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martes, 31 de octubre de 2023

84#. ¿Relación de Ayuda o de Acompañamiento?

Si bien son términos que pueden solaparse, o incluso confundirse, no es lo mismo ayudar que acompañar. Y un ejemplo simple nos servirá para distinguirlos con meridiana claridad.



Imagínense a un niño/a de escasos años jugando en el parque bajo la atenta mirada de su padre/a. En un momento dado, el menor tropieza y se cae. El cuidador/a lo ve y reacciona al incidente. Pero ¿cómo lo hace?

Bueno, en las culturas más mediterráneas, no sé si llamarlas latinas, la reacción más habitual es ir hacia él apresuradamente, con viva preocupación, y en ocasiones con florida exhibición del repertorio personal de quejas y lamentos. Y sin dilación alguna, coge al pequeño/a para levantarlo del suelo. A esta acción podíamos etiquetarla de ayuda.

En otras latitudes, centroeuropeas por poner un caso, la reacción que he visto ha sido similar, pero distinta. Tras acercase al menor, se le pregunta y se le anima a levantarse. Si puede hacerlo solo, se le presta cierto apoyo (preguntándole cómo se encuentra, cómo ha sido la caída, etc.); pero la ayuda instrumental (levantarlo) solo se realiza si no puede incorporarse por sus propios medios. Esto sería acompañamiento.

A raíz de aquí, no será difícil extrapolar el concepto a otros ámbitos de la vida. También podría entender que les parezca una chorrada, que esta disquisición carece de interés. Pero, en mi opinión, la derivaciones de uno y otro concepto son sustanciales.

Habrá pocas nociones tan trilladas como la relación de ayuda. Pocas que hayan sido y sean tan frecuentes en cualquier grupo humano que haya habitado este planeta. Y menos aún que estén rodeadas de semejante aura de bondad y deseabilidad social. Pero la cosa es que no todo es beneficioso en la relación de ayuda. Dejando a un lado le hecho de que si se presta repetidamente puede provocar la dependencia del sujeto, el mayor inconveniente de recibir ayuda es la delegación de la propia responsabilidad sobre su destino, la pérdida de protagonismo de tu propia vida.

 


Entonces, si descartamos la motivación del que presta ayuda (que puede basarse en bondad altruista, pero también en un ego disimulado -encarnando la figura del salvador o protector-, o incluso de una crecida generosidad neurótica): ¿Qué tipo de apoyo es mejor para el damnificado?

Si bien la ayuda es más rápida y quizá efectiva, el acompañamiento apunta mejores formas, es más recomendable, desde la perspectiva del damnificado; no del bienhechor. Y resalto esta última figura porque que este agente benefactor puede actuar guiado por la bondad más altruista, pero también puede hacerlo desde un ego disimulado -vivir de encarnar el papel de salvador y protector-, incluso en una generosidad neurótica, del que él es el máximo beneficiado.

El inconveniente de ayudar es que, nos demos cuenta o no, estamos mermando la esencia de esa persona. De hecho, sucede que imponemos la nuestra a la suya (junto con nuestros criterios y creencias). En cierta forma, minimizamos los recursos del otro, su capacidad para resolver problemas, su creatividad e imaginación, algo que dudo fortalezca su autoestima (el autoconcepto y autoeficacia de la persona).

 

Es en este sentido en el que se imponen la virtudes del concepto de acompañamiento al de ayuda. Si nos fijamos, en realidad no deja de ser una evolución más sofisticada de esta, puesto que ofrece apoyo pero promueve que sea el propio individuo el artífice del cambio; del cambio que él decida (no del que el ayudador decide), tanto si lo entendemos como si no; tanto si lo compartimos como si no. Añadiendo la innegable virtud de no estar interfiriendo en su propia realización personal, y un factor no menos relevante: la persona a la que apoyamos no queda en deuda con nosotros. Y este último factor tiene más trascendencia de la que parece.

viernes, 1 de septiembre de 2017

29#. ¿Ser o Estar agradecido? No es el acto, es la actitud.

Cuando un atleta, un científico o un artista es premiado con un justo galardón (medalla, estatuilla o premio) sabe que tal reconocimiento es fruto de su dedicación y esfuerzo. Entonces, ¿por qué, en tantas ocasiones, extiende su gratitud a padres, amigos, compañeros de equipo, entrenador , director, etc.? 



La gratitud es un reconocimiento por un beneficio (don o favor) recibido. Tiene las ventajas de promover nuestro bienestar subjetivo y nuestra satisfacción vital. Normalmente solemos ver la expresión del mismo, el acto de agradecer. Pero a la base de ese acto hay, o debe haber, un sentimiento que lo legitime: el sentimiento de gratitud. 

El rango de ese sentimiento puede abarcar un amplio espectro. Desde el simple "dar las gracias", (que podría reducirse a una mera norma de educación o cortesía), en donde estaríamos hablando de un acto puntual, a alcanzar niveles más profundos o trascendentales, como experimentar un sentimiento genuino de gratitud general. Este sería la actitud. 

Estar agradecido denota un estado emocional específico, concreto, que puede ser perfectamente pasajero. Encajaría con la definición estandar, un sentimiento de estima por un favor recibido al que se desea corresponder. No obstante, puedo estar agradecido a alguien o algo y sin embargo mantener una actitud egoísta en la vida. En el momento en que realizo la acción de estar agradecido, ya he compensado. Se puede cerrar el círculo y finalizar mi compromiso con esa persona.

Ser agradecido implica tener la predisposición, la actitud de agradecer. Su naturaleza es desinteresada, y no tiene porqué mostrarse correspondiendo a ningún benefactor en particular. La persona que es agradecida es capaz sentir gratitud sin que ocurra ningún hecho extraordinario. Sencillamente, agradece la cotidianidad

 

Para alcanzar tal actitud de gratitud plena se deben cubrir unas etapas consecutivas. Sencillas, pero imprescindibles: reconocer, apreciar y corresponder. 

Agradecer es, en primer lugar, un acto de reconocimiento. Me parece obvio que no podemos ser agradecidos si no valoramos lo que nos sucede. La gratitud incondicional o profunda, como actitud vital, se alcanza por comprensión. Se disfruta de ese sentimiento cuando uno es capaz de tener conciencia de la vida y el mundo en que vivimos. Esa toma de conciencia nos permite apreciar la suerte de estar vivos, la fastuosa puesta en escena que se despliega cada día que amanece, la facilidad con que se puede perder todo, la fortuna de disfrutar de todo aquello de que disponemos, etc. Tras esto, surge el impulso de ponerme a disposición, de devolver, de corresponder...

La persona que es agradecida debe haber superado el egoísmo infantil (e inmaduro), por el cual entendemos que se nos debe todo. Es bien fácil mantenernos en ese egocentrismo primigenio. De hecho, el paradigma consumista en que se desarrollan la sociedad en que vivimos tiende a promover y aumentar actitudes egoístas. Pero el individualismo nos aleja de nuestra naturaleza social, de la gratificación que nos provee el contacto con los otros. De ayudar a otros de manera desinteresada. De compartir con otros, como reacción natural

Es posible que haga falta tiempo para alcanzar esta disposición del ánimo. Quizá sea necesaria la madurez y lucidez que aporta el periplo vital de cada persona. Pero, que quieren que les diga... desde el momento en que somos conscientes de nuestra finitud, nuestras limitaciones y temporalidad, así como de que siempre fuimos, hemos sido y seremos ayudados por alguien, y que siempre necesitaremos de los demás para ser plenos, entonces, ese sentimiento de gratitud hacia la vida se promueve de manera casi automática.



Aunque ya les dediqué un post, no puedo resistirme a recordar a los Monty Python. Reconozco que aquellas ultimas estrofas de La vida de Brian se me quedaron grabadas en la mente como si hubiera presenciado una revelación. Pero el silogismo es tan sencillo como incontestable. 

Nacimos sin nada.
Nos iremos sin nada.  
Así que... ¿qué hemos perdido?
Nada.

Todo lo que hemos experimentado, experimentamos y experimentaremos ha sido provechoso o beneficioso. Un regalo. Todo nos ha sido concedido. ¿Creen que existe algo más gratificante?