miércoles, 30 de septiembre de 2026

La resiliencia no nace del sufrimiento; nace del encuentro

 

Un niño herido y solo, se encuentra indefenso, pero lo peor es que esa soledad anula cualquier oportunidad que pudiera tener de recuperarse.






Esta afirmación del psiquiatra Boris Cyrulnik, leída sin previo aviso, me parece demoledora, generándome un sentimiento de absoluto desconsuelo. El trauma no arrasa solo por la intensidad de lo vivido, sino por la ausencia de ví­nculos reparadores posteriores. Un niño/a vulnerable puede lograr vivir (no solo sobrevivir) tras lidiar con experiencias muy adversas, pero no lo logrará si se encuentra aislado.

Cyrulnik señala que la herida psicológica se produce en la interacción entre el acontecimiento doloroso y la falta de apoyo para darle sentido. Un menor dañado, que ha sido maltratado, abandonado o expuesto a violencia, se encuentra desamparado, se siente incomprendido, se siente invisible a los demás,... y en ese momento tan crítico, carece de los recursos necesarios para transformar el sufrimiento en un aprendizaje reparador. De esta manera, la recuperación nunca es un proceso exclusivamente individual. La resiliencia no es una cualidad interna que algunos poseen y otros no. Es, sobre todo, un fenómeno relacional.

La afirmación primera de Boris resulta tan incómoda, tan áspera y desapacible, porque cuestiona una de las creencias más extendidas sobre la resiliencia: la idea de que las personas se fortalecen gracias al sufrimiento., y esto nunca ha sido así.

El sufrimiento nunca ha sido fuente de fortaleza. Si este fuera el caso, todos los niños expuestos a la violencia, al abandono o a la adversidad grave se convertirían casi automáticamente en adultos emocionalmente estables y psicológicamente sólidos. Pero la evidencia nos demuestra que existen personas que integraron adecuadamente su trauma y otros que no.




El sufrimiento, por sí­ mismo, no educa, no cura; solo hiere. Lo que genera entereza es otra cosa, un añadido, un recurso tan natural como el respirar, comer o descansar: el vínculo, el encuentro.

La resiliencia nace de la relación, de las relaciones que puedan establecer después. El encuentro con una persona que escucha cuando muchos otros no lo hacen, con un adulto que protege cuando otros han dañado, con alguien capaz de sostener una historia que el menor todavía no tiene capacidad para sostener por sí­ mismo. No solo un individuo, sino varios, muchos, todos los que sean posibles: un grupo (familiar, social, vecinal,..), una comunidad, o una sociedad entera.

Ningún ser humano construye solo las capacidades que más tarde llamaremos resiliencia. Antes de ser una fortaleza psicológica, fue una experiencia relacional: un alguien o varios ayudaron a regular sus emociones. Alguien ofreció seguridad. Alguien transmitió confianza. Alguien dio esperanza cuando todavía no existía. Por tanto, la resiliencia comienza siendo prestada, y solo más tarde se vuelve propia.

Por tanto, quizá debamos de dejar de preguntarnos únicamente cómo fortalecer a los/as menores desfavorecidos y empezar a preguntarnos cómo estimular e impulsar los entornos que rodean a esos menores. O sea, pasar de centrarnos en el déficit a hacerlo en los activos. Impedir que, sin ignorar las heridas, sean estas las que definan la historia de esa persona. El objetivo, entonces, apuntaría a promover que cada menor disponga de una red creciente de relaciones significativas, espacios seguros, experiencias de éxito y oportunidades de participación. Y es aquí donde el entorno social cobra especial relevancia como ecosistema que debe promover y ofrecer esos recursos.




La gran aportación de Cyrulnik consiste en recordarnos que el ser humano no sana únicamente porque el tiempo pase ni porque posea una fuerza interior excepcional. Sana porque encuentra a otros y empieza a atesorar vínculos, oportunidades, apoyos y experiencias que le permiten descubrir que es mucho más que aquello que le ocurría.

Un niño herido y solo está perdido e indefenso. Un niño acompañado puede convertir la herida en una parte de su historia, pero no en el centro de su identidad.

Las heridas pueden explicar una historia. Pero son los vínculos son los que la transforman.

lunes, 31 de agosto de 2026

El verdadero valor de una sociedad está en cómo trata a los vulnerables


En el título de aquella canción de los 80, decía German Coppini (Golpes Bajos) que corrían malos tiempos para la lírica. Si aquella era la visión que tenía de su realidad, no sé que pensaría si levantara la cabeza ahora y viera como le van las cosas a la lírica.




No puede dejar de recordar esta cita cada vez que veo esa expresión del individualismo tan extendida de alabar al ganador, de sobrevalora al triunfador. Imagenes y noticias con las que somos bombardeados constantemente a través de los medios de comunicación (pongan por ejemplo cualquier deportista de élite que ha obtenido un gran logro; seguro que le vienen a la cabeza mas de un sujeto). Conste que no resto ni un ápice de mérito al esfuerzo que suele conllevar destacar y lograr ser el mejor en cualquier especialidad que pueda ejercer un ser humano, pero lamentablemente esto conlleva que se olvide al desvalido, al frágil, al vulnerable. Si nos focalizamos y alentamos solo el éxito, se transmite la idea de que una sociedad avanza cuando impulsa a los mejores. Pues sí, suena bien, y además encaja con la épica del esfuerzo y el progreso que nos arrastra como una corriente caudalosa de agua. Pero no es cierta. Y no lo es por que está incompleta. Por que el valor real de una sociedad no se mide por la velocidad de sus adelantados, sino por la dignidad con la que acompaña a sus rezagados.

Ya lo veían hace más de 2.000 años (Confucio:“La fuerza de una nación se mide por el bienestar de su gente más débil”), y la historia nos ha demostrado que las sociedades que abandonan a los vulnerables acaban fracturándose, mientras que aquellas que los protegen, prosperan.




Vivimos en un tiempo que idolatra el mérito, pero rara vez se pregunta por las condiciones que lo hacen posible. Celebramos al estudiante brillante sin mirar el barrio en el que nació o las condiciones favorables de vida que le han facilitado ese éxito. Aplaudimos al emprendedor exitoso sin preguntarnos quién cuidaba de sus hijos mientras él “arriesgaba”. Admiramos al atleta sin pensar en la red pública que detectó su talento y lo sostuvo.

Pero una sociedad no es una carrera: es un ecosistema. Y cuando una parte se deteriora, el conjunto se resiente.

Hay países que han entendido la ecuación. Mientras algunos convierten la escuela, la formación académica en general, en una competición (curioseen por ahí el coste en salud física y sobretodo mental que tiene para los estudiantes coreanos superar, por ejemplo, la prueba de la actual EBAU) otros la han concebido como un amortiguador social, como por ejemplo los países escandinavos. Los mejores docentes finlandeses trabajan en los centros escolares con más dificultades, las ratios se reducen donde más falta hacen para prestar más atención y apoyo, la evaluación de conocimientos sirve para detectar necesidades, no para etiquetar fracasos. El resultado es una sociedad con una brecha educativa mínima y una movilidad social real. No porque impulsen a los mejores, que también lo hacen, sino porque sostienen y apoyan a quienes más lo necesitan. El resultado es una sociedad que efectivamente lo es, que se siente grupo, que hacen comunidad. Revisen, los partidos de futbol de la selección noruega del pasado mundial y observen el comportamiento colectivo y unido de los hinchas noruegos.




Sin disponer de los recursos de los nórdico, hay países más humildes que lo aplican: priorizan a los más vulnerables. Desde equipos que visitan a personas en riesgo a programas para jóvenes en barrios desfavorecidos o intervenciones tempranas. Salud universal con foco en el ámbito rural, centros de día gratuitos, programas de acompañamiento, redes intergeneracionales, etc. La cohesión empieza por abajo, no por arriba.

Una sociedad que cuida a sus desvalidos se cuida a sí misma, pero quizá lo menos obvio no sea que cada crisis evitada es un coste social ahorrado y una vida recuperada, sino que cuando los rezagados caen, arrastran consigo la esencia de la comunidad: la confianza, la convivencia y la paz social.

El Banco Mundial estima que en países de ingresos bajos y medios, la falta de inversión sostenida en nutrición, salud y educación genera una pérdida del 51% de los ingresos futuros potenciales de la población.. O sea, la mitad del crecimiento económico posible se evapora cuando los vulnerables no reciben apoyo temprano para incorporarse a la comunidad. Y la CEPAL, organismo adscrito a la ONU, demostró que las inversiones en habilidades técnicas y socioemocionales generan un retorno entre 4 y 7 veces mayor que las intervenciones asistenciales directas. Es decir, formar a los vulnerables es más rentable que asistirlos sin más.

Llegamos a quid de la cuestión: Promover e intervenir en los desfavorecidos no es caridad; es estrategia.




No se trata de actuar con bondad paternalista, ni de desarrollar actividades humanitarias para tranquilizar conciencias. Es una decisión racional, calculada y profundamente pragmática. Una sociedad que protege a quienes están en riesgo no tiene que hacerlo porque sea “buena”, sino porque es inteligente: porque cada persona que se rescata del margen se convierte en un coste evitado, en un conflicto desactivado, en una oportunidad recuperada.

La evidencia es clara: prevenir exclusión es más barato que reparar sus consecuencias; sostener a los rezagados genera más estabilidad que premiar a los privilegiados; y reducir desigualdades produce más crecimiento que cualquier incentivo fiscal a las élites. En otras palabras, la cohesión social no es un lujo moral, sino una infraestructura estratégica, tan esencial como las carreteras, la vivienda o la energía.

viernes, 31 de julio de 2026

Una lección de convivencia para el verano

 

Recién acabada mi semana de vacaciones, me dejo caer por aquí para desearles unas reconfortantes y estimulantes vacaciones.

Una semana de la que dispuse, y que empleé en viajar a Albania: vuelo barato, coche de alquiler y visita exprés (un día/un destino) de poco más de 5 jornadas. Tampoco crean que tenía muy claro el motivo de visitar concretamente este país, pero encontramos aquel vuelo realmente tan barato...; y para mí, cualquier lugar completamente desconocido donde vivan personas, comunidades y una o varias sociedades desde hace 2.500 o 3.000 años, ya supone un aliciente.

Algún tiempo antes ya creí entender aquel precio tan estupendo. El vuelo directo, Málaga-Tirana, despegaba el domingo 19 de julio a las 21:30 horas. ¿Y qué sucedía ese día a esa misma hora en el mundo? ¿Qué evento planetario, retransmitido por todo el orbe, tenía lugar en aquella precisa fecha? Efectivamente, la final de la Copa Mundial de Fútbol de 2026.

Pero... ¡cómo íbamos a suponer, cuando compramos los billetes más de tres meses antes, que España llegaría a la final! De hecho, ni siquiera recordé que la final se jugaba ese domingo. Pues así fue, aunque es cierto que después, el vuelo se retrasó, nos dio tiempo a verlo cenando en un restaurante y hasta pudimos reclamar la indemnización económica por superar las tres horas de demora… pero eso es otra historia.

A donde iba es a que lo que me pareció más sorprendente del país no fue un monumento en concreto o una ciudad en particular, ni siquiera una de esas visitas que cualquier agrencia etiqueta como "obligadas" (ya les digo que el famoso Blue Eye o Syri i Kaltër no merece el desvío de una hora que tuvimos que hacer). Lo que me llamó poderosamente la atención fue su peculiar oasis político y social. 




Albania no es una monarquía sino una república parlamentaria. Y aunque sí existen partidos políticos y un parlamento muy competitivo (la Asamblea de Albania), lo fascinante es cómo conviven con su historia. Tras resistir la durísima dictadura comunista de Enver Hoxha, que llegó a declarar al país como el primer estado ateo del mundo en 1967, hoy respiran una tolerancia envidiable. En el gobierno no hay partidos de extremaizquierda ni de extremaderecha. No hay una "ultra-nada" rompiendo la paz social en el día a día.

Y no solo eso: en todo el país conviven desde hace siglos tres religiones mayoritarias (musulmanes suníes y bektashis, ortodoxos y católicos), y lo hacen sin problemas. El guía del primer día nos explicó que su madre era musulmana, su padre católico y su novia ortodoxa. El guía del último día igualmente refería todas esas mezclas en su familia, además con un abuelo comunista convencido (de la época del comunismo radical del siglo pasado). Este último afirmaba, al respecto, que en vez de aislarse cada uno en su terruño, todos celebraban las fiestas religiosas (o no) de todos.





Los destinos costeros de la Riviera albanesa están ya muy turistificados; por tanto, nada distinto al perfil mediterráneo que podemos encontrar en la Costa del Sol misma. 

Pero Gjirokastër y Berat, en el interior, son otra cosa; me parecieron más auténticas. Esta última es conocida por los occidentales como la ciudad de las mil ventanas (tampoco crean que son tantas), pero ellos la llaman con orgullo “la ciudad de los 2.400 años”. Y eso ya me parece digno del máximo respeto. Por allí pasaron los ilirios, los macedonios (a ver, a Alejandro Magno le pillaba al ladito mismo), los romanos, los bizantinos, fueron parte del Imperio otomano durante casi cinco siglos y sufrieron la ya mencionada dictadura comunista que no debió ser nada fácil (con un dato lo digo todo: la deriva paranoide del dictador le llevó a construir 150.000 búnkeres por todo el país).






No pude por menos que felicitar a nuestros interlocutores, deseándoles mucha suerte con el asunto. Corren malos tiempos para la comprensión y la compasión. ¡Ojalá les dure muchas décadas esa capacidad real para la convivencia!






lunes, 29 de junio de 2026

El instinto de avanzar

Antes de finalizar la tarde me encontré en el Cimitero Monumentale de Milán, lugar que hace honor a su nombre con solemnidad marmórea.




El calor del día seguía corroyendo las piedras y el mármol devolvía una luz quieta, como si tuviera que aguantar la respiración. Las esculturas se alzaban con una dignidad antigua: ángeles que parecían cansados, figuras humanas detenidas en gestos que ya no podrían completar, columnas que sostenían tanto silencio como peso. Los motivos artísticos que acompañan y adornan aquellos centenares de sepulturas se desplegaban en una variedad innumerable de formas, estilos y dimensiones. Ese era precisamente el motivo que me había llevado allí: contemplar cómo cada tumba, cada lápida, cada mausoleo mostraba la declaración estética de quienes estuvieron aquí y ya no están, dejando constancia particular de su paso por la vida.




Con el paso del tiempo me dejé empapar de aquella atmósfera, mezcla de esplendor crepuscular y quietud; apareció, entonces, un pensamiento más personal, aunque lógico; casi inevitable: ¿qué hacía yo allí?

Llevaba todo el día caminando, soportando la canícula milanesa que, mire usted por dónde, se encontraba en su máxima expresión (asoladora ola de calor, dijeron los noticieros). Podía haber decidido regresar para descansar, o haber espaciado las visitas para ganar en comodidad. Pero no. A las seis de la tarde, después de una jornada interminable recorriendo la ciudad, me encontraba deambulando entre enterramientos y esculturas monumentales. No tenía ninguna necesidad de estar allí, y sin embargo estaba: soportando el calor húmedo, el cansancio acumulado de todo el día, resistiéndome a volver a mi alojamiento para disfrutar, como pocas veces, de una ducha bien fría.




Estaba allí porque estamos diseñados para el movimiento. Los individuos del reino vegetal no pueden desplazarse; permanecen en el lugar donde nacen, realizan la fotosíntesis, se nutren y allí mismo mueren. Pero los del reino animal estamos proyectados para la acción, para el desplazamiento. Los vertebrados superiores lo hacen siguiendo su instinto; lo hemos visto decenas de veces, cuando la búsqueda de alimento impulsa a sujetos solitarios de las zonas polares o a manadas innumerables en la sabana africana a recorrer grandes distancias. Pero cuando ya tenemos las necesidades básicas cubiertas, ¿qué nos impulsa?

Recordé entonces la letra del apreciado amigo Drexler: “Somos una especie en viaje. No tenemos pertenencias, sino equipaje. Vamos con el polen en el viento. Estamos vivos porque estamos en movimiento.” Lo hemos hecho desde siempre; lo cantaron poetas y filósofos de todos los tiempos. Rousseau y Murakami afirmaron que solo caminando se pensaba con claridad. Thoreau defendía que cada paso hacia el bosque era un paso hacia la libertad interior. Y Machado nos recordó que “no hay camino, se hace camino al andar”: no tenemos que movernos hacia donde van otros, porque quizá no buscamos lo que buscan otros.




Y eso es lo que nos impulsa: la búsqueda. Nos impulsa la necesidad de explorar y conocer, de sentir y, finalmente, de comprender (o al menos intentarlo). Me vino entonces otro verso del cantautor que me pareció esclarecedor: “Es más mío lo que sueño que lo que toco.” Porque lo que ya está en la mano deja de movernos, sin embargo, lo que aún está por descubrir nos mantiene vivos.

Cuanto más avanzamos, más se aleja el horizonte. Si nos detenemos, también se detiene. Por mucho que corramos, nunca podemos alcanzarlo. Entonces, ¿para qué sirve la utopía? Galeano respondía que precisamente para eso existe: para hacernos avanzar. Por eso caminamos incluso cuando no es necesario, porque nos define más la búsqueda que la posesión.




El movimiento quizá no sea un medio, sino un fin en sí mismo. Avanzar es la forma humana de estar vivos. Quizá el movimiento sea, en realidad, una forma de afirmación vital que reivindica precisamente eso. No la única, pero sí una de las más terrenales, para recordarnos y demostrarnos que estamos vivos. 


Jorge Drexler - “Movimiento”

Apenas nos pusimos en dos pies
Comenzamos a migrar por la sabana
Siguiendo la manada de bisontes
Más allá del horizonte, a nuevas tierras lejanas

Los niños a la espalda y expectantes
Los ojos en alerta, todo oídos
Olfateando aquel desconcertante
Paisaje nuevo, desconocido

Somos una especie en viaje
No tenemos pertenencias, sino equipaje
Vamos con el polen en el viento
Estamos vivos porque estamos en movimiento

Nunca estamos quietos
Somos trashumantes, somos
Padres, hijos, nietos y bisnietos de inmigrantes
Es más mío lo que sueño que lo que toco

Yo no soy de aquí, pero tú tampoco
Yo no soy de aquí, pero tú tampoco
De ningún lado del todo y, de todos
Lados un poco

Atravesamos desierto, glaciares, continentes
El mundo entero de extremo a extremo
Empecinados, supervivientes
El ojo en el viento y en las corrientes
La mano firme en el remo

Cargamos con nuestras guerras
Nuestras canciones de cuna
Nuestro rumbo hecho de versos
De migraciones, de hambrunas

Y así ha sido desde siempre, desde el infinito
Fuimos la gota de agua, viajando en el meteorito
Cruzamos galaxias, vacío, milenios
Buscábamos oxígeno, encontramos sueños

Apenas nos pusimos en dos pies
Y nos vimos en la sombra de la hoguera
Escuchamos la voz del desafío
Siempre miramos al río, pensando en la otra rivera

Somos una especie en viaje
No tenemos pertenencias, sino equipaje
Nunca estamos quietos, somos trashumantes
Somos padres, hijos, nietos y bisnietos de inmigrantes
Es más mío lo que sueño, que lo que toco

Yo no soy de aquí, pero tú tampoco
Yo no soy de aquí, pero tú tampoco
De ningún lado del todo y, de todos
Lados un poco

Los mismo con las canciones
Los pájaros, los alfabetos
Si quieres que algo se muera
Déjalo quieto






domingo, 31 de mayo de 2026

Donald nunca fue un empresario; siempre ha sido un tahúr

 

El epicentro de la industria cinematográfica estadounidense, Hollywood, desde que se convirtió en el formidable productor de entretenimiento que es, se convirtió también en una máquina de transmisión de valores, entre otros, morales. Imperceptiblemente, ha estado influyendo de manera profunda y sostenida en la forma que tenemos de entender las cosas (la vida, en particular) jugando un relevante papel como moldeador cultural.




Sus películas han funcionado durante décadas como vehículo de difusión del “American way of life”, exportando modelos de conducta, aspiraciones y reglas sociales que normalizan ideas sobre familia, éxito, justicia, libertad, identidad nacional, relaciones sociales, etc. De forma que tal que, con el tiempo y sin que apenas nos demos cuenta, ha ido creando el entorno mental en el que esos valores parecen naturales


Las películas de gangsters, y posteriormente de la mafia, que llevamos décadas viendo ingenuamente, no solo reflejaban el crimen organizado de aquella sociedad sino que también fueron codificando una mitología del poder;  una mitología que ha calado, y creo que profundamente, en la psique colectiva. La influencia de films como El Padrino, Scarface, Uno de nosotros (Goodfellas), por nombrar algunos ejemplos paradigmáticos, han promovido esta "educación informal" en varios niveles:


El más obvio (y pernicioso) ha sido la glamurización del delincuente, transformando al criminal en un héroe trágico o un rebelde antisistema. El sueño americano llevado al extremo: alguien que, viniendo de la nada, desprecia las reglas de una sociedad que percibe como hipócrita para alcanzar el éxito. Validando la idea de que "ganar es lo único que importa" y justificando métodos éticamente cuestionables siempre que el resultado sea lograr el poder.


No menos relevante es el culto al "hombre fuerte". El cine de gánsters y mafiosos ha educado al público en la estética del dominio. El líder no es quien sigue las normas y se ajusta a la ley sino quien tiene la personalidad para imponer su voluntad. La agresividad o el desprecio por las instituciones no se ven como un defecto, sino como una señal de autenticidad y fuerza. Se prefieren un "Don" protector que un político que hable de leyes.

Por último, estas películas enseñan que la moralidad universal es secundaria frente a la lealtad al clan. La "familia" (o el partido, o el movimiento) es lo primero. La consecuencia es obvia: se crea una visión del mundo tribal. Si eres de los "nuestros", tus crímenes son perdonables; si eres del "enemigo", cualquier ataque está justificado. Es la base de la polarización moderna.

Desde que empezó a hacerse popular y tuvimos información del actual inquilino de la Casa Blanca, siempre lo asimilé al personaje, tan propio de la cultura estadounidense, del tahúr. No tanto del mítico Viejo Oeste durante su expansión (1850-1890), en donde los saloons eran el centro social de los pueblos mineros y ganaderos, y el tahúr profesional se convirtió en una figura icónica haciendo trampas al  póker. Más bien al perfil del tahúr del Mississippi: tipos astutos y taimados, con más estilo y más carisma o encanto, pero que igualmente vivían de hacer trampas en la sala de juegos de los barcos que surcaban ese río.

Pero no; me di cuenta tiempo después que estaba equivocado. El presidente estadounidense encajaba a la perfección en otro estereotipo igualmente icónico: el del gangster. El propio Trump se ha jactado en mítines de haber sido imputado más veces que "el gran Alphonse Capone" y es un tema recurrente entre analistas políticos y biógrafos, que ven en el presidente un estilo de liderazgo que imita la estructura de poder de la mafia.




Y a los hechos me remito, señor juez:

  • Lealtad personal por encima de la ley: Al igual que en la estructura de la mafia, Trump prioriza la lealtad ciega hacia su persona. James Comey, exdirector del FBI, describió sus interacciones con Trump como "flashbacks" de sus casos contra la Cosa Nostra, donde el líder exige sumisión absoluta en lugar de adhesión a las normas institucionales.

  • Gestión por miedo e intimidación: Utiliza una retórica agresiva y amenazas implícitas para mantener el control. Michael Cohen, su antiguo abogado, explicó que Trump no da órdenes directas para cometer actos poco éticos, sino que utiliza un código de lenguaje (como un "Don") donde todos entienden lo que se espera de ellos bajo la amenaza de represalias políticas o profesionales.

  • Desprecio por las reglas neutrales: Comparte con Capone la visión de que las leyes solo son herramientas válidas si le benefician. Su estilo de liderazgo se basa en el poder puro y no en un sistema de justicia o equidad internacional.

  • Uso de la victimización y el "nosotros contra ellos": Capone se presentaba como un benefactor público perseguido por el gobierno; Trump utiliza una narrativa similar, alegando que es víctima de una "caza de brujas" y una conspiración del Departamento de Justicia, comparando su situación legal con la persecución del FBI a Capone.

  • Estructura jerárquica de "sindicato": Se argumenta que ha trasladado el estilo de los clubes políticos y los negocios inmobiliarios de su juventud en Nueva York —ambos con fuertes vínculos históricos con métodos de la mafia— a la gestión de la presidencia, funcionando más como un jefe de sindicato que como un ejecutivo tradicional.

  • Nepotismo y Clan Familiar: Al igual que Vito Corleone situó a sus hijos en posiciones de poder para asegurar el control de la "familia", Trump ha nombrado a familiares en roles clave de su administración y del Comité Nacional Republicano.

  • Distorsión de la justicia: Presenta a las instituciones que considere (desde los medios de comunicación a la justicia) como entidades corruptas o inútiles. Esto genera un escepticismo institucional, siembra la duda en el ciudadano de que el sistema está "amañado" o “tiene algo personal contra él”, convirtiéndolo en una especie de vengador del pueblo; una narrativa que el amigo Donald ha utilizado, una y otra vez, con enorme éxito en sus campañas.




No digo que la culpa la tenga la industria hollywoodiense, pero sí que ha ido construyendo poquito a poco el marco mental necesario para que un liderazgo de estilo mafioso sea capaz de ser no solo aceptable, sino además, digno de ser investido como presidente de su país.

No termino de salir de mi asombro (debe ser mi desconocimiento de la cultura americana) pero el tipo sigue ahí. Creando desmanes por doquier, facilitando que se enriquezcan sus allegados, sin presentar argumentos ni proyectos políticos, salvo el de su santa voluntad. Su retórica, su obsesión con la imagen de "ganador" y su desprecio por los "perdedores" resuena con un público que ha consumido esta narrativa cinematográfica durante décadas.

La cuestión es que, ahora que se ha hecho con el mando del salón de juego, a ver quién es el guapo que lo echa del barco.