domingo, 3 de mayo de 2015

#8. No hubo nunca vida sin amor



No me digan que no es un derroche poético la frase con la que se descuelga Punset en una de sus entrevistas. Tan escueta como romántica, en mi opinión. Pero además, y esto es lo mejor, completamente cierta. El amor, como impulso de fusión, es una constante de la existencia.



Partimos de la base de que todo comienza el día en que una célula pregunta alrededor suyo: ¿Hay alguien ahí fuera? El fin de la soledad y la autosuficiencia obligada. El principio de la cooperación, de la simbiosis y del vínculo emocional. Y digo vínculo emocional, así, tan concisamente, porque me temo que no puedo concretar mucho más al hablar de la noción de amor.


Algunos estudiosos datan ahí su inicio, en el momento en que la primera célula tuvo la necesidad de relacionarse con otras. El instinto de fusión es el que guía este comportamiento (todos tenemos referencias sobre el impulsivo deseo de los enamorados, en el momento álgido de la relación, de dejar de ser dos para fundirse en un solo ser) y el instinto sexual el que promueve esa unión. Se origina el intercambio que enriquece y genera diversidad, aparte de ser la base del concepto de en sí. Evolutivamente tiene su fin en (no podía ser de otra manera) la supervivencia de la especie. Desde el momento en que la reproducción sexual muestra más ventajas evolutivas que la simple mitosis celular (clonación básicamente) es adoptada por los organismos vivos que prosperan. Fue así como dejamos de ser inmortales, es decir, dejamos de ser organismos que se replicaban idénticamente, para convertirnos en seres mortales. Los organismos unicelulares se reproducen subdividiéndose de sí mismos, generando otro organismo igual ellos. Un clon es idéntico a su precedente, y este al próximo, y este al siguiente... de manera indefinida. Pero los organismos multicelulares estamos sujetos a mutaciones aleatorias al crear un nuevo ser de la mezcla de otros dos. Un ser complejo, con sus propias peculiaridades; cada organismo presenta su propia idiosincrasia. Esto comporta que sea imposible de duplicar exactamente. Es lo que nos hace únicos, irremplazables, y también lo que nos hace mortales. Pero tampoco dramaticemos. No podemos obviar la otra cara de la monera: es gracias a nuestra finitud, a la brevedad de la vida, que somos capaces de sentir con intensidad, de vivir el momento con plenitud. Revisen, si desean emocionarse, el discurso final de "Blade Runner" (No se porqué me salvó la vida, quizá en esos últimos momentos amaba la vida mas de lo que la había amado nunca. No solo su vida, la vida de todos, mí vida). Si la vida fuera eterna resultaría muy difícil concentrarse en algo, por no mencionar que la procrastinación sería uno de los principales enemigos de la vida (“Ya, si eso, mañana lo hago”), al menos en mi caso. Cuando nació el amor, nació la muerte. 


Al amor, como concepto, le sucede como a esas otras ideas abstractas, grandiosas y superlativas, que en ocasiones se usan de manera demasiado rimbombante, y a veces ocultando otro propósito más espurio. Tanto que, de hecho, más que ideas se les suele denominar ideales: Amor, libertad, felicidad, humanidad,...

“¡¡¡A las armas!!! Vamos a luchar por la libertad”, arenga el cabecilla de la revolución desde la balconada. La masa, enardecida, lo vitorea y jalea mientras se movilizan,  dispuestos a arremeter contra lo que sea menester... Pero no hay nadie que, antes de ese decisivo instante, se detenga a pensar, pida la palabra, y le pregunte al gerifalte: “Perdone que le interrumpa, jefe, ¿pero libertad para quién?” o “Libertad en qué condiciones” ó “¿Qué ganamos o qué perdemos con esa libertad?”. Con mucha probabilidad la respuesta del líder suene a algo así como: “Pero, ¡Serás desgraciado! ¿Vas a dudar de nuestra la lucha por la independencia?”. Pero la desconfianza del librepensador es más que pertinente: “De acuerdo, maestro, luchamos por la libertad y la independencia. Pero, una vez conseguida, ¿mi familia va a vivir mejor que ahora? Porque, verá usted, eso es lo que a mí más me interesa”. La respuesta del jefecillo no será demasiado complaciente; algo así como: “Tú ni eres patriota ni eres hombre de fiar”. De ahí a etiquetarlo de traidor solo hay un paso, que lamentablemente lo dará de forma automatica la plebe enardecida. Se pueden imaginar el resto. El pobre hombre terminará apaleado y vilipendiado, linchado o, en el mejor de los casos, directamente pisoteado por la masa embravecida, mientras van en busca de su “libertad”. Pero el pobre tipo tiene toda la razón.


Con el amor pasa algo así. Es una palabra tan grandilocuente y poderosa, tan estentórea y sublime, pero a su vez, tan manida (dudo que haya un concepto más usado, desgastado y enredado a lo largo de la historia) e indefinida, que cada uno la puede entender de una manera distinta. Y, para colmo, no estar ninguno equivocado. Su definición ha terminado por desbordarse y desparramarse como el café recién hecho sobre una servilleta. Sus límites quedan tan difuminados que el concepto termina por confundirse con nociones cercanas. O peor, denominando algo que no es. 


Volviendo al ejemplo anterior, para el cabecilla, la libertad del pueblo significa el fin supremo deseable para su comunidad (eso si entendemos que no hay intereses personales del susodicho de por medio), pero para el vecino vapuleado, la libertad es poder dar unas condiciones de vida mínimas a los suyos. Para cualquier otro hijo de vecino inmerso en la revuelta callejera, podría significar disponer de las garantías necesarias para poder pensar y expresar sus ideas, por ejemplo. Y para el tipo que va junto a él, empuñando una estaca y antorcha en mano, podría significar tener la posibilidad de hacer lo que le dé la real gana. Y a todas estas expectativas se las etiqueta con la misma palabra: libertad.


Pues con el amor sucede algo similar. El amor se puede referir a distintos objetos, hacer alusión a distintas emociones o sentimientos, justificar distintos comportamientos, pero si disponemos solo de una palabra para hablar de todo eso, indefectiblemente, terminaremos confundidos. 




Intentemos aclararnos un poco.-

El amor romántico, de pareja, pasional o como quieran llamarlo, es el amor por antonomasia, entre personas. No obstante, los antiguos griegos, gente cultivada y reflexiva, distinguían entre eros y filias, el sexual y la amistad. Todos conocemos el amor paternal, el filial, el fraternal,... Se pueden amar otros objetos que no son humanos, motivo por el que hemos oído hablar del amor al dinero, el amor a la guerra y personas que actúan por amor al arte. La vanidad o el narcisismo serían otro tipo de amor, más egocéntrico, eso es cierto, en que el objeto es el sujeto mismo. Podemos mostrar amor incluso a sujetos imposible, por inalcanzables (amor platónico) o por abstractos (patriotismo). 


Si es su interés, pueden aburrirse buscando taxonomías referidas al amor. Por citar alguna, Steinger distinguía tres elementos fundamentales: pasión, intimidad y compromiso. En función del grado en que se combinen resultarían los distintos tipos de amor (romántico, compañero y fatuo). Si observamos los estilos de amor (Lee, 1973, 1988;Velasco, 2006), existen tres básicos: Eros o erótico, Pragma o pragmático y Storge o amistoso, y creo que no es muy difícil intuir de que objeto amoroso trata cada uno. Posteriormente se les añadieron otros tres: el obsesivo, el lúdico y el altruista.


Personalmente, estas clasificaciones aumentan mi confusión, más que aclararme nada. Me da la impresión de que amplían significados, cuando lo que yo quiero es disminuirlos, reducir la noción a su mínima expresión. Por tanto, e intentando ir a la esencia, partiré de la base de que el mundo afectivo de los seres humanos se divide en dos grandes ámbitos: el de los sentimientos y el de los deseos (necesidades o grandes motivaciones). Afirma José Antonio Marina, que el amor es un gran deseo acompañado de sentimientos. Me parece más que estimulante e inspiradora esta definición. La motivación amorosa genera distintas emociones o sentimientos en función de cómo se van cumpliendo las expectativas que hemos creado respecto a nuestro objeto amoroso.


Quizá suene a explicación formulada por un tipo con una bata blanca que se pasa los días encerrado en un laboratorio, pero deténganse un momento a pensarlo. Cuando una persona va a visitar a su adorada madre, o se esfuerza por ganar dinero en una operación inmobiliaria, o tiene la expectativa de disfrutar de su amado/a esa misma tarde, se generarán sentimientos diferentes en función de que se cumplan o no tales previsiones. En el primer caso, cuando veo a mi madre, me lucro o abrazo a mi amada/o, se cumplen mis deseos, y por tanto se disparará en mi interior un sentimiento de alegría, satisfacción, excitación, confort, etc. Pero en caso contrario, igualmente nos veremos afectados por las emociones que generará mi aspiración frustrada: tristeza, abatimiento, impotencia, resignación, o alguna otra del estilo, según cada persona y circunstancia. La importancia de esto reside en que las emociones nos informan de nuestro nivel de bienestar, pero además son las promotoras de la acción. Una vez instaurado un sentimiento, este nos mueve a actuar en uno u otro sentido.


A partir de aquí se complica bastante la tarea de intentar extraer factor común de todos los tipos de amor conocidos. Igual no podemos aprehender la raíz de la que parte todo, pero sí características generales. Gratificante, sugerente, expansivo, vivificante, luminoso, inspirador,… son algunas. No les aclara mucho ¿verdad? A mí tampoco.



Probemos a seguir por otro derrotero. Todos los tipos de amor mencionados son factibles, posibles, pero no necesariamente compatibles en una misma persona y en un momento dado. Somos seres limitados y nuestro espacio mental (y por extensión, sentimental) es no es infinito. Podrá usted compatibilizar tipos de amor (el maternal casa con casi todos, pero, por ejemplo, el pasional suele ser excluyente), pero considere que cuanto más tiempo y espacio le dedique a uno de ellos, más tendencia de este a crecer en su interior, a abarcar más territorio mental, por tanto, a dejar menos hueco para los otros (cuánto más amor por el dinero, menos queda para la amistad o amor al arte). Insisto en el punto de que el sentimiento resultante, le asignemos el epíteto que le asignemos, tiene la función de “movernos a”, de movilizar nuestra energía, en definitiva, de hacernos actuar. Todos el esfuerzo y tiempo que dediquemos a satisfacer uno decrementa el que le podamos a dedicarle a otro. Una lástima que el autor de la letra del bolero “Corazón loco”, no tuviera una explicación similar a mano. “Una es el amor sagrado, compañera de mi vida, esposa y madre a la vez. La otra es el amor prohibido, complemento de mi alma y a la que no renunciaré”, pregona el cantante. La respuesta al dilema me parece obvia: La incompatibilidad sería palpable si quisiera a ambas mujeres para cubrir la misma necesidad, que en este caso podríamos etiquetar como familiar (compañera, esposa y madre). Pero no es así, cada una de las mujeres aludidas satisface una necesidad emocional distinta del muchacho. Por eso no son excluyentes de por sí, salvo por los prejuicios morales del protagonista; y tales prejuicios quedan ya fuera del ámbito del amor. Veo que termino en el amor romántico más de lo que pretendía. Habrá que dedicarle un post. 
  

Resumiendo: No solo se trata de que sea un término megahiperpolisémico, si no que presenta serias dificultades la tarea de asignar a cada tipo de deseo o motivación amorosa que experimentamos un significado definido, labor que se agrava con las creencias y normas sociales sobre el amor que hayamos interiorizado durante nuestra crianza (potenciaran algunas cualidades del amor y/o reprimirán otras). Aun consiguiendo esto, logrando etiquetar bien mi deseo amoroso (y por tanto, saber qué necesito), nada me asegura que la persona/s objeto de este (compañero/a, amigo/a, esposo/a, etc…) haya conseguido lo mismo, de manera que su proceder sea el más ajustado a su realidad. Y aun habiéndolo hecho, está por ver que para él tenga la misma intensidad o sea igual de prioritario en su vida como lo es para mí. Por no mencionar que, a medida que vamos avanzando en la vida, evolucionamos (o involucionamos, según se mire), e igualmente lo hacen nuestras motivaciones. De manera que lo que me satisfacía a los 25  puede perfectamente no hacerlos a los 45 años, y a la inversa.
  

Absolutamente desconcertante, oiga. Desde luego que si un extraterrestre aparece en nuestro planeta y le llama la atención nuestra arquitectura motivacional o sentimental, a poco que observe, empezará a alucinar. 




¿Qué demonios hacemos entonces?    

Dado que no puedo hablar por otra persona que no sea yo mismo, solo puedo contarles cómo trato de manejar el concepto. Y esto requiere una labor introspectiva, de buscar y rebuscar en su interior. Por mucho objeto amoroso que haya, se trata esencialmente de usted, no del objeto. Conozca qué tipo de amor es el que brota de dentro, al que está usted más predispuesto. O lo que creo que es lo mismo, que tipo de necesidades sentimentales tiene. No es tarea fácil, entre otras cosas, porque la educación emocional que recibimos en nuestra infancia brilla por su ausencia. Pero al menos, traten de acotar, de concretar cada tipo de necesidad que detecten. A partir de aquí, intenten ingeniárselas para satisfacerla. Igual no disponen de recursos suficientes para conseguirlo, pero no se agobien. En realidad, no es nada grave; solo humano. ¿Qué otra cosa pueden hacer acaso? Somos seres con tiempo limitado, recursos limitados, energía limitada y capacidad de comprensión igualmente limitada. No pueden exigirse nada más que intentarlo, y no crean que es poca cosa. Pero es lo único que está en nuestra mano.


Si son capaces de reconocer en su interior lo que para mí (ya les digo no puedo hablar de la experiencia que tengan los demás) es la esencia del amor, y me refiero a esa predisposición abrirse al exterior, a expandirse hacia a los demás, (llámele tomar contacto, empatizar, compartir, conversar, apoyar, besar, acariciar, copular, o cualquier otra manera humana, abstracta o aplicada, teórica o experiencial, de relacionarse), exprésenla. Si además son capaces de comprender que los demás se encuentran en situación de partida similar a la suya, que todos somos seres finitos devanándonos los sesos por establecernos en mitad de la confusión que reina a nuestro alrededor y tratando de hacer algo constructivo, su capacidad de comprensión se incrementará y con ella también la de perdonar. Si esto es así tienen una alta probabilidad de sentirse agradecido con la vida, simplemente por el hecho de estar vivo, por los momentos disfrutados, por todo lo aprendido, por mil cosas más. Podríamos llamar a este estado homeostático quizá bienestar emocional, satisfacción con la vida o como mejor les plazca. Pero no lo pierdan de vista. Este es la causa por la que uno briega, lucha y se esfuerza en la vida. El amor, quizá, no sea más que una forma de alcanzar tal objetivo.


Me despido citando las últimas palabras del protagonista de la película “Si la cosa funciona”, que me parecen muy atinadas para la ocasión:

“Aprovecha todo el amor que puedas dar o recibir. Toda la felicidad que puedas birlar o brindar. Cualquier medida de gracia pasajera. Si la cosa funciona. Y no te hagas ilusiones, no depende de tu ingenuidad humana. Más de lo que te gustaría admitir, es suerte de tu existencia”.


miércoles, 18 de marzo de 2015

Cita: La cosa más extraña es vivir



Llevo en la cárcel casi dos años. De mi naturaleza ha brotado la desesperación salvaje; un abandono al Dolor que era penoso de ver; ira terrible e impotente; amargura y desprecio; angustia que lloraba a gritos; tormento que no encontraba voz; tristeza muda. He pasado por todos los modos posibles del sufrimiento. Mejor que el propio Wordsworth sé lo que Wordsworth quería decir cuando escribió:

El sufrimiento es permanente, oscuro y tenebroso,
y posee  la naturaleza la Infinitud...

Pero, aunque a veces me regocijara en la idea de que mis sufrimientos fueran interminables, no podía soportar que no tuvieran sentido. Ahora encuentro escondido en mi naturaleza algo que me dice que no hay nada en el mundo que carezca de sentido, y el sufrimiento menos que nada. Ese algo escondido en mi naturaleza, como un tesoro en un campo, es la Humildad.


Es lo último que me queda, y lo mejor: el descubrimiento final al que he llegado; el punto de partida de un nuevo derrotero. Me ha venido de dentro de mí mismo, y por eso sé que ha venido cuando debía. No podría haber venido ni antes ni después. Si alguien me lo hubiera dicho lo habría rechazado. Si me lo hubieran traído lo habría rehusado. Como yo lo encontré, quiero conservarlo. Tengo que conservarlo. Es la única cosa que contiene los elementos de la vida, de una nueva vida, de una Vita Nuova para mí. De todas las cosas es la más extraña. No se la puede dar, ni nos la puede dar otro. No se puede adquirir si no es cediendo todo lo que uno tiene. Únicamente cuando ha perdido todas las cosas sabe uno que la posee.


Ahora que me doy cuenta de lo que hay dentro de mí, veo con toda claridad lo que tengo que hacer, lo que de hecho debo hacer. Y cuando empleo una expresión así, no hace falta que te diga que no estoy aludiendo a ninguna sanción o mandato exteriores. No admito ninguno. Soy mucho más individualista que nunca. Nada me parece del menor valor salvo lo que uno saca de sí mismo. Mi naturaleza está buscando un modo nuevo de autorrealización. Eso es lo único que me interesa. Y lo primero que tengo que hacer es librarme de cualquier posible acritud de sentimiento hacia ti. Estoy completamente sin dinero, y absolutamente sin hogar. Pero hay en el mundo cosas peores. Con toda franqueza te digo que antes que salir de esta prisión con amargura en el corazón contra ti o contra el mundo, iría contento y alegre mendigando el pan de puerta en puerta. Si no me dieran nada en la casa del rico, algo me darían en la del pobre. Los que tienen mucho son con frecuencia avarientos. Los que tienen poco siempre comparten. No me importaría nada dormir en la hierba fresca en el verano, y cuando entrase el invierno cobijarme al calor de la niara apretada, o bajo el saledizo de un granero, mientras tuviera Amor en mi corazón. Las exterioridades de la vida me parecen ahora carentes de importancia. Ya ves a qué intensidad de individualismo he llegado, o más bien estoy llegando, porque el viaje es largo, y «donde yo pongo el pie hay espinas»...".


Yo veo ahora que el Dolor, por ser la emoción suprema de que el hombre es capaz, es a la vez el tipo y la prueba de todo gran Arte (...). Por eso no hay verdad comparable al Dolor. Hay momentos en que el Dolor me parece ser la única verdad. Otras cosas podrán ser ilusiones de la vista o del apetito, hechas para cegar lo uno y empachar lo otro, pero con el Dolor se han construido mundos, y en el nacimiento de un niño o de una estrella hay Dolor.

Ahora me parece que el Amor de alguna clase es la única explicación posible de la extraordinaria cantidad de sufrimiento que hay en el mundo. No concibo otra explicación. Estoy convencido de que no la hay, y de que si, como he dicho, se han construido mundos con el Dolor, ha sido por las manos del Amor, porque de ninguna otra manera podía el Alma del hombre, para quien se han hecho los mundos, alcanzar la plena estatura de su perfección. Placer para el cuerpo hermoso, pero Dolor para el Alma hermosa..."

De profundis (1897)
Oscar Wilde 




sábado, 28 de febrero de 2015

#7. El dolor es inevitable, pero no inútil



El dolor es tan consustancial a la vida como la muerte, y sin embargo nos empeñamos en intentar evitarlo a toda costa. Vivimos en una sociedad que trata decididamente de erradicarlo, en lugar de enseñarnos a soportarlo. Pero, y no lo digo yo sino el sentido común, cualquier conflicto que rehuyamos tiende a crecer y volverse más complejo, por tanto, más difícil de resolver. 


La naturaleza del dolor es completamente humana. En realidad, es más que humana: es animal. El dolor, como mecanismo evolutivo, tiene la función de indicar al organismo aquello que es potencialmente amenazador o perjudicial para él. Y esto es válido para el dolor físico, pero también para el emocional, que dicho sea de paso, es lo que hace nuestro cerebro, tratar a ambos por igual (los procesa en los mismos centros cerebrales).

Todo esto significa que, hasta los animales con menos conciencia, disponen de un proceso interno, un dispositivo fisiológico, que cuida por su seguridad. Que vela por que podamos ejecutar el axioma número uno que lleva implantado en sus genes todo ser vivo de este planeta: sobrevivir.

Pero lógicamente, si lo interpretamos de manera adecuada. 


El dolor es, ante todo, advertencia. 
Es una fuente impagable de información que nos permite movernos en el mundo y detectar que elementos de nuestro ambiente debemos evitar. Cuando sentimos dolor, reaccionamos, ponemos en marcha toda una serie de recursos fisiológicos que nos permiten evitar o luchar contra esa amenaza (indistintamente de que después la resolvamos con eficiencia o no). 


El dolor nos obliga a aprender (salvo que no negemos a hacerlo). 
Una vez que el hecho doloroso está en/dentro/sobre/frente a nosotros, nos obliga a pensar.

Recuerdo un jefe que tuve hace ya algunos años, y de quien aprendí mucho. Un día nos hizo una pregunta a todos los compañeros aprovechando que estábamos en una reunión:  “¿Qué hace el corredor que llega primero a la meta?”. Nadie dijo nada, aunque todos nos esforzamos por encontrar una respuesta inteligente más allá de lo obvio. Ante el silencio general del auditorio, él contestó: “Gana”. Antes de que se desvaneciera el estupor general (correspondiente a: ¡Ah, era eso!), preguntó: “¿Y que hace el que llega detrás?”. Todos nos fuimos a la respuesta simple, pero conociendo el carácter del interlocutor sospechábamos que había trampa; no podía ser tan fácil. Solo el más temerario se aprestó a responder: “Pierde”. Sin despeinarse, nuestro hombre contestó categóricamente: “No”. “¡Aprende!”


El dolor tiene un objeto: protegernos. 
Cuanto más doloroso haya sido un suceso, más interés tendremos en aprender de lo ocurrido, puesto que mayor es nuestra prioridad por no volver a encontrarnos y experimentar una situación similar. Ese es el motivo por el que un bebe no volverá a meter los dedos en un enchufe o a acercar la mano a una llama. Y extraemos esta información de nuestra experiencia personal, pero también de la de los demás; del pasado, de lo que sucede en el presente y de lo que es futurible. Esa es la explicación por la cual aminoramos la marcha cuando encontramos un coche recién accidentado en carretera. Podría sucedernos a nosotros.

Nos enseña, así, a saber manejarnos, a vivir en un mundo impredecible, en donde, podemos anticipar muchos eventos, pero en el que también existen circunstancias potencialmente desconocidas y perniciosas.


Pero no nos confundamos: Dolor no es igual a sufrimiento. 
El dolor es necesario, el sufrimiento es opcional. El dolor es orgánico, intrínseco, y en mayor o menor medida inevitable, pero el sufrimiento podemos modularlo. El primero sería objetivo, el segundo más subjetivo. 


El sufrimiento depende de cómo interpretemos la situación. Esto es, un dolor asumible puede generar un gran sufrimiento si lo entendemos de manera dramática, si nos dejamos llevar por las emociones desbocadas, si lo exageramos (consciente o inconscientemente). Inversamente, un dolor extremo se puede sobrellevar (lo que no significa que no duela) si entendemos la causa y la asumimos. De manera que nuestras maravillosa mente tiene cierto margen de maniobra, disponemos de la posibilidad de modificar la forma en que nos afectan las circunstancias. 

Si utilizo la antigua técnica del cilicio (no confundir con el elemento químico, que empieza con “s”) para castigar mis carnes morenas, como lo hace el monje albino del Código da Vinci (Dan Brown), experimentaré dolor. Pero entender el motivo por el cual sufro ese dolor me permite asumirlo. En este caso, esta suerte de autotortura se ejecuta para expiar las tentaciones o pecados de la carne. Y esto es lo que justifica ese sufrimiento (para esa persona). En el extremo opuesto encontraríamos las prácticas sadomasoquistas, (y no, no voy a mencionar la lamentable película de las Sombras) en donde látigos y fustas se emplean en su uso tópico. Causan dolor, pero este no solo no se interpreta como perjudicial, sino que, en un peculiar giro de tuerca, los practicantes lo experimentan como estimulante o excitante. Es obvio que ese dolor es interpretado de manera distinta al que sobreviene al pillarse el dedo con la puerta de manera imprevista. 


Pero dentro de los sufrires creo que ganan por goleada otros más mundanos: Verse superado por acontecimientos vitales que generan dolor. Según los interpretemos, nos afectarán más o menos, y huelga decir que el ser humano es capaz de generarse mucho sufrimiento. Véase el caso extremo de los hipocondríacos. Personas tan excesivamente preocupadas por su salud que pueden encontrarse atenazadas por la sospecha de padecer una enfermedad severa al más mínimo síntoma. Esta percepción genera un tormento injustificado, pero que sufren como si fuera real. Pueden, incluso, carecer de síntoma contrastable, pero el hecho de que ellos sospechen y crean que van a enfermar provoca una dramatización superlativa que genera mucho dolor.

El quid de la cuestión: La sensibilidad. 
Si se paran a pensarlo, que exista un recurso como el dolor  es consecuencia de disponer de una fina sensibilidad.

Recuerden los tres ámbitos de la vida que estudiábamos en el colegio: Reino Mineral, Vegetal y Animal. 

Una roca, una piedra, es una entidad inerte con una organización molecular simple que carece de sistema nervioso. No tiene vida, y por tanto no puede evolucionar. Sensibilidad: 0.

Si subimos al siguiente peldaño evolutivo, los vegetales muestran una organización interna más compleja. Aunque les falta un sistema nervioso que le informe de los eventos externos para poder enfrentarse a ellos, disponen de recursos biológicos para resolver a la tarea de sobrevivir. Reaccionan al entorno. No disponen de movilidad, pero tampoco la necesitan para cubrir las necesidades que su diseño orgánico les pide.

En el reino animal ascendemos otro escalón. Ahora estamos frente a seres complejos, con mecanismos biológicos especializados. Disponen de sistema nervioso complejo que les permite moverse, reaccionar, y también actuar: pueden tomar la iniciativa. Su sensibilidad es mayor que la de las plantas al disponer de un mecanismo dedicado a eso, a explorar y experimentar con su entorno, todo con el fin último de cubrir sus necesidades. En este sistema aparece el dolor como estrategia de supervivencia. Tengan mayor o menor nivel de conciencia, el dolor y el placer serán los dispositivos biológicos que orientarán su conducta: rechazamos lo doloroso y buscamos lo gratificante. 

A mayor complejidad del sistema nervioso, mayor sensibilidad.
A mayor sensibilidad, mayor abanico de posibilidades de bienestar pero también de dolor.
Ambos estados son las dos caras de una misma moneda.


Es frecuente que los poseedores de inteligencia privilegiada, superdotados, se muestren en posesión de una sensibilidad también superior a la media, quizá exacerbada, que les genera un gran sufrimiento. La inteligencia extrema es indisociable de la sensibilidad extrema, por extensión, de la extrema receptividad emocional. Una inteligencia muy desarrollada e hipersensibilidad conllevan paralelamente una mayúscula vulnerabilidad. Sentir y percibir con lucidez aguda todo el catálogo de elementos del mundo material y las relaciones humanas genera una reacción emocional constante.

Solapado con lo anterior nos encontramos con el caso del perfil PAS (que no es la tarjeta del Carreful sino el acrónimo de Personas Altamente Sensibles), personas con una sensibilidad elevada, muy acentuada. A consecuencia de esta condición experimentan más intensamente las circunstancias de su vida. Sienten las emociones con mayor intensidad, y esto es válido para todas, las negativas y para las positivas. Un don de la conciencia que se plasma en una alta empatía pero que proporcionalmente conlleva un alto coste emocional


El dolor nos hace madurar y crecer. Nos hace más humanos. 
Cuando decidimos enfrentarnos al dolor, en primer lugar, estamos asumiendo su existencia, lo estamos aceptando. Esta elección conlleva el compromiso de lidiar con él, de hacer algo con él. Pero dejando de lado cómo lo hagamos, lo más relevante es que el hecho determinante de afrontarlo nos ennoblece, nos dignifica. Cuando se sufre conscientemente, cuando lo convertimos en una misión libremente asumida, nos hace más libres (interiormente), pero además nos perfecciona como seres humanos porque hace de nosotros seres más lúcidos. Nelson Mandela pasó media vida encarcelado y allí decidió renunciar a quejarse y odiar. Tomó la determinación de aprender a aceptar y manejar su dolor. Afrontar tan dura adversidad permitió que se doctorase (cum laude) en humanidad.

 
Nos permite distinguir lo accesorio de lo esencial, facilitando que podamos desprendernos de lo primero y aferrarnos a lo segundo. En este sentido, nos eleva por encima de nuestros apetitos e intereses. 

Como sea, y a pesar de la parrafada, les aseguro que por mucho que intente entender la función que tiene el dolor, yo personalmente, le temo más que a un talibán escondido detrás de un árbol. Esto es, lo rehuyo sistemáticamente. Pero me temo que es necesario comprenderlo para cuando acontece y es inevitable. El dolor es el banco de pruebas de la existencia humana. 

A modo de conclusión, y por si les sirve como a mí, les dejo con unas palabras de Fénelon:

El que no ha sufrido no sabe nada de la vida.
No conoce el bien y el mal.
Ni conoce a los hombres ni se conoce a sí mismo.


miércoles, 11 de febrero de 2015

Cita: El fatigoso camino a la conciencia




Si miras al universo lo más cerca y lo más dentro que puedes mirarlo, que es en ti mismo; si sientes y no ya sólo contemplas las cosas todas en tu conciencia, donde todas ellas han dejado su dolorosa huella, llegarás al hondón del tedio de la existencia, al pozo de vanidad de vanidades. Y así es como llegarás a compadecerlo todo, al amor universal.


Para amarlo todo, para compadecerlo todo, humano y extrahumano, viviente y no viviente, es menester que lo sientas todo dentro de ti mismo, que lo personalices todo. Porque el amor personaliza todo cuanto ama, todo cuanto compadece. Sólo compadecemos, es decir, amamos, lo que nos es semejante y en cuanto nos lo es y tanto más cuanto más se nos asemeja, y así crece nuestra compasión, y con ella nuestro amor a las cosas a medida que descubrimos las semejanzas que con nosotros tienen. O más bien es el amor mismo, que de suyo tiende a crecer, el que nos revela las semejanzas esas. Si llego a compadecer y amar a la pobre estrella que desaparecerá del cielo un día, es porque el amor, la compasión, me hace sentir en ella una conciencia, más o menos oscura, que la hace sufrir por no ser más que estrella y por tener que dejarlo de ser un día. Pues toda conciencia lo es de muerte y de dolor.

Conciencia,

conscientia, 

es conocimiento participado,

es consentimiento,

y con-sentir es com-padecer.



El amor personaliza cuanto ama. Sólo cabe enamorarse de una idea personalizándola. Y cuando el amor es tan grande y tan vivo y tan fuerte y desbordante que lo ama todo, entonces lo personaliza todo y descubre que el total Todo, que el Universo, es Persona también, que tiene una Conciencia, Conciencia que a su vez sufre, compadece y ama, es decir, es conciencia (…). Personalizamos al Todo para salvarnos de la nada, y el único misterio verdaderamente misterioso es el misterio del dolor.


El dolor es el camino de la conciencia y es por él como los seres vivos llegan a tener conciencia de sí. Porque tener conciencia de sí mismo, tener personalidad, es saberse y sentirse distinto de los demás, y a sentir esta distinción sólo se llega por el choque, por el dolor más o menos grande, por la sensación del propio límite. La conciencia de sí mismo no es sino la conciencia de la propia limitación.


Me siento yo mismo al sentirme que no soy los demás; saber y sentir hasta dónde soy, es saber dónde acabo de ser, y desde dónde no soy. ¿Y cómo saber que se existe no sufriendo poco o mucho? ¿Cómo volver sobre así, lograr conciencia refleja, no siendo por el dolor? Cuando se goza olvídase uno de sí mismo, de que existe, pasa a otro, a lo ajeno, se enajena. Y sólo se ensimisma, se vuelve a sí mismo, a ser él en el dolor. (…)



Podemos abarcarlo todo o casi todo con el conocimiento y el deseo, nada o casi nada con la voluntad. Y no es la felicidad contemplación, ¡no! si esa contemplación significa impotencia. Y de este choque entre nuestro conocer y nuestro poder surge la compasión.


Compadecemos a lo semejante a nosotros, y tanto más lo compadecemos cuanto más y mejor sentimos su semejanza con nosotros. Y si esta semejanza podemos decir que provoca nuestra compasión, cabe sostener también que nuestro repuesto de compasión, pronto a derramarse sobre todo, es lo que nos hace descubrir la semejanza de las cosas con nosotros, el lazo común que nos une con ellas en el dolor.



Nuestra propia lucha por cobrar, conservar y acrecentar la propia conciencia, nos hace descubrir en los forcejeos y movimientos y revoluciones de las cosas todas una lucha por cobrar, conservar o acrecentar conciencia, a la que todo tiende. Bajo los actos de mis más próximos semejantes, los demás hombres, siento -o consiento más bien- un estado de conciencia como es el mío bajo mis propios actos. Al oírle un grito de dolor a mi hermano, mi propio dolor se despierta y grita en el fondo de mi conciencia. Y de la misma manera siento el dolor de los animales y el de un árbol al que le arrancan una rama, sobre todo cuando tengo viva la fantasía, que es la facultad de intuimiento, de visión interior.


Descendiendo desde nosotros mismos, desde la propia conciencia humana, que es lo único que sentimos por dentro y en que el sentirse se identifica con el ser, suponemos que tienen alguna conciencia, más o menos oscura todos los vivientes y las rocas mismas, que también viven. Y la evolución de los seres orgánicos no es sino una lucha por la plenitud de conciencia a través del dolor, una constante aspiración a ser otros sin dejar de ser lo que son, a romper sus límites limitándose.

Y este proceso de personalización o de subjetivación de todo lo externo, fenoménico u objetivo, constituye el proceso mismo vital de la filosofía en la lucha de la vida contra la razón y de esta contra aquella.

“Del sentimiento trágico de la vida” (1912)
Miguel de Unamuno