Supongo que no seré el único en tener la sensación de que nuestro mundo se está yendo al garete, entendiendo por nuestro mundo el afortunado entorno sociocultural en que nos hemos criado y en el vivimos. La mala noticia es que todo apunta a que no es una percepción sino de una realidad.
La supremacía de la fuerza como principio organizador, la ausencia de mecanismos de protección de sociedades enteras, la inmensurable crisis económica que se avecina, la obsolescencia de la diplomacia,… Lo estamos viendo todos los días, cualquier día, en la portada de cualquier medio de comunicación, y el resultado no puede ser más desolador. Cuanto más consciente sea uno, más inevitable se vuelve la sensación de que “el fin de nuestro mundo” puede acontecer en cualquier momento. Consecuentemente, mantener la serenidad, intentar consolidar una mínima, pero sólida, esperanza no pude llegar a ser más que un voluntarioso acto de fe.
Y sin embargo, no nos encontramos ante un escenario inédito. Quiero decir, que no es la primera vez que sucede. De hecho a sido mucho peor en ocasiones anteriores.
Si nos molestamos en echar un vistazo a la historia compartida de Occidente, podemos observar que hubo épocas de quiebra brutal del sistema establecido. Así al pronto, bastante peor debieron vivir los romanos la caída del imperio, los europeos durante el contagio irrefrenable de la peste negra o las guerras mundiales del siglo pasado, entre otras. Dirán que me estoy poniendo muy intenso, y sí, estoy en modo catastrófico, pero es que la coyuntura actual no permite ser demasiado optimista (salvo que uno quiera cerrar los ojos y eludirla).
Si profundizamos un poco más y ampliamos la perspectiva, podemos ver que la humanidad ha atravesado momentos históricos en los que parecía que todo rompía, y literalmente, todo se rompía… y aun así, posteriormente, encontró caminos de reconstrucción que volvieron a dar sentido a la vida, permitiendo alcanzar cierta sensación de estabilidad o tranquilidad.
Si nos centramos en alguno de estos ejemplos más cercanos, la Primera Guerra Mundial (1914–1918) dejó más de 20 millones de muertos, naciones arruinadas (no solo en el sentido económico de la palabra) y un continente devastado. Causó hambrunas generalizadas y creó las condiciones perfectas para la expansión de la pandemia de gripe que arrasó (acabó con la vida de más personas que la propia guerra). Infraestructuras arrasadas y economías colapsadas, por no hablar de una generación entera perdida en el frente de batalla, así como millones de supervivientes que quedaron de por vida marcados por el estrés postraumático.
Y sin embargo, tras el desastre se firmó el tratado de Versalles, un intento de organización internacional de naciones para evitar guerras, que si bien no prosperó plantó la semilla de la organización de las naciones unidas. Se creó la organización mundial del trabajo (que prohibió la explotación infantil, estableció una jornada laboral, simiente de los sindicatos,…) y al obligar a la mujer a incorporarse de lleno al trabajo, aceleró su incorporación a la vida social, culminando con el derecho al sufragio (al voto), así como la pandemia aceleró la creación de los primeros sistemas nacionales de salud y la cooperación sanitaria internacional para evitar más pandemias.
La segunda gran guerra dejó más de 60 millones de muertos y un mundo destrozado. Pero posteriormente, se creó la estructura global de paz más ambiciosa conocida, la ONU, (con su Corte Internacional de Justicia y agencias especializadas, como la OMS, UNESCO, FAO o UNICEF). Un hito sin precedentes fue la Declaración de los Derechos Humanos, que reconocen los derechos civiles, políticos, sociales y culturales inalienables que tiene cualquier individuo, como respuesta al horror de la guerra (Holocausto); se produjeron avances científicos y tecnológicos gracias a la innovación que espoleó el fin de la guerra (antibióticos como la penicilina, a gran escala, y vacunas que erradicaron enfermedades mortales en aquella época, como la polio o el sarampión, así como la energía nuclear civil, la informática o la exploración espacial), sin olvidar el culmen histórico que supuso el establecimiento de los sistemas de protección social en distintas naciones: sanidad universal para los ciudadanos, educación pública ampliada, sistemas de pensiones, subsidios de desempleo o viviendas sociales. En definitiva, nunca antes tantas personas habían tenido acceso a tanta seguridad material, familiar y social.
Por supuesto que estamos lejos de estos demoledores acontecimientos (aunque nunca se sabe, si dependemos de un megalómano narcisista y frustrado con acceso armamento indefinido y al botón nuclear), pero es necesario, en estos momentos en que estamos viendo la primera ola del tsunami que se nos viene encima, recordar que no somos la primera generación que ha vivido desastres mundiales, ni llegaremos a aquellos extremos (con una recesión económica mundial ya tendremos suficiente). Y sobre todo, que es necesario ser conscientes de que, como hemos visto, los progresos más profundos suelen surgir tras las crisis más devastadoras.
La humanidad tiene una capacidad extraordinaria de reorganizarse y salir fortalecida de las peores crisis, pero igualmente inevitable me parece asumir que, por lo que sea, no podemos evitar tropezar siempre con la misma piedra. No somos capaces de reaccionar hasta que nos la hemos pegado, y bien gorda. De manera que, supuesto llegue el caos, este no será el final sino el principio de una transformación. Y solo de esta perspectiva histórica podemos extraer algo de serenidad o esperanza.
¿Qué? ¿No les consuela? Pues a mí tampoco, pero como decía aquella niñita preguntada por las mascarilla, en pleno COVID: "No puedes respirar del todo, pero es mejor esto que morirte".



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