martes, 28 de febrero de 2017

CITA: Somos lo que pensamos



Las personas solemos tener la impresión de que los hechos externos -lo que nos sucede- impacta sobre nuestra vida produciendo emociones: rabia o satisfacción, alegría o tristeza... Existiría, según esa idea, una asociación directa entre suceso y emoción. Por ejemplo, si mi esposa me abandona, me sentiré triste. Si alguien me insulta, me sentiré ofendido. Tenemos la percepción de que hay una relación lineal (de causa y efecto) entre hechos y emociones (...).


Pero lo que nos decía Epicteto es: "No nos afecta lo que nos sucede si no lo que no decimos acerca de lo que nos sucede".

Todos tenemos la impresión de que los hechos producen -de forma automática- las emociones, y este error es el principal enemigo del crecimiento personal. Por ejemplo, muchas veces decimos frases del estilo: "Pepe me pone de los nervios”, y aquí ya estamos cometiendo el error del que hablamos. Pepe no me pone de los nervios, ¡soy yo quién se pone de los nervios!

Si analizamos detenidamente nuestro proceso mental, veremos que Pepe lleva a cabo determinadas acciones (se supone que inconvenientes) y yo me estoy diciendo a mí mismo ideas del estilo: "¡Esto es intolerable!”, “¡No puedo lo puedo soportar!”,…


Son esas ideas la que tienen el poder de irritarme, no las acciones de Pepe, que, por lo que respecta a las emociones, son neutras. De hecho, no todo el mundo reacciona de la misma forma ante Pepe: a algunos les irrita más que a otros. Hay quien incluso no le produce ningún malestar.

Y todo depende del dialogo interno de cada cual. Es el diálogo interior el verdadero productor -y a veces oculto- de las emociones.

"El arte de no amargarse la vida" (2012)
Rafael Santandreu

miércoles, 15 de febrero de 2017

23#. Un ejemplo de resiliencia: Rigidez y flexibilidad mental



Hace unos años, me encontraba impartiendo una charla dirigida a a personas mayores, y que versaba sobre el bienestar en la tercera edad. Incidía particularmente en el aspecto emocional del concepto. Terminé recordando la importancia de los pensamientos como generadores de estados mentales, y orientando al auditorio sobre cómo usarlos para modificar emociones y sentimientos adversos. Como suelo hacer, dejé un tiempo para resolver las dudas que tuvieran al respecto. También para que me hicieran las preguntas que consideraran pertinentes, sugerencias que quisieran proponerme, o, en general, cualquier comentario al respecto.

Una señora, al fondo de la sala, levantó la mano. Le pedí que se pusiera en pie para verla y escucharla mejor. Nos habló sobre su situación de viudez. Incidió en que, desde que falleció su marido hacía casi 5 años, ella seguía sin levantar cabeza. No dejaba de echarlo de menos día tras día, y, en sus propias palabras, "no tenía ganas ningunas de seguir viviendo". Entendí lo que me quería decir, y cuando iba a responderle,  una voz distinta, también al fondo, comenzó a hablar. Le pedí que se levantara y nos dijera su nombre. La nueva interviniente nos comentó que estaba en una situación muy parecida a la primera señora. Había sido muy feliz con su marido, pero este falleció hacía algo más de 3 años. Me esperaba una conclusión similar a la primera mujer, pero no fue así. Aquella señora terminó su comentario diciendo: "Desde que falleció mi marido, y aunque lo eche mucho de menos, me esfuerzo más por vivir. Él ya no puede hacerlo, pero yo sí. Por eso mismo, ahora  intento vivir por los dos, por él y por mí".

Me pareció una actitud brillante, la que mostraba aquella mujer. Me encantó escuchar semejante lección de lucidez, en una persona mayor. Es posible que no hubiera cursado estudios ni tuviera formación alguna, dedicada toda su vida a las labores femeninas clásicas, y sin haber viajado ni salido del pueblo. Lo que si parecía haber tenido aquella persona era experiencia en la vida, y sabiduría suficiente para aprender de ella. Su comentario me indicó que contaba con la suficiente flexibilidad mental como para interpretar aquella desoladora situación vital (viudez) de la manera más constructiva posible. Aquel era un ejemplo claro de pensamiento resiliente.



Tras ser deformado, un objeto con elasticidad suficiente, es capaz de recobrar su forma inicial. En el caso de los seres humanos, aquellos que poseen flexibilidad mental, tendrán la posibilidad de reponerse a los estresantes de su vida, incluyendo los más agrios y dolorosos. Este es un proceso crítico en nuestra capacidad de recuperación. La flexibilidad mental actúa como el mecanismo que pone en marcha y promueve nuestra capacidad de resiliencia.

Las personas rígidas cognitivamente tienen dificultad para cambiar creencia, actitudes o sentimientos, aunque estas muestren ser ineficaces. Disponen, por tanto, de menos recursos para salir airosas de los estresantes vitales. En cierta manera, son prisioneras de esta rigidez al no ponerlas en duda ni someterlas a revisión. Puede que por creer que solo hay una manera de hacer las cosas, quizá porque piensen que su forma es la correcta y los demás están equivocadas, quizá por que aferrarse al pasado es su forma de evitar el miedo que genera el cambio,...  Sea cual sea la causa, no disponer de plasticidad mental limita seriamente su resiliencia. Su capacidad para interpretar las circunstancias de manera constructiva, resiliente, se ve restringida, quizá a una sola interpretación de su circunstancia. En cierta forma, quedan encajonadas en ella, sin poder salir de esa conclusión.  

En cambio, la flexibilidad cognitiva nos permite hallar distintas formas de ver un problema, y no solo la más obvia. Estas otras perspectivas amplían y suman su carga emocional, permitiendo hacer de contrapeso a las negativas, e incluso, pudiendo tener más peso que la primera.



Aquellas dos mujeres, diferencias personales aparte, habían sufrido el duelo de sus respectivos esposos. Pero hicieron interpretaciones distinta del hecho. 

La primera mujer se quejaba de no poder disfrutar de la vida, de no tener ganas de vivir. Es innegable el dolor que expresaba, pero también es muy posible que se encontrara confinada en aquel sufrimiento. Que no hubiera sabido o querido gestionar esa pérdida (y sus consecuencias) de una manera más razonable y constructiva, más flexible cognitivamente. Comparaba la vida con su marido (anterior e inexistente ya) con su situación actual (la única que era real), y focalizaba su atención en lamentarse de aquel feliz pasado, del que solo quedaba el recuerdo. No ofrecía ninguna oportunidad al presente, que, por desábrido que fuera, era lo único real de lo que disponía. Conste que la suya era una reacción absolutamente humana, pero también contraproducente para ella. Conscientemente o no, parecía seguir viviendo en el pasado. Anhelándolo, sin asumir el presente, y, en el mejor de los casos, resignándose a su desgracia.

La segunda interviniente comentó la pérdida de su marido en los mismos términos que la primera, pero adoptó un esquema mental mucho más adaptativo. Sufrir esa pérdida debió ser duro para ambas, pero esta mujer estaba afrontando e integrando ese dolor. Desestimó un esquema mental rígido y estricto (del tipo “No puedo vivir sin...”), a otro más flexible, más sano (“Vivo por mí y por él”). Esta manera de comprender la situación le permitía reincorporarse a la vida. Soportar su duelo, sí. Pero también, y en la medida de sus posibilidades, disfrutar de su vida.

Y esta última debería ser la misión ineludible de cualquier persona ¿no creen?

martes, 31 de enero de 2017

CITA: Me gusta el cáncer

Me gusta la palabra cáncer. Hasta me gusta la palabra tumor. Puede sonar macabro, pero es que mi vida ha estado unida a estas dos palabras. Y nunca he sentido nada horrible al decir cáncer, tumor u osteosarcoma. Me he criado junto a ellas y me gusta pronunciarlas en voz alta, proclamarlas a los cuatro vientos.

 
Creo que hasta que no las dices, que no las haces parte de tu vida, difícilmente puedes aceptar lo que tienes. Es por ello por lo que es necesario que en este primer capítulo hable del cáncer, porque en los siguientes utilizaremos las enseñanzas del cáncer para sobrevivir a la vida. Así que me centraré primero en él y en cómo me afectó.

Yo tenía catorce años cuando ingresé en el hospital por primera vez. Tenía un osteosarcoma en la pierna izquierda. Dejé el colegio, dejé mi entorno y comencé mi vida en el hospital. Tuve cáncer durante diez años, de los catorce a los veinticuatro. Eso no significa que pasara diez años ingresado, sino que estuve diez años visitando diversos hospitales para curarme de cuatro cánceres: pierna, pierna (la misma que en el primer cáncer), pulmón e hígado.
En el camino dejé una pierna, un pulmón y un trozo de hígado. Pero debo decir, justo en este momento, que fui feliz con cáncer. Lo recuerdo como una de las mejores épocas de mi vida. Puede chocar ver esas dos palabras juntas: feliz y cáncer. Pero fue así.

El cáncer me quitó cosas materiales: una pierna, un pulmón, un trozo de hígado, pero me dio a conocer muchas otras cosas que jamás podría haber averiguado solo.


¿Qué puede darte el cáncer? Creo que la lista es interminable: saber quién eres, saber cómo es la gente que te rodea, conocer tus límites y sobre todo perder el miedo a la muerte. Quizá esto último sea lo más valioso.

Un día me curé. Tenía veinticuatro años y me dijeron que no tenía que volver al hospital. Me quedé helado. Fue extraño. Lo que mejor sabía hacer en mi vida era luchar contra el cáncer y ahora me decían que estaba curado.

La extrañeza (o atontamiento) me duró seis horas, luego me volví loco de alegría; no volver a un hospital, no volver a hacerme radiografías (creo que me he hecho más de doscientos cincuenta), no más análisis de sangre, fin de los controles. Era como un sueño hecho realidad. Era absolutamente increíble.

Pensé que en pocos meses me olvidaría del cáncer. Tendría una «vida normal». El cáncer sería tan sólo una época de mi vida. Pero en lugar de eso (nunca lo he olvidado) pasó algo inesperado, y es que jamás imaginé cuánto me ayudarían las enseñanzas del cáncer en la vida diaria.

Es sin duda, el gran legado que me ha dejado el cáncer. Unas enseñanzas (por llamarlas de algún modo, aunque quizá prefiero la palabra descubrimientos) que ayudan a que mi vida sea más fácil, a ser más feliz.

Lo que explicaré en este libro no es otra cosa que cómo aplicar en la vida diaria lo que aprendí con el cáncer. Sí, exacto, ahora que lo pienso, así podría titularse el libro: Cómo sobrevivir a la vida a través del cáncer. Quizá llegue a ser el subtítulo del libro.
 

Suena raro, suena justo lo contrario a la mayoría de los libros que suelen escribirse, pero es así. La vida es paradójica; me encantan las contradicciones.

Quiero recalcar que el libro es un compendio de lo que yo aprendí del cáncer y también de los descubrimientos que me mostraron amigos míos que también lucharon contra esta enfermedad.

Y es que los compañeros de habitación son muy importantes. Y es que hasta incluso todos los chicos que teníamos cáncer, que nos hacíamos llamar Pelones, teníamos un pacto, un pacto de vida: Nos repartíamos las vidas de los que morían.

Un pacto inolvidable, bonito, de alguna manera deseábamos vivir en los otros, ayudarlos a luchar contra el cáncer. Siempre creímos que los que morían habían debilitado un poco más al cáncer y hacían que a los que sobrevivíamos nos fuera más fácil ganar. Durante los diez años de cáncer me tocaron 3,7 vidas. Así que este libro lo escribimos 4,7 personas (las 3,7 vidas ajenas y la mía propia). Nunca olvido esas 3,7 vidas y siempre intento hacerles justicia. Si a veces es complicado vivir una vida, ¡imagina la responsabilidad de vivir 4,7 vidas!

"El mundo amarillo" (2011)
Albert Espinosa