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miércoles, 30 de septiembre de 2026

La resiliencia no nace del sufrimiento; nace del encuentro

 

Un niño herido y solo, se encuentra indefenso, pero lo peor es que esa soledad anula cualquier oportunidad que pudiera tener de recuperarse.






Esta afirmación del psiquiatra Boris Cyrulnik, leída sin previo aviso, me parece demoledora, generándome un sentimiento de absoluto desconsuelo. El trauma no arrasa solo por la intensidad de lo vivido, sino por la ausencia de ví­nculos reparadores posteriores. Un niño/a vulnerable puede lograr vivir (no solo sobrevivir) tras lidiar con experiencias muy adversas, pero no lo logrará si se encuentra aislado.

Cyrulnik señala que la herida psicológica se produce en la interacción entre el acontecimiento doloroso y la falta de apoyo para darle sentido. Un menor dañado, que ha sido maltratado, abandonado o expuesto a violencia, se encuentra desamparado, se siente incomprendido, se siente invisible a los demás,... y en ese momento tan crítico, carece de los recursos necesarios para transformar el sufrimiento en un aprendizaje reparador. De esta manera, la recuperación nunca es un proceso exclusivamente individual. La resiliencia no es una cualidad interna que algunos poseen y otros no. Es, sobre todo, un fenómeno relacional.

La afirmación primera de Boris resulta tan incómoda, tan áspera y desapacible, porque cuestiona una de las creencias más extendidas sobre la resiliencia: la idea de que las personas se fortalecen gracias al sufrimiento., y esto nunca ha sido así.

El sufrimiento nunca ha sido fuente de fortaleza. Si este fuera el caso, todos los niños expuestos a la violencia, al abandono o a la adversidad grave se convertirían casi automáticamente en adultos emocionalmente estables y psicológicamente sólidos. Pero la evidencia nos demuestra que existen personas que integraron adecuadamente su trauma y otros que no.




El sufrimiento, por sí­ mismo, no educa, no cura; solo hiere. Lo que genera entereza es otra cosa, un añadido, un recurso tan natural como el respirar, comer o descansar: el vínculo, el encuentro.

La resiliencia nace de la relación, de las relaciones que puedan establecer después. El encuentro con una persona que escucha cuando muchos otros no lo hacen, con un adulto que protege cuando otros han dañado, con alguien capaz de sostener una historia que el menor todavía no tiene capacidad para sostener por sí­ mismo. No solo un individuo, sino varios, muchos, todos los que sean posibles: un grupo (familiar, social, vecinal,..), una comunidad, o una sociedad entera.

Ningún ser humano construye solo las capacidades que más tarde llamaremos resiliencia. Antes de ser una fortaleza psicológica, fue una experiencia relacional: un alguien o varios ayudaron a regular sus emociones. Alguien ofreció seguridad. Alguien transmitió confianza. Alguien dio esperanza cuando todavía no existía. Por tanto, la resiliencia comienza siendo prestada, y solo más tarde se vuelve propia.

Por tanto, quizá debamos de dejar de preguntarnos únicamente cómo fortalecer a los/as menores desfavorecidos y empezar a preguntarnos cómo estimular e impulsar los entornos que rodean a esos menores. O sea, pasar de centrarnos en el déficit a hacerlo en los activos. Impedir que, sin ignorar las heridas, sean estas las que definan la historia de esa persona. El objetivo, entonces, apuntaría a promover que cada menor disponga de una red creciente de relaciones significativas, espacios seguros, experiencias de éxito y oportunidades de participación. Y es aquí donde el entorno social cobra especial relevancia como ecosistema que debe promover y ofrecer esos recursos.




La gran aportación de Cyrulnik consiste en recordarnos que el ser humano no sana únicamente porque el tiempo pase ni porque posea una fuerza interior excepcional. Sana porque encuentra a otros y empieza a atesorar vínculos, oportunidades, apoyos y experiencias que le permiten descubrir que es mucho más que aquello que le ocurría.

Un niño herido y solo está perdido e indefenso. Un niño acompañado puede convertir la herida en una parte de su historia, pero no en el centro de su identidad.

Las heridas pueden explicar una historia. Pero son los vínculos son los que la transforman.