Pero este es el más obvio de sus efectos, pero no es el único; les diría que ni siquiera el más interesante.

 

Cuando sufrimos nos vemos obligados a reflexionar. A preguntarnos por esa circunstancia que nos hiere, a replantearnos supuestos, a resolver porqués,... y esto nos conduce a un aprendizaje: a entender mejor las circunstancias de nuestra vida. Quizá les parezca una consecuencia simple e ingenua, pero no es insustancial, en absoluto. Nos obliga a tomar conciencia (cosa que no sucede cuando disfrutamos de experiencias agradables y gratas), a escarbar en nuestras circunstancias y profundizar en su sentido.

Las experiencias dolorosas nos bajan del pedestal, templan nuestro carácter y nos obligan a ser humildes. Cuando, a pesar de todos nuestros esfuerzos, la vida no sigue el curso que esperábamos, hemos de aceptar nuestras limitaciones. Y en este proceso de enriquecimiento personal, sucede "algo maravilloso", (dicho en el mismo sentido en que pronunciaba esta frase el protagonista de "2001, una odisea en el espacio"): aumenta nuestra empatía hacia los demás, hacia las cosas, hacia la vida, de la misma manera que el maratoniano, al expererimentarlo, entiende mejor el sufrimiento de todos los que corren.

Empatizamos con otras personas que sufren, por el simple hecho de que ahora somos ellos, hemos ingresado en la gran hermandad. Lo que amplía  nuestra perspectiva del mundo; nos permite ver la realidad con ojos nuevos, con profundo respeto, con humildad renovada, facilitando que la aceptemos tal y como es, no como nosotros pensamos/deseamos que sea. Al asumir el axioma número 1º de la vida ("la realidad siempre manda") identificamos nuestras posibilidades y potencial pero también aceptamos nuestras miserias y limitaciones. 
 

Si me han tomado por un entusiasta del masquismo, están equivocados. No hay nadie a quien le guste disfrutar más que a mí. Pero cuando nos asalta el dolor, al aceptarlo como emoción inevitable (incluso necesarias, si queremos entender de qué va la vida), sufriremos menos por que le encontramos un significado. Nos convertimos en más persona.

domingo, 30 de abril de 2017

CITA: El bálsamo de la comprensión puede ser una trampa

Los psicólogos sabemos bien que cuando alguien acude a la consulta, por lo general, lo hace porque está sufriendo y necesita ayuda para eliminar esa pesadumbre. Nuestra experiencia nos muestra que muchas de esas personas también desean, con todas sus fuerzas, que les confirmemos que su sufrimiento es consecuencia de lo que han vivido y están viviendo. Esto es, ansían que les aseguremos que son personas normales y que "tienen razón" por encontrarse tal y como se encuentran.

Resulta paradójico cómo, a veces, el alivio de la comprensión se puede convertir en una trampa.


Considera Moix que "el bálsamo de la comprensión es droga dura". Tanto que, según ella, a menudo preferimos que nos comprendan y nos den la razón, a que nos sugieran que la situación que estamos viviendo la podríamos ver y afrontar de forma diferente.

"Si la terapia –dice– se basa en cambiar la mirada sobre nuestra vida para poder desbloquearnos, hay personas que sienten esta sugerencia casi como un insulto, como si les insinuaras que les falta inteligencia por no haber abordado su problema de otro modo. Así, preferimos muchas veces tener la razón, pensar que nuestro sufrimiento se encuentra justificado, aún a costa de seguir bloqueado, antes que flexibilizar nuestra rigidez y admitir que quizás seríamos más felices si encaráramos la situación de manera distinta".


Somos tan rígidos, según Moix, porque tenemos unos esquemas mentales, unas creencias, unos valores muy asentados (…). Si fuéramos conscientes de lo relativos que son nuestros esquemas, que dependen de los que hemos vivido, leído... –dice la psicóloga– , no iríamos por la vida haciendo alarde de una seguridad aplastante pensando que solo nuestro punto de vista es el correcto.

Debemos, por todo ello, aprender a ser flexibles en primer lugar con uno mismo. "Hay que tener flexibilidad, por ejemplo, respecto a la interpretación de nuestro pasado. Me encanta repetir que nunca es tarde para tener una infancia feliz. Lo que nos determina no es lo que hemos vivido sino cómo lo hemos interpretado.

Entrevista a Jenny Moix
 Faro de Vigo (19.05.2011)

domingo, 15 de enero de 2017

22#. Resiliencia, los cimientos de la felicidad (II)



Si hubiéramos sufrido un cáncer, nos hubieran quitado un pulmón, extirpado parte de hígado, y perdido una pierna (que se dice pronto)... ¿Podríamos ser felices? Pues este es el caso de Albert Espinosa.

¿Y si viviéramos postrados en una silla de ruedas sin poder mover casi ningún músculo, teniendo que comunicarnos a través de un robot? Stephen Hawking se encuentra en ese estado.

¿Podríamos haber sobrevivido al genocidio nazi, perdido a nuestra pareja y padres en el holocausto, y aún así, tener la posibilidad de florecer como personas? Viktor Frankl  sufrió ese destino.

Y sí. La respuesta es, sí. Se puede.

Para Freud, la motivación fundamental del hombre en la vida es la recuperación del equilibrio mediante la consecución de placer. Adler postuló que era la búsqueda del poder. Sin embargo, para Viktor Frankl, el motivo fundamental de la existencia es la búsqueda de un sentido para la propia vida.

Cuando el sentido de la existencia se ve truncado, cuando se vive una frustración existencial severa, el deseo de poder o de placer ocupa el lugar más importante en la motivación de la conducta. Esto probablemente explique el motivo por el algunas personas (demasiadas, a juzgar por cómo funciona el mundo) se centran y concentran en poseer, atesorar y acaparar, sea dinero, poder o relaciones, sin encontrar límite a su ambición (que no sé si apellidar como obsesiva).

Foto: Oriol Jolonch


Viktor Frankl: Lo esencial es buscar un sentido a la vida.- 

Un experto en sufrimiento vital como Frankl, aprovechó la experiencia de su padecimiento. Reelaboró lo que vivió en los campos de exterminio, extrajo las lecciones aprendidas, y lo transformó en una teoría vital al servicio del hombre. La denominó logoterapia. Como ya apunta su nombre, esta doctrina aspira a eso mismo, a buscarle un sentido a nuestra existencia (http://elanimalconsentido.blogspot.com.es/2016/12/cita-se-puede-relativizar-el-sufrimiento.html). Por adversa que sean las circunstancias, cualquier vida tiene sentido. O se la puede dotar de él.

En el post http://elanimalconsentido.blogspot.com.es/2016/11/resiliencia-los-cimientos-de-la.html hablamos de que el perfil resiliente se promueve y fortalece desde nuestra más tierna infancia. Puede ser que de manera subliminal, sin ser realmente muy conscientes de ello. La buena noticia es que también podemos tratar de mejorar nuestra resiliencia de forma deliberada y activa.

Al entenderlo como un proceso, como una capacidad del individuo, se trataría de encontrar aquellos factores protectores que permiten que la persona se adapte a las adversidades. Potenciar estos factores no inmunizan a la persona del dolor, pero sí que facilitan las herramientas necesarias para el mejor afrontamiento.

Recomendaciones básicas para promover o fortalecer nuestra resiliencia, entre otras, serían:

-Potenciar nuestra autoestima e independencia como personas. Acumular la suficiente confianza en nosotros mismos para llevar la iniciativa y tomar decisiones al asumir retos o metas realizables.

-Promover nuestras habilidades sociales, nuestra capacidad para relacionarnos. Lograr establecer relaciones íntimas, constructivas y sanas con otras personas.

-Incrementar nuestro sentido crítico, así como disponer de una ética personal para dirigirnos en la vida.

-Aplicar las virtudes del sentido del humor y tratar de ser creativo en nuestra vida.

Con algo de todo eso, más el indispensable apoyo de otros seres humanos, se promueve la adaptación positiva ante la adversidad, y se logra un crecimiento personal, que permite al individuo continuar su vida.

Foto: Oriol Jolonch

Boris Cyrulnik: La importancia de los afectos.- 

Me quedo, no obstante, con el acertado juicio que hace Boris Cyrulnik al respecto. Describe la resiliencia como mecanismo de autoprotección creado, en primer lugar por los lazos afectivos y, posteriormente, por la posibilidad de expresar las emociones. Para él, la clave reside en los afectos, en la solidaridad, en el contacto humano.   

Podemos sufrir un trauma, pero se puede vivir (y hacerlo con plenitud) a pesar de esa herida. Lo importante es ser conscientes de que hemos de reconstruir nuestra vida incorporando a ella dicho trauma.
Las dos ideas esenciales serían: recibir apoyo afectivo y encontrar un sentido a lo sucedido. Dar un sentido a la vida es imprescindible, y en un entorno afectivo adecuado, la persona puede rememorar el suceso traumático y situarlo un relato positivo de su vida, conjurando así sus fantasmas.
Foto: Oriol Jolonch

Albert Espinosa: Las pérdidas son ganancias. 

Tan inspirador, o más, que este autor, me parece Albert Espinosa. Con 16 años, tras varios diagnósticos de cáncer, los especialistas médicos le dieron un 3% de posibilidades de seguir con vida. El médico le recomendó que se fuera alguna isla. Lo hicieron. Él y sus padres se trasladaron a Menorca, a pasar su último mes de vida. No obstante, sus progenitores pensaban que debía seguir luchando, que un 3% no era un margen tan escaso. Dos semanas después le informaron de un tratamiento que podía seguir. Y funcionó. Casi 30 años después sigue vivo y entusiasmado con la vida.

Fue a aquella isla a morir y aprendió a vivir. Allí conoció gente que piensa que lo triste no es morir. Lo triste es no vivir. Tras años de lucha contra el cáncer, Albert nos habla de transformar las pérdidas en ganancias. Cuando perdió a su padre, estuvo un año sin trabajar. Sin embargo, después de hacer el duelo, extrajo la ganancia de aquella pérdida: Mantener vivo el legado de su memoria. Recuerda a su padre con frecuencia; incluso habla con él, en  ocasiones. Finalmente, aquella pérdida cristalizó en un libro que publicó hace unos meses.

Cuando a Albert le recuerdan el pulmón que le extirparon, comenta: “No perdí un pulmón, sino que aprendí a vivir con la mitad de lo que tenía”.

Toda una declaración de principios.

Foto: Oriol Jolonch

jueves, 15 de diciembre de 2016

CITA ¿Se puede relativizar el sufrimiento?

Dedicacado a quienes sufren, particularmente a aquellas/os cuyo dolor es invisibilizado en estas fechas de felicidad obligatoria.  

Cuando uno se enfrenta con una situación inevitable, insoslayable, siempre que uno tiene que enfrentarse a un destino que es imposible cambiar, por ejemplo, una enfermedad incurable, un cáncer que no puede operarse, precisamente entonces se le presenta la oportunidad de realizar el valor supremo, de cumplir el sentido más profundo, cual es el del sufrimiento. Porque lo que más importa de todo es la actitud que tomemos hacia el sufrimiento, nuestra actitud al cargar con ese sufrimiento.




Citaré un ejemplo muy claro: en una ocasión, un viejo doctor en medicina general me consultó sobre la fuerte depresión que padecía. No podía sobreponerse a la pérdida de su esposa, que había muerto hacía dos años y a quien él había amado por encima de todas las cosas. ¿De qué forma podía ayudarle? ¿Qué decirle? Pues bien, me abstuve de decirle nada y en vez de ello le espeté la siguiente pregunta:



—"¿Qué hubiera sucedido, doctor, si usted hubiera muerto primero y su esposa le hubiera sobrevivido?".
 

—"¡Oh!", dijo, "¡para ella hubiera sido terrible, habría sufrido muchísimo!".


A lo que le repliqué:
 

—"Lo ve, doctor, usted le ha ahorrado a ella todo ese sufrimiento; pero ahora tiene que pagar por ello sobreviviendo y llorando su muerte".



No dijo nada, pero me tomó la mano y, quedamente, abandonó mi despacho.
 



El sufrimiento deja de ser, en cierto modo, sufrimiento en el momento en que encuentra un sentido, como puede serlo el sacrificio. Claro está que, en este caso, no hubo terapia en el verdadero sentido de la palabra, puesto que, para empezar, su sufrimiento no era una enfermedad y, además, yo no podía dar vida a su esposa. Pero en aquel preciso momento sí acerté a modificar su actitud hacia ese destino inalterable en cuanto a partir de ese momento al menos podía encontrar un sentido a su sufrimiento.



Uno de los postulados, básicos de la logoterapia estriba en que el interés principal del hombre no es encontrar el placer, o evitar el dolor, sino encontrarle un sentido a la vida, razón por la cual el hombre está dispuesto incluso a sufrir a condición de que ese sufrimiento tenga un sentido.



Ni que decir tiene que el sufrimiento no significará nada a menos que sea absolutamente necesario; por ejemplo, el paciente no tiene por qué soportar, como si llevara una cruz, el cáncer que puede combatirse con una operación; en tal caso sería masoquismo, no heroísmo.



La psicoterapia tradicional ha tendido a restaurar la capacidad del individuo para el trabajo y para gozar de la vida. La logoterapia también persigue dichos objetivos y aún va más allá al hacer que el paciente recupere su capacidad de sufrir, si fuera necesario, y por tanto de encontrar un sentido incluso al sufrimiento. 

"El hombre en busca de sentido" (1946)
Viktor E. Frankl 



miércoles, 18 de marzo de 2015

Cita: La cosa más extraña es vivir



Llevo en la cárcel casi dos años. De mi naturaleza ha brotado la desesperación salvaje; un abandono al Dolor que era penoso de ver; ira terrible e impotente; amargura y desprecio; angustia que lloraba a gritos; tormento que no encontraba voz; tristeza muda. He pasado por todos los modos posibles del sufrimiento. Mejor que el propio Wordsworth sé lo que Wordsworth quería decir cuando escribió:

El sufrimiento es permanente, oscuro y tenebroso,
y posee  la naturaleza la Infinitud...

Pero, aunque a veces me regocijara en la idea de que mis sufrimientos fueran interminables, no podía soportar que no tuvieran sentido. Ahora encuentro escondido en mi naturaleza algo que me dice que no hay nada en el mundo que carezca de sentido, y el sufrimiento menos que nada. Ese algo escondido en mi naturaleza, como un tesoro en un campo, es la Humildad.


Es lo último que me queda, y lo mejor: el descubrimiento final al que he llegado; el punto de partida de un nuevo derrotero. Me ha venido de dentro de mí mismo, y por eso sé que ha venido cuando debía. No podría haber venido ni antes ni después. Si alguien me lo hubiera dicho lo habría rechazado. Si me lo hubieran traído lo habría rehusado. Como yo lo encontré, quiero conservarlo. Tengo que conservarlo. Es la única cosa que contiene los elementos de la vida, de una nueva vida, de una Vita Nuova para mí. De todas las cosas es la más extraña. No se la puede dar, ni nos la puede dar otro. No se puede adquirir si no es cediendo todo lo que uno tiene. Únicamente cuando ha perdido todas las cosas sabe uno que la posee.


Ahora que me doy cuenta de lo que hay dentro de mí, veo con toda claridad lo que tengo que hacer, lo que de hecho debo hacer. Y cuando empleo una expresión así, no hace falta que te diga que no estoy aludiendo a ninguna sanción o mandato exteriores. No admito ninguno. Soy mucho más individualista que nunca. Nada me parece del menor valor salvo lo que uno saca de sí mismo. Mi naturaleza está buscando un modo nuevo de autorrealización. Eso es lo único que me interesa. Y lo primero que tengo que hacer es librarme de cualquier posible acritud de sentimiento hacia ti. Estoy completamente sin dinero, y absolutamente sin hogar. Pero hay en el mundo cosas peores. Con toda franqueza te digo que antes que salir de esta prisión con amargura en el corazón contra ti o contra el mundo, iría contento y alegre mendigando el pan de puerta en puerta. Si no me dieran nada en la casa del rico, algo me darían en la del pobre. Los que tienen mucho son con frecuencia avarientos. Los que tienen poco siempre comparten. No me importaría nada dormir en la hierba fresca en el verano, y cuando entrase el invierno cobijarme al calor de la niara apretada, o bajo el saledizo de un granero, mientras tuviera Amor en mi corazón. Las exterioridades de la vida me parecen ahora carentes de importancia. Ya ves a qué intensidad de individualismo he llegado, o más bien estoy llegando, porque el viaje es largo, y «donde yo pongo el pie hay espinas»...".


Yo veo ahora que el Dolor, por ser la emoción suprema de que el hombre es capaz, es a la vez el tipo y la prueba de todo gran Arte (...). Por eso no hay verdad comparable al Dolor. Hay momentos en que el Dolor me parece ser la única verdad. Otras cosas podrán ser ilusiones de la vista o del apetito, hechas para cegar lo uno y empachar lo otro, pero con el Dolor se han construido mundos, y en el nacimiento de un niño o de una estrella hay Dolor.

Ahora me parece que el Amor de alguna clase es la única explicación posible de la extraordinaria cantidad de sufrimiento que hay en el mundo. No concibo otra explicación. Estoy convencido de que no la hay, y de que si, como he dicho, se han construido mundos con el Dolor, ha sido por las manos del Amor, porque de ninguna otra manera podía el Alma del hombre, para quien se han hecho los mundos, alcanzar la plena estatura de su perfección. Placer para el cuerpo hermoso, pero Dolor para el Alma hermosa..."

De profundis (1897)
Oscar Wilde 




sábado, 28 de febrero de 2015

#7. El dolor es inevitable, pero no inútil



El dolor es tan consustancial a la vida como la muerte, y sin embargo nos empeñamos en intentar evitarlo a toda costa. Vivimos en una sociedad que trata decididamente de erradicarlo, en lugar de enseñarnos a soportarlo. Pero, y no lo digo yo sino el sentido común, cualquier conflicto que rehuyamos tiende a crecer y volverse más complejo, por tanto, más difícil de resolver. 


La naturaleza del dolor es completamente humana. En realidad, es más que humana: es animal. El dolor, como mecanismo evolutivo, tiene la función de indicar al organismo aquello que es potencialmente amenazador o perjudicial para él. Y esto es válido para el dolor físico, pero también para el emocional, que dicho sea de paso, es lo que hace nuestro cerebro, tratar a ambos por igual (los procesa en los mismos centros cerebrales).

Todo esto significa que, hasta los animales con menos conciencia, disponen de un proceso interno, un dispositivo fisiológico, que cuida por su seguridad. Que vela por que podamos ejecutar el axioma número uno que lleva implantado en sus genes todo ser vivo de este planeta: sobrevivir.

Pero lógicamente, si lo interpretamos de manera adecuada. 


El dolor es, ante todo, advertencia. 
Es una fuente impagable de información que nos permite movernos en el mundo y detectar que elementos de nuestro ambiente debemos evitar. Cuando sentimos dolor, reaccionamos, ponemos en marcha toda una serie de recursos fisiológicos que nos permiten evitar o luchar contra esa amenaza (indistintamente de que después la resolvamos con eficiencia o no). 


El dolor nos obliga a aprender (salvo que no negemos a hacerlo). 
Una vez que el hecho doloroso está en/dentro/sobre/frente a nosotros, nos obliga a pensar.

Recuerdo un jefe que tuve hace ya algunos años, y de quien aprendí mucho. Un día nos hizo una pregunta a todos los compañeros aprovechando que estábamos en una reunión:  “¿Qué hace el corredor que llega primero a la meta?”. Nadie dijo nada, aunque todos nos esforzamos por encontrar una respuesta inteligente más allá de lo obvio. Ante el silencio general del auditorio, él contestó: “Gana”. Antes de que se desvaneciera el estupor general (correspondiente a: ¡Ah, era eso!), preguntó: “¿Y que hace el que llega detrás?”. Todos nos fuimos a la respuesta simple, pero conociendo el carácter del interlocutor sospechábamos que había trampa; no podía ser tan fácil. Solo el más temerario se aprestó a responder: “Pierde”. Sin despeinarse, nuestro hombre contestó categóricamente: “No”. “¡Aprende!”


El dolor tiene un objeto: protegernos. 
Cuanto más doloroso haya sido un suceso, más interés tendremos en aprender de lo ocurrido, puesto que mayor es nuestra prioridad por no volver a encontrarnos y experimentar una situación similar. Ese es el motivo por el que un bebe no volverá a meter los dedos en un enchufe o a acercar la mano a una llama. Y extraemos esta información de nuestra experiencia personal, pero también de la de los demás; del pasado, de lo que sucede en el presente y de lo que es futurible. Esa es la explicación por la cual aminoramos la marcha cuando encontramos un coche recién accidentado en carretera. Podría sucedernos a nosotros.

Nos enseña, así, a saber manejarnos, a vivir en un mundo impredecible, en donde, podemos anticipar muchos eventos, pero en el que también existen circunstancias potencialmente desconocidas y perniciosas.


Pero no nos confundamos: Dolor no es igual a sufrimiento. 
El dolor es necesario, el sufrimiento es opcional. El dolor es orgánico, intrínseco, y en mayor o menor medida inevitable, pero el sufrimiento podemos modularlo. El primero sería objetivo, el segundo más subjetivo. 


El sufrimiento depende de cómo interpretemos la situación. Esto es, un dolor asumible puede generar un gran sufrimiento si lo entendemos de manera dramática, si nos dejamos llevar por las emociones desbocadas, si lo exageramos (consciente o inconscientemente). Inversamente, un dolor extremo se puede sobrellevar (lo que no significa que no duela) si entendemos la causa y la asumimos. De manera que nuestras maravillosa mente tiene cierto margen de maniobra, disponemos de la posibilidad de modificar la forma en que nos afectan las circunstancias. 

Si utilizo la antigua técnica del cilicio (no confundir con el elemento químico, que empieza con “s”) para castigar mis carnes morenas, como lo hace el monje albino del Código da Vinci (Dan Brown), experimentaré dolor. Pero entender el motivo por el cual sufro ese dolor me permite asumirlo. En este caso, esta suerte de autotortura se ejecuta para expiar las tentaciones o pecados de la carne. Y esto es lo que justifica ese sufrimiento (para esa persona). En el extremo opuesto encontraríamos las prácticas sadomasoquistas, (y no, no voy a mencionar la lamentable película de las Sombras) en donde látigos y fustas se emplean en su uso tópico. Causan dolor, pero este no solo no se interpreta como perjudicial, sino que, en un peculiar giro de tuerca, los practicantes lo experimentan como estimulante o excitante. Es obvio que ese dolor es interpretado de manera distinta al que sobreviene al pillarse el dedo con la puerta de manera imprevista. 


Pero dentro de los sufrires creo que ganan por goleada otros más mundanos: Verse superado por acontecimientos vitales que generan dolor. Según los interpretemos, nos afectarán más o menos, y huelga decir que el ser humano es capaz de generarse mucho sufrimiento. Véase el caso extremo de los hipocondríacos. Personas tan excesivamente preocupadas por su salud que pueden encontrarse atenazadas por la sospecha de padecer una enfermedad severa al más mínimo síntoma. Esta percepción genera un tormento injustificado, pero que sufren como si fuera real. Pueden, incluso, carecer de síntoma contrastable, pero el hecho de que ellos sospechen y crean que van a enfermar provoca una dramatización superlativa que genera mucho dolor.

El quid de la cuestión: La sensibilidad. 
Si se paran a pensarlo, que exista un recurso como el dolor  es consecuencia de disponer de una fina sensibilidad.

Recuerden los tres ámbitos de la vida que estudiábamos en el colegio: Reino Mineral, Vegetal y Animal. 

Una roca, una piedra, es una entidad inerte con una organización molecular simple que carece de sistema nervioso. No tiene vida, y por tanto no puede evolucionar. Sensibilidad: 0.

Si subimos al siguiente peldaño evolutivo, los vegetales muestran una organización interna más compleja. Aunque les falta un sistema nervioso que le informe de los eventos externos para poder enfrentarse a ellos, disponen de recursos biológicos para resolver a la tarea de sobrevivir. Reaccionan al entorno. No disponen de movilidad, pero tampoco la necesitan para cubrir las necesidades que su diseño orgánico les pide.

En el reino animal ascendemos otro escalón. Ahora estamos frente a seres complejos, con mecanismos biológicos especializados. Disponen de sistema nervioso complejo que les permite moverse, reaccionar, y también actuar: pueden tomar la iniciativa. Su sensibilidad es mayor que la de las plantas al disponer de un mecanismo dedicado a eso, a explorar y experimentar con su entorno, todo con el fin último de cubrir sus necesidades. En este sistema aparece el dolor como estrategia de supervivencia. Tengan mayor o menor nivel de conciencia, el dolor y el placer serán los dispositivos biológicos que orientarán su conducta: rechazamos lo doloroso y buscamos lo gratificante. 

A mayor complejidad del sistema nervioso, mayor sensibilidad.
A mayor sensibilidad, mayor abanico de posibilidades de bienestar pero también de dolor.
Ambos estados son las dos caras de una misma moneda.


Es frecuente que los poseedores de inteligencia privilegiada, superdotados, se muestren en posesión de una sensibilidad también superior a la media, quizá exacerbada, que les genera un gran sufrimiento. La inteligencia extrema es indisociable de la sensibilidad extrema, por extensión, de la extrema receptividad emocional. Una inteligencia muy desarrollada e hipersensibilidad conllevan paralelamente una mayúscula vulnerabilidad. Sentir y percibir con lucidez aguda todo el catálogo de elementos del mundo material y las relaciones humanas genera una reacción emocional constante.

Solapado con lo anterior nos encontramos con el caso del perfil PAS (que no es la tarjeta del Carreful sino el acrónimo de Personas Altamente Sensibles), personas con una sensibilidad elevada, muy acentuada. A consecuencia de esta condición experimentan más intensamente las circunstancias de su vida. Sienten las emociones con mayor intensidad, y esto es válido para todas, las negativas y para las positivas. Un don de la conciencia que se plasma en una alta empatía pero que proporcionalmente conlleva un alto coste emocional


El dolor nos hace madurar y crecer. Nos hace más humanos. 
Cuando decidimos enfrentarnos al dolor, en primer lugar, estamos asumiendo su existencia, lo estamos aceptando. Esta elección conlleva el compromiso de lidiar con él, de hacer algo con él. Pero dejando de lado cómo lo hagamos, lo más relevante es que el hecho determinante de afrontarlo nos ennoblece, nos dignifica. Cuando se sufre conscientemente, cuando lo convertimos en una misión libremente asumida, nos hace más libres (interiormente), pero además nos perfecciona como seres humanos porque hace de nosotros seres más lúcidos. Nelson Mandela pasó media vida encarcelado y allí decidió renunciar a quejarse y odiar. Tomó la determinación de aprender a aceptar y manejar su dolor. Afrontar tan dura adversidad permitió que se doctorase (cum laude) en humanidad.

 
Nos permite distinguir lo accesorio de lo esencial, facilitando que podamos desprendernos de lo primero y aferrarnos a lo segundo. En este sentido, nos eleva por encima de nuestros apetitos e intereses. 

Como sea, y a pesar de la parrafada, les aseguro que por mucho que intente entender la función que tiene el dolor, yo personalmente, le temo más que a un talibán escondido detrás de un árbol. Esto es, lo rehuyo sistemáticamente. Pero me temo que es necesario comprenderlo para cuando acontece y es inevitable. El dolor es el banco de pruebas de la existencia humana. 

A modo de conclusión, y por si les sirve como a mí, les dejo con unas palabras de Fénelon:

El que no ha sufrido no sabe nada de la vida.
No conoce el bien y el mal.
Ni conoce a los hombres ni se conoce a sí mismo.