Antes de finalizar la tarde me encontré en el Cimitero Monumentale de Milán, lugar que hace honor a su nombre con solemnidad marmórea.
El calor del día seguía corroyendo las piedras y el mármol devolvía una luz quieta, como si tuviera que aguantar la respiración. Las esculturas se alzaban con una dignidad antigua: ángeles que parecían cansados, figuras humanas detenidas en gestos que ya no podrían completar, columnas que sostenían tanto silencio como peso. Los motivos artísticos que acompañan y adornan aquellos centenares de sepulturas se desplegaban en una variedad innumerable de formas, estilos y dimensiones. Ese era precisamente el motivo que me había llevado allí: contemplar cómo cada tumba, cada lápida, cada mausoleo mostraba la declaración estética de quienes estuvieron aquí y ya no están, dejando constancia particular de su paso por la vida.
Con
el paso del tiempo me dejé empapar
de
aquella atmósfera, mezcla de
esplendor crepuscular
y quietud; apareció, entonces,
un
pensamiento más personal, aunque
lógico; casi inevitable:
¿qué
hacía yo allí?
Llevaba todo el día caminando, soportando la canícula milanesa que, mire usted por dónde, se encontraba en su máxima expresión (asoladora ola de calor, dijeron los noticieros). Podía haber decidido regresar para descansar, o haber espaciado las visitas para ganar en comodidad. Pero no. A las seis de la tarde, después de una jornada interminable recorriendo la ciudad, me encontraba deambulando entre enterramientos y esculturas monumentales. No tenía ninguna necesidad de estar allí, y sin embargo estaba: soportando el calor húmedo, el cansancio acumulado de todo el día, resistiéndome a volver a mi alojamiento para disfrutar, como pocas veces, de una ducha bien fría.
Estaba allí porque estamos diseñados para el movimiento. Los individuos del reino vegetal no pueden desplazarse; permanecen en el lugar donde nacen, realizan la fotosíntesis, se nutren y allí mismo mueren. Pero los del reino animal estamos proyectados para la acción, para el desplazamiento. Los vertebrados superiores lo hacen siguiendo su instinto; lo hemos visto decenas de veces, cuando la búsqueda de alimento impulsa a sujetos solitarios de las zonas polares o a manadas innumerables en la sabana africana a recorrer grandes distancias. Pero cuando ya tenemos las necesidades básicas cubiertas, ¿qué nos impulsa?
Recordé entonces la letra del apreciado amigo Drexler: “Somos una especie en viaje. No tenemos pertenencias, sino equipaje. Vamos con el polen en el viento. Estamos vivos porque estamos en movimiento.” Lo hemos hecho desde siempre; lo cantaron poetas y filósofos de todos los tiempos. Rousseau y Murakami afirmaron que solo caminando se pensaba con claridad. Thoreau defendía que cada paso hacia el bosque era un paso hacia la libertad interior. Y Machado nos recordó que “no hay camino, se hace camino al andar”: no tenemos que movernos hacia donde van otros, porque quizá no buscamos lo que buscan otros.
Y eso es lo que nos impulsa: la búsqueda. Nos impulsa la necesidad de explorar y conocer, de sentir y, finalmente, de comprender (o al menos intentarlo). Me vino entonces otro verso del cantautor que me pareció esclarecedor: “Es más mío lo que sueño que lo que toco.” Porque lo que ya está en la mano deja de movernos, sin embargo, lo que aún está por descubrir nos mantiene vivos.
Cuanto más avanzamos, más se aleja el horizonte. Si nos detenemos, también se detiene. Por mucho que corramos, nunca podemos alcanzarlo. Entonces, ¿para qué sirve la utopía? Galeano respondía que precisamente para eso existe: para hacernos avanzar. Por eso caminamos incluso cuando no es necesario, porque nos define más la búsqueda que la posesión.
El movimiento quizá no sea un medio, sino un fin en sí mismo. Avanzar es la forma humana de estar vivos. Quizá el movimiento sea, en realidad, una forma de afirmación vital que reivindica precisamente eso. No la única, pero sí una de las más terrenales, para recordarnos y demostrarnos que estamos vivos.
Jorge Drexler - “Movimiento”
Apenas nos pusimos en dos pies
Comenzamos a migrar por la sabana
Siguiendo la manada de bisontes
Más allá del horizonte, a nuevas tierras lejanas
Los niños a la espalda y expectantes
Los ojos en alerta, todo oídos
Olfateando aquel desconcertante
Paisaje nuevo, desconocido
Somos una especie en viaje
No tenemos pertenencias, sino equipaje
Vamos con el polen en el viento
Estamos vivos porque estamos en movimiento
Nunca estamos quietos
Somos trashumantes, somos
Padres, hijos, nietos y bisnietos de inmigrantes
Es más mío lo que sueño que lo que toco
Yo no soy de aquí, pero tú tampoco
Yo no soy de aquí, pero tú tampoco
De ningún lado del todo y, de todos
Lados un poco
Atravesamos desierto, glaciares, continentes
El mundo entero de extremo a extremo
Empecinados, supervivientes
El ojo en el viento y en las corrientes
La mano firme en el remo
Cargamos con nuestras guerras
Nuestras canciones de cuna
Nuestro rumbo hecho de versos
De migraciones, de hambrunas
Y así ha sido desde siempre, desde el infinito
Fuimos la gota de agua, viajando en el meteorito
Cruzamos galaxias, vacío, milenios
Buscábamos oxígeno, encontramos sueños
Apenas nos pusimos en dos pies
Y nos vimos en la sombra de la hoguera
Escuchamos la voz del desafío
Siempre miramos al río, pensando en la otra rivera
Somos una especie en viaje
No tenemos pertenencias, sino equipaje
Nunca estamos quietos, somos trashumantes
Somos padres, hijos, nietos y bisnietos de inmigrantes
Es más mío lo que sueño, que lo que toco
Yo no soy de aquí, pero tú tampoco
Yo no soy de aquí, pero tú tampoco
De ningún lado del todo y, de todos
Lados un poco
Los mismo con las canciones
Los pájaros, los alfabetos
Si quieres que algo se muera
Déjalo quieto




