lunes, 31 de agosto de 2026

El verdadero valor de una sociedad está en cómo trata a los vulnerables


En el título de aquella canción de los 80, decía German Coppini (Golpes Bajos) que corrían malos tiempos para la lírica. Si aquella era la visión que tenía de su realidad, no sé que pensaría si levantara la cabeza ahora y viera como le van las cosas a la lírica.




No puede dejar de recordar esta cita cada vez que veo esa expresión del individualismo tan extendida de alabar al ganador, de sobrevalora al triunfador. Imagenes y noticias con las que somos bombardeados constantemente a través de los medios de comunicación (pongan por ejemplo cualquier deportista de élite que ha obtenido un gran logro; seguro que le vienen a la cabeza mas de un sujeto). Conste que no resto ni un ápice de mérito al esfuerzo que suele conllevar destacar y lograr ser el mejor en cualquier especialidad que pueda ejercer un ser humano, pero lamentablemente esto conlleva que se olvide al desvalido, al frágil, al vulnerable. Si nos focalizamos y alentamos solo el éxito, se transmite la idea de que una sociedad avanza cuando impulsa a los mejores. Pues sí, suena bien, y además encaja con la épica del esfuerzo y el progreso que nos arrastra como una corriente caudalosa de agua. Pero no es cierta. Y no lo es por que está incompleta. Por que el valor real de una sociedad no se mide por la velocidad de sus adelantados, sino por la dignidad con la que acompaña a sus rezagados.

Ya lo veían hace más de 2.000 años (Confucio:“La fuerza de una nación se mide por el bienestar de su gente más débil”), y la historia nos ha demostrado que las sociedades que abandonan a los vulnerables acaban fracturándose, mientras que aquellas que los protegen, prosperan.




Vivimos en un tiempo que idolatra el mérito, pero rara vez se pregunta por las condiciones que lo hacen posible. Celebramos al estudiante brillante sin mirar el barrio en el que nació o las condiciones favorables de vida que le han facilitado ese éxito. Aplaudimos al emprendedor exitoso sin preguntarnos quién cuidaba de sus hijos mientras él “arriesgaba”. Admiramos al atleta sin pensar en la red pública que detectó su talento y lo sostuvo.

Pero una sociedad no es una carrera: es un ecosistema. Y cuando una parte se deteriora, el conjunto se resiente.

Hay países que han entendido la ecuación. Mientras algunos convierten la escuela, la formación académica en general, en una competición (curioseen por ahí el coste en salud física y sobretodo mental que tiene para los estudiantes coreanos superar, por ejemplo, la prueba de la actual EBAU) otros la han concebido como un amortiguador social, como por ejemplo los países escandinavos. Los mejores docentes finlandeses trabajan en los centros escolares con más dificultades, las ratios se reducen donde más falta hacen para prestar más atención y apoyo, la evaluación de conocimientos sirve para detectar necesidades, no para etiquetar fracasos. El resultado es una sociedad con una brecha educativa mínima y una movilidad social real. No porque impulsen a los mejores, que también lo hacen, sino porque sostienen y apoyan a quienes más lo necesitan. El resultado es una sociedad que efectivamente lo es, que se siente grupo, que hacen comunidad. Revisen, los partidos de futbol de la selección noruega del pasado mundial y observen el comportamiento colectivo y unido de los hinchas noruegos.




Sin disponer de los recursos de los nórdico, hay países más humildes que lo aplican: priorizan a los más vulnerables. Desde equipos que visitan a personas en riesgo a programas para jóvenes en barrios desfavorecidos o intervenciones tempranas. Salud universal con foco en el ámbito rural, centros de día gratuitos, programas de acompañamiento, redes intergeneracionales, etc. La cohesión empieza por abajo, no por arriba.

Una sociedad que cuida a sus desvalidos se cuida a sí misma, pero quizá lo menos obvio no sea que cada crisis evitada es un coste social ahorrado y una vida recuperada, sino que cuando los rezagados caen, arrastran consigo la esencia de la comunidad: la confianza, la convivencia y la paz social.

El Banco Mundial estima que en países de ingresos bajos y medios, la falta de inversión sostenida en nutrición, salud y educación genera una pérdida del 51% de los ingresos futuros potenciales de la población.. O sea, la mitad del crecimiento económico posible se evapora cuando los vulnerables no reciben apoyo temprano para incorporarse a la comunidad. Y la CEPAL, organismo adscrito a la ONU, demostró que las inversiones en habilidades técnicas y socioemocionales generan un retorno entre 4 y 7 veces mayor que las intervenciones asistenciales directas. Es decir, formar a los vulnerables es más rentable que asistirlos sin más.

Llegamos a quid de la cuestión: Promover e intervenir en los desfavorecidos no es caridad; es estrategia.




No se trata de actuar con bondad paternalista, ni de desarrollar actividades humanitarias para tranquilizar conciencias. Es una decisión racional, calculada y profundamente pragmática. Una sociedad que protege a quienes están en riesgo no tiene que hacerlo porque sea “buena”, sino porque es inteligente: porque cada persona que se rescata del margen se convierte en un coste evitado, en un conflicto desactivado, en una oportunidad recuperada.

La evidencia es clara: prevenir exclusión es más barato que reparar sus consecuencias; sostener a los rezagados genera más estabilidad que premiar a los privilegiados; y reducir desigualdades produce más crecimiento que cualquier incentivo fiscal a las élites. En otras palabras, la cohesión social no es un lujo moral, sino una infraestructura estratégica, tan esencial como las carreteras, la vivienda o la energía.