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miércoles, 31 de marzo de 2021

62#. El adictivo negocio de robar nuestra atención

Unos meses después de estrenarse la serie de televisión Gambito de Dama, la federación internacional de ajedrez informa haber recibido más solicitudes de mujeres en dos semanas que en los últimos cinco años. No solo eso, el número de jugadores de ajedrez se ha multiplicado por cinco en Chess.com, las búsquedas de tableros de ajedrez en eBay han aumentado un 250% y las ventas del distribuidor internacional de juegos Goliath Games han subido un 170%.



El éxito de este juego, desde luego que no radica en ser la última novedad (el ajedrez data del 3.000 a.c.), ni en una campaña de sensibilización del Ministerio de Educación (que tampoco hubiera sido mala iniciativa), ni siquiera por que hallamos tomado consciencia de las destrezas cognitivas y actitudinales que fortalece. Lamentablemente, este boom es fruto de la causalidad. La publicidad recibida circunstancialmente por el éxito de la serie ha hecho que fijemos nuestra atención en el ajedrez.

Sirva este dato para ejemplificar la trascendencia que tiene una de nuestras facultades más necesarias, que paradójicamente, tenemos más descuidada: la atención. En esencia, este proceso cognitivo (que nos permite focalizar y concentrarnos en un aspecto concreto de nuestro entorno) es la ventana por la que entra la información a nuestra conciencia. Sería algo así como la linterna que encendemos cuando bajamos al oscuro sótano de casa. Tenemos conciencia de aquello que ilumina el haz de luz, de manera que tener el control de la linterna es un factor crítico. Si enfocamos y descubrimos una muñeca antigua con pinta diabólica, nos sentiremos angustiados; si encontramos el cofre de nuestro bisabuelo con su colección de monedas antiguas, sorprendidos. Si lo que vemos es nuestro libro de lectura del jardín de infancia, nostálgicos.

Toda esta explicación viene a que nuestro estado de ánimo depende de lo que nos transmite aquello que captan nuestros sentidos, aquello que nos muestra nuestra atención. Y dense cuenta de dos cosas: la desmesurada importancia que le damos a cómo nos sentimos (de hecho, solemos definirlo con el término de felicidad) y por otro lado, la cantidad de atención que malgastamos en irrelevancias y distractores. De estos últimos, los que me parecen más preocupantes son aquellos milimétricamente estudiados para lograr colarse en nuestra conciencia, y a partir de ahí, intentar dar un golpe de mando para controlar nuestra motivación. 


Este es el cotizadísimo valor que buscan en nosotros: captar nuestra atención. Atraerla. Les diría que casi es más un intento de secuestro que otra cosa. ¿Quienes tratan de adueñarse de nuestra atención? Pues las empresas tecnológicas, redes sociales y televisión, aplicaciones... En verdad, todos esos anunciantes que interrumpen nuestro día a día aspiran a adueñarse de ella. Sean conscientes o no, existe toda una industria dedicada a absorber nuestra atención, y lo hace a escala industrial; desde la notificación o el reclamo de tu red social favorita a cualquier spot televisivo (sangrante me parece el caso de las empresas de juego on line, que nos acribillan impunemente con ofertas tentadoras con el único fin de engancharnos a un vicio).

A Tristan Harris se le ha definido como lo más parecido a la conciencia ética de Silicón Valley. Antiguo ingeniero de una de esas omnipresentes redes sociales que todos conocemos, denuncia que la tecnología nos está convirtiendo en adictos. Lo hace sin que nos demos cuenta, por puro negocio (sus ingresos económicos alcanzan cifras realmente estratosféricas) y encima argumentan que lo hacen por nuestro bien.

James Williams (ex empleado del buscador omnipresente en internet) renunció cuando se dio cuenta de que los objetivos de su empresa no estaban alineados con sus valores personales. Afirma sin pudor que nos hemos convertido en siervos de estos nuevos señores feudales (tecnológicos). Solo que nuestra servidumbre no deriva del trabajo, sino de nuestra atención.

Sutilmente, imponen la manera de relacionarnos, condicionan nuestra capacidad de conversar y, si lo proyectan al futuro, ponen en peligro la democracia… Gratuitos o no, los productos digitales empiezan a esclavizarnos: nuestras decisiones cada vez son menos libres, están marcadas por sus intereses que no son los nuestros. Y por si fuera poco, con nuestra atención cae preso nuestro valor más relevante: el tiempo.

 

Solo les digo que estén pendientes de aquello que reclama su atención, y antes de concedérsela, decidan si merece la pena: si es constructivo o valioso para sus vidas. Pero sobre todo, que no caigan en la trampa de cederles su atención por que les estarán regalando mucho más que eso.

Recuerden a Gordon Gekko, el inmisericorde broker de la película Wall Street. En ella propugnaba el dinero como valor supremo. Veinte años después, en la segunda parte del film, habla con su yerno (que aspira a ser como Gordon). Cuando le pregunta cual es el activo más valioso de la vida, el chico no duda en responder: "El dinero". "En la cárcel he aprendido que en la vida el valor esencial no es el dinero, sino el tiempo", le contradice Gekko. "Y por cierto, el tuyo se te está acabando".

domingo, 31 de enero de 2021

60#. Populismos: Hay algo que no es como me están contando

Quizá en los últimos tiempos les haya desconcertado la avalancha de acontecimientos que nos asedian a diario, y quizá, también, hayan tenido la desasosegante sospecha de que nos estamos volviendo locos. Me tranquilizaría confirmarlo, puesto el que nivel de tensión social, que alcanza cotas inéditas de histrionismo, no hace más que espolear en mi cabeza machaconamente una pregunta con la fuerza de un martillo hidraúlico:


Lejos de haber alcanzado una respuesta definitiva, apenas dispongo de unas pistas que me acercan a alguna certeza. Y la más desconsoladora de ellas es comprobar que cada vez se aprovechan más de nosotros, de los ciudadanos. Conste que no estoy realizando una afirmación de perfil negacionista o conspiranoico: es una mera constatación. Qué otra cosa pensar cuando observo que las únicas cartas que recibo son de bancos, empresas eléctricas, aseguradoras, ademas de esporádicas solicitudes de mi voto, por parte los partidos políticos. Si no tienen la molesta sensación de sentirse usados, revisen la cuenta de gastos que tienen a final de mes (impuestos de todo tipo y color, cargos/comisiones a poco que nos descuidemos, pago de variadas cuotas de productos "necesarios",...). La impresión emergente es que a las instituciones u organismos, sean privados o públicos, les intereso exclusivamente por mi carácter de contribuyente, como sujeto susceptible de aflojar la pasta.

Dudo que hayan visto muchas iniciativas que promuevan nuestra protección o bienestar cómo ciudadanos de derecho. Ni siquiera por parte de las instituciones públicas, que son las que deberían de velar por nuestros intereses (de hecho, casi han tenido que institucionalizarse las asociaciones privadas de consumidores a tal efecto). Igual les parece que exagero si digo queme siento vampirizado, pero ningún ente público ejerce acciones legales efectivas contra el curioso sistema de contabilizar la electricidad por las empresas del ramo (cobrándola más cara cuando más la necesitamos), no hay un arrope sólido del estado cuando somos víctimas de estafas tan clamorosas como las famosas hipotecas subprime, o las más desapercibidas claúsulas suelo asociadas a la firma de un préstamo; ni siquiera se cuestiona el simple hecho de que en un préstamo bancario se nos obligue a pagar primero los intereses que el capital prestado.

 

El sistema socioeconómico que rige nuestras vidas hace ya tiempo que empezó a utilizarnos para sus propios fines, pero tengo la angustiante impresión de que han decidido dar un paso (cualitativo) más: ahora tratan de colonizarnos ideológicamente, de controlar nuestras convicciones. Me imagino a alguna privilegiada cabeza pensante, en alguna flamante junta directiva, pensando: ¿Y si además hacemos que luchen por nosotros?

Siempre ha habido ciudadanos moderados y los ha habido exaltados; unos más tolerantes y otros radicales. Los equilibrados, por definición, son estable y razonables, ergo, no son útiles al poder: ¿a quien le interesa un filósofo en mitad de una guerra? Aquella utópica paz social, el fin último al que aspiraban nuestros dirigentes de antaño, se ha disuelto como un azucarillo en el agua. No dejan de surgir dirigentes populista cuyo discurso no se dirige a que simpaticemos con tal o cual ideología (política, religiosa, económica,...), ni convencernos legítimamente con los argumentos veraces; solo buscan adoctrinarnos. El populismo trata de embaucarnos con soflamas y medias verdades, usando la frustración de la ciudadanía (frustración que no tiene nada que ver con los opuestos sino que inherente al sistema) para que luchemos contra quienes no piensan igual que ellos.


Los ciudadanos somos transformados en soldados, nos pertrechan generosamente de munición (eslóganes y sermones, sean verdaderos o falsos) y se nos arenga como a las tropas antes de entrar en combate: Lo que antes era la defensa de un ideal ahora se ha convertido en la exaltación de un candidato. Los miembros de los grupos ideológicamente opuestos se convierten en enemigos sin que nadie se cuestione el porqué de tal hostilidad. Sitúan en el mismo emplazamiento y hora a los partidarios más radicales... Ahí tienen el impresentable asalto asalto al Capitolio de Washington de hace pocos días.

Sin aviso previo, la escala de valores se ha vuelto del revés. El capitán ya no es el último en abandonar el barco. La paz social ha dejado de ser la prioridad para los dirigentes. Y me da la impresión que hasta nosotros mismos hemos sido rebajados de categoría.  

Andémonos con ojo por que igual hemos pasado de ser ciudadanos con pleno derecho a meros adeptos con derecho a voto... y aún no nos hemos percatado del truco. 


 

 

viernes, 15 de febrero de 2019

CITA: Los proles son inferiores por naturaleza (George Orwell)


"Parecía una transcripción de uno de los manuales del Partido. Por supuesto, el Partido enseñaba que los proles eran inferiores por naturaleza y debían ser mantenidos bien sujetos, como animales, mediante la aplicación de unas cuantas reglas muy sencillas.

En realidad, se sabía muy poco de los proles. Y no era necesario saber mucho de ellos. Mientras continuaran trabajando y teniendo hijos, sus demás actividades carecían de importancia. Dejándoles en libertad como ganado suelto en la pampa de la Argentina, tenían un estilo de vida que parecía serles natural. Se regían por normas ancestrales. Nacían, crecían en el arroyo, empezaban a trabajar a los doce años, pasaban por un breve período de belleza y deseo sexual, se casaban a los veinte años, empezaban a envejecer a los treinta y se morían casi todos ellos hacia los sesenta años. El duro trabajo físico, el cuidado del hogar y de los hijos, las mezquinas peleas entre vecinos, el cine, el fútbol, la cerveza y sobre todo, el juego, llenaban su horizonte mental.
 



No era difícil mantenerlos a raya. Unos cuantos agentes de la Policía del Pensamiento circulaban entre ellos, esparciendo rumores falsos y eliminando a los pocos considerados capaces de convertirse en peligrosos; pero no se intentaba adoctrinarlos con la ideología del Partido. No era deseable que los proles tuvieran sentimientos políticos intensos. Todo lo que se les pedía era un patriotismo primitivo al que se recurría en caso de necesidad para que trabajaran horas extraordinarias o aceptaran raciones más escasas.

E incluso cuando cundía entre ellos el descontento, como ocurría algunas veces, no conducían a ninguna parte porque, al carecer de ideas generales, solo podían concentrarlo en minucias concretas y sin importancia. Inevitablemente pasaban por alto los males mayores".


"1984" (1949)

George Orwell