Recién acabada mi semana de vacaciones, me dejo caer por aquí para desearles unas reconfortantes y estimulantes vacaciones.
Una semana de la que dispuse, y que empleé en viajar a Albania: vuelo barato, coche de alquiler y visita exprés (un día/un destino) de poco más de 5 jornadas. Tampoco crean que tenía muy claro el motivo de visitar concretamente este país, pero encontramos aquel vuelo realmente tan barato...; y para mí, cualquier lugar completamente desconocido donde vivan personas, comunidades y una o varias sociedades desde hace 2.500 o 3.000 años, ya supone un aliciente.
Algún tiempo antes ya creí entender aquel precio tan estupendo. El vuelo directo, Málaga-Tirana, despegaba el domingo 19 de julio a las 21:30 horas. ¿Y qué sucedía ese día a esa misma hora en el mundo? ¿Qué evento planetario, retransmitido por todo el orbe, tenía lugar en aquella precisa fecha? Efectivamente, la final de la Copa Mundial de Fútbol de 2026.
Pero... ¡cómo íbamos a suponer, cuando compramos los billetes más de tres meses antes, que España llegaría a la final! De hecho, ni siquiera recordé que la final se jugaba ese domingo. Pues así fue, aunque es cierto que después, el vuelo se retrasó, nos dio tiempo a verlo cenando en un restaurante y hasta pudimos reclamar la indemnización económica por superar las tres horas de demora… pero eso es otra historia.
A donde iba es a que lo que me pareció más sorprendente del país no fue un monumento en concreto o una ciudad en particular, ni siquiera una de esas visitas que cualquier agrencia etiqueta como "obligadas" (ya les digo que el famoso Blue Eye o Syri i Kaltër no merece el desvío de una hora que tuvimos que hacer). Lo que me llamó poderosamente la atención fue su peculiar oasis político y social.
Albania no es una monarquía sino una república parlamentaria. Y aunque sí existen partidos políticos y un parlamento muy competitivo (la Asamblea de Albania), lo fascinante es cómo conviven con su historia. Tras resistir la durísima dictadura comunista de Enver Hoxha, que llegó a declarar al país como el primer estado ateo del mundo en 1967, hoy respiran una tolerancia envidiable. En el gobierno no hay partidos de extremaizquierda ni de extremaderecha. No hay una "ultra-nada" rompiendo la paz social en el día a día.
Y no solo eso: en todo el país conviven desde hace siglos tres religiones mayoritarias (musulmanes suníes y bektashis, ortodoxos y católicos), y lo hacen sin problemas. El guía del primer día nos explicó que su madre era musulmana, su padre católico y su novia ortodoxa. El guía del último día igualmente refería todas esas mezclas en su familia, además con un abuelo comunista convencido (de la época del comunismo radical del siglo pasado). Este último afirmaba, al respecto, que en vez de aislarse cada uno en su terruño, todos celebraban las fiestas religiosas (o no) de todos.
Los destinos costeros de la Riviera albanesa están ya muy turistificados; por tanto, nada distinto al perfil mediterráneo que podemos encontrar en la Costa del Sol misma.
Pero Gjirokastër y Berat, en el interior, son otra cosa; me parecieron más auténticas. Esta última es conocida por los occidentales como la ciudad de las mil ventanas (tampoco crean que son tantas), pero ellos la llaman con orgullo “la ciudad de los 2.400 años”. Y eso ya me parece digno del máximo respeto. Por allí pasaron los ilirios, los macedonios (a ver, a Alejandro Magno le pillaba al ladito mismo), los romanos, los bizantinos, fueron parte del Imperio otomano durante casi cinco siglos y sufrieron la ya mencionada dictadura comunista que no debió ser nada fácil (con un dato lo digo todo: la deriva paranoide del dictador le llevó a construir 150.000 búnkeres por todo el país).
No pude por menos que felicitar a nuestros interlocutores, deseándoles mucha suerte con el asunto. Corren malos tiempos para la comprensión y la compasión. ¡Ojalá les dure muchas décadas esa capacidad real para la convivencia!








